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El muchacho le esposó ambas manos tras la espalda. Aunque no era el protocolo común con los omegas gestantes, entendía porque lo hacían. La última vez que el joven médico había querido transportarlo él solo, Leonard le había roto la nariz. Imaginaba que se la habían reparado de inmediato, pero igualmente quedó marcado como el omega violento. Esta vez, no peleo, dejó que lo esposará y caminó tranquilamente por el largo pasillo delante de él. Observó, por una de las ventanillas laterales, una nave se estaba alejando. Leonard estaba seguro de haberla visto antes, pero no logró reconocerla. En su lugar, se concentró en caminar hacía el área médica, tal como le indicaba el joven médico.
Lo primero que apreció cuando las puertas se abrieron, fue a Spock y una vulcana. Se quedó helado, observando como Spock estaba de pie ante la chica, quizás demasiado cerca de ella. El vulcano observaba con una fina sonrisa, casi imperceptible si no conocías a Spock, conversando con ella. La joven lo miraba hacia arriba, observando sus ojos oscuros con atención. Su cabello rizado caía con gracia por su espalda. No se tocaban, pero eran vulcanos. Tocarse no entraría en el juego a no ser que estuvieran por aparearse… pero la proximidad.
Estaban tan malditamente cercas el uno del otro. ¿Los separaba, qué? ¿Un medio metro? Demasiado íntimos, demasiado cercanos. Leonard los miró, incapaz de parpadear o pensar en otra cosa que en la maldita cercanía que tenían. Avanzó sólo cuando el médico a su lado se aclaró la garganta. Entonces, Spock apartó los ojos de la chica para mirar a Leonard. La sonrisa desapareció. De nuevo, su gesto estoico decoraba su rostro, y se apartó de la joven para presionar un par de botones de una pad.
Leonard caminó hasta la camilla donde lo sentaron. La muchacha de ojos verdes lo miró fijamente, como estudiando al omega. Ella no era de ningún género, pudo notar el mayor. La mujer era totalmente una vulcana. Por algún motivo, eso no le supo mejor. Spock era medio vulcano, no necesitaba vincularse a un omega, podía vivir su vida con alguien de su planeta… Se sorprendió a sí mismo pensando en esas cosas, y frunció el ceño suavemente, incómodo.
―Hay que acostarlo, ¿le explicaron lo que se le hará, Spock?
― ¿Se me va a hacer qué? ¿De qué rayos está hablando, Spock? ― Leonard de repente sintió miedo, mientras el joven médico lo presionaba sobre la camilla y le ataba las manos. Iba a pelear, pero la mirada de Spock lo dejó helado. Era una mirada indiferente, fría. ―Estoy en cinta, ¿te lo dijo Spock, muchachita? Sea lo que vayas a ser, piensa en eso.
―No, él no ha sido notificado de nada. Prefiero que sea todo de forma orgánica sin que su voluntad interfiera. Como puedes ver, el doctor McCoy es muy voluntarioso.
Spock mismo ajustó la correa de las muñecas de Leonard. Se detuvo cuando sus dedos tocaron la piel del médico. Estaba temblando, seguramente estaba aterrado, y aunque una parte de él quería decirle que todo estaría bien; que, a diferencia de los omegas, los alfas no eran los sádicos que ellos habían creado… bueno, al menos no fuera de combate.
Saavik observó aquello y asintió. Se quitó el abrigo, para estar más cómoda, y asistió a Spock en colocar sobre le pecho del medico todo lo necesario para monitorear sus funciones vitales. Luego, colocó aparatos especiales en su vientre, aparatos traídos desde vulcano. Leonard temblaba, intentaba soltarse, pero la fuerza con la que fue sujetado lo impedía. El terror se apodero de él cuando sintió como Spock aseguraba su cuello, para que no se moviera de la camilla, con una correa.
―Listo, ¿prefieres que nos retiremos para dejarte trabajar, Saavik? ― La mujer asintió.
Spock asintió de vuelta, haciendo una suave reverencia, y luego un gesto al médico. Ambos se fueron, dejando solo al omega, atado, con la vulcana. Ella lo observó fijamente, y terminó por presionar un botón en la pad. La camilla se movió. Se sacudió con fuerza, asustando a Leonard, quien inevitablemente gritó. La superficie giró hasta dejar al medico boca abajo. Saavik se le acercó, tomando un rastrillo y comenzó a rapar el cabello de la nuca ajena.
―Esto puede ser incómodo, doctor McCoy, pero le prometo que el producto no saldrá lastimado… El supresor que el dispositivo en su nuca esta administrando constantemente repercute en la salud del producto… así que Spock me ha traído para ayudarle con eso― Explicó, pacientemente.
―Eres muy íntima de Spock, ¿no? Mierda, sólo suéltame― ¿El supresor dañaba a los niños? ¿De que hablaba? Él mismo había estudiado ese supresor por años… no entendía de que mierda estaba hablando esa chiquilla.
―Sólo relájese, doctor.
Spock entró al puente con paso seguro. La capitana le miró, arqueando una ceja, y sonrió suavemente. No era un secreto su interés por ese vulcano, y sabía que una parte del hombre gustaba de ella; sin embargo, el omega existía, impidiendo cualquier posibilidad entre ellos. Liviana le hizo un gesto con la mano para que se aproximara; él así lo hizo.
―Saavik se encarga del DNS en este preciso momento― Informó a la capitana. Ella sonrió, y estiró su mano para tocar el brazo de Spock.
―No estoy interesada en eso, me alegra que estes aquí. Estamos por salir a velocidad warp, y me gusta ver el espectáculo de las estrellas volviéndose simple líneas de luz a nuestro alrededor contigo aquí.
Spock no le respondió, la dejó tocarle el antebrazo, aunque tenía las manos cruzadas tras la espalda, pero sus ojos fueron a un tablero. El tablero de navegación frente a él. Notó un parpadeo en un indicador, y se acercó. Movió suavemente al muchacho que estaba en el puesto, para comenzar a revisar los radares. Algo andaba mal.
Leonard estaba consciente. Miraba el piso, los pies de la vulcana. Tenía botas pulidas pero manchadas de tierra, ¿acaso recién había llegado del planeta? Jadeaba, estaba alterado, lo podía sentir. Su corazón palpitaba entre sus oídos, y una gota de sangre cayo desde su nariz al piso… con esa iban tres. Un paño gentil le limpió la mejilla, lentamente, antes de que aquella mujer continuara con su tarea.
McCoy tenía miedo de hablar, porque si no hablaba escuchaba claramente como la sierra para cortar hueso abría un hueco en su cráneo. Era una cirugía primitiva, demasiado primitiva en realidad. Sus ojos buscaban la lógica de lo que pasaba en las formas del piso, en las formas que sus gotas de sangre iban formando, pero no lo encontraba.
Saavik era una excelente cirujana, no dudaba mientras inspeccionaba el dispositivo DNS en la cabeza del médico. Sin embargo, era un modelo nuevo, notó. El núcleo estaba colocado cuidadosamente en el lóbulo occipital, el cerebro estaba perfectamente amoldado a aquello. Sin embargo, lejos de tener los tres brazos que se abrazarían a el órgano, por el occipital y el parietal; este tenía ocho patas. Se aferraba al cerebro del médico. Se enterraba en cada parte de su cerebro, y remover aquellas patas era imposible sin generar un daño permanente.
Que Leonard estuviera aterrado, tampoco ayudaba. Saavik tenía el tiempo encima, entre mas tiempo estuviera su cabeza abierta, más riesgo había. Así que actuó con la única idea que se le ocurrió. Midió atentamente el DNS y digitalizó los comandos adecuados en el pad. La computadora imprimió una pieza al momento. Medidas iguales, con un espacio para administrar una sustancia. Saavik llevaba consigo un seudo supresor, diseñado para evitar el celo repentino de la falta de DNS. Aquello fue colocado dentro de ese nuevo dispositivo.
La parte difícil era desconectar las patas del cuerpo de araña. Una araña venenosa, porque si algo sabía Saavik, es que ese diseño era especial. Muy especial. Tan especial que no sólo estaba administrando supresor, había algo más. Un líquido que no lograba identificar, pero que le alarmaba demasiado.
― ¿Sigue consciente, doctor?
― ¿Qué mierda estas haciendo con mi cabeza, maldita mocosa? ― Leonard gruñó, casi gritó. Saavik se mantuvo imperturbable. Había separado ya tres de ocho patas. Cada que desconectaba una, las unía a un suero, para que no fuera a entrar aire al cerebro, y evitar complicaciones.
―Mi nombre es Saavik, doctor. Spock me envió las indicaciones, así que estoy retirando el DNS que tiene en la cabeza… ¿Quién le colocó este dispositivo? Es muy interesante… y diferente.
― ¿A que te refieres con diferente? ― McCoy sacudió su cuerpo, como si quisiera mirar hacia arriba, pero las correas lo detuvieron. Ella apartó las pinzas y tijeras de su cabeza.
―Evite sacudirse, doctor― Su voz sonó muy seria. ―. Tiene ocho sujetadores a su cerebro.
― ¿Qué? ¿Ocho? ― Leonard frunció el ceño… ¿por qué mierda tenía ocho de esas mierdas? ―Fue en las oficinas de…
No terminó de hablar. Saavik cortó la última unión, y Leonard se quedo muy quieto, su vista estaba perdida… los aparatos comenzaron a sonar, violentamente. La vulcana comenzó a moverse, si no se daba prisa, iba a perderlo.
