PROPUESTA IRRESISTIBLE

Por: Tatita Andrew

Capítulo # 16

Candy se sentía embriagada por el tabaco, el café y el dulce cariño que le habían manifestado una condesa de mala reputación y su marginado hijo bastardo. Le dirigió a Beadles una de sus poco frecuentes sonrisas libre de artificio y fingimiento.

—Por favor, envía a Emma a mi habitación.

—El señor Nealestá en su estudio, señora Leagan. —Beadles miró fijamente por encima de su cabeza—. Me ha pedido que fuera usted a verle tan pronto llegara a casa.

La fría realidad reemplazó el calor que todavía perduraba tras el baño caliente. Candy permitió que Beadles cogiera su capa, su sombrero y sus guantes. Olían a vapor.

Aunque ya sabía que era ridículo, de repente sintió un miedo terrible. Agarró el bolso con fuerza entre sus dedos.

—No soy una cobarde —dijo suavemente, como a la defensiva.

—¿Disculpe?

—Gracias, Beadles. Dígale a Emma que subiré a vestirme enseguida. Necesito que planche mi vestido de fiesta rojo para esta noche.

—Como usted diga, madame.

Johnny estaba de pie junto a las puertas del estudio Su rostro despreocupado carecía de expresión. Parecía mayor... y menos que nunca tenía el aspecto de un lacayo Inclinándose, abrió la puerta para que ella entrara.

Aquel gesto debería haberla complacido: era evidente que sus habilidades como lacayo estaban mejorando. Pero sólo sintió un temor glacial, ilógico.

Entró en el estudio... y la sorpresa la dejó paralizada

Su padre estaba sentado ante la larga mesa de nogal que Neal usaba cuando algunos miembros del Parlamento venían a hablar. Su esposo y su madre se situaban a uno y otro lado. La expresión de sus rostros era idéntica.

La puerta se cerró a su espalda, irrevocablemente.

Una oscura nube parecía envolver el estudio. Tal vez fuera el crepúsculo cercano que no lograba mitigarse con la luz artificial; o quizás fuera el revestimiento de nogal que absorbía los últimos rayos de sol. Sólo una inmensa fuerza de voluntad evitó que Candy se diera la vuelta y saliera corriendo.

—Siéntate, Candy —ordenó secamente Walter White.

Preparándose mentalmente, Candy cruzó la alfombra de color rojo oscuro y se sentó frente a su padre.

—Hola, padre. Neal. Madre.

Una taza de porcelana decorada con rosas estaba colocada delante de cada uno de ellos. Automáticamente Candy buscó el carrito del té en el estudio. La plata relucía en medio de la tenue luz.

Por supuesto. Su madre se habría encargado de servir, por lo que el carrito estaría lógicamente a su lado.

Rebecca no ofreció té a Candy.

—Padre, hoy debes dar tu discurso. ¿Sucede algo malo? —preguntó, sabiendo qué era lo que estaba mal y con el temor anidando en su estómago. Por favor, que aquella reunión no tratara sobre lo que se temía.

Los ojos de su padre reflejaban furia.

Candy había visto desagrado en su rostro, también condescendencia, pero jamás lo había visto contraído por la ira.

—Has bailado dos veces con un hombre que es una vergüenza para la sociedad. Has recibido a la madre del bastardo en tu casa y ahora te burlas de las órdenes de tu esposo y pasas el día con la peor ramera de Inglaterra. ¿Acaso no tienes ni el más mínimo respeto a tu marido?

—Neal no me prohibió que visitara a la condesa Devington —replicó Candy con calma. Bajo la tapa de la mesa, sus manos se aferraban tan fuerte al bolso que una uña traspasó el forro de seda. Su padre jamás había sido tan grosero—. Todo lo que me dijo fue que yo no debía recibirla aquí, en su casa.

—No bailarás con ese bastardo ni hablarás con esa ramera nunca más. —La voz de su padre rebotó en los oscuros paneles de nogal—. ¿He sido lo suficientemente claro?

Candy observó con detenimiento los ojos color verdes de su padre, tan parecidos a los suyos, aunque no pudo descubrir nada de ella en él.

—Tengo treinta y tres años, padre. No me trataréis como si tuviera diecisiete. No he hecho nada malo.

Se concentró en los ojos castaños de su esposo, y no pudo apreciar allí nada de los dieciséis años que habían pasado juntos.

—Tienes una amante, Neal. ¿Cuántas noches por semana, por mes, te acuestas con ella? ¿Por qué no se lo cuentas a mi padre? ¡Cómo te atreves a sentarte ahí cuando te comportas de una manera mucho más deshonrosa de lo que yo jamás me he comportado!

—Te he dicho que no tengo una amante.

La mirada de Candy, despectiva por derecho propio, se dirigió a los tres.

—Y yo os digo que no he hecho nada malo. Pero no habéis organizado esta reunión sólo por eso, ¿no es así, padre?

— ¡ Candy! —advirtió su madre intimidante.

Candy ignoró a la madre que durante tanto tiempo había hecho lo mismo con ella.

—Mamá te dijo que yo quería el divorcio. De eso se trata ¿verdad, padre? White estaba sentado como si fuera una pálida estatua de cabellos grises y caoba. Sólo sus ojos estaban vivos. Centelleaban como brasas siniestras.

—El prestigio de un hombre viene avalado por su familia. Si no es capaz de mantenerla unida, nadie confiará en él para que pueda conservar su país unido.

La ira temeraria se sobrepuso al sentido común.

— ¿Significa eso que no usarás tu influencia como primer ministro para interceder por mí?

White se inclinó hacia Candy con sus mandíbulas agarrotadas por la fuerza de su agitación.

— ¿Acaso eres sorda, mujer? —Cada palabra fue cuidadosa y perfectamente pronunciada, algo todavía más terrible ahora que no gritaba—. Neal será el próximo primer ministro de Inglaterra. Si no puede controlarte, todo nuestro trabajo habrá sido en vano. Será expulsado del Parlamento. Mi carrera desaparecerá. Prefiero verte muerta antes que permitir que destruyas nuestras vidas.

Humo de hookah, pensó Candy incongruentemente, no carreras políticas. Imaginó a la condesa, sentada cómodamente con una toalla envuelta en su cabeza mientras Albert le ofrecía baklava. Y ahora aquí estaba la familia de Candy...

Prefiero verte muerta resonó huecamente dentro de su cabeza.

El corazón de Candy se detuvo un instante. Un dolor ciego y agudo la doblegó.

Era imposible que hubiera dicho aquello. Era imposible que un padre amenazara con matar a su hija.

White se inclinó hacia atrás en su silla, de nuevo apareció el hombre afable y aristocrático que apoyaba causas para ayudar a las viudas y niños huérfanos a causa de la guerra.

— ¿Responde eso a tu pregunta, hija?

Albert se dio cuenta del instante preciso en que Candy entró en el salón del baile. Su cuerpo entero se cargó de electricidad. Giró con sus ojos observando, buscando...

Allí estaba, a sólo tres metros de él, parada justo ante la puerta, con un vestido de fiesta de raso rojo. A su lado, Neal Leagan inclinaba la cabeza a un conocido o hacía una pequeña reverencia en dirección a otro.

Con los sentidos aguzados, su mirada se clavó en el brazo de Neal. La pequeña mano enguantada de Candy estaba colocada en la curva de su codo. Los dedos de Neal la sujetaban con firmeza. Como un gesto de afecto amoroso... o para retenerla físicamente.

La mirada de Albert se detuvo bruscamente en su rostro. Su piel estaba tan blanca como la tiza.

La había visto sólo unas horas después de que su esposo hubiese rechazado sus intentos por seducirlo. Entonces estaba pálida, pero ahora... parecía de hielo. La perra gélida que le había parecido al principio.

Albert recordó su risa en la sala de la condesa. Sus mejillas se habían sonrosado y sus ojos llenado de vida mientras probaba el hookah y el baklava. La mujer que contemplaba ahora estaba muerta.

¿Qué le había hecho aquel cretino?

El sentido común le dijo que esperara a que Neal se apartara de su lado... no tenía sentido un enfrentamiento cara a cara en un salón de baile repleto de gente. Pero el instinto de posesión masculino le dictó otra cosa... Candy era su mujer; no toleraría que otro hombre la tocara, que le hiciera daño.

Acortó la distancia que los separaba y se plantó con firmeza frente a ellos.

—Señora Leagan.

El rostro de Candy no registró ninguna emoción ni cordialidad, ni sorpresa, como si él no fuera nadie. Su voz, cuando habló, era fría y educada. Sin vida.

—Lord Andrew.

Los dedos de Leagan apretaron convulsivamente la mano que todavía retenía cautiva, como si la estuviera amenazando. Sabía que Albert la deseaba... lo mismo que Albert sabía que Neal no la deseaba.

Albert era un par de centímetros más alto y cuatro años mayor que Neal. Observó fríamente al hombre, conociendo sus debilidades, sopesando sus fuerzas.

—No he tenido el gusto de ser presentado a su esposo.

Leagan le devolvió la mirada, con una mueca de desdén.

—No nos relacionamos con los de su calaña. De ahora en adelante, manténgase alejado de mi esposa.

Durante un eterno segundo Albert sintió como si hubiera escapado de su cuerpo. Podía ver a los tres juntos de pie como si estuvieran dialogando íntimamente. Candy con su cabello color rubio y su piel blanca, Neal con su pelo castaño, moreno y bigote caído, y él mismo, con cabellos dorados y piel blanca. En el interior del salón de baile, las parejas giraban en una mezcla de trajes de etiqueta negros y vestidos de colores brillantes, mientras que a su alrededor hombres y mujeres paseaban o se agrupaban para charlar. Una risita se alzó sobre el sonido de los violines, que fue engullido por una gruesa carcajada al otro lado del salón. De repente, volvió súbitamente a su cuerpo y supo exactamente lo que debía hacer.

Los límites habían sido establecidos, las posiciones tomadas. Ya no había vuelta atrás.

—Por cierto, eso es algo que le corresponde decidir a la señora Leagan —murmuró lenta y provocadoramente.

—Yo soy su esposo; hará lo que le ordene —replicó Neal severo y triunfal.

El pulso de Albert se aceleró; la esperanza corrió por sus venas. Durante un instante lamentó que Candy estuviera atrapada entre el fuego cruzado. Pero luego sólo sintió la necesidad de expulsar a Neal Legan de su vida.

— ¿Es así? —Una sonrisa animal curvó sus labios—. Usted pertenece a una hermandad que se llama a sí misma los Uranianos, ¿verdad, Leagan? Me pregunto, ¿conoce su esposa su interés por la poesía?

Una incredulidad atónita brilló en los ojos castaños de Neal y a ello siguió una intensa ira. Ambas ratificaron su culpa.

—Déjela marchar —dijo Albert suavemente.

Fingiendo que había entendido mal, Neal soltó la mano de Candy. Una sonrisa sarcástica contrajo su rostro.

—Dile a Andrew que no deseas su compañía, Candy.

La mirada de Albert se volvió rápidamente a Candy.

Sus claros ojos color verde esmeralda estaban fríos, sin expresión. No pertenecían a la mujer que había nadado en un baño turco y fumado un hookah. No pertenecían a la Mujer que había sostenido un falo artificial entre sus manos y le había dicho que había intentado mirar bajo una "Hoja de piedra de una estatua masculina cuando tenía diecisiete años y estaba embarazada porque quería saber cómo había llegado a ese estado.

Un dolor agudo atravesó el pecho de Albert, robándole el aliento. Aquel día la condesa le había dicho que se fuera, pero ella había querido que él se quedara. Habían compartido baklava. Y ahora ella iba a negarlo todo.

Sus labios exangües y pálidos temblaron, se endurecieron.

—Le ruego disculpe la descortesía de mi esposo, lord Andrew.

— ¡ Candy! —escupió Neal.

—Es suficiente, Neal. No permitiré que me digan lo que debo hacer. —Miró fijamente a la corbata de Albert—. Hablaré y bailaré con quien me plazca.

El júbilo incendió el cuerpo de Albert como coñac caliente. Ella había elegido. Se diera cuenta o no, finalmente había tomado una decisión.

Extendió su mano, tan cerca que su aliento hacía mover su cabello.

—Baile conmigo.

Muéstrame que no tienes miedo a un rubio bastardo.

—Lo lamentarás si lo haces, Candy. Un escalofrío recorrió la columna de Albert. La amenaza en la voz de Leagan era evidente.

— ¿Cómo lo lamentará, Leagan? —Lentamente, bajó su mano y apartó la cabeza de Candy. Los ojos verdes se encontraron con los azules—. ¿Lo lamentará tanto como usted? ¿Lo lamentará tanto como su amante?

Ahora comprobaría de qué pasta estaba hecho Neal Leagan. ¿Desafiaría a Albert? ¿Fingiría no saber de qué estaba hablando? ¿Sacrificaría a Candy para salvar su carrera?

— ¿Qué decide, Leagan? —Albert arrastró las palabras peligrosamente. Su mensaje era claro. Guardaré tus secretos si me entregas a tu esposa.

Leagan se alejó.

Albert sonrió tristemente.

— ¿Por qué ha hecho eso? —El rostro de Candy estaba aún más pálido que cuando había entrado en el salón.

— ¿Te arrepentirás de bailar conmigo, Candy?

—Sí.

—Pero lo harás. —La satisfacción tiñó su voz.

—Sólo si me dice el significado de las palabras de Josefa cuando le entregó la bandeja.

Las pestañas de Albert velaron sus ojos.

—Dijo que tienes unos pechos magníficos, dignos de ser chupados por los hijos... y por un esposo.

El rosado oscuro coloreó sus mejillas.

—Mi esposo jamás me ha chupado los pechos.

—Hay una diferencia entre engendrar hijos y ser un esposo, taliba —le informó suavemente.

— ¿El jardín perfumado lo dice?

—Sí.

Candy le ofreció su mano enguantada.

— ¿Bailamos?

La emoción le contrajo el pecho; el alivio, la nostalgia, el triunfo. Le ofreció su brazo, una concesión tardía al decoro, queriendo reparar los rumores que ya surgían sobre la confrontación entre el ministro de Economía y Hacienda y el Rubio Bastardo. Podía sentir las miradas, oír los murmullos.

Si Leagan fuera un buen político, hubiera accedido gentilmente y se hubiera salvado a sí mismo y a su esposa de la vergüenza pública. En lugar de ello, la había abandonado a las malas lenguas despiadadamente

Quizás era mejor que fuera acostumbrándose a aceptar la notoriedad a partir de ahora. No importa lo que Albert hiciera o dejara de hacer, todos hablarían. Sobre su condición de bastardo, su herencia árabe o sus bien conocidos apetitos sexuales.

Sobre su mujer.

Al borde de la pista de baile tomó la mano derecha de Candy y rodeó su cintura, su corsé no estaba tan apretado como el día del baile de beneficencia. Ella levantó la mano izquierda y la posó sobre sus hombros. Mentalmente contó uno, dos, tres, y la introdujo en el vals con un giro

Miró hacia el interior de su vestido, a la piel blanca que luchaba por salir. Y recordó las curvas suaves y rebosantes y los pezones grandes y duros que la bata de seda húmeda había dejado traslucir tan amorosamente cuando se sentó en la sala de la condesa.

—Es cierto que tienes unos pechos magníficos.

El temblor de sus labios contradijo su indiferencia.

— ¿Qué es un Uraniano, lord Andrew, y por qué mi esposo se alteró tanto cuando usted lo mencionó?

Albert podía contarle... y ella sería libre. En cambio, no quería hacerlo por temor a que ella le prefiriera a él porque un bastardo era más aceptable que un hombre como Neal Leagan.

—Como te dije, es una hermandad de poetas menores.

— ¿Menores... en el sentido de... juveniles?

Ela'na, maldita sea, era inteligente. Pero no eran niñas jóvenes lo que le gustaba a Leagan.

—Menores también significa de poca importancia.

Bajó la cabeza de modo que él pudo observar su cabello rubio en lugar de sus ojos. Algunas sombras oscurecían sus mejillas.

—Su madre lo envió fuera del país cuando usted tenía doce años.

Albert se inclinó más para oírla; su mejilla rozó su cabeza, una tibia caricia sedosa.

—Sí.

— ¿Echaba de menos... Inglaterra?

Albert se dio cuenta de que ella estaba imaginando qué sucedería si enviara a su propio hijo a un país lejano no. No se daba cuenta de que su dolor sería más grande que el de ellos.

—Durante poco más de un mes —dijo lacónico.

Levantó los párpados súbitamente y lo miró con evidente incredulidad.

— ¿Tan poco tiempo?

—Tiene un hijo. Sabes cómo son los muchachos. Cuando mi padre me regaló un caballo, pude comprobar que el sol y la arena pueden ser bastante atractivos.

—Tiemblo sólo de pensar qué es lo que comprobó cuando le regaló su propio harén —dijo ácidamente con su sensibilidad de madre ofendida ante el amor voluble de un niño.

Albert rió suavemente, atrayéndola más cerca para que al hacerla girar pisara entre sus piernas. El cuerpo de Candy rozaba su entrepierna, el suave raso contra la dura seda.

—Estaría encantado de mostrarte lo que pude observar.

— ¿Hay lirios en Arabia?

Sus dedos apretaron la estrecha mano femenina. Podía sentir los delicados huesos bajo la seda y la carne.

—Lirios rosados —murmuró roncamente, aspirando el aroma limpio y desprovisto de perfume de su cabello y su cuerpo—. Con suaves pétalos sedosos que se vuelven calientes y húmedos.

Candy dejó de bailar bruscamente, con sus ojos bien abiertos, ávidos, deseando todo lo que Albert quería darle, todo lo que él anhelaba que una mujer pudiera darle.

—Ven conmigo a casa, taliba. Déjame mostrarte las maneras de amar.

Lo había estropeado todo.

La mano apoyada sobre su hombro se cerró compulsivamente. La tentación que brillaba en sus ojos se evaporó.

Había hablado en exceso y demasiado pronto. Arrancando la mano de su hombro, dio un paso atrás le hizo una reverencia.

—El baile ha concluido, lord Andrew. Gracias. —Y le dio la espalda. Otra vez.

Albert se apoyó en la pared y la observó perderse entre la gente con irritación. El chismorreo ya había comenzado a difundirse. Los hombres llenaron su tarjeta de baile. Las acompañantes ponían a resguardo a sus protegidos cuando Candy se acercaba a ellos.

Poco después de la medianoche una carcajada estruendosa se alzó en medio de la pista de baile. Albertse irguió. Sabía de quién era aquella risa y no permitiría que Candy fuera acosada por hombres como lord Hindvalle.

Otro punto en contra de Neal Leagan.

Tenía el derecho y el privilegio de protegerla y no lo hacía; la protección de Albert pondría todavía más en evidencia a Candy ante los de su clase.

Justo cuando Albert se estaba aproximando a ella, vio que el rostro de Hindvalle se ponía de color púrpura. El libertino de setenta años se dio la vuelta con brusquedad y se alejó con la espalda tan erguida como no lo había estado en muchos años.

Candy detuvo la mirada en el rostro oscuro y melancólico de Albert.

—Le he preguntado si era miembro de la hermandad de los Uranianos.

Una risa saludable irrumpió en su pecho y ahogó el murmullo circundante de la gente que chismorreaba, coqueteaba, injuriaba y se quejaba.

—Lléveme a casa.

Albert la miró fijamente a los ojos con la risa ya olvidada.

—A mi casa, lord Andrew. Neal no ha regresado. No tengo carruaje.

Sintió un latido en la sien derecha. Un latido idéntico vibró y palpitó entre sus piernas.

—Aquí, en este salón de baile, Candy, no soy tu tutor. No seré tu tutor en el carruaje.

Candy alzó la barbilla.

— ¿Me tocaría en contra de mi voluntad?

No sería en contra de su voluntad. Ambos lo sabían.

Albert calculó rápidamente cómo podían marcharse juntos sin llamar la atención. Ahora que sabía que pronto sería suya, sentía que debía proteger su reputación.

—Haré que me traigan mi carruaje. Un criado vendrá a buscarte. No hace falta que nos vean saliendo juntos.

La gratitud suavizó sus rasgos.

—Gracias.

El lacayo aceptó la generosa propina de Albert con el rostro imperturbable.

—Llamarás a la señora Leagan cuando te lo diga. Luego la acompañarás a mi carruaje. Si dices una palabra de esto, te castraré personalmente y te enviaré a Arabia, en donde los eunucos son vendidos como rameras.

El lacayo tenía una nuez grande, que subió y bajó con temor.

—Sí, milord.

Albert pagaba generosamente a sus criados, a cambio, desempeñaban bien sus tareas. El carruaje llegó frente a la residencia palaciega del marqués en menos de diez minutos.

—Ahora —le dijo al lacayo.

La neblina húmeda y maligna formaba una especie de manto, colándose dentro del carruaje. Albert apoyó la cabeza contra el tapizado de cuero y cerró sus ojos, intentando controlar su cuerpo, sus deseos, sus necesidades. No se movió cuando la puerta se abrió. Y tampoco lo hizo cuando el coche se inclinó levemente y fue rodeado por la esencia de Candy, su olor, el calor de su cuerpo. Apenas se hubo instalado frente a él con un murmullo de seda y el crujido del cuero, la puerta se cerró fuertemente y el carruaje comenzó a moverse.

—El jueves pasado me di un golpe contra una farola

Albert abrió los ojos y observó el oscuro perfil de su capa y su sombrero. Ella lo había tocado, pero no había confiado en él.

—Te hiciste daño... y no me lo contaste.

—Mi orgullo sufrió más que mi cabeza. —Su voz, tan próxima en aquel espacio cerrado, sonaba lejana. El tenue brillo de la luz de un farol exterior iluminó al pasar su rostro durante un instante—. Pero sentí miedo aquella noche, porque sólo estábamos el cochero y yo y ninguno de los dos podía ver en la neblina. Podíamos habernos caído al Támesis y sólo pensaba en que me iba a morir y nunca sabría lo que es amar. ¿Puedo besarte?

Un rayo de calor se disparó dentro de su cuerpo. ¿Puedo besarte? resonó sobre el rechinar de las ruedas del carruaje.

—Quítate el sombrero.

La delgada silueta de su cabeza reemplazó la gruesa forma del sombrero. Los muelles crujieron; ella se colocó en el borde del asiento, rozando con sus rodillas las de él a través de sus capas.

Albert se inclinó hacia delante, y se puso tenso cuando las manos enguantadas ahuecaron su cabello.

Ella se apartó bruscamente.

— Albert.

Al instante, sus manos habían vuelto sin los guantes, con la piel tibia, acariciando sus orejas, deslizándose hacia sus mandíbulas. Él cerró los ojos notando una ola de dolor placentero. Había pasado tanto tiempo...

—Tu piel es diferente a la mía. Más dura. Más gruesa.

Albert contuvo una carcajada, abrió los ojos, deseando haber encendido las lámparas dentro del carruaje para poder ver su rostro mientras ella daba rienda suelta a su pasión

—Tú eres mujer; yo soy hombre.

Albert contuvo el aliento, esperando, esperando, y luego ella se aproximó más, con su aliento sobre los labios de él...

El carruaje saltó sobre un bache; los labios de Candy resbalaron por su barbilla.

—Discúlpame...

—No. No te detengas. —Si se echaba atrás, pondría sus manos sobre ella y la tomaría—. Espera. —Extendió sus brazos, aferrándose a las ventanas del carruaje—. Ahora. De nuevo.

Con precaución, ella se inclinó hacia delante, acariciándole con su aliento, rozándole con sus labios...

Una descarga eléctrica sacudió a Albert. Ciega y ansiosamente, ladeó su cabeza abriendo su boca sobre la de ella, rozando sus labios, balanceándose con el carruaje, moviéndose al compás de Candy mientras ella exploraba el húmedo roce de un beso, ferame, el primer beso que le daba un hombre.

Aún no era suficiente. Echándose hacia atrás ligeramente, con los labios de ella suaves y húmedos contra los suyos, él susurró temblando:

—Abre tu boca. Lleva mi lengua a su interior.

Candy aspiró el aire, su aliento. Enseguida, su lengua se introdujo dentro de ella. Un suspiro profundo subió desde su pecho. Ella se aferró a su cabeza como si quisiera atraerle a su boca, pero su lengua esquivaba nerviosamente el empuje de él.

Albert no permitiría que se echara atrás. Su lengua se movió en círculos, exploró, lamió hasta que ella imitó sus movimientos, girando, saboreándolo. Ela'na, la sentía caliente. La deseaba...

Albert lamió su paladar, escuchó la cadencia acelerada de su respiración. Un júbilo tan intenso que resultó doloroso estalló en su interior. Ella también lo deseaba, y aquello era casi tan poderoso como su propio arrebato.

—Dios mío... No lo sabía.

Las palabras vibraron dentro de su boca. Mordisqueó su labio inferior y preguntó:

— ¿No sabías qué? —oyó cómo ella aspiraba su aliento.

—No sabía que los labios de un hombre eran tan suaves. —La boca de ella se movió contra la de él, un roce suave y un tibio aliento acariciaban su piel como una pluma mientras los dedos de Candy se enterraban en su cabello—. No sabía que un beso era tan... personal. Tan íntimo. ¿No es mejor si un hombre sostiene a una mujer cuando él la besa?

—No te tocaré contra tu voluntad. —Le sorprendió que las palmas de sus manos que presionaban contra las dos ventanas no rompieran el vidrio. Con determinación, su lengua se insinuó a través de sus labios, imitando el des-lizamiento húmedo de la verga del hombre contra la vulva húmeda de la mujer, entrando y saliendo—. Si quieres que te toque, Candy, me lo vas a tener que pedir.

Los dedos de ella se enredaron en su pelo.

— ¿Acaso no consideras que un beso... sea tocarse?

—Los labios besan; los dientes mordisquean; una lengua lame y saborea. Sólo las manos tocan. Ahuecan los pechos de una mujer, tibios y henchidos con el peso de su deseo; guían las caderas, suaves y redondas bajo la dureza de un hombre; aprietan las nalgas femeninas, estirándolas bien para que pueda gozar; acarician la vulva hasta que ella da rienda suelta a su pasión. Una lengua puede probar esa pasión, pero sólo a través del tacto los dedos de un hombre pueden deslizarse dentro de su cuerpo y alcanzar donde está caliente, húmeda y ardiente de deseo. Tocar a una mujer la prepara para una penetración más profunda. Cuando me digas que te toque, Candy, llegaré a lo más profundo de tu cuerpo. Con los labios inclinados, endurecidos, tomó su boca, desatando la fuerza total de su deseo, y chupando la lengua de ella en su interior. Candy se puso tensa pero él se negó a dejarla ir, chupando sus labios, su lengua, hasta que ella gimió dentro de su boca y se aferró a su cabello con ambas manos, atrayéndolo cada vez más y más cerca. Cuando dejó de besarla, ella tomó una bocanada de aire.

Albert puso su frente contra la de ella. Su piel golpeaba y chocaba con la suya de la misma forma que el carruaje golpeaba y chocaba con la calle empedrada. La voz de Albert tenía la rudeza del deseo.

—Pídeme que te toque, taliba.

La voz de ella era igualmente áspera.

— ¿Qué harías si lo hiciera?

—Desabrocharía tu vestido, tomaría tus pechos y chuparía tus pezones hasta que gritaras al alcanzar el orgasmo. Luego volvería a hacerlo hasta que volvieras a alcanzarlo.

Se oyó el aliento atrapado en su garganta.

—Una mujer no alcanza el orgasmo a través de sus pechos.

Una sonrisa dolorida torció los labios de Albert, recordando la confesión que le había hecho al principio. — ¿Y cómo lo sabes?

—Tengo un hijo —murmuró sin aliento—. Mis pezones han sido chupados.

—No por un hombre, taliba.

— ¡No puedo hacerlo! —gritó de repente.

— ¡Sí puedes! —respondió él, sintiendo su dolor, sintiendo su propio dolor entre los dedos que aferraban su cabello. Viniste a mí para que te enseñara a darle placer a un hombre. Yo quiero ser ese hombre. Quiero que me desees tanto que harías cualquier cosa para aprender a darme placer a mí. Pídeme que te toque, Candy.

De repente, él se sintió liberado, y necesitó todo el control del que disponía para no lanzarse hacia ella. Había saboreado su boca; quería mucho, mucho más. Quería saborear su placer, su grito de éxtasis.

—No sabes lo que me estás pidiendo.

Sí, lo sabía.

Bajando los brazos, él cerró sus ojos y respiró estremeciéndose.

—Un beso, Candy. Si no me dejas tocarte, déjame que te bese los pechos. Déjame poner tus pezones dentro de mi boca y chuparlos como he hecho con tu lengua. Concédeme eso, taliba.

Un crujido se oyó por encima del rechinar de las ruedas del carruaje.

Los ojos de Albert se abrieron de golpe.

Candy se quitó la capa de los hombros.

—Sólo un beso. —Su voz temblaba de deseo.

Albert se pasó la lengua por los labios y miró la piel blanca que brillaba por encima del escote de su vestido, negro en la oscuridad, rojo a la luz del destello de algún farol de la calle.

—Sólo un beso —accedió agitadamente. Y rogó poder detenerse cuando llegara el momento.

Si la tomaba antes de que estuviera preparada, ella jamás le perdonaría... ni a sí misma.

—No puedo alcanzar los botones...

—Date la vuelta.

Más susurros. Candy se sentó en el borde del asiento y le mostró su espalda.

Con las manos temblorosas —los saltos del carruaje nada hacían para ayudarle— encontró los diminutos botones y los desabrochó uno por uno. Sentía un hormigueo en los dedos, que querían tocar algo más que la tela.

—Tengo que desatarte el corsé.

—Sí —escuchó su susurro por encima del tamborileo de su corazón.

Cintas... Agradeció tanto a Alá como a Dios los nueve años que había pasado en Inglaterra, aprendiendo lo suficiente sobre las prendas íntimas de las mujeres inglesas. Rápida y eficazmente, la liberó.

Candy se volvió, apretando el vestido contra su pecho.

—Dame tus pechos, taliba.

—No puedo.

—Ela'na, Candy...

—Mi camisola...

Estirando la mano, pasó suavemente las tiras de su vestido por encima de sus hombros. Bajó el corsé y la camisola quedó al descubierto, un cuadrado de tela blanca con un escote que descendía a través de la pálida curva de sus senos.

Con el aliento raspando en su garganta, lenta y cuidadosamente, deslizó sus dedos bajo el algodón. Un suave calor le quemó mientras alzaba, con delicadeza el pecho izquierdo, liberándolo de la apretada camisola. Incapaz de resistirse, rozó la yema dura expuesta de su pezón.

Candy lanzó un grito sofocado:

— Albert...

El se detuvo. Ella jamás le había llamado por su nombre de pila, nunca le había llamado bastardo, animal, asqueroso árabe. Ella le había pedido disculpas por el desplante de su esposo. Tantas cosas por primera vez, para ella, para él.

—Todo irá bien —canturreó, levantando su pecho derecho para liberarlo con el mínimo contacto, más de lo que había prometido, pero sin abusar de su confianza—. Todo irá bien —murmuró otra vez, deslizándose hacia el suelo del carruaje, sobre sus rodillas, enterrando sus dedos en el asiento de cuero, a ambos lados de ella, para evitar tomar de lo que ella quería—. Todo irá bien —repitió, inclinándose hacia el calor de su cuerpo, los labios rozando la suave piel aterciopelada. Los dedos de Candy se entrelazaron en el cabello de él y sujetaron su cabeza, acariciando las puntas de sus orejas. Albert absorbió su calor; se deslizó sobre él como una ola hirviente. De pronto, el mundo entero se concentró en aquel momento y aquella mujer, y quería que ella compartiera ese milagro.

Quería otorgarle el don del sexo.

Acercó su boca hacia el pezón apretado y duro a causa de aquella genuina pasión y lo succionó intensamente. Candy lanzó un grito. Como respuesta, un gemido se alzó desde su pecho, mientras la lamía, la chupaba y se perdía completamente en sus deseos y sus pasiones.

Candy lo atrajo hacia sí, inclinándose hacia su rostro, con su cuerpo arqueándose de deseo, balanceándose con el carruaje.

—Oh, Dios mío. Detente. Albert. ¿Qué estás haciendo? Me siento... por favor. Detente. ¡Oh, Dios mío!

Estamos a medio camino, taliba.

Buscó su pecho izquierdo, se detuvo un momento para lamer el duro pezón erecto dándole una rápida bienvenida, y luego lo tomó en su boca, volviéndose parte de ella, con el corazón palpitando al ritmo de sus latidos y los pulmones expandiéndose y contrayéndose con la cadencia jadeante de su respiración. Lamió la diminuta hendidura por donde había salido la leche para su hijo y la imaginó dándole de mamar a un niño para después dejarle beber a él. Se imaginó bebiendo hasta que ella no pudiera dar más y no tuviera temor alguno a que no fuera suficiente.

— Albert, por favor, debes ayudarme, no puedo... no...

El sollozo de Candy se ahogó en su garganta.

Albert hundió con delicadeza los dientes alrededor de la base de su pezón, dándole la extraordinaria sensación que necesitaba mientras continuaba lamiendo y chupando sin cesar. Podía sentir el arco de su cuerpo, oír ráfagas de aire soplando dentro de sus pulmones y ver detrás de sus párpados cómo crecía su orgasmo, se expandía, explosionaba...

Soltó el pezón bruscamente y atrapó su grito de éxtasis dentro de su boca, hundiendo su lengua en la humedad caliente de ella, tomando su placer y haciéndolo propio.

Candy apartó súbitamente su boca de la de él, intentando respirar. Su mejilla estaba húmeda.

Albert abrió los ojos... la áspera luz exterior penetró por la ventana del coche. Su garganta se contrajo.

—No llores, taliba. Sólo ha sido un beso. —Lamió el rostro salado —. Sólo un beso. —El coche se ha detenido.

Albert enterró su cara en su cuello, sabiendo lo que ella iba a hacer, esperando que tuviera fuerzas para ello. Entonces, suspirando, se apartó, sentándose frente a ella como si no hubiera compartido su primer orgasmo con él.

Candy se retorció, liberando sus brazos de la prisión del vestido, acomodando sus pechos otra vez dentro de la camisola, subiendo el corsé, el traje, envolviendo la capa a su alrededor.

—Divórciate de Neal Leagan.

—No puedo.

Albert se armó de valor ante la determinación de su voz.

—Yo puedo darte amor, Candy. ¿Qué puede darte él?

—El puede darme a mi hijo.

—Podrías tenerlo igual conmigo. Candy estiró la mano hacia la puerta.

—Debo irme.

No podía dejarla ir, no mientras su sabor siguiera envolviendo su lengua.

—Te deseo, Candy.

—Y mi esposo no —le replicó de lleno—. Pero eso ya lo sabes, ¿no es cierto?

Sí, lo sabía.

— ¿Crees que quiero pasar el resto de mi vida con un hombre que no me desea? —Su grito apagado resonó en el interior del coche—. Me acabas de regalar un recuerdo que siempre atesoraré. Y ahora debo irme. Por favor, no me pidas que vuelva a bailar contigo, porque no puedo.

Abrió la puerta de un tirón y se cayó del carruaje.

Albert saltó para ayudarla.

Candy se puso de pie rápidamente, sostuvo la capa con fuerza. La luz dorada de la lámpara de gas que se hallaba junto a la puerta de su casa danzaba sobre su cabello.

—Ya le he pedido el divorcio. No resulta conveniente ni para la carrera de mi esposo ni para la de mi padre. Ma'a e-salemma, lord Andrew.

Cerró la puerta del carruaje en su cara de un portazo, dejándolo solo sin más compañía que su sombrero, sus guantes y el sabor y el olor persistente de su cuerpo.

Albert pensó que había subestimado a Candy. Y que muy posiblemente había puesto en peligro algo más que su reputación.

CONTINUARÁ….

Chicas espero que traigan agua fría o llamen a los bomberos porque este capitulo esta de infarto….