Capitulo 14
BELLA POV
Corría por el bosque con todas mis fuerzas, sin detenerme... sin mirar atrás. No podía darme el lujo de parar, si lo hacía todo mi esfuerzo seria en vano. No podía arrepentirme, lo hacía, con toda mi alma, pero por el bien de mi familia debía de continuar con esto. Por el bien de Edward debía de seguirlo.
Edward.
Sentí como si una gran bola de demolición golpeara mi pecho de solo pensar en él. Aun podía ver sus ojos dolidos e incrédulos por mi actitud. Podía escuchar su voz entrecortada y desesperada preguntándome si aun lo amaba... ¿Cómo iba a decirle que no? Ese fue el único momento en el que me deje ser vulnerable de nuevo, solo para demostrarles que mis sentimientos seguían siendo lo mismo... que la sangre jamás haría que dejara de amarlo...
Sacudí mi cabeza y deje que aquellos pensamientos y sentimientos se escondieran en lo más profundo de mí ser. Ahora debía de ser fuerte e idear como vencer a Sebastian. El problema no eran los Vulturis en sí, era ese vampiro con dones endemoniados. El debía de ser asesinado, de lo contrario podría hacer grandes destrozos en todo el mundo... con todos aquellos poderes bajo su cuerpo era casi imposible detenerlo, pero todos teníamos un talón de Aquiles y yo iba a tratar de encontrarlo.
Aun puedo recordar el día en que vino a darme el ultimátum de los Vulturis. O volvía a por las buenas, o Sebastian me llevaría por las malas. El estaba en el instituto, escondido de los humanos a simple vista, al igual que de los vampiros, el muy maldito había logrado camuflarse, y había absorbido los poderes de Héctor y Caroline...
Dios, debía de sacarlo de este pueblo cuanto antes...
-Espero que no estés pensando en escapar.
Mis piernas dejaron de moverse de manera automática, frenándome en medio de la carrera. Con lentitud gire para toparme con mi pesadilla. Sebastian. Estaba apoyado, con total despreocupación, sobre un árbol. Sus brazos estaban cruzados a la altura del pecho, y su rostro, hermoso, surcado por una sonrisa burlona y amenazadora. Estaba ataviado en un traje elegante, completamente negro, con camisa blanca y sin corbata, por lo que los tres primeros botones estaban desprendidos, dejado ver su amplio y blanco pecho.
En menos de un parpadeo lo tenía sobre mí. Sus brazos rodeando mi cintura, apretándome contra su cuerpo.
-Hola, Isabella- ronroneo en mi oído, lamiendo debajo de mi oreja-. Mmm… que bien hueles y sabes…
-Sebastian…- gemí horrorizada.
-Me preguntaba si ahora, que eres completamente libre de perdedores, me darías el enorme placer de probarte- murmuró ahora bajando sus labios por mi cuello.
Era repugnante, realmente lo era. Él era hermoso y encantador, pero su actitud era asquerosa. A mí no me había convencido la primera vez que lo vi, y mis pocas simpatías por él fueron al tacho de basura cuando abrió su boca.
Mis pensamientos se alejaron abruptamente cuando sentí sus frías y ásperas manos meterse debajo de mi camiseta. Horrorizada lo aparté de un empujón, pero no fue suficiente, él seguía tocándome. Solté un gruñido y levanté mi pierna para asestarle una patada, pero se apartó de mí y se rió a carcajadas… las cuales quedaron flotando por entre los árboles. Como una risa fantasmal
-No me toques- gruñí limpiándome la saliva de mi cuello.
-Vamos, cariño- dijo con esa voz condenadamente sensual-. Sé que estas mal por tu... perdida amorosa- movió su mano de de manera desinteresada- ¿Pero sabes qué?... soy un buen consolador...si no me crees, pregúntale a Heidi- sonrió ampliamente de modo que todos sus dientes destellaron.
-Eres un cerdo- gruñí y comencé a caminar.
Gracias a las estupideces de Sebastian, había perdido demasiado tiempo.
Él me siguió de cerca, ignorando mi comentario, ya que siguió hablando, completamente absorto en sus ridiculeces.
-Me pregunto cómo será- me miró y se plató delante de mi- ¿Cómo te gusta? ¿Suave o duro? ¿Alguna posición preferida?
-Sigue imaginando, porque nunca llegaremos a hacer nada- le bufé y seguí con mi camino.
-¿Me creerías si te digo que Heidi dijo esas mismas palabras?- preguntó con tono burlón.
No contesté, seguí caminando tratando de ignorarlo.
-Aunque tu podrás caer sobre el lodo...
-¡déjeme en paz!- grité golpeando el suelo con mi pie.
El golpe hiso que el barro salpicara sus inmaculados zapatos. Él bajó la vista para verlos, arqueando una ceja
-Si no fuera por qué debo llevarte con los amos, te haría arrodillarte y lamerme las suelas hasta que estén relucientes...
-Ya quisieras- gruñí por lo bajo.
-Y luego cortaría esa lengua- dijo de manera sombría.
Todo mi aire de matona se esfumó al ver sus ojos rojos relucir con furia. Había acabado con su paciencia y eso podría significar la muerte para mí... Sebastian podía hacer lo que quisiera, mi muerte no era algo que a los Vulturis les molestara, quizás hasta le agradarían, quizás para eso me habían mandado a buscar.
El rostro de Sebastian era inescrutable, sin emociones reflejadas... con pasos lentos avanzó hacia mí, instintivamente retrocedí hasta toparme con un árbol. Él siguió avanzando hasta que estuvo a dos pasos de mi, colocó una mano por sobre mi cabeza y sonrió aterradoramente.
-Que tontos pueden ser los lobos- dijo a la vez que se inclinaba hacia adelante.
En ese momento los escuché, eran como miles de pies que golpeando el suelo a gran velocidad, a cada segundo. El suelo debajo de mis pies comenzó a vibrar y frente a nosotros pasó una manada de lobos. Todos desfilaron delante de mis ojos, pero ninguno parecía reparar en nosotros... era como si no nos vieran.
Ellos siguieron corriendo hasta que se perdieron por los árboles. Me quedé quiera mirando como ellos se marchaban ¿Que acababa de pasar?
-Los lobos son simples animales que solo saben utilizar sus hocicos y ojos para rastrearnos- dijo Sebastian sin apartarse de mí.
-Nos... Escondiste- dije mirándolo.
-Ya. Vámonos que estamos retrasados.
Había llegado el momento de marchar. El momento en que ya no volvería a ver a Edward... Mi pecho se rompió en mil pedazos...
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Avancé con Sebastian por el bosque con absoluta reticencia. Quería dar media vuelta y marcharme corriendo, lejos de él. Refugiarme en los brazos de mi novio, de mi prometido… al menos lo fue por unos días. Suspirando negué con la cabeza y me obligué a pensar en otra cosa, en que todo lo que estaba haciendo estaba bien… No era para mí, era para ellos.
Atravesamos el bosque hasta llegar a la carretera, escondido entre medio de los arbustos había un coche negro. No me fije en el modelo, pero si en el cuerpo que había en el asiento del copiloto.
-No quiso prestarme el auto por las buenas- se encogió de hombros y abrió la puerta trasera.
Yo lo mire espantada y retrocedí unos pasos. Mis ojos se habían clavado en la mujer muerta. No era mayor, debía de tener mi edad, quizás unos años m{as...
-¿Cómo pudiste?- pregunté horrorizada.
-Fácil. La tome, mordí su cuello y bebí su sangre- dijo con demasiada obviedad.
Clavé mis ojos en él y traté de asesinarlo con ellos, pero lo único que logré fue hacerlo reír.
-Sácala del auto- le ordené.
-Vamos, Bella. Deja de ser tan humanitaria y metete en el auto- me ordeno señalando el asiento trasero.
-No lo haré hasta que saques a esa mujer- señalé la ventanilla delantera.
-Mujer tienes que ser- bufó y abrió la puerta del copiloto.
La mujer cayó hacia el asfalto con un sonido seco, hueco. Sentí mi estomago contraerse y aparté la mirada cuando Sebastian la tomó por los pelos y la tiró contra unos arbustos.
-¿Feliz?- preguntó con molestia.
-Ni cerca- masculle y me metí dentro del auto.
Sebastian cerró mi puerta y caminó con despreocupación hacia su asiento. Se metió dentro del auto y lo puso en marcha. Íbamos a toda velocidad cuando me miró por el espejo retrovisor.
-Debajo del asiento hay una muda de ropa- dijo señalando con su pulgar en mi dirección-. Esta limpia y nueva.
Frunciendo el ceño metí la mano bajo el asiento y allí había una bolsa de papel. La saque y la coloqué sobre mi regazo, iba a abrirla para su contenido cuando levante la vista y mis ojos se toparon con los rojos de Sebastian.
-No pienso cambiarme contigo mirándome- gruñí y apreté la bolsa contra mi pecho.
Soltó un bufido y murmuró algo, pero yo no le presté atención, solo miraba como su mano subía hacia el pequeño espejo retrovisor y lo arrancaba. Abrió la ventana y no tiró a la carretera.
-Listo. Vístete- ordenó mirando hacia adelante.
Tomé aire y conté mentalmente hasta diez. dejé la bolsa y me quité la camiseta manchada de sangre y rota. Abrí la bolsa y saque lo primero que encontré, pero nunca me esperé encontrarme con aquello.
-¿Que mierda es esto?- exclamé mirando la prenda- ¡No mires!- grité y me cubrí cuando Sebastian giraba su cabeza en mi dirección.
-Es ropa- suspiró apretando el volante.
-Esto, no es ropa- enfaticé abriendo el pequeño vestido rojo.
Era pequeño y de color rojo sangre. No llevaba tiritas, solo se sostenía por el busto y la falda era tan corta que parecía tapar solo lo necesario. Mire dentro de la bolsa y encontré unos zapatos de tacón del mismo color.
-Vienes conmigo, por lo tanto debes verte a mi altura, en todos los sentidos- dijo con obviedad.
-No voy a usar esto- dije decidida.
-No hay otra cosa. Y no creo que te guste salir con esa ropa ensangrentada, muchos menos desnuda- se rió-. Es eso o nada.
Miré la ropa y supe que no tenía opciones, por lo que me tragué las replicas y me desvestí por completo, me puse el vestido y los tacones. Mi cabello debía de ser un asco, todo revuelto como un nido de pájaros. Intenté aplacarlo con mis dedos. Peinándolo, desasiendo los nudos y los pedazos de hojas y ramillas...
-No te lo toques mucho, te queda sexy todo despeinado- me miró sobre su hombro y me sonrió coqueto.
Solo rodé los ojos e intenté peinarme. Solo deje mi cabello cuando los nudos desaparecieron, y no encontré más restos del bosque en él. Me reacomodé en el asiento y miré por la ventanilla.
Los árboles pasaban como manchones borrosos verdes, no podía apreciar nada gracias a la velocidad con la que Sebastian conducía. Sin embargo no apartaba la mirada y pensar que esta sería la última vez que vería aquel paisaje.
Sentía mis ojos escocerse. Por primera vez agradeció no poder llorar, no le iba dar el lujo a Sebastian para que me vea devastada, triste y desanimada. Sabía que se regocijaría por mi dolor, pero debía mostrar que era fuerte. Debía convencerlo de que nada me importaba... este era mi plan convencerlo y seducirlo, luego lo mataría
Antes de que pudiera asimilar todo, ya habíamos llegado al aeropuerto de Seattle. Sebastian ya se había bajado del auto y sostenía m puerta abierta. Sostenía una mano la puerta mientras que la otra estaba suspendida en el aire, esperando la mía. La quité de un manotazo, y salí del auto por mis propios medios.
Por más que era un vampiro y el desequilibrio había desaparecido, Era todo un reto bajar con semejante falda y zapatos sin que las bragas se me notaran. Quería mantener mis muslos juntos, me era imposible para bajar sin abrir las piernas.
Cuando por fin logre hacerlo, acomodé mi falda e intente bajarla un poco m{as, pero solo tapaba mi trasero y no cedía más.
-Si la sigues estirando, se romperá- murmuró muy cerca de mi oído, logrando que me estremeciera de asco.
Comencé a caminar, pero él me tomó por el brazo y me arrastro hacia otra dirección.
-¿A dónde vamos?- pregunté, de pronto, con miedo.
-Nosotros no iremos con el resto- dijo despectivamente-. Los Vulturis tenemos un Jet privado. El cual nos está esperando.
Me condujo dentro del aeropuerto, hasta llegar a unas puertas dobles. Allí un guardia nos saludó con un asentimiento de cabeza y nos permitió pasar. Yo no podía más que seguirlo con mis ojos en el suelo. Todo el mundo nos miraba, cuchichiaban y nos señalaban. Era vergonzoso.
Tropecé con Sebastian cuando se detuvo de repente. Me miró y abrió la puerta, me indicó con la mano, de que saliéramos al exterior. Miré hacia el frente con desconfianza, había un avión esperándonos. Había dos azafatas y dos pilotos parados al lado de las escaleras que iban hacia el avión.
Al ver que no avanzaba, Sebastian me empujó y cerró la puerta detrás de nosotros. Seguí quieta en mi lugar, mis piernas no respondía… no quería irme, no quería abandonar mi hogar… no quería morir.
-Camina, Isabella- me ordenó apretando mi brazo.
Apreté los dientes y me concentré en solo mover un pie, y luego el otro. Las azafatas y los pilotos nos sonrieron y nos saludaron de una manera muy formal. Sebastian solo los miró con suspicacia y subió las escaleras, conmigo a rastras.
El avión era enorme por dentro y fuera, y me parecía completamente absurdo tanto lujo solo para dos personas. Dentro habían pocos asientos, solo había ocho, y estaban separados, había mesas y puertas de las cuales no tenía idea de a dónde iban.
Las azafatas y los pilotos entraron después de nosotros y corrieron a sus puestos. Una de las muchachas se acercó a mí y me miró con preocupación.
-¿Se encuentra bien, señorita?- preguntó manteniendo las distancias.
-Si- apenas susurré. No estaba segura si ella me había oido, por lo que asentí con mi cabeza.
-Entonces, debe tomar asiento, el avión está por despegar- dijo con una radiante sonrisa.
Intenté devolverle la sonrisa, pero no estuve segura que mueca habré hecho.
-¿Frente al señor Vulturi?- preguntó y señalo con su mano a Sebastian, quien miraba por la ventanilla.
Al escuchar su nombre, se giró y me dedicó una de esas seductoras, y asquerosas, sonrisas. Yo aparté mi mirada y me concentré en la joven que miraba embelesada al demoniaco vampiro.
-No, quiero sentarme sola- y lo mas apartada posible, pensé.
Al escuchar mi voz la chica pegó un brinco y me sonrió con disculpas, preguntándome que le había dicho. Volví a repetirle y ella me llevó a un asiento alejado de Sebastian. Sentí su mirada en mi espalda, y un escalofrío me sacudió al sentir su mirada deslizarse por mi espalda, trasero y piernas.
Una vez que me senté la joven me ofreció algo de beber o comer, pero me negué y miré por mi ventana.
No había mucho para ver, solo el aeropuerto con aviones despegando y aterrizando. Los camiones repletos con bolsos y maletas de los clientes y las escaleras con motores retirándose o acomodándose en las puertas de los aviones.
-Señorita, debe abrochar su cinturón- me dijo la misma joven y tuve que tragarme la réplica de que yo no necesitaba un estúpido cinturón.
Me limité a hacerle caso y seguir mirando por la ventana. Sentí el movimiento del avión cuando comenzó a moverse. Cerré mis ojos y recé para que por que todo saliera bien… a mi favor.
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El no poder dormir ahora me molestaba. Deseaba con todas mis fuerzas poder cerrar los ojos y deslizarme a un mundo surrealista. Quería salir de todo el estrés, pero eso ya no podía hacerlo más. Solo podía cerrar mis ojos e imaginarme o recordar días anteriores. Pero eso significaba abrir mis heridas de corazón y me sentiría sola y vulnerable.
Cerré mis ojos y fingí dormir cuando la azafata pasó por quinta vez para sugerirme que durmiera un poco ya que el viaje era largo y aun quedaban varias horas.
Esas mujeres eran realmente insistentes, y estaban acabando con mi paciencia, por lo que decidí darle con el gusto y que no me molesta más. Al parecer Sebastian también fingía hacerlo ya que las mujeres se juntaron a conversar… sobre nosotros.
-Por dios- gimió una, la azafata de Sebastian-. Es encantador- suspiró patéticamente.
-Demonios, Jennifer- se quejó mi azafata-. Tuviste suerte, al menos no tienes que darle una sonrisa satisfactoria a una mujer que ni te mira.
-Lo sé, Amanda- se rió Jennifer-. Me ha tocado el trasero cuando me giraba.
No me fue desapercibida la estúpida risita de Sebastian. Era un cretino.
-No creo que debas de hacerte mucho las ilusiones- dijo con celos Amanda-. Se lo ve bastante colado por la chica que lo acompaña
-¿Acompaña?- repitió con ironía-. Esa chica no le ha dirigido la palabra ni una mirada desde que están abordo.
-A mi me parece que se han peleado en el camino- siguió hablando Amanda-. Pero no creo que el señor Vulturi nos mire a nosotras con semejante bombón al lado.
-No es tan linda- dijo despectivamente y cambiaron de tema.
Yo no pude más que rodar los ojos ante aquella conversación tan ridícula. Ellas pensaban que Sebastian era el bueno de la película… humanas, no tenían ni idea de lo que estaba pasando… Estaban más seguras en el avión que con Sebastian al lado.
Las horas pasaron y pronto la luz del sol comenzó a salir por entre las nubes. Entrecerré mis ojos y tapé antes de que cualquiera de las azafatas me viera brillar con el sol. Como si estuvieran leyendo mi mente. Amanda apareció con esa sonrisa falsa, forzada y me preguntó si deseaba desayunar, a lo que contesté con un no demasiado arisco.
A pesar de la radiante sonrisa de Amanda, pudo ver como la ira le brilló en los ojos y sus manos se apretaron a sus costados. Fingí no haberlo visto y miré hacia la ventana tapada.
-Me sorprende, Isabella- habló la voz más irritante que conozco-. Tu, alguien que vivía con los humanos, sea capaz de tratarla con tanta frialdad- chaqueó la lengua y negó con la cabeza-. Carlisle se sentirá decepcionado si se enterara.
Decía mientras se sentaba en el asiento frente a mí.
Apreté las manos en los posa brazos y solo los solté cuando los sentí crujir bajo mis dedos.
-Te prohíbo que hables de Carlisle como si conocieras- le gruñí clavando mis ojos en los burlones suyos.
-Tú aquí no puedes decirme que hacer o no- dijo de manera altanera-. Si digo que Carlisle es un dominado, un inútil y un inservible en este mundo, tú- alzó la voz cuando me vio abrir la boca-… te quedarás callada no por tu bien, si no por el de las cuatro personas dentro del avión- su sonrisa se ensanchó al verme sorprender.
-Se pilotear un estúpido avión, no es ciencia- se encogió de hombros y se reclinó en su asiento-. Así que… como buena seguidora de San Carlisle, el santo protector de los humanos, que eres, sabrás mantener esa hermosa boquita cerrada.
Apreté mis dientes y me tragué los insultos. Respiré hondo y traté de tranquilizarme. Sabía que él estaba haciendo todo esto solo para molestarme.
-¿Para qué contrataste a esas personas si sabes pilotear?- pregunté ácidamente.
-Mírame, Bella- se señaló con su mano- ¿Crees que tengo pinta de andar detrás de un volante? ¡Por favor!- se rió discretamente-. Siempre he vivido de otros, todos me servían… ahora de vampiro ¿Por qué cambiar los roles?
Resoplé y me crucé de brazos.
-Todos están especulando cosas que no son- negó con la cabeza-. Debemos demostrar que somos una linda pareja de recién casados.
-¡¿Qué?- grité demasiado alto, llamando la atención de las azafatas.
-Ven, siéntate en mis piernas y bésame, así ven que estamos reconciliado- palmeó sus piernas mientras hablaba.
-Ni loca- gruñí y me apegué aun más a mi asiento.
Sebastian dejó de sonreír y me miró seriamente. Ladeó su cabeza hacia un costado y el avión comenzó a descender.
Las azafatas empezaron a gritar histéricamente mientras el avión caía en picada. Mi cuerpo se elevó por la gravedad y me aferré a los posa brazos. Sebastian seguía mirándome…
-Siéntate en mis piernas y bésame- ordenó con voz sombría.
-¡Basta!- grité
-Hazlo o estrelló el avión. Nosotros saldríamos ilesos, pero ellos no tendrán la misma suerte.
-¡Bien, bien! ¡Lo haré!- grité y salté de mi asiento.
Él me atrapó en sus piernas y el avión comenzó a estabilizarse de a poco. Pero aun así las azafatas gritaban como locas. Sebastian soltó un bufido de irritación, al segundo las mujeres cayeron al suelo, inconscientes.
-¡¿Qué hiciste?- grité e intenté levantarme, pero me retuvo en su falda.
-Solo las puse a dormir un ratito- se rió, recuperando su extraño humor.
Las mujeres se levantaron asustadas, se quedaron paradas mirando la nada y luego comenzaron a hablar con la misma tranquilidad de antes. Como si nunca hubiera pasado nada.
-¿Cómo lo hiciste?- le pregunté asombrada.
-Unos cuantos truquitos en la mente… nada complicado- golpeó su cien con dos dedos-. Bueno… ¿en que estábamos?- preguntó fingiendo olvidarlo-. ¡Ah, cierto! Estabas por besarme- me sonrió de manera sincera.
Mordí mis labios y lo miré con el ceño fruncido. Él se rió naturalmente y tomó mi rostro entre sus manos. Me sorprendí al sentir su toque tan suave. Atrajo mi cara a la suya y unió nuestros labios.
El beso comenzó con un simple roce, pero se volvió demandante, por parte de Sebastian. Yo movía mi boca para hacer algo, no porque le correspondiera. Y Él lo notó.
-Bésame, Isabella- gruñó apretando mi cara.
-Eso hago- replique.
-Hazlo como si realmente quisieras- demandó-. No me hagas enojar de nuevo, Bella. Porque esta vez lo estrellaré.
Cerré mis ojos y esta vez fui yo quien inició el beso. Dejé que mi mente se alejara del momento en que estaba viviendo, y me concentré en solo una persona.
En Edward.
Me lo imaginé a él, besándolo a él.
Era mi Edward el que me sostenía en sus brazos y me besaba como solo él sabe hacerlo.
Abrí mi boca y dejé que su dulce lengua se deslizara dentro de mi boca, uniéndose a la mía, masajeándola y entrelazándose ambas. Solté un gemido cuando sus manos descendieron por mi espalda, hasta llegar a mi cintura y pegarme aun más a su pecho.
-Isabella- gimió mi nombre, y en ese momento caí en la realidad.
Yo no estaba besando a Edward, estaba besando a Sebastian. Me aparté de golpe y apoyé mi cabeza en su hombro.
-Cielos, es sí que es un beso- murmuró abrazándome.
Yo me quedé bien quieta y esperé a que mi respiración se calmara.
Esto era una locura.
-Ya estamos por aterrizar, por favor vuelvan a sus asientos y abrochen sus cinturones.
Me sobresalté al escuchar la voz de Jennifer. Me aparté y la miré, ella me miró de arriba abajo, sin disimular su odio por mí y se marchó por el pasillo.
Salté de las piernas de Sebastian y me senté en mi asiento. Intenté no mirarlo, no quería ver esa mirada de triunfo en sus ojos. Pero no pude evitar que su mano blanca tomara mi barbilla y me obligara a mirarlo.
-Esto no ha terminado- sentenció y se inclinó para dejar un casto beso en mi mejilla.
Se levantó y se fue a su lugar.
Me doblé sobre mi estómago y tomé mi cabeza entre ms manos. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Cómo pude besar de esa manera a Sebastian? No lo hice queriendo, estaba obligada por culpa de los humanos a borde del avión. Y si lo besé con esa pación, solo fue porque Edward estaba en mi mente. No había otra explicación
Me sobresalte cuando las ruedas chocaron contra el suelo… ya había llegado a Volterra…
Mi miedo volvió, nuevamente, apoderándose de mi cuerpo. No podía moverme, tenía pánico. Tomé y solté el aire en repetidas ocasiones, hasta que sentí que la opresión en el pecho y la desesperación desaparecían.
Desabroché mi cinturón y me levanté al tiempo que Sebastian. Él me miró y alargó su mano para que la tomara. Con reticencia la tomé y dejé que me guiara fuera del avión.
-Esperamos que hayan tenido un placentero viaje- dijeron las azafatas y los pilotos como loros mientras descendíamos por las escaleras.
-Vamos, que el coche nos espera- me obligó a caminar, arrastrándome nuevamente.
Miré vagamente como el sol se escondía detrás del castillo que no estaba tan lejos. Me parecía sombrío, mas como una cárcel, un lugar terrorífico antes que una atracción turística. Nadie tenía idea de cómo entraban decenas de personas, para luego no salir nunca más.
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El viaje en coche fue rápido, demasiado para mi gusto. Antes de que quisiera pensarlo me encontraba caminado por los viejos y familiares pasillos del Castillo.
Heidi nos esperaba en la entrada, su cara se ensombreció al verme y me miró cuando se inclinó para besar pasionalmente a Sebastian. Ella ni siquiera me saludó, tampoco me dirigió ningún insulto o comentario de odio.
Yo tampoco hice ademán de hablarle. Ella me había traicionado al ponerse del lado de los Vulturis en vez de mi lado, como se suponía que hacían las amigas.
Ella había sido mi única amiga desde que estaba en el castillo. Mi tutora en las clases y mi compañera cuando pasaba demasiadas horas solas encerrada en la torre. Pero se había olvidado de todo eso y había atacado a mi familia.
-Los amos están impacientes- habló dirigiéndose solamente a Sebastian.
-Bueno, no los retrasemos más- dijo él con una sonrisa pícara.
Pasó un brazo por la cintura de Heidi y caminaron delante de mí, hablando de boberías. La que más hablaba era Heidi, quien le mencionaba cuanto lo había extrañado, a lo que Sebastian contestaba con monosílabos.
A pesar de todo, me sentía mal por Heidi, al parecer ella estaba muy entregada a Sebastian, mientras que este solo la tenía como algo pasajero... solo un buen polvo. A pesar de que me cayera mal, ella no se merecía esto. Pero no podía decirle nada, yo la había arrastrado a ello.
Yo y Edward, habíamos matado a Dimitri.
Seguimos caminando por los pasillos, hasta que llegamos a las enormes puertas de madera, donde detrás de ellas estaban los Vulturis. Heidi se separó de Sebastian y caminó hacia las puertas, las empujó, abriéndolas de par en par. Se corrió hacia un costado y con una mano nos indicó que entráramos.
Tomé aire y caminé detrás de Sebastian. Él saludó con una reverencia y se colocó a un costado. Escuché las pesadas puertas cerrarse y levanté mi cabeza. Allí estaban los tres reyes vampiros, bueno… lo que ellos pensaban que eran.
Todos estaban iguales, quise reírme por mi estúpida observación. La única diferencia en este momento, era que Aro no me estaba sonriendo…
-Isabella- dijo con voz áspera.
-Aro- le saludé seriamente.
-Que falta de respeto, aun somos tus amos- gruñó Cayo desde su lugar.
-Eran- enfaticé alzando mi barbilla-. No entiendo como pretenden que les venere cuando me mintieron…
-No, mi querida- me detuvo Aro-. Ellos te mintieron antes que nosotros.
-¿En qué? ¿En decirme que eran vampiros?- me reí sin ganas-. Solo tenía cinco años. Ustedes me mintieron, me dijeron que ellos habían matado a mi madre… cuando fueron ustedes…- negué con la cabeza tratando de alejar aquellos recuerdos.
-Así es como nosotros regimos las Leyes- intervino Cayo, inclinándose hacia adelante-. Si te gusta, perfecto. Y si no, no te toca más que la muerte.
-Ustedes no son Dios- le escupí en la cara-. Ustedes no son nadie para decir quién debe vivir y quien morir.
-Somos mejores que los humanos, ellos son nuestro alimento, por ende, somos sus dioses y decidimos que hacer con ellos- me sonrió triunfante.
-¿Qué ha pasado contigo, Isabella?- preguntó Aro bajando de su asiento.
Se acercó a mi y pidió mi mano. No se la negué, se la entregué. Él cerró los ojos y se concentró, pero frunció su ceño al ver que yo no quitaba mi escudo. Él estaba loco si esperaba que yo lo hiciera y mi plan se descubriera.
A comparación de Edward, Aro también era un lector de mentes. Pero de aquellos que se metían dentro de tu cabeza, hurgando tus pensamientos mas escondidos. Violándote de la peor manera posible.
-Quita tu escudo- pidió sin abrir sus ojos.
-No- me negué rotundamente. Mi voz sonó clara y decidida.
Abrió sus ojos y se me quedó mirando solo un segundo. Luego negó con la cabeza y acunó un lado de mi cara con su mano.
-Espera que volvieras a mí y las cosas fueran como antes… pero veo que no- sonrió con autentica pena-. Llévensela al calabozo- ordenó.
Y de manera inmediata, tenía a dos guardias a mis costados, tomando mis brazos y arrastrándome fuera del gran salón.
-Espero que tu tiempo allí abajo te haga recapacitar.
Fue lo último que escuché de Aro mientras me llevaban a mi confinamiento. Miré a los guardias, estos tenían las capas de color gris oscuro. Eran parte de la guardia. habían reemplazado a Dimitri y Felix. Y podía ver lo que había atraido a Aro, y era que ellos eran gemelos.
Ambos eran altos y musculosos, de cabello rubio y muy apuestos. Sus ojos eran del mismo color que todos los de este castillo, rojos brillantes. Lo que me intrigaba era saber que tipo de poderes tenían.
-Si hubieras mantenido tu boquita cerrada, ahora estarias libre- le escuché rezongar a Sebastian.
-No pienso lamerle las botas nunca más- gruñí-. Puedo caminar sola ¿saben?- dije intentando soltarme.
Los gemelos me tomaron fuertemente por los antebrazos y me sacudieron para que me quedara quieta. Caminaron un poco mas rápido al ver que pretendía ponerme a pelear.
Los pasillos se ponian cada vez mas oscuros y el olor a humedad mas fuerte. Había olvidado lo mal que era estar aquí abajo. Este había sido el lugar donde yo asesiné a aquellos turistas. Cerré mis ojos e intenté alejar aquellos tormentosos recuerdos.
Sebastian se adelantó y tomó una antorcha. La encendió y caminó encendiendo las que encontraba en el camino. El camino serpenteaba hasta que llegamos a una especie de tumba.
-Isabella, quiero darte la bienvenida a tus habitaciones privadas- dijo con sorna mientras avanzaba.
Pronto los barrotes brillaron bajo la luz del fuego. Eran demasiado brillantes, desprendían un brillo verde, casi azul. Era extraño pues este lugar casi nunca eran usados y nadie los limpiaba... jamás.
-Seras la primera en estrenarlos- habló Sebastian, deteniendose al final de las celdas.
Los gemelos abrieron una puerta, se metieron dentro conmigo y me ataron a unas cadenas. Luego salieron y se perdieron, volviendo al castillo. Yo miré las cadenas, eran del mismo color que los barrotes. Esto era estúpido, ninguna cadena podía detenernos.
Pegué el tirón y estas se iluminaron dañando mis ojos, el color desapareció cuando dejé de ejercer poder.
-Bueno, digamos que encontramos a Herefesto- se rió Sebastian-. Por dos.
-¿Cuanto tiempo piensan tenerme encerrada?- pregunté yendo al grano.
-Eso depende de tí- me sonrió con suficiencia y se recargó en los barrotes.
-¿En que?- inquirí irritada.
-Puedes salir ahora mismo, como puedes quedarme por mucho tiempo- dijo con una sonrisa plantada en la cara.
-Explícate- pedí sin comprender nada.
-Bien, te lo haré simple- suspiró y se endereso-. Los amos estan muy interesados en saber que nos pasaría si no nos alimentamos por un tiempo largo. Y estan furiosos contigo, asi que puedes imaginar lo que pueden hacerte- se rió a carcajadas por un largo tiempo.
Derepente dejó de reírse y me miró serio y decidido.
-Pero tienes la opcion de salir ahora- su voz apenas era audible-. Solo tienes que jurar estar conmigo para siempre. Que me ayudaras a gobernarlo todo.
Se aferró a los barrotes, pretándolos fuertemente, haciendo que estos brillaran y pintaran su cara de color verde azulado.
-Di eso y te libero ahora.
Imagino que muchas miraron su bandeja de entrada del Hotmail sorprendidas y habran dicho "por fin esta yegua actualizo". Si, lo se. Mereco insultos y demás... no los recibire bien, pero se que es asi. Solo espero que sepan comprender que cuando me bloqueo, me bloqueo y no voy a escribir cuando no lo sienta. No quiero arruinar algo que me gusta como va... en fin...
Solo les pido perdon por dos motivos... primero, obviamente, por la tardanza. Segundo, por los errores que de seguro habran notado al final, pero tengo que decir que, nuevamente, mi pc esta muriendo lentamente. Y que ahora estoy en la lap de mi mama, y esta no tiene el Microsoft Word, si no que tiene uno que no sirbe para escribir _
Ahora, a lo importante. Le quedan 4 caps al fic, incluyendo el epilogo... quizas sea poco, quizas mucho, pero asi es como lo veo. Tengo pensado mas adelante editar toda la trilogia. cuando comence a escribir, era una novata, era mi segunda historia. No digo que ahora tengo soy la mejor, por que se que no lo soy, me queda mucho _... pero tengo pensado editarla, para que se vea mejor =D
Ahora, anuncio importante, lo voy a poner tambien en mi pefil por las dudas. VOY A ESTAR SUBIENDO AVANCES DE LOS CAP DE TODOS MIS FICS EN MI BLOG. Asi que pasence y siganme que no los voy a defraudar xD
En mi perfil esta mi blog, face y Twitter...
Bueno mis chicas, eso es todo. No se cuando voy a volver a actualizar, pero creo que no voy a tardar tanto. los caps ya estan pensados, solo falta escribirlos...
Espero que les haya gustado este cap y espero sus comentarios.
Gracias por leer hasta aca, por sus rr, por sus favoritos y sus alertas.
Nos vemos, un besaso. Melo.
¿Review?
