Harry Potter, pertenece a J.K. Rowling.
Cazadores de Sombras, pertenece a Cassandra Clare.
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108: Valentine... ante Raziel
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Ciudad de Cristal.
Janeth grabó una runa en la sien de Jonathan Morgenstern. En aquel que era ella. En aquel niño de ojos verdes, inocente de todo horrendo crimen, cometido por Andrew Blackthorn o por Sebastian Morgenstern. —Saluda a tu reencarnación. Vivirás literalmente, en un mundo mágico, no muy distinto del Mundo de las Sombras. La Runa que te he grabado en la sien, te otorgará todos los recuerdos del futuro. O al menos: aquellos recuerdos que Andrew hubiera vivido —una cruel y burlona sonrisa, se dibujó en su rostro —si es que, hubiera vivido más allá de este día.
—Perdón... perdón... por todo —rogó Jonathan Morgenstern y Janeth le besó en la frente.
—Todo está perdonado, eres inocente —dijo Janeth, acariciándole la mejilla, mientras Jonathan sonreía por primera vez y fallecía en sus brazos.
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Valentine Morgenstern, se encontraba ante el Lago Lyn. Estaba seguro de su triunfo. Desconocía completamente, la maravillosa y feroz dupla, que formaban los Subterráneos y los Nefilim, en la Llanura de Brocelind, eliminando a los Demonios, que su Copa Infernal invocó. Pero ahora, ya no necesitaba de esa cosa de invocación, pues había logrado encontrar la Copa Mortal y estaba allí. Finalmente, estaba ante el Lago Lyn, ante el Espejo Mortal. Se miró en las aguas, y habló para sí mismo, antes de triunfar. Antes de invocar al Ángel Raziel. — "Después de que ella huyera de Idris, la busqué durante años —susurró, para sí mismo —Y no sólo porque ella tuviera la Copa Mortal. Porque la amaba... Pensé que, si tan sólo pudiera hablar con ella, podría hacerla entrar en razón. Hice lo que hice esa noche en Alicante en un arranque de ira, queriendo destruirla, queriendo destruir todo lo que tenía que ver con nuestra vida juntos. Pero después yo… —Él sacudió la cabeza, volviéndola para mirar hacia el lago. —cuando finalmente la localicé, oí rumores de que ella había tenido otro hijo, una niña. Supuse que eras de Lucian. Él siempre la había amado, siempre quiso arrebatármela. Pensé que ella finalmente debía de haberse rendido. Que había accedido a tener un hijo con un asqueroso Submundo. —Su voz se tensó —. Cuando mandé a mis hombres, al apartamento en Nueva York, creí que traerla sería fácil, pues estaría sin entrenamiento, solo para descubrir, que todos fueron asesinados. Yo había hecho un monstruo de su primer hijo y creí entonces entender, que ella me había dejado antes de que pudiera hacer lo mismo con el segundo. Todos esos años que yo la había estado buscando, y eso fue todo lo que tuve de ella. Me di cuenta entonces de algo." —no dejó de mirar las aguas— "Me di cuenta, de que la razón de que ella me dejara fue proteger a Clarissa. Jonathan, ella lo detestaba, pero Clarissa… Ella habría hecho cualquier cosa para protegerla. Protegerla de mí. Incluso vivió entre mundanos, lo que sé que debió hacerle sufrir. Debió dolerle el no ser capaz nunca de criarte con ninguna de nuestras tradiciones. Ella eres la mitad de lo que podías haber sido. Tiene aquel talento con las runas, pero ha sido desaprovechado por tu educación mundana" —usando a Maellartach, la Espada Mortal, cortó solo un poco, su antebrazo, para reunir un hilo de sangre. Sus siguientes palabras, salieron en un hilo de voz —Se necesita sangre para completar esta ceremonia. Y yo, como aquel que está destinado a lograrlo todo. Como el destinado a lograr el alzamiento de una nueva era, para los Cazadores de Sombras, entonces daré incluso mi vida, para que este sueño exista. —La Espada ya se había alimentado de bastante sangre hasta el momento. Sería suficiente. Y salió volando. Propulsado a gran velocidad, en la oscuridad. Los ojos de Valentine se abrieron de par en par; bajó la mirada rápidamente, sujetándose primero el ensangrentado brazo…, y luego subió la mirada y vio, lo que había arrancado la Espada Mortal de su puño.
Jace, con una espada de aspecto familiar firmemente empuñada en su mano izquierda, estaba en pie al borde de una elevación de la arena, a apenas medio metro de Valentine.
Él espetó la espada hacia Valentine, que dio un paso hacia atrás. El aspecto del rostro de Valentine era de cautela, pero no de temor. Había algo de cálculo en su expresión. Sabía que debía sentirse triunfal, pero no lo hacía… Algo en Jace. La velocidad con la cual llegó, ¿de dónde venía? —No creo que hayas venido a unirte a mí, ¿no? —preguntó Valentine, mientras pensaba en todo: El Jace y en Raziel—. ¿Para ser bendecido por el Ángel junto a mí?
La expresión de Jace no cambió. Sus ojos estaban fijos sobre su padre adoptivo, y en ellos no había nada…, ni una sola pizca de persistente afecto, amor o recuerdo. No había odio tan siquiera. Sólo… desdén. Un frío desdén. —Sé lo que estás planeando hacer —dijo Jace —. Sé por qué estás convocando al Ángel. Y no te dejaré hacerlo. Ya he enviado a Janeth combatiendo al otro Jonathan y advertir al ejército…
—Las protecciones les irá bastante bien. No es el tipo de peligro del que puedas huir. —La mirada de Valentine bajó rápidamente a la espada de Jace. —Baja eso —comenzó a decir él—, y podremos hablar.
—. ¿Qué le sucedió a mi verdadero padre? Mi abuela dijo que murió en una redada, —dijo Jace — ¿pero lo hizo realmente? ¿Tú le mataste, como mataste a mi madre?
Valentine aún parecía asombrado. Pero estaba luchando por mantener el control… —Yo no maté a tu madre. —contestó rápidamente —Pero admitiré, que sí maté a tu padre, enfrentándolo en el bosque, de uno a uno. Ella misma, por voluntad propia, se quitó la vida. Quizás fue por el dolor, de perder al hombre que había amado en secreto por años. Yo te saqué de su cuerpo muerto. Si yo no hubiera hecho eso, habrías muerto con ella.
—Pero, ¿por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¡Tú no necesitabas un hijo, ya tenías uno! Dime la verdad –dijo él–. No más mentiras sobre cómo somos de la misma carne y de la misma sangre. Los padres mienten a sus hijos, pero tú… Tú no eres mi padre. Y quiero la verdad.
—No era un hijo lo que necesitaba —dijo Valentine—. Era un soldado. Yo había pensado que Jonathan podía ser ese soldado, pero él tenía demasiado de la naturaleza demoniaca en él. Él era demasiado salvaje, demasiado brusco, no lo suficientemente sutil. Yo temía incluso entonces, cuando él apenas había salido de su primera infancia, que nunca tuviera la paciencia o la compasión para seguirme, para conducir a la Clave tras mis pasos. Así que, lo intenté de nuevo contigo. Y contigo tuve el problema contrario. Tú eras demasiado tierno. Demasiado empático. Sentías el dolor de los otros como si fuera el tuyo propio; ni siquiera podías soportar la muerte de tus mascotas. Entendido eso, hijo mío… Te quise por aquellas cosas. Pero las mismas cosas que amaba de ti te hacían no útil para mí.
—Así que pensabas que yo era el blando e inútil —dijo Jace—. Supongo que será sorprendente para ti entonces, cuando tu blando e inútil hijo te degüelle.
—Ya hemos pasado por esto. —La voz de Valentine era firme, pero Janeth creía poder ver el sudor brillando en sus sienes y en la base del cuello. —Tú no harías eso. No quisiste hacerlo en Renwick, fue tu amiga, quien destruyó el espejo y no quieres hacerlo ahora.
—Me he arrepentido de no matarte cada día desde que te dejé marchar. Docenas, tal vez cientos de personas están muertas porque detuve mi mano. Conozco tu plan. Sé que esperas masacrar a casi todos los Cazadores de Sombras de Idris. Y me pregunto a mí mismo, ¿Cuántos más tienen que morir antes de hacer lo que debería haber hecho en la Isla de Blackwell? No —dijo —. Yo no quiero matarte. Pero lo haré.
—No hagas esto —dijo Valentine. —Por favor. No quiero…
— ¿Morir? Nadie desea morir, Padre. —La punta de la espada de Jace se deslizó más hacia abajo, y luego más hacia abajo hasta que descansó sobre el corazón de Valentine. El rostro de Jace estaba tranquilo, el rostro de un ángel despachando justicia divina.
Valentine alargó una mano, como si quisiera alcanzar a Jace, incluso tocarlo…, su mano se volvió, la palma hacia arriba, sus dedos abriéndose…, y entonces hubo una ráfaga de plata y algo voló en la oscuridad como una bala disparada por una pistola. Jace sintió el aire desplazarse barriendo sus mejillas mientras pasaba, y entonces Valentine la sacó del aire, la Espada Mortal. Ésta dejó una tracería de luz negra en el aire cuando Valentine condujo su hoja hacía el corazón de Jace, pero Janeth le dio un puñetazo, quebrándole el radio y quizás el cúbito (huesos del antebrazo), haciéndolo gritar de dolor, aun así, la espada logró recolectar algo de la sangre de Jace, antes de que Valentine lo pateara a él y luego a Janeth, quitándoselos de encima.
Alargó algunos pasos y sumergió la punta de la espada, con la sangre de Jace, manchándola y dejó que ingresara en el Lago Lyn, sacándola y volviéndola a sumergir, varias veces, como lavándola. Musitando rápidamente un cántico en voz baja. El agua del lago estaba ondeando, como si una mano gigante estuviera acariciando con los dedos su superficie. Valentine entonces, retrocedió, hasta pararse dentro del círculo de runas. Tenía la Copa Mortal en una mano y la Espada en la otra. Él echó hacia atrás la mano derecha, dijo varias palabras que sonaban como a griego, y lanzó la Copa. Ésta brilló como una estrella fugaz cuando se precipitaba contra el agua del lago y desaparecía bajo su superficie con una débil salpicadura. El círculo de runas estaba despidiendo un ligero calor, como un fuego reducido a brasas.
Valentine tenía la Espada suspendida, listo para tirarla; él estaba musitando las últimas palabras del hechizo de convocación. justo cuando Valentine echaba hacia atrás el brazo y mandaba volando la Espada Mortal. Maellartash se precipitó a toda velocidad, un borrón negro y plateado que se unió silenciosamente al negro y plateado del lago. Una gran columna de agua se alzó donde cayó ésta: un florecimiento de agua de platino. La columna se alzó más y más alto, un geiser de plata líquida, como lluvia cayendo hacia arriba. Se escuchó un gran estrépito, el sonido de hielo haciéndose pedazos, un glaciar resquebrajándose…, y luego el lago pareció estremecerse, el agua plateada saltó por los aires como una granizada invertida. Y emergiendo junto a la granizada llegó el Ángel. Este era un ángel en toda la fuerza de su esplendor. Cuando emergió del agua, a los tres comenzaron a arderle los ojos como si estuviera mirando fijamente al sol. Las manos de Valentine cayeron sobre sus costados. Él estaba mirando fijamente hacia arriba con una expresión de total embelesamiento, un hombre contemplando su mayor sueño hecho realidad. —Raziel —balbuceó él.
El Ángel continuó elevándose como si el lago estuviera replegándose, dejando ver una gran columna de mármol en el centro de éste. Primero emergió su cabeza del agua, el cabello ondeante como una cadena de plata y oro. Luego, los hombros, blancos como la piedra, y después un torso desnudo…, y Valentine, Janeth y Jace vislumbraron que el Ángel estaba por completo marcado con runas al igual que los Nefilim, aunque las runas de Raziel eran doradas y estaban vivas, moviéndose a través de su blanca piel como chispas saltando del fuego. De algún modo, el Ángel era, al mismo tiempo, inmenso y no mayor que un hombre: a Janeth le dolían los ojos de tratar de abarcarlo con la mirada, y aun así era todo lo que ella podía mirar.
Mientras se elevaba, las alas aparecieron de súbito de su espalda y se desplegaron imponentes sobre el lago, y éstas eran de oro también, y disponiéndose cada pluma en un dorado distinto a la vista.
Era bello, y también aterrador.
—Es justo como en todas esas pinturas —pensó Janeth, aunque yo no podía saberlo... al menos de que ella, acabara de susurrarlo El Ángel emergiendo del lago con la Espada en una mano y la Copa en la otra. Ambos estaban empapados por el agua, pero Raziel estaba seco como un hueso, con sus alas sin rastro de humedad alguna. Sus pies descansaban, blancos y descalzos, sobre la superficie del lago, agitando sus aguas con pequeñas ondas de movimiento. Su rostro, bello e inhumano, bajaba fijamente la mirada sobre mí. —Justo como lo recuerdo, aquella noche.
Y entonces, habló.
Su voz era como un llanto, como un grito y como música, todo a la vez. No contenía palabras, aunque era totalmente comprensible. La fuerza de su respiración casi tiró a Valentine hacia tras; él clavó los talones de las botas en la arena, su cabeza se inclinaba hacia atrás como si estuviera andando contra un vendaval. Jace sentía el aliento de la respiración del Ángel pasar sobre ella: era caliente como el aire que se escapa de una caldera y olía a especias desconocidas. «Han pasado unos mil años desde la última vez que fui convocado a este lugar» dijo Raziel. «Jonathan Cazador de Sombras me llamó entonces, y me pidió que mezclara mi sangre con la sangre de los mortales en una Copa y creara así una raza de guerreros que librara a la Tierra de la clase demoniaca. Hice todo lo que él pidió y le dije que no lo haría más. ¿Por qué me convocas ahora, Nefilim?»
Una sonrisa se instaló en mi rostro, mientras que mi voz era ansiosa y anhelante. —Mil años han transcurrido, oh Glorioso, pero la clase demoniaca aún perdura en nuestro plano existencial.
«¿Qué es eso para mí?» preguntó él, asombrándome con esa pregunta, dejándome fuera de balance, por un instante «Mil años para un ángel pasan entre un parpadeo y el siguiente.»Me explicó, finalmente.
Mis ojos se abrieron. ¿Raziel ahora, se estaba desligando de nosotros? No. No era posible. Si él acepto venir aquí, entonces seguramente mi idea no es tan descabellada. —Los Nefilim que creaste, junto a Jonathan Shadowhuter fueron una gran raza de hombres. —le dije, aunque estaba seguro de que ya lo sabía —Durante muchos años lucharon valientemente para liberar a este plano de la infección demoniaca. Pero ellos han fracasado debido a la debilidad y la corrupción en sus filas. Yo pienso devolverlos a su antiguo esplendor.
«¿Gloria?» El Ángel sonó ligeramente curioso, como si la palabra fuera extraña para él. «La gloria le pertenece sólo a Dios»
Nos estábamos alejando del punto central de la conversación, así que decidí encarrilar a Raziel. —La Clave tal como la creó el primer Nefilim ya no existe. Ellos se han aliado con Submundos, los no humanos contaminados por demonios que infestan el mundo como pulgas sobre el cadáver de una rata. Es mi intención limpiar este mundo, destruir a todo Submundo junto con todo demonio…
«Los demonios no poseen alma.» Estuvo Raziel de acuerdo conmigo, haciéndome sonreír «Pero, en cuanto a las criaturas de las que hablas, los Hijos de la Luna, de la Noche, de Lilith y del Reino de las Hadas, todos tienen alma. Parece que tu criterio para decidir qué constituye y qué no un ser humano es más estricto que el nuestro» Fruncí al ceño, al notar que la voz del Ángel había adoptado un tono seco «¡¿Piensas desafiar a los Cielos como aquel otro Lucero de la Mañana cuyo nombre tú llevas, ¡¿Cazador de Sombras?!»
Ni siquiera esto, me sacó de balance. Pero sí, el saber que Raziel y el resto de la Corte Celestial, veían a esos sucios Submundos, como criaturas merecedoras de algún día, atravesar las puertas celestiales. —No desafiar a los Cielos, no, Señor Raziel. Aliarme con los Cielos…
«¿En una guerra que tú has creado? ¡Nosotros somos el Cielo, Cazador de Sombras!» rugió Raziel, haciendo que me acobardara «No luchamos en vuestras batallas mundanas.»
Mi voz surgió casi herida, desde mi garganta.—Señor Raziel. Sin duda no habríais permitido tal cosa como un ritual por el que podéis ser convocado si no queréis ser convocado. Nosotros, los Nefilim, somos sus hijos. Necesitamos de su orientación.
«¿Orientación?» Ahora el Ángel sonó divertido. «No parece que sea por eso precisamente que me hayas traído aquí. Más bien buscas tu propio renombre.»
— ¿Renombre? —hice de eco con voz ronca y herido sentimentalmente, por las palabras de Raziel—. Yo lo he entregado todo por esta causa. A mi esposa. A mis hijos. No he escatimado a mis hijos. He entregado todo lo que tengo por esto… Todo.
«El Señor le pidió a Abraham que sacrificara a su hijo sobre un altar muy parecido a este, para ver a quién amaba más Abraham, a Isaac o a Dios.» Narró el Ángel «Pero a ti nadie te ha pedido que sacrifiques a tu hijo, Valentine.»
Bajé la mirada al altar que estaba a mis pies, salpicado con la sangre de Jace, y luego volví a elevarla hacia el Ángel. —Si debo hacerlo, te obligaré a esto —le advertí—. Pero preferiría tener tu cooperación voluntaria.
«Cuando Jonathan Cazador de Sombras me convocó,» dijo el Ángel, «le presté mi ayuda porque podía ver que su sueño de un mundo libre de demonios era verdadero. Él imaginó un Cielo sobre la Tierra. Pero tú sólo sueñas con tu propia gloria, y no amas al Cielo. Mi hermano Ithuriel puede atestiguar eso.»
Valentine empalideció. —Pero…
«¿Pensaste que no lo sabría?» El Ángel sonrió. Era la más terrible de las sonrisas que Jace o Janeth había visto jamás. «Es verdad que el amo del círculo que has dibujado puede obligarme a acometer una acción. Pero tú no eres ese amo.» El Ángel abrió la boca y escupió. O eso fue al menos lo que les pareció a Jace y Janeth…, que el Ángel escupía y que lo que salía de su boca era una chispa fulminante de fuego blanco, como una flecha ardiente. La flecha voló directa y certera a través de las aguas y se fue a enterrar en el pecho de Valentine. O quizás "enterrar" no era la palabra… Lo traspasó, como una roca a través de un fino papel, dejando un agujero humeante del tamaño de un puño. Por un momento el Herondale y la Fairblue, mirando hacia arriba, pudieron ver a través del pecho de su padre y vislumbrar el lago y más allá de él el resplandor abrasador del Ángel. Pasó un instante. Como un árbol caído, Valentine se precipitó hacia el suelo y se quedó yaciendo inmóvil…, con su boca abierta en un grito silencioso, con los ciegos ojos petrificados para siempre con una última mirada de incrédula traición. «Esa fue la justicia del Cielo. Confío en que eso no os haya afligido. La batalla en la Llanura de Brocelind ha terminado. El dominio de Morgenstern sobre los demonios ha desaparecido con su muerte. Ya muchos han huido; el resto pronto serán destruidos. Hay Nefilims viniendo hacia las orillas de este lago en este mismo momento. Si tienes una petición, Cazadores de Sombras, díganla ahora.» Jace y Janeth se miraron, no necesitaron palabras, miraron al Ángel y negaron con la cabeza. El Ángel entonces, desapareció en un destello y en la ensenada del lago, quedaron la Copa, ahora vacía y la espada, totalmente seca.
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109: Epílogo.
