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El joven Sasuke
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—Sasuke-san, Sasuke-san— escuchó que llamaban por toda la casa.

Se puso las zapatillas y se alejó de la cama, con dirección a la infantil voz que le llamaba sin parar.
Ahora se preguntaba, ¿Qué era lo que quería Hikewo? Y debía ser algo considerablemente grave para la niña, puesto que la madre de esta le había prohibido ir gritando por la casa, luego que un día pusiera de mal humor a Fugaku Uchiha, en una de sus estancias en Konoha, años atrás. Era cierto que su padre era fácilmente irritable; pero Hikewo, mucho más niña, no hizo nada por evitar que su amargado padre casi le regañara. Es que Hikewo podría irritar a cualquiera con sus momentos de hiperactividad.

Cuando estaba a unas puertas de llegar a las escaleras para bajar al primer piso, vio a la pequeña Hikewo corriendo seguida de su madre, entrando al pasillo del segundo piso.

—Detente, Hikewo— gritó su mamá; pero la niña no hizo caso y corrió más de prisa, forzando sus pequeñas piernas.

La muchacha no se detuvo hasta chocar con Sasuke y aferrarse a sus piernas con sus frágiles manos. El chico miró a la pequeña, que tenía la cabeza hundida entre sus piernas; y luego a su madre, que tenía las mejillas enrojecidas y los ojos de pena.

—Sasuke-san— volvió a repetir la niña; mas esta vez lo hizo bajito, como reprimiendo un sollozo.

—Déjale, Hikewo— ordenó la señora, mordiéndose el labio inferior—. Tengo que curarte esa herida—.

—No— gritó la pequeña, sin levantar la cabeza—. Quiero quedarme con Sasuke-san—.

—Hikewo— la llamó él, con el mismo tono a manera de reproche que usaba a veces para regañarla por alguna inusual travesura o por sus grandes ocurrencias; pero la niña no dijo nada—, vete con tu mamá—.

La madre avanzó unos pasos y la pequeña apartó su cabeza y las manos de las piernas de Sasuke, aún sin moverse. Sasuke estaba dispuesto a entregarle a la niña; mas Hikewo levantó la mirada y el chico pudo ver las finas lagrimas que corrían por su cara y sus ojos rojos de pena y rabia. La observó detenidamente y se percató que todavía llevaba el buzo de la escuela y que sus manitas— apenas visibles puesto que no llevaba lentes— estaban magulladas.

—¿Qué fue lo que pasó?— preguntó, curioso por la actitud de la pequeña, puesto que Hikewo ya había aprendido a no hacer rabietas y griteríos sin sentido— Te hice una pregunta, Kanna.—

—Sólo fue un rasmillón, Sasuke-san— contestó la mujer, acercándose un poco más a su hija—. Usted sabe como es Hikewo—.

—¿Por qué me mientes, Kanna?—.

Kanna suspiró y miró a su hija, que permanecía inmóvil junto a Sasuke.

—Sé que es tu hija— empezó, indignado por la actitud de su empleada—; pero no voy a permitir maltratos en mi casa—.

—Lo sé, joven; pero…—

—Mamá no me hizo nada, Sasuke-san— murmuró la niña—. Ella no tiene la culpa de que me lastimara—.

—Entonces, ¿Qué pasó?— volvió a preguntar.

—Me caí— respondió simplemente, intimidada por la mirada de Sasuke, que era mucho más inquisitiva pues la niña podía notar los ojos negros de Sasuke mucho más nítidos.

—¿Y?

—Me raspé la rodilla por correr camino a mi casa, Sasuke-san—.

El chico miró a Kanna y esta sonrió tiernamente a su hija. Tomó la mano de la pequeña y la llevó consigo hasta las escaleras, percatándose que a la niña le costaba trabajo caminar por la herida de su rodilla derecha.

—Sube— ordenó, cuando estuvo agachado y señalando su espalda.

Hikewo avanzó hasta él y aferrando sus manitas a su cuello, y las piernas a su espalda, antes que él empezara a caminar. Mientras Sasuke bajaba las escaleras con Kanna junto a él, notó la mirada perdida de la mujer y aquello se asemejaba al rostro de su madre, en tiempos pasados, luego de discutir con su padre. Pero era imposible creer que Kanna hubiera peleado con su esposo, puesto que la niña que llevaba en su espalda era huérfana desde hacia casi un año.

Avanzaron por las escaleras de la casa y Sasuke cuidaba cada paso que daba. Sabía que tenían que atender la herida de Hikewo por más inofensiva que pareciese, aunque el rasmillón ya estaba empezando a tornarse violáceo por los costados y la mirada entristecida de Hikewo no le gustaba para nada. Sabía que le había tomado un cariño anormal a la pequeña.

Al llegar a la cocina, Sasuke la depositó cuidadosamente en una de las grandes bancas del lugar, que rodeaban a la barra de madera pulida que en tiempos pasados, su hermano y él usaban de mesa en sus vacaciones de la infancia. Kanna dejó a su hija junto al joven y fue a su cuarto en búsqueda del botiquín.

—¿Ahora podemos hablar?— le preguntó, sentándose junto a ella.

—Ya te dije que me caí, Sasuke-san— murmuró ella, sonriéndole tiernamente.

—Odio que me mientan, y luego no me culpes si estoy molesto— replicó.

La niña le miró a los ojos y empezó a llorar sin control. Luego, dejó caer la cabeza entre sus brazos sobre la barra y a temblar desde los hombros ligeramente, como si estuviera a punto de convulsionar.

—No me caí; peleé con un niño—.

—¿Peleaste con un niño?— inquirió, como quien no cree lo que le están contando.

—Con uno muy malo—.

—¿Qué fue lo que te hizo?—.

Hikewo suspiró.

—En unas semanas será la kermes de la escuela y todos los niños van con sus familias— dijo muy bajito, entre sollozos—; con sus mamás y papás. Entonces, Yuki dijo que yo no debería ir porque no tengo papá—.

La niña levantó el rostro y Sasuke sintió como se le partió el corazón.

—Y por eso le pegaste— terminó, hablándole tranquilamente— Hiciste bien. No debes dejar que nadie te moleste; pero— se contradijo— no debiste hacerlo porque tu mamá se pone triste.

—¿Tú crees que mi papá no me quería, Sasuke-san, y que por eso prefirió morir?—.

—No, él sólo estaba enfermo—.

—¿Y porque la gente se enferma, Sasuke-san?

—Porque así es la vida, Hikewo. Al final todos morimos de algo—.

—¿Mi mamá, Mikoto-san y tú también se enfermarán y morirán?

—Tal vez, pero estoy segura que tu mami no quiere dejarte— replicó, sonriendo ligeramente— ¿Crees en Dios, Hikewo?

—Sí, Sasuke-san—.

—Entonces reza por ella y por tu papi— dijo, tratando de calmar a la niña y de terminar la conversación.

—Y si lo hago, ¿Mamá no morirá nunca?

—Quizá. Dicen que los milagros existen— murmuró, rozando ligeramente la cicatriz que tenía en el cuello.

— Cuando mi papi estaba enfermo, yo rezaba por él. Entonces, ¿Por qué Diosito se llevó a mi papito, Sasuke-san?

— No lo sé—dijo sin más.

Sasuke no recordaba mucho al padre de Hikewo, puesto que Riu, no trabajó en su casa, sino en la empresa local de Konoha. Le había visto un par de veces en su casa, cuando iba de vacaciones a Konoha por pedido de su madre, pero no lograba encontrar en su memoria la imagen del hombre alto y fornido que había sido antes de enfermarse.

Cuando Sasuke fue a Konoha para quedarse definitivamente en la casa de su madre, se enteró que Riu había tenido un derrame cerebral producto de un tumor del cual no había tenido idea. Kanna vendió su casa y Mikoto le permitió vivir allí con su esposo y su pequeña hijita. Riu murió poco tiempo después, solo, en su habitación, puesto que Kanna estaba ocupada en los quehaceres de la casa y Hikewo ya había empezado a ir al jardín luego de no querer separarse de su padre.

Al volver de la escuela, vio todo ya preparado para el velatorio en la sala de casa. Subió a su habitación a cambiarse de ropa por algo más acorde con el suceso, para darle el pésame a Kanna. Cuando se disponía a hacerlo encontró a su madre saliendo de su habitación y ella le pidió que buscara a Hikewo porque no la encontraba por ningún lado y no quería preocupar a Kanna. Fue a buscarla al jardín, saliendo por la puerta de la cocina sin ni siquiera pisar la sala y más o menos a los 5 minutos de buscar a la niña, oyó los sollozos de alguien en el garaje de su casa. Caminó hacia allí y encontró a Hikewo sentada en un rincón, con las rodillas dobladas pegadas a su pecho y sus manitas pequeñas sujetándolas.

La niñita lloraba desconsoladamente, entonces él avanzó y se sentó junto a ella.

—Hola— le susurró.

—Hola, Sasuke-san— le contestó ella, en el mismo murmullo.

—Tu mamá esta buscándote. Tal vez quiere que la acompañes—.

—No quiero ir—.

—¿Segura que no quieres despedirte de tu papá?—.

— No es eso; sólo no me gustan los velorios. Me dan miedo y no quiero ver a mi papito así—.

—¿Entiendes qué sucedió?— le había preguntado.

—Mi papá se fue al cielo, Sasuke-san—.

—Y para ello tienes que morir e irte—.

—Entonces, ¿no voy a volver a verle?—.

—Mientras estés viva, no. Dicen que antes de morir, uno ve a las personas que más ha amado junto a él, pero de lo que estoy seguro es que Riu nunca va a dejarte sola—.

—¿De verdad crees eso, Sasuke-san?— preguntó la niña, con los ojos todavía hinchados y rojos, pero sin lágrimas.

—Sí— respondió, dedicando a la niña una pequeña sonrisa—. Y ahora debemos irnos porque tu mamá esta esperándote.

Ambos se pusieron de pie y Hikewo sonrió un poco para Sasuke. El chico avanzó con Hikewo pisándole los talones, por el jardín con dirección a la sala.

Sasuke se preguntó si no había sido demasiado cruel, pero pronto se dio cuenta que Hikewo era una niña inteligente y seguramente comprendía las cosas mejor que nadie. Miró para atrás de reojo, y la vio, menuda y delgada. Estaba seguro que había hecho bien porque el hecho que sea una niña no quiere decir que las cosas básicas de la vida deben ser presa de su ignorancia. Ya luego vería que el mundo es mucho, mucho más cruel.

Al llegar a la sala, Sasuke vio cuanta gente había en su casa. No había visto a tantas personas allí desde los tiempos en los cuales su madre daba grandes fiestas, cuando él e Itachi eran niños. El lugar se veía mucho más amplio sin los muebles pulidos, los estantes y las otras cosas que solían adornar su recibidor. Miró de reojo a todas partes y la mayoría de la gente parecía ser compañeros de trabajo de Riu, todos vestidos de negro y en completo silencio. El féretro de Riu estaba en medio de la habitación, adornado con flores y a su costado, las lámparas tétricas con su tenue luz. Kanna y Mikoto estaban juntas, así que Sasuke avanzó hasta su madre mientras el olor dulzón de algunos arreglos florales le quemaba la nariz.

Dos días después fue el entierro de Riu y Sasuke por primera vez fue parte de una marcha fúnebre. Los amigos de Riu cargaron el ataúd desde la mansión Uchiha hasta el lugar en el cual le enterrarían, sin dejar en ningún momento que introdujeran el féretro a la carroza de la funeraria. Y mientras bajaban el ataúd de Riu, Hikewo se aferró febrilmente a la mano de Sasuke y éste, silenciosamente, juró proteger a la niña como si llevara su sangre.

El aire se asomaba débilmente a las ventanas de su casa; era la brisa suave de primavera y se había dado cuenta que repentinamente, odiaba todo lo relacionado al calor. Su vida había dado un cambio desde hace 2 años.

…Camila…

Aquel anterior contacto cercano con Hikewo le dejo una sensación extraña y en momentos como estos recordaba a Camila, aunque lo cierto era que en los primeros días de su llegada a Konoha, pensaba en ella todo el tiempo. La veía en cada chica que se le cruzaba, corriendo en medio del jardín de su casa o cuando a su mente le daba el capricho de recordarla, mas no podía olvidarla así lo desease de sobremanera; pero, paradójicamente, tampoco quería hacerlo.

La chica se había convertido sin querer en lo que ella siempre quiso ser: la razón por la cual Sasuke cambiaría su vida. Sin embargo, él estaba seguro que nadie quiso llegar a tales extremos.

La historia de Sasuke era prácticamente normal. Nació en el seno de una de las familias más adineradas y poderosas de Japón, pero su madre, tan cándida y sencilla, siempre enseñó a sus hijos la humildad. Es así como llegó a vivir en Konoha, porque Mikoto adoraba ese pueblucho, pero pasaban temporadas e incluso años en Inglaterra o Tokio, por negocios de su padre.

Sasuke nunca fue presumido y era totalmente ajeno a la vanidad cuando era niño. Fue un chiquillo callado; pero feliz, con muchas manías y demasiado inteligente. Además, él siempre vio a Itachi como mayor ejemplo. Pero las cosas cambiaron. Cuando tenía ocho años e Itachi diez, su perfecta familia se derrumbó de la noche a la mañana por culpa de su padre.

Fugaku Uchiha le era infiel a su tierna esposa desde hacia tiempo con diversas mujeres y Mikoto llegó a enterarse de ello, pero no hizo ningún reproche. Un mes después, Uzumi, la mejor amiga de Mikoto, le confesó haber mantenido un romance con Fugaku años atrás; esa fue la gota que derramó el vaso. Uchiha Mikoto le reclamó esa infidelidad a su esposo, mientras sus hijos husmeaban silenciosamente desde la puesta entreabierta, y vieron como su padre golpeó a su esposa sin piedad. Aquél día Mikoto dijo adiós a Tokio y se mudó con sus dos hijos a la casa de Konoha, la cual había sido el regalo de boda de su esposo.

Cuando el periodo escolar empezó, Mikoto envió a sus hijos a una nueva escuela en Tokio, donde los chicos estudiaban por la mañana y por la tarde iban a su casa, viviendo sin la supervisión de sus padres y la única persona que les cuidaba era la nana de su madre, quien les alimentaba rigurosamente para que no enfermasen y les acostaba por la noches, a pesar que los niños no tenían edad para eso. Así vivieron por un año, lejos de su familia, porque Mikoto, pesar de amar a sus hijos, no quería volver a aquella casa y se sentía triste e incapaz de cuidar de alguien más; mientras su esposo no quería dar la cara por un buen tiempo.

En ese año, los hermanos se distanciaron para siempre, dejando solo la sombra de los niños siempre juntos que fueron alguna vez. Itachi, como empezó la secundaría, empezó a salir con chicas y sus amigos, convirtiéndose en el centro de atención de todo adolescente que le conocía, definiendo su personalidad claramente; mientras su hermano se sumergía en su soledad, recordando lo que vio, sin que Itachi le dijera algo para ayudarle porque nunca volvieron a mencionar ese tema.

Al terminar Itachi el primer año de secundaria, decidió volver a Konoha para cuidar de su madre. Tomó sus maletas y le pidió al chofer que le llevara a Konoha, donde no le quedaría más remedio que asistir a la escuela pública de la ciudad. Sasuke se quedó solo en la gran casa porque no quiso acompañar a su hermano a aquel pueblo deprimente. En las vacaciones, un amigo suyo de la escuela le comentó que él iría a un internado en Londres a terminar la primaria y estudiar allí lo que le faltaba. Entonces Sasuke llamó a su padre por primera vez en mucho tiempo y le dijo que quería ir al internado al cual él le quiso enviar, pero Mikoto nunca permitió. Así llegó a Londres, por cosas del destino y de Michael, lugar en donde se dejó arrastrar por la curiosidad, las ganas de olvidar y de vivir al máximo, desarrollando la doble personalidad que le caracterizaría por años.

Se volvió rencoroso, irrespetuoso y osado, además de ser más huraño que cuando era un niño de 8 años. Dejó salir su odio muy a menudo y pasaba por lo que todo el mundo llamaba un chico rebelde. El internado se convirtió en su mundo y todo estaba bajo sus órdenes. Nunca hablaba con su padre y sólo recibía algunas llamadas de su madre. En ese sentido Michael y sus demás amigos se parecían mucho a él. Se dejó crecer el cabello y poco notó que ya no era un niño, quizá en ese lugar trató de convertirse en hombre.

Vivió de chica en chica cuando fue consiente de lo mucho que estas se sentían atraídas por él. Empezó a ir de fiesta en fiesta luego de aprender como escapar del internado y cultivó la manía de arreglarlo todo con dinero, al igual que lo hacían los padres de sus amigos. Descubrió que él no era el único chico resentido, que sus amigos también la pasaban mal y si estaban allí, no era por voluntad propia como en su caso, sino por que sus padres les dejaban en aquel lugar para desentenderse de ellos, mas nadie nunca comentaban esos temas. En segundo año las fiestas fueron llevadas paralelamente por las carreras llenas de alcohol y drogas y por viajes sin reglas, a excepción de las veces en las cuales su madre iba a visitarle o cuando se reunían por algún motivo familiar. En esas ocasiones aparentaba tan bien, que nadie sospechaba de sus vicios.

La única paz que tuvo en esos años fue cuando Camila llegó a su vida. Ella fue la mujer que frenaba su arrogancia con apenas una sonrisa y podía descongelar el hielo en su alma con una simple caricia. Camila podía llevarle del cielo al infierno si así ella lo quería. Fue la chica que le hizo hacer y decir cosas que nunca imaginó poder realizar. Provocaba en él la necesidad de abrazarla, tomar su mano y acariciarle la mejilla tiernamente con la yema de los dedos; además de incitar las ganas de susurrarle amor eterno y decir todas las cursilerías habidas y por haber.

Sasuke y Camila se habían conocido en el internado. Ella llegó cuando Sasuke estaba en el tercer curso y él se dejó deslumbrar por la menor de los Rosé. Camila era, radicalmente, el tipo de persona que nunca nadie creyó ver con el libertino Sasuke Uchiha, acostumbrado a las perfectas chicas inglesas. Rosé era delgada, un poco bajita, piel de porcelana, ojos topacio y el cabello de color azabache. También era divertida y tierna; con el carácter a flor de piel y el orgullo gigantesco, el cual botó tantas veces a la basura por Sasuke, quien a veces, llegaba a la conclusión que eso fue lo que tanto le gustó de ella.

Sasuke recordaba las muecas de Camila perfectamente, sus ojos vivaces y su risa fresca y despreocupada, que sin duda hacía honor, no a las italianas, sino a las francesas de los 60, que él imaginó en su clase de Historia y a quienes vio en Paris. Estaba seguro que Camila debió ser francesa.

Cuando ella llegó, entablo una relación un poco distraída con Anne y el resto de su grupo, lo cual terminó en convertirse en una verdadera amistad. A pesar que Sasuke se sentía atraído por Camila, no hizo nada por hablar con ella o invitarla a salir, hasta que un día tuvo la perfecta oportunidad en una de las fiestas del internado, cuando todas las chicas del grupo tenían pareja menos ella y él, con un poco de inspiración, se acerco a bailar con ella en medio del tumulto, las luces y el olor a tabaco. Luego, nada evito que su lado sínico aflorara para acompañarle de vez en cuando a clases, pero había algo que no le permitía besarla libremente en los pasillos o revolcarla en el jardín trasero, pero pudo besarla el día en el cual, sonriendo de costado y con las manos en los bolsillos, le pidió que anduviera con él.

Salieron por más de un año, en el cual Camila sufrió algunos desplantes de Sasuke y su característico mutismo, además de chismes sobre cuernos, pero a ella no le importo mucho, puesto que confiaba ciegamente en Sasuke, además se había vuelto una adicta a él, el novio por quien muchas suspiraban y de quien se había enamorado perdidamente desde que le conoció. A ella le encantaba, de alguna manera, ser envidiada por todas las chicas del internado y ver como Sasuke sonreía de costado mientras caminaban en la escuela con las manos enlazadas, orgulloso de tenerla como novia. Sasuke la quería y con ella pasó el verano más feliz, en una playa lejana en El Caribe con varios de sus amigos más cercanos, de fiesta en fiesta por las noches, y paseando con Camila de la mano por la orilla del mar y nadando en las mañanas, completamente enamorados, durante la corta semana que duró el viaje.

Uchiha Sasuke practicaba motocross desde los 14 y casi cada fin de semana se las arreglaba para ir con sus amigotes a las carreras clandestinas de la ciudad. Camila y algunas chicas les acompañaban de vez en cuando, pero eso no evitaba que las otras mujeres se acercaran a ellos. Sasuke las conocía a todas, aunque no recordaba sus nombres a la perfección, puesto que las veía siempre y había tenido algo con algunas e incluso luego de empezar con Camilla las frecuentaba. Así pasaba sus sábados nocturnos de pinta o sus días libres cuando volvían a sus casas; pero dejó de ir desde el accidente.

Jamás olvidaría aquel fin de semana.

Había asistido a una fiesta en el departamento de Michael, uno de sus amigos del internado, donde bebió mucho; y fiesta a la cual Camila no fue. Estaban en una crisis de pareja, lo sabía. Ella le esquivaba por que se enteró de su adicción a la marihuana, y a la chica, aquellos trotes no le gustaban para nada. Pero como siempre, Sasuke negó todo y ella se molestó, tomando por medidas ignorarle y pasar más tiempo con André, su estúpido mejor amigo, un año mayor que ella. Por eso bebió, porque estaba dolido y sus amigos no paraban de murmurar los chismes sobre Camila y André.

Luego de la fiesta fue a las corridas y allí encontró a Camila, de pie junto a un auto oscuro y con los ojos hinchados.

—Maldición, Sasuke— gritó ella, viéndole llegar.

—¿Qué haces aquí?

—Anne me llamó y dijo que saliste como loco de la fiesta con tus amigotes en las motos—.

—Anee no estaba en la fiesta— le contestó, acercándose.

—Vete al infierno —.

—No hace falta— dijo— estoy en el infierno— concluyó, gritando, mientras ella se alejaba lentamente al coche donde Sasuke vio a André al volante.

—Parece que Camila se repone rápido—escuchó murmurar atrás.

Entonces Sasuke avanzó corriendo hasta ella y la tomó fuertemente del brazo, obligándola a detenerse. Ella le miró con los ojos rojos y coléricos, que lloraban silenciosamente, mas él no aflojó el agarre y deslizó su mano sobre el abrigo de Camila para tomar su mano.

—Te vienes conmigo— le dijo furioso, dando media vuelta y obligándola a seguirle.

—¡No!

—¿Prefieres irte con el marica de tu amiguito? ¿O ya comprobaste que no es un marica?— inquirió, mirándole directamente sin pestañear, provocando una bofetada por respuesta de la chica.

—Con cualquiera en tu lugar —susurró, ante lo cual André salió del auto y se dirigió a ella, pero Sasuke y sus amigos no le dejaron pasar.

—Dije que te vienes conmigo—dictó jaloneándola hasta la moto.

—Eres un animal.

—Es tu culpa, Camila—respondió herido.

Ella subió en silencio y Sasuke le ofreció un casco, pero ella no lo acepto, entonces Sasuke lo tiró y provocó que este se rompiera. Él prendió la moto y emprendió su rumbo aceleradamente por la carretera que recorrían a menudo para irse de regreso al internado; pero esta vez no se percató del camión que venía en dirección contraria. Al darse cuenta, dobló a la derecha, pero hubo algo en el camino que hizo que la moto se diera vueltas y ya no sintió nada.

Despertó un siglo después, con un dolor de cabeza infernal. Recordaba haber abierto sus ojos poco a poco y ver luego, una luz turbadora, con una potencia semejante a la del más potente flash. Cuando se acomodó a la luz percibió el olor a lejía y otros insumos que siempre le quemaban la nariz desde niño. Luego escuchó la respiración de alguien más y vio a su madre sentada junto a su cama, completamente dormida y con un pañuelo en las manos, inclinando su cabeza sobre una mesa blanca al pie de la cabecera.

—Mamá— susurró lentamente porque le dolía cada célula del cuerpo y entrecerrando los ojos para verla mejor.

Mikoto Uchiha se levantó de un sobresalto y al ver a su hijo con los ojos abiertos y terminando de incorporarse sobre la cama, rompió en un llanto que parecía eterno. La mujer abrazó a su hijo menor y susurró miles de gracias, los cuales continuaría susurrando hasta el día en el que muriera.

—¿qué pasó?— preguntó, tratando de recordarlo, pero sólo podía traer a su memoria los recuerdos de una fiesta, las filas delgadas de droga sobre la mesa, las motos a gran velocidad, una luz y el rostro húmedo de Camila.

—¿Dónde esta Camila?— inquirió, al oído de su madre, quien no cesaba de sollozar.

Ella no respondió y no tuvo la necesidad de inventar nada porque su esposo y su hijo entraron en ese momento por la puerta de la habitación.

Su padre tenía la expresión muy dura, como queriendo evitar mostrar emoción alguna. Se paró de pie frente al marco luego de cerrar la puerta y miró a su hijo fijamente, mientras Itachi caminaba junto a su madre.

Su hermano no le miraba directamente y sus ojos tenían algo extraño. Itachi tomó a su madre, excusando que sólo lastimaba más a Sasuke de esa manera. Mikoto se alejó de su hijo y se dejó caer en la silla, sonriéndole tierna y nerviosamente al último niño que había llevado en sus entrañas.

— ¿qué pasó?

Nadie le miró. Sólo Fugaku Uchiha no perdió el contacto visual con su hijo.

—Tuviste un accidente en la moto— respondió su madre—. El doctor dice que te recuperarás pronto y no pasas de rasguños y huesos rotos. Tuviste suerte de usar el casco, porque rosaste muy de cerca con una piedra y esta por poco te…— se cortó, no pudiendo continuar hablando de las especulaciones de la policía.

—Tuviste suerte, Sasuke— murmuró su hermano.

Llevó una mano a su cuello y sintió la cicatriz que tenía, sin sospechar que le dudaría para toda la vida. Su madre continuó hablando sobre los exámenes y estudios que le habían hecho, que llevaba tres días durmiendo por los golpes y los sedantes que le inyectaron. Habló sobre el clima, las enfermeras y cómo le cuidaría en Konoha, porque allí el clima era mejor y el lugar era excelente para descansar y componer los huesos rotos. Que contrariaría a enfermeras y todo lo que necesitara y que no sería necesario volver al internado porque ellos arreglarían todo. Mikoto continuaba hablando, mientras su hermano sonreía de vez en cuando y abrazaba a su madre nerviosa, mientras su padre, inmutable, permanecía de pie sin decir nada.

—No voy a ir a Konoha— sentenció.

—Esta bien, podemos quedarnos en la casa de aquí o en el departamento de Roma. Dicen que la ciudad esta más hermosa que nunca.

—No voy a ir a ninguna parte, mamá. Estoy muy bien aquí.— dijo, mirando inquisitivamente a su madre—. ¿Dónde esta Camila?— volvió a preguntar, sospechando de las manos temblorosas de su madre y la obstinación de no mencionar el nombre de su novia, cuando Mikoto la tenía en estima.

—Aquí, en la clínica— respondió en un hilo, sonriéndole a su hijo.

—¿Cómo esta?— indagó, recordando que ella no llevaba protección.

Mikoto no respondió.

—En coma.

Sasuke miró a su padre y buscó en su rostro alguna señal de broma, pero no encontró nada en su rostro bronceado. Él agachó la mirada y apretó las sabanas fuertemente, sintiendo un odio nada ajeno y las ansias de acuchillarse. Le dolía el alma.

—Y todo por tu maldita culpa— terminó su padre.

—¡Fugaku!

—Es la verdad. La pobre chica esta así por tu hijo y su estupidez. Crié a un maldito drogadicto— gritó—.Si ibas a meterte cochinadas…

—Ya basta, por Dios.

Pero Sasuke no escuchaba nada, estaba tan perdido como su hermano y sólo captó culpa. Remembró los ojos chocolates de Camila, su sonrisa, la textura de su voz y su cabello, sus reproches, la bofetada cargada de odio y las lagrimas de la mujer que tanto amaba. Esto no podía pasarle. No a él. No a ella.

Todo era su culpa.

A pesar del dolor se puso de pie y metió ambos pies en las pantuflas azules que de seguro su madre había traído para él. Abrió la puerta sin que su padre se lo impidiese, escuchando remotamente los sollozos de su madre y avanzó sin que la bata que le hubiera parecido ridícula en otra oportunidad le incomodara, mirando a penas y caminando como alma en pena por los pasillos del hospital en búsqueda de Camila.

La encontró en medio de la gran clínica, se puso frente a la gran luna que no le permitía el ingreso y vio dentro de la habitación a Camila, durmiendo, acompañada por unas enfermeras que le inyectaban cosas y vagaban por la habitación, mientras él oía sin entender, ni prestar atención a los palabras que el padre de Camila le decía.

No reaccionó hasta que sintió el golpe de Federico Rosé y la sangre tibia correr por su rostro. Sabía que aquel diplomático italiano tuvo el valor de golpearle al ver a su única hija en ese estado tan penoso. Nunca nadie se había atrevido a insultarle y mucho menos a ponerle una mano encima, porque el miedo y respeto hacia su apellido eran más fuerte que todo, mas esta vez no importo y sintió que se merecía aquel puñete y muchos más de mano del hombre de lentes pequeños que estaba siendo sostenido por la seguridad de Fugaku Uchiha. Sasuke ya estaba seguro, como siempre.

No dio ni un paso atrás, continuó mirando embobado a Camila sobre aquella cama, conectada a esas maquinas; tan pequeña, débil y tranquila y le habría parecido que sólo estaba durmiendo apaciblemente como en aquellos tiempos memorables, en medio de la oscuridad de su habitación en el internado, sino fuera por los golpes en su rostro. En ese momento, la amó más que nunca.

Camila despertó casi un mes después del accidente, tiempo en el cual Sasuke ya había sido dado de alta y trasladado a su casa, donde su madre le cuidaba como nunca lo hizo, pero eso no evitó que la viera de vez en cuando, desde la luna gruesa que tanto llegó a odiar y la cual, en cierta manera, le mantenía alejado de la culpa. Se las ingenió para saber como evolucionaba la salud de su novia. El último día que estuvo en la clínica, habló con uno de los enfermeros del piso donde estaba Camila y pactó con el un acuerdo, donde el enfermero le informaría de todo lo referente a Camila y le llamaría si algo importante sucedía, a cambio de ello, Sasuke le entregaría un dote económico.

Federico Rosé ya no le miraba con odio porque se había divulgado la versión oficial de la policía, donde se declaraba que fue un accidente no provocado y que el chofer del camión estaba medio sonámbulo y nada fue culpa de Sasuke. Su padre logró acallar los exámenes médicos que se le practicó a Sasuke y sólo su familia sabía cuan borracho y drogado había estado aquella noche, mas Fugaku Uchiha no lo hizo por su hijo sino por su pobre mujer, que no paraba de llorar por la salud de Camila, y quien además tendía que soportar que su hijo sea entregado a la policía y metido preso.

El día en el cual ella mejoró amaneció brillante y con una suave brisa. Estaba en su casa, porque que su madre no le dejaba volver al internado hasta que sanasen por completo sus huesos y prefería estar sin las lentillas, ni los anteojos a pesar que loes médicos le dijeron que no volvería a ver normal sin una operación a la cual él no se quería someter hasta que Camila se recuperara por completo. Así estaba, con algunas vendas y casi ciego, cuando recibió la llamada del enfermero, diciéndole que Camila acababa de mover una mano y los médicos esperaban que no tardase de despertar en el mejor de los casos. Y así fue. Abrió los ojos en la noche, cuando todos estaban convencidos que sólo había sido un movimiento involuntario pero Sasuke no se separó de ella.
Luego escuchó un grito de la habitación y vio a la señora Rosé sobre su hija, quien tenía los ojos abiertos.

Caminó hasta la puesta y la abrió, sin perder el contacto visual con la chica, que no se había percatado de su presencia. Susurró su nombre y vio como Camila, luego que su madre se apartó de ella, trato de erguirse sobre la cama.

—Mamá— susurró entrecortadamente— no puedo mover las piernas.

El médico y las enfermeras ingresaron antes que la madre Camila o Sasuke pudieran decir algo y les obligaron a salir mientras Camila gritaba y llamaba a su madre. Afuera Sasuke permaneció erguido, pero al no poder ignorar las lágrimas de la señora Rosé se acercó a ella y la abrasó tímidamente con una dulzura que jamás empleó ni en su más tierna infancia y dejó que la mujer mojara su camisa aterciopelada. Aquella fue la última vez que vio a la madre de Camila, antes de huir como un cobarde.

Media hora después, los médicos dictaminaron lo más cruel que escuchó: Camila se quedaría inválida de por vida.

Aprovecho el momento en el que Camila se encontraba sólo con una enfermera para verla porque sus padres se habían encerrado con los médicos para ver lo que podían hacer con su hija. La encontró echada, dándole la espalda a la enfermera y mirando hacia la ventana.

—Camila, yo…—empezó, pero la muchacha volvió el rostro hacia él y sasuke no pudo continuar.

Camila estaba peor que la última noche en que la vio. Sus cabellos estaban revueltos, sus ojos chocolates rojos e hinchados y ella estaba encogida como un feto. No había rastro de la muchachita de siempre en esa mujer devastada.

—Lárgate— dijo ella, ante lo cual Sasuke no se movió—, ¡que te vallas!

—No.

—Vete. No soy ni tu padre, ni tu madre para aguantarte— habló colérica—. Vete y no quiero volver a verte nunca más en lo que me queda de vida. Todo esto es tu culpa, y la de nadie más, Uchiha—.

Salió corriendo de la habitación de Camila sin decir más. Subió al auto y condujo como loco, como solía hacerlo cuando estaba borracho de alcohol. Estaba seguro que él tenía la culpa y que le había destrozado la vida a Camila y a la vez, botado al tacho las promesas que le había hecho en sus momentos de más puro amor. Se había convertido completamente en el monstro que siempre supo llevó dentro.

El odio y la culpa podían más que él mismo.

Al llegar a casa subió corriendo las escaleras con dirección a su habitación, donde pateó todo lo que tuvo al alcance, para luego dejarse caer en el suelo. Entonces, sintió un nudo en la garganta y los ojos ardiéndole, y por primera vez, desde que era un niño, lloró sin importarle que alguien pudiera escucharle.


N. de la A.

Hola a todos :)
Me reporto miles de años después con el capitulo terminado porque no quería hacerlo con las manos vacías. Como verán este capítulo esta enteramente dedicado a Sasuke, en su vida actual y su pasado para que me lo conozcan más y entiendan porque esta en ese estado el pobre chico, o sea, autocastigandose.
La verdad es que me encanto hacer este capitulo y creo que me salió de los más tierno que he hecho en mi vida aparte del cuento que le estoy dedicando a mi familia. Camila y Sasuke eran tan lindo, pero en fin, esto es sasusaku dramático como a mi me gusta, caray. Así que espero puedan entender mis ideas y creo que lo harán porque estoy segura son los lectores más inteligentes de IN (X
Creo que hay cosas sobre Sakura que no han quedado en claro, cosas como el hecho de porqué esta actuando de esa manera y espero haber aclarado la duda a la persona que posteó sobre ello en l anterior Nota del Autor, en este caso, autora.
Les doy un millón de besos y espero poder contestar sus comentarios, algún día. Noo, voy a hacerlo y si alguien quiere chatear porque ando baja de amigos chateadores, porque la mayoría de mi amigos son unos inexpresivos de la p…patada, agreguen a
krryz_ o hablamos vía Facebook, que se ha vuelto mi vicio XD, claro, cuando no estoy metida en el play station. Sorry por no haber subido el cap antes, pero es que en el último mes ha habido un montón de cosas como el fin del cole, la fiesta de promo, Navidad, año nuevo y la salidas con los chicos que alegran mi vida.
Les quiere, Cristina.