𝑨𝒗𝒊𝒔𝒐 𝒂 𝒏𝒂𝒗𝒆𝒈𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔: 𝐄𝒔𝒕𝒆 𝒄𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐 𝒄𝒐𝒏𝒕𝒊𝒆𝒏𝒆 𝒆𝒔𝒄𝒆𝒏𝒂𝒔 𝒂𝒍𝒈𝒐 𝒔𝒖𝒃𝒊𝒅𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒕𝒐𝒏𝒐, 𝒑𝒐𝒓 𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒔𝒊 𝒏𝒐 𝒕𝒆 𝒈𝒖𝒔𝒕𝒂𝒏 𝒐 𝒏𝒐 𝒕𝒆 𝒔𝒊𝒆𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒄ó𝒎𝒐𝒅𝒐 𝒍𝒆𝒚é𝒏𝒅𝒐𝒍𝒂𝒔, 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒆𝒔 𝒔𝒂𝒍𝒕𝒂𝒓 𝐞𝐥 ú𝐥𝐭𝐢𝐦𝐨 𝐭𝐞𝐫𝐜𝐢𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐩𝐞𝐧ú𝒍𝒕𝒊𝒎𝒂 𝒑𝒂𝒓𝒕𝒆 𝒅𝒆𝒍 𝒄𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐.

Capítulo 23: A veces para siempre no es más que un instante

Cuando Lily Evans abrió su ejemplar de 'Elaboración de Pociones Avanzadas' aquella mañana de febrero, un pedazo de pergamino que ella no había guardado ahí se encontraba oculto entre sus páginas, e instada por su insana curiosidad, apenas tardó un instante en desdoblarlo.

—¿Cuánto es para siempre?

—A veces, sólo un segundo

¿Así que… Alicia, me concederías el honor de pasar la tarde de San Valentín conmigo?* (Prometo mantenerte alejada de los filtros amorosos)

Tu (no tan secreto) admirador

Pd: Soy James por si había alguna duda

La pelirroja no pudo evitar sonreír como consecuencia del ocurrente postdata, dirigiendo automáticamente la mirada hacia la mesa del aula que compartía el gryffindor con su amigo Sirius. Para su sorpresa, sus ojos no tardaron en conectar con los del chico que como no podía ser de otra forma, la observaba de reojo a la espera de su reacción.

Lily asintió en respuesta esbozando una sonrisa dulce, correspondida casi al momento por la de un inquieto James, que dejaba escapar de golpe el aire que había estado reteniendo en sus pulmones, antes de volver nuevamente la atención a las enrevesadas instrucciones para la elaboración del elixir cerebral Baruffio con el corazón sembrado de ilusión.

La muchacha siempre había creído que James Potter era la persona más segura de sí misma con la que se había cruzado nunca, tanto que narcisista, engreído, vanidoso y pretencioso, habían sido palabras recurrentes en su repertorio a la hora de dirigirse a él. Y sin embargo, haber tenido la oportunidad de conocer esa parte del muchacho que reservaba celosamente para las personas de su confianza, le había hecho ver las cosas desde otro prisma diametralmente distinto, sorprendiéndose al descubrir que James mecreoperfectopotter, como más de una vez se había referido a él, al igual que el resto de seres humanos tenía cientos de inseguridades, y si no se había percatado antes, era precisamente porque se encontraban sepultadas bajo la enorme fama de arrogancia que se había labrado para ocultarlas.

—Oye Lils, ¿tienes huevos de runespoor de sobra?. Creo que acabo de espachurrar el último — se lamentó Sarah, a la vez que una mueca de asco se dibujaba en su rostro al ver la suela de su zapato pringada con los restos de cáscara y otras sustancias gelatinosas no identificadas.

Lily levantó de golpe la cabeza de su caldero sobresaltada por la voz de su amiga.

—¿Qué?— preguntó confundida, sin haber escuchado ni una sola palabra de lo que había dicho la castaña. Claramente, lo de mantener en secreto lo que estaba ocurriendo con James empezaba a pasarles factura a ambos.

Tanto el merodeador como la chica, se rompían a menudo la cabeza tratando de idear las más imaginativas excusas para dar esquinazo a sus amigos sin levantar demasiadas sospechas, y de esta forma, disfrutar de al menos unas horas juntos sin tener que mantener estrictamente las distancias y sin pretender que no se morían de ganas por besar al otro.

No obstante, eso de que pareciera tragárseles la tierra tan frecuentemente era como mínimo algo digno de estudio, y a decir verdad, si sus amigos aún no se habían percatado a esas alturas de que algo extraño estaba sucediendo entre ellos, era sin lugar a dudas porque en ese último tiempo habían estado todos demasiado abstraídos lidiando con sus propios problemas.

—¿Huevos de runespoor? — insistió señalando el tarro de cristal que descansaba junto al caldero de la pelirroja.

Lily se golpeó la frente con la palma de la mano en acto reflejo.

—Ah sí claro, huevos de runespoor, toma los que necesites — sonrió distraídamente en dirección a su amiga, antes de volver nuevamente la vista a su poción, reprendiéndose a sí misma por actuar de forma tan extraña cada vez que trataba de aparentar normalidad. Definitivamente disimular no era su punto fuerte.

Sarah se quedó unos segundos observándola con detenimiento antes de volver a hablar.

La gryffindor llevaba prácticamente desde el inicio del año escolar comportándose de una forma sumamente peculiar, incluso para tratarse de la impulsiva Lily Evans. Sobre todo y especialmente en esas últimas semanas, en las que no solo desaparecía continuamente sin explicación aparente, sino que además cada día que pasaba la veía más distraída, casi como si su conciencia volara a menudo lejos del castillo dejando su cuerpo por el camino.

Y aunque al principio lo había achacado al agitado inicio de curso que habían tenido todos ellos, la situación no parecía ir a mejor, sino más bien todo lo contrario. Su amiga cada vez permanecía más absorta en sus propios pensamientos, a menudo ajena a la realidad que se desarrollaba delante de sus propias narices. Por no decir que lucía tan irracionalmente feliz, dando saltitos de alegría y contagiando de positividad a cualquiera con quién se cruzara, que por momentos la castaña llegó a pensar que desayunaba zumo de calabaza aderezado con poción de la risa. Después de todo, ¿Quién cambia de fiero dragón a adorable puffskein de la noche a la mañana?.

—¿Te pasa algo? ¿Te noto distraída? — preguntó al fin la castaña con cierto deje de preocupación.

Lily levantó la mirada en su dirección y negó enérgicamente con la cabeza.

—Es solo que estoy un poco preocupada por Ali.

Y era cierto, aunque esa hábil respuesta le había servido para zafar del más que probable interrogatorio de su amiga, la realidad era que James no era el único motivo por el que esa mañana se encontraba totalmente descentrada.

—Se ha pasado la noche entera llorando, creo que intentaba hacerlo en silencio para que no nos percatáramos, pero aún así la escuché desde mi cama — explicó con una mezcla entre preocupación y tristeza, dirigiendo la vista hacia donde se encontraba parada la rubia unos metros más adelante — La he estado observando… apenas ha probado bocado hoy, y mírala, Pociones es su asignatura favorita y desde que hemos entrado ni tan siquiera ha abierto el libro — señaló.

Sarah dirigió automáticamente la mirada hacia donde se encontraba la susodicha.

Y aunque hasta ese momento no se había percatado, demasiado centrada en encontrar una explicación plausible al extraño comportamiento de la pelirroja, Lily tenía razón.

La imagen de la muchacha distaba mucho de la habitual, su alegría y vivacidad habían sido opacadas por simple y llana apatía. Oscuras ojeras enmarcaban sus notablemente apagados orbes azules, perdidos por completo en el horizonte, mientras su caldero permanecía vacío, el fuego de la lumbre apagado y los ingredientes para la elaboración de la tarea, guardados en sus respectivos frascos.

A simple vista, no parecía tener intención alguna de hacer nada en absoluto en aquella clase, lo cual como había señalado Lily, era del todo impensable, pues todo el mundo sabía que si había algo en lo que destacara Alison Potter por encima de todo era en la asignatura de Pociones, tanto que había sido la alumna predilecta del profesor Slughorn de su curso desde primer año.

—¿Crees que es por lo de Regulus? — cuestionó sin despegar sus ojos de la chica.

Lily meditó por un momento.

—No sé, no les he vuelto a ver hablando, puede que hayan discutido — sugirió encogiéndose de hombros, no demasiado convencida de su respuesta.

Sin embargo, su conversación no tardó en ser interrumpida cuando la muchacha rubia se levantó de improviso de la mesa y fue en dirección a donde se encontraba el docente, solicitando abandonar la clase con la excusa de no sentirse demasiado bien ese día.

Como no podía ser de otra forma, el profesor preocupado no dudó en dar luz verde a su salida, ante la atónita mirada del resto de sus compañeros, para los que parecía del todo imposible que por primera y única vez, Alison Potter abandonara las mazmorras sin haber finalizado de manera impecable la tarea asignada.

—Deberíamos hablar con ella, siento que por algún motivo hay muchas cosas que no nos cuenta, y si no saca todo lo que tiene guardado dentro va a acabar explotando — propuso Lily en un susurro.

No obstante, aunque Sarah asintió conforme, no pudo evitar pensar en lo irónico de sus palabras cuando precisamente Alison, no era la única que parecía ocultar algo en ese último tiempo.


—¿Qué está pasando? — interrogó un acalorado James Potter a modo de saludo, mientras ingresaba a la Sala Común de Gryffindor como si de un torbellino se tratara, seguido muy de cerca por su amigo Sirius.

Ambos muchachos regresaban del entrenamiento de quidditch ataviados con sus, para esas alturas, sudorosos y embarrados uniformes, pues a duras penas les había dado tiempo a poner a buen recaudo sus respectivas escobas, antes de que la profesora McGonagall irrumpiera en el campo, instando al equipo a regresar cuanto antes a la sala común. Como habían sospechado desde un primer momento, aquella había sido una orden directa emitida por Dumbledore, lo cual no era precisamente la mejor de las señales, pues debía haber ocurrido algo realmente grave como para que el director decidiera recluir a la totalidad de los estudiantes en sus respectivas salas comunes.

Los chicos se acercaron hacia una de las esquinas de la sala, donde aguardaban el resto de sus amigos visiblemente intranquilos. Remus caminaba de un lado a otro como fwooper sin cabeza, mientras Sarah leía por décima vez el primer párrafo del libro que descansaba entre sus temblorosas manos. Lily por su parte, mordisqueaba con una insistencia demencial la uña de su pulgar derecho, en tanto que a su lado, Alison permanecía completamente absorta, perdida en sus propios pensamientos. Junto a ellas se encontraba situada Caroline, luchando con todas sus fuerzas para contener las lágrimas de angustia que amenazaban con escapar de sus ojos, mientras que Peter tragaba saliva de forma mecánica, con un gesto permanentemente de pavor dibujado en su rostro.

—Dicen que es Mary MacDonald, al parecer ha estado a punto de saltar de la Torre de Astronomía — explicó escuetamente Remus, mucho más asustado por la situación de lo que le habría gustado admitir.

James y Sirius intercambiaron una mirada incrédula antes de tragar saliva.

—¿Estás de broma? — preguntó el castaño en tono serio, sin llegar a creerse en ningún momento que una muchacha tan alegre y jovial como Mary MacDonald hubiera decidido de manera voluntaria dañarse a sí misma de esa manera.

Era cierto que le había extrañado sobremanera su ausencia al entrenamiento de aquella tarde, pero siendo justo, durante los últimos cursos no era tan raro que uno u otro integrante faltara de vez en cuando alegando acumulación de tareas o falta de tiempo para estudiar. Aunque a decir verdad, ahora que lo pensaba, en el caso de Mary jamás había ocurrido tal cosa.

—¿Crees que bromearía con algo como eso, James? — cuestionó Remus con obviedad, casi ofendido por la pregunta.

—Nos lo ha contado Marlene McKinnon — intervino Lily tratando de calmar un poco los ánimos, no era ni de lejos el momento para ponerse a discutir entre ellos.

Caroline asintió antes de continuar con el relato de Lily con la voz entrecortada.

—Al parecer, Mary, Dorcas y ella estaban estudiando juntas en la biblioteca cuando Mary les avisó de que iba a ausentarse para ir al lavabo. Lo siguiente que supieron es que unos ravenclaw le habían lanzado un petrificus totalus al adivinar sus intenciones, para evitar que se arrojara desde lo alto de la torre. No paraban de decir que tenía los ojos completamente blancos y repetía una y otra vez, como si de un mantra se tratara: "debo saltar desde lo alto de la Torre de Astronomía".

—¿Crees que han usado la maldición Imperius con ella? — preguntó entonces James en dirección a Sirius.

El moreno asintió pensativo.

Sarah se llevó la mano a la boca espantada.

—Hay que decírselo inmediatamente al director Dumbledore — instó Lily, notablemente asustada de que existiera la posibilidad por mínima que fuera de que alguien hubiera usado una maldición como aquella dentro de los muros del castillo, supuestamente el lugar más seguro en el que los alumnos podían resguardarse, o al menos lo había sido hasta ese momento.

James negó con la cabeza.

—No podemos decir algo como eso sin pruebas, además ni siquiera sabemos quién es el responsable, podría haber sido cualquiera — explicó, a la vez que su cerebro trabajaba incansable en busca de la identidad o identidades de los agresores.

—¿Quién crees que fue? — preguntó Alison, uniéndose de improviso a la conversación.

James meditó su respuesta durante unos segundos antes de contestar.

—Mary es hija de Ansel MacDonald*, uno de los aurores más reconocidos y respetados del ministerio, de igual forma, todos sus hermanos son aurores que luchan activamente contra magos oscuros día sí y día también, así que no parece tan descabellado intuir que buscaban enviar un mensaje, tanto para el ministerio como para la sociedad, sirviéndose del bombo que dará la prensa a esta noticia. Así que, considerando que es poco probable que no fuera un alumno, en especial teniendo en cuenta las medidas de seguridad con que cuenta el castillo, y que no veo a ninguno de nuestros profesores haciendo algo tan estúpido como eso, apuesto todos mis galeones por la casa Slytherin — razonó el castaño.

Todos los muchachos asintieron convencidos de la verosimilitud de su teoría.

—De igual forma no creo que quisieran matarla, de haberlo hecho habrían elegido otro lugar o como mínimo otra hora, sobre todo porque ha ocurrido en el momento de mayor concurrencia de la torre — reflexionó Sirius llevándose un dedo a los labios pensativo.

—No, es bastante posible que no fuera más que una amenaza, de lo contrario muy probablemente no habrían fallado — coincidió Remus.

Sarah suspiró superada por la situación.

—Bueno, ¿y qué hacemos entonces?. No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando a la siguiente víctima — exigió, con la promesa que todos ellos habían hecho en la Sala de los Menesteres en mente.

Sirius negó.

—No creo que vuelvan a actuar hasta que se calmen un poco las cosas — opinó tratando de templar un poco los ánimos — Pero de igual forma, deberíamos tener vigilados a los sospechosos habituales, siendo sinceros son los que tienen más papeletas para estar detrás del ataque — propuso encogiéndose de hombros.

Todos asintieron conformes.

—¿Y si…? — empezó James pensativo — Ali tú eres amiga del tal Rosier… —tanteó haciendo enarcar una ceja a la rubia como consecuencia de sus palabras.

—De ninguna manera — se adelantó Sirius por ella adivinando las intenciones de su inconsciente amigo.

Alison ignoró por completo la negativa del moreno.

—No sé si se puede considerar amigo a alguien con quien no has hablado más de diez veces en la vida, y lo digo siendo generosa — apuntó con obviedad, rodando los ojos como consecuencia de la fijación que tenía últimamente su primo con el slytherin — Además, ¿Qué esperas que le diga exactamente?. "Oye Evan, ¿por casualidad no sabrás si algún miembro de tu casa se dedica a lanzar maldiciones imperdonables a diestro y siniestro entre los muros del castillo últimamente?" — replicó con marcado tono irónico, negando con la cabeza ante lo absurdo de la idea.

—No, pero quizás podrías tirarle de la lengua, si le das la confianza suficiente puede que te diga algo que nos sirva para descubrir quién está detrás — contraatacó James, tratando por todos los medios de convencerla.

—¿Y por qué no se lo preguntas tú mismo? — volvió a intervenir Sirius elevando el tono de voz y con cara de pocos amigos.

James puso los ojos en blanco.

—Mira Padfoot, no me vengas con dramas, no le va a pasar absolutamente nada por mantener una breve e inocente conversación con el estirado de Rosier. Y respondiendo a tu pregunta, no lo hago yo mismo porque simplemente con acercarme a él ya estaría levantando la lebrílope, y sabría que tramamos algo — constató con obviedad, algo molesto porque su amigo en lugar de ayudarlo no parara de poner obstáculos.

Sirius desvió la mirada incómodo.

—También puedes intentar preguntarle a Regulus, sois amigos ¿no? — propuso Peter encogiéndose de hombros, completamente ajeno a lo que había ocurrido entre el slytherin y la rubia en las últimas horas.

Como aguijoneada por un billywig, Alison elevó automáticamente la mirada en dirección al rubio, con una mueca de absoluto espanto plasmada en el rostro.

Gesto que no pasó ni mucho menos desapercibido para el resto de sus amigos, a los que les bastaron apenas unos segundos para descartar por completo la idea de Peter, intuyendo que la rubia y el slytherin no habían quedado en los mejores términos precisamente tras la accidentada noche que habían pasado juntos.

—A decir verdad, no creo que consiguiéramos demasiado preguntando a Regulus — opinó James rompiendo una lanza en favor de la chica — Recordad lo que le hicieron Nott y los suyos a principio de curso, dudo mucho que de la noche a la mañana se hayan convertido en amigos del alma que hacen pijamadas en las que se ponen al día de sus macabros planes mientras se trenzan el cabello — ironizó tratando de desviar la atención del pequeño de los Black.

Caroline asintió.

—Coincido con James. Además, Sirius dijo que su hermano no tenía la marca, así que dudo que sepa algo que nos sea de ayuda, más allá de los chismorreos habituales que danzan por las salas comunes — opinó encogiéndose de hombros.

Para sorpresa de todos Alison no tardó en volver a intervenir cuando el citado tatuaje salió a colación.

—Evan tampoco la tiene — informó la rubia, que tras el castigo en la enfermería estaba completamente segura de que el antebrazo del muchacho permanecía impoluto.

James no tardó en ahogar una carcajada como consecuencia de sus palabras.

—Ali, eres una Potter, no me hagas dudar de nuestra excepcional inteligencia. Si algo se cuece en la casa Slytherin, ten por seguro que Evan lo sabe. No sé si estará o no implicado, pero dudo mucho que como mínimo no le hayan puesto al día, a Nott y los suyos les falta besar el suelo por el que pisa Rosier — replicó con obviedad.

La rubia incapaz de contradecir sus, más que factibles teorías, se mordió la lengua y volvió a guardar silencio a la espera de que entre todos tomaran finalmente una decisión definitiva.

—¿Y si tratas de hablar con Snape? — volvió a intervenir Peter, esta vez en dirección a Lily — Antes erais amigos, ¿no? — preguntó sin maldad, a la vez que se encogía de hombros.

La pelirroja no pudo evitar atragantarse con su propia saliva como consecuencia de la propuesta, sintiéndose completamente incapaz de volver a cruzar una sola palabra con aquel al que durante tanto tiempo llamó mejor amigo.

No obstante, para su suerte, un notablemente molesto James Potter contestó por ella, antes de que la chica tuviera siquiera tiempo para negarse en rotundo a hacer algo como eso.

—Wormtail, Snivellus insultó a Evans de la peor forma que fue capaz, ¿tú crees que tiene ganas de volver a acercarse a menos de dos metros de él voluntariamente? — negó con incredulidad a punto de perder la paciencia, como si lo que acabara de salir por la boca de Peter, fuera lo más absurdo que había escuchado nunca.

Todos se miraron nuevamente sin saber muy bien qué hacer.

—Vale, lo intentaré — aceptó finalmente Alison, queriendo zanjar de una vez por todas aquella improductiva negociación.

Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de James, convencido no solo de que su plan era de lejos el mejor que se había propuesto aquella tarde, sino también de que tendría el efecto esperado.

—Esa es mi chica — felicitó elevando una mano para chocarla con la de la rubia.

Sirius puso cara de malas pulgas.

—Pero no prometo nada, hablaré con él y si no sacamos nada en claro, se acabó, buscamos otra forma — le advirtió antes de chocar su palma con la del castaño.

—Trato hecho — aceptó complacido, mientras Lily, Sarah, Caroline y Remus intercambiaban sendas miradas intranquilas.

Cada vez tenían más claro que todo lo que se avecinaba les venía demasiado grande, al menos sin preparación previa para ello. Era casi como caminar hacia la boca del lobo portando como únicas armas sus buenas intenciones.


Alison Potter hojeaba distraídamente el último ejemplar de la revista Corazón de Bruja, el anuncio sobre el reciente compromiso de Dylan Scammander, nieto del reconocido magizoólogo Newt Scammander, con Amelia Flint encabezaba la portada, extendiéndose a lo largo de varias páginas de la edición. Y aunque en otro momento, una noticia de ese cariz le habría resultado insufriblemente frívola, la rubia necesitaba distraerse con cualquier cosa banal que no requiriera demasiada concentración.

No obstante, antes de poder siquiera emitir objeción al respecto, Sirius le arrebató la revista de las manos y la dejó caer sobre la mesa, sentándose en la butaca situada justo enfrente del sillón donde se encontraba tendida la muchacha.

—Sabes que no tienes por qué hacerlo ¿no?. No importa lo que diga James, hay otras formas de conseguir información que no implican ponerte en riesgo. Quizás yo podría hablar con Regulus y… — tanteó tratando de encontrar cualquier otra solución, por improductiva que pudiera resultar, que en ningún caso supusiera situar a Alison en el punto de vista del enemigo.

La rubia elevó la vista en dirección a los ojos del merodeador, lucía realmente frustrado y eso inevitablemente la hizo sonreír.

Es curioso como funcionan las cosas ¿no?. Puede que admires a una persona por su arrojo, valentía o capacidad, quizás incluso ese fuera uno de los motivos que te hizo interesarte por ella, pero en el preciso momento en que te enamoras, todo eso pasa a un segundo plano. Y lo hace porque la preocupación por garantizar su seguridad se convierte en una prioridad, sobre todo cuando se trata de alguien continuamente expuesto a situaciones de riesgo, o en el caso de Alison, el tipo de persona que acostumbra a lanzarse de cabeza al peligro sin pensar demasiado en las consecuencias. Pero bueno, tampoco podía culparla, eran gryffindor después de todo y la valentía era uno de sus rasgos más característicos.

Además, ¿qué hay que suponga más riesgo que una guerra o el tiempo antecedente a la misma?.

El amor o el miedo a perder no son nunca una justificación para encerrar a la persona que amas en una jaula entre algodones con tal de mantenerla a salvo, a menudo las personas resultan dañadas, enferman o mueren, y eso es algo que aunque cueste aceptar, inevitablemente forma parte del curso normal de la vida.

Si realmente se estaba gestando una guerra tal y como habían aventurado, Alison, al igual que el resto de sus amigos, estaría dispuesta a luchar hasta su último aliento, permanecer estática o esconderse nunca sería una opción para ella. Y si, tal vez al aceptar seguir el plan de James se estuviera poniendo a sí misma en peligro, o incluso colocando una diana sobre su espalda, pero, ¿acaso no estaban ya en peligro todos ellos?. Además, vivir en el mundo resultante de perder una guerra con unas motivaciones como las de aquella, era algo que simplemente no habría aceptado como forma de vida. Le entraban escalofríos solo de imaginarlo.

—Qué tierno, ¿Estás preocupado por mí, Sirius Black? — bromeó tratando de quitarle hierro al asunto — Si sigues por estos derroteros vas a acabar estropeando la fachada de duro e inaccesible que has estado construyendo a lo largo de estos años — advirtió en tono juguetón, a la vez que le guiñaba un ojo tratando de provocarlo.

Sirius esbozó su característica sonrisa ladeada.

Si no hubiera habido nadie en ese momento en la sala común muy probablemente la habría tomado en volandas y dado vueltas hasta pedir clemencia por haber osado burlarse de él de aquella forma. Sobre todo, porque tenía más razón que Circe. Por mucho que lo deseara no podía protegerla de todo eternamente. Y aunque le jodiera tener que reconocerlo, el plan de James era la mejor baza que tenían para desenmascarar a los responsables del ataque a Mary MacDonald.

—Tendré cuidado, confía en mí. No será más que una inocente conversación a plena luz del día en un lugar abarrotado de alumnos — aseguró a modo de promesa.

Sirius dejó escapar un largo suspiro.

—Ya lo sé. Ya lo sé, rubia. Es solo que Rosier no me da buena espina. No puedo dejar de pensar que Regulus te aconsejó mantenerte alejada de él y te puedo asegurar que Reg no dice las cosas por decirlas. Además, siempre parece estar en el lugar correcto en el momento oportuno y para ser sinceros, no creo en las casualidades. Las cosas se están poniendo cada vez más bravas y parece que la situación solo irá a más y yo sencillamente… no podría soportar que te hicieran daño — admitió desnudando por completo sus sentimientos, sin despegar ni por un segundo la mirada de los ojos azules de la chica.

Conmovida por su sinceridad, Alison tomó con cariño una de las manos de Sirius entre las suyas tratando de reconfortarlo.

Aunque tratara de fingir que no, a menudo también sentía miedo, pero saber que contaba con amigos como aquellos que la querían por lo que era, que se preocupaban por su bienestar, que le guardarían las espaldas y lucharían junto a ella ante un futuro tan incierto como el que se planteaba, era algo que inevitablemente la investía de fuerza, arrojo, coraje, y por un momento pensó que quizás si hubiera esperanza después de todo, si permanecían unidos tal vez podrían sortear todos los obstáculos que se interpusieran en sus caminos.

—Te aseguro que si Rosier o cualquier otro slytherin se plantean siquiera tratar de dañarme de algún modo, van a lamentar profundamente haberme hecho enfadar — juró en el tono más serio que el moreno le había escuchado utilizar nunca.

Sirius asintió visiblemente orgulloso.

Alison Potter estaba lejos de ser una damisela en apuros, y sus palabras no eran más que una promesa de que incendiaría el mundo a su paso con tal de proteger a las personas que amaba.

—Francamente, me alegro demasiado de no ser tu enemigo — bromeó Sirius tragando saliva, cambiando inevitablemente el tono de la conversación a uno más distendido.

La expresión seria presente hasta ese momento en el rostro de la chica, se transformó en apenas un instante en una sonrisa cómplice.

—Coincido. Después de todo… ¿Cuántas personas pueden decir que salieron airosos del ataque de un aterrador y mortífero hombre lobo? — susurró en tono apenas audible inclinándose en dirección al moreno, a fin de que únicamente él pudiera escucharla.

Sirius dejó escapar una sonora carcajada.

—Reconozco que ahí tienes un punto — admitió totalmente desarmado, sin poder disimular ni un poco la enorme sonrisa que se había instalado en sus labios.

Habían cambiado tanto las cosas desde aquella noche que creyó que la perdería para siempre, que casi parecía que había transcurrido un siglo. Y allí estaba ella, completamente tranquila bromeando sobre algo que habría traumatizado por completo a la mayoría de mortales. Sin lugar a dudas, Alison Potter estaba hecha de otra pasta.

—Oye rubia — tanteó de improviso, llevándose un dedo a los labios pensativo — ¿Estás libre esta noche?.

Alison levantó la vista en dirección al moreno visiblemente intrigada.

—Creo que sí, aunque no sé si me arrepentiré de reconocerlo, ¿en qué habías pensado? — interrogó elevando una ceja.

El muchacho sonrió para sí mismo antes de contestar.

—Hace tiempo que quería enseñarte algo pero quiero que sea una sorpresa, ¿confías en mí? — preguntó incorporándose de golpe, a la vez que tendía la mano en su dirección a modo de proposición.

La chica le observó indecisa durante un instante. No es que odiara las sorpresas. Más bien lo que odiaba era sentirse vulnerable, y con Sirius se sentía así cada segundo de cada día. Adrenalina corriendo por sus venas, arremolinándose en su garganta. Y puede que fuera adicta a esa adrenalina, por lo que lejos de querer alejarse de su locura, cada célula de su cuerpo le instaba a sumergirse en ella.

—Supongo que soy así de imprudente — aceptó finalmente dejando escapar un largo suspiro, a la vez que posaba vacilante su palma sobre la de él.

Sirius sonrió antes de tirar con brío de la mano de la muchacha en su dirección, acercando tanto su cuerpo al de ella que por un momento pudo sentir como su entrecortada respiración golpeaba súbitamente la despejada piel de su cuello, erizándola prácticamente al instante como consecuencia de su cálido toque.

—¿Debería sentirme ofendido? — susurró en su oído, rozando intencionalmente con los labios el lóbulo de su oreja.

Un escalofrío recorrió de principio a fin la espina dorsal de la rubia, y por un segundo, con la mirada fija en los desafiantes ojos grises del moreno, empleó toda la fuerza de voluntad que fue humanamente capaz de reunir para tratar de relajarse y mantener a raya sus impulsos. Una ducha de agua helada habría resultado más efectiva, pero bueno tampoco era como si tuviera mucha más opción en ese preciso momento.

Como no podía ser de otra forma, intuyendo la lucha que se había desatado en su interior, el moreno la observaba con una mueca de diversión, satisfecho de haber logrado su propósito. Y es que cualquiera con ojos en la cara se habría dado cuenta a esas alturas de que la conexión entre ellos era como una corriente eléctrica que sacudía con fuerza sus sentidos incitándolos a perderse en el otro, anulando por completo cualquier rastro de prudencia o sensatez que pudieran conservar, derribando una por una todas sus barreras mentales.

Pero Sirius no era el único que disfrutaba llevando al límite al otro, ni mucho menos el único al que le gustaba jugar con fuego, por lo que la rubia no tardó en reducir de igual forma la distancia que los separaba, inclinándose en su dirección antes de susurrar a escasos milímetros de su oído.

—Más bien halagado — replicó, antes de golpear juguetonamente el pecho del moreno con la palma de su mano, poniendo nuevamente algo de distancia entre ambos.

No hacía más que unas pocas horas que volvían a estar juntos, ni siquiera habían tenido tiempo de hacerse a la idea de ello realmente. Así que dar rienda suelta a la tensión sexual no resuelta que azotaba con fuerza sus sentidos cada vez que estaban mínimamente cerca el uno del otro en medio de la sala común, habría sido una idea realmente terrible. Sobre todo porque ni tan siquiera habían hecho a sus amigos partícipes de la noticia y no cometerían dos veces el mismo error. Esta vez se enterarían por ellos, solo que antes debían hablar largo y tendido sobre ello y decidir cuál sería la mejor forma de abordarlo.

—Vale pues…espérame aquí un minuto, vuelvo enseguida — prometió antes de salir corriendo en dirección a los dormitorios masculinos.

Alison sonrió divertida al jurar que lo había visto subir los escalones de tres en tres con tal de hacerla esperar lo menos posible. Y ese era precisamente el tipo de detalles que hacían del todo imposible sacar al moreno de su cabeza y mucho menos de su corazón. Una vez más había aceptado seguirlo a ciegas, dejarse sorprender por él, una vez más la adrenalina había ganado la batalla a la incertidumbre, contagiando cada centímetro de su cuerpo, y nuevamente volvió a sentirse invadida por ese placentero vértigo que no se cansaba de experimentar cuando de Sirius se trataba.

Por suerte, el merodeador no tardó en deslizarse nuevamente a través de las escaleras, cargado con un par de gruesas mantas y con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en los labios, lo que inevitablemente hizo que una mueca de confusión se instalara en el rostro de la chica.

No obstante, antes de tener siquiera la oportunidad de preguntar, el moreno tomó nuevamente su mano, conduciéndola en dirección a la salida de la sala común.

Recorrieron los pasillos del séptimo piso, escondiéndose entre risas tras las grandes estanterías que dividían el corredor, tratando de ocultarse de la vista de los prefectos que hacían ronda aquella noche.

Pero aunque intentaron por todos los medios no hacer ruido, fue inevitable que una carcajada se escapara entre sus labios al ser testigos de cómo uno de los libros voladores que custodiaba el pasillo golpeaba de improviso con sus duras solapas a uno de los prefectos de la casa Slytherin que hacían guardia, mientras que su compañero trataba por todos los medios de alcanzar con sus hechizos el agresivo ejemplar, tratando de neutralizarlo.

Sin embargo, antes de que ninguno de ellos pudiera llegar a percatarse de su presencia o intuir el lugar del que provenían las carcajadas, Sirius tiró de la mano de la chica, escabulléndose a través de la puerta que daba paso a la Gran Escalera.

Una vez allí, libres del escrutinio de prefectos o profesores de guardia, ambos se detuvieron durante un instante para tratar de recuperar el aliento que les había robado la carrera, compartiendo entre jadeos sendas sonrisas cómplices.

—¡Gárgolas Galopantes! ¡Apaga de una buena vez esa luz muchacha!. No son horas y algunos estamos tratando de conciliar el sueño — se quejó en voz de regaño el retrato de un hombre de larga barba blanca, ataviado con un pijama a rayas y un cómico gorrito con borla.

No obstante, contra todo pronóstico, sus alaridos de protesta no tardaron en despertar a los retratos situados junto a él, por lo que de un momento a otro se inició en la escalera una auténtica batalla campal consistente en el intercambio de lamentos, refunfuños y algún que otro improperio.

Sirius y Alison intercambiaron una mirada divertida, y tras disculparse brevemente por ser los causantes en origen de aquel alboroto, echaron a correr escaleras abajo con las manos entrelazadas en dirección al vestíbulo central.

Después de sortear algunos grupos de prefectos más, los muchachos lograron al fin alcanzar la salida oeste del castillo, continuando su carrera en dirección al Estadio de Quidditch, mientras la suave capa de rocío que cubría la hierba, empapaba sin remedio la tela del borde inferior de sus túnicas, así como la suela de sus zapatos, haciéndolos resbalar en un par de ocasiones.

—Espera aquí — pidió nuevamente Sirius, una vez alcanzaron el arco de entrada al campo, entregando a la chica las mantas que había portado hasta ese momento antes de salir corriendo en dirección al interior del estadio.

Alison asintió a modo de respuesta, visiblemente impaciente por descubrir cuanto antes el enigmático plan del merodeador.

Sin embargo, a decir verdad, apenas tuvo que esperar un par de minutos, antes de que el moreno apareciera nuevamente en el umbral de la puerta, acompañado esta vez por su amada Guadaña Celeste.

Alison tragó saliva y negó en rotundo observando con desconfianza la inestable escoba.

No es que tuviera vértigo o miedo a las alturas, más bien era que según su sensato criterio (y aprecio por su vida), una escoba no constituía precisamente el medio de transporte más seguro o fiable de entre todos los existentes. Aunque sin duda, en opinión de la mayoría, sí el más divertido y estimulante.

—Venga rubia, te prometo que merecerá la pena. Si lo de hoy no te deja con la boca abierta juro que te haré los deberes durante una semana — pidió juntando las palmas de las manos a modo de súplica.

Y aunque Alison lo intentó con todas sus fuerzas, no pudo resistirse a la expresión exultante de ilusión y esperanza presente en los expresivos ojos del gryffindor.

—Está bien — aceptó dejando escapar un largo suspiro.

Sirius sonrió complacido y resistiendo las ganas de dar un salto de alegría, pasó una de las piernas por encima de la escoba, movimiento que la chica no tardó en imitar, situándose justo a su espalda.

Los brazos de Alison envolvieron con fuerza la cintura del muchacho en acto reflejo nada más sentir como sus pies comenzaban a elevarse unos centímetros por encima del suelo. Este gesto no pasó ni mucho menos desapercibido para el moreno, que correspondió el abrazo entrelazando fugazmente su mano con la de ella para tratar de infundirle algo de confianza. Pues aunque el riesgo era mínimo, en especial considerando la maestría de Sirius montando en escoba, ansiaba que confiara en él hasta el punto de convencerla de que nunca permitiría que le ocurriera nada malo.

—Creo que prefiero tu moto — admitió la rubia con voz temblorosa, evitando por todos los medios mirar hacia abajo.

No podía dejar de pensar en que cualquier amago de torpeza, por ligero que fuera, podría hacerla caer desde lo alto. Y aunque se esforzó por alejar esos pensamientos intrusivos y contraproducentes, no fue hasta que Sirius acarició con suavidad el dorso de su mano cuando consiguió finalmente relajarse y disfrutar del viaje. En ocasiones pensaba que su conexión era tal que eran capaces de leerse la mente el uno al otro, aunque lo más probable era que en realidad Sirius hubiera sido consciente de su nerviosismo a consecuencia de su agitada y descontrolada respiración.

El cielo estaba tan oscuro aquella noche que a duras penas eran capaces de divisar las espesas copas de los árboles, y ni hablar del Lago Negro, cuya silueta llegaba únicamente a intuirse como consecuencia del reflejo de la luna sobre su superficie, luciendo como una gran mancha dispuesta en la inmensidad de un paisaje completamente opaco.

El castillo, en contraposición a los terrenos exteriores, se mantenía iluminado, salpicado de decenas de lo que parecían ser pequeñas estrellas repartidas a lo largo de su estructura, y reflejadas a través de los vidrios de los ventanales.

—Es precioso — consiguió articular Alison con la voz entrecortada, obviando por completo la inseguridad que había jurado sentir hacía tan solo unos segundos, y que parecía haberse esfumado de un plumazo.

—Y aún no has visto nada — prometió Sirius, mientras sobrevolaban con la escoba la famosa Torre de los Profesores, tratando de no acercarse demasiado a las ventanas para evitar ser avistados por alguno de los docentes.

La temperatura había descendido significativamente, por lo que la chica no se lo pensó dos veces y abrazó con más fuerza al muchacho, intentando por todos los medios conservar el escaso calor corporal que a esas alturas, únicamente concentrado en su torso, también había empezado a disiparse.

Pero justo cuando empezaba a sentir los dedos de las manos completamente adormecidos como consecuencia del frío, Sirius inició suavemente el descenso en dirección a uno de los numerosos puentes colgantes que conectaban las distintas alas de la escuela.

Cuando los pies de la chica volvieron a tocar tierra firme, la adrenalina se volatilizó de golpe, dando paso a una ola de momentánea calma, que no tardó en esfumarse al percatarse de que la estructura que los sostenía estaba bastante lejos de ser estable, sino más bien una unión de bamboleantes y desgastadas tablas de madera unidas por cuerdas sospechosamente roídas. Por lo que su corazón no tardó en dar un vuelco al aventurar el más que probable baño de agua helada que aguardaba bajo sus pies, esperando impaciente a que perdiera el equilibrio o diera un ligero traspié.

No obstante, cuando el movimiento de las tablas se detuvo por completo, Alison al fin respiró tranquila, permitiéndose a sí misma tomarse el tiempo para escudriñar cada aspecto del espacio que los rodeaba.

Curiosamente, ese puente en concreto suponía un punto ciego, pues a pesar de estar situado prácticamente en el centro del castillo, las luces externas apenas llegaban a alcanzarlo, por lo que la oscuridad reinante a su alrededor era prácticamente absoluta.

Sirius por su parte, caminó en dirección a uno de los extremos del puente, con el objetivo de resguardar la escoba junto a una de las puertas de acceso, para evitar a toda costa que está pudiera precipitarse hacia el vacío, dejándolos a ambos sin posibilidad ni medios para regresar. En especial, porque las puertas situadas a ambos lados no eran más que polvorientos almacenes protegidos contra alohomora, de los que naturalmente tampoco poseían la llave. Y tras asegurar su vuelta, el moreno desandó nuevamente el camino en dirección al centro del puente colgante, desdoblando una de las mantas sobre las tablas de madera del suelo, antes de dejarse caer sobre la misma.

—Ven — invitó tomándola con suavidad de la mano.

La muchacha no tardó en deslizarse en dirección al suelo, rozando en su descenso el hombro de Sirius que, sonrió ante el contacto mientras cubría los cuerpos de ambos con la frazada restante.

—¿Mejor?

Alison asintió agradecida, al notar como sus extremidades comenzaban a destensarse recobrando poco a poco la movilidad, y su piel recuperaba el tono rosado que la caracterizaba, con la única excepción de la nariz y mejillas, que aún en contacto con la brisa nocturna, permanecían coloreadas de una intensa tonalidad rojiza.

Sin embargo, en aquel puente, resguardado por los imponentes muros de la parte interna del castillo, la temperatura era significativamente más soportable, por lo que el helado azote del frío exterior que habían experimentado al sobrevolar el punto más álgido de las torres, no había quedado más que en una lejana anécdota a esas alturas.

—¿Y qué es eso tan maravilloso que querías enseñarme? — se atrevió a preguntar entonces, más confundida que nunca, observando a un lado y otro tratando de dilucidar qué era exactamente lo que hacía tan especial a ese lugar según la opinión del moreno.

Una sonrisa deslumbrante se dibujó en los labios de Sirius que, ignorando deliberadamente la pregunta, se tumbó boca arriba sobre la manta y dirigió su mirada en dirección al cielo, situando uno de los brazos bajo su cabeza a modo de almohada.

Alison por su parte, le observó durante unos segundos con confusión, antes de elevar de igual forma la mirada hacia arriba en busca de respuestas.

Desde allí, completamente aislados de la contaminación lumínica, se podía apreciar con total nitidez la bóveda celeste dibujada sobre sus cabezas.

El cielo, aunque teñido de un negro intenso, se encontraba salpicado en su totalidad por resplandecientes estrellas, distribuidas uniformemente a lo largo del firmamento nocturno.

Incapaz de cerrar la boca como consecuencia de la sorpresa, Alison pensó que nunca antes se había sentido tan pequeña, como si no fuera más que una diminuta mota de polvo flotando en la inmensidad de un universo infinito, eterno, inconmensurable.

Ambos muchachos permanecieron durante varios minutos en completo silencio, incapaces de despegar la mirada de aquella impresionante estampa. Y por un momento, todo a su alrededor pareció disiparse como humo entre sus dedos, las preocupaciones, los miedos, las decepciones, se volvieron algo insignificante, carente de importancia, al menos durante un instante, un instante demasiado breve, pero de igual forma, un instante increíblemente reconfortante.

—¿Ha merecido la pena el riesgo? — preguntó Sirius volteando su cuerpo en dirección al de la muchacha.

Alison no tardó en imitarlo, fijando la vista en el hipnotizante gris azulado que coloreaba su iris.

—¿Bromeas? — preguntó casi ofendida — Es una de las cosas más bonitas que he visto en mi vida — confesó dirigiendo una fugaz mirada al cielo antes de fijarla nuevamente sobre los ojos de él.

Sirius sonrió.

—Ya sabes que los Black tenemos algo raro con las estrellas — bromeó divertido consiguiendo que una sonrisa elevara las comisuras de los labios de la muchacha — La verdad es que vengo aquí cuando necesito estar solo o pensar. Es todo tan pacífico que es casi imposible no desconectar y simplemente dejarse llevar, respirar — confesó con una sonrisa tímida.

Alison asintió conforme.

Sirius Black nunca había sido el tipo de persona que se abre en canal en relación a sus sentimientos. Más bien era del tipo hermético que se niega en rotundo a admitir que algo le importa salvo peligro severo para la vida o muerte inminente, seguramente resultado del apego evitativo y del resto de traumas que le había generado su horrible infancia en un hogar completamente carente de amor, en el que no había lugar para fútiles muestras de afecto.

Pero por alguna razón, con ella era completamente diferente, no podía contener las palabras en su garganta como se había obligado a hacer tantas otras veces, éstas sencillamente salían despedidas de sus labios antes de tener tiempo siquiera de arrepentirse de ello. Y para ser completamente sincero, confiaba tanto en la muchacha que por una vez, no podía importarle menos mostrarse débil o vulnerable.

—Creo que voy a necesitar una de estas visitas mínimo una vez al día tal y como están las cosas últimamente. Escapar, aunque sea por un instante, se siente demasiado bien — admitió con un marcado deje de tristeza, tratando por todos los medios de contener el sollozo que amenazaba con escaparse entre sus labios.

—Si, somos especialistas en eso, ¿Eh rubia? — corroboró Sirius en tono de broma, chocando juguetonamente su hombro contra el de la chica.

Alison rió a la vez que secaba con la manga de su túnica un par de lágrimas rebeldes que habían conseguido escapar de sus ojos.

—Unos más que otros — contraatacó divertida, recomponiéndose casi al instante del amago de fragilidad que amenazaba con doblegarla.

No obstante, como siempre, ahí estaba Sirius dispuesto a sacarle una sonrisa, incluso cuando hacía apenas unas horas habría jurado que no existía forma humanamente posible de hacerla sonreír aquel funesto día, el moreno no cesaba en su empeño de demostrarle cuán equivocada podía llegar a estar al subestimarlo.

—Aunque debo admitir que mis intenciones tampoco eran tan decorosas y desinteresadas como pudiera llegar a parecer — añadió en tono sugerente, incorporándose de improviso.

Alison no tardó en imitarlo, enarcando una ceja escéptica como consecuencia de sus palabras, que inevitablemente hizo reír al moreno.

—Hace unos días, la chica de mis sueños me besó como nunca antes lo habían hecho, tanto que no he sido capaz de olvidarlo, así que pensaba que quizás si conseguía dejarla sin palabras quisiera regalarme otro de sus increíblemente adictivos besos — explicó sin despegar en ningún momento los ojos de los de la gryffindor.

Alison negó divertida por su confesión, antes de tirar con su mano de la parte superior de su camisa para acercarlo a ella.

—No puedes decir algo como eso y simplemente esperar que no te coma a besos, Sirius Black — susurró sonriendo contra su boca, antes de eliminar por completo la distancia que los separaba uniendo con una lentitud casi desesperante sus labios a los de él.

Sin embargo, en el momento preciso en que éstos hicieron contacto, cualquier rastro de moderación voló por los aires, siendo rápidamente sustituida por una pasión demencial, que abrasó a su paso cada centímetro de sus bocas, unidas en un baile de húmedas caricias. Se bebieron uno a otro entre jadeos de desahogo y respiraciones entrecortadas, reflejo mismo del anhelo sostenido entre ambos durante hacía ya demasiado tiempo.

La muchacha acarició con las yemas de los dedos la mejilla del merodeador, notando como el áspero toque de su incipiente barba arañaba placenteramente sus dedos. Dedos que jugueteaban delineando la mandíbula del moreno, mientras sus dientes atrapaban con suavidad el labio inferior del chico, tirando ligeramente de él a modo de provocación.

Un gemido gutural escapó de la garganta de Sirius, cuyas pupilas dilatadas como consecuencia del deseo voraz que lo invadía, no tardaron en anticipar su siguiente movimiento. Por lo que en consecuencia, tomándola súbitamente por la cintura, la elevó unos centímetros en el aire antes de colocarla a horcajadas sobre él.

Alison suspiró pesadamente contra sus labios al sentir como el trabajado cuerpo del chico se tensaba bajo el suyo, enviando un impulso directo a cada una de sus terminaciones nerviosas que incrementó su temperatura corporal hasta el punto de hacerla arder bajo su ropa.

El aire resultante de la unión de sus agitadas respiraciones escapaba entre sus labios, transformándose casi al instante en ardiente vaho al contacto con la fresca brisa nocturna.

Incapaz de mantener por más tiempo las manos quietas, éstas volaron casi por instinto en dirección al torso del moreno, dibujando sobre él por encima de su jersey de punto. A su paso el sutil toque se sentía placenteramente abrasador, tanto que el muchacho deseó por momentos deshacerse de cualquier obstáculo que impidiera el contacto directo entre su piel y las demencialmente placenteras yemas de sus dedos.

En el mismo sentido, Alison consideraba cada vez más seriamente arrebatarle todas y cada una de las prendas que portaba, arrancarlas de su cuerpo, bendiciendo sus ojos con la más que impresionante anatomía del merodeador, se le hacía la boca agua solo de imaginarlo. Sus labios recorriendo con esmero cada centímetro de su cuerpo, desperdigando cálidos besos en cada recodo, marcando a conciencia la suave piel de su espalda con las uñas, maltratando su cuello con el placentero toque de sus dientes. Pero a decir verdad, el clima, lejos de invitar a ello, tiró por tierra sus deseos, y por un momento, odió esa chispa de racionalidad que aún zumbaba molestamente en su conciencia.

Por suerte, sus pensamientos no tardaron en ser interrumpidos cuando las confortables manos del moreno, hasta ese momento estáticas en el suelo conteniéndolos a ambos, se aventuraron en dirección a su cuerpo, recorriendo con una calma prácticamente reverencial la curva de su cintura hasta llegar a sus caderas.

La gryffindor gimió contra su garganta al advertir cómo el agarre de sus ásperas manos se volvía algo más rudo en ese punto, arrastrando a modo de desahogo sus labios a lo largo de su cuello, lo que inevitablemente provocó que una oleada de placer recorriera de arriba a abajo al muchacho, agitando con fuerza sus sentidos, y eliminando cualquier rastro de autocontrol que pudiera conservar.

Los dedos de Sirius se enterraron con fuerza en el hueso de su cadera, presionándola contra su cuerpo, y por ende, acortando aún más, la ya de por sí inexistente distancia que los separaba.

Y no sabía si sería porque se había dado cuenta de que la dureza había llegado a un punto de no retorno, o porque estaba convencido de que de continuar Alison no tardaría en derretirse como mantequilla entre sus dedos, pero por un motivo u otro la cordura lo golpeó de golpe obligándolo a detenerse. Y aunque se odió profundamente a sí mismo por hacer algo tan estúpido como eso, sin lugar a dudas era lo más racional, aunque eso no hacía que dejara de ser increíblemente estúpido.

—Por mucho que disfrute esto, tenemos que parar, rubia — jadeó entrecortadamente, sonriendo contra los labios de la chica.

Alison separó unos centímetros su rostro del de él entre confundida y frustrada, mientras sus acelerados latidos comenzaban poco a poco a recuperar su ritmo habitual.

¿Por qué tenían que parar?. No quería parar. No ahora que al fin los planetas parecían haberse alineado para regalarles un momento tan idílico y oportuno como ese, en el que poder dar rienda suelta a sus deseos sin tener que preocuparse por nada más que por disfrutar el uno del otro. ¡Quién sabe cuándo diantres volverían a tener una oportunidad como aquella!.

—Estamos suspendidos a unos veinte metros del agua, en medio de un inestable puente colgante que muy probablemente lleve decenas de años sin pasar las revisiones preceptivas, estoy del todo seguro de que podemos encontrar un lugar infinitamente mejor para esto — explicó divertido, ante la cómica mueca de decepción que se había instalado en el rostro de la chica, mientras jugueteaba con delicadeza con uno de los mechones ondulados que enmarcaban su rostro.

—Tienes razón — admitió Alison con fastidio, dejando escapar un largo suspiro.

Por mucho que odiara admitirlo, Sirius estaba en lo cierto, no era ni de lejos el lugar más idóneo, especialmente por el riesgo que implicaba. Y quizás dar rienda suelta a la pasión en puentes colgantes o tejadillos sonaba muy romántico en libros o películas, pero en la vida real, estaban lejos de ser precisamente lugares adecuados para algo como eso.

—Me muero de ganas — prometió acariciando con cariño la nariz de la chica con la suya, mientras su mano continuaba enterrada en su cabello — Y reconozco que me has puesto realmente difícil parar, solo tratemos de encontrar un lugar algo más cómodo y menos peligroso que este — propuso con una sonrisa divertida, acariciando con la yema de su pulgar la mejilla de la muchacha.

Alison sonrió pegando su frente a la de él.

—Contra todo pronóstico, te has convertido en un chico realmente difícil, Sirius Black. Estoy segura de que el Sirius del pasado se sentiría muy decepcionado — bromeó, haciéndolo sonreír.

—El Sirius del pasado no tenía ni puta idea de lo que significa querer a alguien como yo te quiero a ti, rubia — correspondió con voz ronca, antes de volver a unir abruptamente sus labios a los de ella.

Y justo allí bajo la bóveda celeste, las estrellas y la luna fueron los únicos testigos de su declaración.


Regulus Black recorría a buen paso el sendero empedrado que comunicaba los terrenos de Hogwarts con la pintoresca villa de Hogsmeade. El manto nocturno había inundado por completo el paisaje, iluminado sutilmente por pequeños farolillos repartidos a lo largo del camino, y miles de lucecitas de color verdoso provenientes de los arbustos situados en las orillas del mismo, entre los que revoloteaban cientos de crisopos.

Los restos de las anaranjadas hojas otoñales que había dejado al descubierto la nieve al derretirse crujían bajo sus botas, lo que en conjunción con el suave ulular de las aves nocturnas y algún que otro aullido lejano, era prácticamente el único sonido que irrumpía la silenciosa quietud de la noche.

La niebla había invadido casi en su totalidad el desvío en dirección al Bosque Prohibido situado a la izquierda del sendero, aportando al ambiente un aire fantasmagórico, que sin lugar a dudas, unido a las múltiples señales de aviso de peligro, resultaba del todo disuasorio. Al menos para todo aquel con un mínimo de sentido común.

En un primer momento pensó que quizás lo más inteligente sería caminar campo a través para evitar a toda costa ser visto, después de todo que un alumno se encontrara fuera del castillo a esa hora de la madrugada deambulando sin propósito aparente, sin lugar a dudas habría sido algo que como mínimo llamaría la atención. No obstante, cuando después de escabullirse de los últimos prefectos al fin alcanzó la puerta de salida situada en la muralla norte, se dio cuenta de que eso no sería un problema, sobre todo porque el camino se encontraba completamente desierto.

Como era natural, los habitantes del pequeño pueblecito se hallaban recluidos en sus respectivos hogares, refugiándose de la caída abrupta de temperatura que traía consigo la puesta de sol, sobre todo porque aún restaban un par de meses antes de que esta se estabilizara lo suficiente como para que un paseo nocturno resultara mínimamente apetecible.

Pero a decir verdad, Regulus Black apenas notaba el frescor nocturno golpeando con su vaho helado la piel descubierta de su rostro. En especial porque la carrera por el castillo esquivando prefectos, sumada a las grandes cantidades de whisky de fuego que había ingerido con el objetivo de armarse de valor para cumplir de manera efectiva la misión encomendada, habían elevado por las nubes su temperatura corporal, hasta el punto en que su toque se sentía casi febril.

Al divisar al fin el cartel que daba la bienvenida a la villa redujo abruptamente la velocidad de sus pasos, obligándose una vez más a reflexionar si lo que estaba por hacer no era más que una estúpida prueba de lealtad o condenaría sin remedio su alma, al no poder perdonarse a sí mismo las consecuencias de sus actos. Seguramente fuera la segunda opción, sobre todo porque lo que había tratado de hacerle Mulciber a Mary MacDonald alertaba de que los cada vez menos sutiles ataques perpetrados contra los nacidos de muggles o cualquier otro que osara defender sus derechos, lejos de ser nimias bromas pueriles, eran declaraciones de intenciones en toda regla.

Pero de igual forma allí estaba, frente al último poste del lado derecho, planteándose las consecuencias de no cumplir al pie de la letra con la misión asignada para él y para su familia.

Siempre se trataba de eso, ¿no?. De la familia y en especial, de lo que Regulus Black estaba dispuesto a hacer por su familia. Y quizás crecer en la mansión Black no había sido especialmente fácil, algunos incluso habrían utilizado adjetivos como cruel, inhumano o espeluznante para describir su infancia. Pero a pesar de todo, Regulus sabía que todas aquellas cosas que a otras personas le habrían escandalizado, no sólo eran algo del todo habitual en su hogar sino que además, sus padres estaban convencidos de que las cosas que hacían, por cuestionables que pudieran parecer, eran lo mejor para sus hijos. Claramente Sirius diferiría respecto a tal afirmación, alegando que sus progenitores eran en realidad unos dementes que simplemente disfrutaban del dolor y sufrimiento ajeno y no había que buscar tres pies al kneazle.

Pero aunque Regulus Black estaba convencido de que él jamás habría actuado de la manera en la que lo habían hecho sus padres, que de tener un hijo jamás se atrevería a ponerle una mano encima, ni mucho menos una varita para castigarlo, no podía evitar quererlos y preocuparse por ellos. Quizás había muchas cosas que Sirius no podía ni quería perdonar, pero estaban lejos de ser la misma persona, y para Regulus la sangre definitivamente significaba algo importante, algo por lo que merecía la pena luchar, e incluso sacrificarse.

Y por eso mismo, extrajo del bolsillo de su túnica el sobrecito de antelina que había atesorado desde la llegada de la carta de su prima Bellatrix, y tras vaciar el contenido en la palma de su mano, apuntó con su varita en dirección al relicario chapado en oro con el escudo de la familia Black grabado sobre él y susurró Portus*.

Durante unos segundos una brillante luz azul comenzó a emanar del objeto, poniendo de manifiesto que el hechizo había surtido el efecto deseado. Por lo que agitando una vez más su varita, esta vez en dirección al suelo, el slytherin conjuró un oportuno Defodio* para evitar tener que ponerse a excavar el suelo con las manos.

Una pequeña porción de tierra salió despedida tras el impacto, dejando al descubierto un pequeño agujero en el sedimento, en el que Regulus oportunamente guardó la reliquia, ocultándola de la vista con la tierra anteriormente extraída, antes de emprender nuevamente el camino de vuelta al castillo.


*Referencia a 'Alicia en el País de las maravillas' de Lewis Carroll

*Guiño a 'Merodeadores superando las expectativas' de mi querida 9trescuartos . En el canon seguramente Mary fuera nacida de muggles, no obstante en base a este capítulo se deduce que para esta historia será mestiza o sangre limpia.

*Portus: hechizo para convertir objetos en trasladores

*Defodio: encantamiento usado para excavar porciones de tierra o roca