Nagisa estaba frente al espejo de su baño en su departamento, estaba solo, Karma había salido a la tienda por una bolsa de papas.
Pero Nagisa... Él estaba frente aquel reflejo que tan pronto miró a los ojos, sintió repulsión. Hacía tanto que no se veía de tal forma...
Aquel espejo abarcaba gran parte de su cuerpo, pues era grande, al menos podía verse hasta su cintura; Alzó su playera color gris, tocó su estómago, aquellas áreas tan claras que antes se teñian de color violeta, lo sintió.
Luego fue a su rostro, al borde de sus ojos que antes ardían, tanto por fuera por los golpes, cómo por dentro por las lágrimas que en su momento parecían, jamás pararían.
Sus brazos, en dónde a penas unas leves marcas hechas por cuchillos y navajas aún se veían, muy, muy leve.
En su espalda, con sus dedos, toco los invisibles rasguños que en ese entonces lo hacían retorcerse.
Y sabía que si seguía, jamás acabaría.
Se llenó de impotencia solo de pensar que podría ser él a quién vería de nuevo. A Asano.
Tomó de sus cabellos, los jaló con fuerza, dió un leve grillo lleno de dolor, tuvo ganas de destrozar aquel espejo de un solo golpe solo para calmar aquella irá hacía si mismo que lo carcomía.
Pues de nuevo empezó, ¿por qué lo había permitido?
Joder, no era su culpa, ¡NO!
Comenzó a llorar con sutileza, se agachó, cerró sus ojos... Hundiéndose una vez más.
Estaba harto de ser quién era, no sabía ni siquiera el por qué se permitió seguir viviendo, cuando bien sabía lo que tenía que hacer para estar en paz.
Aquellas manos asquerosas tocándole, siendo demandantes en el medio de la noche, con gritos, luego golpes, besos forzados, dejando marcas en su cuerpo, brazos y piernas, su corazón comenzó a latir tan rápido que fu cuestión de segundos para que su cabeza comenzará a dar tantas vueltas.
Se empezó a marear, estaba llegando a aquello de nuevo, lo estaba reviviendo.
—¡Nagisa, ya he llegado!
Y fue así, que de golpe, volvió a la realidad, con Karma llamándolo en la sala y detrás de él, el sonido de la puerta siendo cerrada.
—Ah... ¡Ya voy, dame un segundo!
Rápidamente tomó un pedazo de papel, limpió sus lágrimas, se limpió su rostro, se hecho un gran golpe de agua fría para terminar de calmarse.
Se miró una vez más al espejo, no se dijo nada... Sólo se miró a si mismo un par de segundos, parpadeó dos veces, sonrió, se dió la vuelta y salió del baño.
—Listo, perdona la demora, ¿Me trajiste algo a mí?
—Te traje lo mismo, no sé que te gustaría.
—Lo que sea está bien, gracias.
Ambos se sentaron en el sofá, juntos, mientras veían una película de suspenso, quedaron callados unos momentos, momentos que Nagisa se sintió incómodo.
Comía de sus papas tranquilamente, pero no disfrutaba para nada la película, todo lo contrario, su mente rondaba en mil posibilidades del por qué se sentía así.
No supo el por qué, pero tenía un presentimiento, y no fue hasta que Karma se lo hizo saber.
—¿Por qué estabas llorando?— Dijo él de repente.
—¿Cómo?
—No soy tonto, ¿Qué te molesta?
Nagisa no supo que decir. Karma era muy astuto realmente.
—No quiero hablar de eso.
—¿Es algo de mí?
—¡NO! No... Nada de eso...
—¿Entonces?
—Solo no quiero... Por favor.
Y no era una mentira, solo Nagisa no quería hablar de aquello.
—Si hay algo que te molesta o te haga sentir mal, o alguien... Le partire la cara, ¿Entiendes?
—No necesitas hacer eso, Karma.
—Sé que si te está haciendo llorar, es porque es realmente malo y se lo merece.
Parecía una locura, pero esas palabras de Karma en realidad le transmitían una gran calidez y tranquilidad, pues se sentía seguro... Eso era bueno.
—Prometo contarte cuando me sienta más tranquilo, ¿Bien?
Karma no dijo nada, respetaba aquel espacio de Nagisa, y sabía que si se lo pedía de aquella forma, no era solo por que sí.
—De acuerdo, pero también toma en cuenta lo que dije. Te voy a defender de todo.
—Lo entiendo... Gracias...
{*}
¿Y él? Él estaba ahí, cómo el jodido psicópata que era.
El demonio de cabellos naranjas estaba sentado en aquel sofá tomando una taza de café mientras veía el atardecer.
Aquello lo hicieron juntos varias veces.
Antes de que todo se tornará tan negro y lúgubre.
Cuando aún creía en un cuento de hadas con final feliz.
No lo olvidaba, y claro que jamás lo haría.
Por eso estaba ahí.
Deseando, ansioso...
...Volver a verlo una vez más.
Como un animal sediento por una presa.
{*}
Aquel día tan esperado llegó, Karma se levantó muy temprano para poder arreglarse bien y dejar boquiabierto a aquel inversionista del cuál se rumoreaba tanto. Debía de ser muy, muy bueno en ese caso.
Decidió no llevar a Nagisa, pues no lo vería directamente en la empresa, primero debía convencerlo para que aquel hombre accediera a ir a verla.
Pensó que no sería tan difícil, si estaba ahí, en aquel puesto tan importante, no era solo por su cara bonita, sino también por aquel poder en sus palabras de convencimiento y astucia.
Estaba seguro de si mismo y lo que haría.
Se bañó, se puso uno de su mejores trajes, arreglo su cabello y salió en su coche directo a aquel restaurante tan lujoso en el que habían quedado.
En el camino su celular sonó, en la parada de un semáforo tuvo la oportunidad de sacarlo y leyó el mensaje que había llegado, —El único realmente.— Karma no acostumbraba a hablar con personas fuera del trabajo o que no fuese para trabajo.
Te amo, muchísima suerte.
Era Nagisa, inevitablemente sonrió al leerlo, aquel pequeño era tan tierno y dulce... Y lo amaba demasiado.
De repente, sonó un claxon por detrás, sacándolo de su ensoñación viendo que era momento de avanzar. Llegó finalmente a aquel lugar.
Salió de su coche y entró al restaurante lleno de seguridad y con la frente por lo alto, camino directo a la mesa que habían apartado, desde lejos vio aquel cabello naranja, ojos del mismo color tan secos y serios que parecían los de un buitre, y desde donde estaba, incluso noto aquella aura tan pesada que sin duda, pondría nervioso a cualquiera.
Pero no a él.
—¿Asano Gakushüü?
—Un placer, Akabane Karma.
