PRESENTE

Nueva York, marzo de 2020, siglo XXI.

Otro día más en el laboratorio intentando hallar una vacuna para protegernos de ese misterioso y desconocido virus que acaba de empezar a propagarse desde China, específicamente de un mercado situado en la ciudad de Wuhan, donde suelen vender carne cruda de animales de todo tipo y sin las adecuadas instalaciones sanitarias, lo que obviamente puede dar lugar a un brote epidemiológico de lo que sea.

Lo único que se sabe hasta ahora de este nuevo agente biológico, es que se trata de un virus perteneciente a la familia de los Coronavirus, pero a diferencia de éstos, tiene una gran capacidad para mutar y obtener así nuevas características que le permiten una mayor y más rápida diseminación en sus huéspedes.

Si bien el brote comenzó en el mes de diciembre de 2019 en China, recién ahora se da a conocer al público la realidad de su magnitud, la cual sobrepasa las fronteras del país asiático. Gracias a los viajes y los movimientos migratorios del turismo que llevan a las personas de un lugar a otro del planeta, este nuevo virus ha comenzado a esparcirse por diferentes zonas del globo terráqueo, pasando de Asia a Europa, y también a América, afectando países con gran cantidad de población, como Brasil; es por esto que es seguro que en los próximos días se declare una pandemia.

La mayoría de las personas desconoce el significado de esa palabra. Una pandemia es la preparación de un agente infeccioso a nivel global, que causa un número masivo de casos en todos los continentes, lo que la convierte en una situación crítica a nivel mundial, ya que los gobiernos de todo el mundo deben tomar medidas para intentar frenar la propagación de la infección en sus poblaciones. Estamos a punto de entrar en una situación muy grave, en la cual se exigirá a toda la comunidad médica y científica que hagan un esfuerzo sobrehumano para combatir el virus y para atender un alto flujo de pacientes en un tiempo reducido, con las consecuencias que ello conlleva, como es el agotamiento físico y mental del personal de salud, así como la escasez de recursos e insumos médicos para seguir atendiendo la enorme demanda de pacientes.

Suspiro profundo mientras miro a lo lejos a través de la ventana del laboratorio en el que trabajo con una taza de café humeante en las manos. El cielo tenía algunas nubes grises, pero se veía un color celeste debajo de éstas; no, no parece que fuera a llover hoy, pero no podía evitar pensar en que aquellas nubes eran como una especie de presagio, un preludio de lo que está por venir. Me negaba a tener pensamientos negativos sobre este asunto, pero no podía negar que lo que pudiera ocurrir era una fuerte y plausible posibilidad.

Dejé la taza en mi escritorio y me dirigí hacia el sector donde estaba emplazado el laboratorio de nivel de bioseguridad 4 en el que me desempeñaba todos días; si bien el nuevo virus _al que llamaron COVID 19_ todavía no había llegado a nuestra ciudad, era sólo cuestión de tiempo para que apareciera el primer caso, por tal motivo el director del laboratorio nos había pedido que nos adelantáramos y que comencemos a trabajar en una vacuna que neutralice el virus.

Me enfundo en el traje que utilizaba cada mañana para poder ingresar al interior del laboratorio, antes de tomar contacto con los peligrosos agentes biológicos que nos tocaba manipular día a día; me llevaba varios minutos poder colocarme la protección completa, pero era una rutina necesaria para proteger nuestra salud. En ese laboratorio había agentes biológicos de todo tipo: virus, bacterias, hongos, parásitos, algunos de los cuales eran desconocidos para el ojo público, puesto que eran enviados allí por el gobierno, para así realizar investigaciones que pudieran dar con la forma de atenuar su patogenicidad o encontrar una vacuna contra ellos.

Me llamo Alexia.

Desde pequeña me había fascinado la ciencia; cada criatura viviente u objeto que formaba parte de la naturaleza era un espécimen de estudio para mí, que llevaba para ver bajo la lente de mi microscopio de juguete. Con el correr de los años, aquello dejó de ser un juego para convertirse en una forma de vida para mí; yo respiraba e inhalaba ciencia, nada más existía en el mundo que me causara tal fascinación como investigar nuevos especímenes. Durante la preparatoria, debido a ello, me había ganado el apodo de "ratón de biblioteca", ya que ése se había convertido en mi ambiente favorito _además del laboratorio de la escuela_ para poder leer e investigar todo lo quisiera sobre lo que quisiera. Allí me sentía yo misma, me sentía libre. Luego de la graduación entré en una de las mejores universidades para estudiar ciencia, y fui una de las primeras de mi clase, lo cual llenaba de orgullo a mi abuelo, quien me había acompañado pacientemente a lo largo de estos años para que pudiera llevar adelante mi sueño de convertirme en científica. Realmente quería con todas mis fuerzas dar mi aporte para el bien de la humanidad, y creía firmemente que en este trabajo, podría lograrlo.

Por eso cada día lo empezaba con la fuerte convicción de que sería mejor que ayer. Aunque hoy nos encontráramos en las circunstancias en que estábamos, cercanos a una pandemia y enfrentándonos a una amenaza invisible de la cual apenas teníamos conocimiento alguno. Eso si bien inquietaba mi corazón, al mismo tiempo me daba la fuerza que necesitaba para enfrentar el miedo innato a lo desconocido.

Una vez que hube terminado de colocarme el traje de bioseguridad, camino hasta quedar frente a la puerta del laboratorio, esperando que la misma se abra, para luego rociarme con el líquido de la cabina de desinfección por la cual teníamos que pasar tanto al entrar como al salir; éstas se habían instalado también en la entrada del edificio, para así garantizar que el nuevo virus no ingresase en el recinto. El líquido vaporizado se extiende sobre mí y me envuelve como una tela invisible mientras giro con los brazos extendidos para que alcance toda la superficie de mi traje; mi corazón palpita acelerado pues sé que se acerca el momento de ingresar al laboratorio, donde me aguarda otro día más de experimentos, de ensayo y error, en busca de la tan ansiada vacuna.

Al ingresar, saludo a través del vidrio que nos separa, a mi compañera de investigaciones, una joven asiática llamada Seika que se había radicado junto a sus padres en los Estados Unidos cuando era sólo una bebé, y con la cual cursé varias materias en la universidad. Ella me devuelve el saludo del otro lado del vidrio con una sonrisa oculta bajo el barbijo N95 que debemos usar además de este traje parecido al de un astronauta, pero era un accesorio indispensable en estos tiempos. Me senté en el asiento de mi mesa de trabajo, me coloqué un par de guantes estériles sobre los que ya tenía puestos y que formaban parte del traje, y comencé con mi tarea diaria. Con la micropipeta en una mano y una probeta en la otra, instilé una pequeña cantidad del compuesto que habíamos creado hacía pocos días con la esperanza de que ese día, por fin pudiera lograr encontrar la solución para luchar contra el nuevo agente biológico. Dejé la probeta en su lugar y esperé en silencio durante unos minutos; luego tomé otra micopipeta y aspiré con ella la muestra de la probeta, para después colocarla en un portaobjetos y así poder visualizarla en el moderno microscopio con el que contábamos en el laboratorio: no dije ni una palabra y rogué en silencio que esta vez funcionara. Las células infectadas con el COVID permanecían sin cambios, mientras el virus continuaba replicándose en su interior para finalmente, causar la muerte de la célula infectada. Solté una maldición producto de la frustración que me producía al ver que aún no lográbamos dar con la vacuna.

¡Maldita sea!_ , dije con exasperación, provocando así que mis otros dos compañeros que se encontraban en los cubículos vecinos giraran sus cabezas para mirarme.

Cálmate, Alexia_ , intentó serenarme Seika con toda la tranquilidad y la calma que la caracterizaban. _ Verás que pronto lograremos dar con la formulación correcta y ese virus será historia, me respondió con entusiasmo, tras lo cual me guiñó el ojo de manera cómplice.

Tienes razón, Seika... tal vez sólo necesito calmarme y bajar un poco esta ansiedad que me provoca el hecho de que los días pasan y todavía no encontramos la solución para frenar el avance del COVID, respondí frustrada, para luego cerrar mis ojos y concentrarme en mi respiración.

No podía darme el lujo de sufrir un ataque de nervios con ese traje puesto, ya que un solo movimiento erróneo al momento de retirarlo, y resultaría infectada con el nuevo patógeno. Además una vez puesto, debía permanecer con él durante 9 horas diarias, para reducir al mínimo la posibilidad de infectarme al sacarlo y volver a colocármelo varias veces.

Tanto mis compañeros como yo habíamos tenido que aprender a dominar el hambre, la sed y aguantar las ganas de ir al baño con ese traje de bioseguridad por las razones mencionadas, y al terminar la jornada, todos estábamos exhaustos y famélicos; incluso algunos ya habían perdido peso debido a esto, yo incluída. Los días eran agotadores, pero nos consolaba la esperanza de que aquel sacrificio que realizábamos era por el bien de la humanidad. Así que al terminar el día, cada uno de nosotros se iba a casa con una sonrisa, y con la esperanza de que el día siguiente, con nuestro trabajo, estaríamos un paso más cerca de encontrar una vacuna contra este nuevo virus. Pero también regresábamos a casa con nuestras familias con el temor de contagiarlos si nos llegábamos a infectar con el COVID. Mi amiga Seika aún vivía con sus padres en un apartamento en el centro de Nueva York, y yo vivía con mi abuelo en una pequeña casa en las afueras de la ciudad. Ambas extremábamos los recaudos para evitar infectarlos, pues todos ellos eran personas mayores y, por lo tanto, estaban en riesgo de contraer la infección. Así que al llegar a casa, dejábamos con rapidez la ropa que habíamos utilizado para ir al trabajo en una bolsa sellada, y luego nos dirigíamos hacia la ducha, para eliminar cualquier rastro de patógeno que hubiera quedado sobre la piel; recién después de haber completado esa rutina de limpieza, podíamos abrazar a nuestras familias con un poco menos de temor que al principio, pero aún persistía, oculto en el fondo.

Dejé que el agua caliente de la ducha cayera sobre la piel de mi espalda y relajara mis músculos contracturados por el estrés creciente y la tensión que se estaba gestando en el laboratorio debido a la demora de la vacuna; no quería imaginar la cantidad de estrés que se nos avecinaba si se llegaba a declarar la pandemia. Paseé las palmas de las manos por mis ojos buscando darles un descanso luego de todo un día mirando a través de la lente del microscopio; si bien no utilizaba gafas de forma permanente, mientras estuviera frente a la pantalla del ordenador debía usarlas para disminuir la fatiga visual provocada por la luz azul que emitían esos dispositivos. Lavé mi cabello con mi shampoo favorito de manzana que usaba a diario, dejando que la suave espuma lavara cada fibra, de manera que no quedara rastro alguno de ningún patógeno peligroso. El agua tibia se deslizó por mi piel como si fuera una suave caricia, tan necesaria luego de aquella ardua jornada.

Salí de la ducha envuelta en un toallón y con una toalla en las manos mientras secaba mi cabellera castaña; como no tenía idea de lo que había pasado en el resto del mundo, tomé el control remoto de la televisión y la encendí. Era la hora del noticiero central en el canal de noticias, el cual obviamente estaba plagado de información sobre el nuevo virus y los nuevos casos en cada vez más países. Continué secando mi cabello sin prestar demasiada atención a lo que decían los conductores del programa de noticias, hasta que la placa que anunciaba que había una noticia de último momento apareció en la pantalla: se acababa de declarar la pandemia por el COVID 19 debido a la enorme cantidad de países afectados. Detuve el movimiento de mis manos sobre mi cabello y contemplé la imagen en la pantalla, mientras sentía los latidos de mi corazón retumbar en mis oídos.

Finalmente lo que tanto temíamos como personal de salud mis compañeros y yo había comenzado.

CONTINUARÁ...