Lamento enormemente la tardanza, pero créanme que no dejaré esta historia aunque me tarde en terminarla, espero que ustedes me acompañaran hasta entonces.
Sin más, la siguiente parte del acto treceavo:
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Acto Treceavo
Una copa Rota
(Parte Segunda)
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Final de la parte anterior:
–Me alegrra verrlo, señorr Heerro. Quítese la chamarra o se enfermara de calor. Porr favorr, sígame, tiene que cambiarrse. –Cuando Heero dio vuelta se encontró con quien buscaba. Sophia Verliak. Vestida con el mismo traje azul de la mujer que le abrió, pero con los accesorios blancos. El dorado cabello recogido en una coleta de celestiales caireles. Los fierecillos ojos azules mostrando una leve sonrisa y comenzaba a caminar al centro del domo, a la columna de agua. –Mientras tanto medite la respuesta a esta pregunta –dijo a Heero que comenzaba a quitarse la chamarra y seguirla. –¿Por qué las flores atraen a todos los seres vivos, pero sobretodo a los humanos?
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Crik…
Trak…
El sonido metálico de una carga.
Una mano tomando con la soltura de la costumbre el mango de la preciosa arma.
El subir liguero del brazo tensionado. Apuntar con el ojo a la perfección, mirada en la distancia, y dar en el blanco.
Sería un tiro perfecto. Si se le apuntara a algo…
Era únicamente el acto reflejo de apuntar el arma a la distancia para comprobar la mira. Los años de práctica habían arraigado más ese habito que su propio nombre. Incluso a veces olvidaba el verdadero.
Relajó los brazos posándolos en sus rodillas. Sin embargo, el dedo del gatillo, no se separó. Y los ecos del pasado, con los demonios del recuerdo se filtraron en su mente en su descuido.
–¿Para que perseguimos a esos niños?- Un deje de fastidio.
–La guerra siempre necesita carne de cañón. ¿Quieres sustituir a esos huérfanos, imbécil?- Irritación.
Que pesadas sonaban esas palabras ahora y también le eran tan ligeras. "Carne de cañón."
Dos soldados pasaron corriendo por detrás de aquellas cajas donde los mencionados huérfanos ocultaban sus cuerpecitos entre las precarias sombras. La atenta mirada de una de los niños era lo único que mostraba su presencia a ojos de Dios. También, la única esperanza de seguir vivos. Demasiado pequeños para sobrevivir ellos solos… demasiado pequeños…
Los soldados los dejaron atrás. Aquella niña destapó la boca del otro pequeño que tenia en los brazos.
Aun podían escapar. Debía tener enorme cuidado con todos los demás niños y su hermana.
Uno, dos, tres, cuatro…, los contó mentalmente. Trece contándose a ella. Trece… trece…
Se mordió los labios.
Era imposible.
Miró la salida del hangar. Si lograba llegar a ella con vida y los 12 niños, sería un milagro.
Respiró hondo. Era hora de tener fe…
–Bien. –Habló apenas emitiendo sonido. –Quédense aquí, cuando les diga, cruzan uno por uno, ¿si? –soltó al niño que tenia en sus brazos, éste la miró con aflicción. Ella miró a los demás, asintiendo con las cabecitas, más temblando que asintiendo. Les señaló en silencio la salida, la única salida.
Observó una última vez a su hermana. Aquellos ojos grandes y bonitos, rojos y llenos de confusión… pero con valor. "Si lo vamos a lograr" pensó, "tenemos que".
Se dio la vuelta y se asomó para ver a su alrededor, el corazón seguía pulsando con fuerza todas sus venas. El pecho y la garganta, le querían reventar. Podía asegurar que la ahogaban. Tragó. Ningún soldado a la vista, no podía confiarse pero se tenía que arriesgar… Colocó sus pies en posición, preparó sus piernitas delgadas por la falta de comida.
Salió corriendo.
Su corazón bombeó rápidamente y su adrenalina corrió por todo su cuerpo. Casi cerraba los ojos de puro temor. La puerta del hangar pareció alejarse más y más y… tocó el borde. Se ocultó del otro lado temblando por entero.
"!Llegué, llegué!" Pensaba al mismo tiempo que su corazón bombardeaba su pecho.
Escondida detrás de un gran contenedor de basura, protegida por la noche artificial de la colonia, observó a su alrededor. Su corazón y respiración aun no se calmaban, pero seguía conciente por instinto de supervivencia. Las naves de cargamento estaban por todos lados. Se arrastró bajo el contenedor de basura, había espacio para los niños y ella, podrían arrastrarse un tramo del camino hasta una de las naves.
Era una distancia enorme… No lograri… ¡No!
¡No, mejor no pensarlo! Regresaría por los niños, y lograrían llegar, sí, sí, así sería… así sería….
Se asomó por la puerta del hangar, no cruzó el camino de vuelta. Apenas vislumbró a los niños acurrucados en las sombras. Se recogió contra la pared también. Miró a los lados. Nadie. Respiró de nuevo y se mostró valiente ante sus protegidos, porque de ahora en adelante no podían ser otra cosa. "Vamos" Movió los labios y la manó. Un niño asustado, algo titubeante, salió corriendo confiando ciegamente en ella. Lo cogió por una mano y prácticamente lo empujó bajo el contenedor. Le indicó silencio con movimiento brusco. Había sentido el corazón del pequeñito con solo tocarle la muñeca. El corazón de ella latía igual.
Tenía que hacer lo mismo con los otros.
Y así fue.
En cada una de las ocasiones, su corazón volvía a presionar su pecho. En algún momento, pensó que su corazón nunca dejaría de tener taquicardia. Y tal vez tuvo razón. La última en pasar, fue su hermana a la que sujetó con todas sus fuerzas, quizá haciéndole daño. Luego ambas se ocultaron bajo el contenedor. Cuando ella cruzó, sintió que podía hacerlo, podía salvarlos…
Quiso llorar por un momento, pero no lo hizo… aun no podía.
Con los llantos velados de los niños, trató aun más de conservar la calma cuando las botas militares rozaron el contenedor.
Esperaron uno… dos… tres… cuatro segundos eternos. Y respiró por fin.
Ahora había otro problema:
Trasportadores de carga se encontraban por todas partes y todos eran una opción para escapar, pero cual elegir."¿Cuál?, ¿Cuál?"
Miró detenidamente dos de los trasportadores más cercanos, esperando un milagro. Taladraba con los ojos y el alma, los signos en cada una de las consolas de entrada.
Los segundos pasaban y nada, los niños comenzaban a inquietarse de nuevo... "¿por qué?, ¿por qué?, ¡¿Por qué?" No entendía, no sabía. ¿Qué decían?, ¡¿Qué decían?
¡¿Por que demonios no sabia leer?
Si hubiera estado sola las lagrimas de frustración probablemente la habrían cegado, pero no lo haría, no podía permitírselo. Prestó de nuevo enorme atención y esperó y esperó.
Cuando los signos comenzaban a dejar manchas en sus ojos, una imagen se atravesó.
Un respiró.
"Tierra"
Fue lo que se le vino a la mente cuando vio el perfecto circulo de color verde y azul, cruzar ante ella en unas cajas llevadas a otro de los trasportadores. Entonces vio su salvación, no podía meditarlo más... dejaría el espacio, regresaría a donde había nacido aunque nada de ello pudiera recordarlo. No había otra opción, todas las demás eran demasiado inciertas y no podía confiar en su suerte. Simple y sencillamente maldijo su ignorancia una vez más, antes de indicar a los demás niños lo que harían.
Nuevamente, una suerte divina los cubrió cuando intentaron su nuevo cruce hasta aquel monstruo metálico que era el transportador.
El despegue, fue lo peor y más tranquilizador que pudo haber. Habían logrado escapar por ahora, sólo restaba llegar a la Tierra.
Fueron dos estremecedoras semanas de ocultarse en un lugar donde apenas había comida y la muerte rondaba al descuido. Es lo único que cualquiera de aquellos niños podía recordar del viaje aquel, que les valió su libertad. ¡Dos semanas! Un imposible, pero así fue.
El escape en la Tierra fue más fortuito que deseado. Un soldado los había encontrado cuando habían logrado bajar del trasbordador, apenas con suerte y la fuerza necesaria para mantener sus cuerpecitos en pie. Más sostenidos por el miedo que por el deseo de escapar. Un niño casi pierde la voz para siempre, cuando la pesada mano se posó en su hombro.
–¿Cómo llegaron aquí? –exclamó el soldado.
La mayor de ellos, se sintió morir. Los demás niños la abrazaron como último instinto de salvación, cuando ella los daba por muertos.
–Salgan de aquí, ¡AHORA! –gritó el soldado jalando a la menor de los niños, la hermana de la salvadora, a la que casi le arranca la cosita de hueso y piel que tenía por brazo.
Minutos después, corrían como si el alma que se les fuera en ello, por el jardín frontal a la base militar donde habían aterrizado.
Corrieron y corrieron, hasta que la noche natural de la Tierra cubrió sus cabezas y el miedo no los pudo mantener más en pie, dos horas más tarde. Se detuvieron en un parque que podían jurar estaba del otro lado de aquella ciudad.
La mayor, por fin se atrevió a mirar atrás. Todos los niños estaban.
Los 13, incluyéndose ella, lo habían logrado...
... por ahora...
Respiró. Y fue entonces, cuando una idea certera y precisa como sólo las tienen los genios una vez en su vida, cruzó su cabeza.
Se sentó junto a un árbol impulsada por la fatiga, mirando a las estrellas que la bóveda celeste dejaba aparecer. –Lo logramos –musitó. Un dejo de alegría apareció en el rostro de los niños, que la siguieron por inercia.
–Pero ahora, tenemos que mantenernos con vida aquí –comentó dejando a los niños en un miedo tensionado. Ella se dio cuenta y su pequeño semblante tomó la expresión que tendría el resto de su vida. –Pero también lo vamos a lograr –dijo sin despegar los ojos del cielo por largos segundos, provocando que la imagen de aquel rostro decidido, calmado y confortable, fuera estampa eterna en la mente de los niños.
Ella bajó la vista a sus compañeros, eran todavía muy pequeños, pero todos se habían hecho fuertes a pesar de las caras demacradas por el hambre, estaba segura y lo serían aun más.
–Escuchen –dijo acercándose a ellos y formando el primer círculo de un secreto, de una unión, con ella como líder. –Desde hoy, sólo estamos nosotros para nosotros. Desde hoy, somos una familia –comenzó a decir lentamente, para que las palabras también se grabaran en su memoria y viendo a aquellos ojos llenos de inocencia, miedo y dolor, para saber cuanto cambiarían después. –No se quienes son y no es necesario. Desde hoy somos otros, somos quienes queramos ser, el nombre no importa, el tiempo no los pondrá. Desde hoy, comenzaremos algo nuevo, algo que ayudará a los demás... pero empezaremos por nosotros. Desde hoy, somos un sólo y mismo sueño...
Y eso, fue el comienzo de algo grande. Ese día comenzó una dolorosa guerra, ese día, también nació una esperanza que miraba al cielo, con muchos y pequeños ojos, desde un verde jardín en la Tierra.
La pequeña que se había convertido en guerrera en una sola noche, sabía que así sería y sonrió para sí.
Lo que no sabía, ni podía imaginarse, era que su hermana la recordaría de ese modo muchos años después de su muerte. Convertida en la poderosa y fiera, General Nigma.
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–No. Tiene que estar listo mañana, sin retrazo –ordenó Wufei a uno de los asistentes de ingeniería, que se encontraba siguiéndolo por el largo pasillo del exterior de la cúpula. Tenía que ver a Nigma. El joven asistente trató de insistir más en que diera prórroga a uno de los proyectos, pero Wufei no lo dejó. –Que Pietro hable conmigo. –Terminó diciendo para deshacerse del asunto.
Estaban ante la puerta del hangar donde Nigma tenía su oficina, siguió caminando y la gente que lo seguía simplemente se quedó atrás. Algo les decía que los estar con los dos Generales de aquel lugar no era prudente.
Entró al elevador. Subió hasta el último piso. Se abrió la puerta y entró para quedarse estático.
Dibujada contra la inmaculada blancura de los ventanales que daban al muro de cristal de la cúpula, donde la nieve se agolpaba por toneladas, estaba la silueta calmada y resuelta de la general.
Apoyada relajadamente en una común silla de su espacio, un brazo aun cruzado sobre el pecho y el otro sosteniendo la elegante arma aun apuntando a su cabeza.
Sólo la respiración del General hizo que se notara su presencia, pero nada ocurrió por unos segundos. Quizá seria que esperaban algo, quizá el mundo se detuvo para observar tan extraña actitud, quizá otras cosas cruzaban por sus cabezas.
–Tranquilo General. –La riza sosegada en la voz de la General, con el acostumbrado tono de la burla, rompió con la impresión del momento. –El mundo no se librará tan fácil de mí. –Su cabeza giró y miró al otro General que ahora le devolvía la sonrisa.
–De eso estoy seguro –contestó. –Pero de cualquier forma es… macabro ver como te diviertes con tus juguetes.
–Me imaginaba que después de lo que has vivido, estabas acostumbrado. –Nigma se acomodó.
–No creo que el termino "costumbre" se pueda aplicar contigo –remarcó Wufei, en forma de critica y no de broma.
–¿Tan extraña soy? –fue la sarcástica contestación de la General.
–No tienes idea –respondió de forma seca Wufei.
Nigma rió con gracia. –¿A que se debe el "honor" de tu visita? –cambió el tema de inmediato, mientras dejaba el arma y se acomodaba.
–¿Vas a asistir a la fiesta? –Wufei se sentó de la misma confiada manera con que lo hiciera en sus espacios.
–Y me dices a mi extraña cuando el que se cree maestro de ceremonias en lugar de General eres tú –se burló Nigma.
–No tiene nada de malo, además la que sugirió la idea fuiste tú –retrucó Wufei.
–Sugerir es una cosa, hacerlo otra –desprestigió la acusación. –Y más si la sugerencia viene de mi.
–De cualquier forma esa no fue la pregunta –volvió al tema el General.
–No. –Contestó Nigma secamente. Wufei interrogó con la mirada a que se refería exactamente. –No iré –aclaró.
–¿Por qué? –volvió a preguntar Wufei igual de firme que siempre.
–A parte del hecho de no ser muy bienvenida que digamos con tus amiguitos y demás, –esto lo dijo moviendo la mano con desprecio –no me gustan las fiestas. Al menos no de este tipo. Y, por si no lo has notado, si tú vas a estar jugando al anfitrión, alguien tiene que estar trabajando –le explicó a Wufei como si se lo dijera a un niño pequeño, cosa que Wufei toleró, quien sabe como. –Y para que lo sepas mi trabajo es tiempo que no debo estar perdiendo –agregó Nigma, probando los ánimos de su invitado.
–Quien dice que no estoy trabajando –contestó Wufei con algo de ponzoña.
–En la fiesta no lo parecerá en todo caso –dijo dándole poca importancia al tono del General. –No se si lo hagas o no, no me interesa –continuó con marcado desinterés. –El punto es que, si vas a entablar relaciones políticas mejor déjaselo a la especialista "mártir" de la paz. –La palabra "martir" la había entonado con ironía, Relena no hubiera tomado muy bien aquel comentario de llegarlo a oír.
–Podría ser –respondió, Wufei, más compuesto de humor. –Pero no creo que haga el viaje hasta acá.
–¡Cierto, para que hacerlo con su achichinque aquí! –atacó Nigma con su sarcasmo medido de más.
–Nigma… –Wufei perdió el poco humor recuperado en un instante.
–¿Te ofendí? –el tonito y la risa burlona aparecieron de nuevo en el rostro de la mujer. –Vamos que no soy de hacer cumplidos, sabes que me pareces un tonto todavía –dijo con un dejo de cansancio imprevisto. Aparentemente no quería lidiar con el asunto ahora.
–Y aun así te dignas a hablarme. –Wufei le siguió el juego con dificultad. Pero alguno de los dos tenía que mantener la cordura de sus actos o no saldrían vivos. –¿Eso que quiere decir, entonces?
–Que eres masoquista –comentó Nigma, como la cosa más obvia.
–Graciosa. –Wufei contestó con un sarcasmo muy amargo.
–Gracias –sonrió Nigma. –Pero es bastante cierto. Sólo a ti, se te ocurre venir a aguantar mis majaderías para charlar un rato… –espero un segundo y en sus ojos brillo la inteligencia. –¿O es que tiene otra intención tu visita? –la pregunta no tenia nada de inocente. Wufei apretó los labios y se recargó en la silla, serio.
–Ja, ya sabía yo que algo de inteligencia se te pegaría estando a mi lado. ¡No puedes ser tan tonto! –soltó Nigma contrarrestando la seriedad de Wufei.
–¡Basta! –afirmó Wufei. No. Ahora, no estaba jugando. –Quiero saber que tienes planeado. –Fue una orden que no tenía nada de petición.
–No te oculto nada si eso piensas –contestó ahora, con la misma seriedad, Nigma.
–No te creo –contestó seco, Wufei. –De todas las personas en las que puedo desconfiar tú siempre encabezaras la lista –puntualizó.
–¿Y debo agradecerte? –el sarcasmo fue la respuesta.
–Dime que planeas hacer con las maquinas –volvió a ordenar Wufei, en su serio papel de General.
–En cuanto me las traigas, las mejorare y pondré a sus pilotos de nuevo en el campo de batalla… –contestó Nigma, como si de un aburrido protocolo se tratase –…mm, si, eso a grandes rasgos.
Wufei suspiró cansado. Miró fijamente a Nigma y preguntó –¿Por que tú empeño en pelear?
–¿Pelear? –Nigma pareció muy levemente sorprendida de la pregunta. –En el corto tiempo que nos conocemos, General, deje muy en claro que no busco pelea, sino todo lo contrario. –Su voz era reafirmante. –Si hago todo esto es por prevención.
–No tienes pruebas tangibles de todo esto –reclamó Wufei.
–Las que te di parecieron suficientes para convencer a tus amigos –marcó Nigma.
–Tal vez. Pero no dejo de creer que quizá todo esto sea innecesario –respiró, se calmó de nuevo un momento. –Y, por que por extraño que parezca, creo que tienes razón. –Nigma mostró una sonrisa incrédula. Así que Wufei aclaró. –Pero aun te creo humana y se que te puedes equivocar.
–¡Oh! No, General. En eso cometes tú un grave error. –El tono de voz de la General, se hizo profundo y con tintes de siniestro, pero era más serio y franco que cualquier otro que el joven General le conociese. –No se si soy humana o no, pero dejé de cometer errores hace mucho tiempo. –La ultima oración fue dicha con énfasis, lo que causo en Wufei cierto fastidio.
–Eso es imposible –dijo.
–Para ti, mi querido General, es imposible –el tono franco fue reemplazado por uno totalmente discriminatorio.
Un momento de tensión se sintió en el aire.
–Creo que exageras, eso es todo –soltó Wufei terminando con esa ridícula escena.
–Mi vida me ha enseñado que nunca hay exceso para éstas cosas, ningún escrúpulo y que ni la vida misma nunca alcanzan para nada –contestó Nigma con un dejo de amargura y certeza de sus palabras.
–Pero lo que preparas es como para contender con una nueva guerra de mayores proporciones a la pasada. –Wufei se mantuvo inflexible ante el comentario y siguió hablando del tema que como General le importaba. –No creo que las colonias o la tierra se hayan recuperado en tan sólo dos años.
–¿Qué sorprendente es la humanidad, verdad? –la faltante ironía, se hizo presente. –No creo que los antiguos responsables de la guerra planeen algo, además de que muchos de ellos están muertos. Pero fijo mi vista en alguien más –comentó Nigma, más para si que para Wufei.
–¿Quien? –intervino este último.
–Una imagen borrosa, nada concreto –comentó Nigma restándole importancia. Una glosa de desconfianza se translució en el rostro de Wufei.
–Más vale que tengas razón –advirtió, el General.
–Razón, no tengo, pero la certeza no me hace falta –contestó Nigma.
Wufei respiró resignado. –Sólo me queda seguir confiando.
–Y haces bien, muchachito. –Ironizó Nigma, de nuevo. Wufei la miró con odio. –Jaja, para mi lo eres, así que no pongas esa cara que te saldrán arrugas.
"No tiene remedio" pensó, Wufei. –De todos modos, sabes que te esperaremos en la fiesta. –Volvió a hacer la invitación para completar la formalidad y se levantó del asiento comenzando a caminar al elevador.
–Lo se, pero no iré. –Su tono cambió al de la sugerencia. –¿Pasarán cosas muy interesantes, no es cierto? –Wufei sonrió, "maldita sabelotodo" se dijo a si mismo. –No creas que eres el único que se divierte con las relaciones de tus amiguitos. –Sonrió sobre potente. –Yo también me doy cuenta… –miró a Wufei con agudeza –quizá más que tú.
–Jm. Nos vemos –contestó únicamente el General, para salir de la habitación, compartiendo una misteriosa y burlona sonrisa con Nigma.
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–¡DUO!
Duo salió de la habitación y atrancó la puerta. Un golpe se oyó del otro lado de esta. –¡Duo! –Se oyó gritar. La puerta trató de abrirse, el mencionado estiró el brazo y jaló una silla que medio sostuvo lo suficiente la puerta, para que él llegara al elevador del piso. Apretó los botones y la luz amarilla que indicaba los pisos se encendió, aún conservaba la sonrisa.
La puerta atrancada unos metros atrás, se abrió y una flameante cabellera carmesí salía volando del cuarto, para seguir a cierto escurridizo trenzado. Este último volteó con asombro divertido y como el elevador no llegaba se escabulló por las escaleras a un lado.
–¡Duo! –llamó Saker, pero Duo andaba dos pisos abajo cuando él apenas iba al comienzo de las escaleras. Sin meditarlo, brincó por el barandal y calló al siguiente piso y así hizo con los otros dos, dando alcance al escurridizo trenzado que se escapó contorsionándose por unos milímetros a la mano del coronel. El trenzado reía sueltamente.
–¡Duo, ven acá! –gritó el Coronel mientras se levantaba de su momentáneo tropiezo. –¡Devuélveme eso! –alcanzó a decir, mientras veía esconderse al trenzado en su habitación. –¡Duo! –Quedó parado frente a la puerta, oyendo del otro lado la risa del travieso.
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Oyó la puerta de la habitación abrirse y cerrarse de golpe, junto a una risa del que probablemente causaba tanto escándalo. Así que se asomó por la puerta del baño, en cuanto acabó de enjuagarse la boca.
–Hola, Heero –contestó Duo sonriente y con la respiración agitada.
–¡Duo! ¡Abre la puerrta! –se oyó la voz del Coronel del otro lado, él frunció el ceño.
–¿Qué quiere ese? –dijo desdeñoso. Duo se resbaló por la puerta quedando sentado, atrancándola.
–Uh, jajaja, esto –estiró el brazo mostrándole lo que parecían ser unas fotografías. Heero alzó una ceja. –Acércate por que si me paro, tumba la puerta. –Más por monotonía que por interés, Heero se acercó y Duo le extendió las fotos.
–La primera es del día en que llegó Nigma a la base. –Dos golpes se oyeron en la puerta.
–¡Duo!
Mientras Duo reía, Heero miró las fotos. En la primera se veía a la General sonriente y burlona, con el cabello recogido en un elegante y a la vez exótico peinado. Completamente de negro como era la costumbre ostentando el brillo dorado de un ojo -comenzaba a hacerse más que familiar- en el pecho y el cinturón. Estiraba la mano al que parecía ser el General de aquel entonces, mirando a la cámara. Un hombre de bigote, alto como una montaña y de facciones duras, pero con expresión acogedora. Detrás de él la Teniente Fhler con su acostumbrada visión de hielo y una sarcástica comisura en los labios. Poco más atrás, el ahora Coronel, pero sin ese rango. Tenía un traje de piloto común y corriente y más bien saliendo de la escena. –Es el antiguo General… Vretfor me parece –aclaró, Duo –Saker lo trajo a la base.
–Hm –emitió Heero y cambió la foto. Ahora se veía el perfil de la cara del pelirrojo aunque daba la espalda, extendiendo la mano, al parecer dando una orden. La siguiente foto era muy parecida, solo que ahora Saker estaba de tres cuartos a la cámara, mirando al fotógrafo con son de amenaza. –Esas se las tomó, Ara, estaban en simulacro.
–¡Duo! –Heero frunció el ceño aún más, pasó a la siguiente foto. Ahora era Wufei, en su traje de general y con el cabello más o menos largo, sentado y vendado aún del rostro. Nombrando a Saker, Coronel. Y este ultimo con expresión militar y en impecable traje blanco. La siguiente y última foto era un retrato del Coronel, Ara y Fhler, con ropa corriente de la base poco más jóvenes que ahora. Fhler con expresión seria pero sonriente ante la escena de sus dos compañeros. Ara bastante coqueta, tomada del brazo de Saker que se veía algo cohibido aunque sonriendo ante la ocurrencia de su amiga. Este último rostro disgusto bastante a Heero. A estas alturas Duo había conseguido atrancar la puerta con el mueble de la habitación y aparentemente Saker esperaría a que saliera. Heero miró a Duo con fastidio. Este se acercó.
–¿Qué te parecen? En esta ultima no me quiso decir quien se la tomó,… no sale mal –comentó divertido mientras inclinaba la cabeza. Esto para Heero fue el colmo. Sin que Duo pudiera evitarlo, con una sola mano Heero movió de nuevo el escritorio que atrancaba la puerta y la abrió.
–¡Oye!, espera, ¿que haces? –se quejó, Duo.
Heero se encontró con la mano extendida y una media sonrisa del Coronel, que se transformó en una mordaz mirada de seriedad. Le extendió las fotos con fuerza y estas fueron recogidas con la misma gana de un muerto.
–Ah no, me costó bastante quitárselas –Duo deshizo la tensión que se generaba entre esos dos huracanes, con una de sus travesuras. Arrebató al mismo tiempo dos cosas. El arma de Heero y las fotos de Saker, haciendo que estos, tan sumergidos en su batalla visual no pudieran evitarlo. –Ja, las recupere, y ésto se queda conmigo por aguafiestas –dijo guardando la pistola de Heero en el cinturón. Ni bien había acabado de hacer esto, tuvo que poner nuevamente pies en polvorosa, perseguido por dos malhumoradas fuerzas naturales, que competían una con otra.
Tremendas rizas se escuchaban en los pasillos. Duo pasaba entre soldados despistados y papeles volando, hasta llegar al exterior del edificio y toparse con la nieve que dificultó un poco su venturosa carrera.
A una buena y considerable distancia, Duo se detuvo y miró a sus perseguidores de frente. Estos por reacción se detuvieron también, esa mirada de diablo no presagiaba nada bueno. Saker estaba poco más adelante que Heero. Después una enorme sonrisa se formo en la cara del diablillo y fue entonces cuando una bola de nieve salió disparada directamente a la cara del Coronel y como era de esperarse cayó directo en… la cara de Heero. Saker se había agachado a tiempo.
Heero se quitó la nieve del rostro a tiempo para ver la expresión de Duo de "la regue". –Ups…
Fue entonces cuando Duo recibió una bola de nieve en la cara que lo tumbó al suelo. Esta vez había sido el Coronel. Y en parte por desquitarse de su frustrada "venganza", Heero le respondió con otro esférico helado.
–¿Que diablos…? –Saker se quitaba la nieve del rostro cuando vio a Heero aventarle otra a Duo y este a su vez una a Saker que la logró evitar.
Entre bomba y bomba comenzó un juego que si bien era una verdadera batalla entre dos de los rivales, Duo era la atracción principal, que por escurridizo y liviano, parecía controlar el juego solo.
A unos cuantos metros de ahí, entre los espectadores divertidos se encontraba la Comandante Araxiel. Sonriendo tiernamente para sus adentros mientras contemplaba la imagen desde uno de los balcones del edificio.
Al poco tiempo dos personas más la acompañaron.
–Eso si es extraño. –Se oyó el comentario de tono monótono en la conocida voz del cirquero. Ara, volteó.
–¿Es tan extraño ver a Duo jugando así?
–No –negó Trowa, seguido por Quatre quien se asoma directamente a contemplar la escena y reír. –Es extraño ver a Heero jugando así.
–Eso suponía. –Contestó con expresión tierna y continuaron viendo el juego por unos segundos. En algún momento y no sabiendo muy bien por qué, Quatre miró a Ara. Era una mujer muy llamativa. Cabello negro cual brea, piel canela y esos ojos verde esmeralda tan fulminantes. En realidad era una mujer atractiva, ahora que lo pensaba, aunque no estaba acostumbrado a pensar en esas cosas.
Miró por un momento a Trowa.
¿Para qué fijarse en alguien más? Sonrió un poco para si y volvió la vista a Ara, ahora la veía diferente. Cierto que era un ser exótico en aquel lugar, pero algo más le llamó la atención. Esa expresión en los ojos. En su momento, podían mostrar completa indiferencia, como ocurrió con aquella extraña broma que hizo cuando la conocieron. Pero ahora, mostraba cierto, dolor. Dolor combinado con ternura, aunque por momentos mostraban extraordinaria alegría como en ese momento que lo volteaba a ver.
Quatre cayó en cuenta. Ara lo miraba con expresión curiosa y divertida. Quatre se turbó un poco y volvió la vista al juego que Duo iba ganando.
Trowa lo notó y también miró a Ara. Ésta seguía sonriéndole a Quatre, después le guiñó un ojo a Trowa y miró a Quatre de nuevo. Trowa parpadeó. Ara sonrió aun más y le dirigió a Trowa una mirada que claramente decía: "No te preocupes".
La Comandante siguió atenta al juego para seguir riendo. Trowa tardó en reaccionar unos segundos. ¿Qué había sido eso? Después, se dio cuenta y al mismo tiempo que volvía el rostro al juego, una dulce sonrisa se dibujaba en su rostro.
Sólo Ara, por la comisura del ojo, se percató de ese hecho y se rió con el pretexto del juego.
–¿Qué pasa ahí? –se oyó la gutural voz de la Teniente a sus espaldas que atraída por las risas y viendo a medio mundo asomado a las ventanas tuvo que averiguar que pasaba.
–Nada. Sólo vemos como ese trenzado "tan amigo tuyo" hace milagros –contestó Ara un poco irónica. Fhler la miro con ojos de pistola.
–No me digas… –contestó asomándose al barandal también y contemplando la escena. Después de un rato la expresión dura de la Teniente, dejó de serlo e incluso se tiznó un poco de sorpresa. –Vaya, mi hermano… se rríe… –dijo muy suave, más para ella que para los presentes.
–Si –contestó Ara sin mucha sorpresa. –Hace meses que no lo hacia. –Esto llamó la atención de los otros dos presentes, pero en especial una palabra.
–¿Su hermano? –preguntó Quatre un poco impresionado, mirando a Fhler –¿Es la hermana del Coronel?
–¡Vaya que si!, ¿si no estas caras bonitas de donde habrían salido? –contestó la Comandante, en medio todo de burla y sinceridad mientras la Teniente, la mira con amenaza y Ara sonreía aun más.
"Diablos, que familia" pensó Trowa. El silencio se hizo por unos momentos y el juego continuaba.
–Hace 9 meses que no lo veía rriendo así, quizá más –comentó Fhler, sin mucha importancia, la expresión dura volvía a su rostro poco a poco.
–Parase que se está recuperando –dijo Ara suavemente, sin despegar los ojos de la escena, Fhler la miró.
–Eso parrece… –le contestó Fhler.- Aunque, no crreo que nunca lo haga del todo.
–Tal vez. ¿Y tú? –preguntó después algo triste también, mirando a Fhler. La Teniente no contestó y se dio la vuelta saliendo del lugar.
Quatre siente opresión en el pecho, pero nadie pregunta nada, ni Trowa ni Quatre.
–Hace nueve meses les ocurrió una tragedia a los Nelvik –habló Ara. Trowa y Quatre seguían callando. –Su hermana menor, de 9 años, murió en un accidente durante una practica militar en un pueblo cercano. –Quatre sintió una mayor opresión en el pecho. –Les costará recuperarse. Sobretodo a Saker… La pequeña murió en sus brazos.
–…Dios… –musitó Quatre.
–Así es la guerra, Quatre –trató de mejorar su tono la Comandante.
–Hace nueve meses no estábamos en guerra –aclaró Trowa con firmeza.
La Comandante rió amargamente. –En algunas partes quedan residuos de la misma. Unas cuantas minas abandonadas, unas armas perdidas. Eso es lo que causa las verdaderas tragedias.
Quatre sintió la enorme opresión triste de cuando se pierde a alguien, de esos momentos cuando las lagrimas se derraman inconscientemente a borbotones. Pero ni Ara, ni nadie ahí cerca, lloraba.
–¿Por qué nos cuentas eso? –preguntó lo más delicado que pudo, Trowa. Ara sonrió alegre.
–Por que son los únicos a los que probablemente Saker pueda llamar amigos –contestó. Sorprendiendo a los ex-pilotos.
–No entiendo, ¿por qué nosotros? –inquirió extrañado, Quatre.
–Por que se parecen a él. –Ara utilizó un tono sentenciador para estas palabras.
–… puede ser, pero no creo que seamos los únicos –continuó Quatre.
–¿Eso creen? –preguntó. –Él, no es muy querido en la base aunque lo aparente. –Explicó la Comandante con tono militar. –Aunque sea lo único que conoce como hogar, es muy respetado, pero no querido. Incluso aprecian más a un extranjero y le dan la oportunidad de ser General, pero guardan cierto rencor a un compatriota que ha llegado muy alto por él mismo.
–¿Rencor? –intervino Trowa, con el mismo tono que la mujer.
–Si. Los Nelvik no son una familia militar. Los primeros militares de esta familia y seguramente los últimos son, el fallecido padre y ellos. –Ara hablaba ahora a modo de informe. –Realmente no saben mucho de la rudeza militar.
–No lo aparenta –dijo Quatre mirando a Saker aun jugando. Ara volvió a reír.
–Saker no aparenta muchas cosas… Igual que ustedes. –Araxiel sonreía de manera casi fraternal. Ellos no supieron si tomarlo como un cumplido o como una acusación, pero Quatre no pudo evitar sonreír un poco y quizá Trowa en su interior también lo hizo.
–Tal vez sea cierto. –Dijo Trowa, dando razón a Ara y mirando la escena con nuevos ojos. ¿Como era posible que seres tan lastimados por la guerra podían reír de esa manera, ahora y después de todo?
Araxiel suspiró. –Se está haciendo tarde, tengo trabajo y ustedes tiene que prepararse para la fiesta. Nos vemos. –Dio una última mirada divertida la escena abajo y se retiró del lugar. Trowa y Quatre mantuvieron la vista por donde había salido.
–¡Esperen! –El grito de Duo que perseguía a un Heero muy molesto y a un Saker no menos, los regresó a la escena en la nieve. Estos dos últimos, no parecían precisamente molestos con Duo, pero las miradas que se echaban dejaban muy claro el motivo.
Heero había recuperado su arma y aparentemente también había devuelto las dichosas fotografías, mismas que no fueron recibidas de muy buena gana. Pero justo cuando Duo estaba por alcanzar a Heero -el más cercano-, un proyectil de nieve dio justo en el blanco tumbando al trenzado.
–¡No bajes la guardia "Shinigami"! ¿o prefieres que te llame "Fugasz"? –se oyó la voz de la Comandante que ahora estaba en el mismo nivel de Duo, armada con otro proyectil en la mano. –Sak, tienes que atender inventario en las bodegas. –Anunció la Comandante al pelirrojo que estaba por reírse de la travesura, pero no alcanzó a hacerlo, se despidió de Duo con un ademán de la mano y se retiró, omitiendo la otra odiosa presencia para él.
Heero, por otro lado, sólo había volteado unos instantes para ver como Duo caía a la nieve.
–¡Tramposa! –Gritó levantándose como si nada y aventando una bola de nieve que la Comandante esquivó con gran facilidad.
–Te falta práctica, ¡novato! –dijo la Comandante. Dos bolas de nieve salieron disparadas de sus manos, una para Duo al que dio de nuevo y otra para otro soldado que quería atacarla por detrás. El amigo de Duo, J.
–Años de práctica jóvenes, años de práctica… –continuaba burlándose la Comandante. Heero se dio la vuelta y Trowa creyó por un momento que se sentía tentado a participar de nuevo en el juego hasta que apareció J. Al verlo, sólo cerró los ojos un poco y se fue de la escena dejando atrás a todos.
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–Así que conseguiste pareja –afirmó Quatre, mientras se ponía el pantalón de su pijama.
–Mmm, algo así –contestó Trowa acostado en su cama, Quatre detectaba un ligero tono de molestia. –Si es que le puedes llamar pareja a la chica de la cocina que se me colgó del cuello por dos horas. –El comentario irónico hizo reír a Quatre. A Trowa no le pareció muy gracioso.
–No deberías reírte. –Dijo volviendo su vista al techo, aún con los brazos cruzados en la nuca. Quatre acabó de vestirse y miró a Trowa con ternura. Realmente se veía muy bien, aunque no entendía como podía dormir tan sólo en ropa interior con el frío que hacía. Volvió a mirar el rostro de Trowa y sonrió.
–¿Te molesta que no esté celoso? –preguntó con el tono más inocente posible. Trowa giró sus ojos, lo miró un momento y no dijo nada. Quatre sonrió aún más, se levantó de su cama y se sentó a lado de Trowa. –Dime, ¿en realidad, debería estarlo? –Trowa volvió a mirarlo y después cerró los ojos y suspiró. Quatre se metió entre las sabanas, se acomodó a lado de Trowa y miró al techo.
–Lo sabía –le oyó decir, Trowa. Giró la cabeza un poco y vio el angelical rostro, con los ojos cerrados y sonriendo. Lo contempló durante un tiempo interminable y recordó el guiño de Araxiel. Esperaba que Quatre, en poco tiempo, quisiera revelar su relación.
De pronto, la sonrisa de Quatre desapareció y su rostro mostró seriedad. Abrió los ojos y miró a la oscuridad del techo.
–¿Es posible? –cuestionó al aire.
Trowa se recargó en un codo mirando a Quatre. No entendía a que se refería.
–¿Es posible? –repitió viendo a Trowa. Éste cerrando un poco los ojos trató de entender. La expresión de Quatre se llenó de dolor. –A mi casi me cuesta tu vida –dijo desviando su rostro.
Trowa sintió como si se rompiera algo en su interior, cerca del estomago. –Quatre –musitó mientras lo acercaba a su cuerpo para abrazarlo. Quatre aunque no se negó no le devolvió el abrazo. ¿Cómo podía Saker soportar la muerte de un ser tan querido?¿Cómo podía? A él le costó su cordura y la vida de muchas personas, la memoria de Trowa y lastimar a Heero. Tal vez sí fuera como Zech Marquise pensaba. Él era débil.
Trowa no sabía que decirle, no sabía como calmar la pena de Quatre. Nunca fue bueno para expresarse de ese modo.
–Quatre. Yo no sé si es que en realidad lo soporte. Entiendo esto. Tu corazón es más sensible que el de muchos de nosotros –explicó suavemente Trowa a los oídos de Quatre. –Sientes el dolor y la alegría de una manera distinta. Percibes cosas que otros nunca lo harían. Tienes un corazón tan grande, que incluso das espacio al dolor de otros. Y quizá es por eso por lo que no entiendes. Saker, es fuerte, es cierto. Pero quizá su carga es más ligera que la tuya al no sentir la tristeza de otros, sino sólo la suya. Por eso puede seguir. Tu, necesitabas un apoyo en aquel entonces…
–Lo tuve. –Interrumpió, Quatre. Trowa no pudo seguir, lo alejó un poco de su regazo para verlo a los ojos. Ahora Quatre sonreía de nuevo. –Fuiste tú. –Trowa se sorprendido un poco. Ahora fue Quatre quien le abrazó. –"Vuelve a ser la persona amable que eras, Quatre" –citó. Entonces el que sonrió fue Trowa.
Se quedaron así, abrazados un tiempo. Entonces Quatre volvió a hablar.
–Sonará raro, pero espero que Wufei y Nigma estén equivocados en todo esto.
–No, yo también lo espero –contestó Trowa. –Algo me dice que no será tan fácil conducir de nuevo un Gundam. –Al escuchar esto Quatre suspiró. Y fue así por lo que Trowa cambió su actitud. Por hoy era más que suficiente.
Movió suavemente la cabeza, sólo unos centímetros y besó sutilmente el cuello de Quatre. Sólo un ligero sobresalto recibió por respuesta.
–No pensemos más en eso. No por ahora –susurró, Trowa y dio otro beso un poco más abajo, cerca de la clavícula, jalando un poco la ropa de Quatre.
–… ¿qué haces? –preguntó Quatre, haciéndose el desentendido.
–Nada –contestó Trowa, elocuentemente. Quatre sonrió y cerró los ojos.
La mano de Trowa desabrochó con mucho cuidado el pijama de Quatre, sin dejar de besar su cuello. Quatre se enderezó en la cama mientras tomaba los labios de Trowa y se quitaba la camisa, apoyado en sus codos, para después dejar la camisa en el suelo. Trowa, sin dejarlo de besar, se acomodó encima de Quatre y acarició con los dedos el hombro. Sintió una sacudida al hacerlo. Quatre dejó el beso y le susurró a Trowa en el oído. –Están frías.
Trowa entendió y como respuesta dio otro beso, rodeó a Quatre con su brazo, sin que su mano lo tocara y lo apoyó en la cama. Su otra mano, subió hasta el cuello de Quatre y la dejó suspendida unos milímetros en lo que su boca dejaba el beso, para bajar y soltar un suave vaho entre su mano y la piel de Quatre, haciendo que ambas se entibiaran. Quatre sólo había soltado un suspiro que fue aumentando levemente de volumen, cuando Trowa fue bajando, hasta el punto que su cabeza desapareció entre las sabanas.
Quatre sólo entreabría los ojos y sujetaba fuertemente una de las manos de Trowa.
–¡Mh! –una ligera exclamación de Quatre, no precisamente venida del frío, anunció que aquella noche no sería nada apática.
(continuará…)
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Nos vemos pronto.
Enigmatek.
