Manos alzadas, bandera blanca.

Antes de que me acribillen, por favor, lean.

Lo siento mucho.

No, no he muerto… parece, pero no. Tengo grandes complicaciones desde hace algún tiempo. Lo que a todos nos aqueja, yo se. Pero casi nunca gozo de tiempo y ánimo para esto. Soy lenta al escribir por que soy perfeccionista con mis historias. Esperó que al menos valga un poco la pena este adelanto.

¿Adelanto?

Si. Adelanto… Algo que les explicaré al final del capítulo y que por ahora, no generaré, groseramente, más expectativa.

Sin más. Los dejo con la ultima parte de este interminable capítulo:

/././././././././././././././././././././././././././././././

Acto Treceavo

Una copa rota

(Parte Tercera)

/././././././././././././././././././././././././././././././

Final de la parte anterior:

–Sonará raro, pero espero que Wufei y Nigma estén equivocados en todo esto.

–No, yo también lo espero –contestó Trowa. –Algo me dice que no será tan fácil conducir de nuevo un Gundam. –Al escuchar esto Quatre suspiró. Y fue así por lo que Trowa cambió su actitud. Por hoy era más que suficiente.

Movió suavemente la cabeza, sólo unos centímetros y besó sutilmente el cuello de Quatre. Sólo un ligero sobresalto recibió por respuesta.

–No pensemos más en eso. No por ahora –susurró, Trowa y dio otro beso un poco mas abajo, cerca de la clavícula, jalando un poco la ropa de Quatre.

–… ¿qué haces? –preguntó Quatre, haciéndose el desentendido.

–Nada –contestó Trowa, elocuentemente. Quatre sonrió y cerró los ojos.

La mano de Trowa desabrochó con mucho cuidado el pijama de Quatre, sin dejar de besar su cuello. Quatre se enderezó en la cama mientras tomaba los labios de Trowa y se quitaba la camisa, apoyado en sus codos, para después dejar la camisa en el suelo. Trowa, sin dejarlo de besar, se acomodó encima de Quatre y acarició con los dedos el hombro. Sintió una sacudida al hacerlo. Quatre dejó el beso y le susurró a Trowa en el oído. –Están frías.

Trowa entendió y como respuesta dio otro beso, rodeó a Quatre con su brazo, sin que su mano lo tocara y lo apoyó en la cama. Su otra mano, subió hasta el cuello de Quatre y la dejó suspendida unos milímetros en lo que su boca dejaba el beso, para bajar y soltar un suave vaho entre su mano y la piel de Quatre, haciendo que ambas se entibiaran. Quatre sólo había soltado un suspiro que fue aumentando levemente de volumen, cuando Trowa fue bajando, hasta el punto que su cabeza desapareció entre las sabanas.

Quatre sólo entreabría los ojos y sujetaba fuertemente una de las manos de Trowa.

–¡Mh! –una ligera exclamación de Quatre, no precisamente venida del frío, anunció que aquella noche no sería nada apática.

/././././././././././././././././././././././././././././././

La luz se desparramó en el suelo metálico. La puerta empujada con dificultad dejó entrar la luminosidad de la otra habitación. La silueta abrigada con grueso chaleco militar se recortaba contra aquel contorno brillante. Unas botas negras entraron al oscuro y pequeño cuarto. Los tacones resonaron en los escalones de metal. Diez, quince, veinte escalones que producían un eco escandaloso. Otra puerta se abrió aún con más dificultad que la anterior, culpa de un viento tempestuoso que le acompaño al abrirla y se disolvió al cerrarla.

Ahora sólo un leve rumor de aire.

Alzó el rostro y vio la larga explanada de acero extenderse bajo sus pies. No más de cuarenta personas se encontraban ahí, algunas junto al barandal de la explanada, otras recargadas en el muro contrario. Completamente cubiertas, unas con su uniforme militar, otras civiles. Todas estaban ahí por la misma razón.

Cuando entró las miradas más cercanas se habían dirigido a ella. Saludo con un gesto de la mano que fue contestado con leves inclinaciones.

Se acercó a unos soldados, al reconocerlos.

–¿Me regalarías uno? –preguntó en ruso a uno de los jóvenes que ahí se encontraban. De inmediato, una de las muchachas le extendió la cajetilla, otro rápidamente sacó un encendedor. Después volvieron a cubrirse las manos y a rebujarse en sus abrigos.

–Gracias –contestó mientras el cigarro prendía.

–De nada, Comandante –contestó el muchacho del encendedor, sonriendo. La Comandante sonrió también, en esas situaciones su rango le causaba gracia. No les llevaba más de un par de años a la mayoría, algunos eran mayores que ella.

Por unos segundos fumó disfrutando de la sensación. Hace tiempo que necesitaba un poco del único real vicio que tenía. Sus nervios necesitaban estar más fríos que ese mismo instante, para lo que se venía encima.

–Que vista más fea tiene este balcón. Le reclamaré al General que tiene muy descuidada la zona de fumadores –bromeó. Agradar al pequeño grupo que le acompañaba con el cigarro, la hacia sentir más cómoda. La gracia provocó risas discretas y congeladas, mientras daba una probada a la breva. Ese era uno de los pocos lugares en que podían fumar. Dentro de la base, estaba prohibido, no importase donde se estuviese. Pero ahí afuera, en lo alto de uno de los edificios de la base, casi pegados al techo de la cúpula, no había problema.

–Comandante –la llamó otra joven del grupo. Ésta se acercó. –El Coronel también está aquí –le murmuró. La mujer alzó el rostro y la muchacha señaló prudentemente el final de la larga explanada. Una figura solitaria se veía sentada en el borde. El rojo cabello que se elevaba por el viento, era inconfundible.

Cuando volvió la mirada a la joven, esta le extendía una cajetilla nueva. –Se la regalo –dijo. La Comandante la aceptó, agradeciéndole, no sólo eso sino también su tacto. Se despidió del grupo sin palabras.

Guardó la cajetilla en el bolso del saco, se arrebujó en él y caminó por la larga explanada, acercándose al joven de cabello rojo, que se veía tan solitario como seguramente se sentía. Dio una fumada más, el camino era largo. Alcanzó a distinguir a un lado del joven, unos libros. "Jm, no hacía eso desde que estábamos en las barracas" pensó.

–Creí que habías dejado de estudiar… –habló cuando llegó a su destino. No recibió respuesta. Se sonrió y se sentó a su lado mirando al vació delante de ellos. Después de un rato de humear el cigarro a su lado y en silencio, le miró.

El muchacho no se veía para nada como el rígido Coronel que era, parecía uno de esos niños que no han visto nada del mundo, pero que aún así sueñan con todo lo que se pueden encontrar en su vida, las cosas buenas y las cosas malas. Todas aguardando en el futuro. Muy soñador y cursi, si sólo se consideraban esos hechos. Pero con la mirada al frente, Saker miraba con claridad, algo que a los ojos de ella era invisible y muy probablemente también para el resto del mundo. Sólo Saker podía saber que era aquello, haciendo en vano intentar indagar en esa claridad.

Sin embargo, sus años de amistad, no la podían hacer desistir tan fácilmente.

–¿En que piensas, Sak? –preguntó haciendo que volvieran al pasado cuando aún eran unos niños, con su seudónimo afectuoso. Saker la miró como si deslizara una gran carga con los ojos. Muchas cosas pasaban por su cabeza, nunca dejaban de hacerlo. En algún examen psiquiátrico los doctores le habían dicho que su mente trabajaba 1.13 veces más rápido que el de una persona normal. No era demasiado, pero a veces se percataba de esa leve ventaja de pensamiento que tenía por sobre los otros.

Recordaba a su hermana, a la pequeña que se le había muerto en sus brazos. La pequeña que le representaba esperanza. En su hermana mayor, que le representaba fuerza. En su mejor amiga, sentada ahí a su lado, que le representaba complicidad y apoyo. En Nadine, a aquella mujer que lo quería incondicionalmente. En su hermano, con el cual sentía una triste aversión mutua. En el joven Duo, que le recordaba a su hermana menor, lleno de vivacidad y gracia. En Wufei, el joven que se había convertido con tanta facilidad en General de su base. En las máquinas de guerra, en los circuitos de una nave familiar, en su padre, en su madre, en el vació delante de él, en el tiempo, en el miedo, en el frío, en el amor, en las tonterías que pensaba, en el espacio que no conocía, en el calor del sol, en la vida de las colonias, en la muerte, en la guerra, en el enorme agujero negro que se tragaba a la galaxia en aquellos momentos, en la música suave y melancólica de una cajita guardada en alguna parte de su cuarto, en sus secretos, en sus ambiciones, en el coraje, en la impotencia, en las sonrisas, en los amigos, en su trabajo, en su voluntad… En todo esto, para volver al punto de inicio.

–En nada –le contestó a Ara como la respuesta que lo resumía todo. La comandante supo que no era verdad, pero pedirle más explicación de la que él quería dar no serviría de nada.

–Entonces sólo estás deprimido –concluyó Araxiel. Saker movió afirmativamente la cabeza y cerrando los ojos, se recargó en el tubo del barandal, volviendo su vista el vacío. A ella no le gustó nada aquella expresión, también la deprimía. Entonces miró con jovialidad los libros a su lado y llevándose lo que quedaba de la breva a los labios, dijo:

–Veamos, ¿Qué tenemos hoy aquí? –cogió los libros. Su voz sonaba cómicamente gruñona por tener la boca ocupada. –Economía internacional tomo V, mmm, "que divertido" –alzó las cejas ironizando, mientras soltaba el humo de sus pulmones; –Demian de Herman Hesse, bueno eso está mejor, ah… este... ni siquiera se que dice, ¿desde cuando sabes hebreo? –echó el libro a otro lado. –"Lo obvio y lo obtuso" de Roland Barthes, –hizo una mueca entre sorpresa y desconcierto –la biografía de Alejandro Magno de Roger Caratini, otros tres libros que quien sabe que dicen … no sabía siquiera que leías en estos idiomas… –Tomando el último de los libros se llevó una gran impresión, después miró a Saker quitándose el cigarrillo de los labios y ladeando la cabeza.

–Sabes Sak, te tengo que sacar más seguido de esta base, te está haciendo daño. –Saker la miró de reojo sin expresión alguna, entonces la joven completó. –Sino como explicas esta basura entre tus libros. "El tiempo Azul de Leron Velis" –Recitó con desagrado el nombre. Era un libro excesivamente popular que ella personalmente detestaba.

Saker, se movió, tomó pesadamente el último libro que Ara había agarrado y estirando el brazo como un látigo, el libro salió expedido hacia el vacío delante de ellos...

Ambos miraban caer el libro con las hojas abiertas como si fuese un pájaro intentando detener la precipitada caída, para después comenzar a dar piruetas sobre su lomo. Saker lo miraba indiferente y Ara con poco de sorpresa y fingida pena. El libro llegó al suelo del despoblado nivelillo 30 metros abajo, después de unos muy largos instantes.

Ara tardó contados tres segundos contemplando el pobre libro, después se levantó, dio una última humeada a su emboquillado para después tirarlo y apagarlo con un delicado pisoteo. Saker la miró aun con indiferencia, la joven puso su mano en el pecho, cerró los ojos solemnemente –Un minuto de silencio por Leron Velis y su libro "El tiempo Azul" que ahora descansan en paz. Les extrañaremos.

La solemnidad de sus palabras era tan real que la hacía absurda. Eso hizo en Saker un efecto inaguantable. Giró la cara, simulando que aquello no fuese importante, pero Ara alcanzó a ver en él una sonría que forzaba por no salir.

Ara, se agachó en cuclillas.

–No te hagas y ríete, no seas cobarde –dijo acercándosele maldosamente, como niña traviesa.

Saker giró aún más la cabeza, entonces Ara le acarició con un dedo la punta de la oreja haciéndole cosquillas. Saker se removió. –¡Ara, Na Yudah!* (1) –exclamó entonces haciéndose a un lado.

–¿Yudah?, ¡ponte delante un espejo! –contestó Ara, sin ofenderse en realidad y su tono lo demostraba. –Estaría imbécil si después de 12 años de conocernos no supiera que tienes tan buen sentido del humor como para reírte de mis tonterías –protestó, quitando todos los libros de enfrente y poniéndolos no tan a la orilla, para que no corrieran la misma suerte que aquel pobre libro.

–Ara… no tenemos 12 años de conocernos –dijo Saker, algo triste pero con una sonrisa en la boca, volviendo a mirar al vacío. –Tienes 12 años de conocer a Fhler.

–Y a ti también te conozco desde el mismo tiempo, aunque no me hablaras –contestó Ara con una sonrisa enorme. Saker sin embargo, movió la cabeza entre negación y cansancio. Ese gesto no le gustó a la comandante. –¿Qué?, ¿Lo niegas? ¿Quieres pelear entonces? –Saker la miró, Ara levantó los brazos en posición de pelea, pero muy pegados al cuerpo, lanzó golpecitos al aire frente a Saker. Éste se rió por un momento, entonces Ara le pegó de verdad en el hombro, un golpe que lo movió de lugar y siguió lanzando sus golpes miniatura al aire. Buscaba provocarlo.

–No puedo creer que seas mayor que yo –comentó el joven con gracia y moviendo levemente la cabeza en negativa.

–¡Me acabas de llamar vieja! –exclamó Ara, exageradamente –¡Esto es la guerra! –declaró y se lanzó literalmente a Saker, tumbándolo al piso.

–¡Ah!, ¿Qué haces?, ¡estás loca! –gruñó Saker, removiéndose para zafarse del abrazo que lo mantenía en el suelo, por la espalda.

–Ríndete y te suelo –negoció Ara.

–No seas cría, suéltame.

–Suéltate.

En realidad, eso era lo que intentaba, pero la fuerza de Ara no era para menospreciarse. No sabía por qué le seguía el juego, no tenía ánimos, pero por algún motivo Ara siempre lograba que cayera en su juego. Entonces, después de unos malogrados esfuerzos se fastidió un poco e hizo acopio de fuerza, se levantó raudo, con Ara encima. Ésta gritó un poco con la sorpresa, para después reír.

–Ya bájame –pidió, mientras Saker la mantenía sujeta de un brazo y una pierna.

–No voy a hacerlo –contestó Saker, como si la creyese ingenua.

–¿Ah, no? –La joven, con reto en su voz, se acomodó acrobática y rápidamente casi colgando de cabeza y logró cerrar sus dedos en un fuerte pellizco en la parte trasera de la rodilla de Saker. Éste gritó y perdió el equilibrio, cayendo ambos de espaldas. Ara encima de los libros y Saker encima de ella.

–Auhh –aullaron los dos cómicamente. Saker se sobaba por detrás de la pierna donde Ara lo había pellizcado y ésta trataba de quitarse a Saker de encima mientras se quejaba del dolor que las tapas de los libros habían dejado en su espalda.

–Ay, Saker, levántate que no estás tan ligero.

–¿Y tú te crees una pluma? ¿Por qué crees que me caí? –Saker se hizo a un lado, Ara se levantó de los libros, ambos sentados en el suelo y sobándose sus respectivas dolencias.

–Yudah, que aquí el más gordo de los dos eres tú –retrucó Ara.

–Tal vez, pero tú eres la más loca –devolvió Saker.

Un silencio se produjo entonces, los dos se miraban entre reñidos y cansados, hasta que la natural respuesta a sus tonterías tuvo efecto.

Los soldados del otro lado de la explanada, incluso los que había llegado a observar entretenidos el juego de los dos dirigentes, se espantaron un poco al oír estallar tremendas risas que iban poco a poco en aumento en el borde del precipicio.

/././././././././././././././././././././././././././././././

En un cuarto, una luz tenue y eléctrica, era la única que iluminaba escasamente el rostro blanquecino. Haciendo brillar descomunalmente, los orbes celestes del joven Winner.

Después de su noche "agitada", todavía tenía fuerzas para hacer un poco de trabajo pendiente. Tenía aproximadamente tres horas trabajando y la noche estaba entrada, según el reloj gráfico de la esquina inferior de la pantalla. Mismo detalle que le preocupaba poco, a comparación de otras cifras más trascendentales en una larga lista de transacciones bancarias realizadas en aquel momento con unos cuantos teclazos. Hacían ver tan fácil el modificar la vida de cientos de personas con agregar un cero antes del punto decimal.

–Quatre… –su mascullado nombre sonó apenas amortiguado por lo que probablemente era una almohada.

–Lo siento, Trowa. No puedo dejarlo pasar por más tiempo –contestó, mostrando en su voz la pena que sentía por su desvelado amante.

–No puede haber conexión aun… ¿no puedes dejarlo para después? ¿mañana a primera hora, quizá? –murmuró la monótona, pero acongojada voz de Trowa.

–Kalid está manteniendo una conexión lo más estable que puede en estos momentos, tengo que terminarlo antes de que la pierda. –Contestó nuevamente Quatre, sin dejar de teclear.

–¿Significa que terminarás pronto? –en la pregunta había sonado un "dime que sí, aunque mientas", sólo detectable para Quatre. Se giró sonriendo divertido. Vio como Trowa echado boca abajo, tenía un brazo fuera de la cama y lo dejaba caer al suelo, mientras sus ojos le veían entre abiertos por encima de su hombro. Su espalda estaba descubierta. Aun no entendía como era capaz de soportar ese frío.

–Sí, Trowa –terminó concediendo Quatre, a pesar de que no tenia idea, si fuera verdad. Sin embargo, el joven castaño se mostró satisfecho y cerró los ojos. Era poco común que Trowa lo presionara, le daba la impresión de que no le gustaba mucho la idea de encontrarse sólo después de tanto tiempo compartiendo la cama. Eso le causaba ternura, aunque no le parecía del todo cierto. Aquel año de convivir con él, había comenzado a adoptar algunos caprichos que como soldado le estaban vedados. Y aunque aún tenía esa rigidez y dureza en su forma de ser, con él al menos las perdía un poco en pequeñas demostraciones. Volvió a su trabajo.

Una hora después, la situación no había cambiado mucho. Trowa había mascullado un par de veces más y Quatre sólo contestaba con un tranquilizador, "ya voy". Ahora sólo tenía que revisar que todo estuviera bien antes de enviarlo. No tardó más que unos minutos, lo envió escribiendo un "gracias, Kalid" como agregado y se disponía a retirarse cuando un titilante anuncio rojo se situó en una esquina superior de la pantalla. Quatre meditó un momento, eran casi las cuatro de la mañana, según el reloj electrónico. No muchos podían comunicarse con él en ese momento. El mensaje sólo podía venir de dentro de la Base, pues la conexión de Kalid no era lo suficientemente fuerte para mantener una conversación interespacial.

Finalmente contestó al exasperante titilo. No apareció la imagen de la persona que le llamaba, como esperó. En lugar de eso, apareció una anticuada pantalla de conversación básica.

"Disculpe la molestia, 04, sé que es tarde" Se leía.

Quatre se puso en alerta de inmediato.

"¿Con quién tengo el honor?" escribió con cautela. Casi en seguida obtuvo contestación, como si la persona del otro extremo hubiera previsto su reserva. Sin embargo, la respuesta no le agradó.

"¿Con quién crees?"

Quatre frunció el ceño, demasiado incierto, agresivo, petulante. Rápidamente, cerró todas las posibles intervenciones a su simple computadora, sintiéndose aliviado de saber que la información que había enviado hace unos minutos, tenía que ser revisada por Kalid, quien no dejaría pasar ningún daño electrónico y teniendo también la certeza de su propia revisión y seguridad. Empero, no permitiría que algo más se colara. Como compensación extra, mandó un aviso reservado oculto a Kalid.

"No se moleste, 04, el joven hacker está al pendiente de esto. Y su información está segura."

"Lo prometo"

Quatre se alarmó con esto último. Sobretodo el pequeño y brillante "lo prometo" que le sonaba a burla.

Conservó la calma que tenía adquirida con los años de guerra. Analizó la situación y contestó lo más prudente que pudo.

"En tal caso, no veo por qué el secretismo de esta conversación y la falta de observación de nuestro conocido común"

"Buena respuesta, 04, pero entenderá todo después de que acepte el siguiente archivo"

Y seguido de eso, un pequeño archivo sin nombre apareció. Quatre rápidamente pensó en hackear el computador. Aunque Kalid estuviera enrollado en todo aquello él no…

"SOLARIS" apareció en la pantalla.

… Todo se detuvo por un momento.

Quatre observó la palabra escrita en la pantalla enseguida del archivo como si de una amenaza nuclear se tratase. Pero no era eso. Por desgracia. Él lo sabía. También fue suficiente para aceptar el archivo, con un clik… mientras cerraba los ojos derrotado.

Cuando volvió a abrirlos, su expresión era tan vacua que en ese instante nadie lo hubiera reconocido. Su mirada se topo con un simple archivo de texto, sin nada especial. Dos páginas de puras letras, que leyó habidamente y con suma atención.

Cuando terminó, entendió todo.

"Entiendo". Escribió al fin después de unos segundos de meditación, en los cuales, internamente se disputaban la sensación de alivio y desasosiego a partes iguales.

"Muy descortés de tu parte… C " Agregó después, haciendo evidente el conocimiento casi instantáneo sobre su interlocutor. Ahora sabía quien estaba del otro lado. Lo sabía como nunca antes.

"Lo siento Ako, sabes las reglas."

"¿Cómo será?" Preguntó, haciendo caso omiso a la justificación anterior y se aseguró de que se leyera la exigencia en la simple palabra.

"No será gran cosa. Primero `nos conoceremos´, después veremos que pasa. Ordenes, tú sabes. Aunque parece que es algo gordo." El tono insolente de su interlocutor no dejaba de mostrarse. Sin embargo él ya no estaba preocupado. Al menos, no por eso.

"Y que lo digas" Seguía el juego como hacía en otras ocasiones, sin dejar de mostrar su evidentemente molesto punto de vista hacia la alarma que le había provocado unos instantes antes. Sabía como era la persona del otro lado, ahora mucho mejor que antes.

"En 48, 1500, N1, te localizaré."*1 Dio las instrucciones, su interlocutor. En clara muestra de que había entendido la molestia del 04.

"Hasta entonces" Escribió, recuperando la cortesía.

"Hasta entonces" Recibió de respuesta, y antes de que se terminara todo.

"Y C… es muy descuidado de tu parte escribir ese nombre. No lo hagas de nuevo." Terminó el dialogo con aquella orden. Cerró la ventana de conversación, de inmediato borró de todos los lugares posibles aquella conversación. Vigilando de reojo, muy discretamente, al impávido Trowa. Y todo quedó como antes. "Quizá tenga que formatearla para estar seguro" pensó. Miró la hora, 4:32 am. Se sonrió un poco, tal vez eso sí podría dejarlo para mañana, además que era una exageración de su parte para no dejar huella de la hora y tiempo que se había tardado una conversación que no dejó registro alguno.

–Quatre… –se oyó atrás de él.

Apagó la laptop, se levantó de la silla y se dirigió a donde estaba Trowa.

Sin embargo en ese momento un malestar le vino al pecho. No tenía por qué sentirse así, se dijo a sí mismo. Pero el ocultarle algo así a Trowa, le parecía terrible. Nunca había pensado en aquello. En realidad, hasta ese momento nunca había tenido por que. Había cosas que Trowa ignoraba por completo de él y no es por que se contaran todo, pero esoeso era una parte importante de su vida. Cerró los ojos un momento y en el mismo acto entendió que por ese mismo motivo, se mantenía oculto. Así continuaría, hasta que fuera necesario.

Suspiró suavemente. Al meterse en la cama el brazo de Trowa se mostró posesivo. Él correspondió con un abrazó que también le era poco usual, un abrazó más significativo de lo normal, aunque el castaño quizá no lo notara.

–Quatre, al fin… –murmuró Trowa con muestra de un alivio somnoliento.

Quatre sonrió, pero esa noche los buenos sueños no le acompañaron.

/././././././././././././././././././././././././././././././

Caminaba por los pasillos del último nivel, le era difícil regresar a esta ahora después de haberse bebido una significativa cantidad de copas. Tomado no estaba, pero definitivamente había dejado pasar de la raya el límite donde sus sentidos funcionaban decentemente. Estaba conciente de por donde iba y que seguramente le esperaban en su habitación. Sonrió para sí. Claro que las copas influían, pero el simple pensamiento le hacia sentir bien.

Estaba en la última planta, enfrente del elevador que lo llevaría al piso de su habitación. Sin saber aún muy bien como, había logrado apretar la clave correcta que lo identificaba para llegar a su destino. Traía en el bolsillo izquierdo de su chamarra una larga lista de nombres, todas mujeres. En la otra bolsa, también. Con la diferencia de que en esta última había sólo 7. Alguna de ellas sería la afortunada de ser su acompañante la siguiente noche.

Derecho importa, lo izquierdo no. Se hacía ese tipo de notas mentales constantemente, para todas las cosas de su vida mundana y ¿por que mentirse?, también en la militar que era la mayor parte de su vida… sólo que no era tan estricto en lo segundo.

Cuando se abrió la puerta del móvil vio el pasillo que lo llevaba a sus habitaciones y…

…Vio a una muchacha caminando por él.

"Bonita" pensó de inmediato al verla. El cabello negro y ondulado, medio volado por la ligereza del peinado suelto hasta los hombros, los ojos oscuros y brillantes, grandes y bonitos, como si todavía fueran los de una niña, cosa que su actitud y cuerpo desmentían.

Vestía de blanco, un vestido de invierno y un abrigo azul que estaba acabando de ponerse. La carita afilada, pero de curvas suaves le hizo recordarse un poco a si mismo delante de un espejo. Su boca era fina y delgada acorde con la nariz. Y sus cejas apenas eran una delgada línea sobre sus ojos.

Se le quedó viendo mientras acababa de ponerse el saco. Era media cabeza más pequeña que él y al parecer usaba pequeños tacones. Ella lo miraba serena, esperando a que él diera el primer comentario. Parecía medio resguardar una sonrisa bajo los labios, pero ni siquiera se simulaba.

–¿Señor Maxwell? –preguntó la joven con tono dulce y voz firme, notablemente tratando de confirmar su identidad. Duo que no tenía toda su velocidad mental en ese momento, supo que había estado mirando sin decir nada. Mosqueado por encontrarla ahí, a esa hora y no tener la menor idea de quién era. Wufei había dicho que habían conocido a todas las personas que podían entrar a esa área. Y entonces, ¿quién era ella?

–Oh, discúlpeme señorita jaja… Sí, soy yo, gusto en… –Duo no acabó la frase al ver aparecer de poco más allá unos ojos que se le hacían bien conocidos. Duo no siguió hablando, no sabía bien si por la persona en sí, o por como le miraba ¿expectación, miedo, enojo?

La joven miró discretamente hacia atrás, donde la mirada de Duo estaba posada y sonrió.

–Disculpe que lo despertara. Debe ser el Señor Yuy –contestó ella cordialmente, inclinando levemente la cabeza. Duo la miró entonces algo confuso pero sonriéndole, se dio cuenta entonces que la muchacha le gustaba sin duda.

–No se preocupe señorita. Él no duerme. Y si le despierta no le hace ningún daño. Quien podría molestarse con una encantadora joven como usted –soltó coqueto. Si bien con ayuda de las copas, su cortejo lo estaba refinando. En ese momento tal vez podría tener una pareja que le gustase bastante para aquella extravagante fiesta que causaba tanto revuelo. Si podía lanzar el gancho y pescar a la primera oportunidad, no lo dejaría pasar. Además había comprobado que no había estado con Heero. Menos mal.

La muchacha lo miraba halagada y extrañada a partes iguales, más no molesta, eso era seguro.

–Gracias, Señor Maxwell, que galante es usted. Sin embargo espero no haberlo molestado, Señor Yuy. Me retiraba ahora mismo de todos modos –contesto la joven.

–Llámeme Duo, señorita, faltaba más –contestó de inmediato Duo, la bebida lo hacia levemente más osado de lo que era y en ese momento algo lo picaba. –¿Pero dígame se va usted sola? ¿Me permitiría acompañarla si es el caso? –pidió inclinándose caballerosamente. La muchacha le miraba sonriente.

–Gracias, señor…

–Señorita, le ruego de verdad que me llame por mi nombre de pila, soy Duo, Duo para usted… o como quiera llamarme últimamente, pero señor no, por favor, no le puedo pedir tal cosa a alguien que merece mucho más decoro que yo –declaró Duo, aún haciéndole caravana a la joven.

–Ciertamente es difícil contestar a eso con un rechazo,… Duo. –Sonrió la chica no sin algo de galanteo. Y bien, no se sabe si fue exactamente por esto, pero Heero reaccionó extraño.

–Has bebido de más, bocón. –Se oyó la seca voz de Heero, reclamándole a Duo. La joven alzó las cejas mirando a Heero, quizá le pasó por la mente comentar algo, pero… –Y usted no debería hacerle caso e irse de una buena vez –la acidez de la contestación medró el intento. Duo estaba algo alterado sin duda. ¿Qué rayos le pasaba a Heero? Era antisocial, pero no soez.

–Y usted deberría cerrar la boca y no dirrigirrse a nadie de ese modo dentrro de esta base. –Tal vez fue por aquel tono o el alboroto del pasillo lo que le llamó la atención, pero nada bueno auguraba el miramiento que el Coronel Saker Nelvik dirigía en esos momentos al cáustico piloto desde el portón de su habitación, sin uniforme, pero formal a pesar de la hora. Su voz menos elevada que la del resto de los presentes, pero más firme que la de un trueno, resonó en el pasillo volcando la atención entera en él. Saker observaba a Heero con inusitado odio. Parecía esperar sólo a que el ritmo de su respiración cambiara lo suficiente como para tomarlo por provocación y acribillarle un par de buenos balazos en el cráneo. Su mano crispada, presta al veloz movimiento, denotaba la cercanía de un arma. Y con esa mirada, importaba poco que tan letal fuera el calibre, el mismo resultado traería, con diferencia del tiempo de ejecución.

Aunque Duo lo ignorara, su vida sería cambiada por el sutil acto de detener aquel feroz arrebato de odio. Acto que recaía en la femenina presencia, con ese suave y refinado arte que es don único en las mujeres, invocando a quien sabe que divina fuerza que le es brindada en el momento justo a la que atención presta.

Duo captó las miradas al igual que la joven, pero al cruzarse estas dos últimas, supo que algo fuera de su entendimiento se escapó. La joven de ojos negros lo había absorbido de él. Y a pesar del diminuto tiempo transcurrido, Duo juraría que había alcanzado a sonreírle.

–Al parecer tiene mal carácter, Señor Yuy –la muchacha habló adelantándose a cualquier imprevisto, sin ser dura pero si firme. –Es una desgracia que éstas hayan sido nuestras primeras palabras. Afortunadamente hay remedio para ello, no se preocupe y discúlpeme por enturbiar. –Mientras la joven hablaba, los implicados no dejaban de mirarse, ella sin embargo caminó segura hasta donde el oficial se encontraba.–-Coronel, creo que Duo tiene razón y debería irme acompañada, si no es mucha molestia le pediría que así lo hiciera posible, ya que el señor Maxwell… quiero decir, Duo, debería descansar en estos momentos y así no molestaríamos más al Señor Yuy. La batalla de miradas sin embargo no había finalizado.

–Creo que usted tiene razón señorita, que amable de su parte –exclamó Duo dando alcance a la muda disputa –Y déjeme disculparme por parte de este majadero –dijo mientras se colgaba del cuello de Heero con desenfado e importándole poco su vida, aparentemente. –Sabe, tiene temperamento y es osco, mal día demás, ya sabe. –Estos comentarios fueron suficientes para hacer que los ojos azules voltearan a verle, entre molestos y extrañados.

–Entiendo a la perfección –concedió la muchacha. –Ahora permítame enmendar otro fallo mío. –La joven se adelantó un poco, quedando el Coronel tras ella, se inclinó femeninamente y se presento. –Soy la Dr. Nadine Varzak, Asistente en Jefe del Área de Experimentación Bio-espacial de la base. En otras palabras, soy la encargada de la sincronización vital de cualquier piloto con un Movil Suit –explicó después por la significativa expresión que Duo tenía en esos momentos en su rostro. –Le aseguro que tendremos la fortuna de estarnos viendo.

–Es un placer saberlo, gracias señorita Varzak. –Contestó escuetamente Duo, sin dejar su posición colgado de Heero.

–Señor Yuy,… Duo. Sin más, me retiraré –la joven doctora se dirigió al elevador. Dio la vuelta a unos paso de él. –¿Coronel? –Este miró levemente a donde Nadine se encontraba, se irguió, cerró su puerta, miró a Heero, aún retado y después a Duo más cortésmente.

–Buenas noches –se despidió. Caminó hasta donde Nadine. El elevador llegó mientras tanto. Ambos personajes abordaron. El coronel escoltaba protectoramente a la joven Varzak. El cabello rojizo y el negro hacían increíble contraste en el pequeño cubículo y sin duda Duo contempló ambas figuras, encantado. Nadine le dirigió una última hermosa sonrisa y Saker, terminaba de fulminar a Heero, segundos antes de desaparecer tras las puertas cerradas.

No pasaron ni dos segundos, cuando Duo sintió enorme molestia. Soltó a Heero brusco y mirándole hoscamente, se metió a su habitación. "Maldito Heero." Ni que se fuera a presentar ante ella nuevamente habiendo defendido a semejante bruto. ¿Por qué demonios se metió donde no le llamaban?

El soldado perfecto, le siguió cerrando la puerta tras él.

/././././././././././././././././././././././././././././././

–¿Por qué te molestaste?- preguntó el trenzado no menos molesto. Tenía los brazos cruzados y por el dolor de cabeza que le había surgido de golpe, se recargaba meramente en la pared, sentado sobre el escritorio del cuarto, mirando a donde Heero se lavaba los dientes. Este escupió el agua.

–No me molesté –contestó dura y secamente, para seguir con su labor. Duo le miró fijamente con la sensación de que su enojo y exasperación tocaban el límite avivados por la inusual cantidad de alcohol. El ser buen bebedor no podía aplicarse cuando Heero estaba con él. Está bien, le gustaba el tipo, pero cuando se ponía así era insoportable y hasta asco le producía. Menos mal que no eran mayores sus sentimientos. Heero estaba acabando de lavarse cuando él decidió volver a hablar.

–¿Sabes? –dijo. –Es la primera vez que me dan ganas de decirte que no te metas en mis asuntos –le miró con saña. –Sí, tu maldita frase –respondió al ver la expresión del "soldado perfecto". –Pero aquí el intolerante, no soy yo. –Declaró haciéndose a un lado al pasar al baño, demostrándole que no quería ni tocarlo en esos momentos.

–No soy intolerante –escuchó su respuesta menos dura que la anterior, pero le valió un comino.

–Mas bien no te parece suficientemente malo –contestó escupiendo la rápida enjuagada que había tomado, no tenía ganas de asearse más en esos momentos y menos con el humor que se estaba cargando.

–Eso es lo que a ti te molesta, pero yo no creo en el bien y el m…

–¡No me vengas con esas estupideces, Heero! –gritó después de escupir el último buche de agua, luego se controló un poco abriéndose la camisa para ponerse su pijama y saliendo del baño. –Si no eres capaz de mantener o comprender una conversación mundana, bien puedes declararte idiota y no me vengas a fastidiar. Ahora no me interesan tus babosadas filosóficas. ¡Es increíble que no puedas hablar como gente decente! –le reclamaba sacando parte de su malestar y cambiándose de ropa dándole la espalda a Heero que se había quedado quieto y callado frente a su cama observándolo algo sorprendido. Levantó colchas y sábanas de su cama y callando el resto de reclamaciones y tonterías que le diría a Heero, se metió en silencio dispuesto a dormir, dándole la espalda.

Después de momentos de silencio y de que se le bajara un poco el enojo, Heero habló.

–Creí que hablaríamos hoy –dijo suavemente, aunque sin mucha emoción. O al menos a si le pareció a Duo. Quien inesperadamente se volvió a irritar.

–Pues creíste mal –le dijo de mal modo. –¿Y adivina de quién es la culpa? –le culpó con saña. Pensó que tal vez había sido doliente con Heero, pero siendo él, seguro no le había importado y a él también le valía poco en ese momento.

Después de un prudente momento, Heero volvió a hablar con extraña emotividad.

–Lo siento. No quise molestarte. –Se oyó como se movía a su cama.

–Ya es tarde –contestó. "Rayos", seguro se arrepentiría en la mañana… si se acordaba lo suficiente, ¿pero a quién le importaba?

Se oyó a Heero meterse en la cama. –Lo siento, Duo. Buenas noches –se apagó la luz y todo quedó en silencio.

Esperó momentos a que pudiera dormirse. Hasta que se dio por vencido. "Maldita culpa. No, ¡maldito alcohol!" Suspiró hondo. Se dio vuelta y quedó mirando al techo mientras subía las manos a su nuca.

–Está bien, yo también me disculpo –dijo al final –…pero sin muchos deseos –aclaró.

–Está bien, entiendo –vino la respuesta. Duo vio de reojo que Heero se acomodaba igual que él mirando al techo, aunque Heero le miraba a él anteriormente. Duo había detectado cierto atisbo de alivio en la voz de Heero, eso había medrado aún más su molestia, mas no la había desaparecido.

–Bueno, pregunta… no te voy a esperar toda la noche, tengo sueño –le apresuró a iniciar lo que supuestamente habían acordado, prendiendo la luz.

–La verdad es que no me atrevo a preguntarte nada ahora –contestó Heero, con algo de humor, cosa que de alguna manera aligeraba la situación, aunque no era una de las habilidades del "Señor Yunque".

Duo gruñó. Después meditó un poco. –Tienes razón, siendo tú él que quiere conversar, por desgracia tendré que ayudarte porque no eres muy listo en el tema. –¿Quien dijo que Duo era voluble? Si era más recio que una roca cuando se molestaba. Sin embargo, removió su cerebro un poco, hasta que encontró una pregunta que no le disgustara la respuesta, sino al contrario y que pareciera, dentro de lo posible, lo más fuera del asunto. –¿Cuándo fue que te enteraste de mi nombre? –preguntó.

Seguro eso había tomado a Heero por sorpresa, su expresión era formidable, algo muy difícil de conseguir y que le regocijaba bastante.

–Te llamaron. –Contestó Heero después de un momento no muy largo, para sorpresa de Duo. –Cuando llegamos a tu refugio, aquella vez, después de salir del edificio de…

–Cuando intentaste tu acto suicida. Sí, me acuerdo. Por fortuna no sufrí con pesadillas después de eso –contestó Duo.

–Sí. Te llamaron poco después de llegar. Me dejaste en el bote en cuanto eso ocurrió –concluyó Heero.

–Mmm. Que bien te acuerdas –comentó Duo.

–Sí, también me sorprende un poco a mí.

–Que raro que te sorprenda. Siempre creí que llevabas hasta la cuenta de tus respiraciones. –Bromeó Duo, más su tono molesto no había desaparecido.

–Sí, se que eso parece –contestó Heero. Duo le miró entonces. La respuesta era peculiar. –No soy de piedra, Duo –explicó Heero, ante su extrañeza.

–No, claro… pero tampoco eres muy humano –completó sin enojo y sin burla. Heero guardó silencio un momento.

–Pero también me duele –contestó. Duo tuvo una rápida imagen de aquella explosión años atrás y del Gundam de Heero destrozado…* (2)

–Sí, lo sé. –Callaron. A Duo se le había pasado la molestia, en parte por que ahora estaba acostado y Heero andaba extrañamente sensible.

–¿Y tú? ¿Cómo supiste mi nombre? –preguntó Heero momentos después. Duo le miró unos segundos y recordó.

–Sally lo gritó por un altavoz cuando estábamos apunto de explotar en la Base Nueva Edwars –explicó, se acordaba bien de ese detalle, por que fue la primera vez que Heero había salvado la vida de todos por los pelos. Su primera y quizá más humillante derrota también.

–Cierto –Duo supo que Heero también se acordó de aquella ocasión y no se sentía muy bien. La imagen de Nigma vino a su cabeza. Frunció el ceño.*(3)

–Oye –llamó la atención al castaño. Se recargó en su codo para verlo. Heero hizo lo mismo. –¿En serio no tienes ningún marca o cicatriz notoria por alguna misión? –Heero abrió un poco los ojos. Duo podía jurar que quería sonreír.

–Sí. Si tengo –dijo al fin. Duo vio que tomaba algo de aire. –No tengo las últimas muelas del lado izquierdo, se fueron junto con un poco de mi lengua en un entrenamiento –comenzó mientras se señalaba la zona. –El dedo pequeño del pie derecho tampoco lo tengo. Creo que nunca lo has visto. No recuerdo como lo perdí. Tengo una bala atorada en el muslo derecho a la altura de la mano que no se puede sacar por que protege unos nervios. No me funciona bien el olfato desde aquella autodetonación y también tengo una zanja en el cráneo desde entonces –se señaló de la parte trasera de la oreja hasta la nuca. –Este oído está algo sordo también. La rótula de esta rodilla es de plástico. –Se señalo la pierna derecha de nuevo. Pensó un momento. –Y aparte de que en las radiografías salen cientos de soldaduras en los huesos y los músculos… Me chilla el codo.

Duo le miró sorprendido. Entendía de dolencias, pero lo último si lo había sacado de rumbo. –¿Qué? –preguntó.

Heero se levantó de la cama, se acercó a él y puso su codo izquierdo a la altura de su oído. Le pidió silencio poniendo un dedo en sus labios. Después estiró y encogió el brazo, moviendo el codo.

Y un pequeño chillido, como una tuerca mal engrasada, salió de él.

–JAJAJA –Duo se rió de buena gana desplomándose en la cama, Heero volvió a la suya, sonriendo. –Ay, jaja, nunca imaginé algo como eso jaja –dijo dejando de reír poco a poco. –Y menos que lo usaras de broma.

–No es broma, tú oíste que chilla –recalcó Heero.

–Sí, lo oí. –Duo rió otro poco, pero negaba con la cabeza. Heero sonreía un poco.

–Ya no estás enojado –dijo.

–No, ya no. Pero es por el alcohol –refutó Duo.

–Y por mi codo.

–Cállate. –Duo ensanchó su sonrisa. Heero también. En ese momento, se sentía tan bien.

–¿Y tú, tienes marcas o algo? –retomó la conversación Heero.

–Sí, obvio que sí. Si tú tienes el resto del mundo también, Heero –respondió Duo aún con buen humor. –No siento estos dos dedos. –Levantó la mano derecha y movió el dedo anular y meñique. –Veo una mancha en el ojo izquierdo, aquí arriba –señaló por arriba de la ceja. –Tengo una cremación en la espalda, mira –se sentó en la cama dándole la espalda, levantó su camisa de manga larga tirándola por la espalda, se la sacó y movió su cabello a un lado. Entre los omoplatos casi para llegar al cuello ladeado a la derecha, la piel se mostraba liza y algo reseca. Como la cicatriz de una explosión de granada, solo que pequeña. Unos diez centímetros. –¿Ves? –preguntó Duo.

–Sí –contestó Heero, aunque su tono de voz era extraño. Como inseguro. Duo se puso de nuevo la camisa y se metió en las sabanas. Había detectado el frío hasta ese momento.

–También tengo un pulmón lastimado, no se infla del todo –continuó enumerando. –Un sólo riñón y ¾ de hígado gracias a OZ. Fuera de eso, estoy relativamente completo, con un montón de soldaduras por todos lados claro. Sólo que en mí se deben de notar menos porque yo dejo que me curen, "doctor". –Hizo un poco de burla al recordar la peculiar manera de Heero para arreglarse sus dolencias. Heero, torció la boca en amago de sonrisa como respuesta. Duo vio el comportamiento de Heero un poco extraño, nada notorio, pero de todos modos lo vio.

–¿Que tienes?, ¿No me digas que ahora el enojado eres tú? –preguntó. Sentándose en la cama.

–No es eso –contestó Heero.

–Te enojaste –Afirmó Duo, con voz neutra.

–No. –Heero había fruncido un poco el ceño y Duo estaba apunto de reafirmar. –Pero si sigues, lo voy a estar y mi automática está a la mano. –Duo cerró la boca sonriendo, supo que estaba a punto de meter la pata, pero tenía la maldita tentación de hacer explotar a Heero. Durante el rato que él se debatía en la lucha interna por molestarle o conservar su vida, Heero le veía fijamente, como analizándole.

–Recordaba, eso es todo. –Contestó al final.

–¿Recordabas? –cuestionó de nuevo Duo, borrando por completo sus cavilaciones. –¿Qué…? ¿No me digas que te sientes culpable por a verme apuntado aquella vez? –Heero abrió un poco los ojos, pero no contestó. Duo tomó esto como una afirmación. –Hombre, terminaste salvándome el trasero aquella vez… y muchas otras, por cierto, te juro que no te culpo y mi trasero lo agradece jajaja. –No supo interpretar el rostro de Heero en aquel momento, bien porque no estaba en sus cinco sentidos o por qué nunca le había visto esa cara. –En fin, ni pienses en eso. ¡Hip! –un hipo salió de sorpresa. Provocando una ligera risa en Duo. –Perdón.

Heero cambió rápidamente a su neutra expresión. –¿Cuánto bebiste? –algo de curiosidad teñía su voz.

–¿Eh? Ah, como… 12 o 13 copas, no mucho –contestó Duo, como cualquier cosa.

–¿Copas de que? –Heero frunció un poco el seño.

–¿Ahora eres mi niñera? –Duo sonreía, en realidad ahora no quería pelearse con Heero. –No sé, de lo que le invitaba a cada chica –terminó por contestar.

–Oh. –Heero guardó silencio.

–¿Ya tienes pareja? –preguntó Duo, de pronto. Sintió como si le preguntara a su amigo por la pareja de un baile de graduación y se sonrió de su propia idea sin llegar a reírse.

–… Sí –contestó Heero.

–Y bien, ¿quién es?

–Sophia Verliak –contestó Heero de golpe. Duo parpadeó. ¿Quién?… Oh…

–¿La niña que rescataste?

–Sí. –El silencio volvió a caer y Duo tuvo una extraña imagen mental.

–¡Rayos, Heero!, ¡Pero si es una niña!, no pretenderás nada pervertido, ¿verdad? –exclamó turbadamente. Heero reaccionó de inmediato propinándole un buen coscorrón.

–El alcohol te hace aún más tarado de lo normal, idiota. –Duo se sobaba del golpe, mientras Heero regresaba a su cama. –¿Quién es el pervertido aquí? ¿Piensas acostarte con la que te acompañe al baile?

–No –contestó acabando de sobarse, luego como si cayera en cuenta, sonrió. –Bueno, si se presta… Claro que Saker me robó a la chica más bonita que pude haber tenido de cita.

–No seas mediocre –le dijo Heero con enojo.

–¿Qué?, oye, todo chico piensa en eso cuando tiene una cita. Seguro tú también lo has hecho –se justificó Duo.

–No, nunca –contestó Heero. Pero a Duo, poco le valió la defensa.

–Claro y ahora quieres parecer santo. Mira no digo que seas un depravado, pero al menos tuviste que haber llegado a algo con Relena y es normal que uno piense en desahogarse de vez en cuando de la tensión y tú sabes, uno siendo joven y atractivo, pues las cosas se dan y uno no puede siempre darse el lujo de rechazar una oferta, sobretodo si est…

–No pasó nada. –Heero habló seco y de golpe callando la empecinada perorata de Duo.

–… ¿Qué? –reaccionó éste un poco después.

–No pasó nada con Relena. Y no pasará nada. –Reafirmó nuevamente Heero, pero más ensimismado que molesto. Duo sintió que sus sentidos ponían los pies sobre la tierra.

–Vaya hombre, lo siento. –Dijo, no sabiendo muy bien que decir. –Creí que se querían –concluyó al final, un poco imprudente, pero nada que le angustiara, finalmente era Duo y estaba tomado.

–…Yo también –contestó Heero poco después en tono resignado y algo confundido. Era la segunda vez que Duo le veía bajar sus defensas de personalidad sin reserva alguna. Tal vez, después de todo, si lo consideraba su mejor amigo.

–¿Puedo preguntar qué paso? –Duo quiso saber y poder hacer algo. Heero le miró, sin intriga ni recelo.

–Puedes. –Le contestó y tan sinceramente como habían sido hasta entonces, completó. –No quiere decir que te pueda contestar, porque yo tampoco lo sé. –Duo miró a Heero. En ese momento se veía tan extraño y confundido. Vaya, que hasta parecía el adolescente que era.

Duo sabía y más en ese momento que sus defensas racionales estaban mermadas por la borrachera, tenía corazón de pollo y eso le hizo soltar, aunque con reticencia, la pregunta típica:

–Mmm… ¿y como estás? –Heero le miró, llamando su atención, frunció el ceño.

–Normal. –Contestó casi encogiéndose de hombros.

–¿Normal?

–No voy a llorar si eso piensas. –Su mirada ahora era de desconfianza.

–¿Qué? –Duo no entendió por un momento a que se refería. –No, claro que no. En realidad es una imagen difícil de imaginar, Heero. Sólo que… bueno, es extraño que queriendo tanto a una persona no… no haya ninguna reacción –las últimas palabras las dijo con un cuidado un poco más que sorprendente en él.

–¿Cómo que ninguna? –sin embargo, por la mirada que lanzaba Heero, él no lo había tomado muy bien.

–Quiero decir, ella se veía triste las últimas veces que hablé con ella y eso… son reacciones. –intentó justificarse Duo. –Y bueno, contigo, no notaba nada… creía que eran cosas de ella nada más… vamos, que lo que quiero decir es… bueno, como es normal, quizá, no sé, como no tenías a nadie así antes, puede ser que no supieras y…

–Duo, dilo de una vez o cállate. –Heero no estaba para aguantar trabucos. Duo tomó aire para ventilar su cerebro, luego con calma y olvidando el nerviosismo, siendo sincero y seguro, preguntó:

¿La querías?

Heero suavizó su enfadada expresión, se le quedó mirando y pensó detenidamente… Seguramente muchas cosas pasaban por su cabeza. Pasaron largos segundos, sosteniéndole la mirada, cuando contestó.

–Creo que no tanto… –dijo más asombrado que dolido y menos perturbado de lo que Duo esperaba. Heero bajó la cabeza, analizando su nuevo descubrimiento.

–Mmm. –Duo alzó las cejas. –Y yo que pensaba que era para largo. –Tenía la boca algo floja y su conciencia iba y venía, por eso a veces le importaba lo que decía y otras no. Esta vez, evidentemente no. No se percató de la mirada algo contraída de Heero. –Entonces quédate con el recuerdo de los besos, a veces es lo mejor de esas relaciones. –Comentó Duo, recordando lo mejor de sus más terribles experiencias cuasi amorosas, subiendo sus manos a la nuca.

–Nunca nos besamos –oyó.

Miró a Heero de golpe, casi cayéndose de la cama.

–¿Cómo qué nunca se besaron? –preguntó casi alarmado. Heero le miraba algo desorientado e incluso cohibido.

–Eso. Nunca nos besamos… –confirmó Heero desviando la mirada y con los brazos cruzados. Estaba recargado contra la pared y se veía incomodo. Duo guardaba silencio, pero no dejaba de verlo, entre extrañado y asombrado. –Mas bien… yo nunca lo permití –terminó declarando Heero, con la vista baja.

–¿Por qué? –Duo se sentó en la orilla de su cama.

–No sé. No lo debía hacer. –Justificó Heero. –Por mi posición, porque ella era la Reina… y tampoco nunca sentí la necesidad… creo.

–¿Crees? –puntualizó Duo. Heero guardó silencio un momento.

–Admito que me queda la duda… pero nada más. –Confesó. –Ahora que lo pienso, no se si la hubiera besado por quererla o… por curiosidad. –Duo le miraba detenidamente. Y una idea cruzó su cabeza, ¿influenciada por qué?, sólo Dios sabe.

–¿Quieres averiguarlo? –lanzó su pregunta un poco impetuosa a su gusto, pero confiaba en que Heero no lo había percibido por su confusión.

–¿Averiguar? –Heero le veía aún más desorientado que un naufrago en el mar.

–Si la hubieras besado por quererla o por curiosidad. –Aclaró, Duo.

–¿Cómo? –Aparentemente Heero no era muy perceptivo para ese tipo de cosas y le complicaba la existencia a Duo.

–¡Con lo obvio! Si es curiosidad, es sólo porque necesitabas saber como es un beso; si la querías, lo sabrás de la misma forma. El beso no tendrá efecto –argumentó Duo, fundando su idea. Heero le veía con los ojos más abiertos de lo normal, quizá era mucha información, de momento. –Digo, si quieres. Sólo se me ocurrió ayudarte así, pero tu decides. –"Demonios Duo, ¡qué dices!, ¡decídete de una vez!"

–Está bien –escuchó para su sorpresa. Pasó un momento de silencio. "¿Ahora? ¿Si no cuando? Mejor no preguntarse y hacerlo."

–Bueno, pues… –Duo tomó aire, se levantó de la cama y se acercó con Heero quien no se movió de lugar, pero desenlazó sus brazos, poniéndolos a los costados. Miraba a Duo de soslayo. Se subió a la cama y gateó un poco hasta él.

–Oye Heero… no me vayas a golpear eh… conste que lo acordamos –advirtió Duo nervioso.

–No lo haré –dijo Heero, aunque también se le oía extraño.

–Bien. –Duo se acomodó a un costado de Heero y sin dejar de mirarlo a los ojos -más por prever algún movimiento inoportuno que otra cosa- pasó uno de sus brazos al otro lado y acercó su rostro al del moreno. Su cabello cayó en las piernas medio extendidas de Heero. Éste respiró profundo y miró a Duo a los ojos. La luz de la habitación, contorneaba la silueta de su cabeza y dejaba ver ese brillo inusual de su color de ojos. El aroma de Duo llegó hasta él. Esa esencia que él no podía describir como otra cosa que libertad. Algo que le provocaba sonreír y nunca entendía el porqué. Su corazón bombeaba más deprisa de lo normal.

Duo, tomó la iniciativa al ver la pasividad de Heero, el contemplar sus ojos azules y expectativos le daba algo de seguridad a su atrevido acto. Del que obviamente, aunque el moreno lo ignorara, se estaba aprovechando de una oportunidad seguramente irrepetible. Avanzó como deslizándose hasta sentir el aliento de Heero. Olía a esa característica esencia que le recordaba al mar y al calor del cuerpo. Su respiración rozó su mejilla y lentamente cerró los ojos, sin despegarlos de los de Heero. Su corazón era el galopante más feroz.

Heero cerró los ojos siguiendo por poco a Duo. Al instante después una suavidad se posó en sus labios. La sorpresa vino acunando a una marejada de sensaciones más. Una enorme calidez, no quemante ni ardiente, pero poderosa se extendía de sus labios, como descarga hasta su pecho donde se formó una energía nueva y radiante, que lo vigorizaba con furiosa potencia. La piel suave y fina, lisa y cauta de los labios de Duo, sólo habían tocado los suyos sin extenderse a más. Él por el contrarió tuvo que hacerlo. Abrió un poco los suyos, sintiendo con su rose los de Duo… quien poco después también lo siguió. Un sutil rose de humedades enviaba fulgores a cada cuerpo. Alguna caricia llegaba a los dientes, uno que otro sabor se mezclaba en aromas y sensaciones. Confusas para ambos, ignorantes entre ellos.

Uno de los dos, sostuvo al otro por el hombro, siendo correspondido igual, el beso se volvió más íntimo y relajado. Más ensoñador y cálido. Extraño, nuevo y… maravilloso.

Sin embargo terminó, alguno de los dos, al separar sus propios labios, tomó el aire que le faltaba, e hizo que por un instante la conciencia regresara a ambos.

Duo abrió los ojos, Heero igual. Ambos tomaron aire de nuevo. Y se alejaron, desprendiéndose de la tibieza del aura del otro. Duo estaba mareado y algo confuso, su corazón estaba acelerado y le llegaba un sueño terrible en ese momento. No podía decir que su conciencia hubiera regresado.

Heero estaba igual o más confundido, pero seguro de algo. Alarmado por la reacción de Duo, por la suya propia, por la de los dos. Pero antes de poder pensar más, Duo le miró de nuevo a los ojos. Él no sabía que hacer, incluso respirar le parecía complicado, incluso estaba asustado.

–Sabes… besas muy bien –le susurró Duo. Después, medio cerró los ojos y desvió su cabeza, en clara muestra de querer moverse. Pero su cansancio en esos momentos era enorme y algo le dijo que podía dejarlo partir todo, no pasaría nada. Y así lo hizo.

Duo se deslizó dormido en las piernas de Heero. Quien a penas había captado las palabras de Duo, había sentido una desconocida y tempestuosa felicidad, que le provocaba sonreír sin poderlo controlar. La sensación de los labios de Duo sobre los suyos permanecía como sellos imborrables y la ilusión de sentirlos una y otra vez posarse sobre los suyos, lo desconcertaba.

Miró a Duo sobre sus piernas, completamente dormido. Tenía ganas de gritarle y asustarlo, de abrazarlo, de tirarlo de la cama, de enojarse con él. Todo, todo lo que pudiera hacer o quería, simplemente no lo hizo. Respiró hondo y sin borrar su sonrisa, miró al techo, pensando en que el cielo estaba muy, muy lejos de este.

"Lo siento, Relena" pensó. "No te quiero tanto." Lo supo inmediatamente después de terminar el beso. "Solo curiosidad, realmente lo siento". Miró de nuevo a Duo. –Tonto –le dijo. Quien iba a decir que su borrachera había servido de algo.

Recuperando el control de su cuerpo, Heero se quitó a Duo de encima. Éste sólo se acorrucó en la cama y Heero supo lo inútil que era moverlo de lugar. Sin pensarlo demasiado, él también se recostó pasando las sabanas, hechas a un lado anteriormente, sobre ellos. Y cerró los ojos, con el recuerdo palpable, de su primer beso…

/././././././././././././././././././././././././././././././

En otro lado del mundo, en Argentina, en el Magnerium Royal Palace Hotel, donde se celebraría la Reunión General de Líderes Mundiales para el acuerdo de Libre Comercio entre las Colonias y la Tierra, Relena Darlian-Peacecraft, terminaba de alistarse en una de las habitaciones más lujosas del hotel. La hora en aquella parte del mundo, marcaba cerca de las 3 de la tarde.

En la habitación sólo se encontraban ella y su guardaespaldas personal. Marius Lacrotet, serio y reservado, como todo agente de seguridad, pero más ligero de carácter que el anterior Heero Yuy. Su cabello negro y ojos marrones contrastaban con lo brillante de su perfil, pero no por ello era menos inflexible ante las normas de seguridad.

Relena habló al terminar de revisar su informe.

–Sabes que no tienes que esperarme, Marius –era la discreta forma de pedirle que la dejara sola.

–Lo sé, señorita Peacecraft. Pero si me permite… –Lacrotet tenía entre sus cualidades peculiares la de confiar en sus instintos y ésta vez, no sería diferente. –Preferiría no dejarla sola.

Relena también conocía y entendía esa peculiaridad y no insistió más. Su cabeza le amenazaba con estallar en cualquier momento y estaba sumamente agotada. Lacrotet, por mucho que lo ocultara, también tenía el mismo o mayor cansancio. Sin embargo permanecía inamovible en su deber.

Por ese mismo hecho, las noticias de todo el mundo, reportarían como inaudito, que el último sonido que escuchó la Embajadora de Paz por excelencia y Reina del país de Cing, antes de caer en la completa oscuridad, fuera una copa rota…

(Continuará…)

/././././././././././././././././././././././././././././././

Notas de la autora (1):

Espero les haya, al menos, gustado.

Aclarando:

*1.- N/a: Ara, no seas idiota!

*2.- En 48 horas, a las 3 de la tarde, en el primer nivel.

*3.- Duo recuerda cuando Heero se auto-detonó y piensa en lo doloroso que debió ser.

*4.- Recuerden que es en esa Base cuando Heero destruye la nave de los lideres de la paz, por un engaño de Oz. Nigma le recrimina esto en capítulos atrás.

Notas de la autora (2):

Explicando.

Como al principio he escrito. Esto es un "adelanto".

Adelanto por que no publicaré nada más durante un tiempo, aunque sigua escribiendo.

Es decir, la mayoría de mis fics, los escribo en su totalidad para después publicarlos (de ahí que no tenga más que tres historias publicadas -por el momento-)

Decidí subir esta ultima parte del capítulo por que me parecía más que grosero (y lo sigue siendo, lo se) retener tanto más este capitulo.

Sin embargo, reitero, no publicaré nada más por una temporada. Esperando, no prometiendo, lo siento; que no seá demasiado larga.

Sólo me queda por decir la cosa de mayor importancia:

MUCHISIMAS GRACIAS A LOS QUE TODAVIA ME LEEN. UNA ENORME DISCULPA.

Esta historia solo está pensada en ustedes y me remuerde la conciencia mi tardanza, lo juro. Sólo que no puedo por ahora. Lo siento, nuevamente.

MUCHAS GRACIAS.

Enigmatek.

(Gracias a mi beta Darkcryonic, a mi hermana por su incondicional apoyo y a la fidelidad de mi amigo David)

Hasta luego.