Después de literales años, me encuentro de nuevo aquí con esta historia. Prometí terminara aunque me llevara años haciéndolo… supongo que estoy cumpliendo mi palabra.

Se que no tengo vergüenza. Pero al igual que ustedes, quienes todavía me leen, quiero llegar al final de este fanfic.

Para mi Hermana por su devoción, con su fidelidad y amistad incomparables. A Koi por su paciencia y compañía, por su cariño y la alegría que me brinda. A mi fiel amigo Rey. A Himekoch por su constancia y a los lectores que aun me siguen. Muchas, muchas gracias.

Sin mucho más que decir y dándoles mis más sinceras disculpas, les ofrezco el siguiente capítulo de esta historia:

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Acto Décimo tercero

Preludio al cambio

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Final del capítulo anterior:

–Sabes que no tienes que esperarme, Marius –era la discreta forma de pedirle que la dejara sola.

–Lo sé, señorita Peacecraft. Pero si me permite… –Lacrotet tenía entre sus cualidades peculiares la de confiar en sus instintos y ésta vez, no sería diferente. –Preferiría no dejarla sola.

Relena también conocía y entendía esa peculiaridad y no insistió más. Su cabeza le amenazaba con estallar en cualquier momento y estaba sumamente agotada. Lacrotet, por mucho que lo ocultara, también tenía el mismo o mayor cansancio. Sin embargo, permanecía inamovible en su deber.

Por ese mismo hecho, las noticias de todo el mundo, reportarían como inaudito, que el último sonido que escuchó la Embajadora de Paz por excelencia y Reina del país de Cing, antes de caer en la completa oscuridad, fuera una copa rota…

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Salió del baño.

La cama aún estaba deshecha y no había nadie en ella. El vapor se esfumó por el cambio de temperatura y la gélida humedad de su hogar le golpeó. El frío era una de las sensaciones que arraigada con cariño a su vida. Le daba confort y seguridad, le despertaba y le fortalecía, al mismo tiempo que le recordaba las debilidades de su cuerpo, de su alma, de su corazón, de su mente.

Caminó hasta el armario oculto en la pared y sacó nuevamente uno de sus tres perfectos uniformes azules. El blanco, siempre liso y guardado en su funda, casi al punto del abandono, sería usado esa noche. También le sacó de su encierro y lo dejó a un lado de su cama.

Se puso el traje térmico, que iba oculto bajo el uniforme, las mancuernas simuladas bajo las mangas del mismo, y las cintas de los tobillos ocultas bajo las botas. Cada una de estas piezas las ponía con diligencia y cuidado, pero con la rapidez de la costumbre. Estos atuendos eran los únicos que renovaba cuando no tenía más remedio hacerlo. En muchas ocasiones habían sido su "As bajo la manga". Pocas personas conocían la cualidad clandestina de las mancuernas, dejando ocultar pequeñas, pero valiosas herramientas. Una de sus cintas, en algún momento había servido de amarre para una navaja y orca para un adversario. Y el traje, simplemente le había salvado varias veces, literalmente, de morir congelado. Por eso y otras minucias le tenía cierto cariño a estos trapos.

La camisa, el chaleco y los pantalones de gruesa tela sintética revestidas interiormente por la fina capa de algodón, eran prendas menos preciadas, pero no menos cuidadas. Las gruesas botas negras de mullida y flexible fibra sintética. Y por último, el saco a medio camino de convertirse en gabardina. Éste era quizá el más conflictivo de sus atavíos. El sobrio corte militar de la prenda superior, le causaba emociones contradictorias. Entre el orgullo y la pena, el ánimo y el desconsuelo, la templanza y el asco, la seguridad y la decepción. Muchas experiencias sin duda llevaba encima cuando vestía el uniforme, pero más que ninguna otra llevaba su convicción a cuestas. Lo único que movía a personas como él a continuar todos los días.

Se miró al pequeño espejo. Su rostro se reflejaba pálido por la escasa luz proveniente del baño. Los ambarinos ojos siempre brillaban fugaces con su ardoroso cabello que procuraba traer rigurosamente atado, por difícil tarea que fuera dado a su lisura escurridiza. Su rostro limpio, era forzado a mantener la estampa fija y dura de la disciplina, engañando a la perfección, con una falsa madures en una cara de todavía tierna edad. Hacía mucho que no se le trataba como niño, quizá por que lo fue muy poco.

Quitó las sábanas y las envió por el conducto destinado para asearse, tendió las limpias y arregló las minucias de la habitación. Labor de todas sus mañanas, costumbre impuesta hacia años en las barracas. Salió de la recámara y los pequeños ruidos mañaneros de otra persona le advirtieron que su acompañante seguía ahí.

–Buenos días, Saker –saludó la templada voz de aquella mujer.

–Buenos días, Nadine –contestó cortésmente. Su cabellera negra, suelta despreocupadamente, hacia contraste con la blancura del camisón que llevaba. Estaba sentada a la mesa corta que tenía el cuarto, con un desayuno más completo de lo que él acostumbraba. La escena se presentaba más cálida y hogareña de lo que ninguno de los dos estaba habituado. – ¿Cómo estás? –Nadine le miró un segundo, después sonrió dulce y tranquilizadoramente.

–Estoy bien, Saker. Me preocuparía más por ti. –Contestó ella insinuante. Saker sonrió confiado y tranquilo.

–Tampoco me falta experiencia en esto, querida. –Contestó seguro, pero educado. Nadine curvó su sonrisa un poco más.

–Le pedí café a Cris, me hizo el favor, ¿gustas? –Le ofreció ella, llevándose su taza humeante a la boca.

–Estaría bien. –Saker se acercó a la mesa. Nadine le pasó una taza recién servida y arrimó un pan en un plato.

–Cris me pide que te haga comer algo antes de que salgas corriendo a cumplir órdenes –comentó ella con tenue burla. –Claro que no especificó que debía hacerte comer. Supongo que un pan estará medianamente bien. –Concluyó cómplicemente. Saker sonrió de lado.

–Sí, lo sé. Wufei causa suficientes dolores de cabeza a Julia y compañía, como para tenerme a mí con mis tonterías –soltó él, usando las mismas palabras que acostumbraba decirle la doctora.

– ¡Y mira para que lo digas tú! –Ella, expresando la ironía, daba un mordisco a la verdura de su plato.

–De vez en cuando hago conciencia –se justificó juguetón. Después fijó su mirada en ciertas herramientas que se hallaban sobre la mesa, mientras le daba un mordisco a su pan y un sorbo al café. – ¿Están listas?– Nadine miró también a los brillantes y fríos instrumentos.

–Casi, sólo espero que se enfríen las compresas para poderlas cargar. –Respondió. Saker mordió de nuevo el pan y picó una zanahoria.

–Función –dijo, pidiendo la explicación del mecanismo. Nadine, acostumbrada a la estancia en aquella base, entendió.

–Te daré tres. Cada una con un 4 cargas. Las tres primeras cargas, serán dosis medias, suficiente para desorientar; la ultima tiene dosis doble y… con suerte no los dejará en coma. –Comentó al último como haciendo mediación de conciencia. Después, alzando los hombros y volviendo a comer, agregó como una precaución obviada. –Procura no usarla.

–Da. ¿Manual o automático? –Saker seguía comiendo, pero prestaba especial atención a sus palabras.

–Ambos. –Tomó uno de los finos y brillantes utensilios de las cajillas donde estaban guardados. Unos delgados cilindros metálicos de 10 centímetros de largo por uno de grosor, con un pivote corto a modo de gatillo en medio de su plateada cobertura. Jaló el gatillo y el lado recubierto con cristal se resquebrajo, dejando salir la afilada punta de una aguja. –Puedes romper el seguro automático inyectándolo directamente, o puedes romperlo manualmente, después jalar el gatillo y sacar la punta. De cualquier manera son seguras para ustedes. –Guardó la aguja nuevamente en su caja y la cerró para después hacerla a un lado. –Pero no está de más tener cuidado. –Agregó precavidamente, alzando las cejas.

– ¿Las tenías a noche? –preguntó, Saker, omitiendo el comentario, mirándola fijamente.

–Las tome cuando salimos del hospital. –Nadine terminó su platillo. Miró a Saker mientras esté volvía a su comida y entonces recordó algo. –Saker, déjame hacerte una pregunta. –Saker la miró y movió la cabeza afirmativamente. Nadine cruzó sus manos y recargó su barbilla en ellas.

– ¿Te gusta Duo Maxwell? –Preguntó sin rodeos, sin ningún tipo de insinuación o reclamo. Saker se quedó quieto, luego frunció un poco el entrecejo y soltó firme.

– ¿Por qué lo dices? –A esto Nadine levantó las cejas.

–Te gusta –afirmó.

–No –contestó, Saker.

–Ayer te mostraste muy enojado. –Nadine se ponía unos guantes clínicos y acercaba una bandeja donde ordenadamente se veían las capsulas de color verdoso del tamaño de una huella digital. Tomaba una de las jeringas automáticas y hábilmente la desarmaba para endosar una a una las cuatro cargas que le correspondían. Esto sin dejar de hablar con el sorprendido coronel.

–Si. Pero nada de eso tiene que ver con Duo. –Saker comía ahora más mecánica que naturalmente. Nadine guardó silencio un momento, ordenando sus propios pensamientos. Saker había dicho "Duo" y no Maxwell.

–Me parece que a él le gustas. Creí que le correspondías. –Comentó como una curiosidad, sin quitar el tono severo. Ahora pasaba a la segunda jeringa. Saker la miró con ojos muy abiertos y sorprendidos, algo espantados incluso. Pero antes de que preguntara algo, Nadine concluyó la idea. –Eso creí por un momento. Aunque también creo -y más factible por cierto- que a Maxwell le guste Yuy y trate de encelarlo inconcientemente. –Saker frunció el ceño. Nadine aclaró. –Inconcientemente porque Duo no sabe que le gusta a Yuy, porque tampoco Yuy está conciente de que le gusta Maxwell –concluyó sonriendo, divertida ante la compleja situación. Saker la miraba con el desconcierto inicial, mezclado con confusión y enojo, principalmente por oír constantemente cierto apellido.

– ¿Estás conciente de lo que dices? –dio por respuesta.

–Esto es parte de mi trabajo. Sólo lo suponía, pero ahora estoy segura de la mayor parte. –Nadine siempre tenía ese tono clínico para sus análisis no importa donde o con quien los hiciera, Saker no era la excepción. Ella no sonreía, no se enojaba, no juzgaba, pero sobretodo no le gustaban los rodeos cuando hacía un análisis.

– ¿De qué parte? –exigió saber, Saker. Nadine levantó las cejas nuevamente, mientras terminaba de cargar la tercera jeringa.

–Mas bien, de la parte que no estoy segura es de por qué estabas enojado ayer –retrucó. El coronel apretó los labios.

–Yuy te insultó –contestó.

–Tu enojo excedió lo necesario. Como si no me pudiera defender de una descortesía tan pobre como la de Yuy. –Nadine lo volvía a esquinar.

–Tal vez…

–Pero Yuy no te agrada por algo más, al igual que Maxwell te agrada por el mismo motivo –continuó Nadine. Saker dejó de lado su comida y tomó el café de un sólo trago.

–Quieres dejar de analizarme, son las 6 de la mañana, se supone que ninguno de los dos está trabajando todavía –pidió Saker con un tono de exasperación, más adolescente que militar. Nadine sonrió dulcemente y en ese mismo tenor, dijo:

–Sólo si me dices que te pasa. La que tiene que lidiar con tus peores estados de ánimo soy yo. Déjame al menos saber que tengo que contener. –El joven la miró por un segundo para después suspirar.

–Esta bien, sólo espero que esto no lo hagas toda la vida –concedió al final.

–No lo haré, créeme –prometió Nadine. –Ahora dime por qué no te gusta Yuy.

–Es arrogante, descuidado y grosero –respondió algo irritado.

– ¿No has considerado que se parece un poco a ti? –Saker la miró. –Tú también eres arrogante.

–Yo tengo mis motivos, Nadine y los sabes –expuso firmemente el coronel, contrariado también. Nadine suavizó el rostro y afirmó.

–Si. Pero no quería hacer hincapié en ello. Mejor será que me digas por qué tienes esa fascinación con Maxwell.

–Creo que es evidente. –Nadine guardó silencio, no es que ella lo desconociera, pero tenía que confirmarlo. Saker completó. –Se parece a Bretna –secamente volvió a comer algo. Ella le miró pacientemente. Aquel nombre todavía perturbaba a todos los allegados a los Nelvik. Y Saker tenía un particular dolor. Nadine suspiró, entrelazó nuevamente sus manos y apoyó su barbilla.

–Su parecido no significa nada, Sak –el aludido levantó la vista endurecida.

–No me llames así –Nadine se sorprendió notablemente. Llamarle por su diminutivo había sido muy personal. El coronel suavizó su expresión. –Se que no significa nada, son personas distintas y Maxwell jamás se acercará a la persona que era ella –la neutralidad del rostro marcó aun más lo que Nadine había entendido con el cambio de pronombres. Con "Maxwell", intentaba marcar distancia. Con "ella", intentaba alejar su dolor. Y a Nadine lo que más le preocupaba era esa efectividad con la que controlaba su vida, la enorme fuerza de voluntad que Saker poseía.

Conociéndolo, ella había concluido que la falta de duda, la voluntad absoluta, no era lo mejor. Pero nadie es capaz de aceptar ese hecho del todo. Internamente Nadine había esperado que esa decisión tan aplastante que tenía Saker, arrastrara también con sus propias dudas y miedos. Porque Saker poseía una fuerza que arrastraba a todos los que se encontraban cerca de él como ocurría con el profundo océano. De una manera u otra, uno siempre caía en su inercia.

–Si lo entiendes también, ¿por qué lo haces? –preguntó cautamente Nadine, volviendo de su reflexión.

–Porque no quiero olvidar a Bretna –contestó firme y calmo, el pelirrojo. –Quiero encontrar un equilibrio entre su recuerdo y mi culpa. No quiero desaparecerla, pero tampoco… tampoco que su recuerdo me atormente siempre. –Saker guardó silencio, acomodando sus pensamientos. –Duo es una forma de probarme. –Después de un prudente silencio, Nadine habló.

– ¿No es un poco cruel de tu parte? –Saker levantó la vista.

– ¿Cruel, para quién, para mí, para él? –Luego retomó la conversación más ligeramente. –Tú misma has dicho que siente algo por Yuy. Gusto al menos y sólo trata de utilizarme para encelarlo. Tiene más éxito del que imagina. Por como se comporta el oriental bien podría ser un perro de pelea. La última vez que me vio quería morderme. ¿Quién es el cruel aquí?, ¿Él que quieren que me coman vivo o yo que le dejo? –A pesar del sarcasmo, mantenía el matiz de compresión en lo divertido que era la situación.

– ¿Y por qué le dejas? –preguntó Nadine divertida. El joven miró a la nada.

–Es una buena pregunta. –Nadine sonrió. Saker volvió a mirarla. –Tal vez me gusta después de todo –hizo una mueca pensativa y se inclinó sobre la mesa. – ¿Estarías interesada en un trío? –Nadine soltó una suave carcajada.

– ¡Dios, no! Y menos con otro hombre, ya tengo que lidiar contigo.

–Bien, queda descartado… pero no es tan malo, soy hasta bonito ¿no crees?

–Tal vez si usaras vestido te tendría más interés –dijo ella, insinuante.

– ¡Oh no!, aquí viene el choque de orientaciones –comenta con dramatismo e ironía.

– ¡Oh, cállate! –soltó ella arrugando el seño y con gesto desenfadado. El pelirrojo sonrió. –Vas a llegar tarde.

–Entonces me voy –dijo el Coronel levantándose. –Hasta la noche Dr. Varzak. Vaya encantadora como siempre, por favor –pidió, retomando la cortesía de siempre.

–Eso haré Coronel Nelvik. Y no mate a nadie en el camino –contestó ella, llevando el enfático tono de verdadera advertencia en lo último.

–No prometo nada –respondió cortésmente y salió cerrando suavemente la puerta de su habitación. Nadine meneó la cabeza. Cuanto más tenía que crecer ese niño. Y a la vez, cuando deseaba que tampoco lo hiciera.

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La poderosa luz artificial de la base se filtraba por las rendijas de las cortinas. A los pocos minutos de haberse encendido golpearon en sus ojos, enviando un electrizante mensaje al cerebro. "Maldita sea, que alguien apague el reflector"

Duo se despertó y de inmediato se dio cuenta de que no había sido buena idea. "¡Oh Diablos! ¡Que dolor de cabeza, con un demonio!" Ni bien había abierto un ojo y sentía que la cabeza le iba a explotar con la poca luz que le llegaba. Tenía la boca seca y los labios partidos, necesitaba agua. También tenía el mal sabor de boca de las mañanas, combinado con una fuerte esencia a alcohol. Sentía la cara hinchada, como si le acabaran de golpear. Se dio vuelta entre las sábanas y eso fue suficiente para provocarle nauseas al sentir que el mundo daba vueltas desenfrenadas con sus movimientos. Se sentó en la cama con tremenda dificultad. En el estómago percibía el escozor y la irritación de la acidez que produce la bebida. El frío le hizo estremecerse al salir de la tibieza de las sábanas, un escalofrió hizo temblar un poco su desequilibrado cuerpo. En la garganta tenía los escozores de la última comida y el dolor de cabeza de los que juras te están creciendo árboles en el cerebro. Tragó saliva como si le cortara la garganta y los simples sonidos de su boca, el movimiento de su cabello, el aire, todo pequeño sonido, se amplificaba y le producía un traqueteo en alguna parte del oído que no se molestaría en identificarla, pero si en mandarla al diablo. La alfombra estaba fría, la luz que se filtraba a la habitación era intensa, molesta.

Odiaba las resacas. En serio, las odiaba. Punto.

Él no era de esas personas que aunque se bebieran medio camión de cervezas podían levantarse al día siguiente sin molestia. No. A decir verdad, Duo no era lo que digamos un mal bebedor, pero 13 copas noquean. Además no recordaba muy bien que se había tomado. Esa era una de las partes más humanas que tenía. Que piloto gundam ni que diablos. En esos momentos no sabía si su fama de sobrehumano le valía el nombre. "Oh, demonios…"

Miró la cama, algo lo desconcertó. No sabía que, oh espera, la otra cama esta intacta. Oh. ¡Oh! ¡La cama de Heero!

Un flash mental que por poco le produce vomito, le hizo recordar la noche anterior.

Subir al elevador, ver a la chica en el pasillo, una cita para la fiesta, Heero. Saker. Un pleito seguro y entonces: Nadine Varzar, doctora. ¡Ah, sí! Ella salva el aprieto. Luego en el cuarto, la discusión con Heero. Le hecha la culpa y… ¡Heero, se disculpa! Le invade la culpa otra vez. Platican, salen los nombres, luego heridas, ah sí, el codo que chilla, jaja. Luego Sophia Verliak, la cita de Heero. Oh espera, no más Relena, ¡cierto! y Heero virgen y entonces beso… oh.

¡Oh sí! Tenía el recuerdo de un, particularmente, buen beso. Seguramente Heero estaría molesto, pero no lo mataría porque parte de culpa tenía. Si él se acordaba, con toda certeza Heero también.

Claro que admitía: se había aprovechado de la tamaña inocencia de Heero. ¡Es que ni un beso haber dado! De extraordinario no se le podía bajar. Y él con copas de más no iba dejar pasar la ocasión. Sí… definitivamente Duo Maxwell era peligroso, más con alcohol encima. Suspiró. Y tal acto le hizo regresar a la realidad. ¡La cabeza, Dios! Necesitaba la pastilla, ahora.

De algún modo logró que sus músculos se estiraran lo suficiente para tomarse de la orilla de la cama e impulsarse para ponerse de pie. El frío le pegó en la cara y se filtró en sus pulmones como pequeñas y afiladas navajas. Se estremeció y al hacerlo estiró la espalda. Todas las vértebras de la columna truenan con una mezcla de alivio y dolor. Al mover el cuello un poco, detectó un terrible entumecimiento por dormir en mala posición. "Maldición", después caminó lentamente hasta su armario, como si trajera pesas de diez kilos en cada pierna. Frotándose la nuca con pereza. Rebusca entre sus cosas y logra encontrar en lo más profundo de su maleta de viaje un pequeño frasco con píldoras azules.

Recargó un hombro en el armario y trató de enfocar la vista lo más que pudo, abrió el frasquillo y una cuenta azul como el mar rodó por su mano.

Siempre había estado consiente de que la dosis recomendada era cuando mucho la mitad de la píldora, según lo que Howard le había dicho años atrás. Como buen rebelde había tenido la intención de seguir la instrucción… la primera vez. Pero al ver que su cuerpo no reaccionaba en los primeros 5 minutos, había ingerido la otra mitad, incluso sin agua de por medio. Por supuesto el efecto fue inmediato.

Sintió un golpe invisible llegarle de lleno al cerebro y que en lugar de mejorar se estaba muriendo. Involuntariamente luchó contra la reacción, pero su cuerpo dejó de obedecerle poco a poco. Un frío intravenoso le recorría todos los miembros adormeciéndolos lentamente, como si apagara sus funciones. Después de unos minutos en donde su conciencia comenzaba a desaparecer perezosamente, vino un súbito vigor que despejó las brumas de la borrachera e incluso malestares menores, a demás de sentir una energía desbordante. El efecto del energético era poderoso.

Tuvo la desagradable suerte de conocer que el "medicamento mágico" como lo llamaba Howard y los demás Barrenderos, era una droga para animales. Encantador. Sin embargo, no parecía tener un efecto demasiado dañino en los seres humanos, sólo los terribles malestares atroces de un envenenamiento. ¿Cómico, no? Y los consabidos efectos secundarios. Horas después una pereza indescriptible se apoderaba de él. Aunque los malestares de una mala noche de copas no dejaran rastro alguno, no era la mejor opción para evitar la resaca. Mejor, mucho mejor de hecho, era el método antiguo de sufrirla en tu cama. Claro que esta opción de saltarse el día de trabajo, rara vez se presentaba. Así que tenía que optar en algunas por tomarse la pastilla si quería regresar impávido al "campo de batalla". Y resignarse a luchar contra la pereza.

Ahora, la única manera de quitarse la pereza, eran dos cosas: Primero; la dosis insana de adrenalina que se sentía en una misión y segundo; molestar a Heero.

Las primeras eran muy escasas ahora, después de la guerra. Empero la segunda era más accesible.

Había tomado por costumbre hablar cada tanto a donde quiera que estuviera Heero con el pretexto de cotejar información de movimientos sospechosos. Así, terminaba matando dos pájaros de un tiro. Efectivamente, obtenía información y se quitaba la pereza y el aburrimiento molestando a Heero.

Caminó con dificultad al baño, se talló un ojo con la mano libre y empujó la puerta. Al prender la luz del baño un nuevo estremecimiento le recordó que la cabeza aun le dolía. Hizo ruidos quejumbrosos y se acercó al lavabo para tomar un vaso y llenarlo de agua. Cuando se puso delante del espejo hasta se espantó.

Tenía una imagen horrible. La cara hinchada y rojiza, ojos rojos, lagañas e incluso los labios partidos y una vergonzosa línea blanca de saliva recorriendo una de sus mejillas desde la comisura de la boca hasta la oreja. Su trenza enmarañada y quebrada, daba extraordinarias muestras de antigravedad en ese momento. Gruesas hebras de cabello escapaban en todas direcciones, desde su frente a la punta de la trenza. "Oh, Señor Peine tendrá problemas hoy" pensó.

Llenó el vaso con agua, se lanzó la pastilla a la boca y se la pasó con un trago de agua. Y antes de que perdiera fuerzas regresó a la cama. Se tumbó en la suya que era la más cercana al baño y miró al techo. Cinco minutos más tarde tuvo que cerrar los ojos por la mareante sensación de que perdía las sensaciones. Tiempo después de su primera trastada con la pastilla, había descubierto que efectivamente podía controlarla si estaba conciente de lo que hacía. Sólo tenía que recostarse y permanecer tranquilo y los efectos primarios disminuirían en gran medida.

Un tiempo trascurrió, no supo exactamente cuanto y volvió en sí. Cuando abrió los ojos de nuevo la luz le parecía escasa e incluso sentía a buena temperatura el ambiente. "Bendita pastilla."

Se levantó raudo sintiéndose animado. Se acercó a la ventana y jaló la palanquilla que la abría. Las cortinas subieron y Duo contempló como aparecía el imponente paisaje de la base en perpetuo movimiento. Sonrió. Luego, algo provocó que su vista cayera en donde había dormido. La cama de Heero. Los eventos de la noche anterior volvieron a su mente de manera más pausada y menos telegráfica de cuando despertó. Un recuerdo en específico se quedó plasmado más que los demás. Sonrió satisfecho y culpable a sí mismo. Enroscó levemente los labios, olvidándose de las sensaciones y sabores de esa mañana para recordar las de aquel roce.

Para ser el primer beso de Heero había sido uno muy bueno. Vaya que sí. Tal vez especialmente bueno para él que en secreto había fantaseado infantilmente con aquel evento. Supo que su comportamiento había sido por encima de lo travieso, aprovechado completamente. Y si él mismo lo admitía y se daba cuenta, con toda seguridad Heero también. Volvió a suspirar mientras se daba la vuelta y comenzaba a deshacerse la maltratada trenza.

Consideraba sus opciones. Probablemente hacerse el desentendido el mayor tiempo posible fuera la mejor de todas y la menos conflictiva, por mucho. Pensando también que si a Heero, conciente -como debía de estar ahora- le incomodaba, su indiferencia era el mejor antídoto a su malestar. Así resolvió Duo, mientras se mentía al baño a tomar una ducha que lo despertara del todo y despejara su satisfactoria culpabilidad.

"Soy terrible cuando bebo" pensó pícaro riendo para sus adentros. Mientras se quitaba la ropa.

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La Base Valkiria no era una monería militar cualquiera. Era alcor de tecnología y disciplina. Un emporio alzado con el devenir de los eventos naturales y sociales. Basado en reglas precisas y punzantes, que causaban polémica y discordia al velado comentario. No era indestructible. No era impenetrable. No era infalible. Pero precisamente por ello, era invencible.

Se decía que los soldados criados en Rusia tienen un pensamiento en la cabeza: No serás vencido. Y eso sin duda los convertía en una elite militar poderosa. Pero no por ello tenía que ser verdad.

La base Valkiria a su vez, usaba el mismo método. Basándose en los mismos principios, más actualizados y universales y al mismo tiempo más instaurados en una tradición, en un significado y en un argumento. "No eres invencible y por eso, tienes que serlo". Una elite miliciana tan temida como misteriosa. De la que no se conocía su exacta localización o sus métodos y proporciones. Y aunque los dependientes se mostraban abiertos a formalismos, los eventos relacionados con la base se envolvían en un velo de nebuloso sigilo. Todo soldado, cadete, dirigente o emisario de la base, novato o veterano, tenía la misma actitud de cuidado y diplomacia excesiva que era característica a los habitantes de la base. Era una comunidad única.

El entrenamiento militar que se impartía en las diferentes bases del estado ruso eran reconocidas por su sobresaliente rigurosidad. Las Bases de Kazañ y Anadyr eran por excelencia las de mejor preparación. Le seguían consecutivamente las Bases hermanas de Narián-Mar y Magadán, las de Omsk, Tambov, Yakutsk, Chitá y Pskov *(1). Pequeños agrupamientos militares, nada comparados con las grandes fuerzas, pero sin duda fulminantes. Los mejores cadetes eran siempre elegidos y propuestos para Valkiria.

Y, sin embargo, se sabía que la Base no seguía la jurisdicción de ningún país, sino de la junta directiva de la Organizaciones de la Esfera Terrestre. Por lo tanto, en la base se recibía a soldados no originarios del país residente con la condición generalizada de excelencia. Valkiria era la fortaleza invencible por su cautela. No era sencillo ganarse el derecho de acceder a ella. Las habilidades de un soldado no sólo tenían que sobrepasar lo común, sino que la mente funcionara a la par del cuerpo o mejor aún. Y este último requisito no era fácil de cumplir.

La mayoría de la hueste era rusa. Por las grandes exigencias del entrenamiento raso que tenía este territorio. Eran muy contados los cadetes extranjeros, sin embargo, habían. Dentro del reducido grupo, sobresalían los árabes y asiáticos, y desperdigados contados europeos y latinos. El hecho de que un soldado nacido en las Colonias formara parte de la falange de la Base, era simplemente extraordinario.

Sin embargo existía un caso. Un único caso, al que apodaban "El Extranjero."

A decir verdad, no era exclusivo de las Colonias. Cierto era que había nacido en LD6, "La Flor." Colonia española que comenzaba a formarse al término de la primera intervención militar. Sin embargo, el final de su infancia y toda su juventud la había vivido en la Tierra, en Rusia, al igual que la mayoría de los soldados de la base. Esto aparentemente importaba poco a los originarios y lo habían clasificado de "diferente" sólo por su origen, por conservar su lengua natal, quizá por su físico también. A pesar de que su apellido fuera tan nativo o más que muchos de los nacionales. Pero estaba seguro que en gran medida era por su, si inusual, nombre de pila:

Octubre Nelvik.

Cabello largo, liso y negro como la brea, pálida piel morena. Esbelto y largo, macizo como cualquier soldado, pero enjuto de talla y facciones. El semblante de rasgos castizos heredados de su madre, dándole ese aire de imprudente fervor y sosegado encanto que traen en la sangre, no obstante con el talante calmado y reposado, duro, pero sutil de su linaje nórdico. Con esos portentosos ojos ambarinos que parecían manifestarse con el apellido. Así en conjunción, era una exótica contradicción. Como popularmente se daba en los miembros segundarios de su familia. Aunque ninguno parecía salvarse de esa marcada fisonomía que los hacía provocativos en cualquier terreno. Destino, sangre y maldición. Era un dicho sonado en su estirpe.

En aquellos momentos, poco le importaba su estigma. Enfundado es su estricto uniforme azul marino y nievo cuello alto. En donde se permitía el lujo de cubrir sus manos del helado ambiente con los perpetuos guantes de gamuza negra. Marcando su mando superior en las solapas en la lóbrega gabardina de un azul casi negro, distintiva de los expedicionistas con bordado gris en la espalda. Dos ondulaciones fieras recubiertas por el intrincado calado de líneas endurecidas y artísticas, la curvatura sensual y estricta de una boca de doncella al inferior del estético grabado. El rostro femenino con mascara de guerra. El símbolo sintetizado de la Base Valkiria.

Se asomaba por el extenso balcón en la quinta planta. Era la mejor vista del Centro de la Base. Frente a él se mostraba la magnifica circunferencia a modo de anfiteatro. Tenía en las gradas el único espectáculo vegetal fuera de la zona de los invernaderos: un rellano de flores azules como lo más profundo del mar, modelando con traviesas formas geométricas un intrincado altar para la figura central de la explanada. La fabulosa escultura de una mujer de noble postura de más de 12 metros de altura. Pequeña comparando el espacio que la rodeaba. Luciendo exquisitas ropas que se alzaban en un viento inexistente, venido de otro mundo, como ella misma. Firmemente plantada en su púlpito, con una sola rodilla doblada y gesto desenfadado. Llevando honrosamente las armas más representantes de la historia antigua. En su mano derecha, abriendo su pecho en este gesto alzado de poder, una lanza, posada sobre tierra, instrumento que marcó la diferencia en la evolución humana. En el antebrazo izquierdo y sobre el cinto, un escudo y una espada, representantes máximos de la guerra. Y a su espalda un arco y flechas, epítomes de la tecnología militar. Era la representante nórdica del arte de la guerra. Una valquiria.

A esta tribuna de flores y a la misma estatua, las cubría un enorme abovedado que imitaba un cielo falso. La salida del sol y su ocultamiento representados por una poderosa luz matizada en colores calidos como el verdadero. Ambientando así el lugar con una casi impecable realidad, a pesar de estar en el mismo corazón de la fortaleza. El sol apenas comenzaba a salir en el término de aquel horizonte elevado y ficticio, eran las 6.30 de la mañana. El movimiento interno de la base apenas comenzaba, pocas personas se paseaban por el lugar.

Octubre miraba este peculiar espectáculo recargándose en la barda de cristal, mientras comía despreocupadamente una paleta helada. Llevaba una más en la otra mano. Algo de la escarcha de la paleta manchaba sus guantes de gamuza negra. Esta era una de las muchas extravagancias de su persona. Gustaba de las cosas frías y dulces.

–No crreo que ese sea un buen desayuno –comentó una voz tersa, pero endurecida por la constante manifestación de órdenes. –Luego dicen que el de mal comerr soy yo. –El dueño de la voz se paró a su lado. Octubre estiró el brazo con la otra paleta.

–Aquí está la tuya –dijo. Una cálida y discreta risa le contestó, mientras la paleta era tomada.

–Grracias.

–De nada –contestó nuevamente él. Los codos de la otra persona se recargaron sobre el barandal de cristal al igual que los suyos. Unas cuantas hebras de cabellos rojos se deslizaron al frente.

–Veo que te has rrecuperrado bien.

–Así es, Coronel –respondió él formal, pero con calidez. –Únicamente fue un traspié que no llegó a más por afortunada -y arriesgada- intervención del General. –El oficial se sonrió. Octubre giró él rostro para encontrarse con el perfil de Saker Nelvik. –Yo también veo que se encuentra bien. Me alegra verlo mejorado, su viaje a Moscú pareció ayudarle en algo.

–Sí, algo así –Saker ladeó el rostro mientras probaba su paleta helada. Octubre hizo lo propio. El sol artificial despuntaba y llenaba de color las figuras que se movían bajo ellos. Hombres y mujeres, comenzando sus labores del día ante la perpetua presencia de la Dama Guerrera. Octubre iba a la mitad de su golosina, mientras Saker la comenzaba. Tanto él como el pelirrojo habían desarrollado esa insensibilidad dental para el frío y mordían la paleta sin cautela.

–Así que tu pequeño tropiezo no impondrá ningún obstáculo para llevar a alguna candidata a la fiesta, ¿no es así? –preguntó Saker, dejando claro que el sutil tono en la palabra "candidata" llevaba a un entender muy especial.

–No. No lo será. Sólo que se me presenta otro ligero inconveniente. –Ambos jóvenes se miraron de reojo. – Son cuatro. Una es más bien arisca, pero cumple los requisitos. El problema es que tiene sus prioridades muy bien establecidas y será difícil convencerla. Y sin embargo,… tiene una buena relación con otra –Saker dio una mordida al dulce y asintió. Entendía muy bien. Octubre continuó –Eso hace que la Segunda más accesible, puesto que puede entender mejor mis principios.

–Entiendo. ¿Y de qué depende que ceda? –preguntó Saker dando otro mordisco inocente.

–Bueno, podría ser más complicado. Pero en realidad depende de cuando le agrademos e influyamos en ella –explicó Octubre con desenfado.

–¿Agrademos? –regresó Saker.

–Si. Aparentemente tiene cierta estima por usted Coronel y eso puede menguar la influencia de la Primera. Así que depende más de usted que de mí que ella acepte mi proposición. –Octubre estaba a dos mordiscos de terminar su paleta.

–Ya veo. ¿Que hay de las otras dos? –cedió el Coronel, entendiendo y retomando el tema.

–Bueno, la Tercera y la Cuarta son buenas candidatas. De hecho mucho más accesibles que las dos primeras, pero tienen una muy estrecha relación. Una no irá sin la otra y no puedo proponerle a ambas. Aunque alguien más se ha encargado de eso.

– ¿Alguien más?

–Sí. No es que me moleste. Es alguien que conocemos. Sin embargo, no creo que estuviera al corriente de la estrecha relación de la Tercera y la Cuarta.

–Entiendo. ¿Qué harás?

–Contando con su ayuda Coronel. Lo mejor es proponerle a la Segunda. La Primera y la Tercera serán difíciles. Pero si resulta bien, podré ver a la Segunda y la Cuarta en "Gran Evento".

– ¿Han planeado alguna cita entonces?

–Sí. Se citó a la Cuarta en 48, 1500, N1.

–Bien –concluyó Saker. –Entonces intercederé a tu favor con la Segunda. Nos veremos en el lugar de la cita. –Octubre terminó la paleta y miró a Saker.

– ¿Será así de sencillo?– preguntó. Saker le miró también de frente.

–Como has dicho, la Segunda tiene ese agrado por mí. Si soy suficientemente persuasivo no habrá problema. –Contestó insinuante el Coronel. –Además –agregó volviendo a mirar al frente y mordiendo su paleta –cierta persona enigmática tiene mucha autoridad sobre la Segunda, si el caso se llega a dar, su presión será más que suficiente.

–En otras palabras… Aceptará de cualquier forma. –Concluyó el moreno.

–Lo más seguro. –Reafirmó el Coronel

– ¿Qué pasará con la Primera? –Saker detuvo sus últimas mordidas y guardó silencio para meditar unos segundos.

–Es un asunto que tendremos que atender después –dijo, hablando serio. –Yo tendré que encargarme de ello. Tiene su vista puesta en mí –terminó de explicar.

–Es lo malo de siempre estar en la mira –comentó su colega con ligero tono irónico.

–Sí, es cierto. Pero aun así yo soy Coronel y tu Jefe de Expedicionistas. –Respondió en el mismo tono el pelirrojo.

–Supongo que tienes razón –concedió el otro más cordial. Saker terminó su golosina, soltando su rígida postura militar dio un par de palmadas amistosas a su amigo y compañero de intrigas. A su pariente lejano por sangre, pero hermanado en su alma. Tanto él como Octubre sonrieron.

–Bueno –habló Saker después de unos minutos de silencio en contemplación del despertar del complejo militar. El movimiento se acrecentaba conforme el sol artificial se movía en su viaje horizontal*(2). Las personas empezaban a caminar tanto en la plaza inferior como en él largo balcón circular en el que conversaban. –El día ha comenzado, es hora de trabajar. Gracias por la paleta, "Extranjero" –sonrió, dándose la vuelta.

–De nada, "Colorete" –contestó socarrón el moreno. La cálida risa de Saker alejándose con sus pasos ligeros y contundentes, contestó a su respectivo y burlón apodo.

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Un traqueteo. El pequeño movimiento de alguien que no quería hacer ruido en el baño. La luz llegaba difusa a través de las cortinas cerradas. Estaba acostado boca arriba. Movió la mano. El calor del espacio en la cama aún permanecía. Nadie estaba ahí. Era hora de levantarse y sentía una pereza que no le era común. Se estiró en la cama, algunos huesos tronaron. Se recargó en sus codos haciendo deslizarse la sábana dejando su pecho al descubierto. Los ruidos continuaban cautos. Él ladeó la cabeza mirando el reloj de la habitación.

Las 7.30 dictaba. No era tarde, pero tampoco temprano. Respiró y sintió el frío característico del lugar. Miró hacia la puerta del baño.

–Quatre –llamó. Los ruidos se detuvieron en el baño. –¿Qué haces levantado? –preguntó. Los rubios cabellos y el fino rostro de Quatre aparecieron por la puerta. Estaba vestido aunque todavía algo desaliñado.

–Lamento despertarte –dijo. Trowa frunció el ceno. El rubio solía ser atento y educado, pero no tener ese tono formal con él.

– ¿Te sientes bien? –preguntó. Quatre le miró extrañado.

–Sí. ¿Por qué?– Trowa se sentó en la cama y se frotó los ojos.

–Por nada –contestó. –Debo seguir dormido.

–Esta bien –habló Quatre acercándose y sentándose en la cama –estoy algo cansado, de hecho. Nada más.

– ¿Por qué tanta prisa? –preguntó el de ojos verdes, acomodándose en la cama para posar su mano en el cuello del rubio. ¿Cómo no iba a estar cansado si aparentemente apenas había dormido?

–Tengo que ir con Kalid a confirmar algunos datos del envío –explicó el rubio.

–Creí que por eso te habías tardado anoche –alegó Trowa y se acercó más al rubio.

–No terminé. –Dijo Quatre volteando el rostro. El castaño frenó su intento de dar un beso. Quatre se levantó entonces y caminó nuevamente al baño. –Por eso tengo que ir ahora antes de que empiece sus actividades de trabajo normal –explicó arreglándose el cuello alto de la camisa. Trowa le miró sin decir nada. Quizá sólo fuera la falta de sueño.

Quatre acabó de alistarse dentro del baño pocos minutos después. Él se sentó en la orilla de la cama despertándose del todo. Permaneció en silencio escuchando los movimientos de Quatre. Cuando decidió levantarse e ir a verlo, fue tarde. Quatre salió del baño y cogió un abrigo del armario, con la misma rapidez abrió la puerta de la habitación.

–Me voy –decía mientras se ponía el abrigo. Volteó a verlo un segundo. –Nos vemos después. No olvides a tu invitada para esta noche –y con lo mismo salió de la habitación dejando a Trowa parado en medio de la habitación.

Minutos después Trowa salía de la misma habitación ataviado y pensativo. Antes de cerrar la puerta miró la habitación, meditando.

Una puerta del otro lado del pasillo se abrió. Él se cuadró instintivamente. Una mujer joven salía de la habitación del Coronel. Lo miró segundos después de haber cruzado el umbral. Sus ojos negros le miraron directamente sin recelo o sospecha, aunque un atisbo de reconocimiento se iluminó en ellos. También la sombra de la extrañeza. ¿Familiaridad, reconocimiento, cautela? Él no supo como interpretarlo.

–Señor Barton, si no me equivoco. –Habló la mujer. Su voz con la delicadeza de la diplomacia. Cerró la puerta tras de sí. Trowa hizo lo mismo y le miró de frente. Asintió levemente con la cabeza sin dar ninguna muestra de flaqueza. –Soy la Dr. Nadine Varzak, Asistente en Jefe del Área de Experimentación Bio-espacial de la base. Es un gusto conocerle –se presentó, extendiendo la mano delicadamente, al darle alcance.

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Las puertas del elevador se abrieron. Quatre salió caminando tratando de reconocer el espacio. Una plaza pequeña se extendía ante él. Entre las entradas que se sucedían alrededor de la plaza encontró la que buscaba.

Había pasado con Kalid. El egipcio no había hecho ninguna referencia al encuentro electrónico de la madrugada, pero había hecho evidente su conocimiento al quedarse callado ante la insinuación velada del mismo. El moreno había sonreído y asegurado repetidas veces: "Su información está segura señor Winner, toda su información." Confirmadas sus sospechas, siguió el juego de verificar sus transacciones.

Al dirigirse a la puerta no reconoció lo que dictaba la placa, pero le ayudó involuntariamente una joven llevando un montón de telas recortadas en los brazos que entraba al lugar.

Le había perturbado la manifestación cercana de su secreto más cuidado. Había actuado lo mejor que pudo ante Trowa, a pesar de que había percibido recelo ante su comportamiento. Le era arduo mantenerse normal cuando llevaba en mente la conversación electrónica. Siempre había podido guardar la compostura cuando el contacto se presentaba en otras ocasiones, incluso cuando Trowa se encontraba cerca.

Esta vez, sin embargo... No era la presencia de Trowa lo que lo desconcertaba, sino la certeza del cercano encuentro con su secreto y el hecho de mantenérselo oculto a su amante con esa proximidad.

¿Una vez reunidos podría contárselo? ¿Era justo involucrarlo? Lo dudaba. No era una situación de creencias o seguridad. Sabía que Trowa encontraría vil, ocultar o favorecer un proyecto que atentara contra la paz o la seguridad de sus seres queridos o inocentes. Y no era el caso. Pero no tenía definida su postura ante otras cosas. Su duda crecía ante la incertidumbre de no saber que pensaría Trowa al saber en lo que él estaba involucrado. ¿Le molestaría? ¿Lo apoyaría? … ¿Le dejaría de querer?

Entró al lugar y un joven en ronco intento de no hablar ruso le indicó a donde debía dirigirse.

Ciertamente no podía considerarse peor que las atrocidades cometidas durante la guerra, pero era delicado. Este proyecto era una especie de cruzada contra el tiempo. Oculta y cerrada para el mundo. Y podía mantenerla así mientras la participación fuera indirecta, como había ocurrido la mayor parte de su vida laboral involucrado en los negocios Winner. Pero ahora se le había exigido una presencia. Algo más que apoyo. Se le pedía acción. Y lo que le preocupaba era el desconocimiento de si podría negarse llegado el caso.

No se le forzaría, eso lo sabía. Sin embargo… no quería que su presencia en el grupo fuera meramente presencial. Quería tener poder de decisión. No dejar todo en manos de alguien más. Pero eso implicaba guardar aun más secretos y eso lo angustiaba. Trowa no merecía ese secretismo, pero tampoco sabía si merecía hacerlo partícipe de guardar secretos.

Caminó con su cabeza llena de ideas y preocupaciones, pero concentrado en su vida diaria. Logró llegar al fondo esquivando a soldados con enormes cargas de tela, rollos de hilos y alfileres, pasando a un lado de una serie de máquinas que cocían o cortaban.

Entonces, sentada en un sillón fuera del lugar a donde se dirigía, reconoció una figura.

Heero se encontraba sentando en una antesala del despacho de Débora Ligden. Quatre se sorprendió de verlo y se sonrió por la extrañeza. Se acercó dejando sus cavilaciones de lado. Heero parecía ensimismado.

–Heero –le llamó. Éste levantó el rostro.

–Quatre –la voz de Heero sonaba desganada. El rubio menguó un poco su sonrisa.

–¿Ocurre algo, Heero? –Este lo miró con desconcierto un momento. Su rostro era más expresivo de lo común. Negó con la cabeza y Quatre pudo ver perfectamente como su rostro luchaba por endurecerse de nuevo.

–¿Vienes por tu traje? –Preguntó Heero, evitando el silencio incómodo y la oportunidad de Quatre para que indagara en su actitud.

–Sí. –Contestó el rubio. –Necesitaba algunos ajustes la última vez. –Agregó sintiendo el inusual interés de Heero por mantener una conversación. Devora había ido anteriormente a su encuentro. Estuvieran donde estuvieran, ella les encontraba; pidiendo oficinas o recámaras prestados les hacía probarse sus respectivos trajes. Por lo mismo, ninguno se había visto con el traje de gala. Devora había pedido a cada uno fueran el último día en la mañana para terminar los ajustes. –No esperaba encontrarte aquí.

–Mi traje también estará listo hoy. –Contestó Heero. Sus ojos permanecían fijos al fondo de la otra habitación donde se veía a Devora trabajar del otro lado de la puerta de cristal. Atendía a un cadete, que por su altura, debía tener problemas con los pantalones del uniforme. –Ligden, me dijo que la esperara. Dijo que terminaría con él pronto. –Señaló al cadete que revisaba por última vez su traje ante el espejo. Devora lo analizaba tan inexpresiva como siempre.

Quatre no necesitó de su virtud para detectar el extraño comportamiento de Heero. Su renuencia a mirarlo y a evitar el silencio lo delataron. Quatre se sentó calmadamente a su lado.

–Heero… –comentó, pero nada más salió de su boca. Heero tampoco dijo nada pero sus ojos se inclinaron en su dirección sin llegar a mirarlo. –No quiero incomodarte… pero es evidente que algo te ocurre. –Terminó cuidadosamente, Quatre.

El moreno giró la cabeza sorprendido y después desvió su mirada. Era innegable que algo no estaba bien si Heero no podía controlar sus reacciones.

–No estoy espiando tu sentimientos, Heero. –Aclaró Quatre. –Pero sé que algo te ocurre. No es mi intención forzarte a que me lo digas. Sabes que puedes hablar conmigo si lo crees conveniente. –Planteó sutilmente la invitación.

Heero guardó silencio. Quatre cuidó de bloquear en lo posible su percepción a las emociones de Heero. Teniéndolo sentado a su lado, solía ser suficiente para detectarlas con claridad. Pero no haría sentir incomodo a quien sabía era una persona difícil con respecto a sentimientos.

Para su asombro fue Heero el que habló después de un rato.

–Yo… descubrí algo. –Dijo sin mirarlo. Quatre escuchó, pero Heero no siguió hablando.

– ¿Sobre la misión? –Le ayudó el rubio indagando un poco. Heero negó con la cabeza suavemente.

–Sobre… mí. –Contestó Heero. Algo parecía consternarlo y causarle dificultades para hablar. Quatre lo observó descartando las posibles referencias a esa contestación. No creía que fuera algo físico, ni mental, las probabilidades eran remotas. Así que se inclinó por lo emotivo.

– ¿Y eso te molesta? –preguntó cauteloso. Heero tardó en contestar.

–No lo sé. –Dijo suavemente y después miró a Quatre. –Me hace sentir… estúpido. –Quatre parpadeó.

– ¿Cómo?

–Quiero decir, me hace sentir tonto el no haberme percatado antes. –Aclaró Heero algo contrariado.

–Es normal que uno se sienta así cuando descubre cosas de uno mismo que no esperaba, Heero. Todos sentimos lo mismo. –Heero lo miró confuso.

–No creo que sea igual… no con esto. –Refutó Heero renuente. Quatre se atrevió a indagar nuevamente.

– ¿Tiene que ver con Relena? –Heero clavó su mirada en él. –Tiene poco que hablamos de eso. –Explicó Quatre.

–Si… Algo así. –Concedió Heero indeciso.

–Pero ella no es el problema. –Concluyó el rubio.

–No. –Heero hizo una pausa. –Pero creo que descubrí que quiso decirme. Y… ella tenía razón. –Heero dio una ligera apariencia derrotada. Después le miró a los ojos. Quatre estaba seguro que iba a decirle aquello que había descubierto.

–Señorr Yuy, puede pasarr. –Interrumpió la voz de Débora. Ambos había volteado. El cadete a quien atendía salía del despacho y los saludó con una ligera inclinación al retirarse. Quatre miró a Heero. Pero éste se había levantado del asiento.

–Esperre un poco Señorr Winner, lo atenderré enseguida. –Le dijo la mujer y se metió con Heero al despacho. Quatre observó desde su lugar como Heero se probaba la gabardina azul marino y se la devolvía a Devora al poco al no encontrar desperfectos. Heero caminó de vuelta a la salida con Devora detrás.

–La enviarré a limpieza y la tendrrá en su habitación en la tarrde, Señorr Yuy. –Dijo Débora desde la puerta. –Puede pasar Señorr Winnerr.

–Nos vemos en la noche, Quatre. –Se despidió Heero, hablando con la sequedad de siempre. Quatre no pudo decir nada cuando lo vio alejarse entre el movimiento del lugar.

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Ocho horas después, en una habitación del mismo complejo donde se llevaría a cabo la fiesta dentro de una hora, Débora Ligden esperaba impaciente asomada a la ventana. Otros dos jóvenes la acompañaban.

–Ahí está. –Dijo de pronto encaminándose a la puerta de la habitación justo a tiempo para ver entrar intempestivamente al General de la base. –Llega tarrde. –Soltó al tiempo que recibía el saco del dirigente.

–Lo sé. –Contestó éste mientras se quitaba el corbatín de seda azul y lo aventaba a uno de los jóvenes que lo atrapó al vuelo. –¿Y Saker?

–En la otrra habitación cambiándose. –Contestó Ligden acabando de poner el saco en uno de los maniquíes para mantenerlo liso. Después se dirigió a la puerta siendo acompañada por uno de los jóvenes. –La Comandante tampoco ha llegado.

–Viene en camino. –Contestó la voz del General antes de que saliera.

Wufei se desvistió pasando la ropa al par de ayudantes y se metió al baño. Cinco minutos después salía nuevamente, aseado.

A última hora, se había presentado un problema. Como siempre ocurría.

Los cadetes superiores realizaban entrenamiento interino en una zona controlada de la montaña. Esa mañana algunos habían vuelto con un par de heridos graves y la Comandante Verona había tenido que coordinar al personal. Y aunque Araxiel era capaz de manejarlo sola, Wufei había participado, ya que tenía prohibido hacer otro tipo de actividades. Desgraciadamente no había calculado bien los tiempos y llegaría retrazado a la fiesta.

Para ahorrar tiempo había mandado decir a Ligden que preparaba un cuarto para alistarse en el mismo lugar de la fiesta. Y Ligden había organizado, para prevenir otros retrasos, a los demás invitados formales de la misma forma. Con excepción de los ex-pilotos a los que había preparado horas antes y estos recogieran a sus acompañantes con el tiempo holgado.

El joven que había acompañado a Ligden regresó con el uniforme de gala del General montado en un maniquí, donde había estado guardado para no ensuciarse.

–La Teniente y el Capitán Libnis están en la antesala, Señorr. También el Señorr Barrton y su acompañante. El Señorr Winnerr viene en camino. –Informó al General mientras éste terminaba de ponerse el traje térmico y la camisa detrás un biombo.

–Bien. ¿Y Ligden? –preguntó enfundándose en los pantalones del uniforme blanco.

–En la habitación de enfrrente con la Comandante, Señorr. –Reportaba el joven mientras el General salía de detrás del biombo y los asistentes se acercaban a ayudarlo.

Un muchacho formal e inexpresivo, de algunas pulgadas mayores al General, terminaba de abrocharle los cordeles rojos y dorados que corrían por el pecho dando vuelta a la altura de las costillas para volver al hombro pasando por la espalda de su talego blanco, enclavándose de las dignas hombreras mimetizadas al estilo asiático con sumo decoro. Otro más terminaba de sacudir la capa media de terciopelo rojo interno y seda blanca al inverso, que complementaba el uniforme de gala. Y el tercero sostenía frente al correcto General un par de impecables guantes níveos, mientras el oficial terminaba de acomodarse las brazaletes del traje térmico que ajustaban su manga del hombro hasta enroscarse en la mano, cuando tocaron a la puerta.

–Pase. –Ordenó Wufei. La puerta se abrió y entró Ligden. –¿Todo listo?

–Sólo esperro a explicarrles los últimos detalles. –Comentó Ligden, mientras él era asistido con su cabello. Otro joven sujetaba un espejo delante de él. Cuando el cinto de su cabello estuvo ajustado en el estricto peinado, se giró a Devora.

–¿Yuy? –Preguntó Wufei. Ligden se acercó a revisar su traje. Comprobó dando un par de tirones que el talego estuviera bien colocado.

–Con la Senorrita Verrliak. –Ligden sacó aguja e hilo del aire y ajustó uno de los botones medio flojos de la solapa. –Loción. –Indicó a uno de los asistentes y éste regresó segundos después con la fragancia.

–¿Maxwell? –Preguntó Wufei. Ligden cortaba un hilo sobresaliente en los bordados finales de la capa.

–Recogiendo a su acompañante. No tardarán. –Contestó cuando revisaba los enclaves de las botas. Todo estaba en orden. Dio una última mirada de arriba abajo al General y asintió. Éste asintió a su vez.

–Bien. Todos tuyos. En 15 en el vestíbulo.

–Si, señor. –Contestaron y él se retiró del lugar.

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Trowa Barton siempre había sido un hombre misterioso y atractivo. Pero enfundado en el cazador café bajo el saco marrón de corte semi-oriental y caída a la rodillas, era una persona de peligro. Quien quiera que lo viera de improvisto podría sufrir un ataque al corazón. Los hombros encuadrados por el corte del saco y el pantalón negro alargando sus piernas, daban a su poderosa figura un aumento llamativo. Hacían evidente su equilibro al caminar, la rectitud de su espalda y su natural altura. Sus angulosas facciones enmarcadas por la bufanda negra.

Helena Diatlov, su acompañante. Había tardado lo suficiente en salir de las barracas como para que el resto del nivel se enterara quien sería su pareja en el fiesta de esa noche. ¿Acaso era como los bailes de graduación? Personalmente no le interesaba, sólo quería llegar pronto a donde Quatre a quien no había visto en todo el día. No había podido aclarar su comportamiento y lo tenía preocupado.

Diatlov era una muchacha bonita, pelirroja y de ojos verdes, cara menuda y labios de botón, estatura promedio y cuerpo generoso, educanda y orgullosa. Era codiciada por muchos. Llevaba un vestido turquesa hasta los tobillos, de mangas a las muñecas y cuello translúcidos. Cuando pasó a recogerla a la salida de las barracas femeninas del tercer nivel, una multitud de jóvenes habían salido a despedirla. Si bien no habían sido escandalosas, porque eran de personalidad fría, porque fueran soldados, o porque la mayoría fueran mayores que él, no lo sabía. Pero estaba seguro que las miradas que recibía no estaban fijándose precisamente en su ropa por muy elegante que fuera. No estaba seguro de quien debía presumir a quien, pero evidentemente él era presumido.

Encontrándose en el mismo nivel, el camino a la fiesta había sido corto por fortuna. Había tenido que soportar el entusiasmo mal disimulado de la joven al observar a otros grupos de jóvenes y parejas que fijaban su vista en ellos al pasar. Muchos iban al lugar de la celebración. La mayoría de los hombres iban uniformados y algunas mujeres también, pero la mayoría de ellas llevaba vestidos de noche. Sin el glamour de los vestidos de casa noble. El ambiente denotaba la austeridad miliciana.

Al llegar a las puertas del complejo. Un soldado en funciones les había indicado la entrada a un vestíbulo aledaño donde los esperarían los oficiales y el resto de sus compañeros.

Saker Nelvik fue la primera sorprendente aparición.

Fue una vibrante figura en blanco asomada por una de las puertas. El rojo cabello suelto en completa libertad resaltando su inusual color carmín por el contraste del níveo uniforme militar con bordados azul marino y plata contorneando los extremos de la saco, las solapas y las mancuernillas. Guantes blancos. Los pantalones y casaca a juego resaltaban únicamente la camisa azul marino bajo ellas y el pañuelo de seda que rodeaba su cuello y sobresalía en el pecho. El uniforme alargaba su altura y su rostro adquiría madurez y agudeza con su cabello a los costados, aumentando cuando menos cinco años a su edad, avivando también sus ojos amarillos como el sol y penetrantes como navajas.

–Buenas noches –Los saludó diligentemente en cuanto los vio entrar.

–Bu…buenas noches, Coronel. –El tartamudeo de su acompañante le indicó claramente que no era el único en captar la desconcertante imagen del pelirrojo. Trowa sin embargo saludó tranquilo como siempre a pesar de que no negaba el abrumante cuadro.

Después el pelirrojo cedió el paso a su compañera: Nadine Varzak. La doctora con quien se encontrará en la mañana. Con el cabello recogido elegantemente y sutil maquillaje. Los ojos negros y profundos como el espacio sobresaliendo de la contrastante piel. Los aretes azules como su vestido de cuello alto y entallado ajuste al frágil, pero tentador cuerpo de la menuda mujer. Largo hasta los tobillos y tres cuartos de manga. Llevaba guantes del mismo azul marino de su conjunto y un chal de piel gris pasando por sus hombros. Ella también los saludó cortésmente.

La comparación entre los personajes era pasmosa, pero atrayente. Ambas pajeras se adentraron al vestíbulo. La Teniente Fhler se encontraba ahí junto con su acompañante. Ambos de un blanco menos abrumador que el del Coronel, pero no menos impresionante. Ella envuelta por un vestido brillante de seda que moldeaba a la perfección su escultural cuerpo dejando un vuelo orleado que se abría de la rodilla derecha al suelo. Su cabello rubio como el trigo recogido y ojos miel resaltados por el carmín de sus labios. Una chalina plateada le cubría los brazos desnudos.

Enrick Linbis, su compañero. Trowa lo recordaba. Era el comandante de ese nivel de la base. Un hombre de aspecto rudo, pero sonriente, moreno y de cabello chocolate. Mostraba su imponente figura de más de dos metros y sus anchos hombros donde fácilmente podían entrar tres como Trowa, en su uniforme blanco menos decorado que el del Coronel.

Mientras se daban los saludos diplomáticos, Trowa vio el movimiento de Débora Ligden y sus asistentes de una puerta a otra del vestíbulo. Poco después, Wufei, en su uniforme de gala salía de otra de las habitaciones. Los decorados eran iguales a los de Saker sólo que en dorado y su capa llevaba rojo en el interior.

Trowa pensó que vistiendo aquel traje insinuando la fusión de oriente y occidente, Wufei, debía ser un reflejo cercano de su perdido linaje. Le dio la impresión que podía vislumbrar a sus ancestros y maestros del Clan de Guerreros al que pertenecía. Y algo le recordaba a los emperadores chinos a decir verdad.

Wufei lamentó el retraso y preguntó por los demás. Justo en ese momento llegó otra pareja. Trowa tuvo que hacer un esfuerzo por no sonreír.

Quatre entraba en un traje blanco y vino que resaltaba su cabello y facciones angelicales. No demasiado diferente al suyo propio, aunque de corte más abierto en el saco, dando una sensación de alas guardadas tras la espalda. ¿Devora lo habrá hecho apropósito? A Trowa no le importó demasiado. El traje le gustaba, pero era difícil superar la pulcritud con la que Quatre siempre lucía. Su pareja, Everdyn Gorvelvet era una versión femenina de Quatre.

Una muchacha poco más joven que ellos y que evidentemente se veía apenada de estar entre la alcurnia militar, cuando ella era una civil corriente de la base. Probablemente no lo sabía, pero esa expresión y su vestido aperlado, de caída poco insinuante, sencillo corpiño y abombado suéter blanco, le daban esa esencia a la pareja de haber caído del cielo.

Esto fue evidente para los demás. Helena no quiso guardar el comentario y lo expresó en voz alta. Una serie de comentarios corteses siguieron, mejillas rojas y sonrisas angelicales fueron la respuesta. Y entre el revuelo otra pareja arribó.

Heero y Sophía Verliak. Su presencia fue más notoria por sus actitudes que por sus vestimentas. Él en un similar modelo al de Trowa y Quatre, sólo que en colores terrosos y saco azul y ella en un vestido azul celeste parecido al de la Dra Varzak. Sin embargo la opresora seriedad de ambos personajes daba la sensación de estar recibiendo a los reyes en su corte.

Los saludos y halagos fueron repetidos una vez más aunque con mayor propiedad que antes. Y para cerrar con broche de oro, la monótona escena fue rota por la abrupta entrada de la Comandante al vestíbulo.

Wufei no era tan ascético después de todo.

Araxiel Verona era bella. El uniforme militar la demeritaba mucho. Pero con aquel traje de corte sensual y más bien insinuante, en tono verde brillante lleno de vida, dejaba bocas abiertas.

De corte estrecho desde el escote palabra de honor, a las definidas caderas. Con lazo sujetador a los costados del pecho subiendo al cuello y cerrando en una gargantilla con un ámbar pequeño en el centro de esta. Dejando caer de las caderas un desplegado de tela volante hasta el suelo, en refinada caída. Un vestido moderno y estético que no dejaba de ser respetuoso al grado que correspondía su portante. La Comandante en Jefe. Los aretes discretos, el maquillaje limpio y el cabello recogido. Con el distintivo digno de su cargo en un discreto conjunto que lucia en lado derecho del lazo sujetador al igual modo que la Teniente.

Los labios levemente colorados y el tono alumbrante de su vestido, hacían que su piel morena y ojos verdes resaltaran de manera inusual. Para agregar que se colaba entre una barrea de cabelleras rubias y pieles caucásicas.

Saludó inclinándose y pidiendo disculpas por la demora. Wufei la dispensó.

–Sentimos la tardanza –se escuchó una exclamación desde la puerta. Los últimos acababan de llegar.

Para Trowa, que se encontraba a su lado, fue evidente la perdida de respiración de Heero y los ojos abiertos.

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Notas de Autor:

*1.- Estos lugares realmente existen. Por supuesto es una invención mía que tengan bases militares. Si de casualidad es así, es simplemente una coincidencia.

*2.- Recuerden que en el Polo Norte el sol viaja prácticamente de manera horizontal por el cielo, subiendo y bajando a penas en el horizonte durante 6 mes. Los otros 6 son oscuros.

Sus quejas y tomatazos son bienvenidos. Nos vemos el próximo capítulo.

Próximo capítulo: Seis colores y la Memoria.

Nuevamente muchas gracias.

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