Ninguno de los personajes de Naruto me pertenecen. Hago esta historia con fines de entretenimiento y porque no hay suficiente MenHina.


Capítulo 3

Bienintencionada traición


Nunca antes había salido más allá de los límites establecidos de la villa en la cual creció. La idea de alejarse inspiraba terror en Hinata. Todas esas historias que la anciana Chiyo contaba delante de la fogata cobraban carne y hueso con el fin de espantar a cualquier quien osara adentrarse a los interiores desconocidos y peligrosos del bosque.

Caminar por la nieve se complicaba más. Hinata miró las espaldas del trío de hermanos con mucha ventaja. Ella se estaba quedando atrás y ninguno daba indicios de esperarla. No objetó ni se quejó, solo se dedicó a continuar avanzando, aun con los obstáculos y la ferviente diferencia de habilidades existentes entre los cazadores y ella.

Llevaba las cosas más necesarias colgando de la pequeña bolsa que había tomado a último minuto, no sabiendo qué escoger o qué considerar más importante que lo otro. Por un lado quería llevar consigo recuerdos de sus seres queridos, pero pensaba que solamente magullaría su corazón al pensar con frecuencia aquellos a quienes no pudo salvar. Al final optó por llevarse el abrigo de piel de oso que su padre guardaba para las ventiscas más violentas de la temporada, un premio que de joven consiguió en sus primeras cacerías.

El abrigo ayudó a resguardarla del frío, evitar que sus dedos se volvieran morados y perdieran sensibilidad. Sabía sobre los riesgos de viajar en aquel gélido ambiente, era primordial mantenerse abrigado y caliente para sobrevivir. Aun así, la carga extra de piel encima de su aún agotado cuerpo resentido por heridas que no cicatrizaban del todo, volvían lento paso.

Muy en el fondo Hinata temía que los cazadores desaparecieran y la dejaran en medio de la nada, sin posibilidades de sobrevivir por su cuenta. Le había dicho a Gaara que quería convertirse en uno de ellos, una cazadora para vengar a su familia y conocidos, pero ahora dudaba sí podría conseguir cumplir aquello.

En medio de todo aquel escenario blanco, donde la piel de cualquier se quemaría por los copos de nieve caer violentamente contra la superficie de aspecto acolchonado, Hinata descubría sus debilidades. Casi le faltaba el aire, no podía caminar demasiado por tantas horas, quería llorar y no paraba de repetirse si había sido una buena idea salir de su villa; era verdad que estaba destruida, que no quedaba nada que salvar, pero si era positiva quizá podría, nuevamente, levantar las cabañas dañadas, cultivar por sí misma los vegetales resistentes al invierno…

—¡Hey!

La potente voz de Kankuro se escuchó adelante. Hinata alzó la mirada, alejándose de aquellas ideas cobardes que querían obligarla a olvidarse de toda aquella tontería de convertirse en cazadora y volver a su lugar de origen.

El trío hermanos se había detenido y entre ellos resaltaba Kankuro con la mano en lo alto, haciéndose ver entre todo aquel escenario.

—¡Apúrate mujer o te dejaremos atrás! —siguió gritando.

Ella apenas asintió, procurando no hacerlos esperar demasiado. Durante los días en los que venía viajando con los cazadores, Hinata había descubierto que eran de poca paciencia, en realidad Kankuro lo era. Y gritaba demasiado, especialmente a ella. Cuando presentaba un problema o su lentitud podría ocasionar atrasos, él no reparaba ni se medía en decirle que era u absoluto estorbo, que si no conseguía seguirles el paso se quedaría atrás y moriría.

Ninguno de ellos era propenso a decirle palabras dulces o consuelo para aliviar el dolor interno de Hinata. Tal parecía que el acto de haber quemado a los muertos de la villa sería la única acción amable por parte del trío. Fuera de lo que discutieron antes partir, cuando Gaara les informó a sus hermanos mayores que ella iría con ellos, ninguno había hablado.

Hasta ese momento que Kankuro le gritaba.

Cuando Hinata llegó hasta donde se hallaban los cazadores estos volvieron a retomar el camino. Ella captó que debería acelerar el paso o a la próxima ninguno de ellos la esperaría.

De eso Hinata estaba segura.

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La noche los atrapó, pero Gaara ya había conseguido un lugar donde acampar. Kankuro no tardó en prender el fuego al arrancar un tronco oportuno de un árbol muerto, usándolo para hacer una fogata que les brindara calor en aquel lugar frío por unas cuantas horas. Temari compartió con todos la carne seca que lograron rescatar de la villa, entregando a cada uno la porción correspondiente.

Hinata se quedó callada, comiendo la carne, limitándose a solo masticar a pesar de no sentir apetito. No podía comer ni dormir bien, pero no era un problema que concerniera a los cazadores. E igualmente, a ninguno de ellos les importaría. Ellos podrían considerarla o verla como una carga de la que ocuparse hasta que llegaran al siguiente poblado, pero más allá no estaban obligados a mostrar preocupación. Hacía lo posible por no ocasionar problemas, ser silenciosa, como un fantasma y responder cuando era necesario.

—Iré a revisar la zona —anunció Gaara de improvisto, siendo él el primero en terminar la cena, ajustando la escopeta que nunca se alejaba de su cuerpo.

Ninguno de los hermanos mayores del pelirrojo lo detuvieron, estaban acostumbrados a que el menor tomara ese tipo de decisiones. Confiaban en la fuerza de Gaara.

—Trata de gritar si un lobo te come —dijo juguetonamente Kankuro, con una sonrisa ladina que solo le dedicaba al menor a veces.

Para ese momento Gaara ya había desaparecido en la oscuridad, dejándolos a ellos tres solos, rodeando la fogata. Temari bebía agua caliente que pusieron a hervir ya que ninguno trajo consigo algo más dulce y confortante. Era importante hidratarse, afortunadamente la nieve sobraba y era sencillo poner algo de ésta en una olla de hojalatería y ponerla encima del fuego, de ese modo conseguía agua para beber sin alejarse tanto o dedicar tanto tiempo. Temari era bastante organizada para medir las porciones que a cada uno le correspondían. Podían ser pequeñas a comparación de lo que una comida completa representaba, pero con la falta de apetito en Hinata ella no veía tanto problema, aunque terminarse las porciones de carne cada día se le dificultaba más, pero no quería ocasionar un problema.

Temari le dedicó una mirada estricta, cuyo mensaje captó. No podía darse el lujo de desperdiciar la comida, necesitaba toda la energía necesaria para continuar con el camino.

—¿Cuánto tiempo falta para llegar al pueblo? —preguntó, mirando a los cazadores.

Kankuro la ignoró, concentrado en que el fuego no se apagara. Luego de terminar de beber, Temari fue quién le respondió.

—Al paso que vamos… —susurró, pensatia, probablemente siete días.

—Oh —exclamó, desanimándose instantáneamente de que tendría que estar caminando por varios días hasta llegar a su destino—. Gracias.

—¿Por qué la urgencia? —Kankuro decidió participar en la conversación—. ¿Ya te tenemos hartos?

—Kankuro, déjala en paz —gruñó la rubia, dando una mirada de advertencia a su hermano menor—. No la incomodes. Al fin decidió hablar con nosotros. Comenzaba creer que te quedaste muda desde… Bueno, la muerte de tu familia.

—Lo siento —Hinata se disculpó rápidamente, con la atención en sus manos ligeramente grasosas por la carne consumida—. No quería causarles problemas ni ser una molestia. Pensé que viajar en silencio sería mejor para todos.

—No está prohibido que hables, Hinata —le dijo Temari. Era la primera vez que le llamaba por su nombre, ya que como Kankuro siempre se dirigía a ella como "Chica" o apodos de ese estilo—. Tienes que hacerlo o de verdad pensaré que te estás convirtiendo en un fantasma de piel pálida. Ni siquiera te puedo diferenciar entre la nieve.

—Lo intentaré…

Kankuro soltó un suspiro lleno de agotamiento.

—¿En serio, Temari? ¿Estos son tus intentos por animarla? Hasta un muerto volvería gustoso a su tumba escuchándote…

Una bola de nieve impactar el rostro del hombre calló cualquier burla salir de los labios de éste. Temari sacudió sus manos de cualquier rastro de nieve, bufando un "Estúpido".

—¡Oye, ¿qué te pasa?! —las quejas del castaño no tardaron en escucharse—. ¡Trataba de poner ambiente!

—Pues eres pésimo. Haces más bien teniendo la boca cerrada.

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Los ojos de Hinata se abrieron hasta no poder más. Tuvo que inclinarse para no ahogarse en medio de todo el dolor, aspirar aire para continuar respirando y comprobar que ninguna de las pesadillas estaba a su lado para atormentarla también en lo real.

Kankuro y Temari continuaban durmiendo sin interrupciones dentro de sus respectivas bolsas, puestas a unos cuantos metros lejos de la de ella.

Había sido una pesadilla, otra más que no la dejaba dormir. Estaba experimentando insomnio desde lo sucedido en su villa. Cada vez que cerraba los ojos no dejaba de ver los rostros ensangrentados de su gente y el contacto de la sangre tibia mojar sus manos volvía a rememorarse en su piel.

A veces Hinata se preguntaba si aquel era el precio de la supervivencia, lidiar por su propia cuenta con el dolor de la perdida. Quizá si Neji o Hanabi hubieran sobrevivido la carga no sería tan pesada porque pudo haberla compartido con ellos. Pero estaba sola. Nadie le otorgaría el consuelo que tanto ansiaba.

Ya que no podría retomar el sueño decidió que lo mejor sería ir a tomar una caminata y quedarse en algún punto del campamento, esperando a que llegara el alba. No sabía con exactitud cuánto faltaba para el amanecer, pero eso no importaba ya que no tenía nada de sueño. En silencio para no despertar a ninguno de los cazadores, Hinata se deslizó lejos para buscar un buen lugar donde sentarse o matar el tiempo.

No había nada de ruido y aquello no supo cómo interpretarlo. Probablemente muchas especies estaban hibernando, aunque aquel presentimiento de que en cualquier momento saldría una bestia de colmillos afilados a devorarla era una idea que constantemente asaltaba a su mente.

—¿A dónde vas?

El escalofrío que recorrió toda la espalda de Hinata en cuanto sintió una figura cercana la obligó a gritar, presa del miedo. No obstante, cuando reconoció aquel cabello rojizo en medio de la oscuridad el latir apresurado de su corazón disminuyó.

Avergonzada de haber actuado de ese modo, ella bajó la mirada.

—Lo siento —dijo después de recuperarse del susto—, n-no lo escuché.

—No puedes alejarte —Gaara ignoró las disculpas de la joven mujer, sin cambiar de expresión en su estoico rostro—. Es peligroso. Vuelve a dormir.

—No puedo —confesó Hinata.

Gaara se quedó por un momento en silencio, analizando las palabras de ella. Pensó que era natural considerando lo sucedido; perder a toda una familia tenía aquel efecto en las personas quienes no estaban acostumbradas a lidiar tan pronto con la perdida. Aun así aquello no era una excusa para que ella anduviera vagando sola, exponiéndose al peligro.

Inspeccionó parte del lugar, verificando que no existiera riesgos o la presencia de lobos. O en el peor de los casos: Lycans. Estos siempre viajaban en manadas y eran nómadas, nunca se quedaban en el mismo lugar, viajaban a donde sea que hubiera comida, presas fáciles con las cuales saciar su voraz apetito. La zona estaba limpia, pero no podía excluir el peligro que podrían representar otras especies, tales como linces o renos; estos últimos eran particularmente violentos en esa época del año donde el alimento escaseaba y debían mantenerse en constante alerta por los depredadores.

La joven en frente no estaba en su mejor condición. Gaara había sido testigo de lo poco que se alimentaba, esforzándose en comer por pura obligación. Cualquier ataque podría llevarla a la muerte. Además estaba enterado que las heridas provocadas por la bestia que no pudieron darle muerte y que fue responsable de todo el caos que dejaron atrás no cicatrizaban.

Temari curó gran parte de la herida en la pierna de la mujer, pero era necesario la atención de un experto. Sabían que en el siguiente poblado vivía un joven médico que sería de mucha ayuda. Solo necesitaban llegar ahí lo más pronto posible.

Era probable que Hinata estuviera cansada de todo el viaje, no contaba con la estamina necesaria para un viaje tan prolongado, además era la primera vez que se aventuraba en ese tipo de travesías. Reconocía su cansancio, y aunque ella no se quejara, era bastante obvio para él, incluso para sus hermanos. Pensaron que en esos días ella daría a conocer sus malestares, queriendo regresar, pero Hinata se mantuvo callada, manteniéndoles apenas el ritmo, negándose a quedarse al último demasiado tiempo.

—¿Pesadillas?

Ella se limitó a responder con un movimiento en la cabeza.

—No son reales —expresó con lógica—, no pueden salir de tu mente ni mucho menos hacerte daño. No hay razón por qué debas tenerles miedo.

—Los veo —siguió Hinata, con la mirada fija en su pecho, aunque Gaara tenía la absoluta seguridad de que no lo veía a él sino que tenía la mente perdida en el pasado, en la tragedia—. Cada vez que cierro los ojos, los veo. Yo… ¿Dejaré de verlos en algún momento? ¿P-Podré seguir sin que me atormenten sus muertes?

Ninguna de las preguntas recibió respuesta. No era el momento ni Gaara era la persona indicada. Nada conseguiría traer a sus seres queridos. Incluso dudaba que matar al lobo responsable sirviera de algo, quizá lograra calmar aquel rencor que llevaba adentro; la mera idea de que esa bestia siguiera viva, libre sin pagar por sus pecados le enfermaba. Pero el viaje le había enseñado una cosa de la cual su padre se encargó de repetirle día a día.

Era débil. No podía ni siquiera disparar bien el arco, ¿qué posibilidad tenía de matar a un Lycan? El mismo Gaara le había confirmado lo poderosos que eran y lo mucho que desconocía sobre estos. Además le compartió que el entrenamiento para ser un cazador, si es que decía continuar con aquel plan, era duro y no existía la posibilidad de que alguien como ella, una mujer débil quien nunca se había enfrentado a una bestia y cuyas manos carecían de callosidad que demostrara su familiaridad con el trabajo duro, saliera con vida.

Se sentía patética todos los días porque solo quería llorar aun cuando se prometió que nunca lo haría más.

—Nunca desaparecerán —Gaara habló, notando cómo el rostro de Hinata se descomponía en una desesperación silenciosa que ella no se atrevía a vociferar, y tenía tal derecho; ellos no eran nada—. Siempre te acompañarán, ya sea como fantasmas o pesadillas.

—Eso… Eso es verdad —estuvo de acuerdo con lo que el pelirrojo le decía, incapaz de contradecirle. Sería hasta el día de su muerte, cuando se uniera a sus seres queridos, en los que podría librarse de su tormento terrenal—. Disculpe —se sintió avergonzada. Él estaba cuidando que nadie o nada se acercara al campamento y venía a distraerlo con sus problemas—, no quise molestarlo… V-Volveré a dormir. Perdone por quitarle su tiempo.

Hinata retomó los pasos, pensando en que lo mejor que podía hacer era acostarse y esperar el mañana ya que no podía alejarse del campamento.

—Espera.

Gaara no tuvo que gritar ni alzar la voz para que los pasos de la mujer se detuvieran. Ella se giró para verle, luciendo más pequeña de lo normal con ese abrigo de piel de oso que usaba para protegerse del frío; nada comparado con las prendas que usaba, pues siendo un Capa Negra era primordial viajar ligero. Además su uniforme estaba hecho de piel de Lycan que le permitía pasar más tiempo en el frío clima.

—¿Sí? —preguntó Hinata cuando el pelirrojo se le acercó. Le vio buscar algo dentro de su capa.

—Toma —extendió un pedazo de tela que abrió, dejando al descubierto unas extrañas esferas pequeñas de tonalidad negra.

—¿Esto es…?

—Te ayudará a dormir —explicó Gaara, mirando al rostro femenino—. Come una cuando no quieras pensar en nada, pero solo una. Dos de un solo trago podrían enfermarte. Podrás dormir sin problemas.

—Gracias…

Tenía dudas pero era un ofrecimiento que no podía rechazar. Hinata guardó aquel extraño remedio, volviendo a mirar al pelirrojo quien, complacido de ver que aceptó el gesto, se dio vuelta para continuar con su tarea de vigilar.

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Cuando Hinata notó que en el camino había cruces sobresaliendo de la tierra la esperanza nació en su pecho ante las primeras señales de civilización. Habían estado caminando por casi siete días seguidos que ya no sabía si la insensibilidad de sus pies se debía al cansancio o al frío cada vez que sus pies se sumergían en la nieve.

El grito que Kankuro dio cuando se subió a un pino, anunciando "Tierra a la vista", la hizo sonreír por primera vez en todo ese viaje. La noticia la impulsó a acelerar más sus pies e ignorar las dolencias ante la expectativa de descansar por un rato en una mejor superficie que el suelo de rocoso y helado.

Pronto el ruido de rebaños de ovejas hizo eco. Un pastor reconoció las capas que los hermanos usaban y los saludó con una sonrisa amplia en el rostro. Hinata descubrió que el trío mató a un Lycan que perturbaba el pueblo desde la primavera pasada, sumiéndolos en un la incertidumbre de amanecer con vida en los días venideros. Fue de ese modo en el que Kankuro y compañía se enteraron que por esos lares abundaban Lycans.

El poblado llevaba el nombre de Robles Rojos debido a la abundancia de tan particular árbol y la tonalidad con la cual se teñían sus troncos. Eso explicaba el por qué, al entrar al pueblo, la mayoría de las viviendas tenían aquel color.

De inmediato los niños se agruparon para rodearles, preguntando de todo con tanta rapidez. Varios mostraron especial curiosidad por las armas que Kankuro y Gaara portaban, pero bastó que el llamado de sus madres los obligara a volver a continuar con sus tareas. El amable pastor que se dedicó a guiarlos el resto del camino los condujo hasta donde vivía el médico del pueblo.

—Deben estar hambrientos —dijo el amable hombre de mediana edad, echándoles un vistazo a los recién llegados—. Solo los Dios saben por cuánto tiempo estuvieron viajando.

—¿Por quién nos tomas, anciano? —Kankuro bufó, nada contento de que pusieran en duda su fuerza—. Somos Capas Negras.

No pasó mucho de haber dicho aquello cuando del estómago del cazador se escuchó un gruñido de hambre. Temari rio, divertida, de ver cómo el castaño desviaba la cabeza, avergonzado, especialmente cuando escuchó reír a rienda suelta al pastor.

—Mi esposa estará encantada de tenerlos en nuestro hogar y brindarles refugio por… —de reojo miró a los cazadores y a la joven que venía acompañándolos, quien no había dicho mucho en todo ese rato—. ¿Cuánto planean quedarse?

—Hasta que la curen —respondió Gaara con rapidez—. Una vez que ella esté bien, nos iremos.

—Entiendo —asentía el pastor a las palabras del pelirrojo—. Bien, entonces no retrasaré su llegada con el doctor Kabuto.

Cruzaron gran parte del pueblo, con la mirada de todos puestos en ellos. Algunos saludaban alegremente y otros se mantenían al margen. Ella podía sentir la mayoría de los ojos en su persona, quizá se estarían preguntando quién sería. Nadie de ahí la conocía, nadie en su villa acostumbraba viajar tanto, y en caso de hacerlo, no era ese poblado a quien solían viajar.

Llegaron hasta una particular cabaña donde algunos niños jugaban cerca. De la chimenea salía humo y un hombre de cabellera gris llevaba en sus brazos un par de leños, seguramente para seguir alimentando el fuego adentro.

—¡Doctor Kabuto!

El llamado por parte del pastor llamó la atención del hombro. Se giró y los vio. Era joven, aunque un par de años mayor que ella, quizá compartía la misma edad que Kankuro. A comparación de ellos quienes habían estado viajando él llevaba sus prendas impecables, con un abrigo ligero y un par de anteojos circulares. Levantó la mano a modo de saludo y con una sonrisa amable.

—Señor Ikki —devolvió el saludo, encaminándose un poco más de la cerca que protegía su propiedad—. Qué bueno verlo —luego poso los ojos hacia el trío de hermanos—. Veo que ha recibido a nuestros héroes —dijo con una sonrisa amable, pero al notar la figura más pequeña, abarrotada en aquel abrigo de oso, se mostró confundido—. Y una joven aventura —comentó.

—No se te quita lo coqueto, ¿eh, Kabuto? —Temari no perdió la oportunidad de bromear con el joven médico del pueblo quien rio de manera risueña—. ¿Todavía no consigues esposa?

—No es mi meta, por ahora —zanjó el tema rápidamente, poniendo especial atención—. Y creo que no es el tema del cual quieran discutir. ¿Quién necesita mi atención?

—Ella —señaló Kankuro a Hinata, quien se encogió de hombros al ser el centro de atención—. Su villa fue destruida y es la única sobreviviente. Un Lycan la hirió en la pierna, Temari trató su herida, pero necesita la atención de un experto. ¿Podrás hacer algo al respecto?

—Claro —asintió, seguro—. Por favor, adelante. Adentro podré revisarte —invitó a Hinata a entrar a su propiedad, ella vio de reojo a los demás, dudosa.

—¿Qué esperas? —apuró Kankuro.

—Kankuro, no seas bruto.

Hinata pensó que su comportamiento también era tonto. ¿A qué le temía? Estaban en un pueblo, a salvo. Los rostros de los pueblerinos felices se lo confirmaba.

—Disculpe —susurró al joven médico, caminando hacia donde él la invitaba—. Y gracias.

—Aun no me agradezcas, señorita. Todavía no hago mucho por ti.

—De acuerdo. Kabuto se encargará de ti, mientras tanto nosotros iremos a prepararnos para el camino a la Capital —explicó rápidamente el castaño, parecía ansioso.

—No busques pretextos para ir a beber a la posada, Kankuro.

—¡Oh, no seas aguafiestas, Temari! Me lo merezco —señaló su persona y el costal que llevó en todo el camino—. Un vaso de licor siempre eleva mi espíritu. ¿Verdad, Gaara? —se dirigió a su hermano menor.

—En cuanto termines con ella, doctor Kabuto, llévela a casa de Ikki. Nos hospedaremos ahí —ignorando lo que el mayor decía, Gaara enfocó su atención en el médico y la joven, éste primero asintiendo a las indicaciones del pelirrojo.

—Claro, sin problemas.

Una vez dejada las cosas en clara, Hinata vio a los cazadores retirarse en compañía del pastor cuyo nombre era Ikki y quien se ofreció a darles posada durante su estadía en el poblado. Era obvio que ninguno se quedaría con ella hasta que el médico terminara de evaluarla.

El doctor Kabuto la invitó a pasar a su hogar. El calor interno golpeó a sus mejillas heladas y fue un regalo, de inmediato la palidez se tornó en un tono rosado natural que había perdido desde hace un par de semanas. Había un delicioso aroma en el aire que removió a su estómago, avergonzándola por el ruido que salió de éste, escuchando al joven médico reír.

—Toma asiento —dijo él, poniendo una silla cercana a una pequeña mesa—. Debes estar hambrienta…

—No se preocupe —negó de inmediato.

—¿De verdad piensas que ignoraré que tienes hambre? Absolutamente no. ¿Qué clase de médico sería? —Kabuto se quitó el abrigo y caminó hacia la chimenea de donde se percibía el apetitoso aroma—. Quieras o no, te serviré un plato de mi guisado especial. Y luego te revisaré.

—I-Insisto que no debe tomarse tantas molestias —dijo Hinata—, ya es suficiente que me atienda.

—No es ninguna molestia —contradijo Kabuto, llevando en sus manos el cuenco con alimento humeante hasta donde se encontraba la mujer, poniéndolo en frente de ella—. Anda, come —la invitó, dejando también una cuchara de madera—. Estoy seguro que te gustará.

Sin tener otra alternativa y temerosa de poder ofender al médico si insistía en rechazar su bienintencionada hospitalidad, Hinata sorbió de la sopa. El sabor del caldo tiñó sus mejillas de rosa por lo delicioso que era, nada comparado con la carne seca que venía consumiendo en los últimos días.

Fue tanto su apetito que no tardó en repetir la misma acción varias veces hasta terminar el contenido, pintando una sonrisa en el rostro de Kabuto.

Después de aquel bochornoso momento y de haberse presentado con el nombre de Hinata, Kabuto fue a la otra habitación donde trajo su equipo médico para revisarla. Le dio vergüenza tener que bajarse la falda, pero en ningún momento el joven hombre mostró morbo ni miró de más, enfocándose totalmente en la herida.

—Es una herida profunda —fue la opinión de Kabuto, revisando el corte que abarcaba el ancho del muslo. Retiró con unas pinzas que Hinata veía por primera vez los remedios caseros hechos de hojas que Temari le había puesto, los cuales ella tuvo que cambiar cada tres noches. El sonido que dichas hojas hicieron al separarse de la carne aún abierta de su piel fue viscoso e Hinata hizo una mueca de dolor—. El remedio que Temari te puso logró detener la infección, pero la cicatrización no ha avanzado —luego le miró—. Tendré que limpiarla para asegurar que la gangrena se detenga —Kabuto la miró con ojos serios—. Luego tendré que acelerar la cicatrización con un cuchillo al rojo vivo —espero ver alguna reacción por parte de la joven, pero ésta ni siquiera se inmutó—. Dejará marca. ¿Estás bien con eso?

Hinata asintió, escuchando atenta las palabras del médico. A esas alturas que todo su cuerpo tuviera cicatrices no le importaba, esas no le dolerían por buen rato. En cambio, las que llevaba en su alma serían, estaría abiertas hasta el final de sus días.

—Haga lo que vea más conveniente, doctor.

Kabuto ajustó sus gafas, comprensivo. Ese mismo rostro, tan parco, lo había visto miles de veces cuando el pueblo sufrió los constantes ataques de los Lycans. Miles de familias destruidas por la desesperación y el miedo habían acudido a él para rogarle salvar a quien ya no tenía remedio; llegaban con cadáver destruido, o mujeres y hombres marchitos que no tenían vida en los ojos, que solamente eran un cascaron de lo que fueron al no soportar la pérdida del ser querido.

—De acuerdo —asintió, yendo a la chimenea a preparar el utensilio que usaba para este tipo de casos—. Dolerá, no te puedo asegurar lo contrario, así que resiste. ¿Entendido?

Cualquier dolor que aquel médico le prometía sentir no se comparaba con el que ya había sufrido. Asintió en silencio y dejó que él hiciera lo necesario.

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Se le dio privacidad para que ella se aseara dentro del hogar de Ikki y su esposa. Limpió la cicatriz que ahora la acompañaría, pasando las yemas de sus dedos sobre ésta. El agua caliente había sido un regalo divino para ella, bañando la suciedad de su piel. Dentro del redil las ovejas le veían con curiosidad, algo que la hizo desviar la mirada, centrando su atención de quitarse la mugre y lavar su cabello; durante todo el camino ansío un baño caliente y no iba a desaprovecharlo porque no sabía cuándo sería la próxima vez que podría repetir algo así.

Hacía un par de horas el doctor Kabuto le acompañó hasta el hogar de la pareja que les brindó hogar. Agradeció que éste hubiera guardado silencio y comportado al margen, aun no se sentía preparada para contestar a las preguntas que seguramente se le harían. Él le dio su más sentido pésame sin haber pronunciado palabra alguna sobre su familia, aceptándola en silencio.

La esposa del señor Ikki, Emma, la invitó a pasar a su cálido hogar, dándole un abrazo que a ella la tomó por sorpresa. Luego se retiró de ella para verle con una profunda mirada que por un momento pensó que se echaría a llorar; no conocía a esa mujer, pero el abrazo la puso en un estado vulnerable, dándose cuenta de lo mucho que había estado aguantándose a sí misma.

Como apestaba era natural que los dueños de la casa les pidieran darse un baño. Ya todos se lo habían dado, le dijo Emma, solo faltaba ella. No vio a ninguno de los hermanos, pero de inmediato Ikki le dijo que se hallaban reuniendo cosas para sus viajes, quejándose de que esos tres solo vivían para la caza, que de vez en cuando era necesario un descanso.

El ruido de las ovejas la hizo darse cuenta que se quedó mucho tiempo pensativa; ya sus yemas tenían la apariencia de pasas, eso indicaba que ya era momento de salir del baño.

Tomó la muda de ropa que la señora Emma gentilmente le prestó, ella no quiso que se tomara tal molestia, argumentando que podría volver a usar su ropa, más la mujer se negó y le regaló esas prendas que la protegerían mejor del frío. Viendo el gesto amable de la mayor Hinata fue incapaz de negarse.

Cuando entró a la cabaña que pertenecía a la pareja el aroma a hogar la inundó y por un momento la nostalgia quiso engullirla, pero soportó las ganas de llorar. Para su sorpresa, todos estaban reunidos en la mesa. Ikki lucía animado y servía licor a la jarra de Kankuro quien no parecía negarse, incluso se le veía más risueño, casi ebrio.

—Querida —la dulce voz de Emma la recibió, llevaba una cazuela humeante—, acércate, es hora de cenar. Debes tener mucha hambre. Vamos, siéntate con nosotros —ánimo a que la joven se acercara pues se le veía demasiado tímida—. El pan cuando se comparte tiene mejor sabor.

No objetó y se movió en silencio, sentándose al lado de Temari quien la miró sin decir nada. Gaara, al otro lado de la mesa, bebía con tranquilidad de su vaso, sin poner atención al escándalo que Ikki y Kankuro protagonizaban, con Emma sirviendo la cena, luciendo acostumbrada a ese ruido.

Comieron pan, queso fresco de cabra, leche dulce y estofado de conejo, un banquete sin dudas. La pareja tenía mucho que ofrecer e Hinata se sintió agradecida. Eran tan hospitalarios que por un momento se atrevió a sentirse cómoda.

—Lamentamos las molestias —después de la cena, Temari habló—. Hace poco nos recibieron, tener que hacerlo de nuevo debe ser un inconveniente.

—Para nada —negó Emma. Sus mejillas saludables y regordetas brillaron—. Ustedes nos salvaron de esas bestias, es lo menos que podemos ofrecerles. Son nuestros héroes.

—Tampoco es para tanto —rio Temari. Hinata se sorprendió de escucharla reír tan honestamente, hasta se atrevió a decir que la rubia lucía linda cuando lo hacía—. Es nuestro deber.

—Esos animales —Ikki hipó, la nariz coloreada por el consumo de vino—, sin duda son bestias infernales, salidas del mismísimo calabozo de Lucifer, castigando a los inocentes. Pero ustedes —golpeó el brazo de Kankuro quien terminaba de beber el poco vino que le quedaba— son enviados por los ángeles para protegernos. Se merecen todo esto y más.

A pesar de la notable embriaguez del hombre, las palabras fueron sinceras sin un atisbo de mentira. De verdad estaban agradecidos con los Capa Negra de haberlos salvado. Sin duda habían sido afortunados que los cazadores hubieran acudido a su auxilio a tiempo. Sin que pudiera evitar la visión de los destrozos en su villa se interpusieron y aquel ambiente en el cual ella empezaba a sentirse a gusto se evaporó para dejar una sensación helada.

—¿Estás bien, querida? —Emma pareció notar el cambio en la más joven de sus invitados, haciendo que todas las miradas cayeran en su figura.

—E-Estoy bien —sonrió un poco para no levantar sospechas—. Solo me sentí un poco mareada.

—¡Emma! —Ikki llamó a su esposa—. La niña se siente mal, debe ir a dormir y descansar.

—Claro, claro —asintió la mujer, yendo hacia la joven y ayudándole a levantarse de la silla—. Vamos, querida, te acompañaré a tu cama para que duermas.

Temari observó a Emma llevarse a la joven de ojos perlados. En tan poco tiempo la mujer se había encariñado con Hinata, suponía que se debía a la tragedia aunque no negaba que el aspecto frágil de la chica jugara a su favor. Ikki y Emma no pudieron tener hijos, todo el cariño que tenían de sobra se lo daban a los viajeros desamparados o a sus ovejas.

—Emma es una mujer llena de energía pese a su de su edad —comentó Temari, trayendo la atención de todos, pero en especial la de Ikki—. Pero un poco de ayuda no le vendría mal.

—¿Ayuda? —repitió confundido Ikki, no entendiendo las palabras de la rubia.

—Sí, un par de manos jóvenes serían útiles en casa —dijo con una sonrisa astuta—. ¿No le parece, Ikki?

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El canto del gallo la despertó. Era la primera vez, sin la necesidad de consumir aquella extraña medicina que Gaara le dio, que podía dormir bien. También la cama hecha de paja le ayudó a conciliar el sueño y no tener ninguna pesadilla. No sabía con exactitud qué horas era, pero podía adivinar que ya el Sol había tocado la punta de los horizontes.

Dispuesta a no dejar correr más tiempo, Hinata salió de la cama, poniéndose las botas que se había llevado desde su antiguo hogar. No se sentía bien descansando cuando Emma e Ikki estaban trabajando. El día de ayer fue demasiado pesado para ella, pero intentaría mejor y ayudar en todo lo que pudiera, por supuesto, antes de que partiera con lo Gaara y sus hermanos a la Capital.

Bajando las escaleras el aroma a pan recién horneado le llegó y su estómago hizo ruido. En la mesa ya estaba Emma poniendo todo lo necesario en el camino. Justo en esos momentos Ikki venía entrando por la puerta, trayendo un poco borrego que lloraba escandalosamente.

—Buenos días, querida —Emma la recibió cariñosamente, con un brillo en los ojos—. Lamento el ruido —fulminó a su marido quien solamente se rio, no sin antes quejarse del dolor de cabeza—. Este hombre ama tanto sus borregas que no se siente en paz si no come junto a ellas.

—Mujer, gracias a ellas tenemos lo que tenemos —respondió Ikki.

—Bah —replicó Emma—, estoy seguro que te habrías casado con una de no haberme conocido —pero cambió de mueca cuando la joven estuvo cerca de ellos—. Vamos, dulzura, toma asiento para que desayunes.

—Muchas gracias, señora Emma.

—No seas tan educada, puedes llamarme Emma a secas —invitó la mujer, sin dejar de sonreír—. Pero no te preocupes, tendremos mucho tiempo para que te acostumbres. Después de que comiences a sentirte bien, te diré cómo funcionan las cosas aquí. No te preocupes por la habitación, a partir de ahora puedes quedártela, hay mucho espacio en esta…

—¿Disculpe? —Hinata tuvo que interrumpir la palabrería de Emma quien no daba indicios de parar ni hablar más despacio—. ¿A qué se refiere con e-eso…? —preguntó.

—Oh —exclamó la mujer, parpadeando—. ¿No te dijeron nada? —ella negó sin saber de qué hablaba—. Creí que Temari te dijo todo. Ella nos aseguró que ya había hablado contigo del tema.

—¿Q-Qué tema?

—Que te quedarías en el pueblo —respondió Emma—. Con nosotros. Ella nos convenció de adoptarte y no vimos por qué no —la sonrisa cálida de la mujer en aquellos momentos no el transmitía el mismo sentimiento a Hinata debido a la nube de confusión que se colocaba encima de ella—. Siempre quisimos tener hijos pero Dios no nos pudo conceder ese deseo. Bueno, él sabrá por qué. Pero creo que al fin nos premió por la espera con tu llegada. Sabemos lo que le paso a tu familia y a tu villa. Pobrecita, debió ser mucho para ti, pero no te preocupes, Ikki y yo nos aseguraremos de que vivas bien a partir de ahora…

—¿A-A dónde se fue el resto? —preguntó casi temblando, buscando cualquier rastro de Gaara, Temari y Kankuro, pero en la mesa no había nadie salvo ellos tres. El corazón le comenzó a latir al plantearse la posibilidad, misma que Emma estaba confirmando, que los hermanos la hubiera abandonado ahí.

Tanto Ikki como Emma se miraron entre ellos, con una pizca de culpabilidad pintarse en sus rostros.

—Pequeña —empezó a hablar Ikki, dejando abajo el pequeño borrego—, debes estar confundida, pero es para bien. Pronto te acostumbrarás… Ellos salieron antes del amanecer —explicó—. Ya deben…

Hinata se levantó rápidamente de la silla, saliendo del hogar de la pareja. Escuchó detrás de sí los gritos del pastor diciéndole que no podría alcanzarlos, que ya se encontraban demasiado lejos, pero ella no puso atención. Necesitaba alcanzarlos. ¡Habían sido muy egoístas al haberla dejado sin decirle nada!

Pensó en Gaara y en el trato que acordaron. ¿Acaso su palabra no tenía honor? ¡Ese no había sido el plan! Era verdad que tuvo sus dudas, pero ésta nunca opacaría lo que de verdad sentía, sus verdaderos deseos. Debía matar a esa bestia, vengar las muertes de todos, no podía quedarse en un pueblo, disfrutando de una vida pacífica, no era justo ni para Neji ni para Hanabi. No podía aceptar otra oportunidad de continuar con su vida. Había jurado, en frente de las tumbas de ellos, que buscaría al lobo que los mató, que no descansaría hasta verlo muerto bajo sus pies.

Si se quedaba en ese pueblo, no podría nunca cumplir su juramento.

Llegó hasta la entrada del poblado, buscándolos, pero el sendero solo se extendía y no había nadie recorriéndolo. Ni siquiera sabía qué rumbo tomaron, desconocía todo. Se sintió perdida y traicionada. Anoche habían compartido el pan, pasado un agradable momento, ¿por qué habían hecho eso?

—Ese… —las lágrimas no las pudo detener—. Ese no era… No era… No era el trato —susurró, tratando de aguantar los sollozos, del dolor abrirle nuevamente el alma.

Sin poder soportar el peso que cargaba, Hinata cayó de rodillas, mirando hacia un horizonte inalcanzable. No podía regresar de dónde vino porque solo encontraría muerto y desolación, pero tampoco podía irse de ahí sin saber a dónde. ¿Qué iba a hacer?

Algo cálido cayó sobre sus hombros. Hinata apenas tuvo las fuerzas de mirar qué era, dándose cuenta que era un abrigo. Miró al responsable, topándose con unos dulces ojos negros detrás de un par de cristales.

—Te enfermeras si pasas más tiempo en la nieve. ¿Quieres pescar una pulmonía? —era Kabuto, el médico. Llevaba un pequeño maletín colgando de su costado.

—Ellos me dejaron —sinceramente no le importaba enfermarse, ni siquiera tenía frío—. ¿P-Por qué lo hicieron?

Kabuto miró hacia el frente, más allá de lo que el sendero ocultaba.

—Quizá pensaron que era lo mejor para ti —dijo.

Hinata apretó la nieve debajo de ella, mordiendo con fuerza el labio inferior al punto de saborear su propia sangre.

—Yo… Esto no es lo que acordé con Gaara —soltó, enojada pero también triste; triste de que vieran en ella una muchacha débil por la cual decidir sin escuchar sus deseos siquiera—. Habíamos acordado que… Que si quería convertirme en una cazadora como ellos… M-Me dejarían acompañarlos…

Kabuto suspiró y se sentó a su lado, sin importarle la fría nieva, acompañando a la joven cuyas lágrimas salían sin la intención de detenerse. Era médico y su especialidad eran las heridas superficiales, los malestares de una gripe o pulmonía, no los dolores del alma.

—¿Cazadora, eh? —repitió Kabuto—. Es una profesión demandante. Y peligrosa. Constantemente la Organización requiere de nuevos cazadores, especialmente antes del Año Lunar. Siempre reclutan a jóvenes de todos los rincones posibles de este país para llenar sus ejércitos y proteger a la gente de la peor cacería.

—Usted parece saber mucho… —musitó Hinata, abrazándose del abrigo.

Kabuto soltó una risa.

—Solía trabajar en la Capital —comentó. Pudo sentir que los orbes aperlados de Hinata se posaron en su figura, pero por el bien de ambos decidió ignorar aquella mirada resplandeciente—. Estudié en la Organización, pero deje mi puesto. Vivo en este lugar desde hace cinco años, ayudando a las personas de aquí y a cualquiera que lo necesite —miró con profundidad el rostro de Hinata—. Si te soy sincero, señorita Hinata, creo que ellos hicieron lo mejor para ti.

—Yo no puedo quedarme aquí —negó, secándose las lágrimas, sabiendo que si lloraba más no solucionaría nada—. N-Necesito ir a la Capital, convertirme en una cazadora y…

—¿Y cómo planeas hacerlo? ¿Siquiera sabes a dónde ir? ¿Hm?

Tales preguntas la hicieron desanimarse porque el doctor tenía razón. Ella no tenía ni la más mínima idea de a qué dirección ir. Dudaba de que alguien tuviera un mapa, y de obtenerlo, sería inútil porque no sabía leer mapas.

—No —respondió débilmente, deprimida—. No lo sé…

Después de un largo rato, Kabuto se quejó de que su trasero se estaba congelando. Al darse cuenta que sus pantalones se habían humedecido no pudo evitar reírse. Invitó a Hinata a levantarse de pie ofreciéndole la mano. Ella aceptó al saber que no podía quedarse más tiempo ahí, lamiéndose las heridas y gritándole a personas que ya no se encontraban cerca.

—Hagamos esto, ¿sí?

—¿Uh?

—Por un mes te quedarás a vivir aquí; vivir bajo el techo de la familia de Ikki, descubrir si el estilo de vida de la mayoría de los pueblerinos se adapta a ti, si poco a poco tus heridas sanan —alzó un dedo, llamando la atención de la joven—. En caso de que me digas "No, Kabuto, estoy cómoda viviendo aquí. Creo que podré comenzar de nuevo", todos te recibiremos con los brazos abiertos, pero de ser lo contrario, si tu respuesta es "Todavía quiero ser una cazadora", bueno, no me quedará otra opción que ayudarte.

Hinata no pudo decir nada por lo asombrada que estaba. ¿De verdad el doctor le estaba ofreciendo su ayuda? Era irreal y no había motivo para que lo hiciera. Apenas se conocían.

—¿Por qué…?

—Conozco el camino a la Capital, ya te dije: estudié allá. Y cada cierto tiempo tengo que viajar para surtirme. No podía hacerlo con tranquilidad por los Lycans que acechaban estas tierras, pero ya que los Capa Negra se encargaron del problema, no hay nada que me pueda detener ahora —explicó Kabuto—. Además en un mes la nieve bajara, lo cual hará más fácil a mi caballo y carreta desplazarse. Por supuesto, si aún quisieras ir…

—¡S-Se lo agradecería muchísimo!

—Tranquila, tranquila, aún no es seguro. Todavía debemos esperar un mes y ver si has cambiado de parecer…

—Con toda honestidad, doctor Kabuto —los ojos de Hinata dejaron de mostrarse húmedos; cualquier brillo de vulnerabilidad se había ido para dejar paso a la esperanza y determinación—, no pienso que cambie de opinión respecto a eso. Hice un juramento —asintió a sus palabras— y no pienso descansar hasta cumplirlo.