DESEO INCONTROLABLE

Por: Tatita Andrew

Capitulo #09

La luz del sol de la tarde le quemó los ojos secos a Rose.

—Señorita Andrew, ¡ya me voy! —La frase viajó escaleras arriba en una oleada amarga de jabón de lejía y cera de abeja para pulir los muebles.

La agencia de empleo había enviado un ama de llaves en lugar de un mayordomo. Rose y ella habían limpiado hasta que no quedaba nada más con que limpiar.

—Muy bien, señora Doroty —dijo Rose alisando la sábana por debajo del colchón. Los gorriones reñían al otro lado de la ventana de la habitación—. La veré mañana por la mañana.

Un murmullo tenue fue tragado por el sonido de la puerta que se cerraba.

El ama de llaves se había ido.

Rose se dejó caer sobre el borde de la cama.

Un crujido delator sonó por encima del chirrido de los resortes del colchón; era el sonido de un paso sobre los escalones.

Era muy pesado para ser de la señora Doroty.

El hecho de saber a quién pertenecían esos pasos hizo que el sonido resonara por todo su cuerpo.

Rose cerró los ojos contra la luz que empapelaba las paredes desnudas.

Otro crujido perforó la soledad, el escalón de arriba. Tacones de madera avanzaban irrevocablemente por el estrecho pasillo de madera.

Los pasos se detuvieron.

Un millón de imágenes danzaron en la mente de Rose.

Jack Clarring o George Jhonsons.

Ni su prometido ni el abogado eran los hombres que ella pensaba que eran.

La inocencia que ambos le habían robado era un dolor palpable.

Pero no podía hablar de su dolor. Entonces, el hombre que estaba en el umbral de la puerta de su habitación habló de su pasado.

—Derek Collins nunca ha perdido un juicio. —Era la voz de George.

A las imágenes de Jack y George Jhonsons en su mente, se unió la del abogado de cuarenta y siete años y compañero del club.

—Hace tres años, tampoco había perdido yo. Cuando me enfrenté a él en el estrado, quería aprender más sobre mi rival: comencé por su esposa.

Rose no tenía imagen alguna de Cynthia Collins.

—La había visto en algunos eventos sociales, pues nos movíamos en los mismo círculos: hombres que creaban las leyes y hombres que las ponían en práctica… pero sólo de pasada. Sabía que iría a una recepción, y decidí ir yo también. Ella llevaba un vestido de seda roja.

Al otro lado de los párpados cerrados de Rose, una mujer se materializaba detrás de los tres hombres: tenía puesto un vestido rojo, pero tenía el rostro de Rose.

—Al principio, ella no quería estar conmigo. Pero a mí no me importaba. —Ni arrepentimiento ni remordimiento coloreaban la voz implacable—. La vi, la quise, la cortejé y la gané. Al igual que Jack Clarring la cortejó a usted.

Pero Rose no estaba casada con Jack solo la cortejaba. Y él quería sus hijos, no su cuerpo.

—No fue tan difícil. —La verdad le aguijoneó la piel; era más dolorosa que las agujas—. Collins no la amaba. Su matrimonio había sido arreglado. Usted fue muy afortunada en ese aspecto. Imagínese teniéndose que casar con un hombre al que usted no ama, y tener que descansar sobre su cama, esperando que él le arranque la virginidad, lo que convierte la intimidad sexual en un asunto de consumación legal.

Pero Rose no podía imaginarse el matrimonio de otra mujer cuando su próximo matrimonio la consumía.

—Collins y ella llevaban doce años sin compartir el lecho. Al igual que usted, ella guardaba su vagina para un amante imaginario. Ella era nerviosa, igual que usted.

La vulnerabilidad punzante que sintiera la noche pasada con la ayuda del consolador, la asaltó de nuevo.

—Le enseñé a dar y tomar el placer que Collins le había negado. —Su voz estaba repleta de recuerdos—. Era mi esposa más de lo que jamás lo fue para Collins. Aunque le hubiera dado dos hijos; aunque la ley inglesa lo reconocía a él, y sólo a él, como su esposo por derecho. Pero Collins se casó con ella. Y Collins la enterró. Y, ahora, ella no está.

Rose miraba fijamente la titilante oscuridad.

—Usted me preguntó si Cynthia me amaba. —La frase apretó el pecho de Rose.

Y luego Rose había preguntado si ella había demostrado que la pasión de una mujer valía más que la reputación de un hombre.

Para que él le solicitara en el Parlamento una emancipación. Y liberarla de un matrimonio arreglado que no deseaba.

Un caso que él no tenía la intención de solicitar.

—Yo creo que sí. —El dolor de ella sangró por la voz de él—. Pero nunca sabré por qué. Nunca sabré si me amaba por el simple hecho de que disfrutaba en la cama conmigo.

Los párpados de Rose se abrieron repentinamente.

George Jhonsons llenaba la puerta, tenía la cabeza y los hombros enmarcados por la luz del sol y las partículas de polvo que la envolvían.

Él atrapó la mirada de Rose, tenía los ojos tan negros bajo la luz del día que dolía mirarlo. A propósito, él añadió:

—Así como usted nunca sabrá si Jack Clarring se quería casar con usted porque venía de una familia fértil.

Por un largo segundo, ella estuvo inmovilizada por el dolor que había dentro de los ojos de él.

Un dolor con el que Rose había vivido durante cuatro años.

Con miedo a preguntar. Pero con más miedo aún de saber.

El sonido de cuatro cascos penetró el silencio. El rechinar de las ruedas de un carruaje seguía al caballo solitario.

Amarrados.

El caballo al carruaje. El carruaje al caballo.

Ninguno de los dos iba a ser liberado antes de que concluyera el largo viaje a casa.

—Pero usted formuló la pregunta incorrecta, Rosemary Andrew.

—¿Qué…? No sé de qué habla…

—Anoche, en el coche —expuso él, una mirada púrpura enfrentándose a otra mirada azul—, usted me preguntó si yo había solicitado el divorcio para ella. Pero debió preguntarme qué habría hecho si, después de solicitarlo, Derek Collins se hubiera negado a darle el divorcio a Cynthia.

Rose no necesitaba preguntarlo: la respuesta era claramente visible a través de las mejillas tensas y la línea gruesa de la boca de él.

—Nada —contestó él, haciendo énfasis—. No hubiera hecho nada. La ley es bastante clara: una mujer podrá divorciarse de su esposo sí él es bígamo, sí comete incesto o si la abandona. Collins no era culpable de ninguno de estos delitos. Y tampoco lo es su prometido. Su padre jamás le dará la emancipación.

Hizo una pausa. Cuando Rose creía que él ya había terminado su discurso, continuó:

—Todos los días me pregunto si Cynthia seguiría viva si yo le hubiera pedido a Collins que aceptara el divorcio. Pero no se lo pregunté. Y Cynthia no podía haber ganado un pleito de divorcio… Y tampoco puede ganarlo usted. Si su prometido no quiere romper su compromiso, y si su padre no quiere darle la emancipación usted no puede obtener su libertad… — George Jhonsons estaba iluminado por la luz del sol. No había luz en el futuro que él trazaba—. Pero una separación no requiere la aprobación del Parlamento. Puedo solicitar la separación en el Tribunal Supremo.

Rose luchó para reconciliarse con el hombre miembro del Parlamento que había votado para negarle a una mujer el derecho a la emancipación, simplemente porque «no estaba contemplado por la ley».

—Usted no solicitó la separación para la señora Collins.

—No, no me ofrecí para solicitarla —respondió él, secamente, con las pupilas de un negro intenso.

Sin embargo, ahora se ofrecía a solicitarla para Rose.

—No podré casarme de nuevo. Jack tampoco. —La banda blanca de carne donde había estado el anillo de compromiso de Rose marcándole el dedo, palpitó—. ¿De qué me sirve una separación?

—Obtendrá el control legal sobre su persona.

—Para que Jack no me pueda encerrar en un asilo mental, quiere decir —dijo Rose—, al igual que su cliente pretendía encerrar a la señora Hart.

No había señal de arrepentimiento o disculpa en los ojos de George, ni para el hombre al que había representado ni para las vidas que había destruido.

—Tampoco —añadió él— podrá demandarla para obtener la restitución de sus derechos conyugales.

La verdad quemaba como ácido a lo largo de su vacía y deseosa vagina.

—Mi prometido no tiene interés en reclamar sus derechos conyugales. Si aún no nos hemos casado dijo avergonzada.

—Pero tiene el derecho legal de obligarla a vivir en su casa —contestó George Jhonsons. Ya que faltaban pocos días para su matrimonio legalmente.

Una casa vacía que jamás estaría llena de las risas de los hijos de Jack.

Rose tragó saliva, un trago amargo de realidad.

—Si Jack lo quisiera…, ¿podría usted repudiarme y enviarme a un manicomio?

—Sí.

—Porque la ciudad de Londres cree que soy una adúltera —dijo ella—. Y si él alega que soy adúltera, le concederían ese derecho en conjunto con mi padre.

—Sí.

—Pero yo no podría obtener mi libertad de él bajo el alegato de adulterio.

—No. —La respuesta bailoteó y brilló dentro de la luz del sol.

—Entonces, si Jack desiste del casamiento, viviré sola el resto de mi vida. —Rose agarró las sábanas bordadas dentro de sus puños y forzó que las palabras salieran—. A menos que tenga un amante.

No había señales de compasión dentro de la mirada de él. Sólo la cruda realidad de la ley parlamentaria.

—Sí—dijo él.

—Un esposo podría demandar al amante de su esposa por… —El cordial eufemismo con el que se denominaba al adulterio se escapó crudamente de su garganta—…relaciones delictivas.

No era una pregunta.

—Si estuviera legalmente separada y tuviera un amante… —preguntó Rose, muriendo un poco por dentro porque su necesidad de pasión la había llevado hasta este punto, hasta el punto de plantearse hacer algo que aún no había hecho, pero de lo que George Jhonsons la había acusado públicamente en el juicio, durante su declaración—, ¿Jack podría demandarlo?

—Sí—dijo él, asesinando la pequeña chispa de esperanza.

La soledad que sentía mientras el hombre frente a ella la observaba, la sobrecogió.

—¿Qué hombre me querría sabiendo el precio que podría pagar? —Su dedo se agitó, en señal de amenaza… o de advertencia.

—Yo te deseo.

La emoción hinchó los senos de Rose.

—¿Usted me desea, señor Jhonsons? —inquirió ella; sus ojos lanzaban chispas.

— George. Mi nombre es George —respondió George Jhonsons—. Y sí, sí te deseo.

—Porque me observó mientras tenía un orgasmo por primera vez —dijo Rose, deliberadamente vulgar e hiriente. Sin ningún recurso legal para liberarse de su dolor.

—Y usted observó cómo yo me masturbaba… —contraatacó él.

En su mente, vio la imagen de un hombre acariciándose el pene y una mujer devorándose la vagina.

—Necesitabas que yo te viera, Rose. —Su mirada no iba a permitir que la de ella se apartara de la desnudez que se habían revelado mutuamente—. Pero yo también necesito que me veas. Soy un hombre que te desea, pero también soy un miembro del Parlamento. Y sé que una emancipación es imposible. Incluso si tu prometido ya no quiere casarse contigo. Todos creen que eres una adultera. Te lo dije claramente.

Se lo había dicho a las afueras del juzgado.

Pero Rose no había querido creerle.

—El Parlamento no romperá el voto que usted no tiene el coraje de romper. —La frase se deslizó por entre la carne y perforó la esperanza—. Si quieres pasión, tendrás que pagar un precio por ella.

Rose quería protestar. No podía.

Ella quería que el Parlamento la liberara para no verse obligada a escoger entre la fidelidad y la pasión.

La imposibilidad de lo que quería brilló en los ojos de George. Él la comprendía porque sabía que también su carrera se vería afectada si seguía con Rose.

—¿Qué pasaría —preguntó Rose, con los dedos apretados— si lo llevaran a usted a juicio por relaciones delictivas?

—Perdería mi posición en el Parlamento.

—¿Por qué? —La pregunta salió disparada de su boca, la misma pregunta que él había hecho la noche anterior.

George no simuló no entenderla.

—No quiero que estés sola cuando tengas un orgasmo.

—Pero no me amas —dijo Rose, hablando como la mujer inocente que era, llena de sueños que no tenían bases ni en la ley ni en la realidad.

—Y tú no me amas a mí.

Durante unos momentos se distrajeron contemplando un gorrión que había entrado por una ventana. Siguieron su vuelo hasta que el ave, con un golpe sordo, se estrelló contra el cristal de otra ventana, confundiéndolo con el aire. Luego, siguió volando en busca de la libertad.

—Si pudieras retroceder el tiempo —preguntó Rose, de repente—, sabiendo todo el dolor que vendría… ¿volverías a seducir a la señora Collins?

—Si pudieras retroceder el tiempo —eludió George, secamente—, sabiendo que Jack Clarring contraería paperas… ¿te hubieras casado con él?

Los recuerdos revolotearon en la cabeza de ella.

La calidez de los besos de Jack. La delicadeza de sus abrazos.

La alegría de su sonrisa.

Rose había tenido dos meses perfectos, repletos de amor, antes de que las paperas le arrebataran a su prometido.

—Sí —dijo ella, finalmente—. Me casaría.

Rose no cambiaría ni un minuto del tiempo precioso que había compartido con Jack.

La respuesta de ella se reflejó en los ojos de George.

Tampoco él cambiaría el pasado, decía su mirada.

¿Pero estaba Rose dispuesta a pagar ese precio por la pasión?

Cuatro golpes distantes hicieron eco en la estéril habitación. El Big Ben anunciaba el inicio de la sesión en la Cámara de los Comunes.

George Jhonsons se dio la vuelta. George Jhonsons partió.

El sonido de sus pasos sobre la madera llenó la habitación vacía.

Era decisión de Rose, decían esos pasos. Era ella la que tenía que soportar las consecuencias de su decisión.

Rose y Jack.

Y George Jhonsons.

….

La torre del reloj destacaba contra el cielo ennegrecido, dos manos oscuras estaban listas para avanzar.

Un minuto. Una hora.

Rose contó silenciosamente los segundos que harían que el cobre se catapultara y el cobre del cañón se moviera: cincuenta y uno, cincuenta y dos, cincuenta y tres, cincuenta y cuatro…

El calor le penetró el codo. La presión envolvente de los dedos familiares le apretó el estómago.

Bajó la cabeza y se encontró con la mirada turbadora de George Jhonsons.

Él vivía con dolor. Vivía con culpa.

El precio de la pasión.

—Yo también te deseo, George Jhonsons —dijo Rose. El ala del sombrero le oscureció los ojos y la nariz a George. La luz de la lámpara le delineó los labios y la barbilla, el labio superior más lleno, la babilla atrapada entre la luz y la oscuridad—. Y pagaré el precio.

Campanas vibrantes perforaron el aire.

La primera campanada del Big Ben le atravesó el pecho a Rose. La segunda campanada le acarició la mejilla derecha. La tercera campanada acercó la cara de George, oscurecida por las sombras, y el cabello dorado y negro brillando. La cuarta campanada la envolvió en calor líquido.

Él la besó, sus labios eran como dos suaves pétalos.

El aliento se le atragantó en la garganta.

Había pasado tanto tiempo…

Rose miró fijamente en los ojos de él hasta que no pudo seguir mirando la oscuridad que veía en ellos, causada por las olas amargas de la sensación que la recorría con cada campanada del Big Ben.

El olor de un hombre. Las caricias de un hombre.

El sabor de un hombre.

La calidez de su mano y el calor de su beso se disiparon en la novena campanada.

—Intentaré no herirte. —La frase la obligó a abrir los ojos.

La campana inmóvil continuaba vibrando en la noche.

Rose levantó la mirada y miró a George Jhonsons.

—No soy Cynthia Collins.

Él no necesitaba cortejarla ni persuadirla para llevarla a la cama.

Por debajo del ala de sombrero, brillaba la oscuridad de su mirada.

—Yo no soy Jack Clarring.

Él no era un hombre dulce. A diferencia de su prometido.

La verdad obligó a hablar a Rose.

—Me alegro.

George Jhonsons cerró los ojos durante un largo segundo, como si esa sincera confesión le hubiera dolido.

Unos pasos que se acercaban le hicieron abrir los ojos. Los dedos que sujetaban firmemente el hombro de Rose pulsaban directamente en su vagina.

—¿Quieres algo de comer?

—Lo que quisiera, George… —hizo una pausa, no quería que él la malinterpretara— es que nos fuéramos a casa —dijo al fin. No conocía otra forma mejor de expresar que estaba dispuesta para iniciar sus relaciones íntimas con él.

Los pasos cambiaron de dirección, el sonido de los tacones se alejó. La risa masculina fue arrastrada por la corriente, perdiéndose en el tambaleo de las ruedas de los coches.

La oscuridad impenetrable de la mirada de George Jhonson perforó a Rose.

—Anoche… cuando llegué a mi casa… —un dedo largo y afilado le acarició la mejilla a Rose—…me masturbé.

Las imágenes que acompañaban sus palabras eran explícitas.

—Cuando alcanzaste el orgasmo —preguntó Rose, con los senos hinchados y el pecho dolorido—, ¿quién estaba contigo?

—Tú, Rosemary Andrew. —Su presencia no había sido del todo bienvenida—. Tú estabas conmigo.

Rose parpadeó para quitarse la humedad que estaba hirviendo en sus ojos.

—He comprado un paquete de preservativos.

El empleado de la farmacia se había sonrojado con la vergüenza de la que ella carecía.

Él dejó caer las manos.

—Tengo los míos.

—Lo que te dije iba en serio —dijo Rose, y no entendió por qué: no podía haber una relación larga entre ellos dos—. No quiero hijos de ningún hombre.

—Y lo que yo dije también iba en serio —respondió George Jhonsons, dándose la vuelta, con la mano firme en el hombro de Rose—. No quiero nada más que compartir el placer de tu cuerpo.

La palabra placer vibró entre las ruedas de un coche que se acercaba, con las lámparas relucientes reflejando la imagen borrosa de la luz.

Amarrado aún al pasado.

Un caballo oscuro, con el aliento evaporándose en la noche, corrió hacia ellos. Una sombra rebanó la oscuridad, una porción del paraguas y el bolso que se mecía. El caballo se detuvo en el bordillo, protestando con la cabeza, haciendo tintinear las riendas.

George Jhonsons aseguró el codo de Rose mientras ella subía el escalón de hierro. La siguió y entró en la cavidad negra del coche, su cadera rozando la de ella, y cerró la puerta. Quedaron encerrados en la oscuridad.

La pulsación dentro de su vagina viajó hasta su cadera.

El coche se deslizó hacia delante.

—¿Debes regresar al Parlamento esta noche?

—No —dijo él, rozándole los senos con la mirada.

La pulsación dentro de su cadera se esparció hasta sus senos.

—¿Todos los miembros del Parlamento salen para cenar?

—Sí. —La mirada de él tocó los labios de ella—. ¿Por qué?

La pulsación dentro de sus senos se esparció hasta sus labios.

—No he visto tantos hombres.

—No todos salen del edificio. Hay un comedor adentro. Hay un túnel que va hasta el club St. Stephen, para aquellos que desean cenar ahí. En cuanto a los otros miembros… —dijo, encogiéndose de hombros. El sonido crispante de las ruedas sobre el pavimento se convirtió en la fuerte vibración de las ruedas cruzando un puente de hierro— La verdad es que todos tenemos nuestras entradas privadas.

Una oscuridad no aliviada enmarcaba el rostro de George.

—¿Tú no usas la tuya? —preguntó Rose.

—No. Prefiero la entrada del vestíbulo de St. Stephen.

Rose nunca había entrado en el Palacio de Westminster. Pero no quería pensar en el lugar en el que unos cuantos hombres decidían la vida de las mujeres.

—Me masturbé un poco —dijo ella— antes de venir a buscarte.

—¿Con el consolador? —Su oscura mirada probó la de ella, la cadera rozando la cadera, mientras que debajo de ella, el banco de cuero firme le frotaba la vulva.

—Quería estar —explicó Rose, tragando saliva—…no quería que tú tuvieras que hacerlo.

Como lo había hecho con la mujer que amaba.

La fuerte vibración del hierro se convirtió en un sonido crispante de pavimento.

Las lámparas que pasaban prendían en llamas los vellos que enmarcaban el rostro inclinado de George Jhonsons y le iluminaban uno de los labios.

—¿Tuviste un orgasmo?

La rueda derecha cayó en una zanja.

—No —dijo Rose, aferrándose a la agarradera de cuero.

—¿Por qué no?

El clímax al que ella no había llegado se precipitó de repente en su vagina, ahora abierta y vulnerable.

—No quería estar sola.

Ella levantó la mano que tenía atrapada en el regazo.

El aliento de Rose quedó atrapado en su pecho.

—Cuando te masturbaste —dijo George Jhonson, quitándole el guante de cuero—, ¿te metiste los dedos hasta el final?

—Sí. —El aire frío le envolvía poco a poco todos los dedos.

—¿Te imaginaste que era mi pene el que te penetraba?

Poco a poco.

—Sí.

Él presionó su palma contra la de ella: instantáneamente, la pulsación en la cadera, los senos y la vagina se expandió hasta sus dedos.

—¿Fui suave?

—No. —El calor le lamió las mejillas.

—Anoche no fuiste delicada. —El aliento de él le roció la mejilla, más fría que el resto de su piel—. ¿Te hiciste daño?

—Un poco —admitió Rose. Los músculos de su abdomen se contrajeron recordando la invasión que la quemó—, al principio.

—Cuando te masturbaste esta tarde —unos dedos desnudos se deslizaron por entre los dedos desnudos de Rose—, ¿fuiste delicada?

La conexión íntima le devoró los senos hasta que Rose no tenia espacio dentro de su cuerpo para albergar oxígeno.

—Sí—dijo ella.

Todavía era delicada.

—¿Crees que yo te haría daño?

Rose cerró los ojos contra la lúgubre caricia de su mano. La oscuridad le presionaba los párpados.

—No lo sé.

No mentía.

Rose no sabía lo mucho que ese hombre podría herirla. No sabía hasta qué punto sus acciones de esa noche afectarían a los demás.

Sólo sabía que estaba dispuesta a pagar un precio por el placer. Al igual que George continuaba pagando.

—Te gusta el sexo, ¿verdad?

—Sí —contestó George Jhonsons con una sonrisa.

Rose intentó alejar sus pensamientos de los dedos que la ataban, de la cadera y los hombros que se clavaban en los de ella.

—¿Qué es lo que más te gusta?

—Acariciar. —Los dedos que abrazaban sus dedos, un pulso diferente en cada uno de los cinco nudillos, la estaban volviendo loca. George Jhonsons dejó caer la mano sobre los muslos de ella. El calor combinado penetró la lana de su vestido—. Tocar.

—¿Vas a pasar la noche conmigo? —preguntó Rose.

—Sí.

Las lágrimas que antes habían bañado los ojos de Rose, ahora le apretaron el pecho.

—Hoy he contratado a un ama de llaves —dijo, con la necesidad de compartir algo más que el dolor de la pasión.

—La he visto. Fue ella quien me abrió esta tarde —dijo George—. ¿Estará esta noche también?

El llanto del orgasmo reverberaba por encima del sonido de las ruedas.

Rose no podía imaginarse manteniendo relaciones íntimas con un hombre mientras otra persona estuviera en la misma casa.

—Ella tiene su propia familia que cuidar —explicó—. Viene a casa por la mañana y se marcha por la tarde. Todavía necesito cocinera y una criada, y ella se ha ofrecido a buscarlas. Me ha dicho que conoce a dos personas que serían perfectas para el puesto.

—¿Tiene buenas referencias?

Era tan ridículo discutir sobre la ayuda doméstica mientras que los dedos enlazados estaban derritiéndole la carne y los huesos…

—No están mal.

No eran perfectas. Pero Rose había olvidado el derecho a esperar la perfección.

—¿La cocinera y la criada vivirán en la casa?

El coche giró. Rose se aferró a la agarradera de cuero para no caer sobre él con el traqueteo. Cuando el coche se enderezó, la presión de los dedos de George seguía envolviéndola.

—No —dijo ella.

También tenían familias.

—¿Dejarás que solicite tu separación?

Rose se enderezó en un gesto de rechazo. Pero ya no podía negar la precariedad de la situación legal de las mujeres.

Frances Hart había ganado la liberación de su hijo, pero sólo porque el hombre que Rose tenía al lado había retenido pruebas.

—Sí—dijo, apretando la mano alrededor de la oscuridad que le envolvía los dedos.

Y luego preguntó, porque ya no podía evitarlo:

—¿Por qué no te ofreciste a solicitar la separación a la señora Collins?

El coche se detuvo abruptamente, las ruedas giraron hacia atrás… hacia delante.

—Alto, Bessy. —Era la voz del cochero. Ronca—. Alto ahí he dicho.

El calor que le había aplastado los dedos se evaporó de repente dejando sólo el aire frío de la noche. Cuero frío estaba ahora sobre su palma, era el guante que se había quitado antes.

Por un largo segundo, pensó que él no le contestaría.

Pero contestó:

—Por la misma razón que no le pedí a Derek Collins el divorcio —dijo.

George Jhonsons necesitaba que Rose lo viera. Rose lo viera como el hombre que no había sido antes, el que lucha por la mujer que quiere así tuviera que enfrentarse al mundo entero.

CONTINUARÁ….

LES TRAIGO OTRO NUEVO CAPITULO GRACIAS POR ESPERAR LAS ACTUALIZACIONES