El olor a humo característico de la Torre Quemada se mezcló con el de los inciensos que llevaba Morti en una bandeja. El líder de gimnasio de Ciudad Iris se abrió paso entre las dos filas formadas por el resto de sus compañeros a las puertas de la torre: Pegaso, Antón y Blanca a un lado; Aníbal, Yasmina y Débora al otro. Fredo no había podido acudir porque todavía estaba en el hospital, pero envió un seel en su representación que no se separaba de la líder de tipo dragón, quien le daba alguna caricia discreta cuando pensaba que nadie miraba.
Morti fue el primero de ellos en entrar en la torre. Eusine ya estaba dentro, admirando la instancia inferior, la cual seguía igual de vacía desde el día que Lira llegó a la ciudad. Cuando Morti se acercó al enorme agujero que había en el centro el resto de líderes entró, quedándose a unos metros respetuosos de su colega, pues era a él a quien le correspondía hacer la ceremonia. El líder de Ciudad Iris volvió a inspirar el olor de los inciensos y entonces dejó la bandeja en el suelo, la cual contenía un recipiente rojo, otro azul y otro amarillo. Fuego, agua y rayo. Entei, Suicune y Raikou. Tal y como marcaba la tradición.
Eusine retrocedió un poco cuando Morti empezó empezó colocar los inciensos: el rojo a la izquierda del agujero, el azul en el centro y el amarillo a la derecha. El humo del incienso que contenían empezó a subir lentamente, hasta perderse en la oscuridad de la noche. Cuando los tres fueron colocados Morti se arrodilló y se postró en el suelo juntando las manos y apoyando su frente en estas; a sus espaldas, el resto hincó una rodilla en las tablas de madera y agachó la cabeza en señal de respeto.
Era la forma en la que se les tenía que dar las gracias.
Para la ceremonia solo era necesaria una persona, el líder actual de Ciudad Iris, pero los otros líderes consideraron que también debían hacer acto de presencia porque gracias a la labor de los perros legendarios Johto no quedó tan dañada como podría haberlo quedado. Ellos velaron por sus habitantes y lo dieron todo para protegerlos, lo mínimo que podían hacer era acompañar a Morti en un ritual tan importante para mostrar su agradecimiento. Mientras él recitaba unas plegarias mentalmente, ellos les dedicaban sus propias oraciones en silencio, para no romper el ambiente místico que se había formado. Nadie se movió hasta que Morti se levantó, cogió la bandeja plateada que había dejado a los pies del agujero y se dirigió a la puerta.
Cuando salieron al abrigo de la fría noche, Shin los estaba esperando. El anciano los condujo al centro de la ciudad, donde se había reunido gente procedente de todos los lugares de la región para admirar el insólito espectáculo que estaba a punto de empezar. Las chicas kimono estaban ahí, preparándose para hacer su segundo baile fuera del Teatro de Danza. Cuando vieron llegar a los líderes asintieron a los técnicos y ellos apagaron los focos que iluminaban el improvisado escenario.
Ding
Cuando sonó la campana de medianoche, los focos volvieron a encenderse y las artistas empezaron un baile. Era uno que no habían mostrado hasta ese entonces, uno en el que el agitado movimiento de sus abanicos representaba el ardiente fuego, mientras que los suaves y acompasados movimientos de sus piernas, las pacíficas olas de un mar en calma.
Era la forma de darles las gracias a Lugia y Ho-Oh, guardianes de Johto, quienes se enfrentaron directamente a la amenaza que estuvo a punto de someter a la región.
El baile no se extendió mucho, y cuando acabó no hubo aplausos, ni silbidos, ni gritos de euforia. Al llegar a su fin la ciudad quedó sumida en el silencio de nuevo, para que cada habitante pudiera dedicar su propia oración a los legendarios. Ese silencio transmitía un mensaje mayor que cualquier palabra podía aspirar a alcanzar, demostraba que todos los habitantes se habían puesto de acuerdo para decir lo mismo. Aunque de puertas para dentro el discurso cambiaba, de puertas para fuera estaba claro cuál era el mensaje general: gracias. Gracias por cuidar de nosotros, gracias por cuidar nuestros hogares, gracias por colaborar junto a nosotros para mantener la paz y acudir en nuestro auxilio.
Gracias por ser los salvadores que permiten que sigamos con nuestras vidas como si nada hubiera pasado.
Hacía un rato que los rayos de Sol habían entrado en su cuarto cuando Carol sintió algo moverse encima de ella. A la joven le costó unos segundos, pero cuando pudo abrir los ojos se encontró con otro par azul que la miraba fijamente. Le dedicó una sonrisa a la niña que se había tumbado encima de ella y esta se la devolvió curvando sus labios pequeños y gruesos, parecidos a los de su hermana mayor.
—Buenos días, Vicky.
—¡Buenos días, hermanita!
Victoria, su hermana pequeña, tenía la costumbre de despertarla siempre. Los primeros días después de su llegada a Pueblo Azalea fueron curiosos, porque César no le había contado a Victoria que tenía una hermana mayor desaparecida y Carol no tenía ni idea de que durante el tiempo que había pasado fuera sus padres habían tenido otra hija. Ella había tratado a la pequeña con cariño y respeto desde el primer día, mientras que Victoria no dejaba de analizarla con curiosidad, contenta porque tenía una hermana mayor al igual que su mejor amiga, pero un poco confundida por lo repentino que había sido su encuentro. A veces Carol la veía espiándola como si fuera una extraña desde lo alto de las escaleras o escondida detrás del sofá y ella lo entendía perfectamente, porque por muy hermanas que fueran todavía no habían tenido tiempo de conocerse, y aunque los lazos de sangre las predisponían a llevarse bien sabía que haría falta que ambas pusieran de su parte para crear una buena relación.
—Ya es hora de desayunar. ¿Me das galletas? ¿Me das galletas? ¡Me apetecen galletas!
—Sí. Ahora te las doy, pero no hagas mucho ruido o el abuelo entrará en casa y nos descubrirá.
Victoria sonrió mientras se levantaba de la cama y salía del cuarto para bajar las escaleras. Se cubrió la boca con sus manos para ahogar su risa y se fue al salón para sentarse en su silla. Carol, por su parte, estiró un poco los brazos antes de levantarse, y cuando llegó a la planta baja fue a la cocina para preparar el desayuno de las dos.
—¿Quieres que te caliente un vaso de leche?
—¡Sí! ¡En la taza de slowpoke, por favor!
—Oído cocina- ¡Uy! Casi te piso, Sasha. Se ve que todavía estoy un poco dormida.
Carol se agachó para acariciar a Sasha, la slowpoke a la que hace un año le cortó la cola de una forma tan fatal que ya no le volvería a crecer nunca más, y a la que logró dejar en las puertas del Centro Pokémon antes de que fuera demasiado tarde para ella. Su abuelo la adoptó en cuanto la enfermera Joy logró salvarle la vida, sin saber que su nieta le había causado esa herida contra su voluntad. Sasha no parecía guardarle rencor por aquello, y cada vez que se la cruzaba por casa Carol se aseguraba de darle un montón de mimos para compensarle de alguna forma por lo sucedido. Cuando acabó de acariciarle el lomo se levantó, se lavó las manos y calentó dos vasos de leche mientras ponía en un plato las galletas que había horneado el día anterior. Le estaba pillando el gusto a eso de cocinar.
—¿Cuando acabemos me puedes hacer las dos coletas que me hiciste ayer? —preguntó Victoria mientras se separaba el pelo castaño en dos cuando Carol se sentó a su lado— A María le gustaron mucho y mi profe me dijo que iba muy guapa.
—Es que eres muy guapa. Si a María le gustaron dile que le puedo hacer unas cuando quiera.
—¡No! —exclamó alarmada mientras le agarraba la muñeca con fuerza— Que a ella le peine su hermano mayor. Tú eres la mía, que se fastidie.
Esos pequeños momentos de celos le hacían gracia y producían ternura a partes iguales. Carol acarició la mano que Victoria había dejado en su brazo y la pequeña siguió mojando las galletas con la que tenía libre. ¡No tenía pensado compartir su hermana mayor con nadie! ¡Después de estar tanto tiempo deseando una no la iba a prestar tan fácilmente, ni siquiera a su mejor amiga!
—¿Pero todavía estás desayunando? ¿No has visto qué hora es?
La voz de César las arrancó de ese pequeño momento mágico entre hermanas. El anciano entró en la casa tras cerrar la puerta con un leve portazo y quitarse los zapatos llenos de barro. Señaló un reloj digital en el que se leía con claridad 8:50, esperando que eso fuera suficiente para hacerle llegar el mensaje a su nieta pequeña, pero ella seguía igual de tranquila que antes de su llegada.
—No te hagas la remolona, la clase empezará en diez minutos mires o no el reloj. Termina el desayuno, lávate los dientes y ven, no quiero que vayamos corriendo como la semana pasada.
—Hoy llegaré un poco tarde —sentenció Victoria dándole un sorbo lento a su enorme vaso, haciendo gala de una parsimonia asombrosa para su edad—. Carol me tiene que peinar todavía.
—A Carol no le da tiempo, que tiene que ir al laboratorio del profesor Elm, y tú no puedes llegar tarde a la escuela. Que tienes mucho morro y mucho cuento, ya he visto cómo la has convencido para que te dé galletas para desayunar.
—¡Noooo! —exclamó Victoria mientras le hacía pucheros a Carol, porque sabía que con su abuelo no funcionaban. Carol sonrió y le acarició el cabello con afecto, por mucho que quisiera peinarla y darle todas las atenciones que reclamaba tendría que esperar un poco más.
—Lo siento, pero el abuelo tiene razón, ahora no nos da tiempo. Esta tarde iré a recogerte al cole y te hago las dos coletas en la entrada. ¿Te parece?
—¡Síiiii!
Victoria terminó de engullir el desayuno antes de que a César le diera tiempo a decirle que masticara más despacio y se levantó de su silla, no sin antes darle un beso en la mejilla a Carol. Solo había una cosa que le gustara más que su hermana la mimara y era que la mimara delante de sus compañeros para poder presumir de ella. La pequeña fue rauda al baño y Carol miró a César con una sonrisa. Su abuelo negó con la cabeza.
—Tú no eras tan trasto de pequeña.
Carol rio y se levantó para llevar los platos y los vasos a la cocina. Victoria entró para despedirse de ella por última vez y César alzó el brazo desde la entrada mientras le dedicaba una sonrisa. Cuando se fueron de casa esta se quedó sumida en un extraño silencio, uno que solo existía cuando la pequeña de la familia estaba fuera o durmiendo.
—Bueno. Parece que nos hemos quedado solas, Sasha.
La slowpoke bostezó y Carol se agachó para acariciarle la cabeza. Después subió las escaleras para ir a su cuarto y elegir la ropa que llevaría ese día: unos shorts vaqueros, una camiseta blanca de manga corta y una chaqueta rosa con capucha. Se llevó el conjunto junto a su Pokégear al baño y desbloqueó este para poner Butterfly de LOONA. Sonrió al ver la foto que había en la pantalla de bloqueo, un selfie que se había hecho con Mary en la quedada que habían tenido un par de días atrás, disfrutando de un permiso de libertad que le habían dado por buen comportamiento. Ambas estaban sorbiendo por una pajita su bebida favorita del Sawsbucks y Carol no pudo evitar reír al recordar el seco comentario que su amiga le dedicó a un chico que intentó ligar con ellas; el joven abandonó el establecimiento con el rabo entre las piernas y sin mirar atrás. Mary había mejorado mucho su carácter, pero seguía siendo Mary, y eso le reconfortaba.
Cuando el agua de la ducha empezó a calentarse Carol entró y se mojó todo el cuerpo, cabello incluido. Normalmente en tres minutos y menos ya estaba fuera, pero LOCO de ITZY empezó a sonar y, claro, era imposible no bailar semejante temazo, por lo que aquel día tardó un poco más. Cuando quedó satisfecha apagó la ducha, se secó con la toalla y se vistió. Le esperaba una buena mañana, no podía retrasarse mucho más.
No tardó en salir del baño y bajar las escaleras para irse de casa. Cogió su mochila marrón y la Poké Ball de Sasha, guardó a la pokémon en ella y se puso las deportivas antes de salir. Como su abuelo había dicho tenía que ir a ver al profesor Elm, pero había alguien más a quien quería hacerle una visita antes de ir a su laboratorio, así que sin más demora puso rumbo al Encinar. Por las mañanas solía haber incluso menos gente de lo habitual, eso le animaría a salir.
Carol sonrió al hombre que guardaba la entrada y él le devolvió el gesto. Una vez dentro del Encinar sacó a Zoah por si acaso se encontraba con algún pokémon hostil y la crobat alzó el vuelo para tener una mejor visión del lugar. Carol cerró los ojos para disfrutar más del olor a tierra y naturaleza que le rodeaba, lo que logró calmar sus sentidos mientras sus pies la llevaban al santuario que había en honor al guardián del Encinar. En cuanto sintió su presencia, Celebi salió de la pequeña cabaña y empezó a dar vueltas alrededor de la joven, lo que la obligó a abrir los ojos súbitamente y contener una carcajada. No quería despertar a los pokémon que seguían durmiendo.
¡Qué sorpresa! ¡Qué sorpresa! Pensé que vendrías mañana. exclamó alegre el pequeño. Carol acarició el colgante que llevaba alrededor del cuello y sonrió.
—Y mañana vendré también, pero me apetecía darte un poco de esto —dijo mientras abría una bolsa llena de galletas. Celebi tomó una raudo como un rayo y la olisqueó durante unos milisegundos antes de engullirla.
Baya Safre, toda una delicia. susurró mientras se metía la galleta entera en la boca. Carol se limitó a sacudir la cabeza, ya estaba acostumbrada a verle comer así. Celebi la disfrutó durante un buen rato, dejando que sus papilas gustativas captaran todos los matices de su sabor, y cuando acabó volvió a prestarle atención a su amiga ¿Tú qué tal? ¿Ya te sientes mejor?
La sonrisa y la mirada de Carol se apagaron un poco, tal y como el pokémon se temía. Intuía que parte de la razón por la que había ido a verle era para desahogarse, tal y como había hecho las otras veces.
—Si te soy sincera no lo sé. He estado viajando las últimas semanas con Silver, he podido tener una quedada normal con Mary, tengo un abuelo y una hermana pequeña que me quieren con locura y yo los quiero también. Tengo y hago lo que llevo una vida entera deseando y aun así… Pensé que me sentiría muy bien y feliz al recuperar mi libertad, pero la verdad es que me siento muy, muy rara. He pasado de que me digan hasta cuando tengo que respirar a poder hacer lo que quiera cuando quiera —susurró mientras se abrazaba a sí misma—. Siento una inquietud muy grande, incluso la sensación de que esto está mal y alguien en cualquier momento saldrá a decirme lo que tengo que hacer. Es, es…
Es un cambio muy grande en un pequeño espacio de tiempo. dijo Celebi mientras se acurrucaba en su pecho. Carol lo abrazó con fuerza y cerró los ojos, comenzaba a sentir una calidez reconfortante en su interior gracias al contacto con el pequeño. Ya verás como lo superarás, podrás vivir la vida que mereces sin sentirte mal por ello. Nos tienes a todos nosotros apoyándote, ¡vas a comerte el mundo y superar todo lo que se te ponga por delante!
—Gracias —susurró mientras le daba un último abrazo bien fuerte. Aunque había sido derrotado, parecía que la sombra del Team Rocket la perseguiría durante mucho tiempo, pero con la compañía de sus seres queridos sabía que acabaría escapando de sus garras como ya había hecho una vez. Celebi dio varias vueltas alrededor de ella y se apoyó en su hombro para juntar sus cabezas y seguir dándole apoyo emocional.
¿Y qué hay de tus padres? ¿Se sabe algo?
—Nada que no te haya contado —respondió Carol con un suspiro—. Aceptaron trabajar en una investigación importante poco después de que Victoria naciera y no han dado señales de vida desde entonces. El abuelo ha intentado ponerse en contacto con ellos un montón de veces con la ayuda de Antón, pero no hay forma, es como si hubieran desaparecido. Tragados por la tierra sin dejar el más mínimo rastro.
Eso sí que es raro… A lo mejor no superaron tu desaparición y su forma de lidiar con ello fue irse de aquí.
—Vale, pero ¿entonces por qué tuvieron a otra hija si la iban a abandonar? No sé, hay cosas que no me cuadran.
Tal vez si les llega la noticia de que el Team Rocket se ha disuelto definitivamente vuelvan. Carol ladeó la cabeza, considerando esa opción. Podía ser, pero como todo lo que habían hablado hasta ese entonces era solo eso, una posibilidad, algo que podía ocurrir o no. Viendo que aquello solo los llevaría a callejones sin salida Celebi decidió cambiar de tema. O tal vez les llegue el informe brillante que una tal Carol ha hecho bajo la supervisión del profesor Elm y quieran volver para conocerla.
Carol se sonrojó al oír aquello y Celebi sonrió. La joven empezó a juguetear con las tiras de su mochila y miró a otro lado, tratando de impedir que el rubor se extendiera por sus mejillas.
—V-vamos, no exageres. Tan solo he hecho uno y no es para tanto.
¿Seguro? ¿Ya has hablado con Elm sobre él?
Su silencio le dijo a Celebi que no. El pokémon se situó detrás de la joven y le dio un pequeño empujón en dirección a la salida del Encinar.
Ya sabía yo que querrías retrasarlo. Venga, tan mal no puede estar, te ayudó el nuevo amigo que has hecho. Ve corriendo y ya me dirás qué tal, no puedes tener al profesor esperando por siempre.
—Ya, ya lo sé, pero no me empujes por favor.
Celebi paró y Carol se dio la vuelta. Tenía razón, sería muy feo por su parte hacer esperar más al profesor Elm. Le dio un beso en la frente al pequeño y él volvió a girar a su alrededor antes de desaparecer misteriosamente. Eso era tan propio de él…
Carol salió del Encinar y le pidió a Zoah que le llevara a Pueblo Primavera. Su pokémon accedió y alzó el vuelo para acercarla al laboratorio mientras ella se mordía el interior de sus mejillas.
No sé qué hacer ahora.
¿Por qué no hablas con Eco? A él le gusta leer y es listo como tú, seguro que con él descubres algo que te gusta.
Todo empezó a partir de esa conversación que tuvo con Silver. Después de disfrutar unos días llenos de tranquilidad y libertad a Carol le vino esa sensación humana de querer hacer algo con su vida, pero no sabía muy bien el qué, por lo que Silver le recomendó que fuera a hablar con Eco. Después de varias quedadas con el oriundo de Pueblo Primavera, que se mostró muy amable y predispuesto a echarle una mano, terminó sintiendo cierto gusto por la variedad de investigaciones que se estaban llevando a cabo en el laboratorio del profesor Elm. Al ver cómo sus ojos brillaban cada vez que le hablaba sobre ellas, Eco le propuso trabajar con ellos, lo cual a Carol le pareció una idea disparatada al principio, pero conforme Eco se lo iba planteando más difícil se le hacía decir no. Bajo la tutela del profesor Elm tendría la oportunidad de iniciar los estudios de medicina Pokémon que siempre le habían llamado la atención, ¿qué tenía que perder? Así es como se terminó presentando un día ante él y el profesor quedó encantado, porque una de las cosas que más le gustaba en el mundo era que los jóvenes mostraran interés por la ciencia. Le dijo que podría incorporase en sus filas si antes mostraba sus capacidades redactando un informe sobre el tema que ella quisiera, así que eso hizo, sobre los slowpoke de su pueblo. Se lo entregó hace una semana y Elm le dijo que volviera dentro de unos días para comentarle sus impresiones, por eso estaba yendo a su pueblo.
—Con unos nervios que me muero.
Carol acarició el lomo de Zoah cuando esta empezó a descender para que el contacto con su pokémon la calmara un poco. Bajó de un salto a las puertas del laboratorio y ella creó una pequeña ráfaga con sus alas que le ayudó a relajarse. Carol se dio la vuelta, le dio un beso en la frente y dejó que se quedara fuera mientras ella hablaba con Elm.
—Buenos días, profesor.
El profesor se encontraba casi siempre en el mismo sitio, sentado al final del laboratorio tras su escritorio, rodeado de papeles y papeles que reclamaban su atención. Sin embargo, al oír la voz de Carol alzó la mirada de estos de inmediato, y una gran sonrisa se hizo hueco en su rostro.
—¡Buenos días, Carol! —exclamó al verla. Elm se puso de pie y se acercó a ella dando grandes zancadas, sin molestarse en esconder el entusiasmo que le producía tenerla ahí— Estaba deseando que llegaras. Tu informe sobre los slowpoke de Pueblo Azalea es maravilloso, hay muchas características de ellos que desconocía y creo que tu trabajo arroja luz sobre aspectos muy interesantes. Se nota que conoces muy bien a la especie y el lugar que habitan, leer esas páginas ha sido toda una delicia.
—M-muchas gracias —susurró con una tímida sonrisa. Los nervios se mezclaron con la alegría en su pecho y Carol trató de dejarlos de lado para darle una buena impresión a Elm, porque quería mostrarse lo más relajada y confiada posible. Se escondió un mechón de pelo detrás de una oreja y empezó a hablar con toda la naturalidad que logró fingir—. Me habría gustado centrarme en las heridas de su cola dado que muchos sufren las secuelas de lo que les hizo el Team Rocket, pero consideré que para empezar sería mejor hacer algo un poco más general.
—Y lo consideraste bien, además este informe puede servirte de punto de partida para hacer el siguiente.
—¿El siguiente?
—¡Por supuesto! —exclamó Elm mientras su sonrisa se ensanchaba— Casi podía sentir la pasión que sudabas mientras escribías el informe, para mí sería un honor que una joven tan prometedora quisiera formarse bajo mi tutela. Me dijiste que te interesa la medicina Pokémon, ¿cierto? Yo no estoy del todo versado en ella, pero si diriges tus investigaciones a este campo podría recomendarte a las mejores escuelas. Puedes considerar el tiempo que pases bajo mi supervisión como un entrenamiento que te permitirá formarte para pasar los exámenes de ingreso. Qué me dices, ¿te gustaría trabajar con nosotros?
—¡Por supuesto que le gustaría!
Carol gritó al sentir el brazo de alguien rodeando sus hombros. El súbito contacto la sobresaltó, pero se relajó al ver que se trataba de Eco, que le guiñó el ojo cuando cruzaron miradas.
—Chica, tu informe sobre los slowpoke es una pasada —dijo moviendo su informe en el aire con la otra mano—. Me lo he leído ya unas siete veces. Tú tienes madera para esto.
—Muchas gracias a los dos —dijo Carol mientras agachaba la cabeza para camuflar el rubor de sus mejillas. No estaba acostumbrada a ser el centro de atención ni a que la alabaran, menos a que lo hicieran dos personas a la vez, menos a que lo hicieran con tanto entusiasmo. Finalmente se animó a alzar la mirada y mirar a Eco—. Tus consejos de observación me sirvieron un montón.
—Sí, sí. Los consejos ayudan, pero de donde no hay no se saca —dijo mientras apartaba el brazo de sus hombros y ojeaba el documento que llevaba por título Slowpoke de Azalea: características y hábitos—. Menos mal que saliste del Team Rocket, porque nos estaban privando de una mente brillante.
—Estoy totalmente de acuerdo. Entonces qué dices, Carol, ¿te quedas con nosotros?
Esa vez Carol no escondió su entusiasmo. Asintió enérgicamente mientras la extensión de su sonrisa mostraba lo contenta que estaba, y si no llegó a hablar fue porque temía que se le escaparan las lágrimas.
—¡Genial! Pues lo dicho, partiendo del documento que ya has hecho puedes centrarte en las heridas de las colas de los slowpoke y ver por qué a algunos les vuelven a crecer y por qué a otros no. ¿Qué células deben dañarse para impedir la regeneración? ¿Y cuántas? ¿Se puede degenerar el tejido de forma interna? Dejo a tu criterio qué preguntas consideras que merecen una respuesta y cuáles no. Ya sabes que en el laboratorio tienes todos los instrumentos que necesites y si te surgen dudas aquí estoy para resolverlas. ¡Mucho ánimo y sigue así!
Cuando el profesor volvió a su escritorio Eco le agarró el brazo a Carol y se la llevó fuera del laboratorio. Ella se tapó la boca con una mano e intentó contenerse, pero no pudo y terminó por acabar llorando cuando salieron de ahí.
—Muchas gracias por darme esta oportunidad, de verdad. Prometo que la aprovecharé al máximo y no os decepcionaré.
—Ni lo menciones, mujer. ¡Gracias a ti por tu dedicación! —exclamó Eco con una radiante sonrisa. Carol se la devolvió y el investigador echó un vistazo a su Pokégear para ver la hora que era después de mirar el cielo con cierto fastidio— A ver si viene Lira y podemos prepararnos para irnos. Estoy impaciente.
—Cierto. ¿Tenía entrenamiento hoy con Débora?
—Sí, el último antes de enfrentarse al Alto Mando.
Un cosquilleo se extendió por la lengua de Eco al decir Alto Mando. No era él quien se enfrentaría a ellos, de hecho tendría que dar media vuelta al final del recorrido porque no podría atravesar la Calle Victoria al no tener las ocho medallas, pero poco le importaba. Su mejor amiga estaba punto de hacerle frente a los cinco entrenadores más fuertes de la región y eso era motivo más que suficiente para dejar que la emoción se apoderase de él. Carol sonrió al verle tan animado, contagiándose de su entusiasmo.
—No le queda nada para alcanzar la cima. ¡Espero que todo le salga a pedir de boca!
—¡Por supuesto que sí! ¡Es la mejor del mundo!
Los dos jóvenes se quedaron hablando durante un rato más sobre las aventuras que les esperaba al duo de Pueblo Primavera. El tiempo corría a su favor y ya era cuestión de horas que Lira llegara al destino que marcaría el final de su viaje.
—¡Lina, dale el golpe de gracia y acaba con ella! ¡Len, bloquea su paso al agua!
—¡Entendido! ¡Combinación de gemelas!
—¡Lira, no te quedes quieta!
—¡No! ¡Dratini, agilidad y furia dragón!
La dragonair de Len se escondió en el lago para evitar que la dratini de Lira pudiera esconderse en él. Al no poder huir, a la dragona le quedaban pocas opciones, por eso su entrenadora le había pedido que aumentara la velocidad, para intentar rodear a la otra dragonair y atacarla por la espalda. Gracias a eso pudo escapar de su carga dragón por los pelos, uno que la habría debilitado, y se situó detrás de ella para lanzarle un furia dragón que le empujó hacia adelante. Dragonair se incorporó enseguida e iluminó su cola para acabar con su adversaria.
—¡Suficiente!
Aunque no le dio tiempo a hacerlo, porque la voz firme de Débora puso fin al entrenamiento de aquel día. Como venía siendo habitual durante los últimos días —o semanas, Lira a veces perdía la noción de cuánto llevaba entrenando con la líder— Lira no se daba cuenta de lo cansada que estaba hasta que Débora les permitía descansar.
Tomó una gran bocanada de aire y dejó que sus piernas temblaran un poco antes de apoyarse en ellas. A pesar de que terminaba agotada y con ganas de tirarse al suelo para dormir y no despertar en meses, sabía que había tomado la decisión correcta al retrasar su enfrentamiento contra el Alto Mando para entrenar a Dratini con una domadragones del nivel de Débora. Después de lo sucedido en Ciudad Trigal, Lira fue a Ciudad Endrino para comprobar el estado de salud de Ryuu y pedirle permiso para entrenar en la Guarida Dragón. El anciano no solo aceptó su petición, sino que le dijo que podía ponerle un mentor si quería. Lira le agradeció la propuesta y accedió, llevándose una gran sorpresa al ver que quien la guiaría en sus inicios a la hora de tratar con los pokémon de tipo dragón sería Débora. Se apresuró en decirle que no hacía falta, pues debía estar muy ocupada con sus labores de líder y no quería que le impusiera otra carga, pero para otra sorpresa Ryuu le dijo que a ella no le importaba y, ciertamente, su actitud durante el entrenamiento demostraba que no le molestaba ayudarle a mejorar su vínculo con Dratini. Se notaba el amor y la pasión que sentía hacia ese tipo de lejos. No sabía qué le había llevado a aceptar la propuesta de su abuelo, pero Lira se sentía muy agradecida de que le hubiera prestado su inestimable ayuda.
—¿Pero esto qué es? Vengo a ver un espectáculo y lo único que veo son dragones jadeando antes de dar el golpe de gracia. Siempre lo cortas cuando se pone interesante, si lo llego a saber no vengo.
Débora se dio la vuelta para dedicarle una fría mirada a quien se había atrevido a criticar su orden, aunque no surtió ningún efecto en él, pues si a algo estaba acostumbrado Fredo era al frío. A su lado, Ryuu sonreía, satisfecho por el buen criterio que estaba teniendo su nieta a la hora de entrenar a Lira.
—Tú a lo que supuestamente vienes es a descansar mientras te recuperas de tus heridas, pero si estás tan bien como para tener ganas de criticarme puedo tirarte al agua para que te las apañes con los dragones por ti mismo.
—Vamos, vamos. No te enfades, mi querida Débora, sabes que ninguno de los dos pone en duda tu juicio. Están siendo unas sesiones de entrenamiento estupendas.
A Ryuu y Fredo les dieron el alta casi el mismo día, eso sí, con la condición de que hicieran mucho, mucho, mucho reposo. Ryuu había vuelto a la Guarida Dragón nada más salir del Centro Pokémon mientras que Fredo se había ido a su casa, aunque después de unos días llenos de aburrimiento consideró que lo mejor era compartir el tiempo de reposo con su viejo amigo con el que tanto había vivido, más cuando se encontraba en la misma situación de haber sobrevivido una experiencia cercana a la muerte. A Débora le alegraba que los dos ancianos pudieran recuperar cierto tiempo y disfrutar de su compañía otra vez, lo que no le alegraba tanto era que Fredo aprovechara para tirarle puyas. Encima con esa sonrisa, esa estúpida sonrisa, ¡lo que le estaba costando aguantarse las ganas de quitársela!
Por su parte, Lina y Len habían encontrado esas semanas de lo más productivas. Débora las había elegido para que les sirvieran de apoyo en el entrenamiento de Lira, y las chicas habían notado unas mejoras significativas en su rendimiento gracias a eso. Casi les apenaba que el entrenamiento llegara a su fin, pero entendían que Lira no podía quedarse ahí para siempre, menos cuando tenían la sospecha de que…
—Oye, Débora, ¿entonces es ella la que se va a enfrentar contra La-?
Veloces como un rayo, las manos de Débora cubrieron las bocas de las gemelas al mismo tiempo que se agachaba para mirarles a los ojos con una sonrisa descomunal y para nada cálida. Su rostro se deformó con esa mueca al mismo tiempo que la vena de la frente le empezó a latir; entre los comentarios de Fredo y que a las gemelas se les iba la lengua de vez en cuando sentía que estaba a punto de perder la cordura. Lira vio aquello desde la distancia y pensó, mientras daba un paso hacia atrás de forma inconsciente, que la líder daba más miedo poniendo esa expresión que estando enfadada.
—Cariños míos, ¿por qué no vais al Centro Pokémon para que las enfermeras curen a vuestros equipos? Se lo merecen después de lo que se han esforzado estos días.
Era curioso cómo un tono cargado de afecto podía resultar increíblemente aterrador. Lena y Lin asintieron al instante, entendiendo que esa invitación era un orden en toda regla, y se fueron cuando Débora apartó las manos de sus rostros. En cuanto desaparecieron la falsa sonrisa se esfumó de su rostro y se levantó sin apartar la vista de la entrada de la cueva, por si acaso tenían pensado volver para hacer una última trastada, pero cuando se aseguró de que eso no sucedería se dirigió a Lira.
—Bueno, como ya te dije la semana pasada con esto concluye definitivamente tu entrenamiento. Ya te he enseñado lo básico para tu viaje, a partir de ahora es cosa tuya ponerlo en práctica y seguir creciendo por tu cuenta.
—¿Estás segura? —cuestionó Lira bastante extrañada. Echó un vistazo discreto a Dratini, que estaba ocupada mirando su reflejo en el agua, y volvió a mirar a Débora. Esperaba salir de la cueva con una dragonair en su equipo—. Pero si todavía no ha evolucionado —susurró para que no la oyera su pokémon.
—¿Y? ¿Te crees que los dragones son como el tipo bicho? —preguntó Débora cruzándose de brazos— Les cuesta más evolucionar, pero merece la pena, y tu compañera tiene una buena base. Es obediente y le cuesta perder los estribos ante las adversidades, el abuelo se aseguró de darte una dócil y tranquila, eso sumado al entrenamiento de estas semanas hace que esté completamente lista para salir de aquí. ¿A que sí, abuelo?
—No puedo estar más de acuerdo contigo. Ten en cuenta, Lira, que no aprenderás de verdad hasta que pongas en práctica lo que has estado trabajando aquí, que Dratini no haya evolucionado no significa que no esté en condiciones de afrontar lo que os queda por delante. Además, Débora no le da su aprobación a cualquiera.
—Eso. ¿Tengo cara de decirle al primero que pasa que lo está haciendo lo suficientemente bien con su dragón como para permitirle campar a sus anchas por ahí con él? —preguntó mientras apoyaba sus manos en sus caderas y entrecerraba los ojos— ¿Estás insinuando que soy una blandengue que no sabe decir que no cuando alguien no está preparado?
—¡No! ¡Por supuesto que no! —exclamó Lira mientras hacía un saludo militar. Dratini la imitó poniéndose a su lado y llevándose el final de su cola a su frente— Muchas gracias, Débora. Me has ayudado un montón estos días.
Débora se relajó y sonrió. No fue una mueca grotesca, como la que le había dedicado a las niñas no hacía mucho, tampoco fue una sonrisa soberbia cargada de orgullo como las que acostumbraban a asomar en su rostro. Fue una sonrisa sencilla y honesta, una que decía que había sido un placer asistirla.
—Menos gracias y más patearle el trasero al Campeón —dijo mientras le daba una palmada en la espalda—. Si no puedes hacerlo en un combate siempre puedes hacerlo literalmente, ya sabes, para descargar tu frustración.
—Gracias por el consejo, pero creo que me limitaré a darle pelea en los combates únicamente —dijo con una sonrisa nerviosa. Débora se encogió de hombros.
—Está bien, ya lo haré yo por ti la próxima vez que lo vea —Al decir aquello los ojos de la líder se agrandaron, como si se hubiera dado cuenta de algo muy importante. Señaló a Lira con el índice y le dirigió una mirada inquisidora—. Hablando de ver, ¿qué haces aquí? ¡Ya no tienes ninguna razón para seguir en la guarida! ¡Desaparece de mi vista y vuelve solo cuando hayas derrotado al Alto Mando o empezaré a pensar que eres una cobarde que quiere retrasar el momento de la verdad! ¡Y yo no entreno a cobardes!
—¡Sí, señora! —Lira hizo una última reverencia y se dio la vuelta para ir directa a la salida, aunque antes de eso le dio tiempo a captar por el rabillo del ojo otra sonrisa de Débora— Gracias, maestro. Nos vemos, Fredo.
Los dos hombres asintieron y Lira salió corriendo de la cueva con Dratini siguiéndole de cerca. Al volver a la superficie estiró los brazos y dejó que la luz del Sol la bañara, lo cual terminó de despertar su emoción. Se iba, ¡se iba a retar al Alto Mando! ¡Ya no le quedaban medallas que conseguir ni organizaciones que derrotar ni entrenamientos que superar! ¡Lo único que tenía que hacer era despedirse de su madre! Porque, sí, Leire fue muy clara con eso de que si no se pasaba por casa antes de irse dormiría en un Centro Pokémon durante el resto de su vida. A las madres hay que hacerles caso, está muy feo dejarlas de lado.
—¡Togekiss, Pueblo Primavera!
Así que con un grito que pudo oírse por toda la ciudad, Lira se subió a los lomos de su pokémon junto a Dratini. La dragona emitió un sonido de felicidad y Lira la abrazó, estaba deseando mostrar su potencial en lo que quedaba de viaje. Ni el viento cortante que arañaba sus mejillas logró arrebatarle la emoción de volver a su pueblo natal para empezar el último capítulo de su aventura por Johto, por eso cuando empezó a ver Pueblo Primavera a lo lejos le pidió a Togekiss que fuera más rápido, aunque eso significara morirse de frío durante los últimos minutos del vuelo. Sin embargo, al aterrizar y sentir por fin la tierra bajo sus pies, sintió que mereció la pena pedir ese sprint final. Lira guardó a Togekiss, se peinó un poco para que no pareciera que tenía pelos de loca y empezó a andar hacia su casa, en el buzón de la cual se encontró una sorpresa muy agradable.
—Buenos días, señora Manecillas.
La señora Manecillas era una hoothoot, la hoothoot que capturó su madre en la primera expedición que hizo con el padre de Eco y el profesor Elm después de lo acontecido en Ciudad Trigal, para ser precisos. Ella estaba durmiendo fuera, cobijándose bajo la sombra que creaba el tejado de su casa, y Lira se rio por lo bajo al pasar por su lado mientras abría la puerta e iba a la cocina, donde estaba Leire preparándose el desayuno.
—Mamá, cualquier día viene la policía a denunciarte por el mote que le has puesto a la pobre hoothoot. Es horroroso.
—Es gracioso y le pega —contestó mientras le daba un sorbo a su café antes de acercarse a su hija—. Pero qué va a saber alguien que no le pone motes a sus pokémon.
Las dos se fundieron en un gran abrazo que las mantuvo unidas durante un buen rato. Leire acarició el cabello de su hija metiendo su mano debajo de su enorme sombrero, y aunque Lira estaba segura de que lo notaría un poco despeinado no hizo ningún comentario al respecto, porque su mente estaba pensando en otra cosa.
—Mi pequeña está a unos pasos de convertirse en Campeona de su región, quién me lo hubiera dicho —susurró con una mezcla de orgullo y pena antes de separarse y extrañarse por algo en lo que no había reparado antes. Leire acarició la capa que llevaba Lira colgando en sus hombros y alzó una ceja—. Sigues sin quitártela, ¿eh?
—¿No te gusta?
—No, no es eso. ¿No tienes miedo de que se te enrede en algún sitio y tengas un accidente?
—¿Crees que le voy a tener miedo a eso después de enfrentarme a una organización-?
—No lo digas, no lo digas —pidió Leire mientras se cubría los oídos. Lira sonrió mientras cogía un par de bayas que había en el frutero de la cocina y se las daba a Dratini. Después de que corrieran las noticias de que una entrenadora a lomos de Lugia había hecho frente al poderoso pokémon que había atacado la capital de Johto, Lira se vio en la obligación de contarle a su madre los encontronazos que había tenido con el Team Rocket a lo largo de su viaje, algo que no le gustó mucho saber—. Y yo tan contenta pensando que estabas viviendo una aventura normal.
—La normalidad no existe.
—La normalidad no existe… —Leire suspiró mientras bajaba los brazos. Le dedicó una sonrisa preocupada y se acercó a su hija para abrazarla por última vez— Prométeme que vas a tener más cuidado ahora.
—Te lo prometo. Palabra de entrenadora.
—A ver si esta vez es verdad —Lira se separó de su madre y le dio un beso antes de dirigirse a la puerta, ardiendo en deseos de volver a las andadas—. Te los vas a comer con patatas.
—Esa es la idea. Te llamaré en cuanto llegue allí.
—¡Envíame un mensaje nada más llegues a Kanto!
—Y una foto, si quieres.
—No estaría mal.
Lira cerró la puerta rápidamente en cuanto logró salir, no fuera a ser que su madre la siguiera reteniendo con recados interminables. Un suspiro de alivio salió de sus labios en cuanto comprobó que no saldría a por ella, pero por si acaso se alejó un poco en dirección a la Ruta 27. Eso le permitió ver que en la orilla del río estaban Eco y Carol hablando animadamente, y aunque le habría gustado acercarse con sigilo para darles un susto, su amigo la vio antes de que tuviera la oportunidad de hacerlo. El investigador salió corriendo a su encuentro y Lira solo se vio capaz de abrir los brazos para recibirle.
—¡Nos vamos, nos vamos!
—¡Nos vamos, nos vamos!
Lira y Eco se dieron un gran abrazo y empezaron a saltar, llenos de emoción y alegría. Cuando acabaron su pequeño ritual de bienvenida se acercaron a Carol y ella le sonrió enormemente a la entrenadora mientras se acercaba para darle otro abrazo.
—Felicidades, estás a nada de cumplir tu meta.
—Aaaah lo sé. ¡Tengo los pelos de punta! —exclamó Lira antes de separarse— Felicidades a ti también, ya me he enterado de que Elm te ha dado el visto bueno.
—Gracias —respondió con un leve rubor asomando en sus mejillas. Lira sacó a Feraligatr y el reptil se tiró al agua de cabeza, salpicando a su entrenadora en el proceso, lo que le arrancó una risa a Eco. Eso hizo reaccionar a Carol, a quien casi se le olvida la segunda razón por la cual fue a Pueblo Primavera— ¡Esperad! Quería daros algo antes de que os fuerais.
La joven abrió su mochila y sacó de esta un tupper lleno de galletas que le dio a Lira. Ella lo tomó al mismo tiempo que sus ojos y los de Eco empezaron a brillar y, como no podía ser de otra forma, tomaron una cada uno para darles un mordisco y probarlas.
—¡Están buenísimas! Con esto es imposible que pierda —dijo Lira antes de acabarse la suya de un bocado. Eco asintió mientras intentaba tomar otra disimuladamente, pero para su disgusto Lira cerró el tupper antes de que pudiera hacerlo—. Muchas gracias. ¡Nos vemos cuando vuelva!
—¡Mucho ánimo! ¡Estamos todos contigo!
Después de despedirse de Carol, los dos amigos se subieron en Feraligatr y dejaron que el reptil los llevara por el río de la Ruta 27. Algunos goldeen se acercaban para verlos, pero Dratini los ahuyentaba para impedir que hicieran daño a su entrenadora. Lira introdujo la mano en el agua y tembló al sentir que estaba fría, pero aun así la tuvo a remojo un buen rato porque le encantaba sentir cómo la corriente fluía entre sus dedos y acariciaba su piel. Era una de las cosas que más le ayudaban a relajarse y en ese momento lo necesitaba bastante. Eco lo notó, por eso se limitó a observar y sacarle fotos a los pokémon que veía pasar antes de que la dragona los ahuyentara, por lo que el trayecto que los llevó a la otra orilla transcurrió sin complicaciones ni sobresaltos considerables.
—¡HOLA!
Aunque al poner los pies en la región vecina el cuento cambió radicalmente.
Lo primero que les dio la bienvenida cuando pisaron tierra firme fue el alarido de un hombre robusto que surgió de la nada. Lira gritó y movió los brazos en el aire de forma exagerada, Eco dio un paso hacia atrás y se cubrió la cara, pero a pesar de sus reacciones ambos se recuperaron relativamente pronto del susto. No se pudo decir lo mismo de Dratini, que salió disparada para envolver al hombre con su cuerpo al detectarlo como una amenaza por la reacción que había causado en su entrenadora. Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo y que cundiera el pánico, la voz de Lira salió firme de su garganta.
—¡Dratini, para!
Espalda recta, brazo extendido, mirada al frente. Seguridad desbordando por todos sus poros, aunque todavía estaba procesando lo que su pokémon le estaba haciendo a ese hombre y le costaría unos pocos segundos ser consciente de la situación. Su cuerpo había reaccionado antes que su mente al ver que la dragona se había movido sin que ella se lo hubiera pedido, tal y como le había estado instruyendo Débora. Dratini le miró fijamente al oír la orden y Lira se esforzó en mantener la compostura, si mostraba el más mínimo indicio de inseguridad o miedo Dratini terminaría por confirmar que el hombre extraño era una amenaza y haría lo que creyera necesario. Al fin, tras un instante que se hizo eterno, Dratini liberó al hombre y se enroscó con cuidado en el cuerpo de Lira para apoyar su cabeza en su hombro. Lira no suspiró, fue relajando su cuerpo poco a poco y acarició la frente de su compañera para indicarle que lo había hecho bien al obedecerla.
—Oye, colega, es solo una sugerencia, pero tal vez no deberías ir asustando a entrenadores que tienen ocho medallas —dijo Eco mientras se encogía de hombros después de haberse tranquilizado—. Tienen pokémon muy fuertes que pueden llevarte directo a urgencias si se asustan.
—Sí, lo sé. No eres el primero que me lo dice, pero ¿dónde estaría la emoción de la vida sin estas pequeñas dosis de adrenalina?
Lira y Eco se miraron durante un momento, fue lo que les bastó para decirse con los ojos que ese tipo estaba loco. Luego volvieron a fijarse en él, pues si les había cortado el paso así esperaban que al menos tuviera algo importante que decirles, y el hombre se aclaró la garganta antes de hablar de nuevo.
—Ah, sí. Nada, ¡solo quería daros la bienvenida a Kanto! Fijaros en el mapa que lleváis en el Pokégear, ¿a que ya pone Kanto en vez de Johto? —Lira y Eco hicieron lo que les dijo y sonrieron al ver que era verdad. Habían llegado a la otra región con éxito—. Recordad que si queréis seguir escuchando la radio aquí tendréis que ir a Pueblo Lavanda para pedir una tarjeta expansión, algo que os recomiendo encarecidamente. No os gustaría perderos los últimos hitazos de los BTS solo por cambiar de región, ¿verdad? Enhorabuena por llegar hasta aquí y ¡mucho ánimo!
El hombre se hizo a un lado cuando terminó de hablar y los dejó pasar. Al estar más relajados, los jóvenes se dieron cuenta de que llevaba una camiseta blanca con letras extranjeras en negro, ponía algo parecido a 방탄소년단 y había un dibujo de un perro amarillo con orejas negras y cara blanca debajo de estas. Los amigos aligeraron el paso y se alejaron de él lo más rápido y discretamente posible.
—Y yo prometiéndole a mi madre que mi viaje sería normal a partir de ahora —susurró Lira mientras sacaba su Pokégear—. ¡Eco! ¡Hazme una foto que le dije a mi madre que le enviaría una cuando llegase a Kanto!
Tres fotos, un selfie y un mensaje enviado más tarde, Eco y Lira se adentraron en una cueva, pues era la única forma que tenían de seguir avanzando. A la entrenadora casi le dio algo al entrar, porque esa no era una cueva cualquiera. Ya había estado ahí antes, hace un par de semanas, acababa de volver sin saberlo a las cataratas Tohjo.
—Hala… —silbó Eco mientras veía la cantidad de agua que caía por las dos cataratas. El rumor del agua era lo único que se oía ahí dentro, lo que generaba la sensación de que estaban completamente solos— Es impresionante. Había oído que eran capaces de quitarte el aliento, pero es que me han quitado hasta las palabras.
—Mientras no te quiten la vida —dijo Lira mientras se subía en Feraligatr, que ya se había tirado al agua y estaba impaciente por acercarse a la enorme masa de agua. Eco bufó y rodó los ojos.
—Mira que eres bruta. Ahora prefiero que me lleve Fearow.
Dicho y hecho, Eco sacó al pokémon volador y dejó que lo llevara a la salida en un santiamén. Lira sonrió cuando Feraligatr se acercó a la primera catarata y empezó a ascender, el agua salpicaba en todas las direcciones y acabó con la cara empapada. Aunque lo disfrutó, sabía que lo más divertido estaba todavía por llegar: la bajada. Los nervios se juntaron en su estómago cuando el reptil se asomó al nacimiento de la segunda catarata y Lira alzó los brazos mientras un WIIIIII escapaba de su boca al mismo tiempo que Feraligatr se dejaba caer por el agua. Mejor que un parque de atracciones. El tipo agua empezó a nadar en dirección a la salida, pero antes de que pudiera empezar su entrenadora le dio una indicación distinta.
—Espera. Llévame a esas escaleras que están detrás de la catarata.
Eso hizo. Al llegar a la orilla que llevaba a las escaleras, Lira las subió corriendo para inspeccionar la pequeña cueva que sabía que había ahí. Sin embargo, tuvo que esperar unos segundos antes de asomarse, y cuando se mentalizó y echó un vistazo sintió que el corazón se le encogía un poco. Ahí estaban, el agujero por el que Giovanni había conseguido que cayera y la radio que por el efecto de la humedad ya estaba para el arrastre. Lira entró y observó la estancia con detenimiento, esperando ver algo que le pudiera dar más información sobre el antiguo líder del Team Rocket, pero ahí no había nada ni nadie más. Decepcionada y aliviada a partes iguales, salió corriendo para volver con Feraligatr y reunirse con Eco antes de que su amigo empezara a preocuparse.
—¿Qué has hecho? —le preguntó él cuando volvieron a salir al exterior.
—Nada, quería mirar una cosa. Por cierto, ¿sabes quiénes son los BTS? —preguntó Lira para desviar el tema. Eco se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—No me suenan de nada. Ya sabes que no estoy al día con las tendencias musicales.
Lira asintió antes de que Feraligatr se tirara al agua y ellos se subieran a su lomo para seguir por la ruta, pues tenían que seguir avanzando por un río. Pasaron cerca de puentes de madera en los que varios entrenadores disputaban combates encarnizados preparándose para hacer frente al reto de sus vidas, y fueron testigos de cómo los pokémon salvajes les complicaban las capturas a algunos adultos que pasaban por ahí. Eco y Lira se miraron emocionados, a medida que avanzaban la tensión se hacía más palpable en el ambiente y eso les llenaba de ganas de seguir hacia adelante.
—Oye, ¿no te parece que Kanto es distinta a Johto aunque el paisaje no ha cambiado mucho? —preguntó Eco cuando se bajaron de Feraligatr y Lira lo guardó en su Poké Ball. El tramo del río había llegado a su fin y ahora la Ruta 26 se extendía delante de ellos, llena de escaleras que conducían a un edificio que se encontraba en lo alto de esta.
—El verde de la hierba es diferente, las flores huelen distinto y la corriente va en otra dirección. Sí, te entiendo, hay algo mágico al cambiar de región que te hace ver las cosas de otra forma.
—A eso me refiero —dijo Eco admirando lo que les quedaba por delante, oliéndose la propuesta de su amiga. Giró la cabeza para mirarla a los ojos y ella le sonrió—. ¿Carrera a la cima?
—A la de tres.
—Uno.
—Dos.
Eco no dijo tres, los dos salieron disparados cual bengalas con Dratini siguiéndoles muy de cerca. El cansancio no tardó en hacer mella en el investigador, que vio impotente cómo su amiga saltaba los escalones como si nada y llegaba a lo alto mucho antes que él. Sabía de sobra que ella ganaría, no hacía falta ser un genio para darse cuenta, pero lo que él buscaba no era la victoria sino que liberara un poco de estrés antes de hacerle frente al resto del camino. Porque él sabía lo que le esperaba ahí arriba, de igual forma que sabía que había llegado el momento de despedirse. Lira le recibió con una sonrisa y un aplauso que él aceptó de muy buena gana, antes de acercarse a la puerta del edificio y leer el cartel que había sobre ella.
—Supongo que aquí nos despedimos.
—Tú ya lo sabías, ¿verdad?
La mirada de su amigo le respondió que sí. Lira se acercó a él y le dio un fuerte abrazo que fue correspondido al instante; solo aquellos que tenían las ocho medallas podían atravesar la Calle Victoria, por lo que Eco tendría que volver a Pueblo Primavera. Los dos amigos se quedaron así un buen rato, esperando a recuperar el aliento para poder despedirse con palabras, pero algo les hizo apartarse antes.
—¡Liiiraaa!
Un grito proveniente de las alturas hizo que Lira se separa de su amigo para ver quién la estaba llamando. Puso la mano en horizontal sobre sus ojos para que la luz del Sol no le molestara al alzar la vista e inspeccionar el cielo en busca de aquella voz. No tardó en ver de donde provenía, porque dos puntos se acercaban hacia ellos con asombrosa rapidez. Uno era marrón y tras unos segundos vio que se trataba de un pidgeot sobre el cual iba Pegaso; el otro era rojo y resultó ser el scizor de Antón sobre el cual iban él y Blanca, que era quien la había llamado.
—Uf, lo conseguimos —dijo Antón cuando aterrizaron a su lado. Lira y Eco los miraron sorprendidos, porque lo último que esperaban era encontrarse con los líderes ahí.
—¡Chicos! ¿Qué hacéis aquí? —preguntó Lira mientras su cerebro intentaba decidir si creerse la información que le transmitían sus ojos y oídos o no.
—¡Queríamos desearte suerte antes de tu enfrentamiento! —exclamó Blanca mientras le daba un gran abrazo. Lira sonrió y se lo devolvió, encantada de que su amiga hubiera ido a animarla en un momento tan importante para ella.
—¡Qué alegría! No me esperaba esto para nada.
—Claro. Era la idea, por eso a estas cosas se las llaman sorpresas —indicó Pegaso con una sonrisa mientras le daba un codazo a Blanca. La líder se separó al sentir la señal de su amigo y se llevó una mano al bolsillo.
—Cierto, cierto. No sea que nos vayamos sin darte lo más importante —dijo ella mientras sacaba un papel de sus shorts y se lo daba a Lira—. Como no podían venir todos te hemos firmado una tarjeta con mensajes personalizados. ¡Tienes nuestro apoyo!
En la portada de dicha tarjeta ponía Para: Lira con letras coloridas y dibujos y, abajo, un De: los líderes de gimnasio. Lira la abrió rápidamente y empezó a leer los mensajes que le habían dejado:
La gente dice que cuando se está en sitios elevados no hay que mirar abajo por si te mareas. ¡Yo paso de eso! ¡Echa la vista atrás y mira todo lo que has subido, lo que has logrado gracias a tu equipo pokémon! ¡Mira cuántos escalones has subido a lo largo del año y lo cerca que estás de alcanzar la cima! No te confíes, en las alturas hace más frío y el déficit de oxígeno puede pasarte malas jugadas, pero si logras mantener los pies en la tierra todo será un poco más fácil. ¡Seguro que acabas disputando combates de vértigo! ¡No te marees y dalo todo en la pista! P.
¿Te has fijado alguna vez en las telas de los spinarak? Son complicadas, intrincadas, difíciles de entender y perfectamente elaboradas para conseguir su propósito, como las estrategias del Alto Mando. No esperes menos de sus combates, te desafiarán y te llevarán al límite de tus capacidades, ¡no lo dudes ni un momento! Pero lo que tampoco debes poner en duda es tu capacidad para superar dichas telarañas. Ya lo hiciste una vez, en mi gimnasio, ¿te acuerdas? Por entonces estabas empezando tu aventura y no sabías ni un cuarto de todo lo que sabes ahora. ¡Es lo maravilloso del saber, que no ocupa lugar! Así que utiliza lo que has aprendido y ve a por todas. ¡Estamos contigo! A.
La belleza está en todas partes. Es algo que me repetía mi padre día sí y día también y lo he podido comprobar gracias a mis pokémon. ¡No solo porque son los más monos del mundo mundial, que también! Sino porque he podido vivir un montón de aventuras maravillosas gracias a ellos que me han permitido conocer en profundidad el mundo en el que vivimos. Hay belleza en la sonrisa de la victoria, en las lágrimas de la derrota y en el puñetazo de la frustración. Para mí no hay nada más bonito que un equipo comprometido con su entrenadora, que lo da todo por ella y viceversa, por eso no me tiembla la mano al afirmar que el tuyo es el más bello que he visto en mucho tiempo. Usa eso a tu favor para deslumbrar al Alto Mando, ¡seguro que los dejas sin palabras! Blanqui 3
Por mucho que nos empeñemos en buscar la luz, la oscuridad también tiene su encanto. Es gracias a ella que podemos reflexionar y hacer frente a nuestras sombras, aquellas que nos ayudan a progresar y evolucionar como personas. Ten en cuenta esto la próxima vez que te encuentres con un obstáculo difícil de superar y afróntalo como lo que es: una oportunidad para equivocarte y aprender. No sé qué te deparará el destino, no he querido preguntárselo a mi abuelo, pero estoy seguro de que saldrás ganando incluso aunque pierdas. No desesperes y sigue como lo has hecho hasta ahora. M.
¡Hola, pequeña diablilla! No se me dan muy bien las palabras, yo soy más de dar mamporros y meditar bajo cascadas, pero ya ves, ¡aquí estoy intentando darte ánimos! Si me pidieras un consejo te diría que visualices a tu equipo ganando y te creas que ya has conseguido el título de Campeona. ¿Qué? ¿Crees que eso no sirve de nada? Ay, pequeña, si conocieras la fuerza del inconsciente… Pero eso es algo que ya descubrirás por tu cuenta. Por el momento no tengas miedo de entregarte al máximo y hacerte unas cuantas heridas, ¡es la mejor forma de aprender! ¡Demuestra quién manda y destrózalos! Por cierto, mi mujer te envía recuerdos. Aníbal.
¿Sabes cuál es el material más duro del mundo? La respuesta que siempre se da a esta pregunta es el diamante, a veces el acero, e incluso la seda de spinarak. Para mí hay algo más fuerte que todos estos materiales y es la voluntad de un entrenador que está dispuesto a ir hasta el fin del mundo con y por su equipo. Tú tienes esa férrea voluntad, por eso no me cabe la menor duda de que sabrás encajar los golpes del Alto Mando. No será fácil, pero derrotar al Team Rocket tampoco lo fue, ¿cierto? ¡Muéstrales el poder que llevas dentro y no te conformes con la victoria! Y.
—Fredo y Débora no han querido firmar —señaló Antón antes de que Lira pudiera darse cuenta de eso— pero ya los conoces. Te desean suerte a su manera.
—No importa —contestó Lira mientras intentaba contener las lágrimas. Guardó la tarjeta con cuidado en su bolso y miró a los líderes con una gran sonrisa—. Es un detalle precioso. Muchas gracias.
—Te diría que nos dieras las gracias derrotando al Campeón pero ¡argh! ¡No sé quién quiero que gane esta vez! ¡Es como elegir entre mamá y papá! —exclamó Blanca, lo que hizo que los ojos de Lira se abrieran al instante.
—¡Cierto! ¡Vosotros conocéis al Campeón! ¿Cómo es? ¿Podéis darme algún consejo?
—Venga, Lira. Si has estado toda tu aventura sin saber quién es ¿qué gracia tendría que te diéramos una pista al final? —preguntó Pegaso mientras los otros dos líderes asentían y Lira tuvo que darle la razón, si había estado toda su vida sin saber quien era el entrenador más fuerte de su región no le mataría esperar un poco. Aunque la verdad es que sí lo hacía. Quiso presionar un poco más, pero antes de que tuviera la oportunidad el teléfono de Pegaso sonó. Él lo cogió y lo colgó al instante, lo que le extrañó a Lira, aunque empezó a entenderlo al ver la mirada que le estaba empezando a dedicar Blanca. Era una que conocía muy bien.
—¿Es Sachiko?
Porque era la misma que le dedicó cuando hablaron sobre Lance en Ciudad Trigal.
—No, no lo es —dijo verbalmente, aunque su lenguaje corporal le contradecía por completo. Ni su enorme flequillo fue capaz de ocultar el rubor que crecía conforme Blanca le presionaba, lo que resultó ser su perdición.
—Uy, has aprovechado que nos acercábamos a Kanto para quedar con ella. Qué pillo, déjame que le diga una cosa.
—No, te he dicho que no es ella. ¡Blanca!
Mientras uno trataba de huir con su móvil y la otra intentaba perseguirlo, Antón se acercó sutilmente a Eco, que se había mantenido al margen de la conversación para esperar a que los líderes se fueran y despedir a su amiga como se merecía. El especialista en tipo bicho le dedicó una amable sonrisa y se quedó a unos centímetros de él.
—Oye, tú no serás por un casual el ayudante de Elm, ¿verdad?
—¿Hmm? Quién, ¿yo? —preguntó señalándose a sí mismo. Antón asintió y Eco vaciló un poco— Eh. sí, sí lo soy.
Los ojos de Antón brillaron al oír su respuesta y Eco le miró confundido. ¿Por qué le estaba hablando, qué podía querer de él?
—Verás, Carol me ha estado hablando mucho y muy bien de ti. Dice que eres un investigador excepcional y resulta que hace tiempo que quiero llevar a cabo una macroinvestigación en el Encinar para la cual me hace falta un par de cocos pensantes. Como llevas tiempo bajo la tutela de Elm estoy seguro de que me podrás ser de mucha ayuda así que, qué me dices, ¿te gustaría unirte a mi proyecto?
—E-espera —tartamudeó Eco mientras daba un paso hacia atrás y movía las manos en el aire—. Yo no soy un entrenador, no creo que pueda-
—Si quisiera la ayuda de un entrenador se la pediría a Lira, pero lo que necesito es otro investigador tan apasionado como Carol y yo —insistió Antón mientras volvía a acercarse a Eco—. He oído maravillas de ti, si dices que sí podemos ponernos a ello esta misma tarde.
Esta misma tarde. Eco miró a Lira, porque él se había quedado sin aliento ni palabras, como en las cataratas Tohjo, y le sabía un poco mal abandonarla así de repente. Ella le sonrió, intuyendo lo que estaba pensando, y asintió. De todas formas no podía seguir acompañándola, ¿qué más daba si se iba ya con Antón? Eco asintió y miró al especialista en tipo bicho con los ojos llenos de determinación y alegría.
—Será todo un honor ayudar a un líder de gimnasio, más si eso ayuda al progreso de la ciencia.
—¡Genial! ¡Esa es la respuesta que estaba esperando!
Los dos jóvenes chocaron los cinco y Lira no escondió su sonrisa al ver aquello. Le divertía no saber quién de los dos estaba más emocionado por haber conseguido la aprobación del otro. Por suerte lograron llegar a un acuerdo antes de que Pegaso volviera a reunirse con ellos después de que Blanca le prometiera que no le intentaría quitar el móvil para ver su registro de llamadas.
—Venga, vámonos ya —pidió apurado, porque no se fiaba ni un pelo de la palabra de su amiga. Antón se acercó a Scizor y le dedicó una sonrisa brillante al especialista en tipo volador.
—Vale, pero yo me llevo a Eco, así que ahora tienes que llevarte a Blanca de vuelta.
La mirada de Pegaso dijo más de lo que podría haber expresado con las palabras. Sus hombros y su mirada se hundieron, la flecha de la traición hirió su corazón de gravedad, y Blanca no disimuló su sonrisa mientras se sentaba detrás de él.
—Venga, que si salimos ahora te da tiempo a volver antes del mediodía.
—Hazme un favor y mantén el pico cerrado durante todo el trayecto.
Con los tres líderes subidos en sus respectivos pokémon, solo faltaba que Eco se despidiera de Lira para que se fueran de ahí. El investigador le dio un último abrazo y procuró apretujarla con todas sus fuerzas antes de soltarla, con la intención de pasarle toda la buena energía posible.
—Tú sabes mejor que yo cómo afrontar esto así que no tengo mucho que decirte, solo que estoy muy orgulloso de lo que has conseguido y lo seguiré estando ganes o pierdas, aunque sepa de sobra que vas a ganar. Ve a por todas, da todo lo que tienes y recuerda, cabeza fría.
—Sí, cabeza fría —repitió Lira mientras se separaban. Eco le dedicó una última sonrisa y le revolvió el cabello antes de subirse en Scizor, momento en el que los dos pokémon alzaron el vuelo y comenzaron a alejarse. Lira les dijo adiós con la mano y los cuatro jóvenes hicieron lo mismo desde las alturas, hasta que se perdieron entre las nubes y ya no los vio más. Fue entonces cuando se dio la vuelta y se encaró al edificio que tenía delante.
No se había dado cuenta hasta que se había quedado sola, pero estaba muy nerviosa.
La ausencia de la compañía de Eco permitió que los nervios afloraran y reclamaran ese territorio como suyo, aunque Lira no se dejó vencer. Agarró con fuerza su bolso y entró en la recepción con la cabeza alta, preparada para hacer frente a lo que había ahí, que no era mucho. Un par de guardas cuyos ojos desprendieron chispas al verla entrar, fue lo que necesitó para entender que por ahí no pasaba mucha gente y estaban deseando que apareciera alguien para entretenerse un poco.
—Venga por aquí, por favor.
El que estaba más cerca de ella y se encontraba detrás de un mostrador le indicó que se acercara y Lira le hizo caso. Se trataba de un hombre mayor, muy mayor, no le quedaría mucho para jubilarse. Le pidió que le enseñara las ocho medallas y ella le dio el estuche con cuidado, el cual revisó con suma atención, como si fuera un banquero contando el dinero que quedaba en la caja fuerte. Mientras comprobaba que todo estaba en orden Lira reparó en la placa donde llevaba su nombre, en la que ponía Stevenson. El hombre alzó la mirada con una amplia sonrisa tras unos segundos y le devolvió el estuche cerrado.
—Todo en orden, puede pasar.
—Gracias.
Lira cogió el estuche y volvió a guardarlo a buen recaudo, después de lo que le había costado conseguirlas no le gustaría perderlas por nada del mundo. Miró a Dratini, quien estaba ansiosa por avanzar, y Lira siguió adelante junto a ella con una sonrisa. Sin embargo, antes de llegar al final del pasillo, pasó por el lado de una joven de pelo morado que llevaba una ropa bastante extraña. Parecía disfrazada de ninja, con ese traje negro y una bufanda fucsia que le cubría la mitad de la cara. Ella se dio la vuelta y miró a Lira durante unos segundos, aunque no pareció prestarle mucha atención porque estaba hablando por teléfono con alguien mientras jugueteaba con una bolsa en la que llevaba su almuerzo. Lira no reparó mucho más en ella y continuó caminando hasta que al fin entró en la Calle Victoria. ¡Estaba deseando ver qué se encontraba ahí!
…
…
…
Aunque, teniendo en cuenta que esta estaba sumida en una gran oscuridad, tal vez ver no era el verbo más adecuado para esa situación.
—No fastidies. Menos mal que llevo a Ampharos —susurró mientras la sacaba de su Poké Ball. Enseguida, la tipo eléctrico hizo uso de su cola para iluminar unos pocos metros a la redonda, lo que le permitió a Lira ver que de momento se trataba de una cueva normal, con su pared de roca y suelo de tierra. Eso ya estaba mucho mejor—. Gracias, preciosa. ¡Sigamos!
Sus dos pokémon se juntaron a ella mientras avanzaban por los caminos laberínticos. Las dos miraban frenéticamente de un lado a otro con el cuerpo tenso y Lira entendió, mientras los nervios volvían a intentar dominarla, que había una buena razón para no dejar pasar a los entrenadores que no tuvieran ocho medallas. Su equipo no había tardado en notar que aquel se trataba de un lugar peligroso, lleno de pokémon de gran nivel, por eso no se atrevían a separarse de ella ni un milímetro. Algo que les agradecía, más cuando una roca salió de la nada y estuvo a punto de llevársela por delante si no hubiera sido por los rápidos reflejos de Dratini.
—¡Gra!
—¡Dra!
La dragona se lanzó para combatir aquella extraña amenaza en la oscuridad, ya que quiso llevarse al graveler salvaje lo más lejos posible de Lira, y Ampharos no pudo acercarse a ayudarla porque no quería abandonar a su entrenadora. Durante unos segundos lo único que oyeron las dos fueron los gritos de los dos pokémon, luego hubo un destello de luz azul, luego un grito extraño y silencio. Lira miró a Ampharos, quien entendió su súplica al instante y accedió no muy convencida a acercarla al lugar del combate. Las dos caminaron hasta que se toparon con la piel de Dratini, que dejaba atrás de vez en cuando por su habilidad mudar. Lira intentó no alarmarse mientras se agachaba para inspeccionar la piel, la cual no tenía ningún rastro de sangre.
—¡Aaaair!
Ampharos dirigió la luz hacia arriba, que es de donde provino el grito extraño del final del combate, y alumbró a una enorme dragona de cuatro metros de longitud que estaba volando encima de ellas gracias a la extensión de las alas blancas que tenía a la altura de las orejas. De su frente salía un pequeño cuerno y, además, llevaba una esfera en el cuello y otras dos en la cola. Decir que era la viva imagen de la elegancia es quedarse corto. Lira sacó su Pokédex rápidamente cuando salió de su asombro y la enfocó a ella.
Dragonair.
Descripción: la evolución de dratini. Sus cristalinos orbes parecen darle al Pokémon el poder de controlar el clima libremente.
—¡Mírate! ¡Ya has evolucionado! ¡Estás preciosa y radiante de energía!
Dragonair aterrizó y envolvió a su entrenadora con su cuerpo después de que guardara la Pokédex. Ampharos bajó su cola, aliviada, y la dirigió a su izquierda para buscar al graveler salvaje, al cual vio debilitado a escasos metros de ellas. Dejó de hacerle caso en cuanto su entrenadora reanudó la marcha, porque había otros pokémon en activo que merecían toda su atención.
—¿Lira?
Y seres que no eran pokémon también, como el humano que llamó a su entrenadora. Ampharos dirigió la luz al chico que habló, el cual se cubrió los ojos para no quedarse ciego, aunque pasados unos segundos se acostumbró y bajó los brazos. Una pequeña sonrisa se formó en su rostro al comprobar que era ella, al mismo tiempo que sus hombros se relajaban y su expresión se suavizaba.
—Anda, mira. Sí eres tú.
—¡Silver!
Al reconocer a su amigo, Lira fue corriendo a su encuentro con los brazos extendidos, ¡hacía tanto que no se veían que se moría por abrazarlo! Sin embargo, antes de acercarse demasiado, se lo pensó dos veces y encogió los brazos, limitándose a plantarse delante de él con una sonrisa. No tenía muy claro que le gustara el contacto físico y no quería molestarlo.
—¿Qué tal? ¿Cómo has estado? Hace mucho que no nos vemos, desde Ciudad Trigal.
—Sí, he estado un poco ocupado haciendo turismo por la región con Carol y entrenando —dijo sacudiendo su cabeza hacia la derecha para señalar a Meganium, que emitió un sonido alegre al ver a Lira. Magneton, que levitaba encima de ellos, era el encargado de alumbrarles la cueva—. Los pokémon que hay aquí son muy, muy fuertes. No me extraña que no me haya encontrado con ningún entrenador hasta ahora.
—Ya lo creo que lo son. ¡Casi me arrolla un graveler!
—A mí uno me ha lanzado una roca a la cabeza que si no la llega a pulverizar Meganium me habría mandado directo al hospital —dijo mientras empezó a caminar. Lira se puso a su lado y le siguió—. Si estás aquí intuyo que vas a retar al Alto Mando.
—Sí. ¿Tú también?
—No, todavía no he conseguido la octava medalla.
Lira se detuvo al oír aquello, pero Silver no, así que solo pudo detenerse durante unos segundos antes de echar a correr porque empezaba a perderlo de vista.
—Espera, espera, espera. ¿No tienes la octava medalla? ¿Y cómo has conseguido pasar la seguridad?
—No es muy difícil cuando los guardias tienen un pie en la tumba.
—Mira que eres bruto —dijo negando con la cabeza, dándose cuenta al instante de que había sonado justo como Eco. No sabía si aquello le parecía divertido o preocupante, así que decidió seguir hablando—. Pero si no tienes las ocho medallas no podrás enfrentarte al Alto Mando, imagino que allí tendrán mejor seguridad que aquí, pero eso tú ya lo sabes. ¿Por qué has venido si no vas a poder retarlos?
Esa vez fue Silver quien se detuvo y Lira se mordió el labio inferior al ver su reacción. ¿Había dicho algo que no debía? El entrenador se quedó en silencio durante unos segundos y Lira vio en su mirada que estaba debatiendo algo en su mente, por lo que se apresuró a retirar su pregunta.
—Si no me lo quieres contar-
—No, no. Está bien —dijo mientras retomaba la marcha. Parecía que había tomado una decisión y esa decisión era contarle lo que pensaba—. ¿Sabes cuál era mi razón para convertirme en el entrenador más fuerte del mundo?
—Llamar la atención de algún legendario, o eso me dijiste.
—Exacto. Quería llamar la atención de un legendario, pero no para presumir ni esas chorradas, lo quería para que me prestara su ayuda y salvar a Carol —Los ojos de Lira se abrieron al escuchar su respuesta. Ya intuía por dónde estaba yendo—. Así que ahora que Carol está sana y salva con nosotros, ¿qué motivo tengo para seguir fortaleciendóme? ¿Por qué quiero ser fuerte? ¿Qué es ser fuerte? —Silver miró a su Meganium, que iba delante junto a Magneton velando por su seguridad, y luego miró a Lira— Quiero encontrar la respuesta a esas preguntas y creo que la mejor forma de hacerlo es seguir combatiendo con mi equipo, pero a mi rollo. No me apetece mucho enfrentarme a Débora y tampoco me llama la atención alzarme con el título de Campeón, no de momento al menos, tengo que aclarar algunas cosas antes. ¿Y qué hay de ti? ¿Por qué quieres ser la entrenadora más fuerte de la región?
—¿Yo? Pues… —Era una buena pregunta, una buena pregunta a la que nunca le había dado muchas vueltas. ¿Cuál era su motivación para hacer lo que hacía? ¿Para querer llegar tan lejos?— No sé, el profesor Elm me dio mi inicial para ayudarle con una investigación y a partir de ahí emprendí mi viaje. Tenía ganas de explorar mi región, de ver a todo tipo de pokémon y conocer a gente nueva, siempre veía lo mismo en Pueblo Primavera así que empecé el desafío de los gimnasios porque parecía divertido y luego comprobé que era divertido. Si lo he seguido hasta el final es porque quería demostrarme hasta dónde podía llegar y darle las gracias a mi equipo por todo lo que han hecho por mí, creo que esta es la mejor forma de devolverles lo que me han dado.
—Suena bien, es una razón muy- —Silver no acabó la frase. Agarró el brazo de Lira y se la acercó a él mientras le gritaba una orden a Meganium—. ¡Hoja afilada!
Su pokémon lanzó una ráfaga de hojas afiladas al frente mientras Dragonair atacaba un golbat en las alturas. Magneton y Ampharos se acercaron a sus entrenadores y no se separaron de ellos hasta que Dragonair y Meganium volvieron victoriosos de sus enfrentamientos. Silver suspiró y soltó el brazo de Lira mientras volvía a caminar.
—No puedes distraerte ni un segundo. Los pokémon de aquí son de otro mundo, no había visto nada igual, no sé si es porque estamos en la Calle Victoria o es que los de Kanto están locos.
—Sí, tenemos que ir con todos los sentidos en alerta —coincidió mientras se acordaba del hombre que la asustó al llegar a Kanto. No quería pensar mal, pero todo apuntaba a que los de esa región, en efecto, estaban locos—. Por cierto, ¿tú sabes quiénes son los BTS?
—Ah, veo que también te has cruzado con el tarado ese al llegar aquí. Lo que te diga, no están bien de la azotea —Lira rio al ver la mueca de desprecio que apareció en el rostro de Silver y él negó con la cabeza—. Sí, sé quiénes son los BTS, los TXT, las BLACKPINK, las aespa… Son grupos de K-pop, a Carol le gustan mucho, y cuando digo que le gustan me refiero a que lo suyo con ellos roza la obsesión. Si tienes curiosidad por alguno pregúntale, aunque te advierto, se podría pasar semanas hablando de este tema.
—Oh, K-pop… —susurró Lira. Sabía algo de eso, recordaba vagamente algunas conversaciones que había oído de pasada en su aventura. Que si sus bailes creaban tendencia, que si los videoclips parecían películas, que si los grupos podían llegar a tener la friolera de quince miembros, que si era una moda pasajera y era cuestión de que cayera como todo cae… Silver se encogió de hombros.
—No es mi estilo, pero hay algunos grupos que me gustan. ATEEZ y Stray Kids están bien. BIGBANG tiene lo suyo, también.
—Para no ser tu estilo ya me has nombrado a tres.
Como respuesta Lira obtuvo un ligero puñetazo en el brazo que le sacó una risa e hizo que una sonrisa se quedara en su rostro durante un buen rato. Después de la liberación de Carol, Silver parecía mucho más relajado, contento y cercano. Era imposible no estar de buen humor al verlo tan bien.
Los dos entrenadores siguieron andando por la cueva haciendo frente a los pokémon que se cruzaban en su camino y hablando de lo que habían estado haciendo durante las últimas semanas. Silver se sorprendió al ver que Dragonair ya había evolucionado y no paraba de echarle miradas de vez en cuando, hasta que Lira le dijo que podía acariciarla si quería, y eso hizo sin que se lo volviera a repetir. Por su parte, Lira se enteró de que él y Carol visitaron los lugares más emblemáticos de Johto juntos y disfrutaron del baile de las chicas kimono en el Teatro de Danza entre otros espectáculos. El tiempo se le estaba pasando volando a la entrenadora, por eso cuando llegaron a una abertura en la pared que parecía llevar al exterior Lira se detuvo y miró a Silver, confundida. Aunque tenía la sensación de que iban rápido no podían haber llegado a su destino tan pronto, ¿verdad?
—¿Es la salida?
—Sí.
—¡Qué dices! ¿¡Ya hemos atravesado la cueva!?
—Sí. Llevo unos días aquí, me conozco la cueva como la palma de mi mano, supuse que querrías salir lo antes posible así que te he llevado directo a ella. De nada por guiarte.
Lira se quedó anonadada. Le estaba tomando el pelo, no podía haber otra explicación. Ella se asomó un poco para echarle un vistazo a lo que le esperaba y Silver sonrió mientras se cruzaba de brazos.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?
—¿Yo? ¿Miedo? —Lira le miró enderezando su postura y Silver negó con la cabeza. Se acercó a la salida y echó un vistazo, admirando el gran edificio que podía verse al final.
—No te culpo, la verdad es que impone bastante, pero tampoco esperaba menos de la Liga —dijo mientras volvía a mirar a Lira. Le bastó eso para entender que él no saldría de ahí—. Yo me quedaré por aquí, no quiero que algún SuperSetentón me vea fuera y me saque por no tener todas las medallas.
—Está bien, pero ten mucho cuidado, y gracias por guiarme. Si no fuera por ti seguro que habría tardado días en llegar.
Lira empezó a caminar hacia la salida, pero se detuvo cuando sintió que Silver le dio un puñetazo en el hombro. Fue uno suave, casi imperceptible, uno que buscaba atención más que pelea. Lira se dio la vuelta y vio que lo que le quería decir su amigo era una sonrisa.
—Suerte.
Y, con eso, el entrenador volvió a adentrarse en la Calle Victoria. Lira le dedicó otra sonrisa, aunque él no la vio porque ya le había dado la espalda, y por fin salió definitivamente de aquella cueva.
Campos de flores. Estatuas con forma de Poké Balls. Escaleras que conducían a un gran edificio que brillaba en mitad de la oscura noche. Lira las subió corriendo junto a Ampharos y Dragonair, intentando no pensar mucho en lo que estaba a punto de hacer, porque esa vez sí corría el riesgo de acabar paralizada por los nervios. Sin embargo, antes de entrar en el edificio, un cartel que había al lado de la puerta llamó su atención, y se vio en la obligación de leerlo antes de dar otro paso.
Meseta Añil. ¡Objetivo final de los Entrenadores y Cuartel General de la Liga Pokémon!
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!
Lira se cubrió la boca para ahogar su grito, aunque lo hizo un poco tarde. Sus piernas la impulsaron a saltar y sus manos agarraron el resto de sus Poké Balls para lanzarlas al aire y sacar a todo su equipo. Este se materializó delante de ella y se contagió al instante del entusiasmo de su entrenadora.
—Muy bien, chicos y chicas. Mirad hasta dónde hemos llegado —dijo señalando la entrada de la Liga con mucho orgullo. Los ojos de sus pokémon empezaron a brillar y Lira sintió que su sonrisa creció hasta que la comisura de sus labios acarició sus orejas. ¡No sabía cuánto podía llegar a doler sonreír, y aun así no quería dejar de hacerlo!—. No hace falta que lo diga, pero si hemos llegado hasta aquí ha sido gracias al esfuerzo que hemos hecho. Todo lo que hemos vivido nos ha llevado a este momento y a este lugar. ¿No estáis contentos? ¡Porque yo estoy a punto de explotar!
Un rugido colectivo le dio a entender que el sentimiento era mutuo. Si había alguien durmiendo en la Liga era cuestión de tiempo que saliera a quejarse del griterío, pero para la suerte de Lira ese no parecía ser el caso.
—Así me gusta. No tengo ni idea de lo que nos espera ahí dentro, pero tampoco teníamos ni idea de lo que nos esperaba en los gimnasios y aun así logramos ganar en los ocho. Lo que tengo claro es que vamos a darlo todo como lo hemos hecho hasta ahora, porque es ahora más que nunca cuando hay que dejarse la piel en el campo de combate. El Alto Mando no nos va a poner las cosas fáciles y ¡nosotros a ellos tampoco! ¡No sabemos hacerlo de otra forma! ¿¡Estamos listos para afrontar la recta final!?
Otro rugido colectivo le indicó que su equipo estaba más que preparado. Lira no se había sentido tan unida a sus pokémon como hasta ese entonces, por eso no pudo evitar hacer un abrazo grupal antes de entrar. Feraligatr, Ampharos, Togekiss, Ninetales, Espeon y Dragonair estaban listos para enfrentarse a los cinco entrenadores más fuertes de la región y ella no tenía pensado defraudarles. Sencillamente no podía, después de lo que se habían esforzado para llegar hasta ahí la derrota ya no era una opción.
Cuando acabaron las muestras de afecto Lira enderezó su postura e inspiró hondo. Se ajustó la capa que llevaba en los hombros y sonrió mientras soltaba el aire que había respirado. Ahora sí, había llegado el momento de la verdad, y estaba dispuesta a dar el doscientos por cien con tal de devolverle a su equipo lo que merecía.
—¡Venga! ¡Entremos juntos!
