Capítulo 4: Ardor
.
.
.
.
.
Es en los tiempos en los que el hombre aún no iniciaba su costumbre de encerrar a las Bestias con Cola en los cuerpos de sus semejantes que nos ubicamos ahora.
Sin aldeas shinobi ni Kages, y con apenas algunos incipientes reinos y daimiatos empezando a disputarse la soberanía del continente, un hombre de su talla era tenido por algo parecido a un semidiós.
Él y algunos héroes contemporáneos que revisaremos en páginas posteriores sirvieron de cimiento para que culturalmente surgiera lo que hoy conocemos como el "guerrero-sabio".
Fuentes de la época lo retrataban como un hombre de imponente estatura, carácter tan fuerte como generoso y hábil en todas las disciplinas que se requerían para considerarse ilustrado en aquellos tiempos. La medicina, la herrería, la meditación y la estrategia eran las principales áreas en las que destacó y las que lo hicieron famoso.
El arte de la época lo retrataba con tres armas principales: Una espada capaz de partir el cielo, una lanza que hacía cobrar vida tanto a los mares como al firmamento, y un arco que con cada disparo reunía toda la energía del cosmos.
Por un breve período de tiempo, fue el soberano del territorio que hoy comprende las modernas naciones del Viento, los Ríos y parte del País de la Tierra.
Breve historia de Mundo Shinobi, Tomo 1
.
.
.
.
.
Sus pasos eran torpes, lentos y abotargados como los de un perro apaleado.
La flauta gimió con más fuerza intentando apagarlos, pero ella los sintió detenerse frente a su puerta.
Dos golpes.
–Oye, es hora de la cena –Kidomaru sonaba recién despierto.
No respondió y volvió a hacer llorar a su compañera de fino cuerpo y textura. Un llanto prolongado, suave. Progresaba lentamente, con picos de intensidad notorios, pero no inspiraba nada más que melancolía.
Su compañero de equipo encogió los hombros y siguió de largo.
–Como sea, hoy hay cerdo. Y Jirōbo ya está sentado.
La melodía paró como si hubieran desconectado el altavoz, de haber habido uno.
–No, no, no –Kidomaru jamás se iba a acostumbrar a su timbre rasposo y frustrado–. Si el marrano piensa que me va a dejar sin chuletas, le voy a clavar una cuchara en la carótida.
–Puf, qué humorcito. Si lo haces puede que Lord Orochimaru decida usarte a ti de contenedor, sólo como castigo.
Avanzaron por el pasillo de piedra iluminado enteramente por antorchas. Era una galería larga pero apenas con cuatro puertas, dos a cada costado, y una al final del corredor, más la escalera de espiral que bajaba hacia el comedor.
No hacía ni frío ni calor, pero el aroma de la carne sazonada aportó cierta calidez a una atmósfera tan neutra.
–O quizás prefiera dejarte como blanco para Kimimaro.
–O quizaz pdefieda dejadte como bdanco pada Kimimado –repitió la pelirroja, gesticulando con sorna.
–¡No es broma! Creo que Sakon estará de acuerdo. Podríamos atarte a una diana y que Kimimaro intente lanzar sus huesos sin darte a ti mientras giras. Podríamos hacer un buen dinero con eso.
El de seis brazos se llevó una mano a la barbilla y se imaginó una versión chibi de su compañera en esa situación. Kimimaro arrojaba sus falanges y estas impactaban entre los brazos y piernas de la chica. Él, Sakon y Jirōbo aplaudían y recolectaban el dinero de la multitud con sombreros de copa.
–Sí, eso es algo que deberíamos hacer.
–Creo que tanto tiempo bajo tierra está agravando tu retraso madurativo. Me dan sueño tú y tus chistes.
Sus otros dos compañeros estaban ya sentados en la mesa.
Si había algo que valoraban de ser parte de la élite, era no tener que compartir la comida con el grueso del ejército.
Kidomaru y Tayuya tomaron asiento.
–¿Otra vez siesteando hasta tarde? –preguntó Jirōbo.
En el centro de la mesa descansaba una bandeja rebosante de chuletas de cerdo. Los ingredientes de la salsa eran un misterio. Bien podría haber sido soja y vinagre con especias o bilis humana con sesos de nonato, y aún así aderezaba como ninguna otra.
Jirōbo miraba ese tesoro con cariño.
Solían comer un manjar de esos una o dos veces cada tres meses con mucha suerte, pero considerando la cercanía de su misión más importante hasta la fecha, Orochimaru había decidido manterlos en forma, bien entrenados y con el paladar alegre.
–¿Otra vez rompiendo la dieta, marrano?
La pelirroja clavó una chuleta con el tenedor y se la sirvió.
Sakon bostezó y se rascó la nuca.
–Qué sería de nosotros sin la delicada orquesta de tus insultos, amiga.
–Me gustaría que no siempre fuera dirigida a mí –Jirōbo vertió algo de salsa sobre la carne.
–Oigan, a que no saben qué se me ocurrió para hacer una fortuna –comentó Kidomaru.
Tayuya frunció el ceño mientras se tragaba un pedazo de cerdo y lo miraba de reojo.
–¿Han visto esas atracciones de circo donde un mago toma a una chica linda y la ata en un blanco gigante para hacerla girar y tirarle cuchillos? –Jirōbo escuchó con atención. Sakon enarcó una ceja–. Bueno, nosotros podríamos hacer eso, pero en vez de un mago tendríamos a Kimimaro, y en vez de una chica linda, Tayuya sería nuestro conejillo de indias. La gente nos daría millones. Si fuera un simple mortal, yo pagaría por ver eso, ¿qué dicen?
Jirōbo escupió una carcajada. Tayuya deseó que la carne se le atorara en el esófago.
Sakon sonrió de lado y asintió.
–Podríamos cobrar extra por la cantidad de groserías que diga. Más de cincuenta en un minuto son cien ryos más.
Los tres hombres del grupo se mostraron lo suficientemente convencidos como para hacerla dudar de si realmente se tomaban en serio tamaña tontería.
Había leído en algún lado, no recordaba cuándo ni dónde, que por los tiempos que corrían la balanza demográfica empezaba a inclinarse en favor de las mujeres. No le costó trabajo dilucidar el por qué.
Selección natural, claramente.
Una presencia pesada pero familiar inundó el comedor.
Se hizo el silencio. Kidomaru borró su expresión burlona como si nunca hubiera estado ahí y apenas unos segundos después una silueta emergió de detrás de una columna, acompañada de una risa baja.
–¿Cómo los encuentra esta noche, muchachos? –Orochimaru escaneó a sus pupilos con sus orbes ofidios.
Cuatro esculturas de piedra contestaron al unísono:
–Muy bien, milord.
–Ahh, qué grato escuchar eso. ¿Está bien el aderezo? –se acercó con las manos detrás de la espalda y una sonrisa leve, que era casi su insignia personal la mayoría del tiempo.
–Inmejorable –replicó Sakon.
–Saben, niños, nunca está de más dejar un poco de tiempo para el gozo. Se acerca un momento crucial para todos nosotros, y descansar la mente es tan importante como el cuerpo. No tengan miedo de reír, quizás no puedan hacerlo durante un tiempo.
La última frase sonaba tan amenazante como amistosa.
–Han estado entrenando muy duro y se han preparado más que nadie para esta misión. Confío en que los cuatro cumplirán con su deber.
–Lo haremos, señor –respondieron de vuelta todos juntos.
–Eso es. Ahh, qué orgullo que me dan. Buen provecho.
–Gracias, milord.
Orochimaru giró medio cuerpo para caminar en dirección al pasillo que llevaba fuera del comedor. Mientras volteaba, Tayuya cruzó sus ojos con los de él.
Un escalofrió le desgarró la columna y se congeló, asentando aún más su semblante marcial.
El tipo de reacción de alguien que se endereza cuando no puede estar más derecho, y corrige su postura a pesar de ser ésta impecable.
De pronto el hambre la abandonó.
Kakashi pasó a buscarlo una hora antes de romper el alba, como habían acordado.
Sin noticias de sus tres alumnos, el jōnin solo podía esperar lo mejor, igual que Kichiro.
Caminaron con mínima preocupación.
Kichiro vestía una chaqueta negra, algo vieja, forrada por dentro con tartán rojo. No reemplazó sus pantalones reglamentarios pero sí su calzado, vistiendo unos borcegos negros. Hacía frío y el rocío matinal completaba la ambientación junto con el vapor que los dos exhalaban cada tanto.
Kakashi alternaba entre leer su libro y soltar algunos comentarios al aire sobre los demás equipos.
–Supe que luchaste con Rock Lee el otro día. Su jefe de equipo y yo somos buenos amigos desde que tengo memoria. Aunque a él le gusta jugar al juego de "eternos rivales" conmigo. Hasta un juego de piedra, papel o tijeras contra mí se lo toma como si fuera el combate de su vida.
–Parece que Rock Lee ha heredado mucho de él. No sólo en la personalidad.
–Gai no suele indagar mucho en el tema, pero todos lo encontramos curioso. Digo, ¿has visto sus cejas?
Pasar por el Bosque de la Muerte era bastante parecido a la idea que Kichiro se había hecho con antelación.
Entre las raíces onduladas de un árbol se escurría una víbora de no menos de nueve metros, gorda como el tronco de un pino de buena edad y de escamas oscuras y brillantes.
Kichiro silbó al verla.
–Con eso uno puede comer por semanas aquí –Kakashi lo miró con una gota de sudor bajándole por la frente.
–¿Has comido serpiente?
–Mi abuelo me llevó a recorrer las Cinco Grandes Naciones. No siempre teníamos una posada cerca ni un lugar donde comprar víveres. Pero admito que una culebra a la parrilla con algo de aderezo picante y papas no es nada despreciable.
El chico se llevó las manos a la nuca con inocencia mientras caminaban.
"Debiste tener una infancia tranquila, eh" pensó Kakashi.
La luz que se filtraba de entre las hojas de los árboles era tan insignificante que uno no podría haber distinguido el mediodía de la medianoche.
El aire era frío, húmedo. A sus costados había pantanos que con seguridad abundaban en bacterias que de infectar una herida acabarían con la vida del pobre desgraciado que corriera con esa suerte, carcomiendo la carne e infectando su sistema circulatorio, procurando una muerte agónica y pestilente. No faltaba la fija presencia de sanguijuelas del tamaño de un perro pequeño.
Caminaron largamente, no encontrando a ninguno de los numerosos equipos que habían clasificado a la segunda ronda de los exámenes.
El par se detuvo en seco ante un vaho de sangre fermentada y carne en descomposición que los abofeteó de lleno al llegar a un claro.
–Por Dios –dijo Kakashi, adelantándose–. ¿Qué animal haría esto?
Tendidos sobre la hierba descansaban tres cuerpos, o lo que parecían haber sido tres cuerpos.
Realmente era difícil decir qué parte correspondía a qué cuerpo, porque estaban reducidos a una pulpa carnosa, con huesos molidos sobresaliendo entre la piel magullada, tapados por un manto gris de moscas, hormigas y demás alimañas invertebradas.
Su estado era tan deplorable que ni sus más allegados podrían haberlos reconocido, incluso disponiendo de una fotografía reciente para hacer la comparación con el despojo maloliente que ahí yacía.
–Tienen tres días mínimo. Parece que la naturaleza ha hecho su trabajo, pero no fue eso lo que los mató.
–¿Cómo podría un genin hacer esto? A menos que haya alguien de más nivel infiltrado en el exámen –replicó Kichiro, incrédulo.
–Tú mismo estás por encima del nivel de un genin normal. No sería prudente subestimar a los extranjeros en un momento tan importante como éste. Pero el peligro ya ha abandonado este lugar. Sigamos, mantente alerta.
–Parece que las cosas van a ponerse interesantes. Aférrate a tu acero, muchacho.
Kichiro asintió, tanto para Kakashi como para el espectro, y siguió el paso.
Llegaron a la torre media hora después de moverse con rapidez entre las ramas de los árboles.
La visión de hacía unos instantes los había sacado de su tranquilidad matutina.
Kakashi y Kichiro avanzaron por los pasillos hasta que llegaron a una sala de espera con algunos bancos repartidos.
–Bien, puedes permanecer aquí o buscar a los chicos si es que han llegado. Yo tengo asuntos que atender.
–De acuerdo.
Kakashi se retiró, pero no sin antes dar un último vistazo hacia atrás, con semblante tenso.
"Debo reportar lo que vimos a Anko cuanto antes. Podría no ser nada, o podría ser un indicio de algo más grande" reflexionó internamente.
Kichiro suspiró y se tronó el cuello.
No había dormido precisamente poco, así que estaba en óptimas condiciones.
La sala de espera estaba vacía, por lo que comenzó a caminar hacia los pisos superiores a ver qué se encontraba.
Apenas subió la primera escalera, reconoció la voz de Kiba alardeando, secundado por los ladridos de Akamaru.
–Vamos, no me van a decir que no somos los mejores. Tú, Shino, Akamaru y yo podríamos haber pasado frente a cualquier equipo fácilmente.
–No olvides a lo que nos enfrentamos. Tú mismo lo viste –replicó Shino, de brazos cruzados y apoyado contra la pared–. Entiendo que estés tratando de ignorar lo que pasó, pero no me parece prudente viendo la posición en la que nos encontramos.
–Deja de amargarme la alegría, ¿quieres?
–No empieces, Kiba. Tú lo viste, todos lo vimos. Si dejas que esa tontería se te suba a la cabeza te volverás vulnerable ante la posibilidad de tener que enfrentarte a ese tipo.
–¿Me estás llamando idiota?
–Estoy advirtiéndote como tu compañero de equipo.
–Chicos, no discutan, por favor –Hinata se giró–. Oh, ¡hola!
–Miren nada más. Parece que tenemos compañía –dijo Kiba.
–¿Cómo les ha ido, chicos? –preguntó Kichiro con una leve sonrisa.
–Bueno, no es por presumir, pero fuimos los primeros en llegar aquí –Kiba se señaló con el pulgar y Akamaru ladró con entusiasmo.
–Nada mal, eh. ¿Qué hay de los demás?
–El grupo de Shikamaru y el de Neji pasaron por aquí hace un momento. En cuanto a Naruto y los demás, no hay noticias –dijo Shino.
Kichiro miró al suelo y se cruzó de brazos.
–Éste es el último día. Si no se apresuran, todo lo que han hecho hasta ahora será en vano –añadió el de lentes.
–Eso si no los han liquidado aún –dijo Kiba, mostrando algo de preocupación.
–Yo no lo creo. Naruto se propuso llegar hasta el final, y confío en que lo logrará. Siempre lo logra, y eso es verdad –intervino Hinata.
Kichiro leyó rápidamente su expresión. Tanto su tamaño como su presencia eran pequeñas y enclenques.
"Esos ojos son hipnóticos, pero algo me dice que ella no los utiliza adecuadamente. Sakura no parece ser la única chica impedida de este lugar. Da pena".
A comparación de Tenten, Hinata y Sakura representaban todo lo que Kichiro trataba de evitar en la gente.
Casi total, sino total, ausencia de convicciones e ideales.
Las dos o tres ocasiones que había intercambiado verbalmente con la compañera de Neji le habían dado a entender que ella valoraba sus propias habilidades y aspiraba a expandirlas. Al hacerlo, suponía, estaría expandiéndose a ella misma.
Kichiro compartía en parte esa idea y le parecía digna de respeto una persona así.
¿Qué tenía Sakura para ofrecerse a sí misma? Exceptuando las constantes adulaciones a Sasuke, que la rechazaba con toda razón, no había nada que la hiciera destacar.
Pero hace unos días había tenido lugar una conversación, después de que concluyera la pelea con Lee.
.
.
.
.
.
El atardecer caía sobre la Aldea de la Hoja.
Sakura y Kichiro caminaban juntos por la calle principal, más o menos llena de gente.
–Fue genial eso que hiciste al final, nunca hubiera esperado que redirigieras el golpe de esa manera.
–A casi todos los sorprende al principio. Es parte de mi estilo de pelea utilizar el cuerpo sobre la espada cuando la situación lo requiere. No siempre se trata de movimientos de muñeca.
–¡Genial! Sabes, ya que todos en el equipo destacan tanto en sus respectivas áreas, estaba pensando… tú hablas cada tanto con Sasuke.
–Depende. Sólo durante los entrenamientos, no es muy conversador.
–Sí, pero… ¿Crees que si me vuelvo una excelente ninja médica él se muestre más interesado en mí?
Kichiro levantó una ceja.
–Ehm… quién sabe. Puedo asegurar que te conviene más a ti que a él. Digo, ¿no crees que es una meta algo… simple?
–¿Simple?
–El ser un ninja médico no es cualquier cosa. Como cualquier título del estilo, requiere trabajo duro y entrenamiento incansable. Me parece que es un desperdicio tanto esfuerzo solo para impresionar a alguien.
–Pues no. Además, si yo acepté entrenarme en la medicina, fue en parte porque Sasuke estaba interesado en que entraras en el equipo –Sakura frunció el ceño.
–Si lo pones de ese modo, es tristísimo. ¿No has pensado en hacer algo por ti misma?
–Lo hago, y lo estoy haciendo por el chico que amo.
Kichiro escupió una corta risa. Se recompuso con algo de pena y cambió a una expresión serena. Ambos se detuvieron en medio de la calle.
Las sombras de los edificios y la gente comenzaban a estirarse a medida que el sol se ocultaba en el horizonte.
–¿Dijiste "amar"? Por favor, eres más pequeña que yo, y yo difícilmente podría enamorarme de alguien. Sakura, eres algo mejor que un enamoramiento de la pubertad.
La chica lo fulminó con la mirada. Kichiro no se inmutó y continuó.
–Todos dicen que tienes el control de chakra más eficiente del equipo, y es verdad, pero hasta el momento no te he visto realizar un solo jutsu que no sea una sustitución.
–¡Deja de criticarme!
–Oye, oye, si te digo esto es porque creo que lo necesitas, y porque veo que puedes ser mejor. Da igual quién te guste, pero no lo conviertas en el eje de tu trabajo como ninja, y menos dedicándole horas y horas de trabajo solo para contentar a esa persona. Házte un favor, inténtalo.
Sakura dio algunos pasos alejándose de él y dándole la espalda.
La garganta se le hizo un nudo.
–Yo no puedo decirte cómo desempeñarte en tu adiestramiento, porque al fin y al cabo es cosa tuya. Tampoco pretendo herirte. Tú sabrás lo que es mejor, pero piensa en lo que te dije.
Kichiro suspiró y siguió su camino hacia las puertas.
Sakura lo vio alejarse. Apretó los labios y pegó media vuelta en una carrera desesperada hacia su casa.
.
.
.
.
.
El equipo de Shikamaru llegó con el de Kiba y con Kichiro.
Intercambiaron experiencias y descansaron.
–No deberíamos confiarnos ahora –dijo Shino–. En cualquier momento podría concluir esta ronda y nos pondremos en movimiento.
–Sí, bueno, pero nosotros ya completamos nuestra parte, así que a mimir –Shikamaru se recostó sobre un banco y comenzó a roncar.
Kiba se sentó junto con Akamaru con la espalda contra la pared y se quedó acariciándolo.
Chôji y Kichiro discutían lo que había ocurrido en el bosque hacía algunas horas.
–Amigo, debiste estar ahí, ¡fue toda una locura! –exclamó Chôji.
–Ninjas del Sonido, dices. Jamás había oído de tal cosa.
–Daban mucho miedo. Llegamos justo a tiempo, de lo contrario habrían matado a Sakura y Lee.
–¿Ellos estaban ahí? –Kichiro se sobresaltó y abrió los ojos con más atención que antes.
–Oh, sí. Naruto y Sasuke estaban inconscientes, vete tú a saber a qué se habrán enfrentado antes, pero el hecho es que nos salvamos por los pelos.
–¿Salvarnos, dices? –Shikamaru se despertó y se sentó en el banco–. Casi trapean el piso con nosotros. Usamos todo lo que teníamos y estuvimos a punto de morir. De no ser porque Neji llegó justo a tiempo no la habríamos contado.
–No fue Neji –añadió Ino–. No sé qué fue lo que ocurrió con Sasuke pero…
Shikamaru torció el rostro ante el recuerdo, y Chôji se estremeció.
Shino aguzó los oídos a pesar de no estar participando en la conversación.
–Jamás había sentido un chakra tan denso y… violento.
–Él estaba fuera de sí –dijo Shikamaru–. Nosotros apenas pudimos contra ese ninja del Sonido, pero él casi le arrancó los brazos. Se los sacó de lugar, literalmente.
Kichiro no reaccionó más que para asentir con sobriedad.
"Algo anda mal. Quizás Kakashi Sensei tenía razón".
Shikamaru recordó las marcas de fuego en la piel del Uchiha. El aire viciado con su chakra que se arremolinaba en un espiral alrededor suyo. El crujido de las articulaciones del ninja del sonido estallando y un alarido de dolor y pánico.
.
.
.
.
.
–¡Zaku! –gritó Dosu. Las vendas que recubrían su cuerpo se empaparon de sudor.
Su compañero se retorció en agonía, revolcándose en el polvo y aullando como un animal.
Sasuke se regodeó en su propio poder. Una sonrisa sardónica le cruzó el rostro, y se giró para ver a Dosu.
–Bueno, ahora voy por ti. Espero que hagas esto mucho más interesante.
Sakura se levantó del suelo. La sangre le corría por la frente, sus brazos lucían cortes y moretones.
Los músculos femorales le quemaban como si estuvieran clavándole cientos de alfileres al rojo vivo.
Sacó fuerzas de donde pensó que no tenía, se impulsó de un salto y corrió hacia él.
–¡Detente! –gritó, atrapándole un brazo.
Sasuke se giró esperando encontrarse con esos ojos insufribles, débiles.
Sakura le devolvió una mirada dura, casi reprimiéndolo.
–Suficiente, Sasuke. Ya basta, por favor.
Jamás en la vida ella le había hablado con tanta decisión. Las aspas de su Sharingan penetraron en las dos esmeraldas de ella, pero no surtieron efecto alguno.
Sus venas de pronto se enfriaron, como si le hubieran arrojado encima un balde de agua fría. Su piel dejó de arder y las marcas se retiraron hacia su nuca.
Sus entrañas le dieron una punzada y se tambaleó.
Sakura lo atrapó y lo depositó en el suelo con suavidad.
Su largo cabello rosado se balanceó con la brisa.
Shikamaru sostuvo a Ino entre sus brazos y apretó los dientes.
.
.
.
.
.
–Toda la escena fue surreal –dijo Chôji–, pero Sakura hizo un buen trabajo contra esos ninja del Sonido.
–Sí, para variar nunca había visto que una chica peleara de esa manera. La loca del Sonido tuvo suerte de que no le perforara una arteria con la kunai, fue estúpido de su parte subestimarla.
–Así que ustedes tuvieron problemas con otros equipos –intervino Shino.
–"Problemas" es una manera suave de decirlo –dijo Ino–. Pero ustedes no parecen haber estado de fiesta.
–¿Ocurrió algo más que debamos saber? –inquirió Kichiro.
Una presencia alertó al espadachín.
El trío de ninja de la Arena pasó caminando por el pasillo.
Gaara miró de reojo a todos hasta que posó su mirada en él.
Kichiro sintió todo el peso de sus ojos. Él se la devolvió con sus dos ámbares fulgurando.
Shino miró a Kiba y Kiba miró a Hinata. Akamaru gimió y se acurrucó dentro de la chaqueta de su amo.
–Vaya, vaya, parece que llegamos a la guardería –comentó Temari.
–Qué bajos estándares son los de la academia de la Aldea de la Hoja, hermanos –habló Kankurô, sonriendo con sorna.
Shikamaru notó la mueca asesina de Kichiro.
–¿Conoces a este marica? –le preguntó, señalando al titiritero.
Kankurô frunció el ceño y pegó una zancada al frente.
–¿Disculpa, mocoso? No te oí bien, ¿podrías repetirlo?
–Cielos, qué sensible. Hazme un favor, no tengo ganas de lidiar con fenómenos hoy.
Kankurô se acercó aún más hasta que la funda de Vashra presionada contra su pecho lo detuvo.
Kichiro le atravesó el cráneo con sus dos orbes de miel.
–La torre no es una zona de guerra –dijo con aire comandante y frío.
Retiró la espada lentamente y la devolvió a su espalda, asegurando la correa en su pecho.
El titiritero apretó los dientes y lo enfrentó.
–Así que eres tú de vuelta. ¿Qué quieres, idiota? ¿Acaso esperas enfrentarme en un duelo en estos exámenes?
–Yo no participaré. Para tu buena suerte, solo soy un espectador.
–Vuelve aquí, Kankurô –siseó Gaara.
Kichiro evitó mirarlo, pero sintió de vuelta esa presión sobre él.
Esos ojos celestes lo hacían dudar, le revolvían la mente con recuerdos, provocaban que su corazón se desbocara y azotara sus costillas desde adentro.
No era solo Gaara. Kankurô y Temari, el emblema de su aldea.
Pensamientos irrefrenables martillando desde el fondo de su ser.
–Ésto no te va a hacer ningún bien. Cálmate.
Intentó regular su respiración y su rostro.
Era muy tarde, todos los presentes estaban fijos en el duelo de miradas que disputaba con Gaara.
Inhaló y exhaló con calma. Pidió a su corazón que bajara el ritmo y éste obedeció.
Shino se acomodó los lentes.
"Hay algo entre esos dos. Parece que se conocieran desde antes. No…, más que eso se miran como si quisieran despedazarse mutuamente" analizó Kiba, abrazando a Akamaru, intentando reconfortarlo y buscando su propia calma.
Neji, Tenten y Rock Lee aparecieron poco después de que los ninja de la Arena se fueran.
–Se los juro, lo voy a destruir –gruñó Kankurô.
Él y sus hermanos habían encontrado una sala de espera solitaria.
–Lo voy a humillar diez veces más de lo que él me humilló a mí, a ese… como se llame.
Temari prestó atención a la expresión desencajada de Gaara.
–No harás tal cosa, subnormal –gruñó por lo bajo con su voz aguda–. Es mío.
–Pero, Gaar…
–Ha dicho que lo quiere para él, y se acabó –interrumpió Temari, gesticulando con el rostro y la cabeza para que su hermano mayor cerrara la boca.
Kankurô mostró la reacción de cuando a un niño le interrumpen su juego favorito. Asintió y agachó la vista.
–Desde el principio me ha estado mirando feo. Y siempre se muestra tan desafiante. Tan confiado. Tan fuerte… –Kankurô advirtió que los ojos de su hermano se habían vuelto más amplios y brillantes–. Quiero ver si de verdad merece comportarse así, igual que el Uchiha. Y ninguno de ustedes va a intervenir en lo más mínimo si quieren vivir. ¿Entendido?
–Sí, Gaara –respondieron los dos al unísono.
Rock Lee aparentaba haber sido apaleado, tenía la cabeza bañada en sangre seca que salía de su oído.
Tenten y Neji dieron su versión de los hechos.
–¿No los han visto hasta ahora? –preguntó Kichiro.
–No desde que nos separamos. Quedan veinte minutos para que se cumpla el tiempo establecido –respondió Tenten.
Kichiro se limpió el sudor de la frente.
Hacía calor y el aire se sentía cargadísimo. No tenía sentido si, después de todo, afuera no hacían más de trece grados.
Neji tomó asiento en uno de los bancos y se quedó mirando al suelo.
–Ay, viejo, lo único que espero es que esto termine para poder sacarme toda esta mugre de encima –dijo Shikamaru.
–Yo me estoy muriendo de hambre, hace rato me terminé mi última bolsa de papitas –habló Chôji–. Oye, ¿estás bien?
Kichiro lo miró ya colocado de vuelta en su faceta suave y neutra.
–Todo bien –sonrió.
–¿Estás pensando en Naruto y los otros? –preguntó Rock Lee, sentado junto a Neji.
–Sí, en parte. Además… hay algo que no me termina de cerrar de todo este asunto –Kichiro dirigió la vista hacia donde se habían dirigido los ninja de la Arena.
Ellos y los ninja del Sonido, a los cuales no había visto aún, y la reacción de Kakashi al encontrar los cadáveres en el bosque le hacían cuestionarse si todo iba tan bien encaminado en eso exámenes como parecía.
–Vengo en un momento.
Caminó en dirección a la entrada de la sala con las manos en los bolsillos de su chaqueta.
–Oye, no irás a salir de la torre –lo detuvo Shikamaru desde su asiento.
–No, no –Kichiro se volteó sin dejar de caminar. Sonrió con calidez y los ojos entrecerrados–, tranquilo, solo voy a ver si…
Chocó con alguien y se hizo para atrás.
–Au… bueno, al menos hubo comité de bienvenida –dijo Sasuke.
–¡Kichiro! Tanto tiempo sin vernos –exclamó Naruto.
Sus compañeros de equipo lucían mucho peor que los demás.
Repletos de golpes, sangre y con cara de haberse bañado en una ciénaga.
Mientras avanzaban hacia el salón escoltados por dos censores, Kichiro notó que Sasuke se rascaba la nuca constantemente. Sakura veía esto con preocupación, claramente no era la picadura de algún bicho del bosque.
Por un breve instante, aunque no pudo asegurarse de que era tal cual lo que había visto, apreció una especie de tatuaje negro grabado en su piel.
Gaara lo seguía muy de cerca y su vista variaba entre Kichiro y Sasuke.
El primero lo notó, pero contuvo el impulso del fuego que le arrasaba las venas de asirlo por el cuello y partírselo.
Olía a muerte.
Muy para la desgracia de los veintiún genin aspirantes a chūnin, un sensor con cara de trasnochado y una bronquitis pronunciada les anunció que, debido a la cantidad de supervivientes, se llevaría a cabo una ronda preliminar antes de la fase final del examen
El Tercer Hokage, que por su aspecto podría haber sido el abuelo de cualquiera, explicó la verdadera razón de que dichos exámenes se celebraran incluyendo a todas las naciones aliadas del País del Fuego.
Nacionalismo, exaltación del poderío militar y camaradería. A Kichiro le gustó la clase de historia, que atendió apoyado en la baranda del balcón que daba hacia el salón donde se disputarían los combates.
Los veintiún genin estaban formados escuchando atentamente.
De pronto, Sasuke tembló y se atajó la parte trasera del cuello. Sakura lo revisó e intercambió algunas palabras con él, que Kichiro oyó pero no descifró.
–Algo va muy mal. Vé y revisa –dijo la voz.
–Es demasiado pronto, pero algo pasó durante la prueba de supervivencia de lo que no me estoy enterando.
Kichiro notó que Kakashi tenía la vista fija en él, mientras el Hokage seguía hablando.
–No puedes seguir así, la marca va a terminar matándote –reclamó Sakura.
–Eso es asunto mío, no te metas.
–¿Crees que voy a dejar que te destruyas así? ¡No seas imbécil, por Dios!
Naruto captó que el tono que Sakura solía usar con Sasuke ya no era el mismo. Estaba enojada, y a punto de confesar todo lo que había ocurrido.
El Uchiha volvió a fijarse en las dos esmeraldas que lo acusaban y le exigían rendición. Una vez más, la sintió diferente.
Más fuerte, si es que eso le importaba en lo más mínimo.
–Sólo cállate, cállate he dicho –replicó.
Kichiro dejó de apoyarse en la baranda y se puso en alerta.
La sensora Anko Mitarashi discutió con el Hokage algo sobre una marca, una maldición. Argumentó que Sasuke debería haber muerto ya, y eso colmó el vaso para Kichiro.
Pegó un salto y aterrizó sonoramente.
Kakashi, Asuma y Kurenai le clavaron los ojos con incredulidad.
Un jōnin de la Aldea del Sonido arqueó una ceja mientras Kichiro avanzaba abriéndose paso entre los genin con suaves empujones.
Llegó hasta Sasuke y se interpuso entre él y Sakura, que estaba fuera de sus cabales.
–¿Qué fue lo que pasó? –preguntó, mirando directo a Sasuke.
–Todo está en orden, no le hagas caso –un nuevo espasmo de dolor atacó la nuca de Sasuke.
–No, tú me vas a decir exactamente –Kichiro alzó la voz en esa última palabra, sobresaltando a quienes lo rodeaban– qué carajo está pasando y qué es lo que tienes en el cuello.
–Guarda silencio, idiota, no hagas escándalo.
–¿Me tomas por estúpido? Ven aquí –Kichiro extendió el brazo y Sasuke se lo atrapó y le torció la muñeca.
–¡Basta, deténganse! –exclamó Naruto.
–No te atrevas a tocarme –siseó Sasuke.
Kichiro recibió de lleno su mirada desafiante, y la aceptó.
Maniobró con rapidez hacia la derecha, liberando su brazo y poniéndose detrás de Sasuke.
Le apretó el cuello con la diestra y con la zurda levantó su camisa.
En efecto, parecía un tatuaje, negro y fundido a su piel como una marca de nacimiento. La piel alrededor de ella estaba hinchada, ardía como presa de una fiebre incontrolable.
Sasuke gruñó y un nuevo espasmo le recorrió hasta las falanges, esta vez tan potente que le hizo ver estrellas y escupir sangre.
–¿Qué es esta cosa? –cuestionó Kichiro, ahora con una buena apreciación.
–En el bosque –explicó Sakura– nos encontramos con alguien. Un tal Orochimaru –Kichiro la miró, exhibiendo pavor en sus ojos–. Él mordió a Sasuke en el cuello y a consecuencia le dejó esa marca extraña. Ha estado… no sé bien lo que hace, pero parece que se alimenta de su chakra y a la vez lo intensifica.
Kichiro ató los cabos y miró a Shikamaru.
–A esto se referían con "denso y violento" –dijo, liberando al Uchiha de su agarre.
Éste lo despedazó con los ojos y lo enfrentó. Una vez más, Kichiro se calmó y suspiró.
–Tienes que parar. Sé de buena fuente que esas cosas no son un juego. Si continúas, te consumirá vivo y no dejará más que un cascarón vacío.
–¿Tú qué sabes? ¿Acaso tienes una también? –respondió Sasuke con sarcasmo y furia.
–He vivido unos pocos años más que tú, y he viajado bastante. Tengo la suerte de no haber sido marcado con eso, pero sé una o dos cosas al respecto y ninguna es una linda noticia para ti.
–Sasuke, yo le creo –agregó Sakura–, desiste mientras aún puedes.
–¡Los voy a hacer pedazos a ambos si no se callan!
–Kakashi, ¿qué significa esto? –habló el Tercer Hokage–. ¿Éste es el alumno que me solicitaste permitir en tu equipo? Contrólalo, o haré que lo saquen de aquí.
El jōnin asintió y caminó con rapidez hasta el centro del salón.
–Kichiro, tú no tienes permitido bajar aquí, vuelve arriba.
–¿Acaso…?
–Ahora. Muévete.
El espadachín miró a Kakashi y se metió las manos en los bolsillos. Pero su postura seguía erguida y desafiante. Su sensei frunció el ceño y cabeceó hacia el balcón, insistiendo sin palabras pero con mayor intensidad.
–Lo siento –dijo, y volvió a su sitio.
Nunca era un buen momento para escuchar a Jirobo gruñir y partir piedras con las manos.
El estruendo le asaltó los tímpanos y los pequeños escombros le bañaron el cabello y su gorro. Tayuya resopló, se lo quitó y le dio algunas palmadas. Volvió a colocárselo, cruzó las piernas, sentada en una gran roca.
Tomó aire, luego gritó.
–¡Dime, marrano! ¿Acaso es necesario ponerte a hacer barullo cerca mío?
–Oye, lo siento, sólo me excedí con la fuerza.
–No, tú te excedes con absolutamente todo. Si acaso probaras excediendo tu capacidad neuronal alguna vez me ahorrarías muchísimos problemas.
Los tres dokis estaban quietos, petrificados frente a su dueña, mirando al vacío.
El que sostenía un kanabō recargado en su hombro emitió un gorgoteo bajo y su cabellera grasienta y dura se balanceó con un espasmo.
El que estaba vendado por toda la extensión de su cuerpo tronó su cuello y chilló levemente.
–A ver, desde arriba –Tayuya se llevó la flauta a los labios y siguió tocando.
La música era esclerótica y rápida.
El doki con la boca cosida se enderezó con un sobresalto y levantó sus garras frente a su rostro.
El que sostenía el kanabō reaccionó y lanzó un golpe descendente que fue bloqueado sin problemas.
El de las garras se precipitó y trató de asestar una cuchillada, sin éxito. El de cabello largo lo esquivó dando saltos hacia atrás.
Tayuya cerró los ojos y el ritmo de la canción tomó un camino más lento, más melódico, casi como un sollozo.
–Nada mal.
Kimimaro descansó su espada y caminó hacia ella. Tayuya no estaba segura de si el arma estaba hecha de su radio o de su fémur. Se avergonzaba de admitir que le daba bastante impresión ver los huesos ser expulsados de su cuerpo, traspasando su piel.
Quizás no era la imagen en sí
–Has mejorado mucho con tu Canción Demoníaca. ¿Y el genjutsu?
–Bien por el momento, pero no he podido practicarlo bien. El último conejillo de indias se volvió loco con dos pruebas.
El fuego de su sangre pareció apagarse como si lo hubieran tapado con arena.
Kimimaro le sonrió con dulzura y ella correspondió con una mueca neutra.
Felizmente fingida.
–No te detengas, vamos.
–Bueno, bueno, veo que hemos vuelto a las andadas –Kidomaru descendió desde la rama de un sauce de buen tamaño, boca abajo y aferrado a su telaraña–. ¿Pueden creerlo, muchachos?
Sakon dejó de golpear el tronco acolchado, volteó un momento, resopló sin interés y continuó.
Tayuya encontraba curioso que Orochimaru hubiera logrado crear un lugar tan similar a la superficie, con césped y árboles en ausencia de luz solar. Aunque ciertamente no era lo más raro, ni lo único raro que podía encontrarse en la Aldea del Sonido.
–Es una suerte que tengamos un campo para entrenar nosotros solos, lo mejor de lo mejor. ¿Qué dirían los soldados comunes si los vieran tan acaramelados?
–Puf, buena pregunta. ¿Qué dirían si te despellejo y te cuelgo de ese árbol con tu propia telaraña? –Kimimaro retornó a su expresión natural, pétrea y muerta.
–Sólo estoy jugando, hermano, vamos –el de seis brazos se rascó la nuca, escondiendo sus nervios con amabilidad.
–Tienes que seguir entrenando, Kidomaru. Se acerca una pelea muy dura, te convendría afinar todos tus sentidos.
Kidomaru sintió cómo la rabia le subía por la garganta. Siempre odió que lo subestimaran.
Masticó con sonora viscosidad y regurgitó un poco de sustancia dorada y brillante. La moldeó entre sus dedos y tomó la forma de un gancho del tamaño de una hoz promedio.
Sin mucho problema lo arrojó y el proyectil se clavó en el pecho de un maniquí.
–Tranquilo, jamás voy a perder el toque.
Kidomaru cruzó un par de brazos y se rascó la barbilla con uno más.
–Me das miedo, esfúmate –espetó Tayuya.
–Kidomaru, fuera –dijo el arácnido, antes de ascender.
–Entonces, ¿en qué estábamos? –retomó Kimimaro.
Ella llevó sus labios a la flauta y continuó tocando.
Kimimaro se arrodilló a su altura, sin quitarle los ojos de encima. Tayuya pretendió que estaba sola.
Siempre lo hacía.
El de blanca cabellera prestó especial atención a la flauta. A sus dedos moviéndose entre las llaves. A sus labios.
Ella siguió fingiendo demencia. Si no se daba cuenta, no sucedía.
El combate de Sasuke dejó más malas que buenas impresiones.
Kichiro se atrapó la cabeza con las manos, apoyado en la baranda.
–Eso fue patético.
Kakashi se llevó a Sasuke sin mediar palabra con nadie.
Ni siquiera se gastó en pedirle acompañarlo.
Shino y un ninja del Sonido con los brazos vendados bajaron y se dispusieron a pelear.
–Qué desperdicio. ¿Realmente ese amigo tuyo es un Uchiha? Parece más un imitador. De seguro es hijo de primos.
–Déjalo, anciano. Claramente es esa marca de maldición. Hasta donde sé, Orochimaru es experto en infiltraciones, podría estar en cualquier lado. Si le implantó esa cosa, debe estar monitoreando sus resultados.
–¿Crees que porque oíste algunas historias ahora eres experto en la materia?
–No son historias, son testimonios. Takeshi no era un Don Nadie por aquí, lo conoció personalmente. Él tampoco era un experto, pero estaba bien al tanto de cómo se manejaba ese tipo.
–Si así fuera, es más de lo que puedes abarcar. No es asunto tuyo. ¡Un sannin, por favor! No actúes como si fueras capaz de siquiera mirarlo a los ojos. Deberías concentrarte en seguir fortaleciéndote si esperas algún día ponerte al nivel.
El espadachín escaneó con la vista a los demás equipos.
El dúo del Sonido resultaba llamativo; Una chica de cabello negro y estilizado muy parecido al de Neji. Linda, esbelta y con piernas bien proporcionadas, hasta donde la vista le permitía dilucidar; El otro, un tipo de aspecto indescifrable, vendado en la mayoría de la cabeza y con su ojo izquierdo descubierto. Cargaba en su espalda un montón de paja, pero solo él sabía con qué fin o utilidad.
Por un fugaz momento cruzó una mirada con él, y pareció analizarlo de pies a cabeza en un instante.
–Kin, ¿lo reconoces? –preguntó, valiéndose de su boca cubierta para disimular.
–¿Cuál? ¿El de la espada? Ese anciano dijo algo sobre un alumno cuando estábamos formados, ¿no? No recuerdo haberlo visto en ninguna instancia del exámen –dijo la chica–. ¿Por qué preguntas?
–Parece que se lleva bien con esos mocosos del bosque. Incluso diría que es su compañero de equipo. Tú lo viste, se libró de un agarre de Sasuke como si nada y lo redujo al mismo tiempo. Creo que a Orochimaru le convendría estar al tanto de una persona como él.
"No es que me importe realmente ayudar a Orochimaru. Él se acaba de esfumar, seguramente ha ido tras Sasuke y su maestro. Parece que no estás escatimando a la hora de sacrificarnos por el bien de tus resultados, milord".
–Oigan, ¿qué es eso de una marca? –habló Naruto.
Sakura lo miró y pretendió que no lo sabía. Kichiro suspiró y le puso la mano en el hombro.
–Parece que alguien le ha implantado un sello maldito –murmuró, pendiente de los ninja del Sonido.
Abajo, Zaku liberaba una impactante onda sonora. Shino lo enfrentaba sin inmutarse.
–¡¿Qué?! ¡No puede…! –Kichiro le tapó la boca con una mano al rubio y se acercó a su oído.
–No es conveniente levantar la voz ahora. Esos tipos saben algo. Lo único que tenemos claro es que el que lo hizo es un sannin, y que no fue al azar.
–Entiendo, entiendo –Naruto asintió y luego se rascó la mejilla–. ¿Qué es un sannin?
–Tú no… de acuerdo, escucha…
.
.
.
.
.
Un buen shinobi tiene que ser afilado y certero como un halcón en picada, tiene que abrazar la fuerza de la montaña y hacerla suya, y el silencio debe ser parte de su naturaleza como lo es de la bruma que nos rodea
Proverbio del País del Rayo
.
.
.
.
.
Pocas veces Kichiro había visto un espectáculo tan atroz como cuando los brazos de Zaku estallaron desde adentro hacia afuera.
El pobre diablo se quedó congelado en su lugar, con los brazos extendidos hacia los costados. Sus antebrazos literalmente explotaron en diferentes lugares, manando sangre, tejidos y una oleada azul de chakra puro. Shino se mostró impasible, presionó sus lentes con un dedo.
Zaku se echó al suelo y aulló de dolor entre convulsiones.
–Ehm… bueno, supongo que esto ya acabó –dijo el censor, entrecortado por una tos seca–. El ganador es Shino Aburame.
–Eso fue totalmente repugnante –dijo Kichiro–. ¡Me encantó!
–Neji, ¿cómo fue que hizo eso? Descúbrelo –dijo Lee.
Neji se apoyó en la baranda y activó su Byakugan. En ese mismo momento ahogó un grito de asombro.
Los paramédicos se llevaban a Zaku en una camilla.
–Pensé que los insectos aparecían gracias a una especie de jutsu de invocación, pero en realidad viven dentro de él.
–Un domador de insectos. Hace décadas que no escucho de ellos. Qué curioso.
–Yo siempre creí que Shino era raro, pero ahora me da miedo –reconoció Sakura.
–¡Vamos, Shino es bueno! ¡Yo no puedo esperar para enfrentarlo! –exclamó Naruto.
El próximo enfrentamiento se disputaría entre Kankurô y otro shinobi que Kichiro no conocía, y tampoco le interesaba.
Se disculpó y caminó hacia el baño.
"Qué envidia, ojalá me hubiera metido con esta tontería de los ninja un año antes. Takeshi me habría matado, pero quién sabe, quizás este era el entrenamiento que necesitaba".
Sonrió mientras se lavaba las manos y salía del baño. Se metió las manos en los bolsillos. Alguien iba en su misma dirección.
La chica de lindas piernas con la banda de la Aldea del Sonido.
No le prestó mayor atención y miró por la ventana. Afuera parecía haber mejorado un poco la temperatura. El sol incandescía y no había un solo rastro de viento.
Kin lo miró con detenimiento.
Pasaron el uno al lado del otro.
–Parece que en esta aldea no hay escasez de muchachos.
Kichiro dio algunos pasos más hasta que procesó esas palabras. Rápidamente se giró con las mejillas hirviéndole. Kin ya no estaba.
El corazón le taladró las costillas.
–Ella…
Negó con la cabeza y se apresuró a volver con sus compañeros.
Kankurô había pulverizado a su enemigo, cosa que lo decepcionó un poco.
Esperaba que, cuanto menos, el titiritero la pasara un poco mal.
De manera lamentable para el joven espadachín, la muchacha del Sonido fue derrotada, por no decir humillada, por Shikamaru, incluso a pesar de su flojera.
Kichiro se rascó la mejilla con una mueca de decepción.
"Qué lástima, parecía agradable. ¿O solo tenía buen culo? No, no, parecía agradable".
El siguiente enfrentamiento unió a Tenten y a Ino.
–Puf, qué dolor de cabeza el tuyo –dijo Shikamaru–. Si me tocara con la loquita de las armas yo me rendiría sin dudarlo.
"Y éste mocoso se graduó de la academia sin repetir un solo año" pensó Asuma, apenado.
La compañera de Neji y la de Shikamaru compartieron una mirada fría.
Ino echó mano a su kunai y se puso en guardia.
En el balcón, Gai y Lee ovacionaban a Tenten. Su griterío hizo sonrojar de vergüenza a todo el mundo, Neji incluído.
"Dicen que usa armas, pero no estoy muy segura de qué manera. No parece cargar con nada más que las kunai reglamentarias. Si puedo lanzarle mi jutsu antes de que revele su as en la manga, será pan comido.
Tenten sonrió y se cruzó de brazos. A diferencia de Ino, ella sí conocía exactamente en qué se basaba su técnica. La había visto en el bosque y tenía una mínima idea de cómo contrarrestarla.
–Bien, bien. De una kunoichi a otra, te advierto que no voy a contenerme –dijo con aire triunfal, emocionada.
–Esperaba que lo dijeras.
Tenten pegó un salto, elevándose cuatro metros sobre el suelo. Se aproximó a Ino con una rapidez abrumadora y lanzó cuatro shuriken con una sola mano. Ino gimió con sorpresa y se echó hacia la izquierda. Evadió dos estrellas, una se clavó en su muslo derecho y la otra le rozó el bíceps.
–Miren esa puntería –dijo Kichiro.
Tenten arremetió contra la rubia y estalló sus puños contra ella. Ino se defendió lanzando cuchilladas con su kunai y patadas a la altura del rostro. Tenten esquivó y bloqueó sin problemas, sin borrar su sonrisa.
De pronto golpeó la nariz de Ino con el dorso de su mano. Ésta se hizo para atrás y se estabilizó.
Tenten pegó un corto salto y arrojó su pie contra la sien de Ino.
"La tengo" pensó con soberbia.
Ino llevó sus brazos hacia el costado, parando el ataque con indecible estrés. Salió arrastrada, dio una pirueta para atrás y se puso de rodillas.
–Bien jugado, lo admito, pero hasta aquí te llegó la suerte –amenazó, formando su clásica posición de manos.
Tenten mostró los dientes y sacó un pergamino de sus espaldas. Lo abrió y arrastró sus dedos sobre el papel. Un alfanje se materializó con una explosión de humo y lo empuñó sin demoras.
–Yo digo que está bien –dijo con desafiante inocencia.
–Arte ninja, Jutsu de Transferencia de M…
Tenten llevó la hoja al frente y la hizo girar con un leve movimiento de muñeca.
La luz reflejada bañó los ojos de Ino y ésta chilló con molestia.
–¡Carajo! ¡Toma esto! –lanzó su técnica, muy para el sufrimiento de su sensei y sus compañeros.
Tenten saltó a la derecha, evadiendo el ataque. Se movió entre el suelo y la pared, logrando escapar del jutsu de Ino tres veces seguidas con una soltura y una gracia felina.
Volvió a elevarse más alto que antes y repitió la estrategia de reflejar con el alfanje, cegando a Ino una vez más.
Cayó sobre ella con una poderosa patada descendente.
Ino no se volvió a mover.
–¡Excelente, Tenten! –gritó Rock Lee.
La chica hizo una reverencia, lanzó una sonrisa deslumbrante al público y se deshizo del arma.
Estaba rebosante de júbilo, y aún así no podía esconder del todo lo decepcionada que estaba de haber ganado con tanta facilidad. Si había hecho uso de un arma, fue para no mostrar desprecio por su rival, quien a fin de cuentas, no le pudo ofrecer más que una emoción momentánea.
Temari y Sakura fueron después.
Sus compañeros recordarían el encuentro como el más corto de la fase preliminar, y el más abusivo.
La ninja de la Arena dispuso de Sakura en menos de quince segundos, con una sola ráfaga de viento que la aplastó contra la pared, dejándola inconsciente.
Temari exhaló con decepción y levantó su abanico sobre su cabeza.
–Vamos, te voy a dar una última oportunidad. Vamos a darte hasta la cuenta de tres –una mueca sádica y burlona se formó en sus facciones–. Una –Sakura sufrió un espasmo. No se incorporó–, dos –Hayate se acercó para intervenir.
Un chirrido metálico lo detuvo tanto a él como a Temari.
La punta de Vashra le besó la nariz a la rubia, que echó la cabeza hacia atrás.
Kichiro despedía llamas por sus dos orbes de miel, su frente arrugada y sus dientes presionados al máximo.
–El encuentro terminó –sentenció, acercando la hoja aún más a la chica–. Si intentas algo más, te abriré desde la barbilla hasta el útero.
Su voz se volvió un gruñido gutural, bajo e intenso que anegó el salón.
Gaara mostró cierta diversión, mientras que Kankurô estuvo a punto de saltar a defender a su hermana.
–¡¿Qué hace ese demente?! Eso es todo, lo voy a pulverizar.
–Ya has luchado, Kankurô. Quédate donde estás –habló Baki, su sensei.
–Suficiente, Kichiro, controla tu lengua. Vamos arriba –ordenó Kakashi, tomando a Sakura entre sus brazos.
Might Gai fijó su mirada en el espadachín, que devolvía su arma a la funda.
"Es rápido. En un mismo segundo estaba aquí y luego allá abajo. Lee tenía toda la razón, y yo que pensaba que estaba exagerando".
Naruto y Kiba disputaron la próxima pelea e hicieron gala de cuanta técnica disponían, pero al final la victoria se decantó por el primero, que la saboreó como si fuera su primera y última vez.
El próximo enfrentamiento lo hizo volver la atención al campo de batalla: Neji y Hinata eran los siguientes.
La chica se tocó el pecho. Kiba, recostado en la camilla, frunció el ceño.
–Hinata, acabo de decírtelo. Renuncia.
–Yo…
–Ya lo hemos hablado –intervino Shino–. Hinata no tiene nada por lo que culparse, Kiba. Si ella quiere luchar o dejar de hacerlo, debe estar consciente de ello. Hagas lo que hagas, decídelo tú.
La de perladas pupilas miró al suelo, y luego a su maestra. Sin mediar palabra, Kurenai le dio a entender lo mismo que Shino.
Neji exhibía una mueca de puro odio. Ciego y enteramente dedicado a ella.
–Pase lo que pase, estaremos aquí para ti –Shino le puso una mano en el hombro.
Hinata recibió el gesto con un suspiro. Asintió y endureció su expresión.
–No me echaré para atrás.
Los dos herederos del Byakugan se pararon en la arena. Ninguno habló.
Las manos de Hinata temblaban, sudaban profusamente y tenía que hacer fuerza para mantenerlos al costado de su cuerpo.
–Jamás pensé que tuviéramos que enfrentarnos –dijo Neji, con una leve sonrisa y el ceño arrugado.
–Ni yo, hermano.
Shino, por primera vez, sacó las manos de sus bolsillos y se aferró a la baranda.
Kurenai lo notó.
–Ella estará bien –trató de tranquilizarlo.
–No me preocupa Hinata.
–Muy bien, pueden comenzar –dijo Hayate.
Hinata sintió el frío arrastrarse por su espina.
–Escúchame, antes de comenzar, Hinata –Neji le dedicó unos ojos penetrantes, inclementes–. Ríndete ahora, tu destino nunca fue ser ninja. Eres muy suave y amable, tú buscas la armonía y siempre evitas el conflicto, la gente te influencia fácilmente.
Kichiro arqueó una ceja, pero comprendió de qué se trataba.
–No está mal. Usar una vieja aspereza familiar a tu favor para desmoralizar a tu oponente es una táctica útil. Cruel, quizás, pero nada despreciable –comentó la voz espectral.
–Admítelo –espetó Neji–, tú no tienes confianza, te sientes inferior a todos aquí, lo que realmente te convenía era quedarte como genin. Pero para registrarte en estos exámenes necesitas un equipo de tres, y no querías defraudar a Kiba y a Shino, ¿verdad?
–No la tienes. Nunca la tienes, Neji. ¿Crees que no sé lo que tramas?
–¿Qué tramo?
–Vas a probar aquí que soy claramente más débil que tú. Eso es lo que más anhelas, darle la razón a mi padre. Incluso si lo odias tanto como a mí, no puedes evitar sentir placer con la idea de que él diga que estabas en lo correcto. ¿No es verdad?
Ahora su voz ya no titubeaba. Era nuevo para Neji oírla tan decidida, tan firme.
Tan furiosa.
–Quizás me derrotes hoy. Incluso si me matas, que no me extrañaría, yo no me sentiré vencida. Porque a partir de hoy verás que a pesar de lo que ocurra, yo soy alguien a quien debes tener en cuenta, así sea viéndome por encima del hombro. Me ha tomado tiempo, pero por fin lo he decidido.
–¿Y qué has decidido tú? La pequeña e inocente Hinata.
–Mi camino ninja. El probarle a todo el clan que soy una digna heredera, y quien pondrá fin a la absurda enemistad entre la rama principal y la secundaria del clan.
–Hablas demasiado, prima. Admiro tu valor, pero poco más. Lo único que harás hoy será llorar y revolverte en tu propia miseria, ¡como siempre haces y harás!
Neji pegó una zancada al frente. Sus manos vueltas un par de cuchillas se lanzaron al pecho de Hinata. Ella, empleando el mismo estilo de pelea, las rechazó y contraatacó.
Cada golpe de los Hyūga liberaba una descarga de energía que mecía los cabellos de los presentes como si hubiera un vendaval.
Kichiro no escondió su asombro. Se maravilló por ese despliegue de poder.
Hinata sentía su corazón saltar dentro de su pecho con cada ataque que lanzaba. Las venas de sus ojos hinchadas y pulsantes parecían talladas en piedra caliza.
Neji arremetía con una fuerza rabiosa que habría intimidado a cualquier otro luchador. Pero Hinata empujó sus temores hasta el fondo se su mente, con la vista fija no en Neji, sino en un recuerdo, vago, pero que la perseguía todas las noches.
"Tío Hizashi" se repetía constantemente.
Culpa y nostalgia, las dos fusionadas en una traicionera espada, atentaban contra su corazón, pendiendo de manera constante.
Pero al mismo tiempo era esa espada la que la impulsaba a continuar, con la esperanza de algún día deshacerse de ella.
Hinata rugió y envió su palma contra el pecho de Neji. Éste la rechazó de un golpe, siendo eso lo que Hinata planeaba.
Aprovechó el envión, giró sobre sus pies y asestó un golpe con su otra mano reuniendo toda la potencia que llegó a reunir.
El impacto fue sonoro e hizo temblar todo y a todos. No se detuvo ahí, y clavó su palma en los hombros de su primo, lanzándolo hacia atrás como un muñeco de arpillera.
Ella misma se congeló donde estaba, incrédula de su propia fuerza o suerte, con ambos brazos extendidos y sus pupilas desorbitadas.
–Gai Sensei… jamás nadie le había puesto un dedo encima a Neji –tartamudeó Tenten.
–Impresionante.
–No tocó ningún punto vital, pero ese golpe fue devastador –habló Kakashi.
–¡Cielos, Hinata le tapó la boca a ese tipo! –exclamó Naruto.
Shino apretó la baranda con aún más fuerza. Sudaba profusamente.
–Lo hizo, de verdad lo hizo. Pero… ¡No te quedes ahí parada, remátalo!
Neji regurgitó un alarido que quebró su garganta. Se levantó, corrió y estampó su puño en el estómago de Hinata.
Ese golpe no era parte de su Puño Suave, sino una muestra de todo su odio.
Hinata escupió un gargajo sanguinolento y trató de retroceder. Neji estaba fuera de sí. La tomó por la garganta y le metió un rodillazo otra vez en la boca del estómago.
Levantó su mano libre vuelta una cuchilla y la clavó en la muñeca de su prima. Los ataques escalaron por el largo del brazo y se extendieron por todo el cuerpo de la chica.
Ella chilló y gimió, lanzando manotazos y clavando sus uñas en la carne de Neji. Él no se inmutó, y pareció avivar su saña con cada gesto que ella hacía.
Todos los puntos de chakra de Hinata quedaron anulados.
Por fin la soltó. Más que soltarla, la aplastó contra el piso, rebotando ella como un almohadón maltrecho.
Hinata hizo un esfuerzo y se sentó, jadeando y con hilos carmesíes que se derramaban por sus labios con cada exhalación.
–¿No dirás nada, hermano? –cuestionó ella, con una sonrisa melancólica surcándole el rostro.
Neji estalló un puñetazo de lleno en su rostro. El ojo derecho de Hinata quedó levemente hundido, la piel alrededor se hinchó tomando una tonalidad purpúrea insana, necrótica.
Ella vomitó una bola de sangre y bilis, se secó con la manga y volvió a mirarlo derecho a los ojos. Desafiándolo e instándolo a continuar.
–Apuesto a que viniste esperando salir indemne. Lamento traerte de vuelta a la realidad –Neji odió cada palabra que salió de esos labios. Quería reventarlos de un pisotón y mellar sus cuerdas vocales de un solo golpe, que ese timbre tan dudoso y débil no volviera a taladrarle los tímpanos–. Jamás esperaste eso, y debo decir que en parte yo tampoco. Golpearte fue… es lo más a lo que puedo aspirar. Ya no puedo más. ¿Acaso tienes miedo? ¿Por qué sigo aquí, sin que hayas puesto fin a la pelea?
Hinata descansó todo su peso en sus rodillas, sentándose sobre sus talones, como era costumbre cuando era más pequeña.
–Estoy esperando.
–¿Cómo te atreves? –Neji reunió todo el chakra que fue capaz en su mano hábil, la diestra–. ¡¿Cómo te atreves a ponerme en ridículo, pedazo de mierda subhumana?!
–Es hora, detengan el encuentro –exigió Kakashi, anticipándose a lo que venía.
Kurenai pegó un salto hacia la arena, seguida de Shino. Kichiro y Naruto los imitaron.
La mano de Neji se movió como una lanza hacia atrás, y arrojó una estocada final que fue detenida por el agarre de Hayate. Gai le atrapó el otro brazo y Kurenai puso a Hinata fuera de su alcance con un abrazo casi maternal.
–¡Suficiente, esto es excesivo, Neji! –gritó Gai.
–¡Suéltame! ¿Por qué tienen que intervenir? ¡Ésto no les concierne! ¿Acaso la familia principal merece un trato especial?
–No vas a lograr nada forcejeando así –dijo Kakashi.
Neji gruñó y trató de ejercer fuerza, pero estaba impedido por todos lados.
Hinata tosió y convulsionó.
Naruto se acercó a ella.
A pesar del lívido tono de su piel, el rubor coloreó las mejillas de la chica.
–Kurenai Sensei… –dijo en un susurro débil. Shino se acercó–. ¿Me he superado como usted decía?
La mujer sintió una punzada en el pecho y las lágrimas asomándole por los ojos. Acarició su rostro con delicadeza y le limpió la sangre.
–Hinata, has hecho más de lo que cualquiera de nosotros esperaba. Nadie puede decir que has faltado a tu palabra. Eres una auténtica Hyūga.
La niña cerró los ojos, sonrió y echó su cabeza hacia atrás. No despertó cuando Naruto exclamó su nombre.
Los jōnin dejaron ir por fin a Neji.
Naruto corrió hacia la chica y se agarró de los pelos. Parecía más un maniquí, sucio y magullado, que una persona.
Se giró vuelto una furia.
–¿Qué te pasa, idiota? Pudiste haberla matado –gritoneó. Neji lo miró de reojo.
–Se lo advertí, sabía perfectamente que ésto iba a pasar, y así pasó. Y en cuanto a ti, fracasado, tengo dos comentarios. Primero, deja de lado esos estúpidos festejos, son lamentables e impropios de un shinobi. Y segundo, un fracasado como tú siempre lo será, y no puedes cambiar eso.
Naruto corrió contra el de perladas pupilas. Neji sonrió, pero Lee y Kichiro se interpusieron.
–Naruto, entiendo tu sentir, pero las reglas establecen solo un enfrentamiento a la vez, y solo deben ser oficiales. El que pierde golpea al genio virtuoso a través de la voluntad pura. ¿No sería un encuentro emocionante? Incluso si yo fuera el que tuviera que golpear a Neji. Por supuesto que si tú peleas contra él, está bien de igual manera.
–Ya, tú ganas, Lee.
Hinata de pronto tosió un chorro de sangre.
Kurenai le descubrió el pecho y tomó su pulso.
–Por Dios, está al borde del infarto –dijo con consternación, iracunda, fijándose en Neji.
–Yo no gastaría tiempo con miradas de odio, Kurenai Sensei. Lo que importa es atenderla a ella –Neji esbozó una sonrisa fanfarrona y cruel.
Kichiro no quitó sus ojos de encima de él. Al principio sólo le pareció un compañero más, pero ahora lo veía claramente.
"Es tu propia familia. De verdad que no sabes lo que has hecho. No lo sabes" pensó, aguantándose el llanto, tapándose la boca y la nariz con una mano, presionando con el estómago, frunciendo el rostro.
Nadie lo notó, excepto Kakashi.
Los paramédicos cargaron a Hinata en una camilla y se apresuraron a sacarla del lugar.
Neji se tocó el corazón. Había una irregularidad que lo hacía respirar con un sobresalto cada algunos segundos.
Se tragó el llanto y lo reemplazó por un grito al tiempo que arremetía contra Hinata.
A escasos diez metros de ella, una pared negra y palpitante se le plantó en medio.
Los lentes de Shino centellearon y su semblante demostraba una solidez propia de él.
–Déjala en paz, esto ya se acabó y tú tienes lo que querías –le dijo al Hyūga, en un tono demandante y calmo.
–¡No te interpongas en mi camino, fenómeno!
–¿Crees que te temo, principito? Atrévete a tocarla.
El enjambre de escarabajos que rodeó a Shino hizo que Neji no viera avance posible.
–Tendré que sacarte de en medio a ti también.
Shino no replicó. Gai tomó a Neji por los hombros y lo hizo girarse.
–Prometiste que no perderías la cabeza por este asunto de las ramas familiares. ¿Qué es esto? Es una falta a todo lo que les he enseñado.
–Usted no lo entiende.
–No me importa. Contrólate.
Shino desvaneció su enjambre una vez Hinata estuvo fuera de la vista. Acomodó sus lentes y le dio la espalda a Neji y Gai.
No volvió a pronunciar una sola palabra.
–¡Oye, Neji! –gritó Naruto.
El rubio se inclinó. A sus pies había un charco de sangre. Posó sus dedos y los pasó por encima, dejando un corto rastro.
Levantó su mano frente a su rostro y la cerró en un puño.
–¡Por esta sangre, juro que triunfaré!
Gaara y Rock Lee fueron los próximos elegidos. El segundo festejó el éxito de su táctica de "dejar de desear algo para que llegue más rápido".
Kichiro lo encontró tierno y de una jovialidad contagiosa, que arrojó un poco de calidad sobre su corazón.
–¿Qué tanto me ves? –preguntó Neji, con la vista fija en Lee, que enfrentaba a Gaara sin moverse aún.
–Eres una bestia, Neji –replicó Tenten con la voz quebrada, ahora evitando mirarlo–. Me decepcionas.
–¿Yo a ti? Gran cosa. Búscate un rival digno y gánale la próxima, porque vencer a esa remilgada no es ningún mérito.
La jovencita de cabello castaño, estilizado en dos orejas de oso, corrió la cabeza lejos de él. No iba a llorar, pretendería que no le afectaba y que, como siempre, hacía oídos sordos.
–Eres un caso perdido. Si las chicas que te coquetean te conocieran por cinco minutos, quedarías más solo de lo que ya estás. Ni siquiera puedo decir que me des lástima.
Y luego dio unos pasos lentos y pesados, alejándose de él y de su sensei. Se paró junto a Kichiro y Naruto y preguntó si estaba bien que se les uniera. Ninguno objetó en lo absoluto.
.
.
.
.
.
Es en las inmensidades de la voluntad humana que reside la verdadera capacidad de moldear el chakra. De alterarlo, ajustarlo a nuestra propia necesidad, a una causa o un fin que consideremos de valor.
Un solo hombre con la voluntad justa es más poderoso que cien autopercibidos genios por herencia.
Shoto Ishida - Meditaciones sobre la naturaleza del Chakra
.
.
.
.
.
La fuerza era lo que más excitaba a ese joven y vital espadachín.
Su persona, ardiente por naturaleza, encontraba placer donde muchos encontrarían calvario y agotamiento.
El sentimiento de sus músculos quemando y sus pulmones implorando por un momento para regularizar su ritmo le despertaban un ansia guerrera que se avivaba por sí sola con cada momento que las sensaciones perduraban. No se trataba de un ardor del que pudiera hacer gala y alimentar así su ego. Era el que le quemaba las entrañas, que exigía liberación ante cada mínima situación de riesgo. Un ardor que él y sólo él podía degustar, y no habría podido quererlo de otra manera.
Amaba a las mujeres, era un hecho.
Lo encendían un busto abundante, unas piernas bien dotadas o unas caderas pronunciadas. No encontraba vergüenza en eso, si se lo guardaba sólo para él, y más en su floreciente juventud.
Incluso, muy en el fondo, el recuerdo de un ente masculino que alguna vez fue objeto de su deseo solía pincharlo ocasionalmente.
Cabello largo, azabache, rostro más perfecto que el de cualquier mujer que hubiera visto jamás, labios de porcelana y una fuerza y habilidad para el combate que rivalizaba con la suya. Cuando se descuidaba, se encontraba añorándolo y sufriendo por su ausencia.
Le despertaba dudas, acaso inseguridades.
No había un manual de cómo tomarse o enfrentar las contradicciones del sexo, y si de verdad hubiera encontrado uno, no se lo habría tomado en serio.
Pero lo único que caldeaba sus venas de manera plena, brutal e incansable era la fuerza. El poder, la energía en su estado más puro. La fuerza que destruía y hacía bello el mundo, forzando a la revolución y el constante cambio. El bárbaro impulso catalizador del universo del que él mismo disponía. Fluía por sus venas y residía en el filo de su espada.
La fuerza era su verdadera, perfecta y eterna amante. Así lo había decidido.
Por eso, cuando Lee exhibió ante todos las gloriosas Puertas Internas, no se esforzó en esconder el rubor y el sudor que lo asaltaron.
Esa fuerza, vigor puro, era el mejor combustible para su ansia guerrera. Necesitaba aprender a abrir esas puertas, fuera como fuera, y apoderarse de ese poder destructivo. Hacerlo suyo, someterlo para sí.
Una vez más, su corazón bombeaba torrentes de fuego hasta por el más fino de sus capilares.
Sonreía.
