Dedico este cap a Maria Tsubasa que me dejó la primer review que tengo en fanfiction! XD :D
El mejor de los fantasmas
Lydia no leyó el folleto en voz alta, por lo que nada sucedió. En ese momento, al menos.
¿Qué significaba todo eso?... ¿Bio... bioexorcista? ¿Qué demonios era un bioexorcista?
La mirada de la chica quedó prendada al dibujo al final de la página. Era una especie de... cucaracha... o escarabajo.
Después de unos cuantos segundos, Lydia recordó que tenía que llevarle su cuaderno a Bertha. Se puso de pie lentamente, aun con el extraño folleto en la mano, y luego lo guardó en su mochila, junto con el cuaderno anaranjado. Sea lo que fuera que ese papel significaba, tendría que averiguarlo más tarde.
Se colgó la mochila al hombro y salió del ático a toda velocidad. Para cuando llegaba a la planta baja, pudo oír con claridad los chillidos de su madrastra, que obviamente seguía "hablando" con su padre. Lydia alcanzó a oír a la mujer gritar algo sobre "¡una de mis mejores esculturas, desaparecida!", antes de salir por la puerta trasera de la cocina. Se subió a su bicicleta y, unos cuantos pedaleos más tarde, ya estaba lo suficientemente lejos de su casa para que su padre no pudiese detenerla. Probablemente la castigaría... O tal vez no. Quizá Delia siguiera siéndole útil ese día, y lo distrajese lo suficiente para que se olvidara de la existencia de su hija por un rato.
Bueno, no es como si olvidarse de mí le costara tanto...
Recorrió gran parte del camino en poquísimo tiempo. No sabía exactamente porque, pero de repente se sentía llena de energía, energía necesitaba descargar. Era eso o tendría que golpear a alguien. Quizá... quizá si le molestaba un poco que su papá no la hubiese detenido de salir en un día como aquel...
¿Pero que estaba pensando? ¿Cómo iba eso a molestarle? Ella quería salir y lo había hecho. Así que no tenía ningún motivo para estar enojada o de mal humor... ¿Cierto? Además, era un día tan hermoso... Bueno, al menos, el tipo de día que a Lydia le parecía hermoso.
El viento le azotaba con fuerza el rostro, haciendo que su pelo revoloteara como loco y, si no lo hubiese tenido atado, (o casi atado, porque el peinado que ella solía llevar no era del todo recogido), seguramente le habría dificultado ver el camino por donde iba.
Las nubes habían tapado el sol casi por completo. Era, pensó Lydia, parecido a un eclipse de sol. Bueno, ella jamás había visto uno, pero imaginaba que debía ser algo así... aunque mucho más maravilloso.
Lydia estaba pensando en cuan fantástico sería ver un eclipse de sol, (la Noche tomando posesión del Día, la Luna buscando al Sol... o la Luna asesinando al Sol...), en eso pensaba la chica, cuando las primeras gotas empezaron a caer. De modo que no se dio cuenta.
No hasta que la tormenta realmente se hubo desatado. Y puedo asegurarles que, si alguna vez hubo una "tormenta perfecta", fue esa.
Alguien había encontrado el folleto. ALGUIEN HABÍA ENCONTRADO EL FOLLETO.
Lo podía sentir... si, si, si, ¡estaba seguro! Había pasado tanto tiempo desde la última vez que logró salir... ¿Un siglo? ¿Cincuenta años?... Y podía jurar por su... por su propia no-vida, o muerte, o lo que sea... él podía jurar que esta vez las cosas irían bien. Bien para él, en todo caso. No tanto para quién sea que lo llamase...
Pero... un momento. Si alguien había encontrado el folleto... ¿por qué...?
¡¿Por qué mierda sigo aquí!
Claro. Ya lo entendía. No había motivo por el cual preocuparse... era sólo que... ¡EL IDIOTA MALNACIDO, (quien sea que hubiese encontrado el folleto), NO LO HABÍA LEIDO EN VOZ ALTA!
No señor, nada de qué preocuparse en absoluto.
Lo más terrible fue que, para cuando la tormenta se desató, Lydia estaba ya a medio camino entre su casa y la de Bertha. Ósea, en el medio de la nada.
Pronto fue obvio. Con los terribles gotones cayendo sin descanso sobre su rostro; nublándole la visión; empapando su ropa y convirtiendo en barro el camino por el que su bicicleta iba... era obvio que no podía seguir avanzando. Tampoco podía volver.
Desesperada, Lydia empezó a buscar algún refugio. Si no se apuraba, su cámara, aun estando dentro de la mochila, podría mojarse.
Lo más cercano que encontró, fue una casita pequeña y destartalada, con pinta de no haber sido usada en mucho tiempo. Algo dudosa, Lydia bajó de su bicicleta e intentó abrir la puerta. Para su fortuna, la misma se abrió con facilidad, y fue obvio, una vez estando dentro, que la casa estaba abandonada. Claramente, el lugar no había sido aseado en años. La habitación en la que Lydia entró era una especie de living-comedor. Las paredes, de madera, estaban enmohecidas; había una gran chimenea en la esquina derecha; una pequeña ventana rota en la pared izquierda, por la cual entraban ráfagas de viento y lluvia, y en el centro del cuarto se encontraba una gran mesa, con tres sillas a su alrededor.
Sin pensarlo dos veces, Lydia entró su bicicleta y la apoyó a un costado de la vieja mesa; cerró la puerta tras de sí, y se dejó caer en una de las sillitas de madera, la más lejana a la ventanita rota. Suspirando y dejando escapar una risita irónica por su "buena suerte", se sacó la pinza que le sostenía la mitad de su melena negra y empezó a sacudirse el pelo empapado, para que se le despegara del cráneo. Luego buscó su cámara con ansiedad y comprobó que estuviera bien. Era algo casi increíble, pero la lluvia no había traspasado la tela de su mochila. Tanto su cámara, como el cuaderno anaranjado, el... extraño folleto del escarabajo, y demás cosas que llevaba dentro, habían sobrevivido al diluvio intactos.
Entonces tuvo que afrontar la realidad y preguntarse qué demonios haría a continuación... Bueno, no era como si realmente pudiera hacer algo. NO podía, (ni quería), volver a salir. Además, podía empezar a granizar. En ese momento, lo más útil habría sido tener un teléfono móvil, para pedirle a su papá que la viniese a buscar. Pero ella no tenía celular, porque nunca le había gustado la idea de ser controlada por medio de uno. Por otro lado, aun si lo hubiese tenido, no estaba segura de que habría querido llamar a su padre en esas circunstancias, considerando que él no quería que ella saliera y eso...
Lydia suspiró, mirando a su alrededor. Había una puerta cerca de la chimenea, que ella no había visto antes. ¿Qué cuarto sería ese? Lydia tuvo, por un momento, el impulso de ponerse de pie y abrir la segunda puerta, pero... algo la detuvo.
Entonces, Lydia comenzó a preguntarse, sintiendo algo parecido a la fascinación, aunque cercano al miedo... si esa casa no estaría embrujada... ¿Y qué si lo estaba? ¿No había ella siempre deseado encontrarse con algo así?
De todas formas, no abrió la segunda puerta. Ni siquiera se puso de pie. En lugar de eso, saco su cartuchera, arranco una hoja en blanco del cuaderno anaranjado y empezó a dibujar, decidida a pasar el tiempo lo mejor posible hasta que parara de llover.
Charles terminó de discutir con Delia... quiero decir, Delia terminó de gritarle a Charles, más o menos una hora más tarde, cuando al fin quedó convencida de que él no tenía idea de dónde podría estar su escultura perdida. Al fin, y con una sonrisa, la mujer se encogió de hombros y dijo:
-Supongo que tendrás que ayudarme a buscarla. – pensó un minuto y agregó:- Y Lydia también debería ayudar. Ve a su cuarto y avísale.
Lydia dibujó y esperó. Le echó una ojeada al contenido del cuaderno de Bertha, recordando de repente que ella también tenía que estudiar, y esperó. Como no tenía la menor gana de estudiar en esas circunstancias, siguió dibujando por un rato más, y esperó. Aburridísima y muerta de frio, sacó su cámara y se dedicó a tomar fotos del cuarto en el que estaba, desde su asiento. Y esperó. Y la lluvia no daba ningún indicio de terminar, incluso, parecía como si estuviese lloviendo con más intensidad que al principio.
Lydia, llegando a la conclusión de que si ese lugar hubiera estado embrujado, ya tendría que haber sucedido algo, se puso de pie e intentó abrir la puerta que estaba al lado de la chimenea. Pero la puerta no se abrió.
Fastidiada, Lydia volvió a sentarse, y estornudó. Con el frio que tenía, y lo empapada que su ropa había quedado, era obvio que no se podía salvar de estar resfriada. Maldijo en voz baja y en ese momento se acordó de que ella había planeado tomarse una foto a sí misma. Se sacó la foto y, cuando la vio (era una cámara instantánea), no pudo evitar reír. Su peinado había quedado reducido a la nada y ya casi no tenía maquillaje en los labios. Se veía bonita, de todas formas. Una forma algo patética y graciosa de verse bonita, pero linda en fin. Aun riendo, guardó la foto en la mochila, y entonces su mano tocó el áspero papel del folleto.
Contenta de tener algo en que ocupar su mente, Lydia sacó el papel con el dibujo del escarabajo, y se dedicó a observarlo, con el seño fruncido.
-Bioexorcista... –murmuró- ¿Qué diablos...? – Luego rió - ¿Y como se supone que debo "llamarlo"? ... Beetlejuice... Ese debe ser su nombre. Wow, que pintoresco. Beetle...juice. Beetlejuice. ¿Él es el bioexorcista? ... ¿Y por qué demonios estoy hablando sola? – murmuró, riendo de sí misma-
Y una voz grosera y rasposa le contestó:
-¿Hablando sola? ¡Y yo que pensé que hablabas conmigo!
Beetlejuice observó cómo la diminuta chica se tensó al oír su voz, y cómo, lentamente, apartó sus gigantescos ojos oscuros del folleto, para mirarlo a él. Beetlejuice sonrió, mostrando orgulloso todos sus dientes podridos, y esperando impaciente que la chica empezara a gritar.
Pero la chica no gritó.
-¿Quién demonios eres? ¿Cuándo entraste aquí?
Él soltó un bufido, irritado ante la lentitud de razonamiento de esa pigmea.
-¿Qué quién soy? ¡Ja! ¿No fuiste tú la que me llamaste?
-¿Eres Beet—
-EL mismo, pero mejor no lo digas en voz alta, nena... ¡cosas horrendas podrían sucederte!
La chica se quedó callada un momento, observándolo. Él frunció el seño. ¿Cuánto tiempo iba a tardar la idiota en darse cuenta de que estaba frente a un muerto?
-¿Eres un... fantasma?
¡Bingo!
-El mejor de los fantasmas, nena. – contestó Beetlejuice, sonriendo nuevamente, hundiendo las manos en los bolsillos, y acercándose un paso más a la extraña chica, para que pudiese verlo mejor.
Los ojos de ella se agrandaron aun más (si es que eso era posible), y Beetlejuice estuvo seguro de que la chica iba por fin a reaccionar. Y a gritar.
Pero, en lugar de eso, los pequeños labios rosas de la pigmea se separaron para decir:
-¿Puedo... podría tomarte una fotografía?
