«Mañana me voy de viaje y estaré fuera unos días. Antes de irme quería oír tu voz, eso es todo. A veces me dan unas ganas enormes de oír tu voz.»

—Haruki Murakami.

Yoruichi no sabía en qué momento había comenzado a sentir esto. Sólo pasó.

Empezó siendo tan sólo una pequeña inquietud; una inquietud que sentía cada vez que tenía cerca a la que alguna vez fue su discípula. Similar a algún tipo de cosquilleo en su pecho cada vez que luchaban juntas, y la veía con su haori puesto o con el uniforme del Omnitsukido, algo que confundía con preocupación por la integridad de la muchacha. Un cosquilleo que persistía cuando ella simplemente usaba ropa mundana y la miraba con esa adoración que, de alguna manera, sobrevivió a ese largo siglo separadas. Uno que pasaba a extenderse por toda su piel cuando ella la tocaba aunque fuese por error.

Luego el cosquilleo se convirtió en un latido, un ritmo de latido completamente nuevo en su corazón que sólo sentía cuando estaba con Soi Fong, o cuando pensaba en ella. Su corazón palpitaba a un ritmo totalmente distinto al mirar los brillantes ojos grises de su sucesora, cuando oía su voz grave aunque fuese por teléfono. Era algo extraño y no lograba definirlo, pero le hacía bien, le hacía sentirse cálida y acogida, como no había vuelto a sentirse desde su niñez en la que sólo contaba con Kisuke y Tessai.

Ese típico picor en su estómago, al que las historias de amor le llamaban mariposas, las veces en las que el tacto de la piel transparente de Soi Fong se quedó marcado en su propia piel incluso cuando esta estaba ausente, el calor de su abrazo que de vez en cuando sentía y a veces añoraba en las noches, el ardor que comenzó a nacer en sus mejillas con ciertas palabras y acciones de Soi Fong. Cada vez más sentimientos que, aunque no lo sabía, provenían de la misma raíz y con los que la morena era incapaz de pelear.

Porque ¿Cómo puedes luchar contra ti mismo, contra tus propias emociones sin hacerte un terrible daño en el proceso?

Llegó un punto en el que la voz grave de Soi Fong se le antojaba de lo más dulce, un punto en que los ojos grises de la capitana le parecieron los más hermosos del mundo, un punto en que no se sentía más segura en ningún lugar —ni siquiera en compañía de Kisuke— que en el regazo de la muchacha, en el que en ocasiones se acurrucaba para dormir en su forma felina y... Admitía que últimamente fantaseaba con quedarse dormida allí en su forma humana, como lo hizo una ocasión hace ya un siglo. Llegó un punto en el que no pudo ignorar más las sensaciones dulces, pero confusas que la atacaban cada vez que la otra chica se le acercaba, sensaciones que nunca pensó que sentiría precisamente hacia la jovencita que alguna vez había sido su guardaespaldas.

Oh, y cuando se dio cuenta de una vez de lo que le sucedía las cosas se sintieron tan simples, pero a la vez tan complicadas.

Porque al mismo tiempo en que Yoruichi le plantaba cara al fin a sus verdaderos sentimientos. La ex-comandante creía ver a Soi Fong volverse más bella cada vez que la veía, el corazón le daba punzadas casi dolorosas cuando estaban juntas y Soi Fong le sonreía, con esa sonrisa única que Yoruichi no veía que le ofreciese a alguien más. Más de una vez la morena llegó incluso a preguntarse si Soi Fong era consciente de ese efecto que ejercía sobre ella y estaba jugando con ella, quizá como venganza por todas las burlas y bromas que Yoruichi solía jugarle.

Pero Yoruichi sabía que Soi Fong no era como ella, Soi Fong nunca se divertiría a costa de sus propios sentimientos, menos aún si era, por uno u otro motivo, consciente de la verdad en estos.

—¿Yoruichi-sama? —le había dicho Soi Fong en una ocasión, incómoda por la mirada de su maestra clavada en ella.
—¿Qué pasa, Soi Fong?
—¿Todo bien? Se me quedó mirando un rato y parecía como en trance.
—Sí... Estoy bien, sólo pensando en... En que no sabía que tuvieras un trasero tan prominente.
—¡Yoruichi-sama! —Soi Fong, con el rostro arrebolado desde las orejas hasta la frente sólo atinó a cubrirse con la camisa grande que llevaba a modo de chaqueta, a lo que Yoruichi sólo respondió riéndose a carcajadas, como siempre lo hacía.

Hubo otra ocasión, precisamente en esa vez en la que fueron con el resto de los Shinigamis a la playa. Se quedaron allí hasta que el sol comenzó a esconderse y el cielo ya se veía degradado en azul profundo, naranja y púrpura y el mar, teñido del mismo azul con una inmensa franja dorada, parecía demasiado salvaje incluso para ellos.

Mientras todos estaban en el auto —rezando por no estrellarse por causa de la mortal velocidad de conducción de la capitana Unohana—, en medio de las conversaciones —o en todo caso las discusiones— del grupo de Ichigo y los demás Shinigamis, Yoruichi se sobresaltó levemente al notar de repente un peso sobre su hombro. Cuando se dio cuenta era la pequeña cabeza de su sucesora tendida sobre su hombro, y se dio cuenta de que Soi Fong estaba dormida, al parecer todo el día nadando, pescando con ella, peleando con los monstruos sandía de los capitanes y finalmente el largo rato de juegos en la arena habían sido demasiado, incluso para ella. Y al verla dormida su propio cuerpo no pudo evitar destensarse enseguida.

La tranquilidad en su rostro al dormir era algo que al instante le transmitió tranquilidad a ella, sin querer. Casi en el momento Yoruichi se terminó olvidando casi por completo de todo: El día en la playa, el atardecer, las voces de los demás, incluso el movimiento del auto. No diría que se le quedó mirando todo el resto del viaje porque no fue así. Pero el camino de regreso a la tienda apenas pudo sentirlo. Yoruichi se sintió medio desconectada del resto del mundo durante todo el rato que Soi Fong estuvo durmiendo sobre su hombro, pero de un modo agradable, similar a estar sola en un cuarto lleno de colores pastel y objetos de felpa que te transmiten nada más que paz y calidez, con las mariposas en el estómago haciéndole compañía y sintiendo el corazón latiéndole fuertemente contra el pecho ante su cercanía. Se sintió estúpida en un momento por estarse sintiendo así cuando Soi Fong solamente se había dormido sobre ella por pura casualidad, pero ni así pudo mandar a callar la cantidad de emociones y sensaciones que la embargaron hasta que tuvo que despertar a Soi Fong y esta se separó de ella.

Y cuando eso ocurrió los sentimientos pacíficos y placenteros fueron reemplazados por una especie de vacío, en el pecho y en el estómago. Y su hombro no dejó de sentir en un buen rato el calor de la sien y la mejilla de Soi Fong, casi como si fuese un fantasma. El aroma a vainilla del cabello de la muchacha se le quedó como incrustado en las fosas nasales y, para su enorme desgracia, Kisuke y Jinta no dejaron de reírse de ella por el gran sonrojo en sus mejillas morenas.

Era lo más cerca que ella y Soi Fong habían estado en mucho tiempo. Pero Yoruichi no podía evitar sentir un dolor sordo en el pecho al darse cuenta de que, sólo habían estado tan unidas porque Soi Fong estaba dormida, y estaba segura de que, si la capitana hubiese estado completamente despierta jamás se habría permitido semejante cercanía con ella.

Le entristeció, pero esa tristeza no fue suficiente para impedir que la ex-princesa se quedase con ese recuerdo encantador del delgado cuerpo de Soi Fong apoyado en el suyo, el cosquilleo del corto cabello oscuro en su cuello y barbilla y ese ínfimo momento en que se fijó en los delicados labios rojos de la menor, entreabiertos en una manera casi inocente. Esa era una imagen que tampoco salió de su mente en un buen rato.

Para bien o para mal, Yoruichi se vio obligada a acostumbrarse a todos esos sentimientos que Soi Fong le inspiraba.

Yoruichi no sabía por qué de entre todos tuvo que tratarse de Soi Fong, no sabía cuándo fue que sin darse cuenta dejó de ver a Soi Fong como una discípula o hermana pequeña y empezó a verla como algo más. Pero hace tiempo que había dejado de buscarle una respuesta a todo eso que le sucedía con su antigua alumna, pues sabía que no la encontraría.

Por el momento, ella estaba más que bien con sólo verla un par de ocasiones y tenerla para ella sola aunque fuese por unos momentos. Estaba bien con ver su rostro enrojecido y sus tartamudeos cuando bromeaba con ella o la ponía en evidencia de alguna manera, estaba bien con hablar con ella y oírla decir su nombre y ese honorífico que en su momento le resultó tan molesto. Simplemente... Con ella todo estaba bien.

En ese momento Yoruichi no estaba segura de cuánto tiempo llevaba ahí parada en ese mismo lugar, pero sentía que no era capaz de moverse fuera para alejarse o para acercarse más y exponerse. Era como si las plantas de su pies hubiesen echado raíces y la hubiesen anclado al suelo. Pero poco le importaba. No le importaba quien hubiese pasado y la hubiese visto ahí parada literalmente espiando a la capitana, de hecho, ni siquiera se había dado cuenta de las miradas extrañas que los pocos que por allí pasaban le mandaban.

Y es que permanecía con los ojos clavados a la figura de Soi Fong sola en aquella habitación escondida. Durante un buen rato la había visto hacer complicados estiramientos de ballet y luego practicando algunos movimientos. El uniforme de Shinigami e incluso el del Omnitsukido habían sido reemplazados por un sencillo leotardo negro ceñido a su delgado cuerpo y hacía ver su piel aún más blanca, una falda corta ligera y zapatillas de ballet. Soi Fong parecía una verdadera bailarina mientras practicaba giros en las puntas de sus dedos, mientras se desplazaba con demasiada delicadeza por la habitación como si flotara, movía los brazos con total gracia y sobre todo, pareciendo estar perdida en su propio mundo. Ya no era la ruda capitana del segundo escuadrón, ni la rígida comandante del Omnitsukido. Tan sólo era una bailarina más disfrutando lo que hacía.

Y por un momento Yoruichi creyó ver a la jovencita a la que conoció hace cien años, la que era mucho más feliz a pesar de la sangre y dolor a su alrededor. Creyó ver una parte de Soi Fong que, llevaba tanto tiempo sin ver que hasta lo había olvidado. Una parte de Soi Fong que, la morena sintió y aceptó con dolor, que no le correspondía ver.

Sacudió la cabeza y se alejó, dejando nuevamente a Soi Fong sola en su coreografía imaginaria. De nuevo su corazón se aceleraba, incapaz de hacer caso a sus órdenes.

Y de nuevo, Yoruichi sintió que la imagen de su abejita bailando, sintiéndose libre como pocas veces lo hacía, se le quedaría quemada en la memoria por mucho, mucho tiempo.