CAPÍTULO 17: LA PROPUESTA DE FATA TITANIA.

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A pesar de que Marina se había propuesto firmemente la idea de luchar y reafirmar su verdadero objetivo, que era salvar a Céfiro, comenzó a sentir nuevamente aquella extraña e insaciable necesidad de volver a ver a Aliso. Era como si nada de lo que le hubieran dicho hubiera importado y no hacía más que pensar en el elfo. ¿Qué le había pasado? En el fondo sabía que Aliso era un ser que no sabía ni sabría nunca amar, ni podría amarla. Entonces, ¿Por qué se aferraba tanto?

-Ahí está la entrada – anunció Lucy, como buena líder – démonos prisa.

-¿No sería mejor primero investigar el lugar? – preguntó Anaís siempre prudente - ¿qué tal si es una trampa?

-No lo creo – dijo Marina viendo impresionada el lugar - ¿Para qué aquí? Hay que preocuparnos ya adentro. Además, no me detendré, necesito ver a Aliso.

-¿Qué? – dijo Anaís - ¿Sigues con la idea de seguir al elfo? ¡Creí que ya lo habías olvidado!

-Claro que no – dijo Marina, como tonta – jamás podré olvidarlo.

-Marina, déjate de tonterías – le espetó Lucy – es un hechizo, ¿recuerdas? ¡no es real!

-¡Lo que siento es muy real! – se quejó Marina. Como una niña que se queja de una comida que sabe mal - ¡Luciérnaga! ¡Le di al sapo lo que sabía a cambio de que me llevaras donde Aliso, llévame!

-¡Marina! – se indignó Anaís - ¿cómo puedes pensar en el elfo en un momento así? ¡Tenemos que salvar a Céfiro, a nuestros amigos!

Marina enrojeció de coraje. Estaba completamente obsesionada.

-¡No me voy a ir de este mundo! Nos encontraremos de nuevo y hablaremos todo lo que quieran. ¡Recuerden que yo las he ayudado siempre! ¡No se opongan a lo que quiero hacer!

En ese momento Marina se echó a correr. Solo alcanzó a escuchar la voz de Lucy:

-¡NO VAYAS, MARINA!

-¡Déjame, déjame ir con él!

Siguió y siguió, y hacía un voluntarioso esfuerzo por ignorar el dolor que sus pies que superaba ahora, el de sus manos, siempre con la mirada fija con el cuerpo brillante de la luciérnaga que era un faro diminuto para ella.

La vereda comenzó a descender y se abrió en una gran extensión arenosa. La luz de la luna, y es que el día duraba poco en el mundo de las hadas en ese inmenso bosque, la luna centelleaba sobre una gran superficie de agua. Más grande que el lago del Tristifer, más grande que nada que ella hubiera visto antes. Creyó que había llegado al mar y el agua no traía sal. Sabía a cobre y amarga salvia.

Caminó rápidamente sobre un delgado puente con los ojos puestos sobre la torre, asustada y temerosa de que un monstruo pudiera aparecerse de pronto, o alguna trampa que pudiera hacerle daño. Había muchas voces a su alrededor, entre las que se confundían los gruñidos y los susurros metálicos de gargantas extrañas. En la caterva tumultuosa que pululaba cerca de los escalones que conducían a la entrada, reconoció fisionomías de hadas, de belleza tan distinta a la humana, tan luminiscentes y perfectas que aún en la noche podían ser admiradas. Eran sus vestidos de seda, sus mejillas aterciopeladas como duraznos y en sus ojos de gato brillaba la ferocidad del lince. Había también gnomos diminutos y vestidos de rojo y elfos hermosos coronados de hojas de olivo y ramas, forzudos enanos de barbas largas y piernas torcidas.

Sin embargo, con este distintivo paisaje, Marina caminaba firmemente y decidida a la torre, sí, con miedo, pues las rodillas le temblaban ligeramente pero convencida de que su destino se resolvería entre ésas altas paredes, de que era un asunto entre Aliso y ella. Los demás peligros no contaban, bueno, al menos ésa noche.

Tuvo que vencerse mil veces antes de traspasar el umbral. No porque algo la amenazara, más bien confundida como estaba entre la multitud de seres que se arremolinaba en la entrada, sino por el extraño sentimiento de entrar en ése laberinto. Jadeaba entrecortadamente y el sudor le bañaba la frente y la espalda.

Estuvo de pie, durante largos minutos, mientras el río de seres se deslizaba a sus costados con gran escándalo. Escuchó gritos, risotadas, aullidos, maldiciones. También escuchó gruñidos y otros sonidos que no provenían de garganta humana o algún animal que pudiera identificar la Guerrera Mágica.

Comenzó a sentir la ya familiar ligereza del pánico pero se decidió a entrar. La luciérnaga, adivinando que su ama estaba ya lista, levantó el vuelo de su hombro y flotó frente a ella. Marina clavó la mirada en el cuerpo pequeño y luminoso del animalito. Solo eso vería, hasta que encontrara a Aliso. Entonces lo veía a él.

La Torre estaba bien iluminada. Un fuego verde ardía n antorchas, hogueras, braseros, hachones que chipoteaban. Había una alegre música, ella no veía ningún músico, pero escuchaba con claridad una flauta dulce, un címbalo, y resistía con todas sus fuerzas la tentación de buscar de donde provenía el sonido y olvidarse de todo, envuelta en ésa maravillosa música.

Un grupo de elfos jóvenes bailaban con abandono bajo una higuera. De pronto pareció que reñían entre ellos. un elfo de rizado cabello negro sacó una gruesa cuerda de una bolsa y trató de atacar a otro. Marina se asustó, y luego vio que solo bromeaban.

Marina se dio la vuelta furiosa, subió las escaleras y entró al salón.

Las enormes mesas del banquete se abrieron paso ante ella, vinos, carnes, pan y frutas exóticas en montones y entonces Marina sintió que el hambre la vencía. Se le hizo agua la boca y trató de despegar la vista de la comida, pero no pudo. El hambre le atenazó el estómago y se quejó. Solo un bocado, una rodaja, un poco de sopa, o carne…

No, no debo comer nada . se dijo – si lo viera a él, sí supiera donde está, si comería, aunque fuera solo para asegurarme de quedarme aquí. Para tener la eternidad y convencerlo de que me ame.

Caminaba hacia la mesa como si su cuerpo estuviera gobernado por el estómago y el cansancio.

Pero la luciérnaga seguía adelante, de pronto, tras una columna salió una mano larga y pálida que la tomó del brazo. Aliso, iluminado por el fuego verde, su rostro era más hermoso de lo que Marina recordaba.

La chica olvidó el hambre, el cansancio y la sed. Como antes, en el bosque, solo existía él. Aliso sonrió y entornó sus ojos.



-Y dime, Marina. ¿Es verdad que eres amiga del Señor del Lago? – dijo con voz grave y profunda.

Marina no comprendió. Cuando por fin supo de que hablaba, Aliso había dejado de sonreír y la miraba con atención. Un gesto duro le adelgazaba la boca y ceñudo esperaba una respuesta.

-Sí, somos amigos – contestó – Aliso, he venido a decirte…

El elfo la interrumpió levantando la mano:

-Jamás me ha permitido montar sus caballos. Sus caballos son muy hermosos. ¿No te los mostró? – preguntó roncamente.

-¡No! ¿Sabes el trabajo que me ha costado encontrarte? ¡Quiero quedarme contigo! – exclamó Marina.

Temblorosa, le echó los brazos al cuello. El elfo rió y la estrechó en un abrazo sin ternura. Luego la tomó de las muñecas y le enterró sus uñas heladas en la piel.

-Me hubieras contado que ibas a romper el encantamiento. Habría estado obligado a regalarme un caballo. ¡Estúpida! – le dijo al oído.

Marina sintió un frío horrible que le heló la piel, las muñecas le dolían, y Aliso le mostró los dientes en una mueca de rabia.

-Así son los humanos. Tontos. Ya me lo habían dicho.

Con un sollozo, Marina se zafó y cayó al suelo. El elfo comenzó a reír quedamente y a caminar entre los danzantes. Ella trató de levantarse pero cayó de nuevo de rodillas.

-Aliso, he recorrido todo el reino para encontrarte…escúchame…

Pero su voz se perdió en el escándalo.

Entonces, una mano de auxilio la ayudó a levantarse. Era una hermosa anciana. Era pequeña y delgada y llevaba el pelo completamente blanco y recogido, con un vestido negro desde el cuello hasta los pies. Marina la miró con asombro, se le hacía familiar.

-Perdóneme – dijo ella, recordando a Airmed.

-¿Eres tú una de las Guerreras Mágicas? – preguntó arqueando las cejas - ¿Qué estás haciendo aquí?

-He venido a buscar a un elfo…a Aliso, señora – le contestó Marina, sin soltarla y con ganas de abrazarla

-¿Cómo te llamas? – preguntó la anciana poniendo su mano delgadísima en la que se adivinaban los huesos y se veían sus venas azules sobre la mano de ella.

-Marina, señora. ¿Y usted?

-Mi nombre es Eri. Y dime, ¿has comido algo de aquí? – preguntó acercando su rostro al de Marina. Era mucho más pequeña que ella y se puso de puntas para vela a los ojos.

-No, no he comido nada – respondió Marina, sobresaltada por aquel examen. ¿A qué pruebas la sometería esta aparición que además le recordaba a Airmed? ¿Y si la obligaba a comer algo horrible? ¿Era una trampa aquella persona amable?

-Pues no comas nada hija, nada. Te aseguro que no te arrepentirás de seguir mi consejo. Anda, mejor vete. Vete a tu mundo de regreso. Escóndete, huye.

Con aire conspirativo le hizo una seña para hablarle al oído. Marina se inclinó aún más y la anciana murmuró:

-Este mundo te desea para sí, hija. Pero aquí tu bella magia se apagaría. Vuelve a Céfiro y olvida al elfo. Y qué bueno que no prestaste atención a todos ellos – y señaló con la mano a todas las criaturas – porque algunas tienen hambre.

-¿Hambre?

-Sí. Hambre. ¿O has conocido alguna ves a un animal salvaje que no ame cazar?

Eri le dio un beso y desapareció. De nuevo, Marina sintió una extraña soledad y confusión, se internó en la celebración con aire decaído.

Lo vio a lo lejos, con el cabello flotante, el rostro delicado, idéntico al de Clef, con una docena de elfos y hadas que reían y bailaban. Se acercó y lo tomó del codo en el momento preciso en que la música cesaba y el baile se detuvo. Aliso jadeaba un poco de resina, como si fuera un árbol. Y Marina sintió ganas de llorar porque se empezaba a dar cuenta de que Aliso no la amaba, y en cambio, cada vez que lo veía ella lo deseaba más.

Tiró del codo del elfo y le preguntó:

-Aliso, ¿me escuchas? Quiero decirte, contarte…ahora que te he encontrado, podemos ir juntos a pedirle un caballo al Tristifer.

Aliso se volvió para mirarla.

-Ah…estoy aburrido de ti. Además, ya no me gustas así de sucia. ¡Mira tus ropas, están rasgadas! Me gustan las de ella – y puso la mano en la cintura de un hada hermosa, que pasaba por ahí, rubia de cabello largo hasta los pies y vestido púrpura. Parecían hermanos.

El hada le sonrió burlonamente y la recorrió con la mirada. Con el hada en brazos, Aliso se burlaba de Marina. Ella quiso insultarlo, pero solo atinó a abrir la boca.

-"Me lo advirtieron Lucy y Anaís" pensó. Apretó los dientes, furiosa con Aliso y con ella misma también . este por ser cruel y egoísta y ella había dejado su mundo, a sus amigas, e incluso se había peleado con ellas hacía un rato.

Un hombre de rostro cetrino y mejillas hundidas se interpuso entre ellos. Aliso se apartó, con una sonrisa sarcástica, y extendió un brazo, dándole la bienvenida al desconocido. El hombre estaba tocando con un casquete de fieltro rojo pálido del que salían grasientos rizos carnosos. Su jubón pardo le llegaba hasta los tobillos. Iba descalzo y sus talones estaban tan sucios y encallecidos que parecían las pesuñas de un jabalí.

Aliso, detrás de él retrocedía lentamente y le hacía señas de despedida a Marina, la otra mano estaba posada sobre el hombro del hada.

El hombre dio un paso hacia Marina y entrecerró los pequeños ojos, como si estuviese reconociéndola. Bajo la nariz ganchuda, los labios amoratados manchados con saliva seca hicieron una sonrisa de dientes desmoronados.

-¿Es cierto que eres una persona del mundo de los humanos? – preguntó con voz silbante, ensuciándose la barbilla.

-Sí – dijo ella, alterada – debo irme, perdón – dijo Marina y trató de seguir su camino (Ya Aliso se perdía entre los danzantes) cuando vio el cuchillo en las manos del hombre. Era un Gorra Roja. Los Gorra Roja tiñen sus gorras con sangre humana. Marina se quedó paralizada de dolor. Su amor la había traicionado, abandonado en aquel horrible peligro. Aliso, con una sonrisa la había dejado en la proximidad de este monstruo que blandía un cuchillo. Era como si el elfo se la hubiera clavado.

La luciérnaga apareció entonces repentinamente rodeada de una nube de gruesas abejas que zumbaban con estrépito. Los insectos giraron alrededor de la cara del Gorra Roja, se pararon en su cara, este agito las manos molesto, una de las abejas le clavó el aguijón en la nariz, este con un grito de dolor la aplastó con el dorso de la mano. Marina retrocedió, el arma alcanzó a desgarrar la tela del traje de la chica, con un grito, Marina se apartó. El brazo le ardía intensamente. El cuchillo resonó al caer al suelo. Ella se echó a correr, asustada pues en aquel lugar su magia no servía. Las abejas continuaron picando al Gorra Roja, pero la luciérnaga se apartó y voló lejos del tumulto, Marina la siguió hasta una puerta tremendamente pesada para su brazo herido, que empujó con las fuerzas que le quedaba con el hambre, y la sed. El miedo le había dado fuerzas.

Entró jadeando a un salón. Rodeado de pequeñas antorchas. La mesa estaba hermosamente adornada con el banquete mas exquisito que Marina hubiese visto jamás: sobre un bello mantel blanco brillaban manzanas verdes, las peras y las uvas. El agua y el vino resplandecían como diamantes, como rubíes engarzados en las altas jarras de vidrio.

Sintió alivio y se estremeció al pensar en el peligro del que apenas había escapado. La sangre manaba de la herida de su antebrazo mojaba la palma de la mano. Se apretó entonces con fuerza.

-Me salvé – dijo en voz baja.

Agobiada por la sed, tomó una jarra de agua y se sirvió en una copa. Cuando iba a beberla, la luciérnaga se posó un instante sobre su boca. Marina la apartó y se frotó los labios con la mano.

Necesito beber, me muero de sed. ¡Déjame! Es agua…no está hecha con manos de los elfos. ¡Es solo agua!

La luciérnaga flotaba sobre el vaso. Marina se lo llevó a los labios y percibió una leve pestilencia. A la luz violeta del cuerpo de la luciérnaga miró el agua turbia y sucia, llena de polillas.

Con asco, dejó caer el vaso sobre la mesa, y tomó la jarra de vino, no importaba si estaba avinagrado, se lo llevó a la boca y antes de que el líquido le tocara, el miedo la detuvo.

Vació un poco de vino en la mesa y vio los coágulos gelatinosos y relucientes. No era vino, era sangre. Se frotó los ojos con incredulidad y retrocedió. Se llevó la mano al pecho, la joya que le colgaba al cuello brillaba intensamente. La joya de Clef.

Entonces la magia de la gema, ante los ojos de Marina, apareció el banquete de Fata Titania, como era en realidad: huesos cubiertos de jirones de carne agusanada, terrones de lodo, hojas podridas y un millar de larvas. Una delgada y oscura serpiente se deslizaba sobre el mantel.

Marina retrocedió completamente y escupió. Se tapó la cara con las manos y gimió. Vencida por el asco cayó de rodillas. El mundo giraba y ella, en el centro se deshacía.

-No debo gritar – se dijo la Guerrera Mágica – me encontrarían.

Marina, con la joya apretada a su pecho apoyó la espalda contra la pared. La luciérnaga se posó entonces en su antebrazo.



Pasó un rato que Marina no supo contar, pues el fuego se empezó a consumir, exhausta metió la joya entre sus ropas y cerró los ojos, pensó en Guru Clef. A veces llegaba a ella la música, y temblaba.

En su cámara oculta, Fata Titania se inclinó sobre el estanque de agua, con gesto de contrariedad. Aliso se había portado como un niño, pero así son los espíritus del bosque. La luciérnaga le era leal a la muchacha, y el Tristifer las había ayudado. Aquellas muchachas eran especiales. Guerreras, poseían magia. Y sobre todo, estaban enamoradas. Razón más para codiciarlas.

Ahora le tocaba a ella, y a ver quién podía más, si una muchacha de diecisiete años o la Reina de las Hadas.

Marina abrió los ojos repentinamente y el banquete ya no estaba. La música también había cesado. El brillo de la luciérnaga estaba a su lado. Después de la decepción de Aliso, y de la ayuda que Guru Clef aún, sin estar presente le brindaba, un coraje y valor renació dentro de ella.

Marina le ordenó a la luciérnaga:

-¡Llévame a dónde esté Fata Titania!

Salieron a una gran escalinata la luciérnaga brillaba como una estrella, flotando en el aire oscuro, escaleras arriba. Marina comenzó a subir, los interminables escalones eran muy pequeños. Pasaron junto a cientos de puertas cerradas y también muchas abiertas tras las que se veían las riquezas de la Reina de las Hadas: cofres de maderas preciosas, pesados terciopelos, oro, plata perlas dispersas sobre los pisos de piedra. Pasaron junto a quince tapices en los que aparecían las cazas del unicornio, y esto llamó a Marina la atención. Sintió una aguda punzada en el pecho al ver al unicornio, prisionero.

Las piernas de Marina temblaban, engarrotadas. Sentía sed y dolor en los pies. Pero tenía miedo de detenerse, el vértigo comenzó a dominarla. Era bueno que hubiera tanta oscuridad y que los escalones se perdieran pero sentía como si viera un inmenso vacío debajo de ella y como se agrandaba a cada paso. Mientras mas subía, mas segura se sentía.

¿De qué altura era la Torre? ¿De qué tamaño era el reino de Fata Titania? Ah, y pensar que el umbral era un pequeño círculo de flores, y ya había visto enormes bosques y lagos y ríos. El sol, diminuto y frío, ¿Era el mismo sol que iluminaba Céfiro? ¿El mismo de Tokio?.

Muy en lo alto apareció una luz que derramaba escaleras abajo largos haces rectilíneos. La luciérnaga flotaba cerca, y ella aceleró el paso.

Sorprendida, se dio cuenta de que sobre los escalones había manchas de hierba. Hierba viva que crecía bajo la claridad que venía del tragaluz. Poco a poco los escalones se iba cubriendo con vegetación, hasta la escalera se convirtió en una colina verde llena de margaritas y tulipanes que brillaban en la penumbra. De pronto llegó a sus oídos un ruido de agua, un claro tintineo de arroyo que bajaba, y la brisa le agitó el cabello.

Marina corrió hasta la luz y su pecho se abrió y sus labios se apartaron y respiró con delicia, libre de ésas paredes. Había un jardín en lo alto de la Torre, el aire olía a romero y hierbas exóticas y a rosas almizcles. Era el jardín más hermoso que Marina hubiese visto jamás. La guerrera mágica llamó a la luciérnaga, éste se posó sobre su dedo índice y la muchacha la besó con ternura y agradecimiento, podía oír el agua, y le alegraba el corazón. Se acercó al bello manantial. Entonces el corazón comenzó a latirle muy rápido. en el centro del manantial, sobre un trono de agua, estaba sentada a solas Fata Titania. El agua subía en esbeltos chorros detrás de su espalda y en arcos bajo sus brazos. Su larguísimo vestido flotaba en la superficie. Los blancos pies desnudos se adivinaban bajo el agua, como dos peces de plata o de hielo opaco.

Era la más hermosa de las hadas. Coronada por una guirnalda de mariposas grises aterciopeladas, su pelo negro era una lisa cortina brillantísima que enmarcaba su cara pálida y delicada. Los oscuros ojos le brillaban como carbones y el blanco de sus ojos era casi azul. Sonreía.

Fata Titania habló, y había amor en su voz:

-Por fin has llegado, Guerrera Mágica. Has superado pruebas difíciles, y ya se habla de ustedes en mi Reino. Ya se canta como liberaron al Tristifer y de cómo son respetadas por las sirenas. Hasta los árboles les tienen respeto. Este bosque son los cimientos de mi gran Reino. Las reconocieron. Conseguiste que el sapo te cediera una de sus luciérnagas y el sapo ha escrito un largo poema que habla de tu valor. El barquero estima a tus amigas. No temas, ¡No es un espía! No necesito espías, con mi magia es suficiente.

-Quisiera regresar a mi mundo, señora – dijo Marina.

Las finas cejas de la reina se arquearon. Luego frunció el ceño y una arruga vertical apareció en su frente.

-Pero Marina… ¿Cuál es tu mundo? ¿La Tierra? Recuerda como te han tratado allí. Y como te hemos tratado nosotros. ¿O quieres envejecer en Céfiro como las ancianas que piden limosna en tus ciudades?

-Mi mundo es Céfiro – replicó Marina.

Fata Titania entrecerró los ojos y sonrió:

-¿Qué temes? ¿la suerte de la reina convertida en estatua o la de mi barquero? No temas. Eso habría sucedido si hubieras persistido en tu necia pasión por Aliso. Pero creo que comprendes. Esas son debilidades y tanto los magos como los hombres deben pagar sus debilidades. En cambio tú… sé que anoche dejaste de amarlo. Y además, ¿Tú crees que los humanos que viven aquí han resistido y roto encantamientos tan antiguos como tú? Ahora conoces bien mi Reino y sus historias. Eres digna de sentarte en el trono junto a mí. Eres joven, pero mortal. A mi lado la muerte será solo un espejismo. Viviremos juntas para siempre, a la sombra de mis encinas. Ven y bebe.

La Reina levantó una modesta taza de madera, la llenó en el manantial y la ofreció a Marina. El labio inferior del hada temblaba ligeramente, su boca azulada era aún más bella que la de Aliso. Marina sintió más cansancio que nunca. El hada le sonrió y le extendió la mano.

-Ven, muchacha, no temas. Sé mi hermana, mi amiga. No envejecerás nunca. Tu cuerpo no perecerá. Y no solo tu cuerpo será imperecedero a mi lado. En el mundo, tu espíritu ha sido como un ciervo desatado. Recuerda como se matan los hombres entre sí.

Marina recordó la muerte de Clef. El dolor que ella había sentido…



-Sí…Marina, recuerda la muerte, y todo aquello a cuya vista te hizo sufrir. Quédate conmigo, te amaré como si fueras mi hija. Éste es el bosque eterno e inviolable que acogió a tantos hombres en agonía, en éste reino nunca habrá ciudades como las que tanto odias.

Marina recordó Tokio y lo mal que siempre se había sentido ahí. Recordó la palabra asesinado, la palabra sufrimiento. Las palabras que ella había aprendido y la marcaron para siempre. Pensó en la maldad de Rommel. Como si le leyera la mente, el hada continuó:

Ninguna de ésas palabras significará nada si te pones bajo mi protección. Piensa en todo aquello que te acecha en el mundo. En las lanzas, las espadas, en el filo cortante y luminoso de las armas. El Gorra Roja es súbdito mío y su deber será honrarte. Y serás siempre joven…Aliso será tuyo si lo quieres…

Marina se miró las manos, se imaginó anciana y débil. Sola. Los dones generosos de la juventud serían suyos para siempre, si aceptara el ofrecimiento de la Fata (quien la amaría más de lo que la amó nunca su madre). Se dejó caer de rodillas, con la mirada fija en el agua, la sed le cerraba la garganta. Y sintió como si algo en su pecho la derrumbara…

Pensó en la muerte y tuvo miedo. Ya no ser. Ya no estar en el mundo…la muerte que había llenado su vida de desdicha. Ya no vería a nadie más amado morir. Ni ella misma.

Se estremeció al recordar el filo del cuchillo con el que la había herido el Gorra Roja, igual al que le había arrebatado la vida a Clef, la vida escapándosele en un chorro de sangre. Gimió. El mundo estaba llena de cuchillos, de horror. El tiempo y la muerte lo recorrían segándolo todo, enviando todo a la nada. Aquí no eran omnipotentes, aquí reinaba la magia.

Marina tendió lentamente la mano hacia la taza que le ofrecía Fata Titania, llena de fiera alegría. el hada se inclinó sobre la muchacha y con una mano le acarició la cabeza y le murmuró al oído ( Y su aliento olía a flores y leche, a pinos y agua):

Ni siquiera me necesitarás a mí para ser feliz. Solo necesitarás de ti misma, joven, hermosa y eterna. Ni a tus padres, mortales, ni al caprichoso Aliso.

Ella asentía, ella no dejaría de ser nunca. El hada le había hecho la promesa de la vida sin envejecer y sin morir. Y la belleza de Aliso sería suya por fin, podría estrecharlo como siempre había deseado hacerlo. Aliso, cuya muerte no la afligiría, pues Aliso era eterno también. Y ya nunca sentiría dolor. Nunca. Sería hermosa además siempre…Abrió la mano, sedienta y esperanzada.

Entonces la joya que le había dado Guru Clef se deslizó y brilló más fuerte que nunca. Marina miró en el manantial la imagen de Lucy y Anaís, peleando solas por Céfiro, Presea y Paris prisioneros, a Rommel esclavizando a los cefirianos, y por último a Guru Clef, pidiéndole ser feliz. Se imaginó a sus amigos en la muerte, luchando por la causa, y supo que el valor que los humanos conceden a aquello que aman en sus vidas se debe a la certeza de la muerte.

"Mejor morir con Lucy y Anaís que vivir sin envejecer y sin amor en el mundo de las hadas" se dijo. Sintió rabia y se incorporó con mucho trabajo.



-¡Devuélvenos a Céfiro, Fata Titania! ¡No he bebido ni comido nada desde que puse los pies en ésta Torre! ¡No he sido tu huésped y no te debo nada! ¡OBEDECE LA LEY!

Un relámpago verde la cegó, Marina se tapó los oídos, pero escuchó muy a lo lejos el grito de Fata Titania.

Después de que los ojos se le acostumbraran a la luz, los abrió. Estaba tirada sobre una alfombra pesada de hierba. Levantó la cabeza y pudo ver a su alrededor árboles pequeños. ¿Arboles pequeños? A sus espaldas, un pequeño círculo de flores rojas brillaba. Estaba en la entrada de nuevo. Lucy y Anaís, estando a su lado se reincorporaron.

-¡Marina! – le gritó Anaís poniéndose de pie.

-¡Lucy, Anaís! – lloró ella - ¡Lo siento tanto! ¡Gracias, gracias!

-Pero Marina – le dijo Anaís seriamente - ¡Has conseguido la Runa! ¿Cómo es posible?

-¡La Runa! – exclamó Lucy con ojos centelleantes - ¿cómo?

Marina miró a donde miraban sus amigas, hacia sus manos, tenía sostenida la última Runa, color azul cielo.

-No…yo no la conseguí…

-Si lo hiciste.

Las chicas se volvieron para mirar. Una mujer de largo vestido oro y cabellos morado oscuro las miraba con ternura.

-Tú eres…

-Mi nombre es Luned. Soy la última guardiana. Tú valor ha sido excepcional, Guerrera Mágica.

-¿Entonces? – preguntó Marina atónita, son poder creerlo - ¿En la Torre todo era…?

-Has elegido entre hacer lo correcto y lo cómodo. La fiesta de Fata Titania era la última prueba, y las más importante. Y aunque creo no solo te has visto sumamente noble, sino inteligente.

-¿Qué quieres decir? – preguntó Marina, sintiendo una leve tensión.

-Pensaste con la cabeza fría ahí adentro. Demostraste un poder sobre humano. ¡Mira que elegir entre luchar y ser hermosa, joven y rica para siempre!

-La verdad es que sé que no quiero ésa vida – dijo Marina sonriendo levemente – ya he estado condenada una vez, no lo será de nuevo.

-La Runa es tu premio, Guerrera Mágica.

-¡Muchas gracias!

-¡Gracias! – dijo Lucy alegremente.

-¡Tenemos que irnos! – dijo Anaís finalmente. Tenemos las tres Runas, ahora podemos ir con Airmed, y enfrentarnos finalmente a Rommel.

-Rommel nos estará esperando con los brazos abiertos – dijo Marina apretando con fuerza la joya de Clef. – Vámonos, tengo mucho que contarles.

Dejando atrás el Reino de Fata, el clima cefiriano volvió hacia las Guerreras. El cielo nubladísimo y la llovizna que les azotaba la cara regresó. Detrás de la colina que habían pasado, estaba la antigua casa de Presea, donde ahora se hospedaba Airmed.

Caminaron cerca de dos horas, agotadas a muerte. No habían comido más que lo mínimo en aquel mundo, por su propia seguridad. Y la comida y Nikona habían ahora desaparecido. Lucy, que iba caminando más rápido que las tres resoplaba fuertemente, seguida por Marina, y Anaís iba al final con pasos cortados. Pensando en todo lo que había pasado en el Reino de las Hadas, Marina escuchó como algo cayó de lleno detrás de ella.

Se volvió para mirar, algo asustada. Anaís estaba tirada en la hierba.

-¡Anaís!

Lucy y Marina fueron en su auxilio. La muchacha se incorporó con algo de dificultad y les sonrió:

-Estoy bien, amigas. Gracias…

-¿Bien? ¿Eso es estar bien? – se quejó Marina - ¡Anaís, has de estar muerta de cansancio!

-Ustedes también lo están – dijo Anaís – solo que yo soy más débil…

-Tonterías – dijo Marina – ven, sentémonos un rato.

-No…no deberíamos estar perdiendo el tiempo – le discutió la responsable Anaís – si no llegamos a tiempo quien sabe de qué sea capaz Rommel…

-Tampoco ganaremos mucho si te pasa algo – dijo Lucy – digamos que eres un poco más…delicada que nosotras, ¿verdad Marina?

-Eso – dijo Marina, con tal de que Anaís aceptara descansar – no somos inmortales. Seguimos siendo humanas, y sin Nikona todo se complica más.

-Miren, ahí hay una cueva – dijo Lucy – refugiémonos ahí un rato, ¿Sí Anaís?

La Guerrera del Viento aceptó. Y las jóvenes se metieron para sentarse en unas rocas. Lucy encendió una fogata con su magia, y las tres seguían muertas de hambre, pero menos cansadas.

Mientras pegaban las manos al fuego, se produjo un silencio entre las tres. Entonces, Lucy habló muy quedamente.

-Marina…

Ella se viró hacia su amiga, en señal de pregunta.

-Perdóname.

Marina volteó nuevamente con mirada dubitativa. Lucy tenía los ojos humedecidos.

-¿Qué dices, Lucy? ¿perdonarte por qué?

-No te creímos nada – dijo Lucy. Ése día en la Torre de Tokio, no solo no te escuchamos. Sino que te creí que estabas perdiendo la razón.

Anaís miró a las dos chicas.

-Lucy, ya hablamos de eso…y…

-No – discutió la Guerrera de Reayerth – escúchame. Lo lamento porque en el fondo, mi corazón te creía. Y no le hice caso a mi corazón…

-Yo también sentía que decías la verdad – dijo Anaís – pero era…imposible. Increíble, sobre todo por…

Otro silencio incómodo.

-¿Por la muerte de Guru Clef? – completó Marina. Y era tan doloroso decirlo, pues al decirlo era aceptar que en verdad era una realidad.

-Sí…- dijo Anaís – Antes de que Nikona nos devolviera los recuerdos perdidos, no lo aceptaba.

-Debiste pasar días muy fuertes – dijo Lucy – si yo me enterara de que Latis murió, no sé…creo que me volvería loca…

Nuevamente las lágrimas cayeron de las mejillas de Marina.



-Ya no quiero hablar de eso – dijo finalmente. – pues estamos juntas, y vamos a luchar. Después intentaré pensar en él…ya no puedo hacerlo. Pues mi voluntad se debilita. Necesito fuerza para enfrentar a Rommel…para vengarlo…

-Lo lograremos – le aseguró Lucy.

Se levantaron para abrazarse las tres amigas, y un ruido estrepitoso al inicio de la cueva las sobresaltó.

-¿Qué fue eso? – preguntó Anaís quedamente.

-Tal vez un animal – dijo Marina encogiendo los hombros.

-O un enemigo – dijo Lucy seriamente. Sacó su espada con ése reflejo rojo de siempre, y se puso a la defensiva.

Las otras dos la imitaron, poniéndose en guardia.

-¿Creen que sea un enviado de Rommel? – inquirió Anaís.

-No sé, pero no me quedaré aquí a esperarlo – dijo la valiente Lucy.

Lucy salió lentamente de la luz de la fogata, con la mirada clavada en una sombra alta que acababa de ver.

La sombra se acercaba, y Lucy se ponía cada ves más alerta, Marina apretaba la gema mágica de su guante con fuerza, dispuesta a lanzar un hechizo rápidamente. Y justo cuando Lucy se dispuso a atacarlo con la espada; de las sombras salió un hombre altísimo, atlético de cabellos oscuros y rostro serio.

Látis.

-¿La…Latis? – preguntó Marina, pues Lucy estaba muda de la impresión.

-¡LATIS! – bramó Lucy, y Latis corrió a abrazarla con cariño.

-¡Latis! ¿Cómo es posible? – dijo Anaís conmovida. – creímos que estarías muy lejos de aquí…

-De hecho, he estado siguiéndolas un buen tiempo – explicó el espadachín – aunque no me han dejado llevarles el paso. ¡Son muy hábiles, Guerreras Mágicas!

-Latis, ¿Dónde estabas, estuviste en el Reino de las Hadas? – preguntó Lucy.

-Sí – contestó seriamente – era la única forma. Imagino que visitaron a Airmed. Y les…contó…

-Airmed nos puso al tanto – dijo Anaís – aunque…no fue por la primera persona que supimos lo que había pasado en Céfiro.

Anaís miró a Marina, que tenía la mirada puesta en Latis. Éste también la miró, y su rostro se volvió visiblemente triste.

-¿Tú lo supiste desde el principio? – le preguntó Latis a Marina – no lo entiendo, si ustedes perdieron sus recuerdos y…

-Yo no los perdí – dijo ella amargamente – siempre estuvieron claros en mi memoria.

-¿Cómo es eso posible?

-Esto. Creo que esto me ayudó a conservarlos. – Marina les mostró la joya que tenía al cuello.

-Ésa gema es de la tiara de Guru Clef – dijo Latis sorprendido. - ¿cómo es que tú la tienes?

-Él…él me la dio. – dijo Marina – me la dio antes de morir.

Lucy y Anaís la miraron.

-No nos habías dicho eso, Marina – dijo Lucy.

-Estoy mas confundida que antes – dijo Anaís. – Latis, si Guru Clef quería que olvidáramos todo, que hiciéramos nuestras vidas sin recordar nada de lo terrible que pasó en Céfiro, ¿por qué si quiso que Marina los conservara?

-No lo sé Anaís – dijo Latis. – pero no creo que esa joya fuera para eso.



-¿Qué quieres decir? – dijo Marina extrañada.

-Qué no creo que la joya fuera la que se aferrara a ésos recuerdos, sino tú misma.

Marina le dio la espalda a los tres.

-No sé que quieres decir.

-Si lo sabes, Marina – le dijo gravemente Latis – tú sentías algo muy fuerte, que te impidió en tu corazón olvidarlo.

-Como sea – se volvió Marina – no tiene caso pensar en lo que dije o recordé, solo…sólo hay que centrarnos en el deber, ¿sí?

-Creo que Marina tiene razón – dijo Lucy aunque no muy convencida por la actitud de Marina– nuestros amigos están controlados por ese malvado ser y nosotros no debemos perder más tiempo. Gracias a Dios que te encontramos, Latis.

-¿Qué le sucedió a tu cabello, Lucy? – preguntó Latis extrañado.

-Am… es una larga historia – dijo Lucy sonrojada, - Me veo horrible ¿verdad?.

-Claro que no – repuso Látis sonriendo.

-¡Parezco un pollo! – reclamó ella.

-Un pajarito. – arregló Latis, revolviéndole el pelo.

Anaís rió quedamente.

-Regresemos con Airmed – dijo Anaís – Llevémosle las Runas.

-Sabía que podrían conseguirlas – dijo Latis sonriendo – y ya no perderemos más tiempo en ir a la casa de Airmed, pues traigo un transporte que nos llevará ahí enseguida.

-Tornado…- murmuró Lucy emocionada.

Tornado era la criatura más imponente que hubieran visto, un caballo enorme color negro, y sus cabellos parecían fuegos color escarlata. Perfectamente pudieron subirse los tres, y Latis con una orden lo hizo emprender el vuelo.

El viento de la tormenta seguía fuerte, pero ya no llovía. Aún así a Marina le dio mucho frío.

-¡Ahí es! – anunció Lucy - ¡La antigua casa de Presea!

Bajaron como un rayo, tanto que Anaís se mareó, y las Guerreras fueron recibidas por Airmed en la entrada.

-¡Niñas! – gritó feliz - ¡Me preocuparon mucho! Pero que sucias y cansadas vienen, sus ropas. Debieron pasar cosas muy difíciles…

-Más o menos – se burló Marina, - nada de otro mundo.

Las otras dos chicas rieron, y se metieron a la casa. Comieron y bebieron agua hasta cansarse, pues estaban muertas de hambre. Luego, Lucy le contó todo lo que habían pasado en el Reino de Fata Titania.

-Y una sirena, Zayra, nos llevó hasta la Torre…- seguía Lucy – era muy antipática ¿verdad Anaís?

-Yo no conocí a esa sirena – dijo Marina.

-No, porque estabas tras el elfo – dijo Lucy, como siempre, sin pensar.

Los ojos de Airmed se posaron en Marina rápidamente. Ella, sintió que el calor se le subía a la cara.

-Bueno…en realidad…

-¡Te dije que tuvieran cuidado con los elfos! – le regañó Airmed - ¿Por qué lo seguiste? ¡Pudiste morir!



-Estuve a punto de morir – confirmó Marina – la verdad es que no me sentía como mí misma, era una sensación muy extraña.

-Estabas hechizada – suspiró Airmed – Ay niña…¿cómo pudiste?

Ni Lucy ni Anaís se atrevieron a decir que el elfo era idéntico a Guru Clef. Marina guardó silencio y dijo sencillamente:

-La verdad es que era muy atractivo.

Latis sonrió levemente. (Y era raro que sonriera, si no estaba mirando a Lucy) pues le parecía que Marina no era sincera, pero sabía librarse de los problemas hábilmente. Le contaron también de cómo habían pasado las pruebas, del sapo, y muchas aventuras más.

Entonces Airmed frunció levemente el ceño.

-Por cierto, ¿Dónde está Nikona?

Las Guerreras se miraron con tensión. Luego bajaron las cabezas con melancolía.

-Oh…- dijo Airmed entendiendo todo – Su magia…¿se agotó, verdad?

Ellas asintieron.

-Esto tenía que pasar. No se sientan mal, niñas.

-Nikona nos ayudó mucho – dijo Anaís – como siempre. Siempre estaremos agradecidas.

A pesar de los intentos efusivos de Lucy por querer salir corriendo de ahí tras de Rommel, Airmed les explicó que sería mejor durmieran una noche, al menos. Ya que estaban agotadas, y de nada serviría ir a pelear con tan pocas fuerzas.

Se fueron a dormir inmediatamente, y Marina a pesar de estar tan cansada, no podía dormir. Sentía que había vivido mucho en muy poco tiempo. Mirando el techo, cerró lentamente los ojos…

Estaba sentada, sobre pequeños charcos de agua cristalina que eran rodeados por cristales altísimos de hielo. Ella no tenía fuerzas para moverse…sentía muy pesado el cuerpo…su cabello mojado le indicaba que no estaba en su cama, ahora no recordaba donde estaba. El lugar era como un inmenso bosque, que en vez de árboles, hermosos pilares de hielo atravesaban unos con otros. Y en el suelo, el agua congelada cubría el lugar. Miles de colores los atravesaban, y ella, con un vestido largo y blanco, miraba a su alrededor.

Entonces vio una figura alada. Era un caballo…o al menos eso parecía…pero largas alas a los extremos reflejaban que era: un unicornio.

Blanco como la nieve, melena lila y ojos azul que la dejaron hipnotizada. Era una criatura hermosa…posada a escasos tres metros de ella. El unicornio relincho con suavidad, sin dejar de mirarla, y ella extendió su mano para tocarlo. Tenía el pelaje suave y tibio. A pesar de estar (pensó Marina) en aquel lugar tan frío…

Entonces el unicornio se acercó a la boca de ella, y casi podía distinguir una figura…alguien que sabía que existía, que le causaba dolor, y no recordaba…no podía…

Se despertó de golpe, con una sensación desagradable de miedo en el pecho. El mismo sueño. Otra vez. ¿Qué era? Ahora tenía una sospecha más. El unicornio que había visto en sus sueños…ya lo había visto ella antes…en la Torre de Fata Titania en una pintura.



-¿Cómo…? – se dijo. Se levantó y fue a mirar por la ventana. Lucy y Anaís seguían dormidas. Su corazón latía rápidamente.

Las nubes grises estaban en el cielo. Ahora ya no llovía, solo había una ligera llovizna y algo de calma reinaba afuera. Cuando se tranquilizó, Marina empezó a recordar el sueño.

La primera ves que lo tuvo, casi se ahoga en su bañera. Pero entonces era muy confuso. Ahora lo veía más claro…un unicornio, hermoso, triste…

En el estómago sintió un pequeño temblor, acompañado de un poco de vértigo. ¿Qué tenía que ver sus sueños…la pintura…? Regresó a la cama. No soñó nada después.

Pareciera que no había llegado la mañana. Puesto que afuera seguía oscuro y tormentoso. Airmed se puso frente a ellas, una ves que habían tomado sus cosas para marcharse.

-Estoy tan orgullosa de ustedes – les dijo maternalmente – sabía que eran valientes, buenas…pero esto es maravilloso. Nunca creí que albergaran tanto amor por Céfiro en sus corazones.

-Céfiro es nuestro corazón – dijo Lucy. – luchar por él es lo que nos mantiene vivas.

-Y lo que nos ha mantenido bien este tiempo – dijo Anaís.

-Por eso volveremos – terminó Marina – sanas y salvas, con Céfiro a salvo.

Mis niñas, no lo olviden…la leyenda de las Runas dice que hay un cuarto elemento, elemento pienso no estaba en el Reino de las Hadas. No sé a qué se refiera exactamente. Deberán averiguarlo antes de llegar donde el príncipe Rommel.

Las tres chicas se miraron dudosas.

-Ya no hay tiempo para eso – dijo Lucy – lo derrotaremos, aunque sea con nuestras propias manos.

-Tenemos además a los Mashin – dijo Marina – ellos nos protegerán.

Airmed puso cara melancólica, pues sabía que los Mashin de las Guerreras Mágicas no eran igual de fuertes que las naves de Chizeta.

-Estaremos bien – dijo Anaís. – Latis va con nosotras.

-Hay algo más – agregó Airmed – sus amigos, y mis amigos, por supuesto, están controlados. Podrán atacarlas, ¿Qué van a hacer?

Trataremos de hacerlos entender – supuso Lucy – no podemos atacarlos, podríamos matarlos…

-¿Y si el hechizo controlador de Rommel es muy poderoso? ¿Cómo el que le hizo a Ascot? Guru Clef no pudo hacer nada en contra de eso.

-Nosotras podremos – contestó Marina al instante, sintiendo de nuevo aquella horrible sensación de odio – podremos con todo.

-No me queda más que decirles, suerte, y gracias.

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qué tal?? les gustó??