CAPÍTULO 18: EL UNICORNIO PRISIONERO
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Las Guerreras Mágicas se subieron a Tornado, donde volaron por encima del Bosque del Silencio. Cuando bajaron, se encontraban a una relativamente corta distancia del Palacio. Su sorpresa fue mayor cuando lo vieron, negro, y rodeado por largas y puntiagudas espinas. El Palacio parecía un enorme carbón brillante. Las chicas se miraron mutuamente.
-Rommel cambió la apariencia del Palacio – dijo Lucy, con un tono grave.
-Tal parece que hizo lo que quiso en éste planeta – dijo Anaís.
Marina solo miraba hacia el horizonte. Saber que estaba a poco tiempo de toparse con el causante de todos sus sufrimientos, la hacían perder la razón. También sabía que no era correcto sentirse así, y que sus amigos no lo hubieran querido, pero no podía.
Y es que a veces se dañan tanto a las personas y no se puede esperar que sigan siendo las mismas.
Mientras mas se acercaban, las niñas del Mundo Místico empezaban a sentir cada ves una energía más negativa.
-Se siente raro el ambiente – dijo Anaís – no sé como describirlo.
-Es obra de magia oscura – dijo Látis – no cabe duda. Proviene del castillo.
-¿Magia de Rommel? – preguntó Lucy – Se siente fuerte, espero podamos con semejante cosa.
Llegaron hasta las altas enredaderas de espinas que "adornaban" el lugar.
En una enorme habitación, sentado sobre un trono dorado, el aludido miraba a Marina sonriente.
-Mi querida Marina – dijo mirando la esfera de energía, que le permitía ver hacia donde se movían las Guerreras Mágicas cada que quería – regresaste. Que valiente eres.
-La verdad es que han pasado muchas dificultades, Majestad – dijo el hombre que estaba a su costado. Efra.
-Hay que reconocer que cuando las Guerreras Mágicas se proponen algo, luchan por conseguirlo, sí. Lo cual será más triste cuando mueran en batalla. – sonrió.
-Ellas ahora tienen las Runas del Poder – dijo Ascot, que salió de las sombra con una mirada contrariada. - ¿Qué harás?
-Las Runas es lo que me falta para ser el ser más poderoso del universo – dijo Rommel – se las quitaré. ¡Será tan sencillo como lo he venido haciendo todo este tiempo! Todo fue tan fácil, conseguir este bello anillo (Mostró el anillo de Guru Clef), este trono…dominar y humillar a quien quería…destruir y quitar del camino a quien quería…
-No conseguiste el amor de Marina – le dijo Ascot rápidamente.
El príncipe le lanzó una mirada taladrante.
-Tampoco tú, Ascot. No deberías hablarme de pérdidas, ¿O sí? Ya no me interesa ella. Fue un lindo capricho que vengaré haciéndola sufrir…
-¿No la has hecho sufrir ya demasiado?
-Eres listo, Ascot. Te has dado cuenta que para herir a alguien no siempre se le ataca directamente, sino a sus seres queridos…siempre lo he dicho…"no lo lastimes, lastima su corazón…." Y la pobre Guerrera Mágica está destrozada del corazón. ¡Será fácil acabarla!
Ascot y Efra se retiraron de la habitación. El príncipe Rommel se levantó con calma, y salió por una puerta contraria. Caminó por un pasillo oscuro, desapareció lentamente para luego volver a aparecer con una luz frente a una gran puerta adornada con zafiros. Señaló con el anillo mágico, que desprendió un tenue rayo azul y la puerta se abrió pesadamente.
En ves de agua como debió de haber sido, el Cuarto Sagrado estaba amplio, muy amplio, con hielo por todas partes. El príncipe entró y sonrió.
-Vaya, este lugar es más frío de lo que imaginaba.
Siguió caminando hasta toparse con una barrera de cristales de hielo que brillaban fuertemente. En el cuarto se respiraba un ambiente extraño, melancólico.
Un débil relinchido hizo que Rommel sonriera de nuevo. Frente a él, apareció un unicornio blanco.
-Parece que las cosas se empiezan a complicar, ¿No lo crees? Quien lo iba a decir, tú, encerrado con tanta magia…y yo, por otro lado, usándola a mi conveniencia.
El unicornio sacudió la cabeza levemente.
-Sí, ya sé lo que piensas. ¿Creías que tu futuro sería tan desdichado de mi lado? No es así…pudo ser peor. Pudiste haber muerto en algún lugar oscuro. Aunque debo confesar que este no es precisamente mi sitio favorito del castillo. Las Guerreras Mágicas vienen, eso puede cambiar tu destino querido amigo. ¡Quién sabe! Nunca descubrirán donde estás.
Acercó su mano a la barrera de hielo, y el anillo mágico absorbió una luz que provenía del unicornio. Magia.
-Debo planear una linda bienvenida para las Guerreras Mágicas. Esta vez no tendrán tanta suerte.
El unicornio se agachó pesadamente. La energía que el anillo había absorbido lo había dejado en un estado momentáneamente catatónico, y le costó más trabajo volver a su postura original.
-¿Qué sucede? – le preguntó en un tono falsamente dulce - ¿Toda esa magia de la que hablaban los cefirianos no existe? Todos dicen que eres el ser más poderoso de éste planeta, ahora que no está el Pilar. Vamos, no es momento de decaer.
Soltó una risotada, y se marchó lentamente de ahí, dejando al unicornio solo.
Marina se agarró instintivamente el pecho. La gema de Guru Clef brillaba levemente.
-Clef…
-¿Marina?
Látis acababa de llamarla. Ella le sonrió levemente.
-Sí…bajemos.
El espadachín y las tres guerreras se encaminaron hacia la colina que conducía al oscuro palacio. A cada paso que daban, ellas sentían una fuerza extraña rodeándolas, energía negativa obviamente.
-¿Cómo pasaremos todas esas lianas? – preguntó Anaís – nos llevará horas cortarlas con nuestras espadas.
-Creo que puedo encargarme de eso – dijo Marina – hay que usar tantas "espadas" como sea posible.
Los chicos se apartaron y Marina conjuró el hechizo.
-¡ESPADAS DE HIELO!
Miles de dagas filosas cortaron las espinas, dejándoles un pequeño túnel muy profundo en el que al final, se veía la puerta negra del castillo de Rommel. Los cuatro se miraron decididos.
Mientras más se adentraban, Marina sentía su corazón como de plomo. También algo, a su lado, le palpitaba…como cuando se tiene un presentimiento que se trata de ignorar.
Oía a sus espaldas a Anaís (que era la última) soltar ligeros quejidos de vez en cuando, probablemente cuando una espina filosa se cruzaba en su camino. Ella también las sentía, pero le dio más miedo mirarse las piernas, porque si apenas tratando de entrar en la fortaleza de Rommel ya se encontraban heridas, no quería pensar en que habría adentro.
Látis, seguido de Lucy, anunciaron una entrada por fin vista. La puerta de hierro forjado se abrió al instante, y se volvieron a mirar.
-Parece que Rommel sabe que estamos aquí – dijo Látis, que era el líder y el primero – tengan mucho cuidado a partir de ahora.
-¿Entraremos así, nada más? – preguntó Anaís, al fondo.
-¿A qué te refieres? – preguntó Lucy – no tenemos opción, más que entrar.
-Pensaba que podría ser una trampa – dijo Anaís – tal vez deberíamos buscar otra forma de entrar.
-De cualquier manera Rommel sabe que estamos aquí – dijo Marina seriamente – tiene un artefacto por el cual puede ver a quien quiera, lo sé porque cuando estuve prisionera en su castillo, espiaba a todo Céfiro.
-Entonces no tiene caso seguir perdiendo el tiempo – dijo Látis con gravedad – encaminémonos.
Traspasando las puertas, la oscuridad los reinó a los cuatro. Ninguno veía nada, pero cuatro destellos, uno rojo, azul, verde y plateado resonaron en la penumbra. Las cuatro espadas salieron, e incluso podían alumbrarles algo. Continuaron avanzando, y Marina sentía cada vez más ganas de avanzar y por fin encontrar a Rommel.
Una figura delgada apareció frente a ellos, y entonces pudieron ver de quien se trataba. Caldina sujetaba dos anchos puñales, tenía la mirada perdida.
-¡Caldina! – se animó Lucy corriendo a ella, cuando una mano la sujetó con fuerza.
-Ten cuidado, Lucy – le dijo Látis – ésa no es la Caldina que conocemos.
-¿Quieres decir que es una ilusión? – dijo Marina
-No, probablemente esté manipulada – susurró Anaís.
-¿Qué…? – dijo Lucy, pero no hubo tiempo, porque Caldina se había lanzado ferozmente sobre Látis, y éste alcanzó a esquivarla, Lucy tuvo la misma suerte, y Marina chocó su espada contra el puñal de ella, haciéndola caer de bruces en el frío piso.
-¡MARINA! – gritó Anaís.
Había algo en los ojos de Caldina que le dificultaba respirar a Marina, una energía que le hacía pensar que la hacía mucho más fuerte que la Caldina anterior, a la que muchas veces había jugado con las espadas, y Marina siempre vencía, ya que el punto fuerte de Caldina siempre había sido el ilusionismo y no la batalla física.
-¡Caldina! – le gritó Marina una vez que logro desenganchar las espadas - ¿Qué te han hecho?
Acabaré rápido con ustedes, así no tendrán que enfrentarse al rey Rommel.
-¿Rey? – preguntó Látis - ¿Rey de dónde?
-De todo Chizeta, y Céfiro.
-¡No! – gritó Lucy desesperada – no eres tú misma Caldina, te ayudaremos, y volverás a ser la de siempre, la que está de nuestro lado…
-¿Cómo es posible que haya logrado controlar la mente de Caldina? – preguntó Anaís más serenamente a Marina cuando Caldina se quedó quieta un momento.
-Lo hizo con Ascot – dijo Marina jadeante – estoy segura que lo logró con Caldina y los demás.
-¿Quieres decir que todos están controlados, todos nuestros amigos?
-No sólo nuestros amigos – dijo Látis – sino todos los cefirianos.
-¿Qué? Es impo—
Nuevamente, Caldina atacó con una fuerza que no parecía la suya, y esta vez fue Anaís la que lo recibió, siendo ésta buena, pero no con su fuerte la espada, cayó de rodillas, y Caldina sonrió, apretando con fuerza el puñal, haciéndola decaer.
-Voy a cortarte la cabeza, Guerrera Mágica.
-¡NO! ¡Caldina! – gritó Marina chocándola con su espada, - ¿Qué no nos recuerdas? Soy Marina, ¡MARINA!
-Sé quien eres Guerrera Mágica.
-Todos sabemos quién eres.
Una tercera voz, que no era la de ninguno de los que se encontraban presentes se escuchó al fondo del oscuro salón. Ahí apareció el príncipe de Céfiro, Paris, sosteniendo una larga espada. Desafortunadamente, tenía la misma mirada de Caldina, pero Paris no venía solo, lo acompañaban Presea y Ráfaga. Todos ellos armados, y la misma mirada tenebrosa.
-¡Paris! – gimió Anaís - ¿Cómo…?
-Yo me enfrentaré a ti, hija de Windam – repuso Paris. Se lanzó al ataque, seguido por los gritos de Marina y Lucy, sin obedecer, lanzó su espada contra el rostro de Anaís, quién solo atinó a esquivar por pocos centímetros, cortándole un pequeño mechón dorado.
-¡PARIS! ¿Por qué…? ¿Por qué haces esto? – chilló Anaís
-¡No, es mejor que no te enfrentes a él Anaís! ¡No podrás pelear! – le gritó Marina.
-¿Pelear? ¿Estás bromeando? ¡No voy a luchar contra Paris!
-¡Tienes qué, va a matarte! – discutió Marina.
-¡No puedo hacer eso, no puedo! – se desesperó Anaís, tratando de esquivarlo, por muy cerca.
Látis, al ver esta situación se lanzó contra el príncipe, aunque Anaís puso cara horrorizada, todos pensaron que sería lo mejor.
-¿Y ahora qué? – preguntó Lucy, - ¿Vamos a luchar hasta que uno de los contrincantes muera? ¡Tiene que haber otra solución!
-¡La única solución es que mueras, Guerrera Mágica! – bramó Presea atacándola con su espada.
-¡Ah!
Lucy cayó torpemente en el piso, Marina se percató, pero al instante ya tenía a Caldina sobre ella, quien no dejaba de atacarla. Incluso llegó a pensar que esa fuerza se la había brindado el poder maligno de Rommel, la explicación era ¿Cómo?
Mientras tanto, Ráfaga peleaba con Anaís, quién hubiese sido mejor se quedara con el príncipe, porque el capitán era bastante fuerte, y la chica solo conseguía darle algunos espadazos leves.
Marina, que sentía que el aliento y las fuerzas se le acababan a cada ataque, trataba de adivinar cual era la razón de su increíble poder. Lucy, quien era la que se dedicaba directamente a luchar, no había encontrado una respuesta. Marina estaba esperando que en cualquier momento Anaís, que era el cerebro del grupo, dijese alguna probabilidad, pero al parecer estaba tan atónita como Lucy, por tener que pelear con sus amigos. Entonces recordó las palabras de Airmed "Todos estaban controlados, e incluso tendrían que pelear con viejos amigos".
Ráfaga consiguió acorralar a Anaís, y aunque Látis trató de ayudarla la lastimó gravemente el brazo. La chica gritó de dolor, y con lágrimas en los ojos le espetó a Ráfaga:
-¿¡Por qué?! ¿¡Por qué han dejado manipularse de ésa forma?!
-¡Anaís! – gritó Lucy - ¿Estás bien?
Entonces Marina se dio cuenta. Un brazalete dorado estaba en la gruesa muñeca del capitán. Instantáneamente miró a Caldina, Presea, luego a Paris. Todos tenían uno igual. No podía ser demasiada coincidencia.
-Ésos brazaletes… - masculló Marina sin parpadear – estoy…segura de haberlos visto en alguna parte.
Y vaya que los había visto. Cuando fue prisionera de Chizeta, su más leal sirviente, Efra, tenía uno en cada mano.
-¡Anaís! – le gritó Marina con todas sus fuerzas, tratando a la vez de esquivar a Caldina - ¡Esos brazaletes, los dorados! ¡Estoy segura que son los que controlan sus mentes!
-¿Cómo lo sabes? – le gritó Lucy que había escuchado perfectamente.
-¡Sólo lo sé! – contestó Marina - ¡Hay que destruirlos!
-¿Pero…estás segura? – insistió Anaís.
-¿¡Por qué siempre quieres una explicación lógica para todo?! ¡No seas necia!
Anaís la miró un momento con reproche, y Latis le asintió, a lo que no podían dudar ni un momento más. Anaís sabía que Marina tenía razón, pero no podía evitar querer pensar las cosas un minuto, aunque a veces no tengamos ese minuto asegurado.
-¡Espera Marina! – llamó Látis - ¿Cómo destruiremos los brazaletes sin lastimarlos?
Marina captó. Estaban demasiado agresivos y definitivamente ellos tratarían de defenderse lo mejor posible, podría ocurrir un accidente como le sucedió a Anaís, y entonces sí estarían en un aprieto.
-Magia…solamente con magia podríamos hacerlo.
-Yo puedo hacerlo. – anunció Lucy .- solamente el fuego puede destruir esto.
-Ten cuidado, Lucy.
-¡FLECHA DE FUEGO!
La ardiente llama de Lucy alcanzó los brazaletes, y sus amigos se vieron obligados a soltar sus espadas. En ese mismo momento, Marina, Anaís, Látis y la misma Lucy se lanzaron a quebrar completamente las pulseras. Emitieron una energía extraña al desprenderse de ellos, y todos cayeron agotados.
-¡Caldina! – le ayudó Marina - ¿Estás bien? ¿Caldina?
La ilusionista miró a Marina con confusión.
-¿Marina?
-¡Sí, sí! – la abrazó ella - ¡Me recuerdas, me recuerdas!
-¿Paris? – llamó Anaís al príncipe - ¿Cómo estás…estás herido?
-Anaís…- dijo Paris débilmente - ¿En verdad eres tú?
-¡Claro que sí, tonto! – chilló - ¿Crees que te dejaría aquí?
-¿Lucy? – preguntó Presea - ¿Qué hacen aquí? Solo…solo recuerdo que Chizeta atacó Céfiro y luego…
-Tranquila Presea – la calmó Lucy – los recuerdos irán viniendo.
Látis le dio la mano a Ráfaga para ayudar a levantarse.
-Todo esto es muy extraño – repuso el comandante – no puedo creer que haya estado peleando con ustedes.
-Eras bastante fuerte, amigo – dijo Látis sonriendo – ya empezaba a preocuparme.
-Continúa preocupándote, Látis.
Una voz ajena a las demás hizo eco en el lugar. Marina sintió una pesadumbre en el pecho, y evidentemente, Ascot salió de entre las sombras.
Todos le miraron atónitos, Látis y Ráfaga se pusieron en guardia, y Marina, que aún sostenía a Caldina en el piso permaneció inmóvil.
-Tú…- dijo Látis con los dientes apretados - ¡ASESINO!
Y así como lo gritó, con todo el odio que pudo, se lanzó a Ascot con su gran espada, Lucy le gritó varias veces, y Látis no hacía caso. Ráfaga también intentó detenerlo, Marina no podía creer lo que veía.
Ascot se carcajeó, y antes de que Látis llegara a donde se encontraba Ascot, Lucy le gritó con todas sus fuerzas:
-¡POR FAVOR, NO LATIS! ¡Seguramente él también es dominado por Rommel!
Ante la advertencia de la persona más valiosa para Látis, se detuvo a escasos centímetros del rostro del insolente chico, quien lo miraba tranquilamente.
-¡Es verdad, Látis! – ayudó Caldina, que aún sentía cariño por él - ¡No cometas una barbaridad!
Látis recorrió a Ascot con la mirada más desagradable que pudo, pero finalmente se detuvo. Ascot en cambio, sonrió lo más desagradablemente que pudo igual, mostrando sus brazos.
-Yo no estoy dominado por nada – confesó – así que es inútil que intenten esas estupideces conmigo.
Látis retrocedió dos pasos, probablemente aterrado, aunque no aterrado por Ascot en sí, sino por lo que significaba aquella revelación.
Marina abrió los ojos como platos, y sin saberlo, los ojos se le llenaron de lágrimas, mientras sentía que el corazón le latía fuertemente. Si hubiera podido verla, a su lado, Caldina se tapaba el rostro con las manos.
-No puede ser…- dijo Látis en voz baja – tú…
-¿Ascot? – dijo Ráfaga y esta vez no había fuerza en su voz, sino angustia - ¿Estás…diciendo que tú…estás consciente de todo?
-Naturalmente.
-No es cierto…- desesperó Caldina – tú…tú no…
Pero Látis no pudo soportarlo.
-¡TÚ MATASTE A GURU CLEF SABIENDO PERFECTAMENTE LO QUE HACÍAS!
Y su voz resonó con mil ecos, que Marina sintió como puñaladas, Presea se abrazó a Ráfaga, y Látis, está vez no fue detenido por Lucy. Puso su filosa espada en la yugular de Ascot, que reía quedamente.
-¡Latis, por favor! – suplicó Lucy llorando a escasos metros de él - ¡No cometas una tontería! ¡Tú no quieres hacerlo!
-Tal parece que aún no me conoces lo suficiente, Lucy – dijo Látis virando un momento, y Lucy abrió la boca de sorpresa, los demás permanecían inmóviles.
-¿Qué sucede, Látis? – dijo Ascot – después de todo tú eras el alumno consentido. No tienes por qué quejarte.
-Maldito, - le escupió Latis – mil veces maldito. ¿Cómo pudiste?
-¿Por qué…Por qué nos traicionaste Ascot? – preguntó Ráfaga soltando un momento a Presea, que parecía no poder calmar su llanto.
-¿Traicionar? No, Ráfaga. No se puede traicionar si nunca se ha estado de ése lado.
-Esto no puede ser verdad – dijo Caldina mirando al piso aunque Marina la escuchó perfectamente – tú….esto tiene que ser un error…
-¡Ya deja de disculparlo, Caldina! – le espetó Látis sin quitar la espada del cuello de Ascot – siempre lo has solapado, ¡Pero no puedes dejar de creer lo que él mismo acaba de confesar!
-¿Y qué vas a hacer al respecto, Látis? – se burló Ascot - ¿Vas a matarme? ¿Vengarás la muerte de Clef con mi sangre?
Y dicho esto comenzó a reír nuevamente, como un desquiciado. Marina se agarró la cabeza con ambas manos, creía que también iba a volverse loca. Todo este tiempo, albergando la esperanza de que Ascot pudo haber sido dominado por el príncipe Rommel, y evidentemente, en un instante de debilidad pudo haber accedido, por resentimiento tal vez, por cualquier mal entendido…pero ahora, ¿Qué se supone que debía hacer?
-Matarte no sería suficiente para hacerte pagar – masculló el espadachín – pero es un buen inicio, ¿No crees?
-¡NO! – advirtió Lucy – detrás de él – Látis, escúchame, no ganaremos nada con eso.
-Yo sí ganaré algo…
-¡Pareces fuera de tus cabales Látis! – gritó Lucy a su lado – no puedes hablar de ésa forma, tú no, ¿Qué no te das cuenta que es lo que Rommel quiere? Destruirnos, separarnos, ¡Acabarnos entre todos!
Marina levantó la vista. Había escuchado cuidadosamente las palabras de la Guerrera del Fuego, y coincidía tremendamente. Tal vez Ascot fuera la excepción, pero definitivamente sus lazos no podrían romperse, porque la clave para vencer a un equipo es desintegrarlo.
-Lucy tiene razón…
Todos miraron a Marina expectantes, probablemente Lucy, Anaís y Látis les costaba trabajo que dijera aquello, ya que sabían lo que sentía. Presea, Paris y Ráfaga no imaginaban la razón, y Caldina no puso atención a aquello, porque seguía demasiado impactada.
-Tiene…tiene razón. Rommel quiere confundirnos, apartarnos. No podemos dejar que Ascot haga que peleemos entre nosotros.
-No voy a dejarlo ir, si es lo que me estás pidiendo – le espetó Látis – no sé que piensen hacer ustedes, a mi no me importa lo que pase con los demás…
-Látis – pidió Lucy una vez más – por lo que más quieras. ¿Vale realmente la pena que te ensucies las manos de sangre por vengar a alguien más?
-No lo sé…- dijo Látis mirando fijamente a Ascot – pero no merece vivir.
-Siempre ha sido así, ¿No Látis? – preguntó Ascot – Tu insufrible condición de héroe no te permite ver más allá, nunca lo has hecho.
-¿Qué quieres decir? – inquirió con voz seca.
-Por favor, Látis – se burló Ascot – No me vas a decir ahora que no tienes idea de lo que hablo. Siempre siendo confiable a los demás, fuerte, obediente.
-No te permito que hables de Guru Clef, - amenazó Látis nuevamente subiendo su espada - ¿Cómo te atreves a hacerlo?
-Sé que eres un fiel seguidor Látis – dijo Ascot – pero ya se acabó.
Levantó, en ese mismo momento su mano, y salió una poderosa energía, que lanzó a Látis a unos diez metros de distancia. Todos los demás se protegieron como pudieron, cuando se dio cuenta Marina, Ascot corría sobre el oscuro pasillo.
-¡No! – jadeó Látis corriendo tras él.
-¡Látis! ¡Látis! – llamó Lucy tratando de levantarse. Pero Marina ya se había levantado también, y detrás de Látis, corrió también tras Ascot.
Escuchó su nombre, que la llamaban varias veces, pero Marina no iba a detenerse, no podía dejar que Ascot escapara. Vislumbraba en la oscuridad la ondeante capa de Látis, pero se hacía cada vez más difícil seguirle el paso. Y aunque Marina corría a una velocidad considerable, jamás había tenido la condición física de Lucy, ni era tan ligera como ella, aún así, la adrenalina y el temor la hacían apresurarse más.
Cuando escuchó nuevamente la risa de Ascot, Marina ya había sido dividida por un muro de piedra, alejándola completamente de la vista de Látis.
-¡Maldición! – exclamó casi chocando con el muro. – Una trampa…
Evidentemente, en no menos de cinco segundos las paredes comenzaron a moverse, de cada uno de los extremos donde ella se encontraba parada. Con más rapidez de lo que pudiese pensar, se encontraban a escasos centímetros de ella, y antes de que quedara aplastada, se le ocurrió algo.
-¡Espadas de Hielo!
Lanzó su poder hacia el techo, dejando un cuadro perfectamente marcado para que ella pudiera entrar. Le costó bastante trabajo, y el pie derecho casi queda atrapado entre ambos muros. Cuando abrió los ojos estaba de nuevo en una habitación igual de oscura, sin ventanas, ni puertas. Solamente había un puente de piedra que conducía a otro vestíbulo. Se puso de pie con dificultad y comenzó a andar, y tal y como lo suponía, cuando pisó la primera piedra el puente comenzó a desmoronarse el pequeñas piedras. Estaba claro que quería que pasara por allí, y también estaba claro que el puente se caería antes de que ella pudiera cruzar tranquilamente.
-Qué manera tan sucia de pelear tienes, Rommel – dijo Marina en voz alta – Mira que ponerme estos jueguitos. Desearía tenerte enfrente, y podría acabar contigo de una buena vez.
Pensó que entonces el puente desaparecería, y probablemente Rommel le daría la cara. Sin embargo, eso no sucedió. El puente estaba tan estático como al principio, y sonrió.
-Bien, creo que no hay otra forma. Puedo correr lo más rápido que pueda. O puedo pasar tranquilamente y tal vez el puente se caiga antes por mi peso. Debería pensarlo un minuto, - y sonrió para sí misma de nuevo – pero no soy Anaís, y además no tengo un minuto.
Corrió lo más rápido que le daban las piernas, y detrás de sus talones sentía como el puente se derrumbaba y no había sonido más que el de sus botas chocando contra el concreto. Así, justo llegando al final, sentía que se desplomaba hacía el vacío. Terminó colgada de una sola mano, y cuando miró hacía abajo, prefirió no volver a hacerlo.
Con todo el esfuerzo que pudo trató de enderezarse y agarrarse de algo, y aunque ése algo no era la mano de ninguna de sus compañeras, ni mucho menos un héroe que la ayudara. Por eso puso toda la fuerza de su cuerpo en sus brazos, y al fin, logró subir. Con el estómago algo revuelto siguió su camino, comenzaba a cansarse. Sabía que Rommel no se la pondría tan fácil, pero el hecho de no poder enfrentarlo le llenaba la sangre de calor e ira.
Calculó más o menos que llevaba caminando una media hora, no sabía si lo estaba haciendo en círculos o en la dirección correcta, porque todos los muros eran exactamente igual, y las entradas a otros pasillos también lo eran. ¿Qué había sido del hermoso palacio lleno de jardines y salas para leer y comer? Cuando llegó, a un salón circular un poco más iluminado, tuvo un mal presentimiento.
Y no por nada lo tenía, Rommel, recargado en la pared, le miraba detenidamente.
-¡Bienvenida! – le dijo sonriente - ¿Qué pasa, porqué me pones esa cara? ¿No estabas ansiosa por verme?
-Rommel…- musitó ella inmediatamente sacando su espada.
-Oye, calma, calma. ¿Tan pronto quieres pelear? Esperaba que al menos charláramos un poco.
-¿Charlar? – preguntó ella – No…no Rommel. La única charla que tendremos será la de mi espada contra tu abdomen.
Rommel rió fuertemente-
En realidad sería un privilegio para ti pelear conmigo, y aunque debo decir que has hecho tanto…lo mereces, ciertamente mereces que te mate, hermosa Guerrera Mágica.
-No puedo describir con palabras cuánto te odio, - le espetó con rencor – sólo sé que vas a pagar.
-Cuidado – le advirtió – empiezas a sonar como tu amigo, Látis. Que casi esta enloqueciendo por sus rencores. Entonces mi lindo plan sigue funcionando.
-¿Qué? – preguntó ella bajando su espada.
-Claro. ¿Olvidas donde estás? ¡Céfiro! – exclamó, como si estuviera dando un discurso - ¡La tierra de la voluntad! Si estás lleno de sentimientos felices, todo estará bien. Aw, pero si tu corazón está sucio y envenenado probablemente termines mal. ¿Eso quieres, Marina?
-¡A mi no me importa lo que pase conmigo! – gritó ella furiosa - ¡Solo quiero acabarte! ¡Quiero…!
-¿Eso quieres realmente? – preguntó desafiante - ¿No preferirías que borrara tus malos recuerdos, y los de tus amigas? Regresarían a tu mundo, serían felices como antes. Olvidarías todo lo que pasaste, mal, pesares…
-Ya me hicieron una oferta muy parecida, e igual de tentadora – anunció ella – Creo que sabes quien fue.
-Fata Titania, sí – contestó Rommel con naturalidad – por orden mía, claro está.
-¿Qué estás diciendo? – preguntó ella atónita.
-¿Crees que había sido una simple coincidencia que Fata te ofreciera vivir en su mundo? ¿Y que te encontraras lo que encontraste ahí? Debo admitir que muchos no lo hicieron. No se puede controlar todo en el mundo de las hadas. Las encinas te apoyaron, encontraste a esa anciana que te ayudó a escapar y…
-¿Qué hay de las Runas?
-Las Runas son otra historia – dijo Rommel con sequedad – de cualquier forma al deshacerme de ustedes, serán mías.
Rommel apoyó su mano contra su pecho. Y entonces lo vio. Un anillo dorado con una piedra azul en forma de óvalo, brillaba entre la oscuridad media del salón.
-Eso…- dijo Marina con nerviosismo– eso es…
-¡Ah! ¿Esto? – lo mostró Rommel como si fuera un premio - ¿Verdad que es hermoso? Y muy poderoso además…
-Es de Guru Clef – masculló Marina con los dientes apretados.
-Era de él, sí – sonrió Rommel con crueldad. – es digamos una especie de herencia.
-¡NO TIENES DERECHO DE TENERLO, DÁMELO! – rugió Marina y se lanzó contra él, aunque desapareció cuando ella estaba a escasos centímetros de su cara, y entonces apareció detrás de ella.
-Yo también hice mi trabajo para ganármelo – respondió – si tú también lo quieres, deberás hacer lo mismo que yo. ¡Matarme!
-¡Claro que lo haré! ¡Te destruiré, te haré que supliques por tu vida, maldito príncipe impostor! ¡DRAGON DE AGUA!
La magia de Marina fue detenida por Rommel, quién lanzó el dragón de agua del otro lado del salón, tumbando estruendosamente una de las paredes, ante la confusión de Marina.
-Ahora no, Marina – declaró Rommel – encuéntrame en el último piso, debes conocer bien éste palacio. Ahí, pelearé contigo.
-¡NO, ESPERA!
Pero Rommel ya había desaparecido entre la oscuridad, y Marina, con la energía acumulada en el pecho como si fuera una llama en ardor, siguió corriendo a la dirección que anteriormente iba.
Ahora entendía porqué aquel control de Rommel sobre el palacio. Con el anillo de Clef, fue como pan comido hacerlo a su voluntad, y si encima ya había conseguido dominar a los cefirianos, todo lo demás parecía un juego de niños ante él.
Mientras más corría se encontraba iguales dificultades, pasillos sin sentido o sin salida, criaturas diabólicas únicamente creadas por la misma confusión y dominación de los habitantes, y la penumbra no le ayudaba a distinguir un pilar de un monstruo. De igual manera, siguió, sintiendo cada ves más las piernas acalambradas, sed en los labios, y una mayor impaciencia.
Se preguntó como estarían Lucy y los demás, si habrían logrado escapar, o se habrían encontrado igual que ella a Rommel. Pero lo que más llamaba su atención era averiguar donde estaría Látis, si habría encontrado a Ascot. ¿Lo habría…? No se sabía. Látis parecía muy afectado con la situación, cosa rara se le hizo a Marina, pues cuando se encontraron en aquella cueva después de volver del Reino de las Hadas, Látis parecía preocupado, sí, pero nunca fuera de algo ordinario como Lucy o Anaís. Tal pereciera que toda su frustración y resentimiento también habían salido a la luz al ver a Ascot, o tal vez él no había podido desahogarse como ella lo había hecho en Tokio. Pensándolo bien, él no tenía con quien hablar, y aunque Airmed lo habría escuchado, pudo no haber sido suficiente.
Todos estos pensamientos fueron interrumpidos por un intenso destello plateado, que instintivamente hizo a Marina bajar la vista para averiguar de donde provenía. Su sorpresa fue aún mayor cuando vio la joya que traía colgada al cuello brillar como un diamante entre las sombras. casi podía alumbrar todo el pasillo, y en cuánto ella lo tocó, un disparo de luz salió en dirección a la derecha. Ella se viró con rapidez, ahí, había un largo pasillo, y el delgado rayo continuaba hasta que se perdía de vista.
-¿Qué sucede? – se preguntó - ¿Debo ir acaso hacia allá?
Aunque por un segundo lo dudó, sus dudas se aclararon al recordar de quién era esa joya, sabía que de ninguna manera la conduciría al peligro. Sonrió, y corrió con todas las fuerzas que le quedaban hacia la luz.
Ascot se miró las manos, afligido.
-¿Otra ves recordando, Ascot? – le preguntó Efra. – deberías dejar de hacerlo, solo te confundes más.
-Te equivocas – repuso Ascot con seriedad – estoy más seguro que nunca de lo que voy a hacer.
-¿Por eso miras tus manos? ¿Qué hace tiempo estaban manchadas de sangre?
-Eso…fue un error – dijo Ascot cerrando los ojos – nunca…nunca debí haberlo escuchado.
-¿A quién? ¿Al príncipe Rommel o a Guru Clef?
-A Rommel.
Efra retrocedió un paso, sumamente disgustado. A espaldas de Ascot se encontraba Kara, la amazona más fiel del príncipe Rommel.
-Todo este tiempo he creído hacer lo conveniente – dijo Ascot mirando al piso – creí que lo que hacía algún día serviría para que Marina se fijara en mí, por lo menos un momento. Lo único que le causé fue dolor.
-¿Qué estás diciendo? – preguntó Kara con mala cara - ¡Tu juraste lealtad al príncipe Rommel! ¿Cómo puedes decir que sus órdenes fueron un error?
-Creo que él solo nos está utilizando – contestó Ascot inmediatamente.
-Eso es una mentira – afirmó Kara – ,el príncipe me prometió gloria, riquezas…
-También se lo prometió a Marina – dijo Ascot – y ahora quiere asesinarla.
Kara miró a Efra un instante, y éste último agregó:
-Hace unos minutos retaste a las Guerreras Mágicas y sus amigos – dijo - ¿Cómo es posible que ahora nos digas esto?
-Porque solamente estaba actuando – dijo Ascot – quería que Rommel viese que estaba completamente a sus servicios, y entonces dejaría de espiarme. Ahora sé que está demasiado ocupado entreteniendo a las Guerreras como para vigilarme, y es cuando todo habrá acabado.
-¿Qué demonios quieres decir?
Quiero decir que me dejé llevar por el resentimiento que albergué en mi corazón mucho tiempo, y el despecho de Marina me hizo odiar a Guru Clef, y terminé haciendo la cosa más abominable del mundo, por lo que me arrepentiré toda la vida, aún más sabiendo que aquello trajo como consecuencia el odio de la persona que siempre he amado.
-¿De qué estás hablando, Ascot? – se extrañó Efra – no te entiendo.
-Deja de fingir, Efra – dijo Ascot sonriendo con melancolía – tú sabes muy bien que yo…- y se detuvo un momento - yo maté a Guru Clef.
-No sé que habrás hecho – dijo Efra – pero puedo asegurarte que él no está muerto.
Airmed se asomó nuevamente a la ventana. Las tempestades que azotaban a Céfiro seguían, hacía ya cuatro horas que las Guerreras Mágicas y Látis se habían marchado. Sabía que se encontrarían a los demás controlados por Rommel, y aunque en su momento no quiso decírselos con esa frialdad, también sabía que se dirigían a un peligro meramente mortal. De este modo, deberían enfrentarse a sus más grandes temores, enfrentar a sus seres queridos hechos enemigos. Y es que no hay nada peor que ver la realidad deformada en un cruel y tétrico escenario.
Rommel miraba detenidamente el espejo que estaba frente a él. Ése espejo se lo había entregado Fata Titania, a cambio de demasiados favores. En él, podía ver a quien quisiera en el momento que quisiera, en ese instante se encontraba mirando a Marina, ella estaba parada, entonces, un disparo de color plata salió de su pecho, y ella comenzó a correr a toda velocidad.
-¿A dónde va? – se preguntó – se dirige al…Cuarto Sagrado. Me temo que no irás, pequeña.
-Yo creo que sí llegará.
Rommel se viró con tranquilidad, detrás de él estaba Ascot, con la cara más pálida que hubiese tenido jamás.
-¿Ascot? ¿Qué sucede, Látis no te ha encontrado? – dijo con sarcasmo.
-Ahora no me preocuparé por Látis, Rommel – contestó él acercándose. – porque todo ya terminará, muy pronto.
Rommel solo inclinó la cabeza en señal de pregunta.
-Aunque nosotros sigamos llevando la ventaja, no debes dejar de cumplir mis órdenes. Ve y tráeme el cuerpo de Látis. ¿Qué esperas?
-Claro, lo haré si quieres. Pero después de haber…atado algunos cabos sueltos.
-Date prisa, si fallas, seguirás siendo el mismo perdedor de siempre.
Ascot sonrió con resentimiento, se encaminó aún más a dónde estaba el príncipe.
-En realidad pienso que vas a matar a Marina.
-¿Qué? ¿Y eso a ti que demonios te importa?
-No lo permitiré.
-Ah – se rió Rommel - ¿Vas a…matarme primero a mí? Ascot, todo el mundo, incluyéndome, está cansado de tus estupideces. Haz algo bueno por una vez en tu vida, ¿Sí? Fuera de haber asesinado a Guru Clef, no me has servido para nada.
-Afortunadamente para mí, y no tanto para ti – dijo Ascot – sé lo que hiciste con Guru Clef. Y ahora, que sé toda la verdad, la rueda cambiará de dirección.
Rommel frunció el ceño y le espetó:
-¿De qué maldita verdad hablas?
-Efra me lo contó todo. Huye de una buena vez, Rommel. Porque no saldrás victorioso en esta batalla.
A pesar de la risa del malvado príncipe, Ascot se mantuvo en pie. Después, su enemigo lo atacó, sacando una poderosa e irremediablemente mortal energía de sus manos, lo lastimó fuertemente, y él se sostuvo, y con sus últimas fuerzas, lanzó todo su poder mágico.
Rommel lo esquivó con facilidad y comenzó a humillarlo.
-¿Esto era lo que pretendías? ¿Salir moribundo y lanzar un ataque fallido? Tú eres a lo que yo llamo un sujeto sin suerte.
Pero Rommel borró su sonrisa de suficiencia al ver la triunfante de Ascot. Instintivamente, Rommel se giró completamente, para ver el resultado del ataque.
El espejo estaba hecho trizas, irreparablemente destruido.
-¿Qué haz…?
-Ahora no podrás espiar más a las Guerreras Mágicas. No sabrás si están cerca de ti o lejos, tampoco podrás hacer magia a distancia. Ni evitar que Marina llegue a su destino.
Rommel rugió de ira, y se lanzó sobre Ascot, que alcanzó a huir por unos cuántos centímetros.
Lo acalambradas que ahora tenía las piernas, no eran motivo suficiente para que Marina se detuviera. El resplandor que salía de la joya se hacía cada vez más intenso, y más corto. A medida de que avanzaba, sentía como si la misma energía la jalara, y ya no estaba consciente de sí misma.
Un cegador flash inundó por completo el lugar, seguido de un leve temblor, cuándo ella abrió los ojos se encontraba frente a una puerta ovalada y cubierto de gemas.
-Esto es…¿El Cuarto Sagrado?
Caminó con un poco de temor, no sabía que trampa pudiera esperarle, cuando volvió a recordar que ésta vez no dudaría por las trampas, avanzó hasta que su mano tocó la puerta.
Frente a ella estaban miles de cristales de hielo, el piso estaba cubierto por agua congelada, que al instante sintió entumecidos los pies. También se sentía el ambiente pesado, como si hubiera gran cantidad de magia en ése lugar. Se dejó caer, agotada, pero su vista no se desplegó ni un instante del frente. Entonces un relinchido se escuchó, y ella, abriendo los ojos de par en par se dio cuenta, un unicornio blanco como la nieve estaba ahí, acercándose lentamente. Ella sintió que se le aceleraba el pulso y comprendió que aquella criatura era la misma que había visto en tantos sueños.
-¿Tú eres…? – preguntó con voz casi inaudible - ¿Tú has estado en mis sueños…verdad?
La joya comenzó a emitir sonoros destellos.
El unicornio se acercó hasta pegar su cabeza con la de ella, y Marina lo abrazó con ternura.
-¿Qué haces aquí tan solo? ¿Querías que viniera a sacarte de aquí? Me siento muy bien estando a tu lado. No sé porqué, pero parece como si el tiempo se detuviera…y esto fuera una eternidad…
Entonces todo tembló. Los filosos cristales cayeron como espadas cortantes, y en todo el lugar se deshizo la tranquilidad y paz, Marina casi podía oír el grito de furia del príncipe Rommel, y una energía negativa circuló por el palacio.
-¿Qué sucede? – dijo Lucy a Anaís.
-Parece que el palacio se está derrumbando, creo que Rommel es el causante – reflexionó.
-¡Pero! ¿Acaso no nos citó en un encuentro? – espetó Paris - ¿Quiere ahora simplemente destruir todo y listo?
-Será mejor que corramos – propuso Ráfaga – no es bueno quedarnos aquí, hay que ver si encontramos a Látis y a Marina.
La atmósfera cambió, y Marina alcanzó solamente a ver al unicornio a distancia, aunque extendió su mano lo más que pudo, solo encontró de nuevo la puerta con las gemas, después, nada. Un enorme salón, a su lado, Lucy, Anaís, Ráfaga, Caldina, Paris, Presea y Látis estaban en el suelo también. Se miraron un momento con confusión, pero no hubo tiempo, porque Rommel ya estaba frente a ellos, dispuesto a atacar.
-No puedo creer que llegaran hasta aquí, Guerreras Mágicas – dijo Rommel. Y había algo en su voz que Marina percibió que se había roto. Ya no era el tono mordaz y seguro, había duda en su tono.
-Haz hecho una verdadera tragedia de Céfiro – dijo Látis – has matado personas valiosas para nosotros, tomaste prisioneros a nuestros amigos, y esclavizaste a nuestra gente. No tienes ningún tipo de perdón…
-Qué suerte que no requiero de tu perdón, Látis – espetó Rommel – y además, muy pronto suplicarás por que no te asesine, o mejor dicho, que lo haga de la manera menos dolorosa posible.
-¡Cómo te atreves!
-¡Paris!
El príncipe se había lanzado contra él, inútilmente detenido por Anaís, y fue lanzado al otro lado del salón, gravemente lastimado. Látis se lanzó de igual forma, consiguiendo un poco de resistencia, aunque, inevitablemente también fue herido.
Ráfaga, Caldina, Presea, todos estaban ahora en el piso sin poder levantarse con facilidad. Lucy corrió con Látis, Anaís con Paris, y Marina trató de ayudar a sus amigas, pero Rommel tenía la energía más negativa que hubiesen sentido antes. Marina sintió un escalofrío que le recorría el cuerpo, y temblores volvieron a azotar el lugar. Evidentemente, Céfiro resentía la situación.
-Si no hacemos algo pronto Céfiro se destruirá – dijo Presea.
-Ya todo es inútil, armera – dijo Rommel – porque el único ganador aquí, soy yo.
Marina se levantó lentamente, y sacó su espada. Como era de esperarse, Rommel se rió de ella.
-Tengo la sensación de que ésta escena ya la he visto – dijo como si recordara – ah sí, lo recuerdo bien, tenías ésa misma mirada cuando casi te mato en mi planeta.
-Chizeta no es tu planeta – dijo Marina – si lo fuera, lo habrías cuidado, y también a su gente.
-Tú no entiendes nada – escupió él – nada, no comprendes nada de lo que pasé.
-¿Qué pasaste, Rommel? – inquirió Marina desafiante - ¿Penas, hambre? ¡Muchos lo han sentido! Pero no dejan que su odio carcoma su corazón, sé, que en algún momento de tu vida fuiste un muchacho bueno, con ambiciones y sueños…
-Es verdad – admitió él – pero mis sueños se vieron pisoteados por un hombre cruel, un maldito que lo único que yo deseaba es que se hiciera llamar mi padre…
Se detuvo un momento. Sin pensarlo, acababa de revelar su mayor debilidad. Su falta de cariño. Marina le miró con pena.
-¡Deja de mirarme con ojos lastimeros! – gritó, y su rugido hizo salir de su cuerpo energía que hizo que a todos les carcomiera la piel, y el dolor era insoportable.
-Detente…- gimió Marina – detente ya…
-¡TODOS PAGARÁN!
Nuevamente, todos fueron víctimas de la agonía interna del príncipe. Marina sentía que se le deshacía el cuerpo, y deseaba prácticamente morir. Rommel se lanzó a ella, fuera de sí, y comenzó a lanzarle espadazos, causándole heridas en todo el cuerpo. Alcanzó a escuchar las palabras "Sufre, paga, odio" y sintió que se desfallecía. Él era tan fuerte, y tan poderoso que ni siquiera alcanzaba a sostener su espada para devolver por lo menos un ataque. Escuchó a distancia los gritos de sus amigas, que por la irradiación de él también eran detenidas y lastimadas. Ella cayó, completamente rendida. Sentía aún cerca la presencia de Rommel, pero ya no la atacaba. Sintió también la sangre caliente escurrir de sus brazos y piernas, y el llanto de Caldina que escuchó detrás de ella.
-¿Duele, cierto? – preguntó con crueldad - ¿Verdad que duele?
-Tú mejor que nadie sabes que esto no significa dolor para mí – musitó Marina, y tal vez nadie escuchó, pero el príncipe sí. – sabes…que esto no es nada, para lo que me hiciste antes.
-¿Qué? – preguntó él, atónito - ¿Te refieres a Guru Clef?
-Sabes muy bien que sí…- contestó ella – sabes que es lo único que me ha dolido…y que tendrás que devolvérmelo…
-¿Qué…de qué demonios estás…?
El príncipe en un ataque de locura, se lanzó a la chica, tomándola del cuello y causándole un gran dolor e impotencia. Aunque hay que decir, a favor de la heroína, que el enemigo sentía más impotencia que ella.
-Devuélvemelo…- repitió Marina con voz ahogada. Y él no se detenía, y aunque sabía que probablemente iba a matarla, lo conseguiría, no se detendría hasta no ver más esos ojos, llenos de esperanza.
-No…no…
-Devuélvemelo - repitió ella con lágrimas en los ojos – devuél-vemelo…
-Vas a morir, Guerrera Mágica – dijo él queriendo casi mirar hacia otro lado, porque la mirada de Marina le hacía perder fuerza, y aunque la muchacha comenzaba a perder el color y la fuerza, su mirada no cambiaba.
-Cállate, cállate…
Y justo antes de que Marina sintiera que la vitalidad se le iba, y comenzando a ver algo borroso, se armó de un valor y una determinación que jamás creyó sentir. La imagen de aquella persona, su voz, su forma de ser, llegó a su cabeza más fuerte que nunca. Tomó todas la energías que le quedaban en el cuerpo y gritó con todas sus fuerzas:
-¡DEVUÉLVEMELO!
Entonces sucedió. La joya que Marina tenía colgada brilló con tanta intensidad que dejó ciegos a todos, incluyendo a Rommel, que la soltó por reflejo, ella solo trastabilló, pero no cayó al suelo. La energía maligna se debilitó, y frente los ojos incrédulos de todos apareció una imagen plateada, que se fue haciendo cada vez con más forma, y ésa forma fue definiéndose, dejando a la vista a un unicornio blanco, que relincho suavemente.
-¿Eso…? – tartamudeó Lucy.
-Es un…unicornio – dijo Anaís al instante.
-No puede ser – jadeó Rommel - ¿Tú…?
Pero el unicornio no se quedó ahí. Nuevamente la cálida magia fue tomando una nueva forma, y el unicornio, que estaba justo enfrente de Marina tomo una figura alargada, de un hombre, de un muchacho al parecer. Y como se fue formando, Marina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, porque frente a ella, Clef cayó justo en sus brazos.
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¿Qué tal? Supongo que algunos estarán sorprendidos, otros tal vez no. ¡Díganmelo! Sus opiniones me encantan. Un saludo en especial muy cariñoso para ReayerthFan, que ha seguido ésta historia mejor que nadie, gracias nena.
Besos, Kayleigh.
