Volver a la vida.

—Hiiragizawa es ciertamente un buen argumentador, las críticas que hace a los libros son muy buenas.
Es lo menos que podría esperar, ha vivido ya dos veces. Es un cretino. Me agrada, pero tengo dudas muy serias sobre su honestidad.
—¿Vivir en el campo?
Tokio siempre está tan lleno de gente, aunque los suburbios son muy tranquilos, definitivamente es un gran lugar para vivir.
—Todos los niños de la villa de Tomoeda deben ser los ancestros de Sakura y todos nuestros amigos… Japón es uno de los países con menos movimientos migratorios en el mundo.
Sakura pertenece a una de las más importantes familias de hechiceros de Tokio, eso sí que fue sorpresivo. ¿Me pregunto qué otra cosa no sabemos sobre ella?
—Debo prepararle una habitación en mi departamento también.
¡Guau! ¡Más lento, vaquero!
—¡No…! ¡No estoy sugiriendo nada raro! Es por eso que debe ser una habitación, no pretendo que duerma en la mía.
Claro. Porque si en un giro del destino tu novia llegara hasta tu habitación, seguramente querrá dormir.
—Guarda silencio.
Yo soy tú, idiota, guarda silencio tú.
—No recuerdo que mi yo interior fuera tan molesto y escandaloso.
Es interesante que lo digas. Hay un ying por cada yang, y lo más curioso es que tu antítesis no está necesariamente afuera, buscándote… casi siempre está bajo tu misma piel, equilibrando el tipo de persona que eres. Tal vez esté mal que yo mismo lo diga, pero escucharme de vez en cuando, podría evitarte malos ratos. A lo mejor todo este asunto de acercarte tanto a la muerte te hizo más susceptible a escucharme.
—Eso es aterrador.
Tú eres aterrador y raro, y aún así, te las arreglaste para conseguir una novia. ¡Y vaya novia, muchacho! ¡Fue hasta las entrañas del infierno por ti! Se merece una gran compensación. Si tú me lo permites, yo podría…
—¡Mantente lejos de ella!
Claro, me mantendré tan lejos de ella como tú. Por cierto, sé que estás agotado y todo eso, pero creo que nos buscan afuera, valdría la pena que echaras un vistazo por un momento.


Cuando Xiao-Lang abrió los ojos, el techo de la habitación reflejaba la intensa luz anaranjada del ocaso, las cigarras y las ranas cantaban con fuerza, y un agradable olor a leña de fogata se podía sentir en el aire.

Sentarse en el futón le demandó más esfuerzo del que esperaba. Seguía muy cansado, además de que estaba hambriento, y su vejiga estaba por estallar. Identificó que estaba en uno de los muchos salones del templo, en uno particularmente vacío y tranquilo. Estaba vestido con una yukata ligera, lo que le dio la confianza para intentar levantarse, y cuando lo hizo, la puerta corrediza se abrió.

Kurogane lo miró con la seriedad de siempre y de inmediato se acercó para tomarlo del brazo y ayudarlo a andar.

—¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera arrollado un camión…
—¿Un qué?
—Eh… es un tipo de carreta que tenemos en Hong-Kong.
—Si te sientes tan mal, aún tengo la ropa blanca que te conseguí, y aún puedo ser tu kaishaku.
—¿Le importa si posponemos eso por una temporada?
—Bien por mí.

A un paso desesperantemente lento, el chico fue conducido a la letrina más cercana, y luego fue guiado hasta un cuarto de baño donde se le dieron todos los aditamentos para un aseo profundo y concienzudo.

—Yo por supuesto, no voy a ayudarte con eso, sólo me quedaré aquí para asegurarme de que no te caigas y eches a perder todo lo que la hechicera hizo por ti —puntualizó el samurái, mientras lo ayudaba a quitarse la yukata.

El chicó tomó el baño caliente más placentero de su vida, y luego de unos minutos se sumergió en una gran tina de madera, donde sintió que de un momento a otro iba a quedarse dormido de nuevo.

La puerta de este nuevo cuarto se abrió.

—Es bueno ver que despertaste, Li —dijo Arashi, al alcanzar a los dos muchachos—. Ah, no sientas pena por mí, créeme, no tienes nada que no haya visto antes—. Agregó al ver al muchacho encogerse en la tina.
—¿Alguna vez te comenté cuán incómoda puedes volver una situación? —Dijo con acritud Kurogane, sin volverse a verla.
—No directamente a mí, pero Sorata me ha contado que lo dices a menudo. Pero no vine a incomodar a nadie —volvió a dirigirse a Li—: Han pasado tres días desde la confrontación con el dragón. Sabemos que tanto tú como Sakura están delicados justo ahora, y los dejaremos descansar esta noche. Esperamos que mañana estén en mejor forma y puedan unírsenos. Hay mucho de qué hablar.
—¿Cómo está Sakura?
—Está bien. El consumo de magia que hizo la dejó extenuada por decir lo menos, es un milagro que haya sobrevivido, pero necesita reponer toda esa energía.
—¿Alguien en el pueblo resultó herido?
—Gracias por preguntar. Sólo tuvimos un fallecimiento esa noche.
—¿Yo conocía a la persona?
—Sí. La abuela Miu.

Li se quedó frío por un momento. Desconocía las condiciones del deceso, pero aquella anciana había sido su soporte y el de Sakura, a pesar de que apenas si cruzaron palabra algunas veces. Además de eso, tenía la sensación de estar en deuda con ella.

—Lo lamento mucho.
—No deberías. Ella tuvo una vida que amerita ser recordada como un testimonio de amor y servicio. Merece que celebremos en acciones día a día su legado.

Kurogane sonrió al escuchar a la samurái:

—Y entonces, luego de la vergüenza y la incomodidad, das un discurso así y te reivindicas por completo. Serías una gran señora feudal.
—Gracias. ¿Puedo encargarte que traigas a Li algo de cenar y luego llevarlo a sus aposentos?

El dueño de la villa asintió de conformidad.

Unos minutos después, con una yukata diferente y limpia, Xiao-Lang tomó algo de arroz que Kurogane le llevó, y cuando las estrellas ya gobernaban en el firmamento, fue llevado a una habitación diferente para que pasara el resto de la noche.

La habitación era más pequeña, pero el ambiente era mejor y más acogedor. El samurái deseó las buenas noches, cerró al marcharse y dejó a Li al único amparo de una vela.

Hizo un rápido barrido visual del lugar, notó que además de algunas cajas y mesas bajas, sólo había un futón al centro de la estancia, pero que ya estaba ocupado. Confundido, no supo qué hacer, porque alguien ya dormía ahí…

Un pequeño ronquido hizo que la durmiente se estremeciera, y al momento se levantó, quedando sentada en el futón.

—¿Xiao-Lang? —Sakura sonrió sutilmente, al ver a Li de pie ante ella con la temblorosa llama de la vela en la mano.
—¿Sakura? Perdona si te desperté, pero me trajeron aquí para…
—¿Para…?
—Pues… para dormir… debe haber un error, no te preocupes, lo solucionaré… supongo que puedo ir a casa o buscar otra habitación en el templo.
—Nuestra casa se quemó —informó la chica, con el estupor de un sueño demasiado pesado, que hacía que sus ojos se vieran adorablemente pequeños, y hacía su tono de voz irresistiblemente—. No creo que sea un error. Espero que no te importe compartir el futón. —Dicho eso, volvió a recostarse, pero mantuvo abierto uno de los extremos de la frazada, La única inferencia lógica para el chico, era que ese era su lugar.

Li se acercó muy lentamente. Si bien, la situación por sí misma le causaba mucha vergüenza, sabía dentro de su corazón que no había algo que deseara más en ese momento que abrazarse a ella y no tener que soltarla nunca.

Sin embargo, cuando se agachó no pudo evitar notar que el ángulo de él en relación a ella le daba una muy inoportuna vista del escote de su yukata, y no le quedó otra que tragar saliva y apagar la vela. Eso facilitó mucho las cosas. Se coló en el futón y se acomodó a su lado, rígido como una tabla, aunque esa postura no duró mucho. Sakura al poco buscó refugio en su pecho, y él pasó un brazo por debajo de la cabeza de ella para recibirla.

Nunca antes se sintieron más cómodos y seguros que esa noche, y un sueño profundo y reparador los reclamó en pocos minutos.


—¿Ese es el verdadero poder de tu linaje entonces? —Preguntó Kurogane a Tomoyo, mientras ella tomaba el té al amparo de aquella noche estrellada. Se sentó a un par de pasos de ella en el corredor del salón principal de culto, de cara al arco Torii.
—No. Ese poder es sólo de ella. Mi fuente de poder principal y la de algunas generaciones anteriores a mí ha sido la luna. Si bien es un miembro lejano de mi familia, no tenemos eso en común. La Luna por su cercanía a la Tierra es que tiene tal influencia en el mundo, controla las mareas y equilibra el clima.
—Y su belleza nos da inspiración para escribir cosas hermosas sobre ella.

Tomoyo iba a continuar, pero notó la mirada del samurái luego de decir eso, y bajó el rostro algo avergonzada.

—Ella toma su poder de las estrellas. El tipo y el alcance está delimitada por la variable de origen. No sé cuántas estrellas hay en el firmamento, no sé si son lunas iguales o más grandes que la nuestra, o si son soles tan potentes como el que nos ilumina durante el día, pero sólo pensar en su cantidad y tamaño me hace temblar, porque de esas proporciones es el poder de Sakura. El verdadero problema es que es joven e ingenua, odiaría ver que alguien tratara de sacar provecho de ese poder.
—¿Tal como nosotros hacemos ahora mismo?
—Tratando de sembrar la intriga, como siempre, pero no es el caso. Yo no quiero que Sakura haga algo en un egoísta beneficio propio, quiero que me ayude a proteger todo lo que amo. Soy realista y sé que no puedo hacerlo sola, sería muy estúpido e irresponsable de mi parte no tener eso en consideración.
—Desearía que esa responsabilidad no estuviera ahí.

Un par de minutos de silencio pasó luego de ese comentario.

—Haganemaru… Si te hago una pregunta muy personal, en honor a la amistad que hemos tenido desde pequeños… ¿me responderías con total honestidad?
—Sí.
—Si tuvieras la opción de abandonar esta locura… ¿lo harías? Es decir… ¿tomarías la iniciativa de escapar de todo esto?, ¿del liderazgo del feudo, de la protección de esta gente, y todo lo que implica?
—Sí —respondió el hombre sin dudar—. Estoy aquí porque el honor y el nombre de mi familia me lo exigen. Porque tengo un compromiso con la memoria de mis padres, y porque realmente amo a mi pueblo… pero sé que debe haber algo más que perseguir y honrar. Daré mi vida y mi libertad por este lugar, porque sé que de alguna manera mi destino está ligado a él… tal como lo está a tu familia, aunque no a ti de acuerdo a tus propias palabras, pero definitivamente no es lo que deseo.
—Ya veo.
—No luces sorprendida… o decepcionada.
—No tengo por qué. Tus razones me parecen legítimas. Buscar la realización y la felicidad es una causa suficiente para declinar el contexto en el que te encuentras, y el hecho de que no hayas renunciado y abandonado todo te hace aún más admirable. Eres la definición por excelencia del bushido.
—Pues hasta podría dejarlo de lado. Si el hilo de mi destino coincidiera con quien deseo.

La muchacha miró al samurái con dulzura.

—Aunque quisiera no podría decirte dónde está tu coincidencia, no alcanzo a ver el otro extremo. Pero definitivamente hay una coincidencia para ti.
—Lo dices con mucha tranquilidad.
—Sí, ¿verdad…? Con todo y que… —Tomoyo tragó saliva. Pero para ese momento pensó en que era probable que la muerte llegara por todos en unos días, y que no tenía nada ya que perder, así que dejó que las palabras que ataban el nudo en su garganta fluyeran—. Con todo y que me rompe el corazón saber que tu hilo rojo se une a alguien que no seré yo.

La conversación terminó ahí, pero ninguno se movió. Ambos se concentraron en mirar el firmamento estrellado por un rato más.


El amanecer tenía poco de haber llegado, evidenciado por la tenue claridad del exterior, el trino de las aves, y el estridente canto de gallos a la distancia.

La consciencia regresó poco a poco, y por algún motivo desconocido, la mano de Xiao-Lang estaba en contacto con una textura suave, cálida y maleable que él no podía dejar de acariciar dado el inmenso bienestar que le provocaba. Siguió con sus mimos por unos segundos más hasta que un suspiro —que no era suyo— lo hizo aterrizar.

Cayó en cuenta en ese momento de que estaba abrazado con Sakura, ambos hechos un ovillo, que ella le daba la espalda, y que aquella mano infractora se había escurrido por debajo de los pliegues del frente de la yukata de la chica… entonces lo que él estaba tocando sólo podía ser…

Avergonzado y arrepentido de su involuntario atrevimiento, trató de retirar su mano al sentir que esa vez sí había ido demasiado lejos… es decir: ¿aprovecharse así de su novia abatida por el agotamiento?, ¿qué clase de monstruo abusivo haría algo así?

—No… —se escuchó en un delicado susurro de ella, mientras tocaba con suavidad la mano del chico, sin dejar que la retirara—. No pares.

Por un momento, él no supo como actuar; sin embargo, concluyó que lo mejor era hacer caso, así que continuó con la faena ante los cada vez más constantes suspiros de la chica. Sólo un par de minutos después ella se giró para encararlo, sus bellos ojos verdes tenían un brillo que él nunca había visto antes. Aquella mano invasora subió suavemente por su cuello hasta su mejilla, dónde ella la recibió con varios besos delicados.

El instinto guió su comportamiento durante los minutos siguientes, y dejaron que las cosas se dieran naturalmente, sin pensarlo demasiado, sin forzarlo, él llevó sus propios labios para que se deshicieran en suaves roces en el lóbulo auricular de ella.

Luego de un breve periodo, ella, finalmente dejándose llevar, hizo que pasaran a los besos. Estuvieron así varios minutos, hasta que ella lanzó un sollozo involuntario, que asustó al chico.

—¿Pasa algo? —preguntó él en voz muy baja.
—No… es sólo… —La chica tomó un respiro profundo para tranquilizarse un poco—. Es sólo que te extrañé mucho… pensé que no te volvería a ver y tuve mucho miedo.

Un segundo gimoteo le evitó continuar. Él la abrazó con tanta fuerza como ternura le eran posibles, hasta hacerla estremecer.

—Yo también te eché mucho de menos, también pensé que no volvería a verte, pero… —Recordó todo lo que la enfermedad le hizo pasar, y una extraña ensoñación en la que Sakura fue a robárselo a la muerte misma—. Pero gracias a ti, nunca volveré a tener miedo.

Hubo más besos luego de eso, cada vez más prolongados, intensos y atrevidos, en el último, él presionó suavemente con sus dientes el labio inferior de ella, que soltó un lamento bajo que le erizó la piel, hasta que la jovencita le dió un empujón en el hombro.

El chico pensó por un momento que trataba de alejarlo, pero no podía estar más equivocado.

Lo que ella quería era que él quedara tendido sobre su espalda, y un instante después, ella se le fue encima, y le aprisionó las caderas con sus piernas. Nunca antes sus cuerpos habían conocido tal proximidad e interacción, y a ambos los invadió la incertidumbre, pues navegaban en aguas vírgenes. Pero se sentían confiados… porque estaban juntos.

Y entonces, les vino un ataque de súbita pena. Sin poder evitarlo dada la situación, el cuerpo de él estaba reaccionando como era natural; justo en el punto donde coincidían físicamente, estaba lo que para él era la evidencia más ominosa de su crimen, bajo la maravillosa presión de los menos de cincuenta kilos de la chica.

Ella lo notó, y en principio se le dibujó un sutil gesto de desconcierto y asombro, lo que provocó que el rostro de él obtuviera una nueva paleta de colores.

—Yo… yo lo siento, no puedo controlarlo y…
—Lo sé —lo interrumpió ella, con su usual gesto de negar con la cabeza, sonriente—. También tomé esa clase. Y la verdad es que me hace muy feliz que esté pasando… me hace pensar que te resulto bonita y eso es muy halagador. Pero si te estoy lastimando, me voy a quitar y… —Fue la cara de ella entonces la que se puso de todos colores. En su primer intento de quitarse, se movió de tal forma que la fricción resultante terminó siendo… "estimulante" por ponerlo en una palabra. Lo intentó una segunda vez obteniendo una reacción parecida, y continuó por un rato más. Cerca del vigésimo intento, cayó en cuenta de que no iba a poder retirarse. Su corazón latía muy rápido, su respiración se hizo más profunda, y un sentimiento muy extraño se apoderaba lentamente de ella mientras miraba los gestos del chico, que parecía pasar por el mismo maravilloso suplicio.

—Deberíamos detenernos… vamos a terminar haciendo una locura...— susurró él, literalmente incapaz de abrir los ojos, y apretando los puños para que sus manos no corrieran libremente y sin control.
—Sí, deberíamos… pero no puedo parar… y la verdad es que tampoco quiero parar. —En ese momento, la muchachita se balanceaba con un ritmo constante, ahora obteniendo también suspiros y expresiones faciales nuevas y desconocidas de su acompañante—. ¿Y qué tal si… si hacemos una locura pequeñita?

Sabiendo que esa era tal vez la única petición en la que su voluntad iba a flaquear, Li cedió sin presentar mucha resistencia. Sus manos tomaron la cintura de ella con delicadeza, y comenzó a pasar juguetonamente sus dedos por su columna, acarició con suavidad sus costados, y la hizo dar un respingo al pasar sus manos por sus caderas y sus muslos, todo esto por encima de la yukata.

Era un momento extraño, aunque en el buen sentido. Ella nunca pensó llegar hasta ese punto, de hecho, cualquier escenario semejante a ese hubiera sido impensable un par de meses atrás. En cuanto a él, la respetaba de tal manera que incluso en sus más ocultas fantasías no se imaginaba en la situación en la que estaba.

Esa mañana, sin embargo, sin saber a qué atribuírselo, se sentían ávidos del afecto mutuo, de demostrarse cariño de la forma que les fuera posible, de sentir y experimentar lo que el otro tuviera que darle. No existía nada además de ellos en el universo para ese momento.

La expresión del rostro de Sakura era única. Aún a pesar de la poca luz del recinto, era evidente su sonrojo, que contrastaba con sus ojos, que a cada momento le costaba más trabajo mantener abiertos, esa visión, junto con las sensaciones que estaba experimentando, parecían ser demasiado para Xiao-Lang, cuya mente estaba a punto de colapsar al ver como la yukata de la chica se deslizaba al ritmo de la improvisada danza que hacían, y descubría con delicadeza su hombro izquierdo.

Novedad total para un par de corazones puros.

Pero con todo y la absoluta ignorancia en la que se encontraban ante semejante situación, la naturaleza parecía subsanar su desconocimiento con sentido común. En su disminuido sentido de lógica y autocontrol, tenían el mínimo de intuición sobre cómo tratar al otro para hacerlo sentir lo más cómodo y feliz posible, y ese esfuerzo era sentido por ambos.

Y finalmente, luego de varios minutos de jaleo, de torpes fricciones, de caricias inocentes, fue la chica quien dio el primer síntoma de que algo misterioso, pero extraordinario, estaba a punto de ocurrir. Sus suspiros pasaron a ser pequeños lamentos cada vez más altos, y su respiración pasó de la agitación al jadeo. Sus ojos humedecidos buscaron suplicantes los de él mientras lo presionaba por los hombros, como tratando de desaparecer cualquier posible distancia entre ellos. Él correspondió abrazando con fuerza su cintura, consolidando una unión casi absoluta que lo hizo dudar de la integridad de la ropa que tenían encima.

Así, por primerísima vez en la vida, sucedió.

Al menos para ella. ¿Qué era ese incontenible bienestar que crecía exponencialmente en su interior? No supo cómo reaccionar o de qué manera reponerse a los escalofríos y la sensación general que la recorrió de arriba a abajo, tenía ganas de gritar, de golpear algo, de presionar a Xiao-Lang contra su pecho hasta que no pudiera distinguirse diferencia entre él y ella, sintió que se moría y que volvía a la vida, todo al mismo tiempo, en un grito ahogado, tan emotivo que hizo sentir al chico muy feliz.

Fueron muy afortunados. Aún cuando en rigor ningún acto se concretó entre ellos dos esa mañana, la experiencia podría catalogarse como un acercamiento rotundamente exitoso a una faceta de la vida desconocida para ambos, cosa de la que no todas las personas pueden presumir.

Concluida la aventura, Sakura recargó su frente sobre el hombro de él para recuperar el aliento, mientras que lentamente se regularizaba su ritmo cardiaco y se dibujaba una sonrisa en su rostro que pensó que nunca podría quitar.

Todo aquello era nuevo, inexplorado y fascinante, y que fuera así tenía que ver, más que todo, con su crianza y la coyuntura cultural. Ella vivió siempre en una familia afectuosa, sin embargo, el contacto físico no era común. Era demasiado pequeña cuando quedó huérfana de madre como para presenciar alguna incómoda demostración de cariño entre sus progenitores, y Touya era particularmente receloso en sus demostraciones de afecto con quien fuera. La discreción era fundamental para la pareja más cercana que tenían en su grado, y Sakura descubriría a través de ese primer acercamiento, que el afecto que sentía por el chico desmadejado que yacía debajo de ella, era muy diferente al que había sentido por alguien jamás, que más allá de los sentimientos, había algo más orgánico y urgente que la llevaba hacia él.

Y una vez más, una parte de la niñez de ambos daba una jubilosa despedida.

—¿Estás bien? —preguntó el lobito, ante la agitación de la chica.
—¿Que si estoy bien? ¡Me siento increíble! —exclamó entre risas, cuando levantó la mirada para encarar al chico, mientras retiraba el cabello alborotado de su rostro—. ¿Qué fue lo que me hiciste?
—A decir verdad, creo que tú hiciste todo... —La iluminación llegó a él de pronto, y se quedó repentinamente serio—. Qué… ¿Qué fue lo que hicimos? ¿Acaso tú y yo…?
—¡No…! —se sobresaltó la chica, luego comenzó a chocar sus índices frente a su rostro, en un puchero—. Bueno, creo que no… debimos llegar más lejos para decir que "lo hicimos". ¿Estuvo mal lo que pasó?
—No lo sé… aunque creo que si lo ponemos en perspectiva, cabría entre las cosas que hacen los amantes, ¿no crees?
—Entonces, si son cosas de amantes… ¿deberíamos mantenerlo en secreto? —Los ojos de Sakura brillaron mientras decía esas palabras, como si el secretismo agregara un ingrediente especial a toda la situación.
—Sí. Nuestro secreto —resolvió él, enternecido. Se acomodó en loto aún con su acompañante encima, tomó sus mejillas delicadamente y la besó una vez más.

Se quedaron en esa posición, casi sin moverse para mitigar la frescura matinal, que les resultó inesperadamente cómoda mientras charlaban sobre trivialidades pasado el frenesí inicial.

La puerta corrediza se abrió de pronto. Tomoyo traía un pequeño pergamino en las manos en el cual concentraba su atención.

—¡Espero que estén muy frescos y descansados! ¡Tenemos muchos temas que revisar y…! —Fue hasta que estuvo unos cinco pasos dentro de la habitación que miró a los chicos, enredados en la manta, en una posición que difícilmente dejaba lugar para interpretaciones.
—Bu… buenos días, Tomoyo…
—Buenos días, Señora Amamiya…

El silencio resultante de Tomoyo a los saludos, fue prolongado e incómodo.

—¡Discúlpenme! ¡Debí llamar antes de entrar! ¡No quise interrumpir nada! —La recién llegada se cubrió los ojos con el pergamino en un acto reflejo, y comenzó a caminar accidentadamente de regreso hacia la puerta, con tan mala pata que casi perdió la nariz al chocar con el marco.
—¡No! ¡No es lo que crees, Tomoyo! ¡Nosotros no…!
—¡Tómense su tiempo! ¡Los esperaremos en el salón de culto! —Dicho eso, cerró tras ella, con la nariz entre las manos para mitigar la hemorragia nasal, mientras dejaba a un par de chicos perplejos y avergonzados detrás de la puerta.
—Pues allá va nuestro secreto... —declaró Xiao-Lang, luego de un par de minutos.

Finalmente se levantaron. Había sido dispuesto un cambio de ropa para cada uno en una de las mesas, y ambos sintieron un agradable cosquilleo en el pecho al darse la espalda mutuamente para quitarse la ropa de dormir, y ponerse la nueva, mientras escuchaban la caricia de la tela sobre la piel del otro, expuestos a un nuevo tipo de timidez que los hacía sentir muy bien.

—¿Estás lista? ¿Puedo darme vuelta?
—Sí.

Sakura vestía un atuendo ceremonial en blanco con rosa muy parecido al de Tomoyo con un entramado que emulaba a los pétalos de la flor de cerezo. Xiao-Lang tenía un kimono color jade y un hakama color paja, a diferencia de otros que había usado, era menos holgado y sin muchos volantes.

—Te ves muy bien… —dijeron al unísono, y retiraron la mirada el uno del otro, sonrojados, pero se volvieron a ver de inmediato, y rieron.
—Parece que es la hora —dijo la chica.
—Sí. Hagámoslo.


La mañana les ofrecía un buen clima. En los tres días de ausencia de ambos luego de los funerales de la abuela Miu, los trabajos de reconstrucción del templo fueron los primeros en terminarse, y para ese momento ya no daba la impresión de que había sido invadido sólo unas noches atrás. A diferencia de la común calma que había entre los corredores del lugar, esa mañana se veía mucha actividad, hombres y mujeres, entre samuráis y lo que parecían visitantes de otras ciudades, caminaban a paso presuroso entre los pasillos y diferentes recintos, aunque la gran mayoría parecía tener el afán de llegar al mismo lugar que los chicos: el salón principal de culto.

Fue una sorpresa para ellos ver que había casi cien personas en el salón cuando llegaron, la gran mayoría de ellos eran soldados, una parte eran oriundos de Tomoeda, mientras que otros parecían haber llegado junto con el general Issa, que tomaba té mientras departía con los ancianos del pueblo.

Al fondo del salón, Tomoyo y Kurogane se pusieron de pie al verlos llegar, y todos los presentes callaron al momento. Detrás de ellos había un hombre calvo de edad avanzada, equipado con un pincel, tinta y muchos rollos de papel, parecía ser el escribano del pueblo, y justo a su lado, Junichiro lo asistía, lo que hizo que Li le obsequiara una sonrisa repleta de orgullo.

Cruzaron el umbral, lo que hizo aumentar aún más la expectativa de los presentes. Se miraron entre ellos, en la comprensión de que lo que fuera a discutirse ese día, los definiría para el resto de sus vidas, y aunque la incertidumbre que generaba ese conocimiento era intensa, no podían negarse a sí mismos cuán emocionados estaban. Se tomaron de la mano como el matrimonio que fingían ser, aunque respaldados por sentimientos muy auténticos que daban validez a su unión.

Capítulo 21.

Fin.


¡Gracias por la reseña!