Muchas gracias a todos por leer, por dejarme likes, kudos, estrellitas, comentarios y reveiws. Agradezco profundamente a quienes me acompañaron hasta este punto de la historia. Disfruté mucho leerla a pesar de las dificultades que se presentaron en mi vida personal y siento una enorme satisfacción de poderla concluir por fin.

Así que, este capítulo, está dedicado a ti, mi estimado lector.

Espero puedan perdonar cualquier error…


Las noches eran sin duda uno de los momentos favoritos del día para David. No era solo lo agradable de la silenciosa atmósfera que se creaba conforme todos se retiraban a sus aposentos, sino porque era cuando podía disfrutar de ver a su esposa e hija dormir. Contemplar sus hermosos rostros relajados, escuchar las respiraciones apacibles mientras las tenía a un lado era algo sagrado para él. Lo había sido desde que Charlotte nació y lo era ahora más que nunca después de lo que sucedió.

El cansancio acumulado después de los días de terror que tuvieron que vivir ganó la batalla y David se quedó dormido cuando menos lo pensó, solo para despertar minutos más tarde porque Charlotte decidió que no deseaba seguir acostada.

—Hey, hey, pedacito bello —susurró amoroso mientras la tomaba en brazos y se levantaba de la cama arrullándola de inmediato, intentando calmarla para que no despertara a Regina quien necesitaba el descanso más que nadie. Si bien ambos habían pasado por momentos duros y complicados, era Regina quien se había llevado la peor parte, así que era necesario que descansara y durmiera.

—Tu mami fue muy valiente, hizo lo imposible por salvarnos a todos y logró que volviéramos a estar juntos —habló bajito, sonriendo al notar que su hijita parecía prestarle atención pues los bellos ojitos se posaron sobre su rostro. Parecía como si Charlotte estuviera atenta a lo que decía.

Exhaló largamente cuando el bello momento fue nublado por el horrible sentimiento de culpa. Y es que era difícil cargar con el peso de no escuchar a Regina e ir a ver a Rumpelstiltskin sin consultarlo con ella. Jamás imaginó que el Oscuro saldría de la celda, le arrancaría el corazón y le ordenara llevarle a Charlotte. El recuerdo le causaba escalofríos y ansiedad que muy seguramente sería difícil controlar si no dejaba de pensar en eso.

—Ahora estamos aquí, juntos de nuevo y te juro que no volveré a hacer algo estúpido, princesita —prometió a su pequeña hija que se tallaba la carita con una de sus diminutas manos—. Si tienes sueño vuelve a dormir —le dijo comenzando a mecerla suavemente.

Se movió con calma por la habitación hasta que Charlotte volvió a caer dormida. La acomodó de nueva cuenta en medio de la cama y él tomó su lugar, consiguiendo así la oportunidad de verlas dormir tranquilas una vez más.

La siguiente vez que despertó fue cuando Regina volvía a acomodarse sobre la cama. Inhaló profundamente y se abrazó al tibio cuerpo de su esposa que se acurrucó contra él.

—¿Ya amaneció? —preguntó adormilado, porque no se dio el tiempo de despertar lo suficiente para ser consciente del momento del día.

—No —respondió ella—. A Charlotte le dio hambre y aproveché para acostarla en su cuna.

—Mm-hmm —murmuró para hacerle saber que la escuchó y que entendió. Suspiró relajándose para sucumbir al sueño una vez más, un plan que, al parecer, distaba mucho de las intenciones de su bella esposa.

Esta vez fue un gemido lo que emitió cuando la boca de Regina dejó besos ardientes en su garganta, subiendo con lentitud por su mentón hasta apoderarse de sus labios de los cuales demandó la entrada a su boca y la cual él concedió. La lengua hizo maravillas ahí dentro y al sur de su cuerpo donde su pene respondió a la demandante estimulación porque si había algo a lo que David no podía resistirse era a esa bendita mujer que, por fortuna, era suya.

—¿Pusiste el hechizo en la cuna? —preguntó antes de lanzarse sobre ella.

—Por supuesto, encantador —respondió divertida y satisfecha, pues en ese momento lo deseaba como nunca.

David la tomó entre sus brazos, jalándola para acostarla con él. La besó, moviéndose hasta conseguir tenerla debajo, dedicando un breve momento a deleitarse con la belleza de Regina, mirando a los preciosos ojos marrones que lo veían con amor y deseo.

Regina se relamió el labio inferior y después se lo mordió, cerró los ojos, arqueándose un poco contra David mientras soltaba un gemido evidenciando sus ganas por fundirse con él, con volver a ser uno, amándose sin descanso hasta el amanecer.

Abrió los ojos sorprendida porque de pronto quedaron desnudos aparentemente de la nada, aunque era obvio para ambos que era obra de la magia de Regina.

Ninguno de los dos dijo nada, tal vez porque las palabras sobraban cuando lo único que deseaban en ese momento era sentirse, amarse y adorarse con el alma, aunque David, él sí tenía la necesidad de decirle algo, pero no quiso romper el encanto y la anticipación del momento que estaban viviendo. Y es que se consideraba realmente afortunado por tener la dicha de volver a estar con su familia.

Regina dejó escapar un gemido gustoso cuando los dedos de su esposo acariciaron sus labios vaginales, lo hizo con delicadeza mientras usaba la boca para apoderarse de su pezón izquierdo. El contraste de la estimulación era interesante, por un lado, estaban los dedos que danzaban con suavidad por su intimidad, acariciando sutil y tentativamente los alrededores de la entrada a su cuerpo, de su endurecido clítoris y sus hinchados labios, por el otro, su pezón era succionado con intensidad, mordisqueado con cuidado e incluso los dientes tiraban apenas un poco de él. Sus caderas comenzaron a ondular, oportunidad que David aprovechó para internar la otra mano por debajo de su cuerpo y acariciarle las nalgas, subiendo por la espalda para volver a su trasero. Los dedos se introdujeron en ella y fue ahora el pezón derecho el que fue atacado por la ardiente boca del rubio. Cerró los ojos y soltó un gemido audible cuando los dedos encontraron ese punto en su interior que David no dudó en estimular sin descanso haciendo que su vientre bajo se tensionara.

—Oh, Dios —gimió ahogado esta vez porque el pulgar masajeaba su clítoris sin piedad mientras que ahora la boca de David besaba su mandíbula—. Vas a hacerme venir —anunció con voz aguda porque se encontraba en la puerta del orgasmo. Era increíble lo bien que su esposo conocía su cuerpo que era capaz de arrojarla al clímax sin tanto esfuerzo, simplemente con saber dónde y cómo estimularla.

—De eso se trata, Majestad. De eso siempre se ha tratado. Desde nuestra primera vez en el bosque —susurró, tragando saliva ante el vívido recuerdo de ese maravilloso encuentro.

Regina, aún en medio de la excitación que la conducía al orgasmo, sonrió por las palabras de David que trajeron a ella ese importante momento en el bosque, lo maravilloso que fue dejarlo tomarla como le vino en gana solo para demostrarle que no era un aburrido en el sexo y que, ese orgasmo que alcanzó, lo confirmaba.

Jadeó con fuerza en un intento por recuperar el aliento que llegar al clímax le robó. Los labios de David se apoderaron de los suyos, la lengua se internó en su boca, invadiendo y acariciando mientras los dedos abandonaron su interior para ser reemplazados por el turgente pene que se adentró en ella de una.

Regina gimió en medio del beso, estremeciéndose al ser penetrada. David se concentró en sentirla, admirándola mientras se introducía en el estrecho canal que ardía y palpitaba con deseo por él.

—Te amo. —Regina habló muy bajito para luego abrazarse al varonil cuerpo. Los delicados brazos rodeando el cuello, las esculturales piernas alrededor de la gruesa cintura.

David le besó el hombro con inmenso cariño al sentir la necesidad que Regina transmitía al estarse aferrando así a él. Salió apenas de ella para luego introducirse de nuevo, iniciando un cadencioso ritmo que consiguió erizar la piel de ambos por la placentera sensación.

En palabras de Regina la penetración era deliciosa. Sentirlo entrar y salir de su cuerpo a ese ritmo la hacía gozar por la estimulación que creaba al deslizarse en su húmedo interior. Le encantaba tanto que mordía su labio inferior mientras pensaba que podía pasar el resto de su vida así, con él. Eso fue lo único que habitó su mente hasta que su cuerpo le indicó que ya no era suficiente. Necesitaba liberarse y por eso mismo necesitaba más. Desenredó los brazos del cuello de su esposo, le tomó el rostro con ambas manos y lo besó mientras movía sus caderas para aumentar la fricción.

David, como buen entendedor, se alzó, apoyándose en las rodillas, agarró a Regina por la estrecha cintura subiéndola mejor a su regazo y así emprendió lo que ahora fueron penetraciones en forma. Jalaba a Regina contra sus caderas que él empujaba apenas se encontraba dentro por completo de ella haciéndola soltar un exquisito gritito cada que lo hacía. Regina se arqueó mientras se volvía más audible conforme David aumentaba el ritmo haciendo que los hermosos senos rebotaran con la misma intensidad que se movía, que los lindos pezones estuvieran durísimos, que la vena de la frente fuera visible, los rojizos labios abiertos, dejando escapar los gemidos y jadeos más excitantes.

Regina arqueó la espalda, se agarró de los antebrazos de David y echó la cabeza hacia atrás cuando él comenzó a embestirla con arrebato y pasión y, ese movimiento, hizo que el ángulo de penetración cambiara y que ahora el pene turgente frotara con precisión ese punto especial dentro de ella provocando que lágrimas de placer se agolparan en sus ojos y que fuera inevitable gemir con tanta fuerza que sabía dejaría su garganta adolorida. Poco le importó, siguió gimiendo, jadeando e incluso gritando con fuerza, evidenciando el placer y el gozo que sentía. El hermoso cuerpo de Regina empezó a temblar sin control al alcanzar el orgasmo. Apretó los ojos con fuerza, los antebrazos de David y el palpitante pene en su interior.

El Rey dejó de moverse, dejando que la Reina disfrutara de las oleadas de placer que la azotaban sin piedad, una tras otra. Apenas fue capaz de contenerse y no venirse junto con ella, porque aún le parecía muy pronto, no quería que ese momento terminara aún, deseaba seguirla amando hasta que ninguno de los dos pudiera más.

Regina recogió las piernas en el aire haciendo que el pene abandonara su interior, se cubrió el rostro con el brazo derecho y colocó la mano izquierda sobre su vientre que seguía temblante, volvió a gemir porque su vagina no dejaba de contraerse sobre la nada. Le tomó un par de minutos, pero al fin logró regular un poco su respiración y justo cuando eso sucedió, contuvo el aliento pues su esposo le abrió las piernas, le abrazó por los muslos y enterró el rostro en su intimidad.

—D-david —gimió el nombre del hombre que amaba, que ahora le enterraba la lengua en la vagina y le acariciaba el clítoris con un pulgar. Dejó escapar las lágrimas al tiempo que se arqueaba un poco de nuevo y aferraba los rubios cabellos con sus manos, indecisa entre empujarlo lejos o presionarlo más contra su intimidad. Y es que, con el orgasmo que acaba de tener, se encontraba muy sensible y la sobre estimulación por momentos parecía insoportable—. Jodeeeerrr —gritó entre dientes apretados y después soltó un lloriqueo por el intenso placer sexual del que estaba siendo víctima al llegar una vez más al clímax.

El orgasmo no fue tan intenso, pero fue suficiente para hacer que sus piernas y vientre temblaran de nuevo. Jaló con sus manos a David de los rubios cabellos, separándolo de su intimidad para llevarlo hasta su boca probándose a sí misma. Lo besó con arrebato y pasión desmedida siendo correspondida con la misma intensidad mientras que las manos del rubio buscaban desesperadas acariciar cada rincón de su cuerpo.

Puso las manos contra el amplio pecho y presionó para detenerlo, lo empujó un poco, haciéndole saber que quería que se quitara de encima de ella. Salió de debajo de él solo para montarlo como fue su intención inicial al despertarlo. David sonrió encantado, tomándola por la cintura con ambas manos. Regina cerró los ojos, moviendo sus caderas sobre la intimidad del rubio, buscando que el glande quedará contra la entrada a su cuerpo. Mordió su labio inferior cuando lo consiguió y besó la sien izquierda de su esposo conforme descendía, tomándolo despacio, clavándose ella misma en el palpitante e hinchado pene. Los varoniles brazos la rodearon por el torso, apretándola contra él.

—Te amo, Regina. —Pasó saliva con dificultad, sintiendo el nudo que se le formó en la garganta por la emoción que estaba muy lejos de la lujuria y el deseo, era amor, amor puro y verdadero lo único que había entre ellos dos en ese momento en el que la Reina mecía las preciosas caderas iniciando la penetración. Le acarició con delicadeza la espalda y le besó la mandíbula. Regina sonrió, alzándose apenas unos centímetros para dejarse caer de nuevo, emprendiendo un firme vaivén que pronto aumentó hasta que se encontraba cabalgando su pene con fuerza y rapidez. Apretó las hermosas nalgas con sus manos, Regina gimió y sonrió de nuevo mientras inhalaba aire por la boca, el húmedo canal se apretó sobre su pene aumentando la sensación de estimulación y esta vez no quiso frenar su orgasmo.

Empezó a gemir con la misma intensidad que Regina lo hacía, inundando la habitación con expresiones audibles de placer y excitación que las paredes no eran capaces de retener.

—Vente para mí, encantador. Quiero sentirte llegar dentro —gimió Regina sobre los rosados labios y pudo ver los hermosos ojos azules oscureciendo más gracias a sus palabras, encendiendo por completo al Rey que la agarró de las caderas y se empujó contra ella mientras la jalaba hacia él.

—Voy a venirme para ti, mi Reina y te voy a llenar de mí.

—Sí…¡Sí! —exclamó Regina, totalmente abandonada al placer y las ganas que tenía de que David se viniera dentro de ella, de sentirlo de nuevo a plenitud después de haber temido el no volver a estar junto a él nunca más, ansiando con el alma sentirlo suyo.

—Oooh, oooh… ¡Mmmhhg! —-Apretó los ojos y dientes con fuerza al tiempo que se derramaba en el interior de Regina mientras ella se venía gritando su nombre a todo pulmón. El vientre le temblaba y su pene se estremecía con cada descarga, gimiendo con cada fuerte apretón del interior de su esposa que parecía desesperado por extraer hasta la última gota de su semilla. Exhaló con fuerza para luego inhalar desesperado por aliento, el mismo que Regina buscaba de igual manera. La envolvió con amor entre sus brazos y ella no dudó en acurrucarse contra su pecho—. Eres el amor de mi vida, Regina —dijo jadeante.

Por respuesta, los rojizos labios le besaron con el más puro amor y las delicadas manos le sostuvieron el rostro por las mejillas.


Regina despertó al alba. Estiró su cuerpo todo lo que le fue posible, bostezando con ganas para luego colocarse de lado mirando a su esposo. Él se encontraba aún dormido así que aprovechó para contemplarlo a su antojo, lo sumamente apuesto que era, sobre todo después de haber follado por largo rato durante la noche. Suspiró enamorada, orgullosa y satisfecha de que semejante hombre estuviera a su lado.

Se alzó un poco, acercándose a él para besarlo cuando Charlotte decidió que era momento de dar los buenos días, renegando para hacerle saber a su madre que se encontraba hambrienta. Regina se levantó de inmediato, acercándose a la cuna, tomándola en brazos para besarle la hermosa carita.

Caminó con ella hasta el asiento junto a la ventana, hizo a un lado el escote del camisón violeta que llevaba, exponiendo su pecho izquierdo para amamantar a su hijita que no dudó en prenderse de ella en cuando la acercó. Arrugó el gesto un poco porque Charlotte succionaba demasiado entusiasta, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Tenía tantas preguntas para Ruby respecto a Charlotte durante el tiempo que estuvo bajo su protección y cuidado. Preguntas que haría después a la lobo pues en ese momento lo único que quería era disfrutar del amanecer, de su hija y de su durmiente esposo.

A los pocos minutos, el sol le dio de lleno en el rostro a David y éste despertó. Se estiró mientras asimilaba la situación no sin antes bostezar con muchas ganas. Volteó a un lado y no encontró a Regina. Se alzó encontrándose con que ella estaba sentada junto a la ventana con Charlotte contra su hombro mientras le daba palmaditas en la espalda. Casi cae de la cama por la prisa con la que se levantó y se apresuró hasta ellas.

—Ya despertaste —dijo Regina con un humor maravilloso y es que nunca en su vida se había sentido tan plena, tan completa como esa mañana en la que la esperanza reinaba. Su corazón y su alma estaban felices, como nunca pensó que llegarían a estarlo jamás.

—Dámela y vuelve a la cama. Necesitas descansar —sugirió David, agarrando a Charlotte para ponerla sobre su hombro y seguirle dando palmaditas en la pequeña espalda. Por supuesto que su hija se quejó ante el cambio, lloriqueó un poco, pero luego pareció convencerse cuando eructó—. Eso es. —David rio con suavidad y, al escuchar un suspiro de Regina, volteó a verla.

—Amo verlos así —sonrió enamorada de la bella imagen frente a ella. El rubio asintió, pero luego pareció contrariado alertando en cierta medida a la Reina.

—Anoche no quise arruinar nuestro momento, pero hay algo…

—¿Qué ocurre? —lo interrumpió, mostrándose impaciente y un tanto a la defensiva pues, con tanto que había sucedido, ya no sabía qué esperar.

—Ayer, cuando fuiste con George y pusiste a Charlotte en mis brazos, yo… —Los ojos se le llenaron de lágrimas, pasó saliva y continuó—: Quería agradecerte por ello, Regina, porque la última vez que la tuve así la llevé con él.

—David. —Regina, se puso de pie, se paró frente a él y le sobó los brazos—. Rumpelstiltskin te quitó el corazón y te ordenó que lo hicieras.

—Sí, pero yo fui a buscarlo. Lo hice cuando te prometí que consultaría contigo antes de hacer algo así —sollozó levemente, aguantándose las ganas de soltarse a llorar porque no podía quitarse de la mente el justo reclamo que Regina le hizo en la celda. El dolor que sintió a pesar de no tener corazón se le había clavado justo en el alma.

—No fue tu culpa —dijo Regina comprendiendo el conflicto de David. Le puso la mano izquierda en la nuca y se alzó de puntillas para besarlo en los labios—. Fue mía.

—No…

—Sí —lo contradijo—. Toda mi existencia se reduce al plan de alguien más, de mi madre, del Oscuro, de las hadas. Incluso nuestro encuentro en el bosque fue orquestado, así como la concepción de Charlotte. —Se recargó contra el hombro izquierdo de David, volteando hacia donde su hija estaba. Él acunó a su bebé con el brazo derecho y, a ella, la abrazó con el izquierdo—. Yo también lo fui a buscar y no te dije nada —confesó. Cerró los ojos al sentir un beso en la cabeza y una mano sobándole la espalda.

—Te propongo que no lo volvamos a hacer. Sobretodo yo —dijo David con tono de voz juguetón para aligerar un poco la carga que Regina claramente sentía sobre los hombros.

—Tú y Charlotte son todo lo que está bien en mi vida. Tú, como buen héroe, sólo hiciste lo que pensaste que era lo correcto. Es tu naturaleza. Está en ti. —Suspiró llevando la mano derecha hasta la cabecita de su hija para acariciarle el fino cabello.

—Aunque lo pienses así, tu existencia no se reduce a un plan, Regina. Eres mucho más que eso. Eres la mujer que amo, eres la madre de Charlotte, eres el portador de la magia blanca más poderosa que ha acabado con la oscuridad por siempre y que nos ha salvado. Eres única y maravillosa, Regina. Amo todo de ti, tu luz y tu oscuridad, lo resiliente y valiente que eres.

—Gracias, David. Por eso y mucho más es que te amo, encantador. —Le sonrió con lágrimas en los ojos y lo besó de nuevo. Cuando dejó los rosados labios, acarició la nariz de David con la suya en una tierna caricia que lo hizo sonreír. Volvió a acurrucarse contra él que la abrazó de nuevo. Cerró los ojos y soltó un suspiro largo mientras se permitía disfrutar de estar los tres juntos en la intimidad de su habitación.

Charlotte rompió el bello momento, quejándose en los brazos de su padre que se apresuró a tomarla con más firmeza soltando a Regina en el proceso.

—Alguien no se encuentra de muy buen humor —dijo David con una amplia sonrisa mientras veía a su hijita enfurruñada.

—Ven, pedacito bello. —Regina le ofreció los brazos, pero David la apartó de ella.

—La llevaré al árbol de manzanas. Eso suele agradarle. ¿Por qué no aprovechas para descansar un poco más? —sugirió porque lo cierto es que quería que Regina descansara después de todo por lo que había pasado. No debía ser sano seguir como si nada luego de enfrentarse a Peter Pan, al Oscuro y vencer la oscuridad.

—Está bien —accedió a regañadientes porque quería ir con ellos al jardín y no deseaba apartarse de ellos, pero sí sentía la necesidad de descansar, aunque fuera un rato ya que no fue posible hacerlo por la noche porque las ganas de estar con David fueron mucho más fuertes que las de dormir.


Los días subsecuentes sirvieron para que las cosas volvieran a estar en orden en el Reino Blanco con las alianzas y relaciones con los otros reinos que conformaban el Bosque Encantado y sus alrededores.

La noticia de que Regina poseía magia blanca y había conseguido derrotar al Oscuro corrió a gran velocidad por todos los reinos. Realeza, nobleza, clero, pueblo del Reino Banco y vecinos deseaban visitar el Castillo para ver a Regina, un gesto que ella consideró inapropiado y rechazó, negándose a convertirse en una atracción del Bosque Encantado. Le parecía indigno de la Reina que era.

Quien se hacía cargo era David. Gustoso daba la cara para contar con orgullo la gran hazaña de Regina, su esposa y Reina. Lo hacía con la finalidad de borrar la imagen de la Reina Malvada para siempre. Algo que a Regina no le interesaba pero que David consideraba importante para el futuro que aguardaba por ellos.

Contra todo pronóstico los ex aliados del reino volvieron a unirse a los aliados y, junto con Tinkerbell, formaban el Consejo Real del Reino Blanco el cual era encabezado por Granny pues era a quien David siempre escuchaba. Por supuesto que Regina también era bienvenida a las reuniones de consejo, pero prefería no interferir en las decisiones simples que David podía tomar. Le gustaba que se sintiera como lo que realmente era: el Rey del Reino Blanco.

Graham fue nombrado guardia real y era el único de ellos que podía intervenir en las decisiones en conjunto con los Reyes y los aliados. A ningún otro caballero se le permitía pues solo se limitaban a recibir órdenes que Graham tenía el poder de dar.

Regina era feliz siendo la mamá de Charlotte, la esposa de David y sí, aunque pareciera increíble, había encontrado el gusto por ser la Reina del Reino Blanco de nuevo. La diferencia estaba en que ahora lo hacía de la mano de David, del hombre que amaba y que la amaba por igual, con quien había formado una hermosa familia y tenía un feliz matrimonio. Era como si por fin el destino le sonriera en verdad cuando pensó que jamás ocurriría.

Era tanta la felicidad que sentía que fue hasta el Castillo Oscuro para visitar la tumba de su padre. Las enormes puertas de la cripta real se abrieron dando paso a la imponente figura de la Reina. Estaba ataviada en un vestido blanco con una tela azul marino transparente por encima del claro color. Llevaba un escote pronunciado que bajaba hasta la mitad del torso. La tela le enmarcaba a la perfección los senos y la estrecha cintura, la falda era un tanto ancha con destellos dorados y las mangas eran solo de la tela azul marino. El cabello lo llevaba en un medio recogido con ondas perfectas que caían por su espalda y, adorando su cabeza, portaba una dorada tiara.

Con la elegancia que la caracterizaba se acercó a la tumba de su padre donde, gracias a la magia blanca de Regina, florecieron rosas adorando la última morada de Henry.

—Hola, papi —saludó Regina, acariciando la fría piedra. Se tomó un momento para lamentar la pérdida de su padre y después se dispuso a contarle todo, a hablarle de lo mucho que Charlotte había crecido, del bien que David le hacía y de lo feliz que ahora era—. Creo que estarías orgulloso del cambio en mí. Ya no hay sed de venganza ni odio en mi vida, sólo amor y felicidad.

Sonrió en un intento por aguantar el llanto porque le hubiera encantado que su padre viviera junto con ella ese nuevo comienzo del que tanto le habló y que ahora era una realidad. A veces le era imposible no sentir la culpa que llevaba instalada en el corazón porque muy en el fondo era consciente de que, si nada de lo que sucedió hubiera pasado, ella misma hubiera terminado sacrificando a su padre para lanzar la Maldición Oscura. Charlotte llegó en el momento preciso, haciéndole desistir de ese macabro plan y no podía sacarse de la mente la felicidad de su padre al saber que estaba embarazada, en lo mucho que se ilusionó pensando en cómo sería cuando su bebé llegara al mundo. Y ahora Charlotte estaba ahí, pero él ya no.

Su íntimo momento con su padre se vio interrumpido por la sorpresiva presencia de Azul quien decidió aparecer sin anunciarse frente a ella, del otro lado la tumba.

—Pensé que jamás te vería de nuevo —habló con evidente molestia, haciéndole saber al hada que su presencia no era grata. Por más que Azul hiciera todo con el fin de hacer lo correcto Regina no podía ignorar el haber sido usada a conveniencia por ella.

—Lamento decepcionarte, pero al ser un ser excepcional de luz es mi deber velar por ti.

—No me vengas con esas estupideces ahora.

Azul alzó la barbilla, juntó sus manos frente a ella como solía hacerlo, inclinó la cabeza a modo de comprensión y dijo:

—He venido porque hay algo importante que…

—No. Otra vez no. —Soltó una risa amarga y dio media vuelta para salir de la cripta, negándose a escucharla siquiera. No deseaba saber nada más sobre la luz, la oscuridad, profecías y destinos que ella debía cumplir.

—Aquel día en que vinimos por ti y te capturamos —empezó a decir. La Reina disminuyó el paso, haciéndole saber a Azul que tenía interés y que la escuchaba—, cuando tu padre se unió en la lucha por ti…

—¡No nombres a mi padre! —exclamó furiosa, volviéndose de nuevo, caminando a prisa hacía ella para desafiarla haciéndole frente. No se detuvo hasta que la tuvo a un par de pasos. La miró con enojo y sintió la magia fluyendo en ella.

—Henry está vivo, Regina.

—¿Qué? —preguntó, impactada por la noticia y miró ahora al hada como si hubiera dicho una locura. ¿Cómo que su padre seguía con vida? Eso… no era posible. No… Inmediatamente fijó la mirada en la tumba, razonando que jamás vio el cuerpo de su padre, dudando ahora que en verdad estuviera ahí dentro.

—Fue gravemente herido, pero logré llegar antes de que muriera. Usé un hechizo para congelar su cuerpo, así que lo creyeron muerto —dijo mientras usaba su varita para abrir la tumba de Henry, revelando el cuerpo intacto del hombre ante la mirada sorprendida de Regina quien no creía lo que escuchaba—. Te dijimos que la magia también sabía premiar. Siento mucho el dolor y sufrimiento por el que tuviste que pasar para llegar hasta este punto.

—Azul, maldita polilla del demonio, ¿por qué… ? —sollozó angustiada, reclamando el dolor y la desolación que la hizo sentir al hacerle creer que su padre había muerto y que se había quedado completamente sola. Contuvo el aliento cuando sus pensamientos se desviaron hacia una única persona y, con todo el temor del mundo, se atrevió a preguntar—. David… ¿Él lo sabía? —Rogó por una respuesta negativa porque estaba segura que no sería capaz de soportar una traición así por parte del hombre al que amaba. El estómago se le revolvió de tan solo pensarlo porque recordaba cómo se vio orillada a renunciar a su magia, a quedar indefensa, vulnerable y embarazada ante sus enemigos, y si David sabía quería decir que se había aprovechado de ella con alevosía y ventaja en todo momento.

—No. Sólo yo —aclaró el hada para deslindar a cualquier otra persona de ese hecho.

Regina cerró los ojos y llevó una mano al vientre, soltando el aire contenido por la boca en señal de alivio. Sintió su cuerpo temblar, siendo consciente de la tensión a la que estuvo sometida sin darse cuenta.

—Este es mi regalo para ti, Regina —dijo Azul agitando su varita invocando su magia. La dirigió hacia Henry donde los destellos azules se concentraron hasta crear un brillo intenso que se disipó con el primer aliento del Príncipe en casi un año.

—¿Papi? —preguntó Regina con voz pequeña mientras veía a su padre mirando a todos lados, como reconociendo dónde se encontraba.

—Regina —murmuró mientras se sentaba dándose cuenta que se encontraba dentro de una tumba en la cripta real. Volteó a ver a Azul quien le sonrió con suavidad e inclinó levemente la cabeza en señal de respeto.

Regina usó su magia para sacar a Henry de la tumba y lo hizo aparecer sentado en la banca que había junto. Se sentó junto a él, echándose sin preguntar a los amorosos brazos que no dudaron en recibirla como siempre.

—Mi niña. —Soltó un suspiro.

—Estás aquí —sollozó Regina. La voz le temblaba por la emoción.

—Siempre he estado contigo, hija —dijo mientras le acariciaba el largo cabello—. He escuchado todo lo que has venido a contarme durante este tiempo.

Regina se separó de él para mirarlo a los ojos. Cerró los suyos cuando su padre le limpió las lágrimas que corrían por sus mejillas.

—Sé que mi nieta nació, que se llama Charlotte, que te casaste con David y que ahora eres feliz.

—Oh, papi. —Se abrazó otra vez a él y fue inevitable llorar un poco. La garganta le quemaba al igual que las lágrimas en sus ojos que parecían no tener fin.

—Aquí estoy, Regina. —Sobó la espalda de su hija, soltando él mismo un par de lágrimas porque pensó que nunca más la podría volver a tener entre sus brazos y ahora estaban ahí. Gracias al destino volvían a estar juntos. Fue ahora él quien terminó con el abrazo que duró algunos minutos. Besó la frente de su hija y volvió su atención al hada que seguía presente—. Gracias —dijo amable pues sabía bien que eso era obra de Azul.

Regina apretó la mandíbula y los dientes con coraje pues en realidad estaba agradecida con el hada por el haberle devuelto a su padre, por haberle salvado la vida ese día, pero su orgullo no la dejaría admitirlo pues el sufrimiento que el pensar que Henry estaba muerto le causó, no se podía borrar.

—¿Aún hay algo más que debas decirme? ¿Alguna otra dificultad que deba enfrentar? ¿Otro secreto? —preguntó para romper el hielo con el hada, evitando ser amable porque aún no se sentía preparada para ello. Su padre le dio un suave apretón de manos evidenciando que sabía lo que hacía. Después de todo, él la conocía bien.

—Lo hay. No es nada de qué preocuparte, Majestad, pero es algo que debes descubrir por tí misma. —El hada sonrió amable y, antes que Regina pudiera reclamar algo, usó su varita para desaparecer.

—¿Qué demonios significa eso? —preguntó Regina en evidente estado de confusión.

—Nada malo —aseguró Henry, basándose en las palabras de Azul y es que, después de haberle sido otorgada una segunda oportunidad, no dudaba de las intenciones del Hada Suprema—. ¿Por qué no vamos a que conozca a mi nieta? —preguntó poniéndose de pie con entusiasmo.

Regina lo miró aún sin poder creer que estuviera ahí. Sonrió mientras asentía, se puso de pie, se tomaron de la mano y caminaron juntos hasta la habitación principal. Desde luego que fueron vistos por algunos caballeros que no creían lo que veían. Era tanta la impresión que un par no pudo evitar salir corriendo a esparcir la noticia.

En cuestión de minutos todo el Castillo estuvo enterado, a excepción de David quien se encontraba en la habitación principal con Charlotte. Ambos sobre la cama, la pequeñita balbuceaba al tiempo que agitaba bracitos y piernitas bajo la atenta mirada embobada de su padre.

—Estoy seguro que pronto dirá papá —le dijo cuando la sintió llegar. Volteó a ver a su esposa con una boba expresión de orgullo que hizo a Regina reír por un segundo porque después, el apuesto rostro se llenó de asombro al ver al príncipe—. ¿H-henry? —preguntó inseguro al no dar crédito a lo que sus ojos veían. El hombre mayor se encontraba ahí, en verdad, es decir… No estaba muerto cuando se suponía que había muerto. Se puso de pie con extrema lentitud.

—Azul —dijo Regina, teniendo de inmediato sobre ella los azules ojos, grandes y expresivos, llenos de sorpresa e incredulidad—. Usó un hechizo para que creyeran que había muerto, pero no fue así.

David pasó saliva con dificultad mientras la mezcla de emociones se arremolinaba dentro de él. Henry estaba vivo. ¡Vivo! Estaba feliz, muy feliz por Regina porque él fue testigo de lo mucho que ella sufrió al enterarse de la muerte de Henry, tenía tatuadas en la memoria las veces que justamente le reclamó por ser responsable indirecto. Y oh, Dios, por esa misma razón sentía también un alivio inexplicable.

—Henry —llamó al hombre mayor mientras se acercaba a él—. Henry yo… —Se sorprendió del nerviosismo que lo invadió de pronto porque ahora que lo pensaba estaba frente al padre de Regina, la mujer que amaba, que había desposado y con la cual tenía una hija.

—Ya hablaremos tú y yo —aseguró Henry, dedicándole una amable sonrisa al esposo de su hija—. Ahora solo quiero conocer a mi nieta —dijo, pasando de largo hasta llegar a la cama donde la hija de su hija se encontraba.

El momento era difícil de describir para Regina. Era su padre levantando en brazos a Charlotte, dándole un tierno beso en una de las mejillas regordetas para luego colocarla contra su pecho y voltear a verla mientras David la abrazaba y le dejaba un beso en la coronilla. Si Regina tuviera qué describir ese momento diría que era magia. Ese momento era mágico, tan único que pensó que sería imposible ser más feliz de lo que era ahora.


La noticia del Príncipe Henry fue sin duda algo impactante para todos los Reinos. Los aliados fueron felices pues sabían que eso solo incrementaba la felicidad para sus gobernantes. Graham fue el más agradecido con la vida por haberles devuelto a Henry pues el hombre mayor siempre fue muy amable con él y le tenía un gran afecto.

Quien no recibió muy bien la noticia fueron Snow y Johanna. Ambas consideran injusto que Regina pudiera tener a su padre de vuelta. La princesa no pudo evitar sentir rabia al saber que todo fue un plan de Azul. Sin embargo, Snow no había perdido el tiempo pues ahora se encontraba en vías de contraer nupcias con Perceval, otro de los caballeros de la mesa redonda.


Días después, Regina se encontraba contrariada, dividida entre la inmensa felicidad que sentía y el pensamiento de que eso era a lo que la maldita polilla se refería el día que le devolvió a su padre.

—Hija, ¿estás bien? —preguntó Henry al notar que algo le sucedía a Regina. Charlotte hizo una pequeña burbuja con su saliva que el príncipe se apresuró a limpiar causándole molestia a la pequeñita que renegó.

—Sí, papi —respondió, sonriendo al ver a su hijita en brazos de su padre. Exhaló largamente por la boca, buscando calmar sus nervios que, contrario a lo que deseaba, incrementaron cuando los guardias anunciaron la llegada de David de la diligencia de ese día.

El Rey arribó al Castillo, saltó de su caballo y corrió al encuentro de su bella esposa e hija. Le informaron que Regina se encontraba con Henry en el salón de asuntos reales y fue ahí a donde se dirigió.

—Ya llegué —anunció al entrar y fue hermoso ver el rostro de Regina iluminarse al verlo. Envolvió a su esposa entre sus brazos, besándola con todo el amor del mundo siendo compensado con una deslumbrante sonrisa—. Te extrañé —susurró con cariño, dejándole un tierno beso en la nariz.

—También yo a ti —dijo Regina, volviendo a capturar los labios de su esposo, dándole un beso lleno de entrega.

—Henry —saludó al padre de su esposa, a quien soltó para acercarse al hombre mayor y tomar a su hija en brazos—. Hola, hola, princesita —besó ambas mejillas de Charlotte quien soltó una risita haciendo que los tres adultos sonrieran enternecidos.

—Dame a Charlotte —dijo Henry, recuperando a su nieta de los brazos del Rey—. Los dejaré para que platiquen —agregó sin más, saliendo de la habitación cerrando tras él.

Regina se sorprendió de lo bien que su padre la conocía y que sabía, que tenía algo importante qué hablar con David quien en ese momento se dejaba caer sobre el sillón, palmeando sus muslos para invitarla a sentarse. Sonrió engreída, caminando con seducción hacia él, alzó su vestido para subírsele a horcajadas en el regazo. Las manos pronto acariciaron sus muslos, subiendo por debajo de la tela de su vestido y los labios atacaron su cuello con pasión.

—Estoy embarazada —dijo y David detuvo todo movimiento. Movió la cabeza hasta tener un ángulo de visión de su rostro.

—¿De verdad? —preguntó con emoción contenida y, al verla asentir, no puedo hacer más que abrazarla, enterrando el rostro en el pecho de su esposa—. Oh, Dios. Regina, dime que no estoy soñando, que esto es real —suplicó con los ojos cerrados porque no deseaba nada más en el mundo que tener un montón de hijos con ella. Las delicadas manos le tomaron el rostro y le alzaron la cabeza para poderse mirar a los ojos.

—Es real, David. Vamos a tener otro hijo —aseguró emocionada, besándolo con el más puro y verdadero amor.

—Te prometo que las cosas serán distintas con este embarazo, podrás disfrutarlo, podrás… —Los labios de su esposa lo hicieron callar y en contraste, la intimidad presionando la suya lo hizo gemir en medio del beso.

—Ambos disfrutaremos de este embarazo, encantador —dijo, mirando a su marido con intensidad mientras mecía sus caderas con fuerza, estimulándose a sí misma con la abultada erección bajo los pantalones.

No dejó de moverse, por el contrario, aumentó los movimientos y la presión logrando que llegaran al orgasmo en poco tiempo. David la aferró por los muslos, gimiendo por entre dientes apretados mientras Regina gemía con fuerza y sonreía por lo delicioso del orgasmo.

En cuestión de nada estuvo recostada en el sillón, con David besándole el vientre, hablándole al bebé para luego besarle con lujuria la intimidad, beberse la evidencia de su orgasmo, penetrándola con sus dedos, besándole la garganta, la mandíbula y los labios al tiempo que se introducía en ella.

—Eres perfecta, Regina.

—Lo sé —dijo jadeante mientras asentía y apretaba el duro pene en su interior, arrancándole un ronco gemido a David—. Fóllame, pastor.


En cuanto todos se enteraron del embarazo, Graham y Ruby decidieron posponer su boda hasta después del nacimiento del bebé en camino.

—¿Seguros? Porque ese par seguro se vuelve a embarazar en cuanto llegue este bebé —dijo Granny con tono de voz burlesco e irónico.

Los meses pasaron, Henry era el más feliz del mundo malcriando a su pequeña nieta que ya reía a carcajadas con cualquier cosa graciosa que hiciera. Era una bebé muy alegre e inteligente para su corta edad y el príncipe estaba muy orgulloso por ello.

Las noches eran maravillosas para David y Regina quienes dedicaban el tiempo necesario a Charlotte para que se durmiera y habían decidido darle ya su propia habitación. El vientre de Regina había crecido bastante para el tiempo que llevaba, llamando mucho la atención de ambos por lo que hizo uso de su magia para encontrarse con una gran sorpresa.

—¡Sabía que serían gemelos! —exclamó emocionado David ante la mirada atónita de Regina quien solo pensaba en lo enorme que se pondría y en lo intenso que sería el parto.

Desde luego que seguían amándose en cada oportunidad que tenían. Para los dos no había momento más especial como cuando alcanzaban el orgasmo juntos y disfrutaban de la satisfacción post orgásmica. El problema era que el prominente vientre de Regina dificultaba un poco las cosas, pero pronto encontraron que la mejor posición era recostados, con él detrás, penetrándola desde ese ángulo.

La embestía lo mejor que la posición se lo permitía, le masajeaba los senos, le besaba el cuello y le frotaba el clítoris. Amaba sentirla retorcerse por el placer, empujar contra él para tomar más de su pene dentro de ella y, oh, cómo amaba los gemidos y gritos que soltaba al llegar, el incontrolable temblor que la atacaba, la intensidad con la que se agitaba y el gemido de gozo que lanzaba cuando se derramaba en lo más profundo de ella mientras él mismo le gemía en el oído.

Ambos soltaron un suspiro, David le acarició el vientre y se mordió el labio inferior cuando sintió a uno de los gemelos moverse.

—Despertamos al menos a uno de ellos —dijo sin dejar de acariciar ese punto.

—Estos pequeños no descansan nunca —murmuró Regina, soltando un largo suspiro, disfrutando aún de los remanentes de su orgasmo. No era mentira, los bebés eran muy activos o al menos así lo sentía. Granny decía que era porque a veces solo uno estaba despierto, después el otro se movía y era por eso que sentía que nunca descansaban.

Regina se giró, haciendo que el pene de David abandonara su interior haciéndola sentir vacía de cierta forma. Se acomodó para poderlo mirar a los ojos mientras ambos llevaban una mano a donde sus hijos se encontraban. Sonriendo cada vez que sentían el movimiento, sabiendo que dentro de muy poco serían una hermosa familia de cinco.