Título: Inspección de manos
Género: Humor/Amistad... creo.
Clasificación: G / K
Advertencias: Este drabble... es experimental. Es raro. Pero más allá de eso, no nada :3
Palabras: 651
Beta: Yin y Halfwolf.
Estaba tan acostumbrado, que Ludwig ya ni se mosqueaba. De vez en cuando, Feliciano tomaría una de sus manos entre las suyas (dónde estuvieran realmente no importaba, el italiano era capaz de hacerlo en la intimidad o bien en el receso de alguna reunión importante) y jugar con ella. A veces acariciaría la palma alemana; otras, jugaría con sus dedos; de vez en cuando le prestaría atención a la muñeca o a los nudillos de Ludwig…
Pero cada tanto, muy cada tanto, en vez de jugar como un niño con un juguete barato pero divertidísimo, Feliciano se ensimismaría y contemplaría la mano del teutón con un semblante carente de su típica sonrisa relajada y tontita. La voltearía, se la acercaría o alejaría de los ojos dependiendo del ángulo que quisiese ver, entrelazaría sus dedos finos con los más gruesos de Ludwig, acariciaría sus yemas y demás.
Aquel día, echados sobre un cómodo sillón, el castaño se concentraba en la mano izquierda del alemán mientras éste leía un libro (como si tener a alguien inspeccionándole una determinada parte del cuerpo fuese de lo más normal, para él ya lo era). Aunque una pequeña porción de su atención estaba pendiente de lo que ocurría. Porque Feliciano no estaba siendo juguetón, no estaba siendo ni un poco brusco; es decir que era uno de esos momentos en los que su mente parecía reflexionar sobre las cosas más profundas.
—¿Sabes, Alemania?
La ruptura del silencio hizo que los ojos del susodicho brillaran un poco. Él era de naturaleza curiosa, pero no del tipo que pregunta hasta sobre las cosas más insólitas, por lo que desde siempre había esperado que de una vez por todas Feliciano le confesase qué pasaba por su cabeza.
—Dime.
Frunció un poco las cejas.
—Tienes las manos grandes.
—Ajá —fue su respuesta automática, esperando lo que seguía. Era una premisa obvia, pero que sumada a otra quizás llevaría a una conclusión interesante.
Sin embargo, lo que seguía no llegó. Feliciano había vuelto a la inspección del conjunto de palma y dedos.
—¿Y…? —lo invitó a continuar. La curiosidad lo estaba carcomiendo por dentro. Prácticamente necesitaba saber el resto de la idea o reflexión que el latino había formulado en su cabeza.
—¿Y qué, Alemania? —pareció despertar de su trance por unos segundos, para encontrar miradas.
—¿Y no tienes nada más que agregar…?
—No. Sólo quería decirte que tus manos son grandes, ¿por qué?
Ludwig recapacitó unos segundos. Quizás Feliciano escondía algo, alguna idea que todavía no había concluido y no se animaba a confesar hasta que estuviese completa, hasta que no la hubiese comprobado del todo.
—Quizás las tuyas son las que son pequeñas —replicó. Los científicos suelen discutir antes de sacar algunas soluciones a los problemas que se plantean.
—No, creo que las tuyas son las que son grandes. Mi hermano, España, Francia, Austria… todos ellos tienen las manos apenas más grandes que las mías —elevó los ojos, pensante—. Suiza no sé, porque no me dejó comprobarlo. Pero las tuyas deben ser como más de un centímetro más grandes que las mías.
A continuación puso su palma contra la de Ludwig y dedos contra dedos.
—Entiendo, tienes razón —hizo una pausa—. ¿Nada más?
—No, sólo quería decirte que tus manos son grandes —repitió casi entonando, sonriendo por primera vez en la conversación. Luego rió—. ¡Y luego tú me dices a mí que yo soy olvidadizo!
Acto seguido, se acomodó más cerca del alemán y comenzó a juguetear con la mano izquierda de Ludwig como solía hacerlo más seguido. El rubio, no obstante, se había quedado pensante.
¿En serio Feliciano había reflexionado tanto para llegar a una conclusión tan… tan… boba? ¿De verdad se había planteado una hipótesis tan inútil? ¡Parecía mentira que sólo había abierto la boca para declarar una verdad obvia!
Entonces sonrió él también.
Es que Feliciano, en toda su obviedad, estaba lleno de sorpresas.
