Título: Nudos y líos
Personajes: Suiza/Austria
Género: Humor/Fluff?
Clasificación: G / K
Advertencias: -
Palabras: 649
Beta: Hagobi y yin_tiempo
Nota: Para nekoi
Nota 2: Ignoro si Liechtenstein tiene representante o no en las cumbres mundiales o en las reuniones de la Unión Europea. Por lo tanto, me disculpo de antemano si hay errores al respecto.
Los otros países se encontraban charlando, tomando un refresco o quizás simplemente discutiendo, antes de la ardua reunión que llevarían a cabo. Vash, no. Como siempre, se había apartado de los demás para estar a solas, tranquilo, como le gustaba estar. Se había buscado un lugar afuera de la sala anterior a la de reuniones para evitar el barullo, por lo que había terminado en uno de los balcones del edificio. Aún así podía oír los chillidos de los Vargas o la risa estridente de Alfred, pero no era lo mismo que tenerlos al lado.
—Buenos días, Vash.
El susodicho se molestó intensamente. No sólo porque la paz de su soledad había sido invadida, sino porque el invasor se trataba de alguien muy particular. Se volteó para enfrentarlo furibundamente.
—Hola, ¿qué quieres?
—Saludarte, ¿qué más? —Roderich ya no se sorprendía ni se veía afectado por las palabras filosas del suizo. Llevaba muchos años de costumbre encima. Quizás demasiados. Y, a pesar de que la respuesta era previsible, agregó—: ¿Hace falta que seas así?
—Claro que sí. ¿No ves que estaba muy bien hasta que llegaste?
El sol brillaba y el viento se dio el gusto de jugar con Mariazell. Desoyendo la invitación a irse, el austríaco se le acercó y se apoyó sobre el barandal del balcón, aunque Vash apartó la mirada.
—¿Cómo está Liechtenstein?
—Muy bien, gracias. Sólo mantente alejado de ella.
Roderich, sonriendo, negó con la cabeza.
—No ha venido, ¿verdad?
—De haber sido así, sin duda estaría a mi lado ahora. Deberías saber cosas como esa.
Esta vez, el castaño rió con su típica suavidad.
—No lo digo por eso.
—¿Entonces? —tanta charla (que para el suizo se estaba tornando demasiada) comenzaba a impacientar a Vash.
—Tienes la corbata mal colocada.
La poca desesperación del rubio desapareció rápidamente, al bajar la mirada y comprobar que el refinado austríaco estaba en lo cierto. Maldita sea, no sabía si odiaba más al señorito ese o a las corbatas. Quejándose por lo bajo, intentó colocársela de la manera debida, pero sólo para empeorar las cosas.
—¿Te doy una mano?
—Ni se te ocurra —continuó luchando, sin levantar la mirada del trozo de tela que comenzaba a amargarle la existencia.
No obstante, las palabras de Roderich habían sido más bien un anticipo de sus acciones antes que una pregunta. Ladeando una sonrisa y poniendo los ojos en blanco, se paró en frente del suizo. Sin previo aviso, le quitó las manos con suavidad y comenzó a trabajar en la corbata. Mientras desanudaba un enredo que ni los más grandes eruditos sabrían decir cómo había logrado Vash hacer semejante nudo, comenzó a hablar:
—Es gracioso, ¿sabes? —se sorprendió un poco al ver que no recibía una respuesta hostil, sin embargo, no se quejó— Cuando éramos niños, siempre fuiste tú quien me ayudaba cuando me manchaba, caía o golpeaba. Pero nunca fuiste muy bueno vistiéndote.
—Ese comentario estuvo de más —se sonrojó, frunciendo el entrecejo.
Luego de unos minutos de delicado forcejeo, Roderich cumplió satisfactoriamente la misión de auxiliar al rubio desaliñado. Contemplando complacido su bien realizado trabajo, no hizo otra cosa que posar una de sus manos sobre el hombro del de ojos verdes.
—Cuando llegues a casa, pídele a Liechtenschtein que te enseñe, ¿está bien? —entonces se separó de él y agregó, yéndose—: Nos vemos en la reunión, Vash.
—Sí, sí, sí —hizo un gesto con la mano, echándolo—. Gracias, supongo.
—No hay de qué.
Y con esto, el austríaco castaño lo dejó solo. Vash se volteó, para posarse sobre el barandal. Una parte de él, una que trataba de reprimir desde siempre, sabía que al llegar a casa no seguiría el consejo de Roderich.
