Una tarde nublada de miércoles, un viento frío corría por la ciudad, lo hacía temblar. Manos en los bolsillos, la misma bufanda de hace mil años y esas zapatillas roñosas y llenas de hoyos, se acomodó los lentes redondos, se sentía algo extraño. Caminaba tranquilo, algo solo, algo acompañado, mirando a su alrededor, en su nariz ese pintoresco olor a calle, entre frituras, gente y humo. Aceras disparejas, gritos del obrero sudoroso y alguna que otra, vieja estirada, que a duras penas podía sostener su rancio abolengo en sus zapatos de tacón. Ciudad nueva, vida nueva.
Pasó por su lado una mujer cargada de bolsas, retando a sus tres hijos y uno de los diablillos no encontró nada mejor que sacarle la lengua.
Niños –pensó- No hace mucho yo era uno de ellos, baah, qué hago pensando esto?. Y así como el flash llegó, rápidamente lo descartó y enfiló sus pasos hacia cierta dirección. Iba una joven despistada y media apurada, sumergida en la inmensidad de sus audífonos y lo pasó a llevar con algo de fuerza, lo miró avergonzada y agachó la cabeza en gesto de disculpa, él sólo se encogió de hombros y prosiguió.
Respiró profundo y bajó los escalones uno a uno, casi a saltitos. Se apoyó en un pilar y miró la punta de sus zapatillas, ya no recordaba cuando había hecho esos dibujitos en las partes blancas, tenían sus años ya, no? Comenzó a balancearse sobre sus talones y de un segundo a otro se desestabilizó, su nuca impactó graciosamente contra el muro y un rabioso mierda! saltó de sus labios en una misión suicida. Murió acribillado por una burbujeante carcajada, sonora, brillante y viva, ella preparó su disparó y acertó directo al corazón.
Él se congeló, un calorcito apurón le recorrió cada fibra y lo hizo voltearse en un parpadeo, ahí estaba, estaba ella, que lo miraba con los ojitos caramelos llenos de vida, de sueños, de amor. Llevaba un gorrito y un pañuelo atado al cuello, las mejillas rosaditas de frio, una sonrisa pintada en el rostro y esas curiosas pequitas bailando juguetonamente en el puente de su nariz.
-No te rías- dijo él mirándola, apreciándola, queriéndola. Su risa aumentó y lo miró directo a los ojos, esos refulgentes ojos verdes.
-Qué esperas para abrazarme?- preguntó con curiosidad
-Espero a estar seguro de que nunca te irás- respondió.
Ella se desabrochó el pañuelo y se lo entregó- No sé, quizás me iré mañana, pasado o jamás, pero eso no importa, sólo importa que ahora estoy aquí- Él sonrió, se desenrolló la bufanda y se la dio.
-Quién sabe donde estaremos mañana- comentó tomándole las manos y acercándola a él. Ella saltó a sus brazos, como muchas otras veces, con impetu, y él la recibió, la acurrucó, se acomodó en el hueco de su cuello y respiró ese olor suave y dulzón que la rodeaba, mientras un rizo travieso le hacía cosquillas en la nariz y una sonrisa bailaba en sus labios.
-Tu bufanda está asquerosa- dijo ella en su oído con tono de burla. Él se separó y la miró.
-Lo sé- respondió mientras le acariciaba las mejillas con los pulgares. Ella sintió como una lagrimita se salía de sus ojos, se puso de puntillas y le besó la punta de la nariz, él sólo rió con tranquilidad
-Eres extraña- le susurró acercándose a sus labios.
-Lo sé- respondió ella y se alejó de él con una sonrisa infantil dibujada en sus ojos, en su boca.
Hola señores y señoritas, esto fue un arranque que me dio hace un tiempo y me decidí a subirlo, espero haya sido de su agrado y cualquier crítica o sugerencia, será bien acogida. Un abrazo, muchas buenas vibras y cariños, se agradece que se hagan el tiempito de leer esto. Atte: Isidora.
