JON

Deberíais cubriros la cabeza, majestad – le dijo ser Davos mientras los caballos trotaban hacia el sur – Os vais a resfriar –

Sólo es agua, ser Davos – replicó Jon. Tenía la cabellera empapada y pesada, con mechones pegados a la frente, y se imaginaba que su aspecto no debía ser muy regio, pero no le importaba en absoluto. La lluvia del sur era más agradable que la del norte. Le gustaba sentirla en la cara, dulce como el beso de una doncella.

Estoy empapado – se quejó ser Davos – Calado hasta los huesos – los rodeaba un bosque cerrado, y el golpeteo constante de la lluvia en las hojas se acompasaba con el chapoteo de los cascos de los caballos en el lodo del camino – Esta noche nos hará falta una buena hoguera. Y tampoco nos sentaría mal una cena caliente. En la próxima encrucijada hay una posada, podríamos hacer noche allí –

Posadas… – gruñó Tormund detrás – Los críos de teta del Norte son más duros que los caballeros del sur –

No os lo discuto – respondió Davos – Pero… - se interrumpió bruscamente al oír unos sonidos más adelante en el camino; chapoteos en el agua, tintineo de armaduras, sonidos de lanzas golpeteando el camino -. Viene alguien – Avisó al tiempo que echaba mano a la espada. Nunca está de más ser precavidos, ni siquiera en el camino real -

Siguieron los sonidos, doblaron un recodo del camino y los vieron: era una columna de lanceros. Vestían armaduras cortas y cascos terminados en punta, además de unas lanzas de no más largas que la altura de un hombre medio.

Se hicieron a un lado para cederles el paso, puesto que no parecía que los lanceros fueran a aminorar el ritmo. El estandarte que portaba el primero de ellos estaba empapado y colgaba lacio del asta, pero incluso así Jon supo distinguir el dragón tricéfalo de la casa Targaryen.

Inmaculados – anunció Jon.

¿Inmaculados? – preguntó Tormund.

Esclavos-soldado eunucos – le aclaró ser Davos – Entrenados en Essos. Son infantería pesada de élite, algunos dirían que la mejor del mundo –

¿Tu reina dragón tiene un ejército de soldados sin huevos? – preguntó Val

No es mi reina – puntualizó Jon – Será mejor que sigamos. No debemos correr riesgos innecesarios, ni siquiera en el camino real –

Jon prefería conservar el anonimato hasta llegar a Desembarco del Rey. Llevaba una escolta muy exigua, de apenas diez hombres. Era en Invernalia donde necesitaban toda la ayuda posible y no quería llevarse consigo a ningún hombre más de los necesarios.

Ya era casi de noche cuando llegaron al edificio, situado en la encrucijada al norte de la gran confluencia del Tridente. Nada más entrar les atendió una mujer gruesa y canosa, que mascaba hojamarga de forma compulsiva.

Lo único que me quedan son dos habitaciones en la planta de arriba – dijo sin dejar de mascar – Están bajo el campanario, así que seguro que no os olvidáis de las horas de las comidas, aunque algunos dicen que el ruido es excesivo. Pero no hay otra cosa, estamos hasta arriba. O dormís en esas habitaciones, o en el camino –

Optaron por las habitaciones, un par de buhardillas polvorientas en la cima de una escalera estrecha y destartalada.

Dejad las botas aquí – dijo la posadera en cuanto le hubieron pagado – el chico os las limpiará. No quiero que me embarréis las escaleras. Y estad atentos a la campana. El que llega tarde a la mesa no come –

La campana que anunciaba la cena resonó ensordecedora. Jon se había puesto ropa seca y estaba sentado junto a la ventana, viendo caer la lluvia. A penas llegaba a divisar el lodazal que era la encrucijada de los dos grandes caminos, pero aún así podía ver a personas corriendo al refugio del porche de la posada. Otros con menos recursos intentaban inútilmente evitar la lluvia debajo de las ramas de un frondoso árbol. Vio a una mujer que cargaba con dos niños a la vez en sus brazos, a un hombre que corría detrás de un caballo que se había encabritado. A otro, con aspecto de mercader, se le había caído la carga en el barro y se había estropeado.

Todos ellos morirán si fracaso – pensaba Jon - ¿Cuántas vidas se perderán si me equivoco? –

Val entró a buscarle junto cuando cesaba el estrépito de la campana.

Si quieres cenar algo más vale que te des prisa, Jon Nieve – dijo.

No tengo apetito – respondió él – Bajad vosotros, yo comeré algo de lo que llevamos en las alforjas –

Entonces yo me quedaré contigo – Le puso la mano enguantada en la rodilla – Tampoco tengo apetito –

Val se sentó en el suelo, frente a él, y le miró fijamente con sus ojos de color azul aciano.

Te preocupas demasiado – le dijo.

¿Por qué lo dices? –

Esa cara que pones con la frente arrugada cuando piensas – hizo un gesto vago con la mano al señalarle – Si no tienes cuidado se te quedará así para siempre –

Solo estoy pensando en lo que nos espera –

Lo que tenga que pasar, pasará – le dijo ella – Quizá tu reina dragón nos entregue a sus bestias y habrás perdido todo este tiempo que has estado pensando –

Eso estaría bien. Si nos reduce a cenizas al menos moriré sabiendo que no me levantaré de nuevo cuando llegue el invierno –

¿Crees que lo hará? – le preguntó con mirada de cervatillo.

Su padre quemó vivo a mi abuelo antes de que yo naciera – dijo Jon – Si su hija es como él, quizá –

Entonces no debemos perder el tiempo, Jon Nieve –

Val se levantó para apoyarse en el umbral de la ventana.

Tu caballero de la cebolla me ha contado que Stannis me ofreció como tu esposa hace unos meses –

Jon notó como se le enrojecían las mejillas.

Lo rechacé – respondió él – Era un hombre de la guardia de la noche, hice un juramento –

Como cuando secuestraste a Ygritte –

Yo no secuestré a Ygritte – le explicó.

¿Seguro? – le interrogó con la mirada.

Yo nunca secuestraría a una mujer para que fuera mi esposa – dijo Jon – Además, ahora soy rey, los reyes no se casan por amor –

¿Y por qué lo hacen entonces? –

Por el bien de la familia – le explicó – Da igual, no lo entenderías –

Ella se acercó tanto que podía escuchar su respiración. Sintió que el corazón le latía más y más deprisa mientras la cara blanca de Val se acercaba a la suya.

Val, no puedo – dijo.

''Pero sí quiero'' – pensó.

¿No puedes? – preguntó ella - ¿Por qué? –

Soy el rey en el Norte, tengo que casarme con la hija de algún gran señor –

¿Es que los sureños sólo podéis besar a vuestras esposas? –

''El honor me lo exige'' – se dijo – '' Pero mi padre era honorable y tuvo un bastardo ''

No quiero ponert… - ella le silenció con un beso.

El solo roce de sus labios había hecho que la piel de Jon se erizara.

Val… -

Aquí estoy, Jon Nieve – dijo intentando besarle de nuevo, pero Jon se volvió a alejar.

Ella le miró confundida. Seguramente fuera la primera vez que un hombre la rechazaba.

¿Acaso no me deseas? –

''Ni te imaginas cuanto te deseo''

Lo que más te conviene es alejarte de mí – Dijo mientras sentía cómo se le rompía el corazón.

¿Cómo puedes saber tú lo que me conviene? –

Si sobrevivimos al invierno podrás casarte con hombres mejores que yo, vivir en un gran castillo… -

No quiero a hombres mejores que tú – dijo Val – Te quiero a ti, Jon Nieve –

No puedo, ya te lo he dicho – Cada vez le costaba más hablar – Mi deber es casarme -

Entonces cásate conmigo – volvía a estar muy cerca.

''Casarme con Val'' – pensó Jon – ''Tener hijos que crezcan en Invernalia''

Si te casas conmigo serás reina – dijo Jon – Deberás vivir en Invernalia, deberás cumplir con lo que se espera que hagas –

No me importa – se acercó hasta que sus rostros se rozaron – solo me importa que estemos juntos –

Jon se movió impulsado por su corazón. Todos los miedos, la pasión y el deseo estallaron en ese beso precipitado. Jamás había besado de ese modo. Su corazón palpitaba tan rápido que casi tuvo miedo de que de pronto se detuviera. Pero sabía tan bien, lo necesitaba tanto…

Sus dedos acariciaron su cabello con fuerza mientras sus labios se tocaban una y otra vez. Val gimió y se separó unos segundos para coger aire, pero no tardaron ni un instante en volver a unir sus bocas. Esta vez, fue un beso más lento y profundo. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello mientras su boca no dejaba de jugar con la suya, haciendo que el mundo temblara bajo sus pies.

Desembarco del Rey se empezaba a divisar sobre las tres altas colinas.

Jon sabía que hacía trescientos años las colinas estaban pobladas de bosques y tan solo un puñado de pescadores vivía en la orilla norte del Aguasnegras, donde aquel río profundo y rápido desembocaba en el mar. Fue entonces cuando Aegon el Conquistador llegó desde Rocadragón. Allí fue donde su ejército pisó tierra y allí, en la colina más alta, construyó su primera y rudimentaria fortificación de barro.

''Y ahora una heredera de su estirpe ha vuelto a sentarse en su trono''

En aquellos momentos la ciudad cubría hasta donde alcanzaba la vista de Jon. Había mansiones, glorietas, graneros, almacenes de ladrillo, posadas de madera, tenderetes callejeros, tabernas, cementerios y burdeles, cada edificación apoyada en las contiguas.

En la cima de la colina de Visenya se alzaba el Gran Septo de Baelor, con sus siete torres de cristal. Al otro lado de la ciudad, en la colina de Rhaenys, se divisaban los muros ennegrecidos de Pozo Dragón, cuya enorme cúpula estaba derrumbada y sus puertas de bronce llevaban más de un siglo cerradas – ''aunque ahora deben haberse abierto de nuevo'' –

Y dominándolo todo, observándolo todo de forma amenazadora desde la alta colina de Aegon, estaba la Fortaleza Roja: siete torres enormes, achatadas y coronadas por baluartes de hierro; una inmensa barbacana de aspecto macabro, salas abovedadas, puentes cubiertos, barracones, mazmorras y graneros; gruesos muros horadados de aspilleras para los arqueros… Todo en piedra de un color rojo claro. Aegon el Conquistador había comenzado su construcción y su hijo, Maegor el Cruel la había finalizado.

¿Quién ha construido esto? – le preguntó Val - ¿Un rey? –

No uno, muchos –

Hace que tu castillo del Norte parezca un juguete, Jon Nieve –

Aquí se encuentra la corte y vive la reina de los sie… De los seis reinos –

La madre de dragones – comentó Val.

Sí – dijo – Puedes venir a conocerla si quieres –

¿Una salvaje en el salón de una reina? -

'' ¿Por qué no?'' En el Muro todo el mundo estaba convencido de que era una princesa – Miró a Val, que montaba como si hubiera nacido a lomos de un caballo – la princesa guerrera –

No tendrás que arrodillarte – ''Nadie volverá a arrodillarse''.

Hicieron el resto del camino en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Cuando Jon y sus acompañantes entraron en la ciudad por la puerta del león, un grupito de inmaculados los esperaba junto a la puerta. Entre ellos había uno que destacaba, por medir la mitad que un hombre normal y porque Jon ya le conocía.

El bastardo de Invernalia – saludó Tyrion Lannister.

El enano de Roca Casterly – respondió Jon.

Jon bajó del caballo para saludarle personalmente. Había conocido a Tyrion en Invernalia, cuando el rey Robert Baratheon fue a pedir a su padre que ocupase el cargo de Mano del Rey.

Me llamo Tyrion Lannister – dijo dirigiéndose a Davos.

Ser Davos Seaworth, a vuestro servicio – respondió él.

Ah, el caballero de la cebolla. Nos enfrentamos en la batalla del Aguasnegras -

Para mi desgracia – aseveró Davos.

¿Y vos sois? – Tyrion miraba a Val.

Val – respondió ella.

Jon sabía que no debía sonreír, pero no pudo evitarlo.

Permitidme presentaros a Lady Val, princesa del pueblo libre y… Futura reina en el Norte –

¿Eres la princesa de los salvajes? – preguntó Tyrion.

Hay quien me llama así – respondió ella – Mi hermana estaba casada con Mance Rayder, rey más allá del muro –

Muy bien, ante la reina será mejor que os presentéis como princesa de más allá del muro – dijo Tyrion.

¿Por qué no de Inver… -

Un momento – lo interrumpió Tormund bajando también de su caballo – Os habéis presentado todos, pero aún falto yo –

Como quieras – dijo Jon echándose a reír – Mi señor, tenéis ante vos a Tormund Matagigantes –

Ese soy yo – dijo Tormund – Te saludo, Tyrion Lannister –

Tyrion se inclinó levemente.

Ahora que ya nos conocemos todos, acompañadme, os llevaré ante la reina Daenerys –

El Lannister emprendió el camino a través de una calle abarrotada de gente.

¿A qué huele aquí? – preguntó Val.

A humo, a sudor y a mierda – respondió Tyrion – Decidme, ¿Cómo llega un hombre de la Guardia de la Noche a convertirse en Rey en el Norte y a comprometerse con una princesa salvaje? –

Quizá os lo cuente algún día – respondió Jon – Siempre que me vos me contéis como llega un Lannister a convertirse en mano de Daenerys Targaryen –

Es una larga historia que sólo os podré contar regada con un buen vino – dijo Tyrion – Por cierto, ¿Cómo está Sansa? –

Está bien, en Invernalia –

¿Me echa de menos? – Con la mirada de Jon, Tyrion ya supo la respuesta – Me lo imaginaba, fue un matrimonio político, y no consumado –

No os iba a acusar de nada –

No importa, es mejor que lo sepáis – respondió – Es mucho más lista de lo que parece –

Ya empieza a notarse – dijo Jon – Me aconsejó que no viniera –

Es normal, si yo fuera vuestra mano os habría aconsejado lo mismo. A los Stark no les suele ir bien cuando vienen al sur –

Eso mismo me dijo Sansa. Pero yo no soy un… -

No le había dado tiempo a terminar la frase cuando una enorme sombra pasó volando sobre ellos, haciendo que se oscureciese el día. Jon se lanzó al suelo para cubrirse, Val saltó del caballo para esconderse tras una pared, Tormund intentó detener el ataque con sus grandes brazos y Davos se limitó a mirar a la enorme bestia que quería matarlos.

Pero el dragón no les hizo nada. Batió sus grandes alas que resonaron como las velas de un gran navío y siguió su camino hasta perderse entre las nubes.

Diría que terminas acostumbrándote, pero os mentiría – Tyrion extendió la mano para ayudar a Jon a levantarse.

Jamás había visto algo así – dijo Val.

Pues esperad a ver a su madre – respondió el Lannister – Venid, Daenerys Targaryen aguarda-

JAIME

Estáis en presencia de Daenerys de la Tormenta de la casa Targaryen, la primera de su nombre, reina de los Ándalos, los Rohynar y los Primeros Hombres, señora de los Siete Reinos y protectora del reino, Khaleesi de los Dothraki, la que no arde, rompedora de cadenas y madre de dragones –

La voz de Missandei reverberó por toda la sala del Trono. Esa mañana ni nobles ni plebeyos habían podido acudir a ver a la reina. Sólo ella, su consejo y sus invitados norteños.

Jaime se había situado al fondo de la sala, donde llamaba poco la atención. Por lo visto, la mitad de la corte ya no lo conocía. ''Soy un desconocido en mi propia casa''. Sus hijos estaban muertos, su padre estaba muerto, su hermana… - sintió una punzada de dolor al acordase de Cersei- Ya no veía leones de pelo dorado por los pasillos. Ahora veía inmaculados y dothrakis, rosas de Altojardín y serpientes de Dorne. ¿Qué hacía todavía allí el Matarreyes?

Pues allí estaba.

Estáis en presencia de Jon Nieve – dijo Ser Davos Seaworth – El rey en el Norte –

''Rey en el Norte'' – se dijo Jaime. Había visto por primera vez a Jon Nieve en Invernalia. ''El bastardo del honorable Ned Stark''. A su manera Jaime había sido más fiel a Cersei de lo que jamás fue Eddard Stark a Lady Catelyn.

Gracias por hacer tan largo viaje, mis señores – dijo Daenerys – Espero que el buen tiempo os haya acompañado –

El tiempo es más amable en el sur, majestad – respondió Jon Nieve.

Perdonad – intervino de nuevo el caballero de la cebolla – tengo la rudeza del lecho de pulgas, pero Jon Nieve no es un señor, es el rey en el Norte –

''Este tiene más valor del que aparenta'' pensó Jaime.

Os ruego que me disculpéis, como sabéis llevo muchos años lejos de poniente – canturreó la reina – pero tengo entendido que vuestro antepasado, Torrhen Stark, juró lealtad al mío, Aegon el Conquistador. ¿Me equivoco? –

No estaba allí para verlo, majestad –

Claro que no – asintió ella – Pero un juramento obliga a perpetuidad. Así que supongo, mi señor, que estáis aquí para arrodillaros –

En absoluto – respondió Jon Nieve.

''Este también tiene valor'' – se dijo Jaime. La última vez que un Stark pisó la Fortaleza Roja para desafiar a un rey Targaryen terminó cocido vivo en su propia armadura. '' ¿Quién sabe si la historia volverá a repetirse?''

¿Habéis viajado entonces para retirar vuestra lealtad a la casa Targaryen? –

¿Mi lealtad? – dijo Jon – Vuestro padre quemó vivo a mi abuelo y asesinó a mi tío. Habría quemado los Siete Reinos de haber… -

Mi padre fue un mal hombre – le interrumpió Daenerys – Os pido disculpas por los crímenes que cometió, y os ruego que no juzguéis a una hija por los crímenes que cometió su padre –

Tenéis razón – concedió Jon – No sois culpable de los crímenes de vuestro padre. Y yo no estoy sujeto a los juramentos de mis antepasados –

Jaime vio cómo se ensombrecía el rostro de la reina. Se fijó bien en sus gestos, en el brillo de sus ojos. Buscó con ahínco la mirada de Aerys Targaryen. Pero no la encontró. La mirada de Daenerys era la de su hermano.

Y no era la primera vez que lo apreciaba. El mismo día que se presentó ante ella había reconocido aquella voz, el tono férreo de la voz de Rhaegar Targaryen. Esa noche había soñado con el día que se despidió de él en el patio de la Fortaleza Roja. Llevaba una armadura negra como la noche, con el dragón de tres cabezas dibujado con rubíes en la coraza. Jaime le había suplicado que le permitiera ir con él. Rhaegar se había negado.

''Quizá si me hubiese llevado con él todo habría sido distinto'' – se decía Jaime.

Rhaegar habría sido un buen rey. Mucho mejor que Robert al menos. Y Daenerys era su viva imagen. También cuando se enfurecía.

¿Entonces por qué venís? – Preguntó la reina con voz tensa.

Porque necesito vuestra ayuda – respondió Jon Nieve – Y vos la mía –

Si no lo hubiera dicho tan convencido Jaime habría pensado que el bastardo de Ned Stark pretendía burlarse de la reina.

Estoy sentada en el trono de hierro y cinco de los Siete Reinos ya han hincado la rodilla. Aun así, ¿preciso vuestra ayuda? –

No para asegurar la paz – Intervino Ser Davos – Si quisierais podríais montar sobre vuestros dragones y tomar Invernalia sin esfuerzo, lo sabemos –

Seguís sin explicarme por qué necesito vuestra ayuda – insistió Daenerys, testaruda.

Porque ahora mismo vos, yo y todo el mundo solo somos niños que se insultan y protestan porque las reglas son injustas –

El rostro de Daenerys volvió a ensombrecerse. Jaime se preguntó si de nuevo tendría que desenvainar la espada para defender a su reina en un juicio por combate. ''Si hubiera sido mi hermana la que se sienta en el trono el joven Nieve no habría sobrevivido a las presentaciones''.

Dijisteis que me caería bien – ahora la reina miraba a Tyrion – pero desde que me ha conocido no me ha reconocido como reina, ha rehusado arrodillarse y ahora me llama niña –

Creo que nos llama niños a todos – se defendió Tyrion – es una figura retórica -

Lo que pretendo deciros, alteza – intervino de nuevo Jon – es que el verdadero enemigo se encuentra en el Norte… Los muertos son el enemigo –

''Se está riendo de ella'' – pensó Jaime – ''Si quiere que lo maten está cerca de conseguirlo''

¿Los muertos? – la reina debió pensar lo mismo que Jaime - ¿es otra figura retórica? -

El ejército de los muertos ya está en marcha –

''Espero que no llegue a Desembarco del Rey, no me gustaría que mi querida hermana volviera de la tumba en busca de venganza''

¿Ejército de muertos? – preguntó Tyrion.

¿Creéis que miento, que estoy loco? –

'' ¿Tiene que obligarle a decírselo? ''

No creo ninguna de esas cosas – Respondió Tyrion, lo que hizo que a Jaime se le dibujase una sonrisa en el rostro.

Los muertos existen, los caminantes blancos existen, el Rey de la Noche existe. Yo los he visto, he peleado contra ellos. Si sobrepasan el muro y estamos guerreando entre nosotros… Estaremos perdidos –

Tyrion dio un paso al frente.

La situación del reino aún es inestable – dijo el enano – No podemos dejarlo todo y unirnos a vuestra lucha contra lo que sea que haya más allá del Muro –

Davos se quitó los guantes, como si esperase que eso les diese más fuerza a sus argumentos.

No nos creéis, lo entiendo – dijo el caballero – suena casi absurdo. Pero si el destino trajo a Daenerys Targaryen a nuestras costas, también hizo a Jon Nieve rey en el Norte. Él fue el primero en pactar alianzas entre salvajes y norteños – al decir esto señaló a una joven muy hermosa que estaba detrás de Jon Nieve – fue nombrado Lord comandante de la Guardia de la Noche y Rey en el Norte no por su linaje, es un puñetero bastardo. Le eligieron porque tenían fe en él. Todas esas cosas que no creéis, él se enfrentó a ellas, arriesgó su vida por ellas y le apuñalaron en el corazón por ellas –

Jon Nieve fulminó al caballero con la mirada tras oír aquello. Se hizo el silencio. Daenerys se quedó sentada en el trono. Tyrion apoyó la espalda contra una columna. Davos jugueteaba con los guantes, pasándolos de una mano a otra y Jon cargó el peso de su cuerpo en la otra pierna.

''Le apuñalaron en el corazón'' pensó Jaime. Al rey en el norte le apuñalaron en el corazón los muertos vivientes de más allá del Muro. ''Si la moza estuviera aquí debería explicarle como a Renly le asesinó la sombra de Stannis''.

Si no olvidamos nuestras enemistades y nos unimos, moriremos – dijo al fin Davos – Y ya poco importará qué esqueleto ocupe el trono de hierro –

Si la situación es tan grave, arrodillaos – replicó Tyrion – Jurad lealtad a Daenerys Targaryen y juntos defenderemos el reino –

¡No hay tiempo para eso! – bramó Jon – No hay tiempo para nada de esto. Mientras estamos aquí discutiendo el enemigo se aproxima –

''Es igual que Ned Stark'' - Y Ned Stark prefería tragarse su propia espada antes que mentir – ''Realmente creen que existe el ejército de muertos''

No se tarda nada en arrodillarse – dijo Tyrion.

Y por qué iba a arrodillarme – dijo Jon con voz fría como el hielo – No pretendo ofenderos, pero no os conozco. Vuestra aspiración al trono se basa en el nombre de vuestro padre y mi padre luchó por derrocarlo. Los señores del norte me eligieron para gobernarlos y voy a continuar haciéndolo lo mejor que sepa –

Es justo – Daenerys se puso en pie y Jaime supo que su paciencia se había agotado – Pero también es justo decir que soy la legítima reina de los Siete Reinos. Proclamarse rey del reino más septentrional constituye una rebelión – se volvió hacia la mano de la reina – Lord Tyrion, ¿podéis decirme qué castigo se impone a los rebeldes? –

Alteza, quizá… -

¿Qué castigo, Lord Tyrion? –

La pena de muerte, majestad –

La pena de muerte – repitió la reina.

''Si es como Aerys, están muertos''

Mis señores deben estar cansados después de tan largo viaje – dijo Daenerys – Os prepararemos un baño y cenaréis en vuestros aposentos –

¿Somos prisioneros? – preguntó Jon Nieve.

Podéis llamarlo como queráis, mi señor –

''Sí, son prisioneros''