DAVOS

''Puede que haya llegado el día de mi muerte. Puede que Ser Ilyn esté afilando su mandoble''. Davos no había visto nunca un rostro tan perturbador como el de Ser Ilyn Payne. Pero era eficaz en su trabajo. Según le habían comentado, rara vez necesitaba un segundo golpe para cercenar una cabeza.

''No suplicaré misericordia'' Había decidido. Iría a la muerte como un caballero, y sólo pediría que le cortaran la cabeza, no quería convertirse en un miembro más del ejército de muertos. Fue entonces cuando recordó que la reina era Daenerys Targaryen y que tenía tres dragones enormes. ''Bueno, si le convertían en cenizas tampoco volvería a la vida más tarde''.

Aún estaba dándole vueltas a la cabeza cuando oyó el tintineo de las llaves de hierro en la argolla. Al instante se abrió la puerta de su habitación, pero no entró un carcelero. Era un hombre alto y delgado, con el rostro surcado de arrugas, que se sujetaba al hombro una capa, de un gris oscuro, con un broche de plata.

Ser Davos Seaworth – dijo – Seguidme, por favor –

Davos miró al recién llegado con cautela. El por favor le resultaba desconcertante. Nadie trataba con tanta cortesía a alguien que estuviera a punto de perder la cabeza. Finalmente asintió y anadeó hacia el pasillo. Sintió las miradas de todos clavadas en él mientras cruzaba el patio: los guardias de la muralla, los mozos de cuadras de los establos, los pinches de cocina, las lavanderas, las criadas… Luego se dio cuenta de que a quien miraban era al Rey en el Norte, que caminaba justo detrás de él acompañado por la princesa del pueblo libre.

La reina les recibió en el salón del trono. Hasta allí les escoltaron cuando cruzaron las imponentes puertas de bronce y también cuando recorrieron la larga alfombra. Divisó al Matarreyes en la galería, alto, rubio, con ojos verdes deslumbrantes y una sonrisa que cortaba como un cuchillo.

El otro hermano Lannister estaba frente a ellos. Tyrion era el más joven de los hijos de Lord Tywin y, con mucho, el más feo.

Y sentada en el trono, la reina Daenerys Targaryen.

Estáis en presencia de Daenerys de la Tormenta de la casa Targaryen, la primera de su nombre, reina de los Ándalos, los Rohynar y los Primeros Hombres… -

La misma niña morena del día anterior empezó a recitar los títulos de rigor. En cuanto hubo terminado, la reina se inclinó hacia delante.

Espero que hayáis descansado bien, mis señores – dijo ella – ¿Os ha ayudado a reflexionar sobre mi propuesta? –

'' Pregunta si preferimos arrodillarnos o morir''

Me temo que no, alteza – dijo Jon – No nos arrodillamos –

Cuanto lo siento – No pareció sorprendida – Confío en que no hayáis olvidado el castigo que corresponde a los rebeldes –

No lo he olvidado, majestad – Jon dio un paso al frente – Si es lo que creéis justo, castigadme, pero os ruego que perdonéis la vida de mis acompañantes, sólo seguían órdenes –

''El Rey en el Norte'' – se dijo Davos – ''El Rey que merece el Norte'' –

Val negó con la cabeza y se situó entre Jon y la reina – Si él muere, yo moriré con él – gritó. Daenerys no se inmutó. Se levantó lentamente del trono y caminó hasta situarse a pocos metros de la pareja.

Habéis cruzado Poniente de un extremo a otro para pedirme ayuda –

Así es, alteza –

Alguien me dijo anoche que hace apenas unos años nadie creería que los dragones habían regresado – dijo – Quizá todos debamos replantearnos aquello en lo que creemos –

¿Queréis decir…? – empezó Jon.

No puedo abandonar la capital ahora – le interrumpió la reina – Pero estoy dispuesta a ayudaros si es que existe algún modo –

''Puede que su alteza no fuera tan terrible como creía''

Os… Os lo agradezco, alteza – Jon también se había quedado sin habla – Y sí, hay algo que podría ayudarnos –

Soy todo oídos – respondió Daenerys

Necesitamos vidriagón para forjar armas –

¿Vidriagón? –

Un mineral que podemos extraer de Rocadragón – le explicó Jon – Es capaz de destruir a los espectros. Fuego, vidriagón y acero valyrio. Sólo así podemos derrotarlos –

Una expresión extraña se dibujó un instante en el rostro de Daenerys. ''Duda'' Entendió Davos.

Os permitiré extraer el vidriagón y os proporcionaré la mano de obra necesaria para hacerlo – sentenció.

Gracias, majestad –

Pero no os confundáis – advirtió – Sabéis que sigo siendo la reina de los Siete Reinos y no he cambiado de idea sobre qué reinos pertenecen a ese trono –

Yo tampoco – terminó Jon.

La reina se dio la vuelta y subió la escalerita de mármol hasta sentarse de nuevo en el trono.

Podéis marcharos ahora, Jon Nieve – dijo mientras apoyaba la espalda en el respaldo – os proporcionaré una embarcación para que no tengáis que ir nadando –

¿Así que creéis lo que os dije sobre el ejército de muertos? – preguntó.

A Davos le pareció innecesaria esa pregunta y, a juzgar por su gesto, a Daenerys también.

Será mejor que empecéis el trabajo – dijo ella – No conviene que os alcance el frío -