DAENERYS

Frente a ella aparecieron un par de puertas de bronce, enormes, que se abrieron cuando se acercó. Guardaban una gigantesca sala de piedra y, en un trono elevado con púas se sentaba un anciano vestido con ropas opulentas. Un anciano arrugado de ojos oscuros y largo cabello plateado.

Que sea rey de huesos calcinados y carne chamuscada – dijo a un hombre situado más abajo – Que sea rey de las cenizas –

Entonces Drogon rugió y agitó sus alas, pero el hombre sentado en el trono no lo oyó, y Dany avanzó hasta encontrarse a otro hombre, éste más joven.

''Viserys'' fue lo primero que pensó cuando volvió a detenerse, pero al mirarlo con más atención cambió de idea. Aquel hombre tenía el mismo cabello que su hermano, pero era más alto, y sus ojos eran de color índigo oscuro, no lilas.

Aegon – dijo el hombre del trono a una mujer que amamantaba a un recién nacido en una gran cama de madera - ¿Qué mejor nombre para un rey? –

¿Compondrás una canción para él? – preguntó la mujer.

Ya tiene una canción – replicó el hombre – Es el príncipe que nos fue prometido, suya es la canción de hielo y fuego –

Al decir aquello alzó la vista, sus ojos se encontraron con los de Dany, y fue como si la viera al otro lado de la puerta. Tiene que haber uno más – dijo, aunque no sabía si estaba hablando con ella o con la mujer de la cama -. El dragón tiene tres cabezas.

Se dirigió hacia el asiento empotrado bajo la ventana, cogió un arpa y acarició las cuerdas plateadas. Una dulce tristeza impregnó la habitación cuando el hombre, la mujer y el bebé se desvanecieron como la neblina de la mañana, y sólo quedó la música para espolearla en su camino.

Ahora cruzaba una estrecha puerta hasta una estancia inmersa en la penumbra. En aquella sala había una mesa larga que la ocupaba casi por completo. No veía nada, solo un corazón humano, hinchado, azul por la descomposición, pero todavía vivo. Palpitaba con un sonido sordo y pesado, y cada latido hacía que emitiera una ráfaga de color índigo. Entonces vio unas figuras alrededor de la mesa, sombras azules que no se movían.

Madre de dragones… - le llegó una voz.

dragones… dragones… dragones… -

Unas eran masculinas, otras femeninas, una hablaba con tono infantil… El corazón flotante palpitaba, pasando de la penumbra a la oscuridad. Le costó mucho reunir el valor para hablar, y recordó las frases que había memorizado con tesón.

Soy Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, reina de los Siete Reinos –

La respuesta que recibió fue tan tenue como el roce del bigote de un ratón.

Tres cabezas tiene el dragón… madre de dragones… hija de la tormenta… ayudadla… decídselo… madre de dragones… exterminadora de mentiras…

Las visiones se sucedían cada vez más deprisa, una tras otra, hasta que pareció que el aire había cobrado vida. Las sombras giraban y danzaban en el interior de una tienda, impalpables y terribles. Una niñita corría descalza hacia una casa grande con la puerta roja. Mirri Maz Duur aullaba entre las llamas. Un ejército de eunucos entrechocaba escudos y lanzas. Diez mil esclavos alzaban sus manos manchadas de sangre mientras ella cabalgaba como el viento entre ellos. Drogon sobrevolaba la arena de Meereen. Su flota llegando a Rocadragón. Ella misma sentada en el Trono de Hierro.

Pero, en aquel momento, unas alas negras revolotearon entorno a su cabeza, un chillido de furia cortó el aire. Las visiones se desmoronaron y las sombras que había sentadas sobre la mesa se levantaron.

¿Quiénes sois? – preguntó ella – No os tengo miedo –

Dulce niña de verano – dijo ahora una voz anciana – No sabes lo que es el miedo. El miedo es cosa del invierno, cuando la capa de nieve es de cincuenta varas y el viento aúlla gélido desde el norte. El miedo es para la larga noche, cuando el sol se oculta durante años enteros, los bebes nacen, viven y mueren en la oscuridad… Y los caminantes blancos recorren los bosques –

La respiración trabajosa de Dany se transformó en un grito de terror. Los muertos la rodean, azules, fríos, susurrando mientras la tocaban. Había perdido toda la fuerza de los músculos. No se podía mover.

Y de pronto el azul se transformó en naranja, el frío en fuego, un caballero con armadura dorada, brillante como el sol, ahuyentaba a los espectros con un su acero. Detrás de él apareció un guerrero blandiendo una espada llameante.

Dany se volvió y vio a sus dragones, con las alas extendidas. Cuando echó la cabeza hacia atrás el fuego que le salió de entre las mandíbulas era brillante y ardiente.

¡Drogon! – llamó, y el dragón voló hacia ella en medio del fuego.

Subió sobre su lomo y, volando, se alejó de ese lugar. Ahora sólo escuchaba una voz. No la había oído nunca, pero debía ser la voz de un rey:

Llegará un día, tras un largo verano, un día en que las estrellas sangrarán y el aliento gélido de la oscuridad descenderá sobre el mundo – decía – Cuando llegue ese momento, todo Poniente debe estar preparado. Si el mundo de los hombres quiere sobrevivir, un Targaryen debe sentarse en el Trono de Hierro. Un rey o reina lo suficientemente fuerte como para unir al reino contra el frío y la oscuridad –

Se despertó temblando. La habitación se había tornado fría como el hielo. Dany apartó las mantas y salió de la cama. Vio que el fuego de la chimenea se había consumido y que el viento había abierto la ventana. Cruzó la estancia a oscuras para cerrar los postigos, pero cuando llegó, su pie descalzo pisó algo húmedo. Se sobresaltó durante un momento y dio un paso atrás. Lo primero que pensó fue que se trataba de sangre, pero la sangre jamás estaba tan fría.

Era nieve, que se colaba por la ventana.

En vez de cerrar los postigos, los abrió de par en par. Abajo, el patio estaba cubierto por un fino manto blanco que se iba espesando ante sus ojos. Las almenas de los muros lucían capuchas blancas. Los copos caían silenciosos, y unos pocos entraron por la ventana para ir a derretirse en su rostro. Dany se veía el aliento.

Ha llegado el invierno – se dijo – Espero que no sea demasiado tarde –

Cerró la ventana, corrió hacia la puerta y la abrió de un tirón. Ser Barristan, que montaba guardia, saltó asustado.

¿Alteza? – dijo - ¿Os ocurre algo? –

Dany estaba jadeando.

No quería asustaros, mi señor – respondió – Haced que envíen un cuervo a cada castillo de los Siete Reinos. Al amanecer partimos hacia Invernalia –

JAIME

Era un día frío, gris y húmedo. Había estado nevando toda la noche, pero por la mañana empezó a diluviar, y las nubes aún no se habían despejado cuando escampó. En ningún momento vieron el sol. Un clima tan adverso valdría para desalentar a cualquier hombre a la hora de empezar un viaje. Algunos incluso lo considerarían un mal presagio. Pero no era suficiente como para detener a la reina dragón.

Jaime tampoco estaba disgustado. Una parte de él se alegraba de dejar atrás Desembarco del Rey. No le gustaban en absoluto los lameculos y bufones que poblaban la corte.

Cuarenta caballeros y otros tantos escuderos aguardaban ante los establos de la Fortaleza Roja. La mitad eran hombres de occidente, leales a la casa Lannister; los otros, leales a los Targaryen. Casi le hacía gracia que el reinado de Daenerys se estuviese sustentando en gran parte gracias a su apoyo como recién nombrado señor de Roca Casterly y guardián del Oeste. ''Mi padre debe estar retorciéndose en la tumba''.

El palafrén de Jaime era un alazán rojizo; su caballo de combate, un magnífico garañón blanco. Hacía muchos años que Jaime no ponía nombre a sus caballos; había visto morir a demasiados en las batallas, y si tenían nombre, resultaba más duro.

Ser Addam Marbrand y ser Lyle Crakehall se adelantaron al resto de caballeros para situarse junto a él. Addam era amigo de Jaime desde que eran niños y el Jabalí, al que había conocido en la boda de Tommen, se había convertido en uno de sus hombres de confianza.

En el patio de la fortaleza se les unió Tyrion, que montaba con la misma elegancia que caminaba. A Jaime le había costado mucho trabajo conseguir que ser Addam perdonase a Tyrion el asesinato de Lord Tywin, pero lo había conseguido. Al menos toleraba su presencia.

Al poco tiempo el clamor de las trompetas anunció la llegada de la reina. Recorrió todo el patio a lomos de su yegua llamada plata. Jaime jamás había visto a una mujer montar así.

Cabalgaba como si hubiera nacido sobre un caballo, seguramente gracias a su tiempo con los dothraki.

Abrid las puertas – ordenó la reina.

¡ABRID LAS PUERTAS! – repitió la orden el Jabalí con voz retumbante.

Cuando salieron por la puerta del lodazal, en medio del sonido de tambores y violines, miles de personas esperaban para aclamarlos en su despedida. Los niños se unieron a la marcha y caminaron junto a los soldados con la cabeza alta y las piernas marcando el paso. Los adultos aplaudían y trataban de sortear a los inmaculados para poder acercarse a la reina.

La mayor parte de sus fuerzas aguardaba al otro lado de las murallas de la ciudad. Ser Addam partió para unirse a su avanzadilla de jinetes, Ser Steffon Swyft y el convoy de provisiones, los lanceros formados en Lannisport, la antigua guardia personal de Lord Tywin… Más de 20.000 infantes con capas escarlatas aguardaban las órdenes de su general. El ejército de la reina era aún más numeroso y mucho más ruidoso. Los inmaculados entrechocaron lanzas y escudos al verlos llegar y los dothraki los recibieron entre gritos de guerra.

Pero el número de hombres era lo que menos preocupaba a Jaime. Si Daenerys estaba en lo cierto quizá ni todos los ejércitos de los Siete Reinos serían suficiente.

Los tres dragones de la reina salieron de Rocadragón con un rugido y pasaron volando sobre la columna envueltos en fuego. ''Tiene que ser suficiente'' – se dijo.

A tan poca distancia de Desembarco del Rey, el camino Real era todo lo seguro que podría ser un camino en los tiempos que corrían, pero Jaime les pidió a Marbrand y a sus jinetes que se adelantaran.

Robb Stark me cogió desprevenido en el bosque Susurrante – reconoció – No volverá a sucederme –

Tenéis mi palabra – El alivio de Marbrand al volver a verse a caballo era evidente; prefería con mucho llevar la capa gris humo de su casa que la de lana dorada de la Guardia de la Ciudad – Si hay algún enemigo a menos de doce leguas, lo sabréis de antemano –

De boca de Tyrion se había enterado de que la reina le había nombrado general al mando de ambos ejércitos. Estaba seguro de que su hermano le habría enumerado sus muchos aciertos como estratega en el asedio de Aguasdulces y la guerra de los Cinco Reyes, y él no iba a quejarse por ello.

Allí a caballo, al frente de un ejército y con la espada a la cintura, Jaime estaba satisfecho. Sentía el olor del campo y el aire le acariciaba el cabello como los dedos de una mujer. Si tenía que morir en el Norte, se iba a asegurar de saborear los últimos momentos de su vida.

Se dio cuenta de que estaba pensando otra vez en Daenerys, con su cabello plateado y sus ojos color violeta. Sabía que había hecho lo correcto al jurarle lealtad, pero ella era la reina y Jaime no tenía madera de rey así que sería mejor no pensar en ello.

Aquella noche acamparon al pie de la colina del castillo de los Hayford. Mientras se ponía el sol, un centenar de tiendas se alzó en la ladera y a lo largo de las orillas del arroyo que discurría junto a ella. Jaime organizó en persona a los centinelas. No esperaba que hubiera problemas tan cerca de la ciudad, pero su tío Stafford también se había creído a salvo en el Cruce de Bueyes. Y no hacía falta un ejército enemigo. Un solo asesino experimentado podía acabar con la vida de la reina y, con ella muerta, Poniente estaba perdido. Era mejor no correr riesgos innecesarios.

Cuando les llegó la invitación de la reina para que subieran a cenar con el resto de generales, Jaime acudió acompañado de Ser Addam y Ser Lyle. En el exterior la lluvia caía incesante, pero dentro de la tienda la atmósfera era cálida, gracias al fuego que rugía en los apliques de las antorchas.

La guerra futura fue objeto de muchos comentarios durante la cena, al menos hasta que los comensales comenzaron su tercera copa de vino. La reina no quería dar muchas explicaciones sobre lo que estaba por venir, tampoco tenía por qué. ''Para eso es la reina'' – se decía Jaime. En el fondo, le intrigaba ese cambio de parecer de la joven Targaryen. Un día antes se había negado a acompañar a Jon Nieve en su empresa, pero hoy estaba desplazando a Invernalia todo su ejército.

La amenaza es real, es todo lo que necesitáis saber – le dijo Daenerys a Lyle Crakehall.

Después de aquello cesaron los comentarios relativos al ejército de los muertos y pudieron beber en paz un poco de vino.

¿Seguimos sin noticias de Altojardín? – preguntó ser Addam mientras servían la trucha asada.

Altojardín juró lealtad al trono de hierro – respondió Ser Barristan – Todo lo que no sea enviar refuerzos al Norte supondrá un acto de traición –

Siempre que quede alguien vivo para cobrarse esa deuda – replicó Tyrion.

Sin duda – convino Marbrand – Pero no es difícil inventar alguna excusa cuando se les reclame por no haber acudido –

Vendrán – Jaime se había bebido tres copas de vino, se sentía más torpe por momentos – Los dragones no son difíciles de ver. Temerán la cólera de la reina –

Todos se giraron hacia Daenerys, que paladeaba su bebida en silencio.

No tengo razones para desconfiar de quien me ha jurado lealtad – les dedicó una sonrisa capaz de derretir el hielo – Lord Tyrion, ¿sabemos algo de Jon Nieve? –

Sólo que sigue en Rocadragón – respondió el enano – Pero tenemos noticias de Invernalia -

¿Y cuáles son? – preguntó la reina.

Nos agradecen nuestra ayuda y nos prometen techo y comida en el Norte –

Majestad… - dijo Ser Lyle - ¿Podemos estar seguros de que seremos bien recibidos? – quiso saber – Muchos aquí hemos combatido contra los Stark –

No temáis, mi señor – le tranquilizó Daenerys – Nuestras diferencias ya no importan, esto nos supera a todos –

Jaime miró a la reina con atención. ¿Qué sabría ella que los demás no? ¿Cómo podría haberse convencido tan rápido de la seriedad de la amenaza del Norte?

Terminaron de cenar conversando sobre asuntos más triviales. Anécdotas de guerra, historias de la antigua Valyria, aventuras pasajeras…

Muchas gracias por la compañía, mis señores – dijo Daenerys cuando terminaron de cenar – Por hoy hemos terminado. Quiero hablar a solas con mi consejo privado – dijo mientras los demás se levantaban para salir – También con vos, Ser Jaime –

Obedientes, el resto de militares y criados se despidieron y fueron saliendo, Missandei en primer lugar, y Crakehall y Marbrand los últimos. Cuando en la tienda solo quedaron Daenerys, Tyrion, Ser Barristan y Jaime, cerraron la cortina.

Creo que os debo una explicación –

No tenéis que justificar nada, majestad – respondió Tyrion – la reina ordena, los demás obedecen –

Os lo explicaré de todos modos – suspiró ella – anoche tuve un sueño. Un sueño diferente –

¿Cómo decís, alteza? – preguntó Ser Barristan.

El dragón tiene tres cabezas ¿Sabéis qué significa eso? –

El blasón de la Casa Targaryen es un dragón de tres cabezas, rojo sobre negro – señaló el anciano caballero.

Ya lo sé. Pero no hay dragones de tres cabezas -

Aegon y sus hermanas – recordó Tyrion – Tres dragones y tres jinetes conquistaron Poniente –

Visenya y Rhaenys – confirmó Daenerys – Yo desciendo de Aegon y Rhaenys por vía de su hijo Aenys y su nieto Jaehaerys –

Tenéis razón, majestad – dijo el enano – pero ¿queréis sugerirnos algo? Si tenéis problemas para conciliar el sueño podemos daros sueñodulce. Funciona, os lo aseguro. Yo mismo se lo administraba a mi hermana cuando quería que me dejase tranquilo –

Mis problemas para dormir no importan – rechazó la reina – Me preocupan las cosas que vi. Vi un corazón latiente, vi Meereen, vi Yunkai, vi a mi padre, a mi hermano, vi el ejército de muertos… -

Jaime la entendía. Él también había tenido sueños proféticos. Estaba ahí por un sueño profético.

¿Sabéis lo que es la Canción de Hielo y Fuego? – preguntó Daenerys.

'' ¿Saberlo? No'' – se dijo el Lannister. Pero llevaba pensando en ello desde que lo vio en su sueño ''Si se lo explicara creerían que me he vuelto loco. Y puede que tengan razón''

Jamás lo he oído – respondió Ser Barristan - ¿También lo soñasteis? –

Me lo dijo mi hermano, estoy segura de que era él – explicó ella – Viserys no, Rhaegar. Tenía un arpa con las cuerdas de plata –

Es cierto que el príncipe Rhaegar tenía un arpa así – reconoció el anciano caballero con el ceño tan fruncido que las cejas se le juntaron - ¿Lo visteis? –

Daenerys asintió.

Había una mujer en una cama, amamantando a un bebé. Mi hermano dijo que era el príncipe que les había sido prometido, y dijo que lo llamarían Aegon –

El príncipe Aegon era el heredero de Rhaegar, nacido de Elia Martell – dijo Tyrion.

Pero si era el príncipe que fue prometido, la promesa quedó rota junto con su cráneo cuando la Montaña le destrozó la cabeza contra una pared – señaló Jaime.

Lo recuerdo – dijo la reina con tristeza – También asesinaron a su hija, Rhaenys. Se llamaba igual que la hermana de Aegon. No había ninguna Visenya, pero dijo que el dragón tiene tres cabezas. No lo entiendo, ¿Qué es la canción de hielo y fuego? –

''Ojalá lo supiera''

En fin – la reina suspiró profundamente – Tengo que meditar sobre esto. Podéis iros a descansar –

Hicieron una reverencia y la dejaron a solas. Pero más tarde, cuando Jaime ya estaba en su tienda, empezó a tener dudas. Él también había soñado con la Canción de Hielo y Fuego. No había sido un sueño normal, ningún sueño podía ser tan real.

Salió a despejarse. La noche era cada vez más fría, y una esquirla de luna brillaba en el cielo. El vino se había evaporado y tenía la cabeza despejada, pero sabía que no podría dormir si se acostaba.

Vio que en la tienda de Daenerys la luz todavía no estaba apagada y, cuando se quiso dar cuenta, ya había emprendido el camino hacia ella.

Estaba reclinada sobre unos cuantos cojines. Descalza, con el cabello plateado cuidadosamente desordenado, su túnica de brocado añil reflejaba la luz de las velas cuando alzó la vista.

¿Lord Jaime? – dijo sorprendida - ¿Qué hacéis aquí? –

''Lord'' – le sonó extraño.

Bastará con ser Jaime, alteza. Tengo algo que contaros – '' ¿Cómo se lo explico?'' - Antes preguntabais si conocíamos la Canción de Hielo y Fuego… -

¿La conocéis? –

No exactamente – suspiró – Yo también lo he soñado –

Ella le miró con los ojos como platos.

¿Vos? – se puso en pie de un salto - ¿Cuándo? –

La noche antes de conoceros –

Eso fue… - le miró pensativa - ¿Por qué no me habíais dicho nada? –

No estaba seguro de que fuese buena idea – '' ¿Por qué quiero contárselo? Ella no es Cersei'' – Ni siquiera estoy seguro ahora –

Hablad, quiero escucharlo – lo apremió ella – ¿Qué fue lo que soñasteis? –

Se sentó, preparado para abrir camino a los recuerdos.

Estaba en una habitación oscura, solo, rodeado de enemigos – Se escuchó decir – En el suelo, delante de mí, tenía una espada. Cuando la cogí estalló en llamas… –

¿En llamas? – lo interrumpió Daenerys – En mi sueño vi a un guerrero con una espada en llamas –

… Y entonces os vi a vos – Jaime hizo una pausa – Aparecíais en la cueva, también ardíais –

'' Con llamas de veinte metros '' – aún podía verla – ''Ardíais con la fuerza de un dragón''

¿Yo aparecía en vuestro sueño? – La reina parecía casi avergonzada - ¿Y qué hacía? –

Una voz me decía que mientras vos no os apagaseis, viviría –

Daenerys se sentó y se arropó con la piel del león.

¿Eso fue lo que hizo que quisierais servirme? – le preguntó con un tono que casi parecía de decepción.

Puede que os hubiera servido igualmente – de pronto Jaime sintió la necesidad de verla animada – Ya os lo dije, erais una razón por la que vivir. Si no hubierais llegado me habría dejado morir en Desembarco del Rey –

Ella sonrió levemente, pero eso ya fue suficiente para alimentar el corazón del Matarreyes.

Y… ¿Qué hay de la Canción de Hielo y Fuego? – le preguntó.

Eso lo escuché al final – respondió – Una voz susurraba que solo el fuego podía enfrentase al hielo, una Canción de Hielo y Fuego –

Daenerys enterró la cara entre sus manos. Jaime no sabía si debía acercarse. '' ¿No es mi deber consolarla? ''

¿Debería significar algo? – le derretía con la mirada – Estoy cansada de tantas preguntas sin respuesta –

Ese sueño ha hecho que marchéis hacia el Norte. Ya ha significado algo –

Quizá sea cierto – dijo mientras se apartaba de la frente un mechón de cabello plateado – Puede que nuestros caminos se hayan cruzado por alguna razón –

Era un comentario muy extraño.

¿Por qué creéis eso? –

Quizá los dioses hayan querido que unamos nuestras fuerzas para defender el Muro -

¿Dioses? ¿Qué dioses? ¿Quizá el dios padre de todos? ¿El desconocido? Para Jaime el guerrero había sido su dios desde que tuvo edad para empuñar una espada. Otros hombres podían ser padres, hijos, maridos, pero no Jaime Lannister. Él era un guerrero, nunca había sido otra cosa.

Lo dudo, alteza – respondió – Los dioses nunca me han escuchado –

Yo podría decir lo mismo – Daenerys apretó los labios – Tenemos derecho a estar defraudados con ellos –

Al decirlo, la reina cerró los ojos y se demoró en abrirlos. ''Está cansada'' - supo Jaime.

Necesitáis dormir – dijo Jaime – No queda mucho para el amanecer –

Los dos tenemos que dormir – asintió ella – Soñaremos con días más hermosos –