DAENERYS

El sol estaba ya muy al oeste cuando la ladera empezó a convertirse en llanura bajo los cascos de los caballos. Hacía ya varios días que habían dejado a un lado los verdes y húmedos campos para dar paso a las enormes llanuras cubiertas por la nieve.

Desde que dejaron los Gemelos habían pasado junto a bosques frondosos y pueblecillos adormilados, bordeado huertos y campos dorados de trigo, cruzado una docena de arroyuelos y subido empinadas cumbres.

Antes de llegar a Foso Cailin era habitual cruzarse con carros de granjeros, carromatos de mercaderes y jinetes de casas menores. Todos se apartaban a un lado y los miraban asombrados al cruzarse. Pero desde que cruzaron el cuello todo era nieve.

En cualquier caso, siguieron cabalgando hasta que, de noche cerrada, divisaron Invernalia. En sus baluartes brillaban las antorchas, y la luna se reflejaba en sus inmensas murallas. El puente levadizo estaba ya alzado y el rastrillo bajado, pero Dany vio que en la caseta de la guardia brillaban luces. También la luz se derramaba de las ventanas de las torres interiores.

La última vez que estuve aquí nos habíamos encontrado con guardias muchas leguas atrás – dijo Jaime – Ahora parece como si nadie nos estuviese esperando –

Dany miró a su alrededor. Lo cierto es que ella también esperaba ver grandes ejércitos preparando la defensa del Muro. Pero lo único que divisó fueron piedras y árboles junto a la mole imponente que era el castillo de Invernalia.

Tenía una primera muralla exterior de al menos veinte varas de altura. Tras esta, otra aún más alta y, aún más lejana, una tercera. Todas estas murallas rematadas por grandes torres redondas, tan altas y lejanas que la invadió el vértigo.

Por lo visto a los Stark no les gustan mucho las visitas – escuchó decir a Tyrion – Si tenéis pensado dormir bajo techo, será mejor que nos acerquemos ya –

Pasaremos la noche aquí, mañana nos presentaremos antes sus puertas – contestó Dany.

Justo tras decir esto, el puente levadizo empezó a descender, y les llegó el sonido de las cadenas engrasadas que levantaban el castillo.

Un grupo de jinetes salió con antorchas para iluminarles el camino. Lord Yohn Royce, señor de Piedra de las Runas, lideraba la marcha rodeado por guardias Stark y del Valle para darles la bienvenida.

Majestad – dijo, con una reverencia. Era un hombre corpulento, de torso como un barril y, su inclinación, montado sobre su caballo, resultó algo torpe – Es un honor ser el primero en daros la bienvenida a Invernalia –

Lord Royce – saludó Dany. No conocía a aquel hombre más que por su reputación. Era cabeza de la casa Royce, una de las más importantes del Valle, y sabía que fue descabalgado por su hermano Rhaegar en el torneo de Harrenhal – También es para mí un honor conoceros, Lord Royce –

Lady Sansa me ha enviado para comunicaros que desea recibiros bajo su techo esta misma noche – dijo Lord Royce – Pero me temo que vuestro ejército no podrá ser alojado hasta mañana, hay muy poca luz –

En ese caso, mi señor, os encomiendo que ayudéis a situar el campamento –

Y yo os encomiendo que pongáis ante mí una copa de vino y un buen capón asado, antes de que me muera de hambre – intervino Tyrion.

Lord Royce hizo caso omiso.

Como ordenéis, majestad, si me seguís os indicaré el camino – solo entonces se dignó a mirar al enano – Vos y vuestros acompañantes de confianza.

Dany picó espuelas para trotar hacia las puertas de Invernalia, seguida por Jaime, Tyrion y Ser Barristan.

Estaba cansada, magullada y hambrienta. Aún no había descabalgado y soñaba con un largo baño caliente, una cena caliente y un colchón de plumas. Prefería que les recibieran por la mañana, pero sabía que no era conveniente ofender a Lady Sansa incluso antes de conocerla.

Y así, Daenerys y su séquito entraron en el Gran Salón de Invernalia. Era una enorme sala abovedada, con paredes de piedra y más de veinte chimeneas encendidas. De las paredes colgaban tapices con el lobo de la casa Stark y una docena de lámparas marcaban el camino desde la puerta hasta la mesa del Rey en el Norte. Allí les esperaban Arya y Sansa Stark, hijas de Eddard, y su hermano Brandon.

Alteza – fue su saludo – Invernalia está a vuestra disposición –

Sois muy amables, mis señoras – contestó Dany – Os agradezco que nos recibáis a tan altas horas de la noche –

Sansa tenía el cabello rojizo, los pómulos altos y los ojos claros de los Tully. Arya, en cambio, había heredado los rasgos propios de los Stark. Era delgada, con la cara alargada y profundos ojos grises.

Lord Tyrion – Sansa se dirigió a su antiguo esposo – Os pido disculpas por marcharme sin despedirme la última vez que nos vimos –

No fue fácil explicar la repentina desaparición de mi esposa el día de la muerte de Joffrey – respondió el enano.

Me alegro de que os las arreglarais para sobrevivir –

Eso debéis agradecérselo a mi hermano –

Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el león de Lannister. Esa noche lucía esplendoroso. Llevaba puesta su armadura de combate, de grueso acero esmaltado en escarlata tan bruñido que brillaba como el fuego con la luz de las antorchas.

Nos alegramos de contar con un caballero tan afamado para la guerra que se avecina – dijo Sansa.

Lo sé. Desde que crucé las puertas del castillo todos los norteños que me han visto daban saltos de alegría –

A Dany le hizo gracia el comentario, pero a la señora de Invernalia no pareció gustarle tanto.

Mis señores deben estar cansados después de tan largo viaje – dijo con una cortesía tan gélida que a Dany se le congelaron los oídos – Hemos dispuesto que os preparen habitaciones y agua caliente para limpiaros el polvo de camino. Espero que mañana nos honréis con vuestra presencia durante la comida –

Sois muy amable, mi señora –

La noche había desplegado su manto lentamente sobre Invernalia, una oscuridad fría e implacable. En el exterior, la nieve se arremolinaba y se colaba por las puertas del castillo, pero entre los gruesos muros de piedra hacía calor y reinaba el silencio.

Demasiado silencio, para el gusto de Dany.

Habían reservado para ella las habitaciones reales del gran torreón. Le dijeron que eran las más cálidas del castillo. Invernalia se alzaba sobre manantiales naturales de agua termal, y las aguas hirvientes recorrían el interior de los muros como la sangre por el cuerpo de un hombre; espantaban el frío de las salas de piedra y llenaban los invernaderos interiores de una humedad calidad que impedía que la tierra se congelara. En esas dependencias casi nunca encendían la chimenea. Pero a ella no le gustaba el frío de manera que, en cuanto entró, Dany pidió que se la encendieran.

Sobre una mesita de madera bien pulida le habían dejado un pedazo de queso y una jarra de vino tinto. La reina se sirvió una copa hasta el borde y se sentó junto a la ventana preparada para saborearlo junto cuando ser Barristan irrumpió en la estancia.

Alteza, la mano de la reina pide veros –

Que pase –

La oscuridad que había tras la puerta engulló la figura alta y firme del anciano caballero para, acto seguido, permitir la entrada de Tyrion Lannister –

Es una hora extraña para una visita – fueron las palabras de la reina – Os imaginaba descansando después de tan largo viaje –

Nunca he sido de los que necesitan mucho sueño – respondió mientras tomaba asiento sin esperar a ser invitado – Así hay tiempo para hacer más cosas –

Dany sirvió entonces una segunda copa de vino para su mano y paladeó el suyo lentamente. Le serviría para conciliar mejor el sueño cuando se fuese a acostar.

¿Y bien? - preguntó con mirada inquisidora – ¿Queríais algo? –

Alteza, soy vuestra mano. Estoy aquí para ayudaros –

¿Incluso a la hora del lobo? Estaba a punto de irme a dormir cuando llegasteis –

Es la mejor hora, hay menos pajaritos escuchando – le dedicó una sonrisa feroz – Es la segunda vez que veo a mi mismo realizando los preparativos de una gran batalla –

¿Hay algo en mi ejército que os preocupa? – le preguntó – Con la oscuridad no he podido ver mucho, pero las murallas del castillo parecían sólidas –

Soy lego en estrategia, mi hermano os respondería mejor a eso. Yo prefiero hablaros de las personas –

Os escucho –

Puede que no os hayáis dado cuenta, pero no habéis sido muy bien recibida – dijo Tyrion – Tampoco es que se pudiera esperar otra cosa. La hija de Aerys Targaryen llega a Invernalia acompañada por el Gnomo y el Matarreyes. Casi me sorprenden que os hayan dejado pasar. Vuestro padre asesinó a Rickard y Brandon Stark, mi sobrino a Eddard Stark y mi padre a su hijo Robb. Y el Norte recuerda –

También recordará que he venido aquí a defender Invernalia -

Poco importan vuestras intenciones, alteza – dijo – han nombrado a Jon Nieve rey en el Norte y no doblarán la rodilla -

No me importa que doble o no la rodilla. Si Jon Nieve está en lo cierto su lealtad es lo que menos me importa ahora mismo –

''Ellos sólo son hombres. No son mis enemigos. Los muertos son el enemigo''.

Sí, os preocupan los Otros. El ejército de muertos – Tyrion se acarició la barba – Es un peligro más inmediato, sí, pero desgraciadamente no puedo ayudaros con eso. Nunca he sido bueno con la espada. Si ellos vencen, se acabó. Pero si sobrevivimos esto puede desencadenar otra guerra y sé que vos no queréis eso –

''Yo ya no sé lo que quiero''

¿Qué sugerís entonces? –

No necesitáis a los norteños – dijo Tyrion – el Norte es muy grande y está muy dividido. Poco tienen en común los Manderly de Puerto Blanco con los Umber de Bastión Kar. Pero todos ellos juraron lealtad al mismo rey – se aclaró en la garganta – solo le necesitáis a él –

Lo intenté en Desembarco del Rey – replicó Dany – Vos mismo lo visteis –

Doy fe de que lo intentasteis. Perdisteis una batalla, pero aún podéis ganar la guerra. Jon Nieve confía en sus hermanas, podéis ganároslas primero –

No creo que les caiga muy bien –

No os conocen – le dirigió una sonrisa desganada – No perdéis nada intentándolo –

Puede que tengáis razón – asintió resignada – Meditaré sobre lo que me habéis dicho. Os agradezco vuestros consejos – se levantó – Estoy cansada, continuaremos por la mañana –

Como ordene mi reina – dijo Tyrion haciendo una profunda reverencia.

Esa noche Daenerys tampoco consiguió dormir bien.