ARYA
Arya subió las escaleras del puente cubierto que unía el Gran Torreón con la armería, donde había una ventana desde la que se divisaba todo el patio. Se sentó sobre el alféizar de la ventana, con la barbilla apoyada en la rodilla.
Sufrió una decepción al ver que el Matarreyes no se estaba entrenando. No le interesaba ver como peleaban los soldados del ejército Lannister. Tampoco quería ver las maniobras de los inmaculados ni los arakh dothraki. Ella quería verle combatir al caballero más famoso de su tiempo.
Arya era la mejor espada del castillo. La más rápida, la que mejor trepaba y la que tenía más instinto. Ahora quería ver si era tan buena como Jaime Lannister. Todo el mundo decía que era el hombre más peligroso de los Siete Reinos y ella estaba deseando medirse contra él.
Por lo demás, la confusión y el estruendo habían dominado el castillo. Los hombres se subían a los carromatos para cargar barriles de vino, sacos de harina y haces de flecha recién emplumadas. Los herreros recubrían los aceros con vidriagón, arreglaban las melladuras de las corazas y herraban tanto caballos de batalla como mulas de tiro. Lannister, Stark, Targaryen… Hombres de alta y de baja cuna, hombres que quizá habían cruzado espadas en el campo de batalla, se habían unido bajo un solo estandarte. El de los vivos.
Estuvo a punto de caerse cuando la sorprendió el sonido de las trompetas. Los guardias se amontonaron entonces en las murallas para ver quien llegaba al castillo.
'' ¡Jon! – se dijo Arya.
Llevaba sin ver a su hermano desde que se despidieron en Invernalia cuando fue a unirse a la Guardia de la Noche. Su hermano querido, el que siempre la entendía, el que le regaló su aguja, el que la revolvía el pelo…
Bajó las escaleras a saltos y se abrió paso entre los guardias para llegar hasta el rastrillo de entrada. Pero se equivocaba. No era Jon.
En su lugar, un pintoresco grupo de hombres a caballo cruzó el puente levadizo y entró en el patio del castillo. Y Arya conocía a todos. El primero en verla era un hombre enorme que Arya creía muerto.
¿Así que era cierto que estabas aquí? – gruñó Sandor Clegane – Me robaste y me dejaste morir –
Pero sigues vivo –
Debiste terminar el trabajo – desmontó y se acercó hasta pegarse a su rostro – Eres una estúpida pequeña y cruel –
Hay muchos peores que yo – replicó ella mirándole con ojos gélidos.
Sigues sin temer mirarme a la cara. No es poco mérito. ¿Qué, te gusta? –
No. Sigue siendo fea y está toda quemada –
Aquello le hizo soltar una carcajada, un sonido amargo a medio camino entre un gruido y un ladrido.
Espero que te alegres de verme, pequeña loba – cuando sonreía el lado quemado del rostro se tensaba y la boca se le retorcía en una mueca desagradable – Estoy aquí para defender tu castillo siempre que alguien esté dispuesto a ofrecerme un poco de vino –
Hubo un tiempo en que Arya jamás olvidaba el nombre de Sandor Clegane en su lista de hombres que mataría algún día. Pero lo había borrado. No sabía cuándo, pero antes de separarse de él ya hacía varias lunas que había dejado de estar entre ellos.
Detrás del Perro entró un idiota que la miró con una sonrisa aún más idiota.
¿Y tú qué haces aquí? – preguntó.
Lady Stark – saludó Gendry – Tenéis buen aspecto –
No me llames así – bufó Arya.
Mi maestro me enseñó que debo hincar una rodilla en tierra cuando vea una chica noble y llamarla siempre mi señora – respondió tan testarudo como le recordaba.
''Se está burlando de mi o sigue siendo así de tonto? ''
No quiero que te arrodilles ni que me llames mi señora –
Como mi señora ordene.
Arya le dio un empujón en el pecho con las dos manos. Gendry trastabilló y cayó sentado.
Pero ¿qué clase de hija de noble eres tú? – rio.
De esta clase – le dio una patada en el costado, pero con eso sólo consiguió que se riera más – Si te sigues burlando haré que te encierren –
Pero ella no pudo evitar sonreír al ver como la miraba. Le tendió una mano enguantada y le ayudó a levantarse.
Gendry había crecido al menos medio palmo desde la última vez que le vio. Seguía teniendo el cabello negro azabache y los ojos muy azules. Se dio cuenta de cuánto le había echado de menos. Era el único amigo que había tenido en el mundo. Bueno, quizá también Pastel Caliente, pero él estaba muy lejos de Invernalia, en la Posada de la Encrucijada.
Esa misma noche cenaron junto a la reina y su corte en el gran salón. Daenerys Targaryen era tan bella como le había parecido la noche anterior. Se había recogido el largo cabello plateado en varias trenzas que le colgaban sobre el vestido de terciopelo negro y rojo. Le dio un poco de rabia. Tan bonita como encantadora. Pero no se iba a dejar engañar. Debajo de esa tez delicada y esos ojos violeta se escondía la sangre del dragón. Y era peligrosa.
Se fijó entonces en la pareja que iba detrás de ella. Los hermanos Lannister de Roca Casterly. El León y el Gnomo. No había manera de confundirlos. Ser Jaime era alto, rubio, con ojos verdes deslumbrantes y una sonrisa que cortaba como un cuchillo. Iba vestido con ropas de seda escarlata, botas altas negras y capa negra de raso. En el pecho de la túnica se veía el león rugiente de su Casa, bordado en hilo de oro.
El otro hermano, era, con mucho, el más feo. Todas las gracias que derramaron sobre Jaime a él se las habían negado. Pero Sansa le había dicho que tenía el corazón mucho más noble que su hermana Cersei y que era una de las pocas personas que se habían portado bien con ella en Desembarco del Rey.
Los últimos invitados en entrar fueron Ser Barristan el Bravo y una niña de tez morena que no parecía de Poniente.
Arya se había lavado, peinado y vestido como correspondía a una dama de la casa Stark. Incluso se había puesto uno de esos estúpidos vestidos elegantes con motivos en forma de bellota. La comida era sencilla, pero abundante. Cordero con setas, pan moreno, budín de guisantes y manzanas asadas con queso curado. Una vez recogida la mesa, cuando ya no quedaban criados en la estancia, fue el momento de hablar entre ellos.
Tyrion Lannister preguntó si tenían alguna noticia del Rey en el Norte.
Las últimas noticias que tenemos son de hace quince días – respondió Sansa – Zarparon de Roca Dragón en dirección a Puerto Blanco –
Espero que vuestro hermano haya encontrado lo que necesitaba – dijo Daenerys.
Lo que necesitamos – le corrigió Sansa – Es nuestra única esperanza –
Jon Nieve dijo que el vidriagón podía matar a… Los muertos – añadió el Gnomo – No es que dude de su palabra, pero… ¿Qué significa eso? –
Funciona así – respondió de nuevo Sansa – Jon dice que solo pueden ser detenidos con fuego, con acero valyrio y con vidriagón –
Tenemos fuego – suspiró Tyrion – Y también vidriagón según parece –
Pero pocos hombres –
¿Pocos? – se sorprendió Daenerys – Tenemos un ejército de más de cincuenta mil hombres –
No es ni la mitad de grande que el suyo – respondió Arya – Y se hace más grande cada día –
El silencio se hizo de pronto en el Gran Salón. Pudo escuchar el chisporroteo del fuego en las chimeneas y el crujir de las vigas que sujetaban el techo. Incluso Tyrion Lannister había quedado sin palabras.
¿Se hace más grande? – preguntó Jaime, moviéndose inquieto en el asiento.
Cada vez que alguien muere se une a su ejército – respondió Sansa – Si no los detenemos aquí, ese será nuestro destino –
Entonces los detendremos – sentenció Daenerys – Nuestras murallas son altas. Tenemos tres dragones, caballeros, dothrakiis, inmaculados… Si el ejército más grande que jamás se ha visto en los Siete Reinos no es suficiente, nada lo será -
Seis –
La voz de su hermana sonó más fría que las noches de invierno.
¿Cómo decís? –
Seis reinos, alteza – dijo Sansa – El Norte ya no forma parte del trono de hierro –
Os diré lo mismo que le dije a vuestro hermano – el fuego bailaba en los ojos de la reina – considerar el Norte como un reino independiente constituye un acto de traición –
No os confundáis – advirtió Sansa – El norte luchará junto a vos esta vez. Solo esta vez –
'' No puede ser verdad'' pensó Arya – '' No pueden estar debatiendo sobre esto ''
Sé que no nos llevamos muy bien – entonó entonces Tyrion – Todos hemos sufrido a manos de los otros. Si sólo quisiéramos más de lo mismo, no estaríamos sentados en esta mesa –
De vos dependerá que haya más sufrimiento – Sansa miró a Daenerys.
¡A quién le importa eso ahora! – Arya se puso en pie de un salto.
Salió del salón hecha una furia. Habría dado un portazo si la puerta no fuera tan pesada. La oscuridad cubría el Gran Torreón como un manto. Unas cuantas antorchas ardían en el patio, pero nada más. Las puertas del castillo estaban cerradas a cal y canto, como si los muertos pudieran atacar en cualquier momento.
¿Arya? – Gendry la había seguido – Una vez me dijiste que podría hacer espadas aquí para los Stark. ¿Me enseñas la herrería? –
Si te apetece… - No tenía nada mejor que hacer.
Eso que has dicho… - comentó Gendry cuando pasaban junto a las perreras - ¿Es cierto? ¿Son más de cien mil? –
Sí – asintió Arya – Eso dijo Jon –
Cuando me uní a la hermandad pensaba que moriría ahorcado por algún señor, o que me cortarían la cabeza y la clavarían a la entrada de algún castillo – La fragua de Invernalia aún estaba encendida, y las herramientas colgaban de la pared, muy ordenadas. Gendry avivó el fuego y cogió unas tenazas – Esto no está tan mal –
Hizo además de ir a pellizcar la cara de Arya con las tenazas, pero ella las apartó de un manotazo.
¿Dónde has estado todo este tiempo? –
Trabajando como herrero en la Posada de la Encrucijada – Gendry volvió a dejar las tenazas en su sitio y descolgó un pesado martillo – Hacía armas para la Hermandad sin Estandartes –
Si quieres, todavía puedes forjar espadas – dijo Arya – Para mi hermano Jon, aquí, en Invernalia –
¿Eso crees? – Gendry dejó el martillo y la miró – Estás… Diferente. Pareces una señora de verdad –
Parezco un roble, con tanta bellota -
Pero bonito. Un roble bonito – Se acercó un paso y la olfateó – Si hasta hueles bien, para variar –
Pues tú no, tú hueles a rayos –
Arya le dio un empujón contra el yunque y echó a correr, pero Gendry la agarró por un brazo. Ella le puso la zancadilla y lo hizo caer, pero él la arrastró en la caída, y rodaron por el suelo de la herrería. Gendry era fuerte, pero Arya era más rápida. Cada vez que trataba de agarrarla, se liberaba y le daba un puñetazo. Los golpes solo hacían reír al chico, con lo que ella se enfadaba todavía más. Al final consiguió agarrarle las dos muñecas, pero Arya le dio un rodillazo entre las piernas y se libró de él. Los dos estaban cubiertos de polvo, y se le había desgarrado una manga del estúpido vestido de las bellotas.
¡A que ya no estoy tan bonita! – le gritó.
Gendry la miró de arriba abajo y se echó a reír de nuevo.
¿Qué te hace tanta gracia? – espetó de nuevo.
Dejó de reír de pronto. Arya notó una sombra a su espalda.
Si quieres pelearte con alguien, pelea conmigo – era la voz de Sandor Clegane – ¡Es una chica, y mucho más pequeña que tú!
Déjale en paz. Empecé yo – dijo Arya – Él solo se burlaba de mi –
El perro la apartó a un lado y siguió hacia Gendry.
No le vuelvas a poner un dedo encima – le amenazó - ¿Entendido? –
Arya se revolvió hecha una furia.
¡Te he dicho que le dejes en paz! – le pegó con los dos puños en el pecho – ¡Y no necesito que nadie me proteja! Para que lo sepas, podría mataros a los dos si quisiera –
El perro soltó una carcajada.
La lobita se ha hecho mayor – sonrió al ver su expresión – Por mí, perfecto. Ya he prometido al pajarito que la defendería en la batalla – cogió una bota de vino que llevaba atada al cinturón y se la ofreció mientras él bebió un trago largo de otra bota que llevaba en la mano – Bebed conmigo. Estoy harto de ver sonreír al Matarreyes ahí dentro -
No tengo sed – replicó Gendry mientras se sacudía el polvo.
¿Qué tiene que ver? – dijo limpiándose la boca con una mano enguantada – Te estoy ofreciendo vino, no agua.
Gendry se levantó sin miramientos, se alejó de la mesa y salió a la noche.
¿Qué le pasa a ese chico? – preguntó el Perro bebía un trago de vino - ¿No le gusta el vino? –
Lo que pasa es que es idiota – contestó Arya, encogiéndose de hombros – Le gusta pulir yelmos y golpear espadas con el martillo –
Ah – le entregó la bota a Arya – Otro chico idiota. Hay demasiados idiotas en este castillo –
Arya escuchó al perro quejarse del Matarreyes, de su hermano el Gnomo, de la reina dragón, de Barristan ''el viejo'' y de su hermana el ''pajarito'' mientras bebía sorbos del vino que le había dado. Al otro lado del patio seguramente seguirían discutiendo sobre el futuro del Norte. Pero a ella le parecía mucho mejor estar sentada al calor de la fragua.
Y tengo que morir junto al Matarreyes – gruñó – junto a él y a su puto hermano. Y después de muerto iremos los tres juntitos a Desembarco del Rey – dejó escapar una carcajada gutural – Al menos podré matar a mi hermano si lo resucitan –
Antes de terminarse la bota Arya ya era todo bostezos. Gendry no había regresado. Nadie más había abandonado el gran salón y el perro aún seguía maldiciendo.
De pronto la invadió una necesidad inmensa de irse a dormir. Subió hasta sus habitaciones en el Gran Torreón. Se quitó el estúpido vestido de bellotas, se puso la túnica, se subió a la cama y se arrebujó bajo las mantas.
El sueño le llegó en cuanto cerró los ojos. Aquella noche soñó con lobos, lobos que acechaban en una noche sin luna, lobos que peleaban junto a leones y dragones. Arya sabía que no tenía nada que temer. Era fuerte, rápida y fiera, y estaba rodeada por su manada, sus hermanos y sus hermanas. Cuando la luna al fin asomó entre los árboles, echó la cabeza hacia atrás y aulló.
