DAENERYS

Era cierto, la reina lo sabía. '' Y Rhaegal le dejó montar sobre él''. Sus dragones no dejaban acercarse a nadie, Quentyn Martell lo supo bien. Sólo Ben Plumm pudo tocarlos. ''Y él solo tenía una pizca de sangre Targaryen''.

Lo había leído en palabras de otros tiempos y otros lugares. Todos los jinetes de dragón eran Targaryen, todos tenían antepasados en la Antigua Valyria. Los héroes no escogían a sus dragones, eran ellos quienes escogían a su jinete. Y Rhaegal había escogido a Jon. Era de su sangre, su familia, no era la última Targaryen.

Y ahora no tenía derecho al trono. Toda una vida creyendo ser más especial que nadie, haciéndose llamar reina legítima de los Siete Reinos y ahora… ''No soy más reina que el usurpador''. Jugaba a gobernar, pero a veces volvía a sentirse como una niñita asustada. ''Viserys siempre me decía que era estúpida. ¿De verdad estaría loco?'' Podía volver a llamar a Jon si lo deseaba y hablar más calmadamente con él.

¿Y qué pensaría Jaime de ella ahora? '' ¿Se marchará de mi lado ahora que sabe que no tengo derecho al trono? '' – se preguntó. ¿Debo hacerle venir para contarle la verdad o será mejor ocultarlo como dijo Jon?

Dany rehuyó la decisión por le momento.

¿Alteza? –

Se volvió al oír la voz de Tyrion.

¿Es mal momento? – le preguntó.

Es el momento perfecto –

''Es hora de cumplir con vuestro deber''

Jon Nieve no es hijo de Ned Stark – ''Un verdadero dragón no da rodeos'' – Es hijo de mi hermano y Lyanna Stark –

La brusca realidad desconcertó a Tyrion.

Vaya, cuanto me alegro, alteza – dijo – Habréis tenido un agradable reencuentro, pero… ¿Cómo podéis estar tan segura de que es vuestro sobrino? –

El me lo dijo – afirmó – Y antes ha podido montar sobre Rhaegal. Solo la sangre de la antigua valyria puede domar a los dragones y él… - suspiró – Y ahora sé que no tengo derecho al trono. Mi reinado se basa en una mentira –

Derecho… Siendo estrictos vuestro hermano nunca llegó a reinar y al morir vuestro padre habría sido Viserys quien heredara la corona ya que nadie conocía a nuestro rey en el Norte, aunque no creo que eso os importe. A vos os preocupa vuestra legitimidad como reina – Tyrion se acarició la barba – Decidme, ¿qué derecho tenía Robert para ser coronado rey? –

Robert era un usurpador – frunció el ceño – No tenía ningún derecho –

¿Y Aegon el Conquistador? – preguntó - ¿Tenía más derecho que Robert? –

''Eran otros tiempos, otros reyes…''

No soy un maestre que pueda citaros la historia –

Pero yo sí – dijo Tyrion – La historia de los Siete Reinos está llena de guerras, sangre y traiciones y siempre la han escrito los vencedores. Robert tenía el mismo derecho que Aegon y que vos. El derecho de Conquista que, si me preguntáis, es un reclamo tan válido como cualquier otro. Si Jon Nieve pretende sentarse sobre el trono de hierro vos podréis… –

No pretende sentarse sobre el trono de hierro – le interrumpió Dany – me lo ha dicho –

¿Entonces cual es el problema? – sonrió – Nadie tiene por qué saber nada –

Se dio la vuelta bruscamente; las faldas se le enrollaron a las piernas. ''Un reinado sujeto con pilares de barro'' Cuando Dany miró de reojo, Tyrion aún seguía allí.

Primero debemos ganar la gran guerra – le informó – Si sobrevivimos, volveremos a hablar de esto –

Como ordenéis, alteza –

La sala común era una estancia de techos altos, llena de ecos, con paredes de piedra gris. Pese a su grandiosidad, era un lugar cálido. Allí había una gran mesa de madera de ébano donde sus capitanes la estaban aguardando ya.

Jon Nieve; ''o debería decir Aegon Targayen'', estaba sentado a un lado de la mesa flanqueado por sus hermanas, Davos Seaworth y Lord Royce. Al otro, Jaime, Tyrion y ser Barristan. Al menos en ellos sí podía confiar; ''ellos no me dejarían si supieran que no soy la última Targaryen''.

¿Noticias del Muro? – preguntó Jon Nieve cuando Dany se sentó.

Ninguna, alteza – respondió el enviado de la Guardia de la Noche – Enviamos tres partidas de exploradores hace un mes, pero nadie ha regresado –

Los capitanes y vasallos alrededor de la mesa quedaron en silencio mientras el mensajero relataba los hechos. Sólo se oía el crujir y sisear de los leños en la chimenea, al final de la larga sala común.

¿Cómo ha podido suceder esto? – gemía Lord Royce - ¿Cómo? Tres partidas y ni uno sólo regresa vivo… ¿Qué clase de locura les impulsó a ir más allá de lo que les habían pedido? –

Eso ya no importa – replicó Jon - ¿Tenéis esperanzas de que alguna patrulla regrese? –

No muchas, alteza –

Jaime volvió el rostro para mirar al hombre. Dany vio un destello de oro que la luz arrancó de las pupilas del Lannister, pero no habría sabido decir si era rabia o frustración. Jaime guardaba silencio a menudo durante el consejo, prefería escuchar antes de hablar, costumbre que ella imitaba siempre que podía.

Todos sabemos lo que ocurrirá si cruzan el Muro – dijo Jon.

El Muro los ha contenido durante milenios – intervino Tyrion.

¿Apostaríais vuestra cabeza a que lo seguirá haciendo? – preguntó Sansa, que parecía más airada que otra cosa.

El Muro es muy grande – añadió Dany – No podemos defender toda su superficie. Necesitamos saber dónde atacarán –

Jaime se puso en pie.

Yo lo averiguaré – dijo – Entregadme el mando de un grupo de hombres del… Pueblo libre, que conozca el norte del Muro, y encontraré ese ejército de muertos –

No lo haréis – replicó ella – No os doy mi permiso –

El pueblo libre no seguirá a Ser Jaime – añadió Davos.

No hará falta – ahora fue Jon quien se puso en pie – Iré yo –

Dany quedó muda de asombro.

No puedes salir de expedición – protestó Sansa – Eres el Rey en el Norte, no un explorador de la Guardia de la Noche –

Soy el único de aquí que los ha combatido – contestó Jon – El único que los conoce –

Ahora fue ella la que se puso en pie.

No os he dado permiso – repitió.

Con respeto, majestad, puede que Ser Jaime necesite vuestro permiso, pero yo no –

Jaime se volvió hacia ella.

Juré serviros, y es lo que voy a hacer –

Yo también iré con vosotros – dijo entonces Arya Stark.

¿Tú? – Jon se quedó boquiabierto.

Juré serviros, y es lo que voy a hacer – respondió Arya, con cierto tono de burla que, por suerte, Jaime no encajó mal.

Cuando terminó el consejo, tuvo que controlarse para no correr escaleras arriba hasta su habitación. Missandei la ayudó a despojarse de los ropajes para ponerse algo más cómodo; unos amplios pantalones de lana y una túnica de fieltro. Después, quedó a solas hasta que llamaron a la puerta.

Majestad – era la voz de Jaime.

Dany sintió que se le erizaba la piel. No estaba segura de qué había cambiado entre ellos, pero le aterraba la idea de separarse de él.

No quiero que vayáis – le espetó.

Yo tampoco quiero ir – respondió – Pero debo hacerlo –

¿Debéis? – protestó - ¿Por qué? –

Los caballeros y nuestros juramentos – hizo un gesto con la mano – ''Debemos proteger al rey'' ''proteger al inocente'' –

Hay muchos caballeros en nuestro ejército –

Tengo que ir -

Dany no se atrevió a negarlo. ''Y ahora me toca a mi contarle la verdad''

Hay algo que debéis saber, antes de marcharos –

''Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida''. Dany estuvo muy atenta a la mirada del caballero durante todo su relato. No quería que se le escapara ni un gesto, ni una mueca de disgusto. Pero no fue capaz de descifrar nada. Sus ojos eran de hielo verde.

Veo que habéis tenido una noche complicada – dijo cuando había escuchado todo – ¿Eso era todo? –

¿Todo? – frunció el ceño – Vuestra reina no tiene derecho al trono, tiene un sobrino que no conocía… ¿Acaso os da igual? –

No me importa si tenéis uno, cinco o quince sobrinos y si las leyes de Poniente dicen que tenéis más o menos derechos – Jaime sonrió – Sois y seréis mi reina –

Suspiró lentamente para asegurarse de que no le iba a faltar el aire. ''No me fallará jamás''

Id entonces, pero volved conmigo – le ordenó – No os atreváis a morir al Norte del Muro –

Tenéis mi palabra – se detuvo un momento, seguramente para pensar – Y vos prometedme que no haréis nada imprudente –

¿Imprudente? – buscó sus ojos - ¿Cómo qué? –

Como lanzarte a nuestro rescate si creéis- que corremos peligro – dijo – Quería decíroslo antes de que os hicierais matar en balde –

¿Pretendéis que me quede en Invernalia esperando vuestro regreso? –

Regresaré, os lo aseguro – dijo – Lo que no os aseguro es que regrese vivo –

Jaime soltó una carcajada, pero a ella no le hizo ninguna gracia.

Más os vale volver pronto, porque si no iré a buscaros – sentenció – Y no intentéis impedírmelo porque os aseguro que lo haré –

ARYA

Por fin se pondrían en marcha. Jaime Lannister fue el primero en montar. Ofrecía un aspecto muy gallardo a lomos de un brioso corcel alazán con crines del mismo tono dorado que la cabellera del propio Jaime. A su lado, Brienne de Tarth y, detrás de ella, un salvaje llamado Tormund Matagigantes, pero Arya prefería llamarle Tormund el de los muchos nombres. Se empeñó en recitarle toda una lista de estúpidos apodos.

Y ella tenía que marcharse con ellos, así que atravesó el patio a toda prisa para preparar su yegua. Mientras lo hacía buscó con la mirada la armería. Las paredes resonaban con el ruido de los martillos y los hombres corpulentos con delantales de cuero sudaban en el intenso calor inclinados sobre yunques y fuelles. Divisó a Gendry, con el pecho desnudo brillante de sudor, pero con la misma mirada terca de siempre en los ojos azules bajo el espeso pelo negro. Y, junto a él, Sandor Clegane. Por alguna razón se habían hecho ''amigos'' desde que se conocieron.

¡Eh! ¡Lobita! – la llamó el perro - ¿A dónde te crees que vas? –

¿A ti qué te importa? – respondió ella sin mirarle.

El Perro la cogió por un brazo y se la llevó aparte.

He visto salir al puto Matarreyes y a otros tres tipos a caballo – le dijo – No te creas que soy tan estúpido como para no darme cuenta –

Sí que eres tan estúpido –

Gendry se acercó hasta ellos.

¿Qué os pasa? – preguntó mientras se limpiaba el sudor con el delantal.

Tu amiga se va de expedición – le informó el Perro.

¡No me voy de expedición! – protestó Arya, a la defensiva – La gente entra y sale todo el rato, igual que yo –

Sí que te vas de expedición, y yo voy contigo –

No esperó confirmación. Se encaminó directamente hacia su caballo mientras se ataba la espada a la cintura.

¿A dónde vamos? – le preguntó Gendry mientras se enfundaba una cota de malla.

¿Tú? A ningún lado –

Vale, si no me lo quieres decir, no me importa – descolgó de la pared un enorme martillo de guerra – Pero voy contigo –

''Es un idiota testarudo'' – pensó – ''Que venga si le da la gana''. Pero en cuanto le vio caminar delante de ella se acordó de que era el único amigo que tenía y se arrepintió de no haber impedido que fuera con ellos. Corrió hasta ponerse a su lado.

¡Espera! – le dijo – Vamos al Norte del Muro –

¿Qué? – preguntó - ¿Por qué? –

No sabemos por dónde van a atacar los muertos – le explicó – El Matarreyes y mi hermano van a averiguarlo y yo voy con ellos –

¿Tú? Vas a hacer que te maten –

Quizá- admitió – Por eso es mejor que te quedes aquí –

Tonterías – Gendry echó a andar de nuevo – Alguien tiene que preocuparse de que vuelvas con vida –

Mejor preocúpate de que no te maten a ti – Arya frunció el ceño – Yo sé defenderme sola –

Para variar, no discutió con ella. Subieron a sus monturas y cabalgaron hasta el otro lado del puente levadizo, donde les esperaban Jon, el Matarreyes y el Perro, además de un grupo de seis salvajes. Emprendieron la marcha a caballo, a buen trote, en dirección al castillo negro. Ella prefería cabalgar en silencio, así podría pensar. Pero Tormund Matagigantes no parecía tener la misma opinión.

¿Decidme, muchachita, os sabéis alguna canción? – le preguntó – Daría cualquier cosa por tener alguien con quien cantar, en serio –

No soy una muchachita – replicó Arya – Y cantar es una tontería. Cantando se hace ruido, podríamos alertar a alguien y que nos maten –

La sonrisa de Tormund indicaba que él no opinaba lo mismo.

Hay peores formas de morir que con una canción en los labios –

Si hubiera enemigos por aquí – dijo el Matarreyes –, nos habríamos dado cuenta –

Pues a nosotros no nos visteis venir cuando llegamos – contestó Gendry.

Yo que tú no estaría tan seguro, muchacho – dijo el Lannistrer – A veces se sabe más de lo que se dice –

¿Te sabes la canción del oso? – preguntó el Perro.

Tormund dio un saltito en la silla.

A ver, gigantón, vamos a ver cómo cantamos juntos – Echó la cabeza hacia atrás y entonó – ''Había un oso, un oso, ¡un oso!, era negro, era enorme, ¡cubierto de pelo horroroso!'' –

El Perro lo acompañaba a voz en grito. Arya lo miró atónita. Incluso cantaba bien.

''Jamás me imaginé que el Perro hiciera nada bien, excepto asesinar''.

Poco más adelante, tuvieron que cruzar un arroyuelo. Cuando lo estaban vadeando, la canción asustó a una bandada de patos que echó a volar de pronto y casi la hacen caer de su montura, lo que hizo que Gendry se partiera de risa.

Al llegar al otro lado del arroyo, Tormund y el Perro reanudaron la canción. Si saber cómo, las canciones hicieron que las millas les parecieran más cortas. No tardaron mucho en divisar una posada en la que pasarían la noche. Al acercarse, Arya la observó detenidamente y con desconfianza. Había visto demasiadas cosas como para ser siempre muy precavida.

No encontrarás bandidos tan cerca de Invernalia – le dijo Jon a su espalda – No hace falta que desenvaines tu aguja –

Su hermano tenía razón, no parecía una guarida de bandidos. Parecía un lugar agradable, hasta hogareño, con las paredes encaladas, el tejado de tejas rojas y una columna de humo que se alzaba perezosa de la chimenea.

Uno de nosotros debería quedarse con los caballos – dijo Arya.

No es necesario, lobita, no les pasará nada – respondió el Perro, que la había oído – Entra y come –

Arya asintió y echó a andar en pos de Jon y Jaime. No apartó la mano del puño de la daga que llevaba a la espalda, por si no le gustaba lo que encontraba en el interior de la posada.

En el cartel pintado sobre la puerta se veía la imagen de algún antiguo rey en el Norte, que estaba de rodillas. Dentro se encontraba la sala común, donde les sorprendió un joven de no más de quinte años apuntando directamente a Jaime, que había entrado el primero.

¿Kraken, cuervo o lobo? - Preguntó el chico.

Preferiríamos un capón- Respondió Jaime- La ballesta es un arma de cobardes-

Pero igualmente atravesaría vuestro corazón con un movimiento de mi dedo-

Quizá- Respondió Jaime- Pero antes de que volvieras a cargarla mi amigo hará que las tripas se te derramen por el suelo-

Hizo un gesto señalando al Perro, que había entrado detrás de él.

No queremos hacerte ningún daño- Dijo Jon dando un paso adelante- Tenemos monedas para pagar comida, bebida y alojamiento-

Mostró su bolsa al chico que bajó unos palmos su ballesta, y después se fijó otra vez en Jaime.

¿Te conozco? - Preguntó alzando de nuevo la ballesta – Tu cara me resulta familiar -

Eso es porque maté a varios ballesteros- Respondió Jaime- ¿Tenéis cerveza? –

Sí...- Respondió el chico que se hizo a un lado para dejarlos pasar- Pero quiero que me deis vuestras armas.

No jodas – el Perro se abrió paso sin desarmarse y los demás le siguieron.

Les recibió una mujer muy alta y fea, con la barbilla abultada y las manos en las caderas. Les miró fijamente.

Vaya, menuda tropa – Exclamó - ¿Cuántos sois? ¿Diez? Tenemos un cordero muy bueno, asado con hierbas, y unos patos que ha cazado mi hijo. ¿Qué os pongo? -

Las dos cosas- Respondió Tormund abriéndose paso.

¿Querréis también unas jarras de cerveza? - Preguntó la mujer.

Sí, sois muy amable- Intervino entonces Jon.

¡Y vino! – Bramó el Perro.

La mujer se dio media vuelta y empezó a llamar a gritos a su marido.

¡Esposo! – llamó – Sube ahora mismo, tenemos clientes. ¡Esposo! –

Por las escaleras de la bodega subió un hombre, con un delantal sucio, sin parar de gruñir. Le llegaba a la mujer por el hombro, tenía el rostro lleno de bultos, y la piel amarillenta y colgante con marcas de viruela.

Ya estoy aquí, mujer, deja de gritar. ¿Qué pasa? –

Cordero y patos – le dijo – Para nuestros amigos – se volvió hacia ellos – Sentaos donde queráis, os traeré de beber – bajó la vista para apuntar a Arya – No tengo costumbre de servir cerveza a los niños, pero nos hemos quedado sin leche y el agua del río sabe a guerra. ¿Si os la sirvo os la beberéis? –

Arya sí – dijo Gendry tomándole el pelo.

Y Gendry también – respondió Arya.

Bah, deja en paz al chico – bufó el Perro – Venga, vino para todos –

Y necesitamos habitaciones limpias – le dijo Jon – Sólo para esta noche –

¡Esposo! – llamó la posadera.

Esposo había salido, pero nada más oír el grito se apresuró a entrar de nuevo.

¿Qué pasa ahora, mujer? Estaba cortando más leña para el fuego –

Necesitamos habitaciones para toda esta tropa – le dijo – Y dile al chico que abra un barril de vino –

No queda vino, sólo cerveza y sidra -

Brienne se sentó junto al Matarreyes en la mesa que había junto a la chimenea, mientras Tormund y sus salvajes ocuparon una larga mesa que había en mitad del salón. El Perro se dejó caer en un banco junto a la mesa situada más cerca de la puerta, y Arya y Gendry se acomodaron como pudieron junto a él.

Tormund alzó la voz y empezó a entonar.

''En una posada solitaria del camino'' – cantó – ''la tabernera era fea y no tenía vino'' –

Como no te calles no nos dará de comer – le advirtió Arya.

Tormund iba a responder, pero antes de que lo hiciera, el muchacho de la ballesta apareció con picheles de cerveza. El Perro le arrebató el suyo en cuanto pudo, bebió un largo trago e hizo un gesto para que se lo rellenara.

¿Te han dicho ya a donde nos dirigimos? – preguntó Gendry mirando al Perro.

A matar a alguien, seguro – respondió el Perro – Si no qué coño hace aquí el Matarreyes –

Vamos al Norte del Muro – dijo Gendry – A buscar a los muertos –

¿Buscarlos? ¿Para qué? – bufó – Ellos vendrán a nosotros –

Si tienes miedo puedes volver a Invernalia – dijo Arya.

Tú calla mientas los mayores estén hablando. Bébete la cerveza y cierra el pico –

Los mayores hablan demasiado, y no hace falta que me digas que me beba la cerveza –

Para demostrarlo, bebió un buen trago. Le sabía tan bien como los sorbitos de vino que su padre le dejaba probar cuando era pequeña. Entre eso y el aroma que salía de la cocina provocaron que a Arya se le hiciera la boca agua.

El joven criado reapareció con grandes hogazas redondas de pan. Arya arrancó un buen pedazo y lo devoró con mordiscos hambrientos. Pero costaba mucho masticarlo, era de miga densa y grumosa y estaba quemado por abajo.

Qué pan tan malo – se quejó Gendry – Está quemado y encima es duro –

Te sabrá mejor cuando lo mojes en salsa – señaló el Perro.

Mentira, no te sabrá mejor – replicó Arya – Pero al menos no te romperás los dientes –

Pastel Caliente lo habría hecho mejor – dijo Gendry.

Seguro que sí – le aseguró Arya, recordando a su amigo que conoció en Desembarco del Rey. Le entusiasmaba hablar de panes, empanadas, pasteles y todas esas cosas que tanto amaba.

A los pocos minutos esposo salió de la cocina con una gran bandeja de cordero asado, seguido por el chico de la ballesta, que traía otra con los patos. El cordero estaba tierno y jugoso, al igual que el pato, asado con frutos y casi sin grasa. Comieron gustosamente hasta quedar saciados y, al terminar, Arya salió a respirar un poco antes de ir a dormir.

Es peligroso para una niña andar por ahí sola, lobita – le advirtió el Perro.

No soy una niña – replicó Arya, ofendida.

Sí que lo eres. Si no, ¿por qué rechazas a ese amigo tuyo? Me huelo que no te pondría muchas pegas. A ese chico le gustas, salta a la vista –

''A Gendry sólo le gusta aporrear cascos con su martillo'' – pensó Arya – Se concentró en los copos de nieve que caían para que el Perro no viera que se había puesto roja – Ese idiota no me gusta nada, sólo es mi amigo – se recordó – Entonces, ¿Por qué me sonrojo como una estúpida princesa? –

Por lo visto a todo el mundo le parecía que Gendry era un chico muy guapo. Era alto, fuerte, de espeso cabello negro y ojos azules. Pero seguía siendo un idiota testarudo.

¿No te gusta ese chico? – le preguntó el Perro mientras apuraba otra cerveza.

¿Y a ti que te importa? – '' ¿Qué puedo decirle que sea creíble?''.

Sí que te gusta – se echó a reír – Pues corre y díselo, lobita, ¿o vas a esperar a que a ti también te corten la cabeza? –

Arya notó que volvía a ponerse roja.

Soy demasiado joven para casarme –

¿Casarte? – El Perro soltó otra carcajada - ¿Y para qué te vas a casar? –

Y podría dejarme embarazada –

Vamos a morir todos antes de que te de tiempo a parir a ningún hijo –

Déjame en paz – dijo Arya cuando se quedó sin argumentos.

Déjame en paz a mi – replicó – Yo estaba aquí antes, búscate otro sitio para murmurar –

Volvió a entrar en la posada y dio un portazo con todas sus fuerzas para asegurarse de que el Perro entendiera lo enfadada que estaba. Esa noche también soñó con lobos.