Disclamer: Todos los personajes y parte de la trama pertenecen a los creadores originales de Miraculous y no a mí. Escribo esta historia sin ánimo de lucro, solo para entretener.

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Nota de la Autora: Empecé a escribir esta historia a mediados de la S4 de miraculous, y aunque lo haya terminado ahora he seguido con la idea original y los esquemas de la trama que realicé en su momento, luego no hay ninguna alusión a la S5 (a lo que sabemos de ella por el momento). También quiero hacer una pequeña advertencia sobre el modo en que está narrado este fic; aconsejo que pongáis atención a la fecha con que empieza cada capítulo porque hay algunos saltos en el tiempo y si no tenéis en cuenta la fecha, os perderéis en los hechos. Sin más, espero que os guste este fanfic Adrianette ^^ ¡Gracias por leer!

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Abrázame Fuerte

(Y sonríe a la cámara)

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21 de Enero

Que estoy solo en medio de un montón de gente…

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Con un click de su ratón, todas las fotografías de Ladybug quedaron restauradas en su carpeta. El rostro de la heroína le miró desde las distintas imágenes, tan hermoso y decidido, como con un orgullo inventado por haber recuperado su lugar, aquel que le había sido arrebatado unas horas antes. La esperanza perdida también regresó para llenar su corazón de todos esos sentimientos tan familiares y queridos. Adrien se dijo que era bueno volver a sentirse así aunque algo no fue como esperaba.

No hubo estallido de emoción dentro de él, y a pesar de que contempló esas fotos con el mismo aire de embeleso y pasión de siempre, su respiración no se aceleró, sus latidos recuperaron su ritmo habitual demasiado deprisa.

Ni tan siquiera suspiró.

Qué extraño pensó arrugando un poco la nariz.

No comprendía la falta de entusiasmo de esta vez. Aunque, tal vez, tuviera que ver justo con eso: esta vez. Porque no era la primera vez que Adrien renunciaba a sus sentimientos por Ladybug y, horas después, cedía y se entregaba a ellos con mayor fervor que antes. No era la primera y por eso, todo el proceso le resultó demasiado familiar, previsible e incluso automatizado. Recuperar las fotografías, zambullirse de nuevo en los viejos sentimientos, saborear la frescura de la adictiva esperanza que le cantaba al oído: todo puede ser distinto la próxima vez.

Todo eso ya lo había hecho, ¿verdad?

Pero nunca resultaba distinto. Ese era el problema.

—No pareces muy contento —comentó Plagg, flotando en torno a su cabeza mientras abrazaba una porción de queso entre sus patitas—. Y no entiendo por qué.

. ¡Todo ha salido genial para ti!

—¿Ah, sí?

—Has hecho las paces con Ladybug después del malentendido de la pareja del año —le recordó—. Y esta mañana has ganado la competición de esgrima.

—No fue solo un malentendido, Plagg.

—¡Pero está resuelto! —insistió él. Se tragó el queso con un gracioso estremecimiento de gusto y se acercó a la pantalla donde todavía brillaban las fotografías de la heroína—. ¿Esto significa que no vas a darte por vencido?

La respuesta natural, y eso era justamente en lo que Adrien había estado pensando todo el día, era sin duda: ¡Pues claro que no!

¿Verdad?

Renunciar a su amor no era una opción, o eso había pensado siempre. No obstante, calló. Algo le impidió hablar y en su lugar, soltó un ruidoso resoplido al tiempo que se dejaba caer sobre el respaldo acolchado de su silla.

Sus ojos bajaron al suelo y se encontraron con las sombras irregulares y alargadas del cristal del ventanal que tenía a su espalda. Los últimos atisbos de un sol demasiado cálido y resplandeciente para ser enero se arrastraban por las paredes del cuarto y llegaban hasta él como garras de confusión que se aferraban a su cerebro y no le permitían pensar con claridad.

—¿Qué pasa ahora? —quiso saber Plagg.

El chico no estaba seguro. Sabía que debía estar feliz porque, más o menos, todo se había resuelto y no lo estaba, o no del todo. Siguió la luz rojiza hasta donde ésta arrancaba destellos dorados a su nueva copa de esgrima. No es que los trofeos le hicieran especial ilusión, pero sonrió al recordar la alegría de su equipo y la presencia de sus amigos en la final. Había visto a Nino, a Alya grabando imágenes con su móvil para la web de la escuela, a Kagami que le miraba con algo parecido a una mueca de satisfacción.

Todo estaba bien, ¿por qué no lograba sentirse feliz, después de todo?

—Marinette.

—¿Eh?

—No estaba en la competición de esgrima —Se dio cuenta—. ¿Verdad?

Plagg parpadeó, confuso o aburrido, antes de encogerse de hombros.

—¿Y qué? —preguntó—. Estaría en su casa horneando algo.

—O a lo mejor estaba declarándose a pastelito —Se le ocurrió de pronto. Se llevó una mano a la barbilla—. Me pregunto quién será ese chico.

—¿No sabes quién es? —inquirió Plagg con un tono muy particular que hizo que Adrien se irguiera sobre la silla—. Es obvio: el músico.

—¿Luka?

—Tú dijiste que eran novios, ¿no?

—Creo que rompieron —replicó Adrien, torciendo la boca en un gesto de fastidio—. Aunque es difícil saberlo para mí.

Estaba molesto con ese asunto porque si sabía algo sobre ello había sido por pura casualidad. Ni Marinette ni ninguno otro de sus amigos le habían contado nada al respecto. Por mera cuestión de suerte, Adrien se había ido topando con pedacitos de información con los que logró armar, de manera precaria, los hechos que habían rodeado la relación de su amiga. Así que no podía estar seguro de tener razón en todo.

Y por desgracia, le habían dejado claro que nadie le confirmaría o le desmentiría esas ideas.

—Es como si no quisieran que yo me enterara de nada —Se quejó Adrien, cruzándose de brazos—. Es obvio que aún no me tienen tanta confianza.

—¡Tonterías! Ya llevas mucho tiempo en esa clase.

—Pero siempre seré el que llegó después —Se lamentó, dejando que sus brazos resbalaran hasta los asideros. Su cuerpo también se deslizó hacia abajo, curvándose—. Todos ellos se conocían de antes, pero a mí no.

—¿Acaso la antigüedad tiene algo que ver con la confianza?

Adrien pensó en ello y sintió que el ánimo se le bajaba todavía más, mucho por debajo de las rodillas, hasta las pies o puede que incluso por debajo de las desgastadas y sucias suelas de sus zapatillas.

—Tienes razón, Plagg —asintió, frustrado—. No tiene importancia.

Recordó con amargura que él había sido el primer compañero de Ladybug, el más antiguo del equipo y eso no parecía importar a la chica que cada vez se valía de más portadores nuevos para crear su equipo y enfrentarse a los villanos. Daba la sensación de confiar más en ellos y menos en él, al que apartaba de un modo sutil, aunque lo bastante evidente como para que se sintiera alejado.

Sería, entonces, que la confianza no tenía que ver con el tiempo que hacía que dos personas se conocían sino con algún otro aspecto que, o bien a él le faltaba o si lo tenía, no era capaz de mostrarlo de manera adecuada. Porque lo que era indudable era que le estaba ocurriendo lo mismo como Adrien que como Chat Noir, y en ninguno de sus dos roles sabía cómo remediarlo.

En medio de esa nube de malos pensamientos, por alguna razón, volvió a pensar en Marinette. Esta vez no experimentó, al menos no en un principio, la alegría y la paz tan singulares que solían embargarle siempre que pensaba en su amiga.

—Creí que Marinette me contaría algo así —continuó el chico—. Que ya nos teníamos suficiente confianza.

Sus hombros se hundieron, así que solo pudo oír la vocecilla pastosa de Plagg por encima de su cabeza, hablando mientras masticaba un nuevo pedazo de queso.

—Yo creo que ya tienes bastante confianza con ella —opinó sin alterarse—. Incluso puede que demasiada…

. ¿No te ha pedido ayuda a ti para su entrenamiento?

Cierto. Bueno, no del todo. Se lo había pedido a Chat Noir.

El entrenamiento para declararse recordó y sus labios quisieron sonreír.

Se incorporó un poco al rememorar todo lo que habían hecho el día anterior. Marinette estaba tan graciosa soltando ese curioso discurso Tengo dos soles en mi corazón… querido pastelito… dime que me quieres como yo te quiero… Sintió el impulso de reír al acordarse y Plagg, viéndole más animado, le guiñó un ojo.

¿De dónde se habrá sacado ese discurso? Volvió a preguntarse. Lo cierto es que era tan meloso y rimbombante; nada que ver con las bonitas y sinceras palabras que le dedicó después.

¡No a él, claro!

Al tal pastelito.

Esa sí que era una declaración preciosa, mejor que ninguna de las que él había ideado para su lady nunca.

Eso era lo que Adrien había aprendido después de pasar el día con su amiga. Que sería mejor dejar a un lado los grandes gestos, las petulantes artimañas románticas, las reverencias, las rosas… Resultaba mucho más conmovedor ser uno mismo, actuar como te dicta tu instinto y decir la verdad, sin adornos excesivos.

Igual que había hecho Marinette.

En cuanto ese chico, fuera quien fuera, escuchara su bonita declaración, caería rendido de amor. ¡Nadie podría resistirse a palabras tan dulces y apasionadas! Si hasta a él se le había acelerado el corazón al oírlas; y cuando contemplara la carita amorosa y delicada de ella al decirlas…

Adrien se puso en pie tan de golpe que Plagg soltó un alarido y se alejó dando vueltas en el aire. Caminó sobre las líneas sombreadas del suelo, aplastando los últimos haces de luz del día y se asomó al ventanal. La tonalidad ocre estaba tiñendo la superficie de los tejados, las chimeneas y las azoteas mientras el viento empezaba a levantarse con fuerza.

—¿Quién será, Plagg?

—¿Qué?

—El chico al que Marinette va a declararse —Formó una línea con sus labios, reprimiendo algo que no supo bien qué era, cuando se obligó a especificar—. El chico del que está enamorada.

. ¿Por qué parece que nadie quiere que yo lo sepa?

Junto al reflejo de su cara en la ventana, emergió, como salido de la nada el espíritu. Parecía un pequeño demonio malévolo, sonriéndole sobre su hombro, con sus ojos verdes robando el fulgor de los rayos del sol sangrante.

—¿Y por qué quieres saberlo tú?

Pues porque si sé quién es, yo podría…

No pudo terminar la frase al darse cuenta, con sorpresa, de que no sabía cómo terminaba. La opción más lógica, la más natural: Yo podría ayudarla se resistió a ser pronunciada.

No es eso, descubrió Adrien con clara incredulidad. Eso no era lo que quería decir, aunque tampoco sabía lo que podía ser. Se sintió muy confundido y por alguna razón, un poco culpable.

Fue una sensación que le acompañó durante el resto del día, también esa pegajosa y cada vez más angustiosa necesidad de saber quién era ese chico que volvía tan loca a su amiga que la pobre no podía ni decirle lo que sentía.

¿Quién sería?

¿Le conocería él?

¿Los había visto juntos y no se había dado cuenta?

Las preguntas le persiguieron hasta cuando se hizo de noche del todo, mientras se ponía el pijama y se metía en la cama. Aun con la luz apagada, Adrien siguió observando esos interrogantes revoltosos sobre las protuberancias del techo de su cuarto, listos para saltarle a la cara y abofetearle por ser tan tonto.

Se acabó se dijo, tumbándose de lado y apretando los párpados. ¡Basta!

Se quedó mirando la sombra gris de la luna lamiendo el suelo de la pequeña cancha de baloncesto, haciendo aún más intenso el color blanquísimo de su sofá. Su corazón empezó a apaciguarse, las extremidades le pesaban sobre el colchón y su cuerpo, tenso y enardecido todo el día, por fin parecía ablandarse, entregándose al descanso.

Pudo dejar de preguntarse tonterías, y su mente adormecida, le mostró simplemente el rostro de su amiga. Su rostro relajado, solo un poco ruborizado sus pómulos, sus delicados labios moviéndose despacio mientras recitaba la declaración nacida de su corazón y no de su cabeza, con ese brillo incandescente en sus pupilas ensombrecidas por la noche que la rodeaba.

Ahora ya estoy lista…

Te quiero…

Adrien.

Convulso y desorientado, Adrien se despertó y miró, antes que a cualquier otra cosa, al reloj que tenía en su mesilla. Los números en color rojo brillaban emborronados en sus ojos aún sellados por el sueño. Le pareció que solo llevaba dormido un par de minutos, pero descubrió que habían pasado varias horas.

Varias horas en las que había estado soñando de un modo intenso y agitado, y lo que era aún más curioso, a pesar de la brusquedad con que había despertado, o quizás justo por eso, tenía en su cerebro las imágenes que habían poblado ese sueño aún claras, aún frescas. La que con más fuerza recordaba, la última que había visto antes de despertar, era también la última que vio antes de quedarse dormido.

El rostro de Marinette hablándole, mirándole fijamente. Sus palabras, había vuelto a oírlas, todas las que le dijo la otra noche, en el mismo orden y sin que vacilara ninguna. Pero con una pequeña diferencia: en su sueño, el discurso de su amiga finalizaba con una palabra que no había estado ahí cuando lo oyó.

Adrien.

Su nombre.

Pero no, él estaba seguro que ella no había dicho su nombre. Ni el suyo, ni el de nadie. Sin embargo este se había acoplado a su sueño, ocupando un lugar que parecía pertenecerle. Como si le hablara a él, como si ese discurso hubiese sido para él.

Pero no lo era. Marinette no había puesto su nombre ahí, había sido él. Su cerebro, ¿por qué lo había hecho?

Adrien, sentado en su cama, se llevó las manos a la cabeza y respirando despacio buscó algo más. Las imágenes empezaban a difuminarse, se alejaban de su consciencia y él no podía permitirlo. Alargó la mano hasta su mesilla para encender la luz de la lámpara y descubrió sobre esta el amuleto de colores que Marinette le regaló hacía ya tanto tiempo. Las piezas de plástico resplandecieron por acción de la bombilla. Adrien lo cogió entre sus manos y lo contempló, más concentrado que nunca.

El amuleto, pensó. ¿Había soñado con él?

Lo miró con mayor escrutinio y tuvo la sensación de que sí. Habría soñado con aquel día, en el cuarto de la chica, jugando videojuegos. ¿Por qué? Aquel día no pasó nada. Se acordaba del momento en que se lo dio, su sonrisa amistosa, el sol entrando por la ventana, el olor de la comida.

¡La comida que sus padres no dejaban de subir al cuarto!

Marinette no para de hablar de ti.

Recordó, casi como si lo estuviera viendo ante sí, a la madre de Marinette sonriéndole mientras lo decía. Y también el chillido avergonzado de la chica desde las escaleras. Supo que había sido eso, justo eso, con lo que había estado soñando.

Qué raro, ¿por qué soñaría con algo así? Se preguntó, apretando el amuleto en su palma Dijo que Marinette no paraba de hablar de mí.

Ni siquiera entonces se paró a pensar en ese comentario, sin embargo su cerebro lo había guardado en algún sitio y ahora había decidido dejarlo libre. ¿Y si había más cosas que él había guardado en su mente, sin saberlo, y que habían sido liberadas a través del sueño?

Apartó las sabanas y apoyó los pies en el suelo para pensar algo más, pero no se le ocurrió nada. Volvió a mirar el amuleto, pero este no trajo más recuerdos. Se puso en pie, disgustado y empezó a moverse por el cuarto, necesitaba recordar y estaba claro que para eso necesitaba estímulos.

¡Ah!

Se movió raudo hacia su escritorio y rebuscó en uno de los cajones. Allí encontró un cuaderno de cuando era pequeño, en el interior de la tapa había guardado aquel post it tan gracioso que Marinette le había escrito un día que fue a llevarle los deberes.

—Aquí —murmuró al verlo. Repasó las letras y el dibujo con los ojos, hasta con la punta del dedo. Rebuscó de nuevo en el mismo cajón y encontró la carta anónima de San Valentín; las letras le seguían pareciendo iguales, más incluso que la primera vez que las vio—. ¿Y si sí la escribió ella?

Observó con atención ambas cosas, pero ningún recuerdo acudió a su mente esta vez. Frustrado, cogió el cuaderno para guardarlo todo pero entonces, de este se cayó un viejo papel algo arrugado.

—Oh —Se trataba de aquella receta médica que Marinette le dio justo antes de su viaje a Londres, no sabía que también lo había guardado.

Nunca te lo he bicho… ¡Dicho!... Pero lo que más quiero en el mundo está escrito en este papel.

Y solo tú me lo puedes dar.

Otra vez, el recuerdo se le apareció ante los ojos, como si fuera una grabación. Los sonidos de la estación, el aire viciado por la cantidad de personas en el andén. Adrien volvió a verlo todo, pero más concretamente se fijó en el modo en que Marinette se encogía al hablar, mirándose los pies después de darle la nota, hablando muy deprisa, con altibajos en su tono por los nervios.

Vio otra vez, el momento exacto en que ella alzó sus ojos, ruborizada, justo cuando dijo:

Solo tú me lo puedes dar.

Se frotó la cara cuando la imagen se desvaneció. ¿Cómo pudo no resultarle extraño nada de eso? Nadie diría algo así para pedirle a otra persona que le compre una medicina.

Debió de confundirse de papel entendió por fin. Marinette tenía la intención de entregarle otra cosa pero se confundió. Y esa otra cosa, comprendió con incredulidad, no podía ser nada más que… ¿Y si era una carta de amor?

Observó el papel con la receta y el poema de San Valentín.

¿Y si Marinette le envió aquel poema, olvidando firmarlo, y al no recibir respuesta por su parte lo volvió a intentar? Solo que esta vez, se equivocó con el papel.

Es una locura negó él. Sé bien que Marinette no está enamorada de mí. ¡Me lo ha dicho varias veces! Se recordó. Una vez, tras la emisión del programa de Jagged Stone y otra, en el museo de cera.

Sintió un pinchazo en su cabeza e hizo una mueca. Sus ojos se cerraron y otro extracto del sueño se precipito ante sus ojos.

¡Hay más fotos de este tipo que mías!

Creo que la hija del panadero está enamorada.

Adrien volvió a ver la expresión ufana de Stone mientras hablaba, con la cara llena de harina que no ocultaba del todo esa expresión jovial, un poco guasona; la clase de expresión sabihonda que pone un adulto cuando se burla de un niño.

Quiso pensar en lo que eso significaba, pero un nuevo pinchazo le obligó a bajar la cabeza y colocarla entre sus rodillas, azotado por un espasmo. Aun así pudo ver ante sí el interior del museo, con las figuras de cera decorando la sala y las puertas del ascensor arrojando su luz blanquecina a su espalda. Volvió a ver la mirada huidiza de Nino y sus aspavientos histéricos.

¿Ella… me odia?

¡No, tío! ¡Le gustas mucho! ¡O sea… no! ¡O sea… sí! O sea un poco, ¡un poco! Pero mucho… ¿Lo pillas?

—Ah —Adrien gruñó frotándose la cabeza de nuevo—. ¿Qué estaba tratando de decirme con todo eso?

. A lo mejor… ¡No, ella me lo dijo! ¡Dos veces! No me ve de esa forma aunque…

¿Cuándo se lo dijo?

Adrien se deslizó hasta el suelo, apoyando la espalda en el escritorio y volvió a pensar en esos dos momentos. La grabación de Jagged Stone, él había visto su cuarto empapelado con sus fotografías. Entonces, ¿y si lo negó solo por vergüenza?

Y en el museo… ¡Lo mismo!

Porque se lo dijo justo después de la broma de la estatua.

¡Pues claro!

Después de algo así, ¿cómo podría admitirlo? Debía estar muy avergonzada, quizás incluso temía que él pensara que estaba loca u obsesionada.

—Pero, entonces eso significa… —Adrien apartó las manos de su cara y se quedó mirando al suelo—. No sé si es posible, puede que me lo esté imaginando todo.

. Me he equivocado tantas veces con ella, desde que nos conocimos y casi hice que me odiara por culpa de ese chicle que…

Otro pinchazo, más fuerte que los anteriores, le golpeó tan de lleno que esta vez se le escapó un gemido de dolor.

La primera vez que te vi te juzgué mal, pensé que solo eras un crío superficial.

Ahora te conozco y sé cómo eres de verdad: dulce, sincero y generoso…

—¿Adrien? —Escuchó la voz de Plagg frente a su cara y trató de abrir los ojos. El Kwami, aún con restos del sueño en su semblante le miraba confuso—. ¿Qué haces?

. ¿Estás jugando a algo? ¿Tienes hambre?

—Plagg —murmuró, aún con los dientes apretados. Respiró hondo, dejando que el dolor se alejara de él—. Ya sé quién es el chico del que está enamorada Marinette —Y solo cuando pronunció esas palabras se convenció del todo del significado de todas esas señales que su cerebro había guardado; lo que querían decir cada balbuceo, cada tropezón, cada palabra fuera de lugar, cada sonrisa, cada sonrojo. Lo supo sin más. Y estuvo seguro de estar en lo cierto—. Soy yo.

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Entre las sombras de la noche es fácil confundirse.

Es fácil creer que algo es una cosa y que resulte ser otra, por eso hay que esperar a la luz del día para poder estar seguro de lo que ves.

A la mañana siguiente, Adrien se despertó agotado y un poco más vacilante en las conclusiones a las que había llegado la madrugada anterior. La noche había sido tan convulsa que todo parecía irreal, tanto que podría haberlo desechado con facilidad, todas sus ideas y recuerdos podrían haber regresado a ese lugar oculto de su cerebro y permanecer allí hibernando hasta otro momento de lucidez.

O quizás nunca más se habrían manifestado de nuevo.

Podría haber ocurrido de no haber sido por un detalle.

Era algo que Adrien no comprendía del todo, que le causaba estupor y confusión, pero que era lo bastante intenso como para que no pudiera darle la espalda. Cuando se dio cuenta y se atrevió a aceptar que Marinette estaba enamorada de él y así mismo, el hecho algo cuestionable de que quizás él lo había sabido siempre pero algo no le había permitido acceder a esa información en su cerebro, ocurrió otra cosa: Adrien se sintió feliz.

De hecho, se sintió muy feliz.

Por alguna razón que aún no llegaba a comprender, que Marinette le quisiera le hacía tremendamente feliz.

—¿Por qué estás tan contento? —Le preguntó Plagg, aquella noche, después de que Adrien dejara de rechinar sus dientes y lograra ponerse en pie—. ¿Esto no te supone un problema?

Y tenía razón.

Desde el punto de vista de la lógica, que su amiga se hubiera enamorado de él era un problema porque Adrien ya amaba a otra. Y en ese caso, no le quedaba más remedio que hablar con Marinette y romperle el corazón. Eso era algo horrible, por nada del mundo quería hacerla daño. Así que sí, visto así, era un problema. El punto era, sin embargo, que en ningún momento se le había pasado por la cabeza rechazarla.

Esa sería la consecuencia inevitable si ella se animara a declararle su amor, ¿verdad? Pero es que ni siquiera en ese caso podía Adrien imaginarse a sí mismo rechazando esos hermosos sentimientos.

—¿Qué significa eso? —inquirió Plagg—.¿Qué le dirás que sí? ¿Qué también la amas?

. ¿Es eso cierto?

Adrien se encogió ante tantas preguntas y fue más consciente aún de lo oscuro que estaba fuera, de lo tarde que era, del frío que se colaba desde el exterior. Estaba confundido por el sueño y aturullado por sus emociones. Decidió que no era el momento de pensar, ni de decidir nada.

—Tampoco estoy seguro de tener razón —reculó, sobre todo para abandonar esa conversación. Volvió a la cama, al calor y a la seguridad de sus sabanas—. De hecho, lo más probable es que me equivoque y Marinette no sienta nada de eso por mí.

Ahora era un nuevo día y los rayos del mismo sol grandioso y sonriente caían sobre él y sus pensamientos, dejándole sin lugar donde ocultarse. Quizás por eso, acudió al instituto con cierto nerviosismo, como si fuera él quien ocultaba un secreto que asomaba por sus bolsillos y todos podrían ver si no tenía cuidado.

Permaneció en la calle unos minutos después de que el coche de su padre se hubiera ido, revisando su interior en busca de algo de serenidad a la que agarrarse. Había expectación en su pecho cuando empezó a subir los escalones de la entrada, y su espalda se estiró envarada al traspasar el umbral del centro aunque no encontró a nadie al otro lado. De camino a su clase descubrió, con algo de culpa, que esa alegría que le produjera el descubrimiento todavía estaba ahí, medio oculta por los nervios, pero sin duda se dejaba notar y espoleaba sus movimientos rígidos para que caminara más rápido.

Oyó la algarabía antes de cruzar la puerta de la clase.

—¿Qué ocurre? —murmuró asombrado.

Nadie estaba en su sitio. Sus amigos y compañeros estaban todos, alborotados y felices, alrededor de la mesa de la profesora y aunque Adrien se estiró sobre las puntas de sus pies, no alcanzó a ver lo que pasaba.

—¡Tío! —Le saludó Nino, acercándose a él mientras aún se chupaba los dedos—. ¡Marinette nos ha traído macarons de la panadería para desayunar y están de alucine!

. ¡Corre, ve a coger uno antes de que se acaben!

Le dio un ligero empujón y Adrien trastabilló hasta el grupo cuando la gente ya empezaba a alejarse, con el dulce en sus manos o la boca llena. A través de los cuerpos de los que quedaban llenándose el estómago logró ver parte de la cabeza de su amiga y sintió que, de manera absurda, el corazón le daba un vuelco. Pero no se detuvo, el olorcillo de los macarons le atrajeron igual que a una abejita la atrae el néctar de una flor.

Y exactamente como le ocurre al insecto, que primero zumba enloquecido por la belleza de la flor, Adrien se quedó ensimismado observando la dulzura en el rostro de Marinette mientras repartía sus creaciones entre los demás.

Fue ella quien le vio y sonrió.

—¡Adrien! —exclamó feliz, encantada de verle. Y por fin él reaccionó, acercándose con pasitos cortos.

—¡Hola! —saludó también contento. Observó los pequeños macarons de colores y su olor, aún más penetrante, le hizo suspirar—. ¡Qué buena pinta!

. ¿Puedo coger uno?

—¡Pues claro! —No obstante, cuando el chico acercó la mano a la caja, ella le detuvo—. ¡No, espera! —Se desequilibró un poco al rebuscar con una mano en el pequeño bolsito de su cadera pero logró evitar la caída de la caja, antes de mostrarle un macaron ligeramente más grande que los otros y que iba envuelto de manera individual con papel celofán—. Coge este.

—¿Este? —preguntó él—. ¿Es distinto?

—Ah… sí… es que… este es de tu fruta favorita —Le explicó—. Fruta de la Pasión, ¿no?

Adrien dio un respingo.

—Pues sí —Volvió a mirarlo, fijándose en lo perfectamente horneado que parecía, en el delicado dibujo del papel transparente con que se había envuelto y la cinta rosada que lo cerraba formando un lacito—. ¿Lo has hecho especialmente para mí?

—¿Qué? —El rostro de Marinette cambió. Se tensó y se coloreó en menos de un segundo y su sonrisa, nerviosa, dejó escapar un temblor en su voz—. ¡No! No es eso… es… verás… Me quedaba solo un poco de fruta de la pasión en casa, ¡lo justo para un solo macaron! Y después recordé que era tu favorito y por eso decidí guardártelo.

. ¡Ha sido pura casualidad!

Casualidad repitió Adrien en su mente. Por lo general, no se le ocurriría razón alguna para desconfiar de esa explicación, así que decidió creerlo con la misma naturalidad con que siempre lo había hecho.

—¡Pues gracias, Marinette! —respondió, alargando la mano para cogerlo.

Al hacerlo, sus dedos rozaron la mano de la chica y por un instante, Adrien fue consciente del estremecimiento que vibró en el cuerpo de su amiga. Nunca antes se había fijado, pero al notar la calidez de su piel, y ese leve temblor, alzó la vista hacia su rostro y fue testigo de cómo el rubor estallaba en sus mejillas, esparciéndose por la blancura de su cara, sus ojos se agrandaban un poco, resplandecientes y una encantadora sonrisa se alargaba con candor para él.

Fue una de esas visiones extrañas y a la vez extraordinarias que nadie espera ver; como el instante preciso en que una flor abre sus pétalos o cuando el primer copo de nieve del invierno cae sobre tu nariz.

Algo inesperado, bello y especial.

Y él pudo verlo, por una vez, tenía los ojos abiertos y el corazón listo para comprender.

—Espero que te guste —murmuró ella.

Adrien no pudo moverse durante unos segundos, hasta que volvió en sí, torciendo la cabeza al sentir un repentino calor en sus pómulos.

—Sí —respondió sin dudar, atrapando el macaron. La alegría de la otra noche, ahora mucho más intensa estrujó su corazón. Él tenía razón, no podía estar equivocado. Marinette estaba enamorada de él tal y como le había demostrado su sueño; podía desconfiar de eso pero no de lo que estaban viendo sus ojos en ese instante. Ella le amaba y eso le hacía más feliz de lo que podía creer—. Me encantará.

Porque, y de eso también acababa de darse cuenta en ese inesperado, bello y especial segundo, él también sentía algo por ella.