Disclamer: Todos los personajes y parte de la trama pertenecen a los creadores originales de Miraculous y no a mí. Escribo esta historia sin ánimo de lucro, solo para entretener.

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Nota de la Autora: Empecé a escribir esta historia a mediados de la S4 de miraculous, y aunque lo haya terminado ahora he seguido con la idea original y los esquemas de la trama que realicé en su momento, luego no hay ninguna alusión a la S5 (a lo que sabemos de ella por el momento). También quiero hacer una pequeña advertencia sobre el modo en que está narrado este fic; aconsejo que pongáis atención a la fecha con que empieza cada capítulo porque hay algunos saltos en el tiempo y si no tenéis en cuenta la fecha, os perderéis en los hechos. Sin más, espero que os guste este fanfic Adrianette ^^ ¡Gracias por leer!

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Abrázame Fuerte

(Y sonríe a la cámara)

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3 de Febrero

Mi cabeza da vueltas persiguiéndote…

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El tres de febrero amaneció demasiado oscuro, incluso un poco lúgubre, para lo que los franceses estaban acostumbrados en aquel invierno que llevaban tan seco y cálido. El sol estaba ahí, por supuesto, era una pequeña moneda plateada entre las nubes blancas que encapotaban el cielo. Su luz era de una tonalidad pálida y sucia que barría las calles de la ciudad de manera desalentadora para los viandantes.

Adrien lo vio, y supo que aquel sería un día tenebroso incluso antes de que amaneciera del todo.

Había estado despertándose antes de la salida del sol todos los días desde enero, desde el día del macaron. Tenía siempre tantas tareas y responsabilidades que no le había quedado más remedio que robarle horas al sueño para dedicarse a un proyecto de suma importancia para él, por eso, no le importaba madrugar tanto.

A diferencia de Plagg.

—¡Ahhhh! —El pequeño soltó un enorme y ruidoso bostezo, con los ojos semi cerrados y llenos de lágrimas—. ¡Aún es de noche! —Por más que Adrien le suplicaba que tuviera cuidado, el espíritu no podía evitar quejarse en voz muy alta.

No quería que nadie le descubriera en esos momentos de reflexión.

Se cuidaba mucho de no hacer ruido, ni siquiera encendía la luz del cuarto, solo una o dos lámparas para ver algo. Si Nathalie le encontraba despierto a esas horas querría saber en qué andaba, para luego contárselo a su padre y aunque Adrien sabía que no se trataba de nada malo, aún no estaba seguro de querer compartirlo con Gabriel.

Aunque a lo mejor Nathalie podría ayudarme pensaba de vez en cuando. No sabía mucho de la vida amorosa de la mujer antes de empezar a trabajar con su padre y aunque en esos momentos tenía sus sospechas sobre esa relación tan particular que ambos mantenían, era obvio que habría estado enamorada antes. Habría tenido un primer amor. Y tal vez tuviera algún consejo que pudiera compartir con él. Lo que ni siquiera se había planteado hasta el momento era preguntar a su padre al respecto.

Nathalie, mi padre, por desgracia, no tenía muchas más opciones.

¿Plagg?

El Kwami le ayudaba en todo lo que podía, aunque fuera renegando de tener que hacerlo, pero sus comparativas constantes entre el amor y los quesos no le servían de mucho.

¿Nino?

Su amigo sería una buena posibilidad sino fuera porque Adrien sabía que era pésimo guardando secretos.

La gélida apariencia del exterior se coló a través de la ventana. Adrien sentía esa frialdad afilada lamiéndole los brazos y sin darse cuenta, se encogió y se los frotó mientras Plagg seguía refunfuñando frente a la pizarra aunque, la verdad, no había demasiado escrito en ella.

Cada mañana la sacaba del armario y la colocaba en el centro del cuarto, entonces, humano y Kwami, se colocaban ante ella a pensar y a escribir cualquier cosa útil que se les ocurría. Después Adrien la recogía y la ocultaba de nuevo por si alguien entraba a su habitación mientras no estaba.

Esa mañana gris apenas la había mirado un momento antes de encaminarse a la ventana. Se estaba preguntando si era realmente necesaria cuando Plagg hizo la misma pregunta en voz alta.

—¿Estás seguro de que todo esto es necesario? —No fue tan sorprendente, de hecho, eso mismo se lo preguntaba todos los días. Y claro, él siempre le ofrecía la misma respuesta.

—Sí.

—¡Pues no lo entiendo! —Se quejó el espíritu y colocando sus patitas en jarra sobre su apepinado cuerpecillo, resopló con sueño—. Pero lo que está claro es que será mejor que dejes a un lado los chistes —Ese había sido uno de los primeros consejos que le había dado y por eso, estaba escrito en el centro del lienzo, en grandes letras, subrayadas varias veces.

Nunca lo borraban.

—Mmm… pero…

—Nada de chistes —recalcó Plagg—. Al menos de momento.

—¿No estás exagerando un poco?

—¿Quieres decirme qué tal te ha ido con los chistes en tu conquista de Ladybug?

Adrien frunció el ceño, molesto porque le recordara eso.

—Marinette no es Ladybug —replicó, a lo que Plagg guardó silencio porque era imposible refutar algo así—. Además, a Marinette siempre le ha gustado Chat Noir y se ha reído con sus chistes.

—Pero por algo se enamoró de Adrien, ¿no es verdad?

El chico tuvo que asentir ante eso. De hecho, no debía olvidarlo o empezaría a mezclar sus dos facetas sin darse cuenta.

Adrien se enfrentaba a una tarea que nunca había considerado tener que llevar a cabo: gustar a una chica. El amor, el romanticismo y todo eso había sido siempre el terreno de Chat Noir y, por eso, lo que él esperaba, era que se enamoraran del héroe antes que de él mismo. Pero Plagg llevaba razón: no podía usar los mismos trucos de Chat, no solo porque Marinette los conocía a ambos y podría darse cuenta, sino porque era Adrien quien le interesaba a ella.

Además, si se paraba a pensarlo, exceptuando su primer encuentro contra Ilustrator, el resto de las veces que Chat Noir había estado a solas con la chica había modulado un poco su comportamiento extravagante con ella. Al principio quiso impresionarla, era un gran héroe al fin y al cabo, y tal vez se excedió con sus coqueteos y gestos galantes. No obstante, en posteriores encuentros, no había sentido la necesidad de hacerlo y aunque tampoco se había comportado con ella como Adrien, había adoptado una actitud que no era ni lo uno ni lo otro. No era el apocado y contenido chico de clase, podía hablar con más libertad, pero tampoco se valía de las bromas y las payasadas para mantener la conversación. Era como si, cuando estaba con Marinette, surgiera un tercer chico, híbrido de sus dos personalidades dominantes, que podía abrirse y expresar lo que sentía sin escudarse en el humor para ello.

Estaba claro que era ese tercer chico el que quería ser con ella, y era el que quería mostrarle que podía ser aún sin la máscara. Solo necesitaba encontrar un modo de hacerlo salir.

Sé que ella me quiere se recordó, con cierta perplejidad (todavía había veces que le parecía algo demasiado increíble, le sonaba a falsedad en su pensamiento). Creía que lo más complicado era conseguir eso, pero sigue siendo difícil.

Con un poderoso bufido de frustración, Plagg se puso a dar vueltas en el aire y a despotricar contra todo tipo de cosas. En cambio, él eligió mantener la calma, no porque no estuviera también frustrado, sino porque estaba decidido a llegar a la solución.

—¡Díselo y ya! —insistió Plagg, como cada día—. ¡No alargues más esta tortura!

—¿Tortura? Si ella no sabe que…

—¡Tortura para mí!

Adrien meneó la cabeza.

—No puedo hacer eso sin más.

—¿Por qué no?

Había una razón que le había llevado muchas horas de reflexión aceptar, pero que era real y debía tomar en cuenta.

Habían transcurrido casi quince días desde aquel sueño y el asunto del macaron que le terminó de abrir los ojos, no solo a lo que Marinette sentía por él, sino también a lo que él mismo sentía. No entendía cómo no se había dado cuenta antes de la verdadera naturaleza de sus sentimientos hacia la chica. Fue como si estos hubiesen estado ocultos tras una pared y aquel sueño la hubiera tirado abajo. Lo más extraño era que se acordaba perfectamente de todas las veces en que la había sonreído mientras su corazón se desbocaba, como la seguía con la mirada siempre que tenía ocasión, como alargaba la mano para tocarla, o hablaba de ella sin parar, resaltando todas esas maravillosas cualidades que tenía.

Lo feliz que era cuando estaba a su lado.

¿Cómo es que nunca se detuvo a analizar lo que todo eso significaba?

Ahora lo sabía, con la firmeza grandiosa con que se saben las cosas que pueden cambiarte la vida.

Él también estaba enamorado de ella.

¡Lo estaba!

No tenía dudas al respecto.

—Mi primer instinto fue ese, la verdad —Le confesó a su Kwami—. Ir corriendo a ver a Marinette y decirle lo que sentía.

—¿Y qué tiene de malo ese plan?

¡Nada! Y después arrugó la nariz. Nada, en apariencia.

Porque cuando él se declarara, ella podría confesarle que también le quería y entonces los dos serían felices. Nadie se entrometería, nada malo pasaría. Y lo más importante de esta nueva historia; ninguno de los dos quedaría con el corazón roto.

—Todo eso suena apestosamente bien —opinó Plagg tras oír su romántica fantasía—. ¿Cuál es el problema?

—Pues que no es muy realista —replicó Adrien, dejándose caer sobre su sofá, abatido.

Ahora que sabía lo extremadamente nerviosa que Marinette se ponía en su presencia, se daba cuenta de que soltarle sin más sus sentimientos podría tener consecuencias gatastráficas.

Marinette ya se lo había confesado (bueno, a Chat Noir) mientras practicaba con él su declaración de amor para pastelito (o sea él, Adrien); que tenía que hacerlo así porque se ponía histérica cuando estaba ante él y no le salían las palabras. Durante esas dos semanas, él mismo había sido testigo de los temblores que torturaban a la chica cuando él andaba cerca, de los saltitos que daba cada vez que le veía acercarse, o cómo se trababa al hablar con él, tardando el doble (o el triple) de tiempo en decirle cualquier cosa.

También había visto su expresión de frustración y derrota cuando cometía esos errores y era consciente, ahora sí lo era, de que a ella le dolía. En parte se sentía un poco miserable por no haberlo notado hasta ahora.

Si le digo lo que siento así, sin más, se pondrá muy nerviosa.

Si le había pedido ayuda a Chat Noir para ensayar su declaración era porque ella necesitaba un mínimo de control sobre la situación para sentirse segura. Si él le hablaba de amor sin darle tiempo para que se prepara o se hiciera a la idea, Marinette lo pasaría muy mal.

Puede que incluso volviera a negar sus sentimientos y entonces, nunca estarían juntos.

La cuestión era, pues, ¿cómo hacerla saber que él la quería sin decírselo abiertamente?

—Es muy complicado —Reconoció, cerrando los ojos, apretando los párpados tan fuerte que el mundo pudo desvanecerse—. Creí que estaba vez era afortunado porque la chica a la que quiero también me quiere a mí —declaró sin pudor. Se incorporó de golpe y buscó a Plagg por encima del respaldo del sofá—. Pero aun sabiendo lo que ella siente y sabiendo lo que yo siento por ella.

. Si no me acerco con cuidado podría perderla.

—¡Qué dramático! —Se quejó Plagg—. Tal vez no valga la pena esforzarse tanto por un queso si no sabes si va estar curado.

Más o menos entendió la analogía de su amigo y no era algo que no hubiera pensado antes.

¿Y si lo mejor para Marinette era que él se alejara?

Quizás ella podría olvidarle y, en un futuro, enamorarse de otro chico con el que se sintiera mejor. Él también tendría que olvidarla a ella, y estaba dispuesto a hacerlo si así se aseguraba de que su amiga no sufriría nunca más, pero había algo dentro de él que le repetía, le aseguraba, que podían llegar a ser felices juntos.

Que estaba en su mano conseguirlo si no se rendía a la primera de cambio.

—¡Claro que debo esforzarme! —De eso no tenía dudas. Estaba un poco cansado de tanto pensar pero no iba a darse por vencido de ningún modo. La solución debía estar ahí para él, solo que aún no la veía—. Tengo que acercarme poco a poco a ella, intentar demostrarle que nuestra relación de amistad puede cambiar de manera natural.

. Es decir, demostrárselo, pero sin que se dé cuenta de lo que siento y es la razón por la que quiero que las cosas cambien.

—Ten piedad de mí, Adrien, solo soy un Kwami —se quejó Plagg, de repente agotado—. ¿De qué estás hablando?

Resopló de manera cansina, tapándose los ojos otra vez.

¡Para él también era confuso!

Tenía la impresión de saber lo que no debía hacer, pero desconocía lo que sí debía hacer. Y cuanto más pensaba, más vueltas le daba, más se empeñaba en descubrirlo; todo se emborronaba en su cabeza.

Observó el amuleto encantado en su mano y su corazón se agitó.

¡Ojala tuviera él la inteligencia de su Lady!

Ya se le habría ocurrido algún plan genial para resolver un asunto como ese. ¡Incluso a Marinette se le habría ocurrido de estar en su lugar! Las dos eran igual de inteligentes y extraordinarias pero, por supuesto, no podía preguntarle a Marinette.

Y seguramente tampoco sea apropiado que le pida a mi lady este tipo de consejo.

—Se te hace tarde —Le recordó Plagg. Adrien miró a su alrededor y descubrió, con sorpresa, que la luz grisácea que entraba por sus ventanales era más intensa, los sonidos del exterior también se habían multiplicado.

El reloj de su escritorio marcaba que era hora de desayunar y ponerse en marcha.

Había pasado otra mañana sin que se le ocurriera nada que valiera la pena. ¡Era un poco frustrante, esa era la verdad!

—Pero lo lograré —Se dijo con confianza. Se puso en pie y guardó la pizarra en el armario—. Encontraré el modo en que Marinette y yo estemos juntos, sin obstáculos ni nervios que nos molesten.

. Y seremos felices.

Plagg revoloteó hasta el bolsillo interior de su camisa.

—¿Cómo? Si no quieres decirle lo que sientes.

Adrien asintió con la cabeza.

—Se lo voy a decir, Plagg, pero no ahora mismo —Le explicó una vez más—. Primero quiero acercarme a ella de un modo distinto, ¿entiendes? —Trató de explicarse, irguiendo sus hombros pero después los bajó—. No quiero que siga pensando que es solo una amiga para mí.

. Y voy a descubrir cómo hacerlo.

—¿Y después?

—¿Después qué? —preguntó el chico, dirigiéndose a la puerta de su habitación. El Kwami suspiró.

—¿Serás capaz de hacerlo sin meter la pata?

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¿Qué si seré capaz de hacerlo sin meter la pata?

Esa pregunta le acompañó todo el camino hasta el instituto.

Fingió que no le preocupaba para que Plagg se olvidara del asunto, pero durante el trayecto en coche, Adrien veía las palabras dibujadas en ese cielo blanco, sólido y desalentador.

Meter la pata.

Puede que fuera por el frío que se colaba por el filo de la ventanilla del coche a pesar de estar cerrada o por lo sucios que se veían los charcos de la calzada justo antes de que las ruedas del coche los aplastaran; el día anterior había estado lloviendo y los restos de la tormenta eran una decoración siniestra en las calles. Incluso las personas que observó, cuando se detenían en los semáforos, caminaban con mala cara, tirando del borde de sus chaquetas y vigilando los nubarrones.

¿Era una mala señal?

Adrien sabía que no era el chico más habilidoso en el terreno romántico, sus anteriores fracasos en este ámbito (Ladybug, Kagami…) aún pesaban sobre él. Por supuesto que no quería equivocarse esta vez y pasar por la amarga experiencia de un nuevo corazón roto, y mucho menos quería que, por su mal hacer, Marinette acabara sufriendo.

Esa podía ser la razón por la cual estaba tan nervioso, de modo que intentó calmarse, pues ninguna situación mejoraba por más que te preocuparas. Para cuando bajó del coche ya se sentía algo mejor.

En el patio de su instituto ya había algunos grupos de estudiantes ocupando los bancos a pesar de lo temprano que era, de modo que se quedó paseando como si nada por allí. No quiso subir corriendo a la clase porque Marinette no solía llegar tan pronto.

¿Está bien que este aquí? Se preguntó, ansioso. Cada vez que veía una sombra que atravesaba el portón de la escuela su corazón daba un salto que le dejaba el estómago del revés en cuanto confirmaba que no era ella. Si aún no sé qué decirle, o cómo tratarla.

Pero quería verla, en cuanto llegara, solo quería ver su rostro sonriente y oír su voz.

Sacudió, distraído, la cabeza y siguió moviéndose por ese reducido espacio.

Según transcurrían los minutos Adrien vio llegar a otros compañeros de clase y a todos los saludó con buen humor. Ellos le miraban con curiosidad, le preguntaban si no iba a subir a la clase con ellos; él sonreía y se encogía de hombros, espachurrándose los dedos de las manos. Empezó a notar ese vacío hueco en los pulmones que te ataca cuando llevas un rato corriendo y empieza a faltarte el aire.

Quizás sí está arriba se le ocurrió de pronto. Faltaba muy poco para que las clases dieran comienzo, así que quizás Marinette ya estaba sentada en su sitio, ajena a que él la esperaba abajo. Podía ser que ese día, en concreto, hubiera llegado antes por alguna razón. Además, si no es así y se da cuenta de que me he quedado aquí esperándola a propósito…

¿Eso también la pondría nerviosa?

Ya ni siquiera sabía si estaba actuando extraño, de modo que decidió irse.

Se volvió, ya con los ojos en lo alto de la galería y cuando iba a dar el primer paso, escuchó a su espalda el sonido de unos pasos acelerados y resuellos nerviosos. Apenas se giró, alguien chocó contra su pecho y salió despedido hacia atrás, cayendo al suelo.

Adrien levantó los brazos aunque no pudo hacer nada para evitarle la caída.

—¿Marinette? —murmuró, asombrado, al verla sentada en el suelo, con libros y hojas sueltas esparcidas a su alrededor. La chica alzó los ojos ante la llamada con las mejillas rojas por la carrera.

—¡Mi Adrien! ¡Digo… mí…! —Sacudió la cabeza—. ¡Adrien!

. ¡Hola!

—¿Estás bien?

—¡Sí! —respondió ella y se incorporó a toda velocidad para empezar a recogerlo todo—. Llegaba tarde y ya sabes —Soltó una risita y el chico, más tranquilo, se inclinó para ayudarla—. ¡Gracias!

Por una vez, Adrien tuvo la impresión de que el comportamiento agitado de su amiga no se debía a él sino a las circunstancias, y eso le dio ánimos para actuar con normalidad.

—Pensé que ya estarías en clase —Le dijo, buscando un modo sencillo de iniciar una conversación.

—Yo también —respondió ella—. O sea que estarías en clase —especificó, colocando sus libros en una pequeña torre sobre el suelo—. Porque tú siempre llegas antes.

¿Eso quería decir que pensaba en él, en cuando llegaba, en si le vería antes de que las clases comenzaban o…? No lo mencionó y ella lo había dicho con tanta calma que pensó que no debía darle importancia, aunque para él fuera importante.

—Sí, es verdad —reconoció él—. Suelo llegar antes, pero hoy… —Tras morderse el labio inferior un instante, se atrevió a decir—; te estaba esperando.

—¡¿Qué?! —exclamó ella y derribó, sin querer, su pequeña montaña de libros—. ¡Oh!

No, no, no, así no se reprendió él.

Respiró hondo y esperó a que ella terminara de colocarlos otra vez. Se preguntó por qué llevaba todos esos libros en las manos y no en la mochila que colgaba de su hombro.

Uno de los libros rodó cerca de su pie, así que lo cogió para entregárselo y cuando Marinette fue a cogerlo sus dedos rozaron los de él. Solo un instante. Pero ocurrió lo mismo que había pasado el día del macaron; su delicado cuerpo se estremeció frente a los ojos de Adrien, y una luminosa sonrisa brotó en sus labios rosados.

No era que el chico no hubiese pensado en aquel momento y en lo que entonces había visto, al contrario, ese instante tan hermoso parecía estar grabado en su mente como si fuera una fotografía, pero volver a verlo ahora le produjo un especie de vértigo que nació en su abdomen y recorrió cada terminación nerviosa de su cuerpo.

Y descubrió que le encantaba ver esa sonrisa entre nerviosa y alegre, sobre todo porque se debía a él, a su presencia, a su tacto. Le llenaba de emoción saber que eso seguía existiendo.

—Gracias, Adrien.

Perplejo, el chico, se puso en pie cuando ella lo hizo.

Por fin, la idea que había estado buscando con tanto esmero durante las últimas semanas apareció, lo bastante clara en su mente como para que comprendiera. Y había sido ella, Marinette, quien se lo había mostrado.

Ya sabía cómo hacerlo.

—Deja que te ayude —Sus manos se alargaron hasta las de ellas, las puntas de sus dedos las tocaron y todo volvió a repetirse igual: el delicioso temblor en Marinette, esa hermosa sonrisa, casi escondida, que asomaba por la comisura de sus labios ante el breve contacto, el rubor hipnótico que se adueñaba de su piel: todo volvía a darse cuando él la tocaba.

Aunque fuera una caricia que solo duraba un segundo, en el instante en que su piel entraba en contacto con la de ella, Marinette resplandecía con esa bella expresión de alegría, ensoñación y placer.

Y él se sentía igual; también temblaba de emoción, también sentía que su corazón saltaba exultante y le recorría un placentero hormigueo por todo el cuerpo.

Adrien mantuvo sus dedos en las manos de la chica un par de segundos más, disfrutando del calor y la suavidad de estas. También sonrió y Marinette abrió más los ojos al notarlo.

—Puedo ayudarte a llevarlos a clase —propuso él. El calor que recorría sus manos era una onda eléctrica que ascendía por sus brazos, por su cuello, lo notó en su rostro y supo que también estaría sonrojado—. Son muchos libros.

Ella lo estaba viendo, ¿verdad? La alegría en su semblante, la ilusión en su mirada. Seguro que sí, por eso es que parecía tan sorprendida.

Sorprendida, pero no histérica.

—Tengo que dejar algunos en la taquilla —Le respondió con una voz que sonó más lenta y calmada, alargó las sílabas en un tono suave, en absoluto chillón o entrecortado—. Ayer me los llevé a casa por error.

—Entonces, puedo acompañarte a la taquilla —repuso él. Una parte de sí mismo contenía la respiración porque sabía que algo estaba ocurriendo; Marinette parecía genuinamente tranquila y a gusto con él—. Si quieres.

—Claro —contestó, sin apenas pensárselo. Sus ojos se achicaron un poco—. Si quieres.

Adrien asintió. Tomó unos cuantos de los libros, rompiendo el contacto, y los dos echaron a andar. Rápidamente, ella apartó la cara, torciéndola a un lado, aunque sin dejar de sonreír.

Parecía contenta.

¿Se habrá dado cuenta? Se preguntó él.

Puede que fuera demasiado pronto pero había ocurrido algo y ella tenía que haberlo percibido.

Habían compartido un momento íntimo, especial, parecido a tantos otros que había habido en su relación hasta el momento pero este tenía algo que lo diferenciaba del resto. Marinette no se había dejado llevar por sus nervios, ni había intentado huir por medio a meter la pata. Al contrario, cuanto más se había acercado él, la ansiedad de la joven se había replegado a su interior y casi, por un segundo, le había parecido ver en su mirada una honda serenidad.

Algo parecido a lo que él sentía cuando estaban juntos: que todo en el mundo estaba bien, que podía estar tranquilo, que nada malo iba a pasar si estaba con ella.

Había ocurrido cuando la había tocado.

¿Era posible? Que él pudiera transmitirle esa sensación a través de su tacto, de sus gestos.

—Puede que sea eso, Plagg —Le susurró, desde un rincón de los vestuarios, mientras la chica guardaban sus libros en su taquilla—. Es pronto para las palabras pero puedo hacérselo saber a través de mis gestos.

—¿Hacerle saber el qué?

—Que todo ha cambiado —respondió, contento—. Que podemos ser algo más que simples amigos.

El espíritu, agotado, se encogió de hombros más por aburrimiento que porque pensara de verdad que Adrien había dado con la solución mágica.

Pero tenía que serlo. ¡¿Qué si no?!

Adrien se sentía excitado y aliviado porque ahora tenía algo parecido a un plan.

Cuando Marinette se reunió con él en la puerta aún traía consigo esa sonrisa, la adorable rojez brillante en sus pómulos.

—Ya está.

El chico le abrió la puerta y le cedió el paso con naturalidad, aunque ella se encogió de hombros al cruzar primero y caminó despacio, esperando que él se colocara a su lado. Así caminaron rumbo a las escaleras. El patio estaba ya vacío, Adrien sentía la piel erizada porque debían de faltar segundos para que sonara la alarma pero no intentó apresurarse al subir los peldaños. Ella tampoco lo hizo, ambos ascendieron despacio, en silencio, y fueron igual de conscientes cada vez que sus brazos se rozaban en el aire o sus ojos se encontraban al girar la cabeza.

La atmosfera que los envolvía era totalmente diferente a la de otras veces a pesar de que ellos no actuaban distinto. No hacían nada, solo subían las escaleras. Sin embargo Adrien se sentía cada vez más emocionado, como si ya todo hubiese cambiado.

Podía albergar esperanzas de que, a partir de ese momento, todo iba a ir a mejor para ellos dos.

Cuando entraron a la clase sus amigos los saludaron y se dio cuenta de que algunos de ellos, aquellos que le habían visto dando vueltas en el patio minutos antes, ahora arqueaban las cejas o hacían muecas curiosas al verle entrar junto a la chica.

Como si entendieran.

Quizás era mucho más fácil y es que ellos también podían ver las huellas en sus rostros de aquello extraño y sin nombre que estaba pasando; lejos de avergonzarle, Adrien se alegró de que fuera visible para otros porque eso significaba que era real, que no estaba solo en su cabeza.

Algo había cambiado entre Marinette y él.

Y en el cielo, a través de las obstinadas nubes blancas, algo estaba cambiando también. Por las ventanas de la clase de estaba colando un poco de la genuina luz del sol.

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