Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la trama es de mi autoría.
ETERNAMENTE UNIDOS
CAPÍTULO 1: CAMBIOS
La sala principal estaba vacía aquella tarde. Carlisle pasó detrás de mí y se dirigió a su despacho, mientras que Emmett subió a su habitación a cambiarse de ropa.
Mis padres habían ido de caza, por lo que era fijo que no volverían en unas cuantas horas.
- ¡Abuela! ¡Tíos! – les llamé. Me parecía absolutamente extraño que ninguno de ellos saliese a saludar.
Estaba segura de que Esme se encontraba en casa, más precisamente en el jardín, regando las coloridas y bellas flores.
Salí donde ella, me acerqué y la abracé con cariño.
- Hola, mi niña – dijo, sonriente y besando mi frente.
- Hola, abuela.
- ¿Han cazado mucho con Emmett?
- Un oso cada uno – comenté con alegría.
- ¡Qué bueno, cielo! Te iré a preparar algo de comer, ¿quieres?
Nos pusimos de pie a la vez.
- Claro. Yo creo que iré a mi habitación un rato.
Ella centró su mirada en dos maceteros con fresias rosas. Oí en mi mente un debate de Esme acerca de si sería mejor mover las flores hacia el porche de entrada o dejarlas allí. Qué extraño, pensé. Quizás mi abuela lo había dicho en voz alta.
- Están perfectas ahí. Aunque en el porche resaltarían más – opiné.
- ¿Qué has dicho, cielo? - preguntó mi abuela, mirándome extrañada.
- Que las fresias quedan muy lindas ahí, pero que en el porche resaltarían más.
- Ah, sí. También podría llevar un macetero adelante y dejar el otro aquí.
Me dedicó una nueva sonrisa cálida, acarició mi mejilla con el dorso de su mano y siguió intentando decidir qué hacer, mientras movía de un lado a otro los maceteros, buscando el mejor orden.
Podía oír todo lo que pensaba. Miré su rostro y me percaté de que no movía los labios. ¿Acaso estaba enloqueciendo? ¿Verdaderamente oía los pensamientos de mi abuela?
Encendí el computador una vez que estuve en mi habitación, la que anteriormente había pertenecido a mi padre, y que Esme había redecorado con empeño para mí. Dirigí la vista a la pizarra de corcho, ubicada detrás de mi escritorio, en la pared. Fotos, frases, dibujos, pero principalmente fotos, la ocupaban por completo. Jake y yo éramos los protagonistas en la mayoría de ellas. Siempre juntos, sonrientes y abrazados o jugando. Me detuve en una de ellas. Yo era pequeña y él me sostenía en sus fuertes brazos, mientras yo le rodeaba el cuello con los míos, apoyando mi mejilla en su hombro.
La foto contigua era una de Nahuel y mía, de la última vez que vino a visitarnos. Se formó una pequeña sonrisa en mi rostro al recordar los largos y divertidos paseos que habíamos compartido aquella vez.
Al cabo de unos minutos, algo me hizo salir abruptamente del trance de recuerdos en el que había estado sumergida. Un efluvio especial, lobuno. No era Jacob. Era… ¿Paul?
Me asomé a la pared vidriada de mi habitación y, efectivamente, Paul estaba ahí, saliendo de entre los arbustos del jardín mientras se acomodaba sus pantalones.
Un presentimiento negativo se instaló en mi pecho. Bajé por las escaleras rápidamente y salí a través de la puerta principal a encontrarme con él.
- Nessie, llama a Carlisle. Lo necesitamos en La Push con urgencia – su voz sonaba tan preocupada como nunca.
- ¿Que a Jacob le ha pasado qué? - grité horrorizada.
- No he nombrado a Jacob - murmuró confundido.
- Vale, no importa. ¿Cómo es que lo ha mordido un vampiro? Debo verle ahora mismo.
Sin darle tiempo a contestar, me largué hacia el bosque a la velocidad de la luz. Mi corazón latía con fuerza al pensar que podría llegar a perder a mi mejor amigo, a esa especie de hermano mayor que era Jacob para mí.
En pocos minutos llegué a la casita roja donde vivían Jake y Billy. Toda la manada se encontraba fuera, portando caras de preocupación y tristeza. Sam y Billy eran los únicos que faltaban a la escena, por lo que supuse que estarían dentro, con él.
Cuando me acerqué y miré a cada uno, un batallón de voces invadió mi cabeza. Definitivamente algo me sucedía, porque, al igual que con mi abuela, ninguno de los presentes movía sus labios. Cerré un momento los ojos y las voces se acallaron. Los abrí y volví a escucharlas. «Debo hablarlo con mis padres», pensé.
La puerta se abrió y por ella salió Sam.
- Renesmee, ¿Carlisle no ha podido venir?
- No estaba en casa. Quiero ver a Jake. Mi abuelo me ha enseñado mucho de su oficio, quizás pueda ayudarle.
- Esto va más allá de la medicina. Jacob se está muriendo, alguien tiene que sacarle la ponzoña, y tu abuelo es el que mejor se resiste a la sangre – explicó Sam.
Asentí. Lo hice a un lado con un movimiento leve e ingresé. Atravesé el pasillo que llevaba a la habitación, de la cual se escuchaban gritos y alaridos proferidos por mi Jake. Sí, mi Jake. Mi corazón se estrujó como una hoja marchita cuando me asomé por la puerta y le vi retorciéndose en su cama.
Billy me dirigió una mirada dolida, retrocediendo unos centímetros con su silla de ruedas para dejarme pasar. Me acerqué con cautela y tomé la mano ardiente de Jacob entre las mías.
Él giró su cabeza.
- Ness – susurró con voz débil y ronca en medio de las tantas convulsiones que no le daban respiro.
- Shh, aquí estoy – besé su frente.
- Debo… decirte algo – insistió.
- Luego, no puedo verte así.
Hizo una mueca de dolor, pero no físico, sino del corazón.
- Vete… si te hace mal – dijo. Su voz sonaba completamente apagada.
- No lo haré. Quiero estar contigo.
- Ya no queda tiempo – observó Sam, apesadumbrado – y no hay nadie en tu casa para ayudarnos.
¿A dónde se van todos cuando más los necesito?, pensé con molestia. Sólo quedaba una solución. A nadie le agradaría luego, ni siquiera a Jacob, pero yo me sentiría satisfecha por haber ayudado a una de las personas más importantes de mi existencia.
- ¿Pueden dejarnos solos por un momento? – pedí a Billy y Sam.
- ¿Qué tienes en mente? – inquirió Billy, como si hubiera leído mis pensamientos.
- Nada malo, lo prometo.
- Eso lo sabemos, Nessie – murmuró Sam – ayúdalo sin cometer una locura, por favor.
Cuando ambos salieron, cerrando la puerta de la pequeña habitación tras de sí, volví mis ojos hacia Jake.
- Esto dolerá un poco, pero estarás bien. Lo prometo – dije con mi voz entrecortada de solo pensar lo que haría. No tenía otra opción más que quitarle yo misma esa maldita ponzoña.
- Me niego – susurró – prefiero morir.
- Ya he tomado la decisión – dictaminé.
Era cierto, pero el miedo a dañarlo invadía mi mente. ¿Y si no podía contenerme? ¿Si yo misma terminaba por matarlo?
Tomé una profunda bocanada de aire. El olor de la sangre de Jake, tan dulce y tentador, me causaba una feroz quemazón en toda la garganta. Giré delicadamente con mis manos su cuello hacia un costado, de modo que quedara en una posición cómoda para ambos.
Era ahora o nunca. Sabía que si aguardaba un instante más, podría ser demasiado tarde. La ponzoña avanzaba rápidamente.
Hinqué mis colmillos en su cuello, así como había hecho con el oso ese mismo día. La sangre con ponzoña ingresó en mí, calmando esa sed repentina, y causándome, a la vez, una muy extraña sensación en todo el cuerpo. Jake se retorcía, conteniendo los alaridos que nacían dentro de su pecho.
Poco a poco dejé de sentir el sabor ácido de la ponzoña y decidí que era momento de parar. El cuello de Jacob estaba perdiendo su color normal. Lo mataría si no lograba frenarme en ese mismo instante. Presioné un poco más mis colmillos en su piel. El aroma, el sabor, e incluso algunos pensamientos me instaban a continuar. Liberé su cuello de mis filosos dientes, lanzando mi cuerpo hacia la pared para alejarme y controlarme.
Jacob me miraba atónito, sin querer creer lo que había sucedido unos instantes atrás. Mi corazón palpitaba como nunca antes mientras mi organismo asimilaba la ponzoña.
Se puso en pie y caminó con pasos torpes hacia mí. Yo me retorcía del dolor en el suelo e intentaba que no se acercase.
- Ven aquí – musitó tomándome en sus fornidos brazos y llevándome con él a la cama. Me depositó en ella y se tumbó a mi lado, acurrucándome firmemente contra su pecho. Ese gesto me trajo bonitos recuerdos de cuando era pequeña y Jake se quedaba a dormir conmigo, o cuando me abrazaba sin ningún motivo.
Era la primera vez en mi corta vida que sentía tanto frío dentro de mí. La ponzoña me estaba congelando. Pero la situación ya no era tan mala gracias a Jake, que con sus brazos y pecho me transmitía el calor que necesitaba para estabilizar un poco el proceso.
Esbocé una pequeña sonrisa al percatarme de que estaba sano, pues el tono de su piel había vuelto a ser el de siempre, así como la temperatura de la misma.
- Perdóname, pequeña – se lamentó con dulzura y pena.
Los párpados me pesaban y no tenía fuerzas para hablar. Apoyé una mano en su pecho con pesadez.
- «Quédate conmigo, cuídame» – dije a través de mis pensamientos.
- Siempre, mi angelito… siempre.
He aquí el primer capítulo. Espero que les guste.
Gracias Caty Bells por el Review… Pronto el 2do capítulo que está en proceso. Dejen Reviews!
