Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de Novaviis y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 33

El estallido de un trueno.

Era el eclipse, y el acantilado rojo, y la caída. Cada imagen, grabada a fuego como un recuerdo, se derritió en la siguiente. Antes de que Kagome pudiera respirar, estaba de vuelta en la playa infinita, de pie al borde del agua. Subía hasta sus tobillos y se retiraba de nuevo. El viento caliente fluyó entre su pelo, echándole oscuros mechones sobre la cara.

A lo lejos, en la playa, la joven sacerdotisa se apartó de ella, echando la mirada atrás sobre su hombro justo el tiempo suficiente para que la brisa le apartase el pelo de la cara. Una larga tira de tela blanca estaba atada alrededor del ojo de la joven mujer. Su rostro era tan familiar, tan parecido al suyo… podrían haber sido hermanas.

Kaede.

Kagome avanzó un paso y luego vaciló. Tenía las manos ahuecadas delante de ella, sosteniendo algo que no había notado antes. Al bajar la mirada a sus manos, Kagome se encontró acunando un montón de oscuras cenizas en sus palmas, salpicadas de hilos y trozos de tela. La imagen de una colcha ardiendo destelló en su mente. Antes de que Kagome pudiera encontrarle el sentido, una fuerte ráfaga de viento solar hizo volar las cenizas de sus manos al agua.

Kagome volvió a levantar la mirada. Kaede se había detenido más lejos en la playa, mirando ahora hacia la costa. Levantó la cabeza lentamente, una única lágrima bajó por su mejilla. Sus ojos estaban por lo demás completamente vacíos, carentes de expresión. Al levantar la vista, también levantó los brazos, estirados hacia la luna ardiente. Kagome siguió su mirada, un jadeo estrangulado murió en su garganta.

Un enorme dragón azul estaba suspendido en lo alto del cielo. Volcado sobre su espalda, se retorcía sobre sí mismo y colgaba flácido. Como si estuviera colgando de un único hilo, el cuerpo de la deidad se giró lentamente con el viento. Pero su propio cuerpo era translúcido, brillaba con luz atenuada. Dentro del pecho del dragón estaba Takeda Masao, suspendido en la misma posición.

Kaede lo llamó. No salió ningún sonido de su boca temblorosa.

Un rayo iluminó la playa. Kagome levantó los brazos para taparse la cara.

Cuando abrió los ojos, estaba mirando a un toldo de ramas y hojas. El Árbol Sagrado se extendía en lo alto, meciéndose con la fría luz matutina. Kagome inhaló, parpadeó y dejó caer la cabeza a un lado. La hierba le hizo cosquillas en la mejilla. Incorporándose lentamente, Kagome miró a su alrededor mientras los eventos de la noche anterior volvían despacio a ella. Tal vez había sido todo un sueño. Había venido aquí a encender un farolillo en mitad de la noche y debía de haberse quedado dormida con la vana esperanza de que Inuyasha apareciese. Ahora parecía todo algo tonto. Probablemente estaba a medio Japón de distancia sin posibilidad de ver un pequeño farolillo. Difícilmente había estado en sus cabales, en cualquier caso, pero había sido el único consuelo que tenía.

Kagome se quedó mirando las ramas del árbol antes de pasarse la manga sobre sus ojos cansados. Los demás probablemente se estarían preguntando dónde estaba y Sango iba a necesitar ayuda con Miroku tan malherido. Tendría que volver. Kagome dejó caer el brazo y apoyó la mano en el árbol, poniéndose de pie y mirando hacia el bosque…

Un camino de piedra, pulido y reluciente entre la luz filtrada entre las hojas del profundo bosque, se estiraba más allá del claro. Estaba alineado con farolillos de piedra. Entre los árboles, Kagome apenas podía ver el pilar de un rojo intenso de una puerta torii.

Su aliento se convirtió en ceniza en sus pulmones.

Kagome corrió por el camino a toda velocidad mientras serpenteaba por el bosque hasta una empinada inclinación. Conocía este lugar. No tuvo que pensar por qué lado girar o a dónde la llevaría este camino, lo recordaba, lo había visto en sueños de otra vida y en visiones de otra persona. Este era un lugar ancestral y sagrado, el templo que había estado situado aquí el día en que Kikyo había sellado a Inuyasha con su flecha. Casi tropezando al ascender por un tramo de empinadas escaleras, Kagome subió hasta lo alto. La sangre se drenó de su rostro. El antiguo templo había sido reconstruido en su totalidad, como si hubiera brotado rápidamente del suelo del bosque durante la noche. Se dio cuenta, con cierto nivel de horror, de cuánto se parecía al templo Higurashi en el que había crecido. El templo principal estaba escalonado en el borde de los árboles y se extendía hacia un claro conocido… donde un pequeño cobertizo de madera rodeaba el pozo devorador de huesos.

En el centro de todo, se había erigido una estatua grande: un imponente dragón envuelto alrededor de la figura de Takeda Masao, como si tuvieran el mismo cuerpo. Al pie de la estatua, un grupo de aldeanos estaba arrodillado en gesto de reverencia y plegaria. Una de ellos miró sobre su hombro con deleite cuando oyó que Kagome se acercaba.

—¡Señorita Kagome, mire! —gritó—. ¡Es un milagro! ¿No es increíble? Este templo apareció anoche en el bosque. Al señor Masao realmente deben de habérnoslo enviado los Dioses, él…

—Por favor —apremió Kagome mientras se apresuraba hacia ellos—. Vuelvan a la aldea.

Los aldeanos intercambiaron miradas de confusión antes de volver a mirar a su sacerdotisa.

—¿Qué? ¿Por qué?

—No sabemos nada sobre este lugar —dijo, cogiendo sus manos una por una y guiándolos para que se pusieran en pie—. Por lo que sabemos, podría ser un truco, o alguna clase de trampa. Esto no es seguro, por favor.

Otro aldeano frunció el ceño.

—Señorita Kagome, no puede estar diciendo que el señor Masao…

—No estoy diciendo nada —interrumpió—. Sólo… debemos tener cuidado. Rezar aquí podría estar dándole poder a un… un embaucador de alguna clase. Simplemente no lo sabemos y no es seguro hasta que lo averigüemos. Por favor, vuelvan a la aldea y adviertan a todos de que no entren en el Bosque de Inuyasha.

Aunque parecían recelosos en el mejor de los casos, los aldeanos no tenían razones para no confiar en su sacerdotisa. Con promesas de hacer lo que les había dicho, se pusieron en marcha para regresar por el camino por el que había venido Kagome, llevándose sus cestas con ellos… debían de haber estado buscando comida cuando se toparon con este lugar. Kagome los vio irse, la ansiedad hurgó en su médula y se alojó allí.

Esto era lo que quería Masao. Lo que había conocido con anterioridad sólo habían sido fragmentos y ahora todos se estaban uniendo en un intrincado diseño. La animosidad hacia los budistas que no veneraban a los Dioses, el odio hacia los demonios que se interponían en su camino, la extraña obsesión con ella y su aldea, su deseo impulsor de ser adorado… Kagome lo vio todo con pasmosa claridad. Si lo alababan como a un Dios, sólo se volvería más fuerte.

Tras ella, Kagome captó un vistazo de una joven con el mismo traje de sacerdotisa de pie delante de la estatua, con la cabeza levantada y los brazos extendidos. Para cuando Kagome miró detrás de ella, había desaparecido.


El ataque a la aldea minera hizo que el ejército Takeda se fuese quedando poco a poco sin armas viables. Cada vez que se enfrentaron a los soldados después de ello, sus armas pasaron de espadas y lanzas a herramientas de labranza. Emboscaron una caravana que llevaba comida y provisiones y, en la batalla siguiente, el enemigo estaba débil y apenas pudo oponer resistencia. Bloquear los caminos principales supuso un retraso en la información que viajaba entre fortalezas y los Takeda se quedaron en apuros, incapaces de pedir recursos. Así era como pensaba en todo esto ahora.

Inuyasha odiaba lo que esta guerra le había hecho a su cabeza. Odiaba tener que distanciarse, pensar estratégicamente, cooperar con sus aliados. Tal vez significaba que estaba creciendo, pero… todo parecía tan frío y diplomático y no él. Se le había pasado por la cabeza que, años atrás, esto era lo que había querido de algún modo. Había querido ser un gran demonio como su padre. Había querido poder, había querido conquistar, había querido que la gente se callase y prestase atención cuando hablaba. Ahora se daba cuenta de que esto no era en absoluto lo que pensaba que sería. Todo aquel deseo de poder y nunca había pensado en tener una razón por la que luchar. Se lucha porque sólo se quiere ir a casa. Esto no era lo que quería.

Al menos tenía una cosa que siempre había querido. Nadie se atrevía a llamarle «sólo un hanyou» cuando él era el único que se interponía entre ellos y el devastador poder de la Piedra Divina.

—Nuestro siguiente movimiento debería ser en los puertos costeros —refunfuñó un general tengu mientras movía una pieza se secuoya por el mapa dispuesto en el suelo. Los generales y los líderes de los demonios aliados estaban todos sentados alrededor del mapa en la caverna más grande del territorio de cuevas de la tribu de los demonios lobo. La cueva estaba oscura; la piedra, húmeda, pero se habían encendido fogatas alrededor de todos ellos desde el suelo de la cueva hasta los nichos metidos en las paredes, ascendiendo por los laterales. A Inuyasha le recordó vagamente a la aldea de Kagome, en su época, con los cientos de luces parpadeantes alzándose alrededor de ellos. El resto de los demonios aliados estaban esparcidos dentro de la cueva, o acampados en la ladera de la montaña. Ahora que la primavera se estaba calentando para dar paso al verano, la ladera estaba cubierta de frondosa vegetación y campamentos de guerra. Era una breve parada para descansar y reabastecerse antes de que partieran de nuevo.

Un demonio oso se burló de la sugerencia del cuervo.

—Los puertos son inútiles para nosotros —protestó con una profunda y estruendosa voz—. Deberíamos estar enfocando todos nuestros esfuerzos en tomar las aldeas agrícolas de alrededor del castillo de Seichi para que se rindan por hambre.

El demonio cuervo le dirigió una mirada mordaz a quien se le oponía.

—Tomar los puertos distanciará a Takeda de los barcos de los mercaderes extranjeros y cortará su habilidad de enviar refuerzos por la costa. Es un punto de ataque vital.

A lo largo del círculo de líderes reunidos, intervino el líder de los Hebi mirando hacia Inuyasha.

—¿Qué opinas tú?

Inuyasha tuvo que mirar a ambos lados a su hermano y a Koga para asegurarse de que el Hebi estuviera hablándole realmente a él.

—¿Qué opino yo? —repitió.

—Sí —dijo un demonio jabalí al lado de la serpiente—. Conoces al enemigo mejor que cualquiera de nosotros y sólo tú tienes poder sobre la Piedra Divina. ¿Cómo crees que deberíamos proceder?

—Creo —soltó Inuyasha entre dientes apretados mientras se ponía en pie—, que todo esto es una puta pérdida de tiempo.

La princesa tengu entrecerró los ojos donde estaba sentada al lado de su general. Inuyasha ni siquiera tuvo que bajar la vista para saber que Koga y Sesshomaru lo estaban fulminando con la mirada con la misma ira, si no más intensa.

—No debemos precipitarnos.

—Escuchad —gruñó Inuyasha, sintiéndose casi erizarse cuando lo hicieron los demonios reunidos. Nunca se acostumbraría—. Hemos estado dando rodeos, atacando pequeños puestos de avanzada y asaltando sus fortalezas durante meses y no estamos más cerca de acabar con Masao de lo que lo estábamos en mitad del invierno cuando nos estaban masacrando. Nada de esto terminará hasta que vayamos a por él.

—Iremos a por Masao —gruñó el demonio oso—. Pero debemos esperar el momento oportuno.

—Y si esperamos el momento oportuno, nunca llegará —gruñó Inuyasha inmediatamente en respuesta. Resopló cuando el duelo terminó con un tenso silencio rodeando a los líderes, toda la atención estaba concentrada en él. Inuyasha puso los ojos en blanco, girándose bruscamente sobre sus talones y alejándose de la reunión—. En fin —refunfuñó—. Haced lo que queráis. Simplemente hacedme saber cuándo vamos a salir.

No miró atrás mientras atravesaba los túneles, navegando a través de las cuevas con cómoda familiaridad. No fue tan difícil encontrar el camino hacia la abertura, en cualquier caso… a medida que se acercaba, el sonido de los grillos y el olor del fresco aroma montañoso lo guiaban. Saliendo finalmente por la boca de la cueva, Inuyasha respiró hondo, estiró los brazos por encima de la cabeza y se apoyó contra la pared de roca.

Bajando por la pendiente de la montaña, se habían encendido cientos de fuegos para los guerreros demonios y, más allá de ellos, la cordillera montañosa continuaba, sobresaliendo de la tierra como grandes y durmientes mastodontes. E incluso más allá de ellas, más lejos de lo que podía ver Inuyasha, sabía que aquellas montañas se convertían en colinas, valles y ríos… y en la aldea de Kagome. Inuyasha inhaló lentamente, dejando que el limpio aire llenase su pecho y le aclarase la mente. Había estado más que un poco intranquilo últimamente. Inquieto. Estaba empezando a afectarle. Tal vez podía ir a buscar a Shippo y ayudarle al niño a entrenar un poco… el zorro siempre le estaba molestando con que peleasen para entrenar, jurando que iba a ganarle un punto uno de estos días. Inuyasha se impulsó para apartarse de la pared con intención de encontrar al niño kitsune.

No se alejó más que unos pocos pasos de la pared de la cueva. Sus orejas se movieron tras él ante el sonido de pasos apresurados. Frunció el ceño, girándose justo cuando una voz lo llamó.

—¡Inuyasha! —le gritó el maestro Kenta, del Monasterio de los Demonios Zorro, mientras subía corriendo por la pendiente de la montaña hasta la boca de la cueva.

Inuyasha abrió los ojos como platos, saltando por el aire para cerrar la distancia que quedaba entre ellos. No había tenido noticias de él ni lo había visto desde el otoño y, aunque se habían despedido con respeto mutuo, Inuyasha difícilmente esperaba que le hiciese una visita en mitad de una guerra. Los demonios zorro difícilmente se encontraban en estado de ofrecer ayuda en la lucha contra Masao. Un millar de preguntas rodearon su aparición y ninguna era tranquilizadora.

—Kenta —dijo Inuyasha mientras aterrizaba delante del agotado kitsune—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha…?

—Inuyasha —lo interrumpió Kenta, esforzándose por recuperar el aliento—. He viajado durante días para llegar hasta ti, vine en cuanto lo vimos…

—Bueno, ¿qué diablos pasa? —insistió Inuyasha—. ¡Escúpelo de una vez!

Kenta le dirigió una agotada mirada de furia al medio demonio, pero Inuyasha no le dio importancia. Difícilmente podía esperarse que contuviese su impaciencia cuando el zorro había acudido a él con tanta urgencia. Kenta negó con la cabeza y se enderezó, secándose el sudor de la frente.

—Hace dos noches, en el nuevo monasterio en la ladera sur de las montañas, vimos una única luz alzándose por encima del bosque. Sólo instantes después, hubo un brillante destello de luz azul y surgió la aparición del Dios de las almas. No se ha visto a este Dios en décadas. Shippo una vez nos habló de la aldea en la que vivían sus amigos y él, y creemos que esto ocurrió cerca de esa misma aldea.

Inuyasha sintió físicamente que la sangre se drenaba de su rostro, iba hacia sus entrañas y se solidificaba allí con un espantoso peso.

—¿Qué…?

Kenta se estiró, apoyando la mano pesadamente en el hombro de Inuyasha.

—Está pasando algo. No sé el qué, pero me marché en cuanto pude para contártelo. Tu amada sigue en esa aldea, ¿no?

Inuyasha ni siquiera pudo responder. Saliendo de su estupor, se giró hacia la cueva.

—¡Shippo! —rugió y volvió a mirar a Kenta—. Gracias.

—No es mucho para saldar la deuda que los kitsune tienen contigo, pero es lo menos que podía hacer —contestó Kenta.

Fue sólo momentos antes de que Shippo girase corriendo el recodo de uno de los túneles de la cueva, deteniéndose a trompicones, cuando vio a su viejo maestro al lado de su amigo. Shippo prácticamente se precipitó el resto del camino, deteniéndose en seco a su lado.

—¿Maestro Kenta? ¿Qué pasa? —preguntó.

—Shippo —refunfuñó Inuyasha mientras se arrodillaba para ponerse a la altura de los ojos del niño—. Pasó algo en la aldea. Voy a averiguar qué ocurrió. Quédate aquí, ¿entendido?

Shippo se limitó a fruncir el ceño.

—Pero si Kagome está en peligro, entonces…

Inuyasha lo agarró por los hombros, su agarre fuerte e inflexible.

—Shippo —soltó—. Quédate. Aquí. —Sin darle al niño oportunidad de discutir, Inuyasha se puso en pie y avanzó hacia la boca de la cueva, cuadrándose ante la naturaleza de más abajo. Pero no partió de inmediato, demasiado consciente de los demonios que emergían a través de la oscuridad de las cavernas. Ojos brillaron en la oscuridad, destellos de fuego cobrando vida junto a las paredes a medida que se encendían las antorchas. Incluso entonces, no fue suficiente para iluminar por completo la extrema negrura. Inuyasha apretó los puños a sus costados mientras se giraba lentamente para encararlos.

—¿Adónde vas? —preguntó la princesa tengu con tono acusador.

Inuyasha respondió con la mandíbula apretada.

—A casa. Kagome está en peligro.

Un murmullo ondeó por la cueva desde cada grieta, del suelo al techo, mientras la horda escuchaba. Muy pocos, incluso dentro del clan de los lobos, habían conocido a la mujer, pero todos allí habían oído hablar de la sacerdotisa del inu hanyou. La importancia de aquella declaración no pasó desapercibida.

—Inuyasha. —Sesshomaru fue el que se adelantó, mirando a su hermano temerariamente y con un firme frunce—. No seas tonto. Esto bien podría ser una trampa designada para tentarte a que vuelvas.

Inuyasha lo miró también frunciendo el ceño, manteniéndose firme.

—Me da igual. Voy a ir.

A la izquierda de Sesshomaru, Koga fue el siguiente en intentar razonar con el medio demonio.

—Escucha —dijo mecánicamente—, no me gusta más que a ti la idea de que Kagome esté en peligro… —se interrumpió cuando Inuyasha emitió un gruñido de advertencia, sugiriendo que él odiaba la idea mucho más de lo que Koga podía comprender. Koga suspiró—. Pero él tiene razón. Y, si te descubren, todo por lo que hemos estado trabajando habrá sido en vano. Te necesitamos aquí.

—He dicho que voy a ir. Cualquiera de vosotros puede intentar puto detenerme, si quiere —contestó Inuyasha con un gruñido bajo y peligroso en su voz.

Sesshomaru entrecerró los ojos.

—Hermano…

Eso fue lo único que hizo falta para desafiarlo. Inuyasha echó el pie hacia atrás, ampliando su pose mientras flexionaba las garras y descubría los dientes en un salvaje gruñido. La Piedra Divina que colgaba de su cuello estalló en un destello de luz carmesí y, tras él, la aparición de un perro blanco gruñó y chasqueó los dientes con el pelo del lomo erizado. Sesshomaru reaccionó, sus ojos destellaron de un color rojo y se le alargaron los dientes, un viento invisible atravesó la cueva. El aire restalló con intensa energía. Incluso los más imponentes entre los demonios reunidos se apartaron del duelo de los hermanos. Todos esperaban que intercambiasen golpes en cualquier momento.

Una voz atravesó la tensión con la precisión de un bisturí.

—Rin está allí —intervino Shippo al lado del maestro Kenta, que había puesto instintivamente la mano en el hombro del niño e intentaba ponerlo tras él. Pero Shippo lo rodeó, envalentonado incluso a través de su miedo a una posible pelea.

De golpe, el viento murió. La violenta energía se disipó. Los ojos de Sesshomaru regresaron a su débil dorado. Se mantuvo erguido, evaluando a Inuyasha una vez más antes de darse la vuelta bruscamente y atravesar la multitud mientras le dejaban pasar.

—Haz lo que tengas que hacer.

Con el desafío terminado, la aparición se desvaneció con el brillo del cristal e Inuyasha volvió en sí de nuevo. No le dijo nada más a su hermano ni a ningún otro demonio de allí. Girándose hacia la boca abierta de la cueva, inició su marcha.

El líder del clan de los osos lo llamó en un último intento por hacer que se quedase.

—¿Renunciarías a toda esta guerra por una mujer mortal?

Inuyasha no titubeó.

—Empecé toda esta guerra por ella.


—¡Capitán! —El soldado no dio otra advertencia antes de aporrear la puerta de Yorino con los puños.

El propio capitán soltó su pincel con un repiqueteo sobre el informe que había estado escribiendo, el pergamino quedó irremediablemente manchado. Yorino se puso de los nervios antes de responder.

—¿Qué?

La puerta shoji se retiró para revelar al joven soldado acobardado en el suelo, con la cabeza presionada contra el suelo en una profunda inclinación.

—M-Mis disculpas por molestarle, señor —tartamudeó mientras finalmente levantaba la mirada con miedo. El capitán había estado… últimamente de los nervios, apenas salía siquiera de sus habitaciones y exigía que le dejaran solo. Sólo las noticias o los mensajes más importantes podían pasar de su puerta.

Yorino habló sin abrir la boca del todo, oculto en el rincón oscuro de su habitación. Sólo había una pequeña lámpara de aceite en el rincón contrario, apenas la luz suficiente para iluminar el espacio.

—Suéltalo ya —siseó.

—Yo… sí, señor —dijo el soldado con un asentimiento—. Se ha localizado otro farolillo volador alzándose sobre el bosque. U-Usted nos ordenó que le informáramos inmediatamente si encendían otro farolillo, así que…

—Soy muy consciente de lo que ordené —soltó Yorino mientras se ponía de pie de un salto. La pequeña mesa en la que había estado trabajando volcó, derramando la tinta en un rezumante charco negro en el suelo. Despreocupado, cruzó la habitación, poniéndose finalmente a la luz. Hizo falta toda la fuerza de voluntad que tenía el soldado para no encogerse ante la visión del capitán. Sus iris se habían convertido en estrechas rendijas y las escamas que nadie se atrevía a señalar en su mano habían subido por su brazo y cuello, cubriendo su una vez humana piel—. Muéstramelo —ordenó Yorino y, cuando habló, finalmente abrió la boca y reveló una lengua bífida.

El soldado no pudo encontrar el valor para hablar. Con un veloz asentimiento, se puso rápidamente en pie y lo condujo a la muralla que rodeaba la fortaleza. En lo alto de la torre de observación del noroeste, un grupo de soldados estaba observando el cielo. A medida que conducían a Yorino torre arriba, se hizo visible el primer vistazo del farolillo. Todavía estaba relativamente bajo sobre el bosque, alzándose desde un punto indiscernible y flotando perezosamente sobre las copas de los árboles. Apenas era de noche todavía, el sol aún un disco dorado hundiéndose entre los distantes picos montañosos. El anochecer se acercaba, pero el cielo todavía se aferraba a su pálido tono azul.

Yorino apartó a los otros soldados del camino para llegar al borde, viendo cómo el farolillo flotaba sin rumbo. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que Masao no iba a atender a razones y, cuando eso había pasado, su una vez eterno respeto por él había declinado. Masao era un loco, maníaco en sus persecuciones y convicciones… pero era demasiado poderoso como para enfrentarse a él. Si Yorino quería seguir cayéndole en gracia, necesitaba pruebas de sus propias sospechas. Este era su momento oportuno.

—Preparad un escuadrón para que venga conmigo al bosque —les ordenó a los hombres que lo rodeaban mientras se abría paso de nuevo hacia la escalera.

—¿Qué hacemos con el farolillo, capitán? —preguntó un soldado.

—Derribadlo.


Kagome perdió de vista el farolillo cuando entró corriendo en el bosque. La venidera oscuridad y el denso follaje encima de su cabeza lo bloqueaban de su vista… difícilmente importaba. Sabía lo que significaba.

Apenas había salido de su cabaña esta última semana. Vencida por la paranoia y la ansiedad, Kagome se había encerrado, saliendo sólo para ocuparse de sus deberes y ver cómo estaba Miroku. Incluso entonces, estaba inquieta, mirando constantemente por encima de su hombro, levantando la vista hacia el fuerte de la montaña y hacia el bosque. Sus amigos se dieron cuenta. Incluso varios aldeanos le habían preguntado a la sacerdotisa si estaba bien, sólo para que los despachara con una sonrisa forzada. El resto de la aldea se inundó de conversación sobre el misterioso templo que había aparecido en el bosque, la curiosidad los llamaba a que fueran a verlo por sí mismos, pero el respeto por su sacerdotisa los mantenía a raya por poco.

Kagome apenas durmió, comió poco, no dijo más que unas pocas palabras incluso a Takuya sobre lo que había pasado en el bosque la noche en que se había quedado dormida allí. Era atroz. Pasaba horas metida dentro del santuario de su cabaña, ocupándose del fuego y mirando impasiblemente las llamas como si le estuvieran sacando el alma.

Así que, cuando se asomó por la ventana y vio el farolillo volando alto sobre el mar de árboles distantes, fue lo único que pudo sacarla de su lugar seguro. Sólo le había dado una rápida explicación a una sobresaltada Rin antes de salir corriendo a la agonizante luz del día. El agotamiento dio paso a la adrenalina mientras corría por los arrozales, con el corazón abriéndole a fuego un agujero en el pecho. Llamarlo emoción sería un eufemismo. Era la primera vez que se sentía siquiera al borde de la paz en días y persiguió esa calma con todo su ser.

Sólo cuando la maleza se volvió demasiado espesa como para que siguiera corriendo fue que bajó finalmente la velocidad. Inuyasha se pasaría toda la noche amonestándola si tropezaba y se hacía daño en su prisa por llegar a él. Las noches ahora eran cortas y sólo tenían una cantidad de tiempo limitada juntos antes de que amaneciera. No iba a malgastar la mitad discutiendo con el hanyou sobreprotector. Se le pasó por la cabeza mientras navegaba por el bosque que debería haberse traído a uno de los perros con ella… Inuyasha se había puesto furioso la última vez que se olvidó y sí que se le facilitaba avanzar por el laberinto de raíces y follaje con Jun o Kei guiándola, pero había estado demasiado ansiosa como para pensar. Inuyasha tendría que aguantarse.

Afortunadamente, el bosque era más fácil de atravesar junto a la orilla del río. Kagome parpadeó al atravesar los árboles y salir a un hueco abierto sobre el río, guiada por el sonido del agua corriendo. La luz de la luna era más brillante aquí sin nada que la bloquease. El reflejo de la luna bailó y ondeó sobre el suave flujo del agua. Kagome caminó por la orilla mientras giraba y se retorcía por el bosque. Había estado a punto de partir hacia el desgastado sendero hacia el Árbol Sagrado cuando notó algo flotando en el arroyo.

Los restos hechos jirones del farolillo que había visto en el cielo flotaban en la corriente. El agua empapaba el papel y la estructura, arrastrándolo lentamente hacia abajo a medida que se hacía más y más pesado. Kagome vio al farolillo hundirse, incapaz de entender por qué lo sentía tan familiar. Apenas pudo ver marcas de quemaduras en el papel antes de que pasara flotando por su lado. Seguramente una desafortunada ráfaga de viento había hecho que la llama del interior prendiese en el farolillo y cayese. Eso era todo. Kagome le dio la espalda al río con la ansiedad que le llegaba a los huesos mordisqueándole la médula. Fue sólo mientras avanzaba de nuevo hacia la oscuridad del bosque que oyó el acechante estribillo de una canción conocida.

Farolillos parpadeantes bajando por el arroyo
Las cosas no son siempre lo que parecen
Farolillos parpadeantes rotos en las costuras
Oíd la advertencia, ahogándose en el arroyo.

Kagome se detuvo y miró a su alrededor, el corazón le marcaba un agujero a fuego en el pecho mientras buscaba el espíritu de Kaede. No apareció en ningún momento. El bosque estaba vacío. Kagome negó con la cabeza y continuó, incluso mientras las últimas notas acechantes reverberaban por su cuerpo. Aquella persistente intranquilidad no duró mucho, en cualquier caso. Cuando avanzó por los arbustos hacia el claro, Inuyasha estaba allí, paseándose al pie del Árbol Sagrado. En cuanto la oyó, movió las orejas y levantó la cabeza de golpe. En un abrir y cerrar de ojos, estuvo delante de ella, rodeándola con sus brazos. Su agarre era tenso, casi desesperado y tembloroso de alivio.

—Estás bien —exhaló con un tembloroso suspiro mientras presionaba su rostro contra su pelo—. Me enteré del farolillo que encendiste, pensé…

—No pasa nada —le aseguró Kagome, levantando los brazos y rodeándole los hombros—. Es decir, es… te lo explicaré. Es que… es mucho —confesó. Echando la cabeza hacia atrás, le acunó la mejilla, su pulgar le acarició la sien mientras sonreía de verdad y genuinamente por primera vez en días—. Ahora estás aquí, es lo único que importa.

Inuyasha pareció por un momento como si quisiera discutir eso, pero Kagome no llegó a darle la oportunidad. Entrelazando la mano por su pelo y llevándola hasta la parte de atrás de su cabeza, tiró de él para darle un tierno beso. El ritmo fue lento, natural como respirar. En realidad, sólo había pasado una semana desde que se habían visto. Inuyasha acababa de marcharse la mañana antes de que azotaran a Miroku en la aldea, pero habían pasado tantas cosas en aquel tiempo, que podrían haber sido meses. Inuyasha cedió, bajando las manos para acomodarlas en su cintura. Cuando Kagome se separó, tenía los labios rosados y ligeramente hinchados, pero su sonrisa seguía allí. Puede que Inuyasha hubiera venido aquí con prisa, pero eso no significaba que tuviera que irse del mismo modo.

Volvieron al río. Se tomaron su tiempo. La noche era agobiante y oscura, y un poco de luz y un espacio abierto les haría bien a ambos. Mientras caminaban, Kagome explicó las visiones del pasado de Kaede, que ella había creado la Piedra Divina en su propia desesperación por protegerse de los demonios contra los que había luchado su hermana durante toda su vida y ante los que había terminado sucumbiendo. Describió la reaparición del antiguo templo, su encuentro con Masao, algo de lo que todavía no estaba del todo segura de si había sido real o un sueño. Finalmente, tras evitarlo, explicó por qué había venido al bosque y había encendido aquel farolillo hacía una semana en primer lugar… el incidente en la aldea y la paliza a Miroku.

—Joder —maldijo Inuyasha mientras atravesaban la línea de árboles y salían a la orilla del río—. ¿Está bien? —Necesitó mucho para no subir corriendo a la fortaleza y hacer añicos el lugar viga por viga porque se atrevieran a hacerle daño a su amigo. La ira se filtró en su voz mientras miraba con furia el pico de la montaña iluminado por el fuego. Seguía teniendo que recordarse que recibirían su merecido… y pronto, si de él dependía. Miroku era más un hermano para él de lo que lo había sido nunca Sesshomaru.

Kagome asintió.

—Ha estado mejorando a lo largo de la semana. A Rin y a mí nos asegura que está bien cuando vamos a verle, pero todavía le duele. No puede acostarse sobre su espalda y apenas puede ponerse en pie y coger en brazos a sus propios hijos. Sigue débil, con agonía y, aun así, lo ha sufrido todo con una sonrisa… es duro —confesó mientras fijaba la mirada en la corriente. La canción volvió a flotar por su memoria. La hizo a un lado—. A Rin le está resultando duro. No estoy segura de si se perdonará alguna vez por lo que pasó, sin importar lo que yo diga.

—No podía saberlo —dijo Inuyasha con un asentimiento mientras se sentaba en una roca que sobresalía del agua. Dejando colgar las piernas por el borde, dejó que sus pies se hundiesen en el agua. Kagome lo imitó, sacándose las sandalias para dejar que el agua pasara sobre sus pies. Se apoyó contra el costado de Inuyasha, relajándose contra él mientras este le pasaba el brazo por la cintura para tenerla más cerca. El silencio que pasó entre ellos fue relajado y cómodo. Sólo respirar en el mismo espacio, empapándose con un sencillo contacto y roce, era suficiente. Inuyasha fue el primero en hablar de nuevo—. Bueno —dijo con un pobre intento de carcajada—. Tantas ganas tenía Kaede de verme muerto, ¿eh?

Kagome se giró inmediatamente para mirarlo con furia.

—Oh, no, sé a dónde va esto —lo calló, moviéndose en su agarre para mirarlo directamente—. No es culpa tuya que Kaede creara la Piedra Divina. No tenía nada que ver contigo. Estaba enfadada y tenía miedo, y no tenía ni idea de en qué se había convertido Onigumo… lo que había hecho Naraku. —Pasando un brazo alrededor del hombro de Inuyasha, Kagome se estiró para acunar su otra mano contra su mandíbula, sosteniéndole firmemente la mirada—. Te conozco. Sé lo que estás pensando. No puedes tomar el peso de cada carga que se cruza en tu camino, Inuyasha. Nadie es tan fuerte. Nadie debería tener que serlo.

Inuyasha hundió los hombros.

—Sí… sí, supongo que tienes razón.

—¿Qué quieres decir con «supongo», eh? —Kagome se estiró para pellizcarle la oreja—. Siempre tengo razón y lo sabes.

—¡Eh, para ya! —protestó Inuyasha mientras liberaba su oreja de su tormento con un movimiento. Cuando Kagome se limitó a sacarle la lengua en respuesta, Inuyasha sonrió. Kagome vio el brillo travieso en sus ojos y supo que tenía problemas… una pena que no pudiera hacer nada al respecto antes de que el hanyou la empujara de la roca y la tirara al agua.

Allí apenas le llegaba a la cintura, pero aun así, Kagome escupió cuando salió a la superficie, apartándose su largo mechón azabache de los ojos. Miró a Inuyasha con furia y atacó sus pies en un intento por arrastrarlo con ella. Inuyasha dio una voltereta hacia atrás para escapar de su agarre en el último momento, soltando una risotada cuando ella perdió el equilibrio y cayó de nuevo al agua.

—¡Inuyasha! —le gritó.

—¡Vas a tener que hacerlo mejor que eso, Kagome! —gritó Inuyasha en respuesta mientras saltaba justo sobre su cabeza y a una roca en mitad del río. Los peñascos de aquí eran enormes, lo suficientemente grandes como para acostarse sobre ellos y estaban lisos tras siglos de agua en movimiento. Kagome nadó hasta el peñasco más cercano, enganchando sus brazos en él y escalándolo. Su intento de una mirada mortal se vio severamente atenuado por el hecho de que estuviera tan empapada. Inuyasha lo encontró mucho más gracioso que ella.

Kagome se impulsó hacia arriba, señalando al medio demonio con un dedo acusador.

—¡Eres lo peor!

Inuyasha se limitó a encogerse de hombros y saltó al siguiente peñasco, sólo un poco más lejos de su alcance.

—Dime algo que no sepa.

Kagome odió por completo el hecho de que se rio. Intentó enmascararlo rápidamente con un grito en broma mientras saltaba sobre la roca más cercana.

—¡Vuelve aquí!

—¡Atrápame primero! —replicó Inuyasha.

Cada vez que ella saltaba sobre una roca, Inuyasha la evadía hábilmente con la siguiente, saltando sobre ella, adelante y atrás, guiándola a una persecución del gato y el ratón a la inversa sólo para mantener aquella gloriosa risa. Era divertido y nada más. El río se llevó días de miedo y ansiedad. Kagome se abalanzó hacia él e Inuyasha se quedó en el sitio sólo el tiempo suficiente para que sus dedos rozasen la manga de su traje, justo el tiempo suficiente para saborear la victoria antes de alejarse más por el arroyo de un salto. Para ser justos… había empezado él, pero diablos, no era perfecto.

Pero ella sí. Inuyasha siempre lo había sentido, pero lo vio entonces con sorprendente claridad. Siempre había estado listo para hacer Japón añicos por ella. Simplemente había pasado tanto tiempo sintiendo este amor, que rara vez bajaba el ritmo para pensar en el porqué. Era lo único que había hecho cuando habían estado separados por el pozo devorador de huesos. Se había pasado horas pensando cómo cada defecto de ella conjuntaba con el suyo, cómo sonreía incluso cuando se estaba desmoronando, cómo él nunca había conocido a otro ser viviente tan salvajemente bueno como ella. En aquel entonces, no había habido nada más en su camino que el tiempo y el espacio, ningún enemigo que pudiera exterminar para solucionar todos sus problemas. Quería aquello otra vez… pero lo quería con ella.

Kagome resbaló cuando intentó saltar a otro peñasco. Inuyasha estuvo allí antes de que pudiera caerse, cogiéndola en alto y dándole vueltas sólo porque ella estaba allí y él podía. Kagome lanzó los brazos a su alrededor, riéndose brillantemente, y se negó a soltarlo. Negó con la cabeza en su dirección, reclamando sus labios con los suyos todavía sonriendo contra él. Inuyasha se rio disimuladamente mientras la abrazaba con fuerza, dejando que se deslizara lentamente sobre sus pies. El beso se suavizó, tierno mientras recuperaban la respiración. Kagome se echó hacia atrás con la luna brillando en sus ojos.

Inuyasha movió la oreja en dirección al bosque.

Clic.

¡Agáchate! —rugió. No hubo tiempo para pensar. No hubo tiempo para respirar. Inuyasha los arrastró a ambos sobre la suave y plana superficie del peñasco, escudando a Kagome con su cuerpo mientras una ráfaga de balas de plomo rociaba donde habían estado de pie. Las explosiones llegaron después, veinte fusiles disparando en un casi perfecto unísono. El humo reveló su posición al otro lado de la orilla del río. Emergieron de entre los árboles: soldados de los Takeda, dispuestos en perfectas tropas mientras recargaban sus armas.

De pie a su lado al mando, con ojos reptilianos que destellaban en la oscuridad, Yorino los señalaba con una sonrisa hambrienta que dividía su pálido rostro. Inuyasha y Kagome se miraron como si la luna estuviera descendiendo hacia ellos. Era el fin. Los habían descubierto. No sabían cómo, o por qué, qué habían hecho mal, o si esto era inevitable, pero no había tiempo, no había tiempo, no había tiempo, no había tiempo para pensar en ello.

—¡Flanco trasero! ¡Fuego! —bramó Yorino.

Inuyasha agarró a Kagome, moviéndose con velocidad inhumana. Se levantó del suelo, apartándose por poco del camino de otra cortina de plomo. Las balas chocaron contra el agua o se clavaron en el peñasco donde habían estado segundos antes… Inuyasha no miró atrás. Con Kagome apretada en sus brazos, saltó de peñasco en peñasco, intentando llegar lo más abajo posible por el arroyo. Tras él, podía oír la orden de Yorino de ir tras ellos y las explosiones de los mosquetes mientras los soldados intentaban apuntar. Podía acabar con ellos. Era lo suficientemente fuerte, podía hacerlo sin pestañear… pero no podía hacerlo sin poner a Kagome en peligro. Ni siquiera él era más rápido que una bala.

Kagome se aferró a Inuyasha como si le fuera la vida en ello, el pánico se apoderó de cada uno de sus sentidos. Un mantra de «no, no, no, no, no» salió de sus labios. Con cada estallido de disparos, anticipaba un impacto, sintiendo que su estómago se retorcía y se revolvía como si la hubieran llenado de plomo desde el principio. Apenas podía oír la voz de Inuyasha sobre ella diciéndole que todo iba a ir bien, que iba a sacarla de esto, que no iba a dejar que le pasase nada… pero ahora no servía de nada. Los habían descubierto. Los habían descubierto. Un año de esto y todo había sido en vano. Kagome enterró el rostro contra el cuello de Inuyasha, esforzándose sólo por respirar con la fuerza del viento azotando alrededor de ellos y la fuerza de su propio pánico. Se atragantó con una exclamación cuando Inuyasha se detuvo en seco de repente con la fuerza de un latigazo.

Habían llegado al final del río, donde la cascada se derramaba en una agitada cuenca más abajo. Kagome apenas tuvo tiempo de registrar que esta era la cueva en la que Inuyasha y ella habían pasado aquella larga noche de invierno, meses atrás, antes de que Inuyasha la dejara en el suelo. La sostuvo por los hombros, su mirada era de desesperación.

—Confías en mí. —No fue tanto una pregunta como un ruego, un reconocimiento de que sabía que así era, pero que necesitaba que ella tirase ahora mismo de aquella confianza.

Kagome sabía que, fuera lo que fuera que viniera a continuación, no iba a gustarle. Él tenía un plan. Ella asintió, esforzándose por encontrar su voz mientras sus ojos pasaban rápidamente entre él y la fila de soldados que avanzaba hacia ellos desde la orilla del río.

—Yo… sí, por supuesto, pero…

Inuyasha se movió rápidamente. Liberó algo de su cuello, lo apretó contra su palma y la besó con fuerza antes de que ella pudiera cuestionarlo. Kagome intentó corresponder al beso, un ruido de miedo fue ahogado por los labios de él mientras oía el percutor de los mosquetes.

Inuyasha se apartó. Su mirada era intensa, llena de pavor y decidido a hacer esto igualmente. El oro de sus iris era más brillante de lo que nunca los había visto, y Kagome supo en ese único momento que esta imagen estaría marcada en su memoria para siempre.

—Te amo —dijo y la tiró de la cascada.

Kagome lo vio a cámara lenta. Inuyasha le dio la espalda, listo para enfrentarse directamente a su enemigo. Los disparos traquetearon por el aire como un trueno. Lo único que vio fue el destello del fuego y a Inuyasha recibiendo el embate de una docena de balas en un rocío de sangre… y todo mientras ella caía.

Kagome chocó contra el agua antes de que pudiera gritar.