Con este capítulo llegamos a la mitad de la historia. ¿Algún comentario? Me encanta leerlos.

Capítulo 4. Infracciones.

El alcalde estaba de mal humor. En realidad su humor era pésimo, probablemente el peor humor que había tenido en toda su vida. Le dolía la cabeza por la resaca del maldito licor de hierbas de Mendoza. Qué estupidez hacer caso a Mendoza, por todos los diablos. Además también le dolía la mandíbula por el puñetazo, aunque parecía que el diente no se le iba a caer después de todo.

Intentó concentrarse en su trabajo, pero era inútil. El dolor de cabeza no le dejaba entender lo que decían esos dichosos papeles. A la hora de comer se acercó a la taberna pero se la encontró cerrada, y decidió no comer nada porque le tocaba cocinar a Sepúlveda y ya había cometido el error de probar su guiso de ternera una vez.

Estaba harto de ese pueblo, de sus habitantes, de su clima, del ganado… no había nada que le gustara allí, y no veía cómo escapar.

"Le traigo su café, señor." dijo el sargento Mendoza en un tono de voz excesivamente alto para el dolor de cabeza de de Soto.

"Déjelo ahí, y baje la voz." dijo dándole un sorbo al café. Estaba malísimo, como siempre. Los soldados no sabían hacer nada bien. Se levantó para ir a la taberna, porque allí al menos el café estaba bueno. No tanto como el que tomaba en Madrid, claro, pero al menos se podía beber. Esperaba que ya estuviera abierta. ¿Dónde se habría metido la dichosa dueña?

Se dirigió al otro lado de la plaza seguido por Mendoza, al que la taberna siempre atraía como las moscas a la miel, o como a un oso la miel, en opinión del alcalde, por aquello del volumen que ocupaba. De Soto pidió un café a una de las camareras, y a continuación vio algo que acabó de estropearle el día. Don Diego de la Vega estaba allí, leyendo en una de las mesas, y sonreía como si no tuviera una sola preocupación en el mundo y viviera en un paraíso en lugar de en un agujero infecto en el culo del mundo.

Encima tuvo la osadía de saludarlo alegremente. "Buenas tardes, señor alcalde." Como si el esa tarde en concreto, o la semana, el mes o el año tuvieran algo de bueno. El alcalde respondió con un gruñido.

Un sonido espantoso taladró los tímpanos del alcalde, empeorando aún más su dolor de cabeza. Los bebés le parecían las criaturas más molestas de la creación. Cómo alguien podría hacerse cargo de uno de manera voluntaria se le escapaba completamente. Suponía que la gente cargaba con ellos porque no tenían más remedio. Luego recordó algo.

"¿Han pagado ya el impuesto de viajeros?" dijo en voz alta dirigiéndose al cabeza de familia.

El reciente padre lo oyó y lo miró aterrado. "Ya lo pagamos de nuevo anoche. ¿No lo recuerda?"

Mendoza asintió como un tonto. Qué se podía esperar de él. "Sí que lo hicieron, señor. Pusimos el dinero en la caja fuerte." Como siempre Mendoza dando la razón a los demás en lugar de apoyarle. Típico.

De Soto miró al sargento con cara de mal humor. "Pero hay una persona más." dijo señalando al bebé.

La tabernera se había asomado a la puerta de la cocina y lo miraba con cara de detestarlo, como era habitual en ella, pero antes de que ella pudiera decir algo, don Diego intervino para acabar de estropear la situación. "Pero no tiene que pagar el impuesto de viajeros porque no es una viajera, ha nacido aquí."

El alcalde no supo encontrar la manera de rebatir ese argumento lógico. Volvió a gruñir mientras la tabernera le dirigía una enorme sonrisa a don Diego. ¿Por qué todo el mundo se empeñaba en parecer tan feliz? Era nauseabundo.

"¿Nació anoche?" preguntó de Soto en un momento de lucidez. Luego se frotó un hombro, le parecía recordar algo acerca de que le golpearon ahí con una escoba, pero no conseguía acordarse de los detalles.

Mendoza también sonrió sin motivo aparente. Aquello parecía una epidemia de felicidad empalagosa. "Sí, por suerte don Diego estaba aquí para ayudar a la partera."

Típico de don Diego, meterse en un fregado con tal de ayudar. Hasta ahí todo normal. Pero ¿Un caballero haciendo de partera? Qué cosa tan desagradable. De Soto había visto una vez cuando era niño cómo nacía un cordero y había prometido no acercarse a una hembra parturienta de cualquier especie en lo que le quedara de vida.

Sin embargo aquello le recordaba vagamente algo que había leído en el código de leyes. Tenía que pensar en ello más detenidamente, mejor aún al día siguiente por la mañana, después de una buena noche de sueño. Para leer esos códigos había que tener la cabeza bien despejada porque a él siempre le habían parecido el mejor remedio para el insomnio.

Por suerte la camarera trajo su café y se pudo sentar en su mesa a tomárselo. Al probarlo tuvo que contener un suspiro de alivio, porque realmente sabía a café, y no a agua de lavar calcetines.

Don Diego se dirigió a la cocina, seguramente a ayudar a la tabernera con algo en lugar de sentarse a tomar algo como una persona normal. Para lo que le iba a servir… ella sólo tenía ojos para su adorado Zorro.

Por suerte la madre del bebé había hecho algo para hacerlo callar y ya no sonaba como si le estuvieran pisando la cola a un gato, así que se pudo terminar su café, y algo más aliviado se levantó para volver al cuartel.

"¡Mendoza!" gritó, arrepintiéndose inmediatamente porque le dio una punzada de dolor en la cabeza. El muy idiota también respondió a voz en cuello. "Sí, señor."

De Soto dio otro respingo de dolor y dijo entre dientes. "Volvamos al cuartel."

Mendoza hizo algo sorprendente, miró con tristeza a una chica en lugar de a la bandeja de comida que llevaba la camarera en la mano. Curioso, tendría que reflexionar sobre ello después, o quizá nunca, porque a quién le importaba lo que le pudiera pasar a Mendoza por la cabeza en cualquier caso.

Se sentó en su sillón y trató de concentrarse en los documentos que tenía delante, aunque con escaso éxito.

Unas horas después decidió irse a dormir esperando encontrarse mejor al día siguiente.

Se levantó de mejor… no, en realidad del mismo mal humor que el día anterior, solo que con menos dolor de cabeza, así que al menos ya no parecía que estuviera chupando limones todo el rato. Recordó lo de la partera que había oído en la taberna y se dirigió a la estantería a leer las leyes vigentes. Tras buscar un rato encontró algo interesante y se sentó mesándose la barba y con mirada de estar tramando algo. Esta vez tenía que funcionar. Se dirigió al archivo, donde se guardaba la documentación que había ido recopilando a lo largo de los años y empezó con los informes del anterior alcalde Luis Ramón.

Tras dos días de trabajo por fin tenía una lista de infracciones cometidas por los caballeros del pueblo. Sorprendentemente, don Diego era uno de los que más aparecía en la lista, porque ejercer la medicina sin licencia era un delito y había evidencias de que lo había hecho en numerosas ocasiones, la noche de fin de año entre ellas. Don Diego solo era superado por su padre al que se acusaba de rebelión frente a la autoridad con mucha frecuencia. La señorita Escalante también aparecía, pero al ser mujer y de clase trabajadora el alcalde anterior no la había encontrado peligrosa y apenas la mencionaba. Tampoco resultaba útil para sus planes, así que el alcalde decidió concentrarse en los caballeros dueños de haciendas.

Era el momento de pasar al siguiente punto de su plan.

z….Z….z

Don Alejandro llegaba al pueblo a caballo cuando don Enrique se acercó a él agitando un papel que llevaba en la mano. "¿Ha visto esto don Alejandro?"

"¿El qué?" preguntó mientras desmontaba.

"El alcalde ha convocado a la mayoría de los caballeros a una investigación."

"No sé de qué habla."

"¿Los soldados no le han entregado una citación?"

"He estado un par de días fuera, acabo de llegar."

El sargento Mendoza se acercaba corriendo desde el cuartel con un papel en la mano. "Don Alejandro, esto es para usted."

"A eso me refería." dijo don Enrique.

Don Alejandro leyó el documento y vio que debía acudir a una reunión con el alcalde acerca de las infracciones cometidas durante los últimos años. Sin pensarlo dos veces se dirigió a la oficina del periódico donde supuso que Diego estaría trabajando.

Llamó a la puerta, pero no esperó a que Diego respondiera para entrar.

"Diego. ¿Has visto esto?" dijo indignado mientras se acercaba a Diego, que estaba sentado tras su escritorio. Entonces se dio cuenta de que Victoria también estaba allí, de pie junto a él. "Hola Victoria." la saludó sin fijarse en que ella estaba algo ruborizada.

Diego se comportaba como si su padre no acabara de interrumpirlos mientras se besaban. Trató de distraerlo para que no le llamara la atención el aspecto de su prometida, que se peinó un poco con las manos mientras don Alejandro no miraba.

"Supongo que te refieres a la citación del alcalde." Diego abrió uno de los cajones de la mesa y sacó un documento. Luego tendió la mano para coger el de su padre.

"Parece que tú tienes más acusaciones que yo, casi todas por incitar a la rebelión."

"¿Y a ti de qué te acusa?" dijo don Alejandro.

"Pues un poco de lo mismo, pero principalmente de tratar a pacientes sin licencia médica ni de comadrona."

"Es ridículo, echas una mano cuando el doctor no está disponible, y sólo has atendido un parto, ayudando a la partera india."

"Por suerte sólo ha sido una vez." murmuró Diego recordando la experiencia. "La cuestión es que es un delito recogido en el código y me quiere acusar, aunque como jamás he recibido dinero a cambio es difícil que puedan sancionarme."

"¿Y qué es lo que vamos a hacer?"

"Pagar una multa, supongo." dijo Diego encogiéndose de hombros. "Seguramente el alcalde nos amenazará con llevarnos a juicio, y nos ofrecerá su ayuda para que levanten los cargos a cambio de algo que quiera, como dinero, influencias o ambos."

"Eso suena a algo que él haría." admitió su padre.

"Sí, la verdad es que es bastante previsible. Por eso todavía no me ha pillado."

"¿Y no te preocupa que alguien abra una investigación acerca de ti? ¿Y si realmente descubren algo?"

Diego puso cara de escepticismo. "La verdad, no lo creo."

"Pues yo creo que deberías preocuparte." dijo don Alejandro, molesto por la inacción de su hijo, aunque era un poco extraño, ahora que sabía que su hijo hacía montones de cosas. Al parecer era difícil dejar los viejos hábitos.

Diego asintió, empezó a reflexionar con una expresión de concentración, y luego sonrió levemente mientras asentía de nuevo. "Creo que tienes razón, debería preocuparme. Voy a consultar uno de los libros que tengo en el despacho para decidir lo que vamos a hacer." Se levantó y salió de la habitación para ir a buscar el libro.

Victoria lo miró con sospecha. "¿Sabe algo, don Alejandro?"

Don Alejandro por su parte parecía un poco sorprendido por el cambio de actitud de Diego. "Dime."

"Esa era la sonrisa de el Zorro. Estoy segura de que está tramando algo."

"Creo que tienes razón. Ahora soy yo el que se está preocupando."

Victoria sonrió orgullosa. "El que debería preocuparse es el alcalde, pero no tiene manera de saberlo."

Don Alejandro también sonrió al oírla. "Cierto. Sea lo que sea no pinta bien para él."

Diego volvió a entrar en la oficina desde el archivo. Se dirigió a su padre. "Tengo que ir a Monterrey a hacer unas averiguaciones. ¿Vienes conmigo?"