Vaya, nadie comenta sobre el mal humor del alcalde, con lo bien que me lo pasé haciéndolo enfadar. A ver si con este capítulo tengo más suerte.
Capítulo 5. Citación.
El día en que estaban citados con el alcalde don Alejandro se reunió con Diego en la biblioteca, y se dio cuenta de que Diego iba vestido con más elegancia de lo habitual, con un traje que había adquirido en Monterrey, mientras que él simplemente llevaba ropa práctica para montar a caballo.
"¿Por qué vas vestido así?"
Diego se ajustó la manga de la chaqueta. "Es parte de mi plan, parecer preocupado por mi imagen. Recuerda la historia que hemos acordado."
"Sí, claro, pero. ¿Debería cambiarme de ropa yo también?"
"No, es perfecto, se nota mucho la diferencia de estilo entre nosotros. Recuerda que yo decidiré lo que voy a decir después de escuchar al alcalde. Tú sólo tienes que estar en desacuerdo con cualquier cosa que yo diga."
"No sé, hijo, nunca he sido buen actor."
"No es difícil, sólo tienes que parecer decepcionado conmigo, protestar porque no me comporto como un de la Vega o algo así."
Don Alejandro se indignó solo de pensarlo. "Sí que es difícil, Diego. Estoy enormemente orgulloso del hombre que eres, y no me gusta que ese mequetrefe piense que vales menos de lo que realmente vales."
Diego sonrió agradecido por sus palabras. "Pues concéntrate en ese sentimiento de frustración. Lo hacemos por una buena causa, ya lo sabes."
"Nunca pensé que sería tan difícil guardar un secreto." suspiró don Alejandro. "Pero lo haré lo mejor que pueda."
Diego se acercó un momento a la biblioteca para coger una carpeta con documentos y salió detrás de su padre.
Diego y su padre desmontaron en la plaza y ataron sus caballos en el poste frente al cuartel. Había varios caballeros en un corrillo delante de la puerta del alcalde. Don Alejandro se acercó a saludarlos seguido por Diego. Todos comentaban lo extraño de la situación.
El sargento Mendoza abrió la puerta de la oficina y los fue llamando. Diego entró a continuación de don Alejandro, y el padre pudo ver que su hijo caminaba arrastrando un poco los pies, no tan erguido como era habitual en él, y que nada más entrar abrió su carpeta y empezó a mirar uno de los documentos con expresión preocupada. Él decidió mirar al alcalde desafiante, en realidad como siempre, solo que ahora lo hacía a propósito.
El alcalde fingía estar leyendo una carta mientras los caballeros iban entrando, aunque en realidad los observaba disimuladamente. Le pareció que Diego estaba preocupado. Quizá podría sacar ventaja.
Cuando todos estuvieron frente a él los hizo esperar un par de minutos para que se dieran cuenta de quién tenía las riendas, y por fin alzó la vista hacia ellos.
"Me alegro de tener frente a mí a lo más granado de la población de los Ángeles. Lamentablemente debo decir que el motivo es que todos ustedes tienen causas pendientes con la justicia."
Un murmullo de indignación surgió de los caballeros, aunque el único que habló abiertamente fue don Alejandro, como era de esperar. "Esto es un ultraje. Somos fieles súbditos del rey y respetuosos con la ley."
Don Diego se acercó a su padre, algo nervioso, y colocó una mano sobre su brazo. "Padre, ya sabes que se te acusa de desafiar a la autoridad. Quizá sería mejor que escucharas al alcalde antes de actuar."
Don Alejandro se volvió hacia su hijo con irritación. "Este hombre no representa al gobierno, nunca ha velado por el bien de los ciudadanos." Diego retiró la mano y apartó la vista.
El alcalde disimuló una sonrisa. Quizá pudiera sacar partido de las diferencias entre los de la Vega. Por la actitud de don Diego estaba seguro de que podría conseguir de él más que de los otros.
"Bueno, señores, la mayoría de las acusaciones son por faltas leves, que se pueden resolver extrajudicialmente pagando una multa."
Don Diego lo miraba sin parecer convencido. "Pero ¿Alguna de estas acusaciones ha llegado al juez territorial?"
El alcalde no se esperaba esa pregunta. "Yo no he llegado a tramitar ninguna de estas acusaciones, y aunque el anterior alcalde hubiera enviado algún escrito al juzgado, si envío informe de que se han declarado culpables y pagado las multas estoy seguro de que archivarán los casos."
"¿Está seguro de que esta lista recoge todas las acusaciones?" insistió don Diego. "Puede que Luis Ramón enviara algo que no haya tenido en cuenta porque no lo registrara o se haya perdido algún informe. No quiero tener cargos pendientes con la justicia." Diego sabía que sí había acusaciones contra ellos en el juzgado de Monterrey, porque había preguntado allí, aunque llevaban mucho tiempo pendientes de juicio porque el juez no les había dado importancia y después de la muerte del anterior alcalde nadie se había interesado por ellas. Diego quería saber si de Soto se había molestado en averiguarlo, y vio que no lo había hecho.
"Diego, creo que estás exagerando este asunto." dijo don Alejandro.
"Ya te he dicho que es importante, Paloma está emparentada con el secretario del gobernador, y si su familia se entera de que tengo pleitos pendientes no le permitirán que volvamos a vernos."
"Si son tan delicados no creo que esa señorita te convenga. Tendrán que entender que a veces es más importante ayudar a alguien que seguir la ley al pie de la letra, sobre todo en un territorio tan alejado de la capital como éste."
Diego puso cara de exasperación ante la mirada de reproche de su padre.
"Sargento, entregue a cada uno de los presentes una citación para venir a discutir el asunto de sus multas conmigo."
"Sí, mi alcalde." dijo el sargento entregando un documento a cada uno.
"¿Nos ha hecho venir aquí solo para esto?" preguntó don Emiliano algo ofendido.
"Sí, ya sabe que la administración tiene sus trámites." respondió el alcalde satisfecho de poder molestar a los ciudadanos varias veces. La burocracia a veces era maravillosa.
Don Diego leyó su documento, y disimuladamente le echó un vistazo al de su padre. Luego hizo un leve movimiento de negación con la cabeza. Mientras los demás salían entre murmullos de protesta, él se quedó atrás intencionadamente.
"Disculpe, alcalde." dijo cuando se aseguró de que su padre había salido. "¿No podría cambiarme la fecha de la citación? Preferiría no coincidir con mi padre cuando discutamos este asunto."
La expresión del alcalde era calculadora, aquello iba aún mejor de lo que esperaba. Se moría de curiosidad por saber qué quería hablar don Diego a espaldas de su padre. Con gesto condescendiente abrió su agenda y estuvo un rato pasando hojas hasta que por fin se decidió. "Está bien, don Diego, puede venir el próximo viernes a las 11 de la mañana."
"Gracias, alcalde." se despidió Diego algo aliviado.
z...Z...z
Felipe fue a abrir la puerta de la hacienda, que alguien golpeaba sin piedad.
Victoria saludó a Felipe con voz cortante, y el muchacho al ver la cara de la chica se apartó mientras la saludaba haciendo un gesto con la mano. Ella se dirigió directamente a la biblioteca, donde Diego estaba leyendo.
"Hola, Victoria." dijo Diego levantándose inmediatamente.
"No te atrevas a hablarme así, sinvergüenza."
Don Alejandro había oído la puerta (como para no oírla, Victoria la había aporreado a base de bien) y se había acercado a saludar, pero decidió hacer un gesto, que ella ni siquiera vio, y quedarse un poco alejado para ver cómo iba a salir su hijo de ésta.
Diego la miró con una expresión relajada. "Fui antes a la taberna a hablar contigo, pero estabas ocupada y no tenía ninguna excusa para insistir."
"¿Ibas a decirme lo de esa tal Paloma, tu nueva novia?" dijo ella furiosa. "Mendoza no paraba de hablar, diciendo que que es de muy buena familia y que estás muy interesado en ella, pero que tu padre no parece muy convencido con que la cortejes."
"Precisamente quería hablarte de eso. Ella en realidad ella es sólo parte de una historia que he inventado. Una de las hipótesis que barajaba es que el alcalde quisiera pedirnos dinero a cambio de retirar los cargos contra nosotros, y yo quería tener un motivo para estar muy preocupado por tener cuentas pendientes con la justicia."
Ella lo miró con sospecha. Quería creerlo, pero necesitaba que le diera más detalles. "¿Entonces no hay ninguna otra mujer?"
"Bueno, sí hay una mujer que se llama Paloma, pero es mi tía abuela, a la que en realidad hemos visitado estos días mientras contestaban a mi solicitud de información en el juzgado. Es encantadora, acaba de cumplir 81 años. Voy a ir a visitarla más veces mientras sigo haciendo averiguaciones en Monterrey."
"¿Y por qué ahora vas vestido así?" dijo señalando su traje nuevo.
"Para que parezca que estoy cuidando más mi aspecto por influencia de esa señorita. Estoy seguro de que ayudará a convencer al alcalde de que ese es el motivo por el que voy a hacer viajes a Monterrey, cuando en realidad lo que quiero hacer es conseguir información del juzgado y planear con el abogado una línea de defensa."
Ella lo miraba con cara de seguir enfadada. "Sigo sin entender por qué tienes que vestirte así."
"¿No te gusta?" dijo él sin saber a qué se refería. "Cuando todo esto acabe dejaré estos trajes solo para ocasiones especiales, la verdad es que prefiero la ropa que utilizo habitualmente."
" Todas las señoras y señoritas estaban comentando lo de tu cambio de estilo." Diego la miró, sin saber a qué se refería. Ella añadió. "Diciendo lo bien que te queda, y que ya era hora de que te interesaras por una mujer." Lo cierto es que tanta atención sobre el aspecto de Diego hacía que se sintiera algo celosa. Lo que no estaba diciendo a Diego era que se había sentido aterrada cuando en la taberna Pilar había dicho que ahora que don Diego tenía novia seguramente dejaría de prestar tanta atención a la gente del pueblo, y que la mayoría de ellos se darían cuenta de lo mucho que él hacía por todos cuando dejara de hacerlo. "No valoras lo que tienes hasta que lo pierdes." habían sido sus palabras exactas.
Diego intentó que ella entendiera lo que estaba haciendo y que no le diera tanta importancia. "Supongo que cotillearán sobre mí una temporada, espero que eso ayude a que todos piensen que es el motivo por el que voy a ir a Monterrey más veces."
"¿Por qué no me lo has contado antes?"
"Porque aún no sabía lo que quería el alcalde, era posible que tuviera que recurrir a otra estratagema distinta. Había pensado en varios planes, pero ninguno de ellos estaba bien perfilado."
Ella siguió con expresión enfurruñada, pero no encontró motivos para seguir quejándose, para alivio de Diego. "Está bien, pero si tienes un plan quiero que me cuentes el resto."
"Por supuesto. ¿Puedes quedarte a cenar?"
"Sí, he dicho a las chicas que tenía un problema con la contabilidad y que venía a pedirle consejo a tu padre, como he hecho otras veces."
"¿Se han dado cuenta de que estabas enfadada?"
Victoria se ruborizó. "Bueno, sí, pero les he dicho que creía que uno de los suministradores me estaba estafando con los precios y han pensado que era por eso, o al menos eso espero."
"Diré a María que ponga un plato más." dijo don Alejandro dirigiéndose a la cocina.
María, la cocinera, estaba acabando de preparar la comida cuando don Alejandro entró.
"He oído la puerta, señor. ¿Van a tener invitados?"
"Sí, la señorita Escalante se queda a cenar. ¿Habrá suficiente?"
"Sí, señor, no se preocupe por eso." la mujer, de unos 50 años, alzó la vista hacia el hombre para el que llevaba trabajando desde que tenía 14. Don Alejandro siempre había tratado a sus empleados con amabilidad, y aunque ella siempre había respetado la intimidad de la familia quiso decir algo. "He oído que don Diego está interesado en una señorita de Monterrey."
"Solo la ha visto unos días, ya sabe cómo es la gente y cómo se extienden los rumores." respondió él.
La mujer asintió, un poco solemne. "Adela y yo estaríamos encantadas de que don Diego se casara y tuviera unos cuantos niños que corretearan por la casa, pero una señorita de ciudad no querría vivir aquí, trataría de llevárselo lejos, y eso dejaría la hacienda mucho más triste y vacía."
Don Alejandro vio que ella estaba preocupada. "No creo que ninguna señorita vaya a llevárselo lejos, sé que su corazón está en esta tierra, con nosotros."
María siguió removiendo el guiso y dijo filosóficamente. "Espero que tenga razón, el amor puede hacer cosas extrañas a un hombre."
Don Alejandro sonrió levemente. Sí, el amor puede hacer muchas cosas extrañas a los hombres, sin duda.
