En algún bosque de Aviñón, abril de 1324.
Gabriel se había acostumbrado a la realidad de vivir en Francia. Sus jefes eran simplemente títeres que se manejaban al antojo del rey, y no podría hace nada por ellos. El solo debía de acompañarles y asistirles, pero aun así, añoraba estar en Italia, añoraba los días en los que correteaba y jugueteaba con sus dos hermanos menores, Feliciano y Lovino, cuidándolos de todo peligro, pero al fila, ambos se fueron a las casas de España y el sacro imperio, y a la larga él se fue con Francia a la fuerza.
Aun así, esa nostalgia no era completa: pintores cono Pietro Lorenzeti y Simone Martini y poetas como Giovanni Petrarca estaban establecidos en la corte pontificia, haciendo más llevadero el exilio que se le había forzado a aceptar. Sin embargo quería regresar a Roma, a SU ROMA, a su sede única y verdadera.
Caminaba por el bosque en ese caluroso día de abril, quería al menos salir un poco del enorme castillo papal en el que se había convertido el palacio episcopal de antaño, y en el que se había encontrado con Francis por primera vez. No sabía porque, pero cada vez que veía un racimo de vid, se acordaba del encuentro un poco inoportuno y de cómo Bonnefoy le había salvado de casi morir a manos de una pequeña uva. El sol iluminaba el bosque muy prístinamente, en medio de las copas de los árboles, mientras Gabriel caminaba por entre el mismo sorteando obstáculos, guijarros, piedras y arbustos con su inseparable báculo. Buscaba un lugar para reflexionar, para orar lejos de todo, de la agobiante ceremoniosidad pontificia, de la pompa litúrgica, ser uno con dios como le había enseñado san francisco a quien estimaba y conocía bastante bien.
Siguió caminando hasta encontrarse en un claro del bosque en donde había un estanque con una espléndida cascada. Hacía un calor sofocante y la sotana roja del italiano no ayudaba para nada, y estaba tentado a tomar un pequeño y refrescante baño en aquel pequeño Edén en medio del bosque.
"no estaría mal si me refresco un poco" pensó Gabriel.
Se quitó su capelo y su sotana, dejándolos a un lado del estanque en una roca cercana, e hizo lo mismo con su báculo. Se aseguró de que nadie lo estuviere mirando, y acto seguido se quitó el jubón que llevaba debajo de la sotana, dejando su piel al descubierto, y rápidamente se zambulló en el agua del estanque, el cual era bastante agradable, de agua helada perfecta para aquel día de calor.
No sabía que cierto francés estaba merodeando por esos lados.
Francis por su parte, se había separado del grupo de cacería del rey. Estaba siguiendo a un ciervo el cual se le había escapado de las manos, y decidió seguirlo. Cuando se iba de cacería, no paraba hasta obtener su presa. La cacería era una de sus aficiones, y aprovechando de vez en cuando sacaba sus perros de caza Ruan y Lyon, sus niños más consentidos de la jauría real. Se había perdido en el bosque, y no encontraba al grupo de caza dirigido por el Delfín Luis y su comitiva. Decidió seguir caminando por en medio del bosque, hasta reencontrarse con la comitiva de caza pero se acercó a cierto claro en el bosque, en donde encontró nada más ni nada menos que a Gabriel nadando en el estanque como dios lo trajo al mundo.
"buscaba un cervatillo y miren con que presa me he encontrado" pensó Francis de forma lasciva al ver el cuerpo tonificado del italiano lavado por la humedad del agua fría, mientras nadaba en el estanque del bosque.
Gabriel había notado la presencia de alguien. Algún cervatillo, o algún zorro estaban merodeando, quizás. Pero mirando atentamente, noto entre los arbustos una cabellera rubia bastante distinguible para él. Desagradablemente distinguible.
Nado hacia la roca en donde había puesto sus cosas, y tomo el báculo, moviéndose hacia el centro del estanque con él, listo para atacar. Francis miro a Gabriel, el cual estaba en medio del estanque junto con su báculo episcopal (el báculo que usa siempre, no el otro, mal pensado/as), por lo que ya sabía que él estaba allí. Aun así, esa oportunidad debía aprovecharla.
Se desvistió por completo y se acercó al estanque.
-pero con quien me encontrado, mon petit Gabrielle, que gusto volver a verte…-decía Francia con lascivia, lo tenía en frente, desnudo en el estanque, se sentía en la gloria.
-No digo lo mismo.-le dijo la santa sede a rancia, evadiendo la mirada, no quería ver "aquellas cosas" del degenerado francés.
-Ohh, no te molestes, es que hacía mucho calor y como encontré este estanque, decidí darme un pequeño chapuzón, ¿no te molesta? –replico Francis con fingida inocencia.
-Acércate más, bastardo depravado y rogaras a dios no haber pasado por aquí jamás… -le contesto Gabriel con rabia.
-non, mon-petit, debería agradecer a dios encontrarte aquí… Gabriel… Mon amour
-Blasfemo.
Francia se acercaba cada vez más al vaticano, mirándolo con una lascivia incontrolada. Quería hacerlo suyo de cualquier forma, y la agresividad de Gabriel le excitaba aún mucho más, recordándole mucho a Kirkland. Gabriel por su parte, esperaba a que el francés se acercara lo suficiente, no para complacerle, sino para atacarle con su báculo sus regiones vitales con tal fuerza, que Francis jamás lo olvidaría.
Francis ya estaba en el interior del estanque, y se acercaba lentamente, cuando este siente un repentino dolor.
-AAAAAH, MEEEERDE, mi pierna
El italiano se asustó, quería que se fuera, pero muy muy en el fondo no quería que le pasara nada. Y no precisamente por otras motivaciones que evitar la reprensión de su superior, por falta de caridad cristiana y por dejar morir a Francia, que aunque depravado y todo, era una nación cristiana muy poderosa en la que era huésped.
-dios, ahora que hago –suplico el italiano mientras veía al francés patalear, intentando mantenerse en la superficie, dado que había contraído un calambre en un pie.
No lo dudo. Sin importar el recato y la vergüenza, tiro su báculo y se abalanzo sobre el francés, el cual estaba pataleando desesperado. Posteriormente, con algo de dificultad lo saco del estanque llevándolo a la orilla del mismo. Francis se encontraba asombrado, mirando la esbelta figura del italiano, el cual estaba recostado a su lado después de que este primero lo sacara del estanque. Aun le dolía la pierna producto del calambre, pero no le importaba. Gabriel miro a su vez al francés, el cual estaba tumbado en la hierba, aun quejándose y ciertos pensamientos "poco castos" le llegaron a la mente. Luego se fijó en sí mismo, sintió vergüenza y corrió hacia la piedra en donde estaban sus vestiduras, poniéndose el jubón y la sotana a toda prisa, avergonzado y sonrojado por haberse dejado ver de semejante forma.
Francis, aun desnudo y tendido en la hierba sentía también algo de vergüenza, por un simple arrebato de lujuria casi pone en riesgo su vida, por lo que le agradeció el que le rescatara.
-este… gracias por sacarme de ahí.
-No fue nada, solo hice lo que cualquier buen cristiano haría –respondió Gabriel de forma evasiva.
-fui muy imprudente –dijo Francis, ensimismado en la figura del italiano el cual estaba vestido con su sotana y una capa de viaje.
-mejor me voy, creo que el santo padre me necesita.
Gabriel corrió a toda prisa, tomando su báculo y dejando olvidado su capelo en la misma piedra en donde dejo sus cosas.
-GABRIEL, OLVIDASTE ALGO –grito Francis al notar el capelo abandonado.
Se levantó con algo de dificultad, cojeando y acercándose al capelo que Gabriel había dejado, mientras lo miraba con deleite, como si fuera su trofeo de cacería. Acto seguido, sale de allí, toma su ropa y con algo de dificultad por el calambre se viste nuevamente.
Ninguno de los dos se olvidaría de aquel encuentro por el resto de sus días.
