Palacio-fortaleza papal de Aviñón, marzo de 1378.
Gabriel había intentado regresar a su amada roma sin éxito alguno. Pero esta vez sería diferente. El cardenal Albornoz había sido enviado allá, para garantizarla seguridad del pontífice mientras este se embarcaba hacia la ciudad. Gabriel había acompañado al cardenal en aquella misión de pacificación y hallo a su amada ciudad en un estado lamentable.
Las iglesias estaban abandonadas por completo, la gran plaga que estaba haciendo estragos en toda Europa había reducido su población. Los que antes eran los gloriosos monumentos que su abuelo le mostraba con orgullo a él ya sus dos hermanos solo eran ruinas derruidas por completo. Su tribulación aumento cuando entro a la que antes era su sede: la otrora esplendida basílica de san pedro, que le había obsequiado con mucho cariño y esfuerzo su Nono cuando apenas era una nación apenas incipiente estaba completamente abandonada. Los mosaicos se desprendían del techo a pedazos, y pequeños fragmentos de cerámica coloreada rodeaban el piso. El pasto crecía libre por en medio de las naves y las cabras pastaban en el como si fuera un campo más.
Gabriel se postro en tierra y lloro, lloro por haber dejado abandonada a su amada roma, a su sede legítima, en detrimento de aquella jaula de oro que habían construido para el Francis y el rey de Francia, aquella jaula de oro que se llamaba Aviñón. Una por una visito las iglesias de la ciudad, encontrándolas en un aspecto lastimero y deplorable: San Pedro, Santa María la Mayor, San Pablo Extramuros, San Clemente, Santa María en Trastevere y San Juan de Letrán se encontraban en un estado de destrucción terrible. Ni el panteón, uno de los pocos templos que se habían conservado enteros desde la época de la republica romana, cuando su nono vivía se salvaba del abandono.
Gabriel al ver la desolación de la ciudad comprendió porque los romanos estaban resentidos con él, y habían expulsado a su sexto superior francés el papa Urbano V. Él aunque italiano se sentía como un extraño en esa tierra que era la suya. Su tierra natal.
Después de haber visto el deplorable estado de roma, no tardo en decidir su segundo regreso. Debía de regresar a Italia de nuevo y esta vez nadie lo sacaría de allí. Ni siquiera ese francés lascivo por el que secretamente sentía algo, aunque no quisiera aceptarlo o decírselo.
Su nuevo superior, el papa Gregorio XI esperaba noticias de su sede y del cardenal Gil Álvarez de Carrillo y Albornoz, pero no contaba con que solo Gabriel regresaría a Aviñón. Su aire era más sombrío y triste, su mirada era melancólica.
-Que me puedes decir, Gabriel…
-santidad, es necesario que usted y yo regresemos a roma.
-Tanto me has insistido tú, el cardenal Albornoz y la hermana Catalina de que regreses a roma… Aviñón es más seguro que roma.
-Su antecesor quería regresar la sede a su legítimo lugar, y sor Catalina ha logrado convencer a Florencia y Siena de que no nos agredan como la anterior vez.
-Pero yo no soy el santo padre Urbano, mi querido Gabriel...
-pero es lo que quiero yo, y lo que quería el santo padre Urbano, santidad.
Luego, el pontífice le pregunta a Gabriel sobre el paradero de su compañero de viaje, el cardenal Albornoz.
-y que ha sido del querido Carrillo y Albornoz. Creía que regresaba contigo.
El rostro de Gabriel cambio seriamente, ahora se veía un aura de tristeza en su rostro.
-el cardenal Albornoz…
-sí, dímelo, sin rodeos
-Murió en Viterbo hace tres meses atrás, mientras nos dirigíamos hacia acá. Yo no quería abandonarle, pero el insistió que siguiera hasta aquí, para comunicarle las noticias.
El semblante del pontífice cambio. Un aura de tristeza rodeo al pontífice, sintiéndose culpable por la muerte de su más preciado consejero.
-Yo decidí celebrar las exequias, lo velamos en el palacio de Viterbo y le enterramos en su catedral. Antes de morir me pidió que le dijera que no temiera, que regresara a ocupar el puesto que le correspondía, y que ya era hora de que la cautividad de babilonia terminara.
-pero… no puedo, no me quieren allá.
-el cardenal Albornoz ofreció su vida para que usted y yo regresáramos al lugar que me corresponde a mí, a usted y a sus antecesores, y que ocuparan sus sucesores. Sor Catalina también ha logrado pacificar Siena y Florencia, y eso hay que reconocérsele, esos dos son muy obstinados y difíciles de convencer.
-entonces no hay peligro en la península…
-ningún peligro que le haga daño alguno, santidad. Por lo pronto Florencia y Siena están calmados, y han prometido no hacernos daño.
-Dejadme pensarlo Gabriel –le respondió el Papa con un semblante serio- Puedes retirarte.
La santa sede decidió retirarse del salón de audiencias, haciendo una reverencia. Deseaba descansar, pero tenía que salir del ambiente opresivo del palacio-fortaleza papal.
Salió de nuevo al bosque. Camino por el mismo sendero, como lo había hecho aquella vez, hacía ya 54 años. Él no había cambiado en absoluto, su mirada altiva, su aspecto juvenil, su mal temperamento no habían cambiado en años. Quizás Francis había madurado un poco durante esos años, pero no daba esperanzas de ello. Lo veía poco, dado que se había enzarzado en un conflicto bélico atroz con Kirkland, con el que no se llevaba bien desde que este consintiera la muerte de Thomas Becket. De cuando en cuando Bonnefoy buscaba auxilio espiritual, visitándolo en el palacio y el como buen sacerdote le brindaba ese consuelo. Pero habían días en los que Francis deseaba "otro" tipo de consuelo, lo mismo que Gabriel, pero este le dejaba en claro siempre que podía contar con el pero solo en el lado espiritual, mas no en el material, ni mucho menos en el carnal.
Aun así, las cosas se ponían feas en Francia, y Gabriel veía conveniente irse de allí, antes de que las débiles treguas que los superiores de Arthur y Francis habían pactado se rompieran.
Había llegado al mismo estanque en el que Francis lo había sorprendido aquella vez.
-pero que grata sorpresa encontrarte aquí, Gabriel…
Francis estaba allí. Aun portaba su armadura de cota de malla y placas de metal. Portaba una capa purpura que estaba algo desgarrada y ensangrentada, y parecía que una flecha atravesaba su hombro. Su estado era algo lastimero, pero a la vez no había perdido ese porte, ese elegante porte que lo distinguía entre las demás naciones. Parecía que hubiera salido recién del campo de batalla.
-Dios mío Francis, que te paso…
-esto, no es nada. La tengo desde la batalla de Poitiers y no me ha molestado.
-eres un estúpido temerario.
Gabriel no sabía si sentir rabia, compasión o demostrar su deseo irrefrenable frente al francés. La realidad era que no sabía porque había regresado después de tanto tiempo a ese mismo lugar testigo de aquel incomodo encuentro, que por más que quisiera no podía arrancarse de la cabeza.
-qué piensas hacer, Gabriel –le pregunto Francia al Vaticano- te noto algo tenso y agobiado.
Gabriel pensó decirle directamente y sin ningún tipo de anestesia:
-me voy, y esta vez será definitivo. No regresare a Aviñón.
Francis no podía salir de su asombro. Se sintió algo apesadumbrado por la partida del italiano, el cual había hecho algo que solo Arthur Kirkland había conseguido hasta ese momento: tocarle las fibras más sensibles del corazón, sin necesidad de pasar por su lecho, siendo el único que se había negado reiterativamente a acceder a sus lascivas proposiciones y salir airoso de las mismas evitando en todo momento ser violado, ya que Gabriel ponía siempre su báculo de por medio.
-no-no Puede ser así… debes quedarte aquí –exclamo Bonnefoy desesperado
-y qué quieres Francis, ¿unirme a tu corona, que tu jefe sea también mi jefe?, yo soy independiente de ti, de Arthur, del Sacro imperio, cuantas veces lo tengo que repetir.
-pero, pero –gimoteo el francés desesperado- puedo cambiar…
-No prometas nada que no puedas cumplir –le respondió el italiano con sequedad.
-¿Podrás regresar algún día?
-ya te dije que no volveré… Jamás.
-Entonces este es el adiós.
-me temo que sí.
-Bien, Au revoir y Bon Voyage, mon-petit Gabrielle –dijo Francis a modo de despedida, intentando ocultar sus lágrimas de tristeza.
Gabriel noto unas cuantas lágrimas que caían del rostro del francés. Quería consolarle pero lo mejor para los dos era que él se fuera rápidamente. Salió a toda prisa del claro, dejando a Francis solo. Eran una mezcla extraña de sentimientos que tenía el francés adentro de si: amor, odio, deseo, frustración le embargaban en ese instante. Nunca había deseado a alguien con tanta energía, y nunca nadie lo habían rechazado tantas veces como lo había hecho Gabriel, además de que siempre se habían encontrado en situaciones comprometedoras que a la larga, no resultaban en nada, pero que lo excitaban aún más. Su ardorosa pasión no podía frenarla, pero tenía que dejarlo ir, era justo, Gabriel había padecido bastante.
Se tendió en la hierba, en aquella misma ribera en donde Gabriel lo había sacado hacía más de 55 años atrás del estanque. Las cosas sin Gabriel serian distintas de ahora en adelante, pero no quería olvidarle tan fácilmente. Si algo se destaca de Francis Bonnefoy es que nunca olvida fácilmente a alguien, y en especial si ese alguien le había rechazado cientos y cientos de veces. Las cosas habían cambiado desde ese entonces, Gabriel estaba aún resentido por lo de Anagni, y no le dedicaba en un comienzo otra mirada que no fuera de odio, como si deseara procesarlo en uno de sus siniestros tribunales inquisitoriales y condenarlo a las llamas de la hoguera.
Pero aquel encuentro en el palacio, y aquel desafortunado incidente en el estanque habían cambiado en algo el modo en el que Gabriel lo trataba. Era como si quisiera ocultarle algo, pero no sabía que era. Quizá sus sentimientos hacia el Vaticano eran correspondidos de otro modo, un poco más "espiritual", lejos del goce carnal al que estaba acostumbrado Francis. Sin embargo, Gabriel no podía disimular con facilidad que Francis le perturbaba los pensamientos. Quizás, podría ayudarle a corresponderle, pero ya era tarde.
Tendría que acostumbrarse a la realidad de que ya estaba solo. Solo y sin Gabriel, enfrentándose a aquel ingles que cruzo el canal de la mancha reclamando algo que no era suyo. Se sintió vacío, como si alguien o algo le faltasen, y ese alguien por más que lo quisiere negar era Gabriel.
Gabriel regreso al palacio-fortaleza, mirando con nostalgia aquellas paredes, que habían visto tantas cosas. El también sentía algo de desazón, no por dejar Francia, sino por no poder haberle dicho a Francis lo que realmente sentía, pero era mejor así, por el bien de ambos no debían de verse ni de unirse.
En tres días partirían al puerto de Marsella, en donde una galera los llevaría hacia el puerto de Ostia, y de allí, media hora en carreta de viaje hacia roma.
Por esos días, Gabriel notaba que su superior, el papa Gregorio estaba bastante mal. El riguroso verano de la Provenza francesa le había afectado bastante, y había contraído malaria. Tres días antes de partir, el papa se había desmayado mientras presidia las vísperas de la noche correspondientes a la liturgia de las horas de ese día. Gabriel se preocupó demasiado, quizás no debían partir, sino hasta que se recuperase, por lo que le dijo al santo padre que se podrían quedar por más tiempo, hasta que él se recuperara.
El papa, siempre obstinado y terco desatendió la sugerencia de su sede, y al día siguiente le dijo con una amabilidad paternal que estaba bien.
-Gabriel, el que yo me enferme no quiere decir que los planes de regresar a Roma hayan cambiado.
-pero santidad, su estado de salud no es el mejor, debe considerarlo, puede posponer el regreso…
-hijo, estoy muy viejo y cansado para seguir posponiendo tu regreso… -dijo el pontífice melancólicamente- y mis antecesores siempre posponían el regreso para más tarde, para otro año… no puedo seguir posponiendo algo tan importante para ti y para mí.
-santidad… su salud…
-Partiremos en cinco días. El buen doctor me ha dicho que al menos resistiré el viaje hacia Marsella, pero que lo mejor para mi es que retorne por mar y no por tierra, él dice que el aire del Mediterráneo mejorara mi disminuida salud… pero solo dios sabrá como disponer de este su humilde siervo.
-si usted así lo dispone santidad, que así sea –le respondió la santa sede al pontífice, el cual estaba guardando cama en sus aposentos.
Una semana más tarde, la corte pontificia salía del enorme Palacio-fortaleza en varias carretas de viaje, acompañados por una pequeña escolta armada, la cual era una suerte de guardia palaciega. Gabriel miro hacia el Ródano, mirando nostálgico el que había sido su hogar por al menos 70 años, y el como nación no había cambiado en absoluto. Aviñón era ya una ciudad prospera de 27.000 almas, y era un pujante centro textil, que a pesar de las revueltas, la peste y la guerra no había disminuido su prestigio. Posteriormente miro aquella mole en medio de la ciudad, el enorme palacio-fortaleza papal que había sido su morada durante años, y en el que se había instalado por primera vez, cuando era un pequeño palacio episcopal que amablemente había cedido el arzobispo de Aviñón. Aquel palacio le hizo evocar recuerdos con Francis… el cual no olvidaría tan sencillamente.
Entre tanto, Francis miraba con nostalgia como la caravana salía del pueblo, en humildes carretones de viaje. Monjes, sacerdotes, cardenales, sirvientes salían de la ciudad en medio del estupor de los habitantes del pueblo. Por más que deseara volverlo a ver, no lo haría.
Después de dos semanas…
Habían conseguido llegar al puerto de Marsella después de tres días de trayecto, más las 2 semanas en mar desde Marsella hasta el puerto de Ostia. El santo padre se había debilitado notablemente, por lo que no sabían cuánto resistiría el pontífice el duro trayecto. El papa había sido sacado de la galera en una litera cubierta, portada por cuatro sirvientes. Gabriel no podía despegarse del anciano pontífice, el cual fue recibido con fervor en el puerto por los pescadores y pueblerinos. También había decidido acompañarlo en la misma litera.
-Gabriel… creo que tendrás que convocar pronto el conclave… -dijo el papa en medio de un tenue susurro
-santidad, no es momento para que piense en esas cosas –insistió Gabriel preocupado.
-pero tú ya sabes bien que ya ha llegado mi hora, pero el señor ha dispuesto que al menos uno de nosotros regrese a Roma, asiento de su sede.
-santidad, usted sabe bien que a donde quiera que vaya, su sede siempre le acompañara.
-pero esta vez no me podrás acompañar al lugar a donde me dirijo, hijo mío… que sería del mundo y de mis sucesores sin su cátedra. –le reclamo el papa a la representación de la santa sede, el cual estaba bastante preocupado por el estado de salud de su superior.
Gabriel se sentía conmovido, se notaba que el papa Gregorio quería resarcirlo después de casi 70 años de exilio.
-Resista, santidad, pronto llegaremos a roma.
Las carretas de viaje corrían a toda prisa por los caminos que se dirigían a la ciudad eterna, tan desolada por el abandono. Gabriel conocía de antemano la situación de su ciudad, por lo que no sabría cómo reaccionaría su superior. El papa cada vez estaba más débil, y su respiración era tenue, él y los cardenales no sabían por cuanto tiempo resistiría.
Habían llegado a roma, y Gabriel ordeno al cochero que lo llevaran al palacio de Letrán. Meses antes ordeno reconstruir el palacio semiderruido, haciendo las reparaciones más necesarias para hacerlo habitable de nuevo. Au así, el santo padre decidió dar contraorden al cochero, ordenándole que lo llevase hacia san pedro.
-porque quiere ir a la basílica, debe descansar…
-solo quiero orar un rato, mi querido Gabriel.
Un sequito de monjes había acompañado al anciano pontífice, el cual estaba apoyado en la santa sede, mientras que este intentaba no esforzar tanto al anciano. Le había cedido su báculo episcopal, el cual utilizaba como una suerte de bastón, mientras este se apoyaba en los hombros de vaticano. Entraron ambos por la deteriorada basílica, mientras que el sequito retrocedía ceremonialmente viendo entrar aquellas dos figuras al imponente edificio.
Luego, llegaron al altar mayor, el cual estaba en un avanzado estado de deterioro, El pontífice se puso de rodillas frente al altar, y Gabriel hizo lo mismo.
-perdóname a mí, y a mis antecesores por haberte sacado de tu casa de semejante forma. –le dijo el Sumo Pontífice a Gabriel, mientras miraba con ojos de tristeza el derruido altar.
-santidad, usted no tiene nada que perdonarme, porque nada me ha hecho, solo le agradezco que haya regresado a su legítimo hogar.
-No, Gabriel, tú eres el que ha regresado a tu legítimo hogar –dijo el papa con algo de cansancio- ahora poder reunirme con el creador tranquilo y en paz.
Luego, el anciano pontífice se desplomo al suelo, pero Gabriel lo sostuvo, había suspirado, el viaje de regreso había sido mucho para él. Gabriel sollozo, fue el único pontífice que había conseguido regresarlo con éxito a su amada ciudad eterna. Pidió a uno de los monjes una estola y algo de aceite, mientras le aplicaba los santos oleos al difunto Pontífice, saltándose por completo todos los procedimientos ceremoniales acostumbrados para estos casos.
-santo padre, salude a mi Nono Roma de mi parte, y dígale que me perdone –le susurró al oído la santa sede al difunto pontífice después de aplicarle los santos oleos.
