Palacio apostólico vaticano, agosto de 1798.

Europa estaba enfrentando un ambiente convulso. Francia ardía bajo las llamas de la anarquía revolucionaria, sacando el lado más oscuro y siniestro de Francis Bonnefoy. Todos le temían a él, que empezaba a manifestarse como una potencia emergente. Después de dar su beneplácito para la ejecución de sus superiores, las demás naciones de Europa miraban con gran consternación como aquel siniestro ejército se expandía por el continente. Antonio se aterrorizo con lo sucedido cerro fronteras, mientras que Francis expandía sus intereses de conquista hacia Holanda, que sucumbió ante el ataque francés. Para colmo, Italia estaba en la mira.

Gabriel miraba con atención aquel horizonte preocupado, no deseaba reencontrarse con él. A pesar de haber pasado ya cuatrocientos años, no lo quería ver. El sacro imperio romano se empezaba a disolver a pedazos, y su hermano Italia del norte lo visitaba con más entera libertad. Ese pequeño, que había protegido con tanto esmero junto con romano, había decidido huir a su abrigo. Por esas épocas, la corte de sacro imperio no era un lugar tan seguro: las peleas y rencillas entre los principados eran violentas, Prusia, Sajonia, Baviera peleaban siempre contra Austria y Hungría, algunas veces ganaban, algunas no. El sacro emperador romano intentaba por todos los medios evitar que sus principados se peleasen con la violencia tan desmedida con la que se enfrentaban. Solo rogaba a dios, que la "grande armeé" no llegara a las murallas de la ciudad eterna y exponerse de nuevo a un baño de sangre.

Mientras miraba por el balcón, Feliciano pregunta con inocencia a Gabriel que le estaba preocupando.

-¿Fratello, porque estas preocupado? –le interroga Feliciano con inocencia.

-No es nada importante, Feliciano –le responde Gabriel de forma amorosa al chico mientras revolvía los cabellos de Feliciano de forma delicada.

-fratello, ¿habrá pasta para la cena?

-claro que sí, y de la mejor –le contesto el Vaticano al pequeño Italia del norte, el cual empezaba a despuntar la adolescencia- pero primero tienes que cumplir tus deberes con dios y agradecerle a él todo lo que te da.

-claro que sí, fratello…-le respondió a su vez el chico de cabello marrón claro al clérigo.

Posteriormente, uno de los sirvientes del palacio irrumpe en el salón en donde se encontraban Gabriel y Feliciano, parecía que tenía noticias, y por su semblante no eran para nada buenas.

-Eminencia, el santo padre solicita su presencia imperativamente.

-¿tan pronto?, debe de ser algo importante, es mi día de receso.

Miro a Veneciano con preocupación, sentía que algo pasaría ese día.

-Feliciano, si por alguna razón yo no estaría aquí, ¿qué harías tú?

El chico había notado la indirecta, su Nono roma le había dicho exactamente lo mismo el día en el que desapareció.

-no, no te vas a ir, ¿verdad? -gimoteo veneciano asustado, temía que su hermano mayor desapareciese como lo había hecho su abuelo.

-No, no lo hare, pero quiero que tengas esto.

Gabriel se quitó el crucifijo que siempre llevaba consigo y se lo puso en el cuello de Feliciano.

-úsalo siempre, dios y yo siempre estaremos a tu lado.

Lo beso tiernamente en la frente, y salió de la habitación en donde estaban, dejando a Feliciano en un estado impotente de preocupación, exactamente como había sucedido con su Nono y con el sacro imperio. Gabriel dejo caer unas cuantas lágrimas en su rostro, pero intentando recobrar algo de su dureza le dijo al guarda.

-Protejan a Italia del norte con su vida si es preciso –ordeno secamente mientras intentaba contener las lágrimas.

Con paso firme y rápido se dirigió hacia la sala clementina, en donde el papa Pio VI le estaba esperando junto con los demás cardenales, los cuales le hicieron una respetuosa reverencia al ingresar este.

-Te estábamos esperando, Gabriel. –le respondió el Papa a la representación de su santa sede y de los estados pontificios.

Este se acercó al trono papal, besando el anillo de su superior con respeto.

-Para que es útil este humilde servidor, santidad.

Sin ninguna evasión, y con fría parquedad le dice:

-La situación de la santa sede y de sus territorios es preocupante, Gabriel. Como bien sabes, el gobierno del directorio ha tomado nuestro enclave de Aviñón y el condado Venesino, y se acercan peligrosamente hacia acá. Venecia ya ha sucumbido, por lo que supongo que Feliciano está bajo control de Francia.

Al oír esto Gabriel quedo de piedra, Feliciano, su hermano más pequeño no estaba allí en roma por casualidad.

-y entonces qué puedo hacer, santidad.

-he recibido una carta de parte de un tal Francis Bonnefoy, él me dice que puede garantizarnos evitar la ocupación de los estados pontificios, negociando contigo la entrega de tu hermano Feliciano, como parte de los territorios conquistados.

Su pasmo había crecido, su piel se tornó extraordinariamente pálida como el mármol, contrastando con sus vestiduras escarlatas de cardenal.

-si queremos evitar la desaparición de la santa sede, tendremos que entregar unilateralmente a Feliciano a los franceses.

Aun así, Gabriel había notado la treta de Bonnefoy. No solo iba por Feliciano, sino también por él.

-Santidad, discúlpeme por lo que le voy a decir pero entregar a Feliciano es una soberana estupidez.

-que… has… dicho… Gabriel.

-que es una soberana estupidez.

No quería volver a perder a Feliciano, lo había recuperado al fin, y no lo entregaría de buenas a primeras.

El semblante del pontífice cambio, su habitual serenidad estaba empezando a desaparecer. Sin embargo, Gabriel empezó a hablar.

-Conozco bien al señor Bonnefoy y se con plena certeza que aquella oferta es una treta. Supongamos que entregamos a Feliciano, pero eso no nos garantiza que Francis se tome la libertad de respetar los estados papales. Sin ningún remordimiento nos invadiría y nos sometería de nuevo.

-¿cómo puede usted estar tan seguro, cardenal Vargas de que el Señor Bonnefoy sería capaz de irrespetar un pacto como ese? –le pregunta un cardenal.

-Solo es intuición, eminencia.

-Comprenda, cardenal Vargas que si no entregamos a su hermano, la santa sede estará perdida. –insistió el pontífice con dureza al joven de vestiduras escarlatas y cabello castaño oscuro.

-¿perdida?, cuantas veces no he oído esa palabra. Yo he sido la sombra de usted y cada uno de sus antecesores desde que tengo uso de razón, Protegí a Gregorio de los ultrajes teutónicos mientras el emperador Enrique ocupaba Salerno, estuve siempre al lado de Clemente cuando sucedió aquel atroz saqueo, junto con aquellos 47 valientes que dieron su vida ante el altar de esa basílica –dijo con ira mientras señalaba hacia la basílica de san pedro- Acompañe a Bonifacio cuando aquellos carroñeros buitres dirigidos por Sciarra Colonna y Guillermo de Nogaret ultrajaron su persona de la forma más vil y despiadada… ahora díganme, ¿cuantas veces no ha estado perdida la santa roma? , ¿Cuantas veces no hemos estado al borde de la aniquilación?, ¿CUÁNTAS VECES NO HA PELIGRADO LA VIDA DE LA IGLESIA?

Gabriel lloraba de forma descontrolada, sentía una enferma rabia en su corazón. Rabia que lo hacía llorar. Rabia en contra de sí mismo, en contra de su superior, el papa Pio, rabia en contra de Francis Bonnefoy.

-entonces dime, Gabriel: ¿que nos propones hacer?

-Solo esperar santidad, pero no se fie de la palabra de ese francés.

Gabriel hizo una profunda reverencia y se retiró del salón en medio del desconcierto de los cardenales. Solo el papa, y algunas personas en el interior de la curia sabían la verdadera identidad de Gabriel, por lo que varios cardenales quedaron desconcertados frente a aquella declaración. La mayoría creía que simplemente era uno de los consejeros más cercanos del papa, y nada más, sin sospechar que era la representación física y tangible de la cátedra de san pedro.


Esa misma noche…

Dos figuras, una de un hombre de unos veintitantos años, y otra de un chico de doce salían a escondidas del palacio apostólico evadiendo a la guardia pontificia.

-Fratello, a donde vamos… -preguntaba el menor de los dos al otro joven, el cual estaba cubierto por una gastada capa café, intentando encubrir el habito escarlata que lo distinguía como príncipe de la iglesia.

-A un lugar seguro, Feliciano.

Después de caminar en medio de la oscura calle, se detuvieron frente a una posada cercana a la vía Alessandrina. Les estaba esperando un carretón viejo y desgastado, conducido por un hombre de edad avanzada y un caballo algo agotado y famélico.

-Llévelo hasta Viena, pregunte por Roderich Engelstein, dígale que viene de parte del padre Gabriel, que le pide que proteja a su hermano menor.

-como usted diga eminencia.

Posteriormente, saca una bolsa de cuero que sonaba como si tuviera algo metálico adentro

-creo que con esto tendrá suficiente para su manutención y la del chico, no quiero que le suceda nada malo, ¿ha entendido?

-más claro que el agua, eminencia.

Luego, Gabriel se dirige hacia Feliciano el cual estaba aterrorizado por lo que estaba sucediendo.

-¿Fratello, a dónde vamos?

-regresaras a la casa de Sacro imperio, allá estarás seguro… pero no puedo acompañarte.

-pero el señor Austria me trata mal –gimoteo veneciano- y Prusia no hace más que burlarse de mi junto con Baviera y Sajonia, por favor ven conmigo

-no puedo, es mi deber quedarme aquí.

-Pero fratello…

-recuerda, Feliciano –le dijo Gabriel mientras empuñaba su mano en el crucifijo junto con las manos del chico- siempre que lo conserves, estaré junto a ti.

-Fratello… -sollozo Feliciano desesperado, recordando el día en el que su Nono desapareció.

-Dios te bendiga hermanito.

Lo abrazo y le echó la bendición, ordenándole al cochero partir lo más rápido posible. Era lo mejor para él. No pudo contener el llanto, y se postro en medio de la vía, arrodillado. Sentía el final cerca, su posible final.

Uno de los guardas que estaban en la taberna, gastando los florines de saldo que ganaba reconoció al clérigo, no por sus vestiduras escarlata, sino por el inconfundible rizo que lo distinguía de los demás cardenales, aunque usara su capelo para ocultarlo.

-Pero miren a quien tenemos aquí, el cardenal Gabriel Vargas.-luego le agrego a este comentario otro, de una forma siniestramente burlona- Estas muy lejos de san pedro, cardenal

-no te metas conmigo, hijo.-le respondió el sacerdote de capa y vestiduras escarlatas.

Entre tanto, a las afueras de Roma dos regimientos del ejército Francés se acercaban hacia roma, en medio de la noche. Entre los oficiales se distinguía un joven de unos 26 o 27 años, de cabello rubio perfectamente acicalado y recogido en una coleta, con una leve sombra de barba y una mirada seductora y encantadora pero a la vez, oscura e intimidante.

Era Francis Bonnefoy.

Algunos escaramuzadores habían notado que un carretón de paja pasaba a esas horas de la noche por ese camino, por lo que informaron al estado mayor francés sobre la extrañeza de esa situación. Francis, con su preceptiva intuición ordeno que le acompañaran unos cuantos escaramuzadores para ver si era sospechoso.

El anciano cochero había notado la presencia de los soldados, por lo que le advirtió a Feliciano

-ragazzo, ocúltate, vienen soldados.

-¡VEEEEEEE~! –exclamó el italiano aterrorizado

Los soldados se habían acercado preguntándole al cochero por la carga.

-signore, io niente, pero no capisco natta –respondió el cochero en italiano.

-¿Alguno de ustedes sabe hablar italiano bien?

Francis se acercó hacia el soldado, al parecer era el único que hablaba italiano a la perfección.

-Yo hablo italiano con fluidez, así que puedo comprenderle.

Se acercó hacia el cochero, el cual sintió algo de escalofrió al tener tan cerca a aquel francés, en el que se notaba una mirada sonriente y siniestra (Francia tuvo un "periodo yandere" durante la revolución francesa, ese periodo se acabó con el primer imperio). Luego, con cortesía le pregunta.

-buon signore, que hace por estos lados a estas horas… -le pregunto Francis al cochero en un fluido italiano

-me dirigía hacia Orvieto, señor soldado, tengo familia allá -le respondió el cochero con cortesía.

-¿Orvieto?, y ¿porque no lo hace de día? –le pregunto

-muchos salteadores, señor soldado. De día los ladrones atacan sin piedad a los pobres viajeros como yo, así que a veces es seguro viajar de noche.

Francis sospecho de la actitud del cochero, por lo que ordeno revisar el contenido del carretón.

-Ustedes dos, -ordenando a dos soldados- revisen lo que contiene la carreta.

Feliciano, acurrucado debajo de la paja estaba aterrorizado por lo que podía sucederle. No sabía las intenciones que tenían los franceses, en especial Francis, a quien conoció una vez cuando visito la casa de sacro imperio, con el motivo del matrimonio de la archiduquesa María Antonieta con el hijo del jefe de este, el rey Luis XV.

-Signore, no tengo nada más que paja y algunas mercancías que traje de roma, se lo juro –exclamo el cochero desesperado, intentando encubrir al pequeño Italia Veneciano.

-eso lo veremos, mi buen señor. –respondió Francis con amable dulzura.

Las bayonetas pinchaban una y otra vez la carreta, intentando buscar algo, cuando de repente, se siente un grito bastante reconocible para él.

-VEEEEEEEEEEEEEEEEE~

Después de ese hallazgo, Francis se sintió gratamente sorprendido, había encontrado a su veneciano, que le correspondía por pleno derecho después de haber ocupado Venecia y Milán.

-qué bueno haberte encontrado aquí, Italia del norte… creía que estabas en la casa de sacro imperio…

-No me hagas nada, POR FAVOR NO ME HAGAS NADAAAAAA –gimoteo el italiano desesperado,

-no te hare nada, pero de ahora en adelante me perteneces, Italia del norte. Y pronto Vaticano me pertenecerá también.

Luego se fijó en el crucifijo que llevaba puesto Feliciano alrededor de su cuello. Había visto ese crucifijo antes, en el pecho de Gabriel. Después de haberlo sometido y amarrado, le arranco con brusquedad el crucifijo, mientras Feliciano lloraba desesperado

-Eso es mío, ¡DEVUELVELO! –grito Feliciano desesperado.

-Tu hermanito te dio esto, ¿no es verdad? –le dijo con meloseria Francis, mientras sostenía el crucifijo en una de sus manos.

Feliciano no le respondió, estaba demasiado asustado, tenía miedo, mucho miedo y no podía responder.

-bueno, hace mucho tiempo que no veo al querido Gabriel, así que sería bueno hacerle una "pequeña visita".

Llevo amarrado consigo a veneciano como si fuese su nueva presa de cacería. Uno de los oficiales, Napoleón Bonaparte, le pregunto a Francis quien era aquel chico del rizo, el cual llevaba cruelmente atado, y además de eso no cesaba de llorar.

-Te sugiero, mi buen cabo que levantes el campamento, Roma está cerca.


Al día siguiente…

Los franceses habían llegado a las puertas de la ciudad eterna por la madrugada. Los rumores de que la "grande armeé" había llegado a Roma, a arrasarla, habían generado pánico entre los habitantes. El vizconde de Nicoretti, comandante del ejército papal reunió a los que pudo en los jardines de san Sixto, en el interior del recinto vaticano, más la guardia noble, más la guardia suiza solo eran 1.000 hombres frente a los 25.000 que tenían los franceses. El papa estaba rezando en la capilla Sixtina junto con sus ayudas de cámara cuando Gabriel irrumpió, vestido con una antigua armadura, una espada al cinto, cubierto con una capa roja escarlata.

-Santidad, lo mejor es que huya usando el Passeto. En sant'angelo estará más seguro.

-Gabriel, nunca creí que volvieras a levantar las armas…

-santidad, después de que el santo padre Julio murió, me jure a mí mismo no empuñar más una espada, si no fuere por algo realmente importante. Ahora, hay algo realmente poderoso que me forzó a romper ese voto: usted, la santa iglesia, y mi hermano Feliciano.

-tanto lo quieres, Gabriel…

-es lo único que tengo, él y romano son mi única familia.

-Gabriel, no deseo violencia, así que quítate esa cosa.

Parecía deja vú. Precisamente hacia 400 años atrás, el papa Bonifacio le había dicho lo mismo en Anagni ese infausto día de la natividad de maría. Prácticamente, él y Francis eran los únicos supervivientes de aquel hecho. Y parecía que los hechos estaban condenados a repetirse de nuevo una y otra vez.

-servirás a tu iglesia no de esa manera, sino asistiéndome siempre, recuerda tu posición.

-Lo siento santidad, pero debo hacerlo.

Salió intempestivamente de la capilla Sixtina, mientras que el papa miraba serenamente la desesperación de su sede. Antes de que este saliera, le dijo

-Dejad que el señor obre, pues solo el señor dispone sobre las naciones y los hombres.

-su antecesor, el papa Bonifacio me dijo lo mismo.

Salió y se unió a las fuerzas de defensa del vizconde. Aun no sabía que Feliciano había sido capturado.

El vizconde por órdenes del pontífice intento hacer desistir a Gabriel de acompañar las fuerzas de defensa. Este por su parte estaba en el interior de la basílica, aun revestido de su armadura, obsequio del papa Julio II, el legendario Papa guerrero, oraba de rodillas al pie del altar de la cátedra, su altar, en el cual solo el cómo representación de la cátedra y el papa podían oficiar misa.

-Eminencia, lo mejor es que usted este con el santo padre, necesita de su asistencia.

Gabriel se levantó con dificultad del piso, apoyándose en su espada. Hacía tiempo que no usaba esa armadura, y le era un poco pesado caminar con ella.

-Vizconde, si Roma, el papa y la santa sede están en peligro, ¿acaso yo como su representación física no puedo acudir en defensa de ellos? –le pregunto Gabriel al joven militar con apacible amabilidad.

El vizconde estaba al tanto de todo, y sabía que al que tenía enfrente no era una persona cualquiera

-pero puede salir herido, eminencia.

-ustedes los seres humanos pueden vivir, pueden ser heridos pero sanan con más rapidez que nosotros. Las naciones podemos vivir por años, décadas, siglos siendo las sombras de reyes, emperadores, papas, aconsejándolos, protegiéndolos. Podemos sanar sí, pero nuestras heridas pueden tardar años, décadas, incluso siglos en cerrarse, e incluso pueden infectarse, y nosotros morir inexorablemente. Es mi deber no solo como cardenal de la santa iglesia católica, sino como la representación de esta cátedra y esta nación protegerla, si es preciso con mi vida.

-comprendo perfectamente, eminencia, pero acaso no es su deber asistir al papa, ser su sombra, ayudarle, ¿Por qué entonces ha decidido tomar las armas?

Gabriel decidió evadir la pregunta.

-¿con cuanto armamento y hombres contamos?

El noble, que apenas rondaba por los veinte años le respondió con un tono de preocupación.

-400 mosquetes, 150 arcabuces, 150 bayonetas, e incontables lanzas, picas y alabardas. Solo contamos con dos cañones que están en Sant'angelo pero es preferible dejarlos allí por si los franceses entran a la ciudad.

-con esos cañones las defensas del castillo, podrán resistir al menos durante tres días.

-los reportes del enemigo nos indican que son 25.000, fuertemente armados con artillería y mucho armamento, lo mejor para la santa sede es capitular y pedir clemencia.

-en eso es lo que me diferencio de mis hermanos, que yo nunca capitulo ni pido clemencia a menos que haya sido derrotado.

-bien, entonces reunámonos con el ejército, eminencia. Están reunidos en Santa María del Popolo, esperándonos.

Los dos hombres salieron de la basílica, ya en el exterior el papa junto con su sequito los estaba esperando, junto con dos corceles.

-Gabriel, sé que no te pude convencer, así que llévate mi bendición. Ojala dios te devuelva con vida de esta dura prueba. –Luego les dijo- estos son los dos mejores corceles de las caballerizas pontificias, Cosme y Damián. Les serán de utilidad durante esta hora aciaga que se avecina.

Los dos hombres subieron a los corceles, dirigiéndose a todo galope a reunirse junto con el ejército papal.

Dos horas más tarde...

La batalla se desato con extrema violencia entre las fuerzas pontificias y el muy superior ejercito francés. Gabriel compartía con el vizconde Nicoretti el comando del ejército pontificio, mientras que Francis hacía lo propio con Bonaparte, Ney y Murat.

Con un arrojo temerario, la santa sede peleaba contra los soldados, blandiendo una enorme espada del siglo XV, mientras que Francia hacía lo propio con su bayoneta y un sable. Aunque habían disminuido las fuerzas papales, estos peleaban con una temeridad y arrojo inconcebibles. El olor a sangre y pólvora se sentía en el campo de batalla, el espectáculo era inconcebiblemente atroz y salvaje, como si el mismo infierno se manifestara en la tierra.

-NO TENGAN MIEDO HIJOS MIOS, PORQUE SI MUEREN EN NOMBRE DEL SEÑOR Y SU SANTA IGLESIA, RECIBIRAN LA GLORIA DE LOS MARTIRES EN EL PARAISO –gritaba Gabriel enloquecido en medio de la matanza, alentando a los soldados a combatir con un arrojo impresionante.

-No será sencillo derrotarlo –dijo Ney- aquel hombre, el de la armadura, los alienta a combatir con una demencia inconcebible, a pesar de que son pocos nos están generando considerables bajas.

-conozco el "punto débil" de Gabriel, mi querido Ney, y sin su comandante alentándolos serán fáciles de aplastar, como las cucarachas que son. –Le respondió Francis al militar, mientras sacaba al asustado veneciano de su custodia.

En medio de la batalla, Francis reconoce a Gabriel, por lo que se acerca a él, con el crucifijo que le había obsequiado a Feliciano la noche en que había huido

-Hola, Gabriel, tiempo sin vernos –le dijo Francis al clérigo italiano, el cual tenía encendidos los ojos de ira.

-no diría lo mismo.

La pelea era violenta. Golpes iban y venían de ambos hombres, como si quisieran aniquilarse entre sí. Las dos naciones peleaban con un salvajismo incontrolado, pero se notaban más bríos en la cátedra, la cual blandía aquella espada con inusitada agilidad. Posteriormente, Gabriel reconoce algo que Francis tenía en su mano.

-Te es familiar esto, Gabriel… -le contesto Francis al ver la cara de estupor del italiano, al ver aquel crucifijo en las manos del francés.

La santa sede soltó su espada, la cual cayó pesadamente al piso, mientras Francia apuntaba al cuello de la cátedra con su sable

-dime donde está, maldito.

Nicoretti había visto como Gabriel había dejado caer su espada, y creyendo que estaban a punto de matarle se abalanzo sobre Francis intentándolo atacar. Francis reacciono en el instante, dándole una mortal estocada en el vientre con su sable. Gabriel sintió una terrible punzada de dolor, como si él también hubiese sido apuñalado, mientras el joven caía al piso sosteniéndose el vientre ensangrentado y borboritando sangre en quejidos de agonía.

-hacia estorbo, ¿Qué más podía hacer por él? –dijo Francis a modo de excusa, por la muerte del noble.

Gabriel miraba con expresión de terror como el vizconde Alessandro Nicoretti agonizaba en su regazo. Sentía también el mismo dolor, mientras su propia sangre se escurría por entre la cota de malla y las placas de metal de su armadura.

-perdóneme por no haber hecho lo suficiente, eminencia…

-no, Alessandro, haz hecho más de lo que yo esperaba. –Respondió el joven del rizo- ahora ve a reunirte con el creador y descansa en paz.

Suspiro en sus brazos, y acto seguido le cierra los ojos.

Luego, después de dejar en la fría tierra el cadáver del Vizconde, y con algo de dificultad por las heridas, Gabriel le pregunta al francés.

-donde... esta Feliciano.

-Él está bien, si lo quieres ver de vuelta y con vida, capitula unilateralmente ante el ejército francés, no quiero resistencia alguna. Dile a tu superior que si se niega a capitular, un baño de sangre se desatara de peor manera que en este campo de batalla.

-¿puedo creer en tu palabra?...

-deberías, porque Feliciano depende de mí.

-lo único que te pido es que no le hagas nada.

Gabriel monto en su corcel y raudo y veloz corrió hacia roma, mientras que la gente del pueblo esperaba expectante noticias del ejército papal. Gabriel, con la capa desgarrada, todo sucio de barro y sangre, herido de gravedad y su cabello algo alborotado corrió a toda prisa hacia el castillo de sant'angelo, en donde estaba el papa, revestido del habito coral, rezando las tercias.

-Gabriel, que ha sucedido…

-Tienen a Feliciano, y han diezmado al ejército brutalmente. El vizconde ha muerto.

El pontífice quedo lívido frente a la noticia, conocía a la familia Nicoretti desde hacía años, era una de las familias más antiguas de la nobleza pontificia, y el vizconde Alessandro era el último de la línea masculina. Era muy joven, tenía 24 años.

-que nos piden.

-Una capitulación unilateral.

-Nos han derrotado. "El señor me lo ha dado todo, el señor me lo quito…" -recito el papa con tristeza.

-"alabado sea su santo nombre" –respondió Gabriel con amargura, intentando contener su dolor.

-Amen. –responden todos en la pequeña capilla del fuerte.

Luego ordeno a los ayudas de cámara.

-preparen el palacio de Letrán, quizás nuestros invitados necesiten descansar un poco.

Luego, miro a Gabriel.

-Lo mejor es que te quites esa armadura, deberás asistir a la capitulación de una forma decente.

-como usted disponga, santidad.

Con posterioridad, Gabriel no resiste más las heridas y cae desmayado del dolor, frente a las miradas de terror del pontífice, sus ayudas de cámara y los oficiales.

-traigan un medico rápido… -ordeno el santo padre con vivaz preocupación, mientras Gabriel yacía inconsciente en el piso de la capilla.


Notas del autor:

Gabriel se refiere a tres hechos en los que el papa corrió peligro:

1: la ocupación de roma por los caballeros teutones, en medio de la querella de las investiduras, el papa huyo a la ciudad portuaria de Salerno en donde moriría días más tarde.

2: el "Sacco di roma", de 1522, las fuerzas imperiales de Carlos V, sacro emperador romano de la época ocuparon por la fuerza la ciudad de roma. La guardia suiza había sido diezmada con tanta brutalidad que solo quedaban 47 guardas que rodearon al papa Clemente VIII, cuando el ejército imperial los había cercado al pie del altar de la basílica de san pedro. Estos 47 guardas ayudaron a escapar al pontífice al castillo de Sant'angelo, en donde se resguardo.

3: la "humillación de Anagni" antes mencionada, aunque entrando en más detalles, fue un enfrentamiento entre el rey Felipe el hermoso de Francia por los derechos de regalías de la iglesia francesa, además de que en esas épocas Francia estaba necesitada de recursos económicos en líquido por las guerras que sostenía en contra de Inglaterra. Si se lo interpreta al modo hetalia, Francis necesitaba dinero, así que emitió unos edictos en los que cobraba unos cuantos impuestos a la iglesia, lo que no le gusto a Gabriel para nada, apresurándose a reprenderlo y excomulgarlo. Entonces Francis, quien estaba urgido de dinero se dirigió a Anagni en donde se lo llevo a fuerza a Gabriel, trayéndolo consigo a Francia como antes se mencionó.