Advertencia: intento de Rape (violación) y algo de Lime.
Palacio apostólico de San Juan De Letrán, agosto de 1798
La tensión se notaba en el aire. Gabriel estaba preocupado por lo que pudo haberle sucedido a veneciano, y se arrepentía de haberlo forzado a huir a la casa de sacro imperio. Debió de haberlo hecho con menos sospecha, pero temeroso de lo que podía suceder lo envió a altas horas de la noche hacia Viena, a pesar de que era un trayecto muy largo que demoraría cuatro o cinco semanas, pues tendrían que pasar por Siena, Orvieto, Florencia, Padua, Milán, Bolzano, cruzar la frontera austriaca y seguir hacia Viena.
Fue a su recamara y se cambió la armadura de metal, que caía pesadamente en el piso, y que llevaba grabado en el pecho el escudo papal. Su desesperación crecía a cada instante, no por la pronta capitulación que tendría que firmar, sino por Feliciano y lo que le pueda hacer ese bastardo francés. Ese era un asunto entre ellos dos, un asunto que había quedado inconcluso en Aviñón décadas atrás, un asunto que debía terminarlo de una vez por todas, y Feliciano no hacía parte de ese asunto. Posteriormente se lavó el rostro manchado de barro y sangre, después de haberse vendado las heridas que había sufrido, intentando olvidar aquella atroz batalla en la que habían muerto tantos por su causa. Se sintió culpable por haber cedido, por hace que esos sacrificios hayan sido en vano.
Luego se puso sus vestiduras cardenalicias, de un espléndido rojo escarlata brillante. No se puso ninguna de las cruces pectorales que solía llevar, y saco de su viejo armario un capelo austero de terciopelo escarlata y borlas de algodón desprovisto de todo adorno. Luego, fue por su báculo pontifical que terminaba con una cruz en la punta, el que rara vez usaba cuando celebraba su cumpleaños, el día de la Cátedra de san pedro. Estaba algo sucio por el desuso, pero no le importó. Al empuñarlo, sintió que sus guantes de gamuza blanca se ensuciaban, pero no decidió lustrarlo, como lo hacía con su báculo episcopal de uso diario. Por último, se puso sobre la sotana un roquete austero, desprovisto de todo ornamento y bordado y una muceta roja escarlata. Intento acicalarse lo más que pudo el pelo, pero el rebelde rizo sobresalía por entre el capelo, por lo que era inevitable que lo viese. Salió de su cuarto, con actitud serena y fría, no quería verse débil en esos momentos y con paso veloz, desatendiendo las venias de los sirvientes y sacerdotes salía del palacio apostólico, hacia la fortaleza de Sant'angelo, en donde el papa le estaba esperando.
Ambos salieron en un coche hacia el palacio de Letrán en donde los franceses les estaban esperando.
El pontífice y la representación de la santa sede habían entrado al palacio, dirigiéndose directo hacia una de las salas, extrañamente muy custodiada. Gabriel empuñaba su báculo con todas sus fuerzas, atento a cualquier cosa. Extrañamente, solo estaban Francis, el mismo, el papa y Feliciano, el cual aún llevaba el mismo traje que había usado en su huida, y llevaba aun la capa que uso en su intento fracasado de escape, además de estar amarrado de una forma inhumana, mientras el francés miraba con deleite al italiano del rizo y ojos color café oscuro.
-Tanto tiempo sin vernos Gabriel, y no has cambiado nada en absoluto.
-Lo mismo digo yo, Francis –le respondió la santa sede a Francia con algo de desdén.
Posteriormente los soldados cerraron con fuerza la puerta tras de sí. El papa no se perturbo en lo absoluto, por lo que insistió en hacer la capitulación lo más rápido posible.
-lo siento santidad, pero tal capitulación no existe. Por órdenes del directorio de la república francesa, y los cónsules de la segunda república romana, quedaran bajo confinamiento y arresto en este preciso momento
-sabía que era una de tus tretas, Francis –le responde Gabriel con rabia.
-que podías esperar de mí.
-Maldito bastardo, deja a Feliciano fuera de esto, ya me tienes que quieres con él.
-Gabriel, los quiero a todos tres, a ti, a Feliciano y a Lovino. Italia debe de ser mía por completo, y no habrá nada ni nadie que me lo impida. –expreso con perversa malignidad.
Gabriel se encontraba desesperado, no le importaba si debía de entregar su vida y su territorio, pero quería ver a Feliciano libre.
-con él no te metas, cualquier asunto que quieras resolver hazlo conmigo y no con Feliciano ni con Lovino.
Francis se saboreaba lascivamente la lengua, esa era una oportunidad que no podía desaprovechar por absolutamente nada del mundo. Una oportunidad de oro que difícilmente se presentaría. Gabriel y su superior miraban con un gesto de terror y repugnancia a aquel francés, que mostraba sin reparo alguno sus carnales deseos.
-Santidad, si tengo que entregarme lo hare, pero usted y Feliciano no caerán en garras de este francés impío.
-no te preocupes por mí, Gabriel. No me lo merezco.
Francis se acercaba al sacerdote con intenciones nada buenas, pero el papa se interpuso entre el francés y el italiano, queriendo evitar aquella siniestra situación.
-atrévete a tocarle un pelo a mi sede, y conocerás la ira de dios.
-Simplemente aléjate, anciano.
Con una inusitada brusquedad somete al pontífice de forma violenta después de dos o tres minutos de forcejeo, para después amarrarlo y dejarlo a un lado del aterrorizado Feliciano.
-Gabriel, te veías tan seductor con esa armadura, y aún más seductor que aquella vez en Aviñón, mon amour…
Por más que lo quisiera olvidar, aun no olvidaba aquella tarde.
Francis había forcejeado violentamente con Gabriel arrinconándolo a una pared, mientras le sujetaba los brazos con una de sus manos. Entre tanto, le besaba con una pasión desmesurada el cuello, pasando su lengua por el mismo, mientras que su otra mano la pasaba por entre el interior de la sotana, desgarrándola de un solo golpe, tocando la intimidad del sacerdote. Gabriel intentaba por todos los medios salir de aquel repugnante trance, intentando contener los gemidos que querían salir de sus labios.
-Serás mío esta noche, mon-petit Gabrielle –le dijo Francis en un tenue susurro
-Antes muerto… Francis… Jamás… me uniré a tu… lado,… bastardo –dijo Gabriel con dificultad, evitando no sucumbir ante las caricias del francés.
Luego, intento acercarse al rostro de Gabriel, se veía tan desafiante, tan iracundo, tan hermoso, sus lágrimas de rabia caían sobre su rostro, lo cual inflamo de deseo a Francis aún más, quería tomarlo fuere como fuere, y no importaba si se ganaba unos cuantos golpes en el proceso. Feliciano miraba con estupor aquella repugnante escena, en la que su hermano mayor estaba comprometido junto con el francés, miraba sus lágrimas correr, miraba su cara de asco y espanto pero que a la vez era de resignación. No alcanzaba a comprender. El papa también miraba aquella escena, conmovido de como su sede era ultrajada de semejante manera por aquel francés lascivo y sucio.
-me han dicho por ahí, que los tres hermanos Italia tienen un cabello muy sensible, quiero saber que tan verdadero es…
Tomo su rizo y tironeo de el con una brutalidad despiadada. Gabriel grito de forma tal que resonó por todo el palacio. Francis se sentía excitado, por lo que aprovecho el momento para besarle por la fuerza, mientras Gabriel intentaba por todas las fuerzas liberarse de los fuertes brazos del francés. Sintió como su lengua entraba a su boca, inspeccionando, hurgando aquella cavidad perfecta que era la boca del italiano. Gabriel por su parte estaba tentado a morderlo con fuerza desmedida, y así arrancarle tan pecaminosa lengua, pero muy muy en sus adentros deseaba aquello. Pero sin embargo, se sentía repugnante, asquerosamente repugnante aquella sensación. El efímero placer se había convertido en una pesadilla de la cual quería despertar.
-BASTAAAAAA, NO MAS -grito Feliciano desesperado, al ver el sufrimiento silencioso de su hermano mayor, sin comprender lo que estaba sucediendo.
Los dos se separaron con brusquedad, Gabriel tomo una bocanada de aire, e intentaba infructuosamente librarse de las garras de Bonnefoy sin éxito
-No desesperes mi querido Italia Veneciano… que pronto llegara tu turno –le respondió el Francés con malignidad lasciva, mientras una indescriptible y enferma sonrisa salía de su rostro.
Gabriel aprovecho la distracción para liberarse de los brazos del francés, dándole un puñetazo en la cara. Con posterioridad, se abalanzo hacia donde estaba su hermano y su jefe, y aun amarrados los intentó llevar consigo hacia la puerta de la sala, para intentar salir de esa pesadilla. Con lo que no contaban era con la presencia de los soldados, los cuales automáticamente les apuntaron con sus bayonetas apenas los vieron abrir la puerta de la sala.
-No te escaparas de mi tan fácil, Gabriel.
Este lo miraba con sus ojos rojos de ira, sus manos temblaban de rabia, su sotana estaba desgarrada, su aspecto era intimidante. La sola mirada de Gabriel daba miedo entre los soldados, aquel joven cardenal italiano estaba de sobremanera iracundo, muy iracundo.
Sin embargo, su superior, el papa Pio VI le ordeno, temeroso de lo que podía pasar.
-Gabriel, contrólate, recuerda que la ira es un pecado capital, y bajo la ira podemos hacer actos de barbarie de los que difícilmente podemos arrepentirnos más tarde.-le susurro el pontífice con suavidad a su subordinado
Gabriel sintió que algo lo golpeaba en su interior. Se postro de rodillas y murmuro, con lágrimas en sus ojos:
-Señor, si esta es tu voluntad, aquí está tu siervo dispuesto a cumplirla.
Luego de un culatazo de bayoneta, propinado por el propio Francis, el cuerpo inconsciente de Gabriel cae al piso.
