Abadía de Savona, agosto de 1798.
Desde hacía dos semanas Gabriel y el sumo pontífice habían sido tomados como prisioneros por la república Francesa. Serían llevados hacia la prisión de Valence-sur-rhone, en donde serían confinados indefinidamente. La santa sede había cambiado considerablemente, ahora era más taciturno y huraño, casi no hablaba y se dedicaba a orar la mayor parte del tiempo. Su aspecto había incluso cambiado: ya no llevaba orgulloso la purpura cardenalicia, ni ningún ornamento referente a su dignidad, sino un humilde habito franciscano, con unas sandalias austeras, y no los zapatos de cuero rojo de antaño. Su superior también sufría los mismos padecimientos, tenía las mismas vestiduras, oraba junto a él todo el tiempo y le intentaba reconfortar. Los dos siempre iban encadenados de manos y tobillos, siempre silenciosos y taciturnos. Gabriel además de eso, siempre iba cubierto con la capucha, intentando ocultar su rostro de la vista de todos, a pesar de que aun sobresalía el peculiar rizo por entre la capucha. Nunca sonreía, y se notaba en su mirada una profunda tristeza, reconocible en aquellos que habían sufrido en silencio algo que no se atrevían a contar.
Italia veneciano fue separado de Vaticano ese mismo día, y llevado por separado en el convoy. A pesar de que Francis le llenaba de las mejores atenciones, no cesaba de pensar en su pobre hermano, que padecía toda suerte de sufrimientos. Intento comunicarse con su gemelo, Romano para ver si podían auxiliarle, pero considero prudente no decirle. Cada vez que intentaba acercarse a él, Francis lo atajaba y le desviaba la atención, y las pocas veces que estaba con él, notaba un aura de tristeza en su hermano. Francis por su parte, desdeñaba a Gabriel de una forma vil y rastrera. Había golpeado su ego de una forma muy profunda, aquella vez en Letrán. Aun así, creía (bastante mal) que algo de escarnio y sufrimiento ablandaría al terco Gabriel y accedería más fácilmente a estar con él, pero las cosas a partir de lo sucedido en el palacio laterano no serían las mismas.
Habían llegado a Savona, después de que esta ciudad se rindiera sin oponer resistencia alguna. Con posterioridad tomaron por la fuerza la antiquísima Abadía, la cual estaba en un risco cercano, tomando a los monjes como prisioneros.
Gabriel conocía bien aquella Abadía. Savona, después de Montecassino y Subiacco era una de las abadías más importantes de la península. Uno de sus superiores, el papa Gregorio VII fue abad de Savona antes de su elección. El cuándo estaba agobiado por los deberes, solía visitar alguna de las abadías, rezando en las capillas de ellas, buscando algo de quietud y serenidad, difíciles de conseguir en la turbulenta corte papal. Ahora regresaba a Savona no como la santa sede, ni como el otrora glorioso cardenal Vargas, sino como un humilde prisionero a punto de caer definitivamente. Ni siquiera en el cisma de occidente había estado en una situación semejante, ninguno de los antipapas se había atrevido a llevárselo consigo.
Los dos prisioneros fueron llevados a rastras con violencia hacia el interior del edificio mientras los soldados se apertrechaban en el monasterio como podían. Feliciano había logrado escapar por un momento de las garras del francés, intentando reencontrarse con su hermano mayor Gabriel, el cual estaba en una de las celdas del monasterio, aislado. Había conseguido quitarle a Francis el crucifijo y siempre lo llevaba consigo, a pesar de que Francis se sintiera molesto y algo incómodo mientras lo usaba. Gabriel por su parte, no cesaba de rezar, de rogar a dios que aquel horrible trance pasara, que lo que había sucedido en aquel cuarto en Letrán nunca hubiese sucedido, deseaba olvidar que sentía algo por él, deseaba olvidar aquellos momentos que habían vivido.
Partirían de nuevo en dos días, después de que consiguieran recursos suficientes para seguir el trayecto. Y en Savona habían conseguido los recursos suficientes para seguir el viaje de regreso a Francia, en donde ya estaban esperando al glorioso "petit-Capeé" (el pequeño cabo) de su campaña italiana para enviarlo a dios sabrá donde. Lovino tendría que esperar, pero tarde o temprano se lo arrancaría de los brazos de Antonio.
Entre tanto, Feliciano se había escapado de la fuerte custodia del francés, dirigiéndose hacia la celda en donde se encontraba Gabriel. Este por su parte se encontraba rezando al pie de un pequeño crucifijo, al parecer últimamente se había reconciliado en algo con dios, a pesar de "haber cometido demasiados pecados" en su nombre. Los pocos momentos de libertad los dedicaba al cuidado del cada vez más enfermo pontífice con una dedicación ilimitada. Feliciano temía que desapareciese del todo, como lo había hecho sacro imperio al final de la guerra de los treinta años, pues cada vez lo veía más lejano, más distante de él. Empuño en su mano el crucifijo con todas sus fuerzas. Temía perder a su hermano, a su muy amado hermano, el cual le dedicaba toda suerte de cuidados, hasta que los tres se separaron en la edad media. Gabriel por su parte temía por lo que Francis pudiere hacerle a Feliciano, ya no podía hacer más nada por el que solo rezar, que solo pedirle a dios que no le hiciese algún daño.
Su cuerpo, lacerado por las humillaciones, las batallas, las riñas de años y años por obtener su "poder temporal" lo afectaban bastante. Creía sentir cerca su final. Feliciano había conseguido acercarse a la celda de Gabriel, con un platillo cubierto por una servilleta.
-Fratello,… te traje pasta –le dijo Feliciano a su hermano Gabriel, el cual se encontraba en su celda rezando.
-No te hubieras molestado Feliciano –le dijo el mayor de los dos, algo agotado, se notaba el cansancio en el rostro de Gabriel.
Recibió por una pequeña portezuela el platillo de pasta, mas no lo comió, sino que lo guardo para más tarde.
-no vas a comer… se enfriará –le dijo el menor de los dos preocupado
-quizás para más tarde –le respondió Gabriel con una melancólica y agotada sonrisa en el rostro.
Feliciano se preocupaba cada vez más por su hermano. Lo notaba cada vez más agotado y cansado. Triste y resignado, dejo de nuevo a su hermano solo en aquella celda, mientras este le llevaba a su superior el platillo de pasta que le había traído su hermano.
Al día siguiente el ejército expedicionario se aprestaba a salir de Savona junto con los prisioneros y las obras de arte, bienes y demás víveres expoliados en la ciudad y la abadía. Gabriel sentía cerca su final, pero aunque estuviese a punto de desaparecer no le daría a Francis la satisfacción de tenerlo consigo.
Prisión de Valence-sur-rhone, octubre de 1799.
Los días en aquella prisión pasaban rápidamente. Su superior, el papa Pio VI no resistía más castigo y estaba a punto de morir. Lo único que podía hacer en esos instantes era rezar por su alma, para que el señor le diera el merecido descanso que necesitaba. Se sentía cada vez más débil, más cansado, también quizás sus días terminarían pronto, tal y como habían terminado los das de su abuelo, el imperio romano. Miraba por la buhardilla de aquella barraca, mientras pasaban los meses, los días, los minutos, los segundos, mientras su superior agonizaba lentamente, mientras la Francia revolucionaria sucumbía ante los albores del primer consulado y la anarquía empezaba a reinar entre los miembros del directorio.
Gabriel sentía que cada vez estaba cerca su final.
Días más tarde, después de haber agonizado una semana completa, Gianangelo Brasci, o mejor dicho, Pio VI fallecía después de una dolorosa enfermedad. Gabriel se quedó al lado del cuerpo, improvisando un austero rito fúnebre mientras el cadáver del otrora poderoso pontífice descendía con brusquedad hacia la tosca fosa común del cementerio de la prisión. No habría flores, no habría dolientes. No habría un fastuoso catafalco en donde se pueda llorar su cadáver de cuerpo presente. No habría responsos ni nadie que lamentase su muerte. No habría un monumento que lo honrase. Solo eran el, una tosca fosa, una mortaja humilde. Y su único y más fiel doliente, que tendría que sepultarle con sus propias manos, así como le había asistido a él, y a sus 134 predecesores, el, su fiel cátedra, si es que acaso el no tuviera que abrir pronto su propia sepultura.
Días más tarde, Francis lo visito en su celda.
-tiempo sin vernos, Gabriel.
El no respondió, ni se inmutó en reparar en su presencia: elegantemente vestido, con una perfecta trenza en su cabello, sujetada por un lazo negro, su rubia cabellera contrastaba con aquella lúgubre celda en la que estaba. Su traje, una espléndida casaca militar azul con bordados en oro y plata y charreteras bordadas, además de unos pantalones ceñidos del mas prístino lino blanco contrastaban demasiado con el humilde habito franciscano que usaba el italiano, que aunque había sufrido demasiado, no había perdido ni un momento su dignidad. Aún estaba allí, aún era la santa sede, la cátedra de san pedro, la sombra del vicario de cristo en la tierra.
-¿no me vas a dirigir la palabra? –insistió Francis al notar la impasibilidad de Gabriel.
-¿porque debería?, solo interrumpirías mis oraciones –respondió el italiano mientras se levantaba del piso, y se descubría la capucha, dejando ver su martirizado y agotado rostro, y su alicaído rizo.
-siento lo de tu jefe.
-no deberías, pues eres tan culpable como yo por haberlo dejado morir.
-no te culpes.
-es la verdad.
Un torvo e incómodo silencio se formó entre las dos naciones. Ambos se sentaron en un borde de la cama, mientras Francis intento romper el hielo.
-deberías ceder, el directorio te considera un prisionero molesto, si quieres puedes aceptar su propuesta…
-¿y aceptar iniciar un nuevo cisma?, siempre he sido obediente a roma y a la cátedra que represento, no a los intereses de las naciones.
-si no aceptas… -dijo Francis mientras intentaba contener el llanto- tendré que matarte.
-ya lo habías hecho, mataste al sacro imperio, y si dios dispone llamarme a su lado aceptare con gusto.
-no metas a dios en esto, Gabriel, es tu vida, aun puedes vivir, puedo hablar con el directorio para que te devuelvan Aviñón y el condado Venesino, no te dejes morir así.
Gabriel miro a Francis con atención. Aquella mirada no era ni de deseo ni de lujuria, era de una visible preocupación, de un visible dolor. ¿Acaso ese era amor de verdad?, o solo una estrategia para unirse a él definitivamente. Quizás su destino no estaba sellado después de todo, pero no podía darse el lujo de fusionar su milenaria cátedra con Francia. Lo que menos quería era un cisma, y ya había pasado por esa amarga experiencia.
-Cher, Gabriel, por el amor de dieu, no quiero perderte... no deseo perderte…
Lo abrazo mientras lloraba desconsolado en el regazo del italiano, y este intentaba consolarle su dolor y tribulación. No le temía la muerte, pues ya se había resignado a desaparecer, pero veía en Francis aquel temor por perderle. El que lo había rechazado tantas veces, no se sentía merecedor de esas lágrimas. Sentía con plena razón de causa que había juzgado a Francis mal.
Francis había visto morir a tantos: al rey y a la reina, bajo la fría cuchilla de la Guillotina, al delfín Luis en aquella fría prisión, privado del amor de sus padres, a tantos nobles con los que había compartido vivencias, y cuyas familias había conocido desde las más remotas generaciones, antes de que su padre, Francia Merovingia desapareciera, a tantos del común que fueron juzgados sin justa causa por el demente Maximilien de Robespierre, y su "comité de salvación publica" y a tantos y tantos de sus hijos que no resistía perder a alguien más.
-Francis, -le respondió Gabriel al francés mientras intentaba limpiar sus lágrimas- lo nuestro no puede ser. Si dios dispone que yo acompañe a mi nono, debo de aceptar mi destino.
-¿no puedo hacerte cambiar de opinión?
-no.
-bien, si es lo que quieres –le respondió Francis mientras se limpiaba las lágrimas- no puedo intervenir. Solo te pido una cosa… Perdóname
-hace tiempo que lo hice, Francis.
Llamo al guarda y salió de la celda, dejando a Gabriel solo.
Sus esperanzas estaban cifradas en que Gabriel aceptara el ofrecimiento de que reconociese a los obispos juramentados de la iglesia nacional francesa. Pero algo sucedería, y cambiara radicalmente la política de Francia. Solo le quedaría esperar a que no le dieran la orden de acabar con su vida.
París, 22 de noviembre de 1799.
Feliciano había huido hacia la casa de sacro imperio. Las cosas en Francia eran cada vez más turbulentas y confusas. Aquel pequeño corso, Napoleón Bonaparte, se alzaba como una de las figuras claves en medio de aquella turbulenta anarquía. La fecha: 18 de Brumaire del año VIII de la revolución, sería la fecha en la que la Francia revolucionaria acabaría sus días. El intrigante Monsieur Talleyrand empezó a mover ágilmente sus hilos detrás del poder del directorio. Sabía que los días de este gobierno estaban contados, y el que había apoyado abiertamente tanto a la primera asamblea, como al comité de salvación pública del partido Jacobino de Robespierre tendría que cambiar camaleónicamente de postura. A Francis no le agradaba de sobremanera aquel oportunista amoral que sabía aprovecharse de la situación, aunque él no era precisamente un dechado de virtudes (ejemplo de eso fue la guerra de los 30 años). Solo era cuestión de esperar, de que aquel polvorín estallase definitivamente y así definir su destino. Otro gobierno, otra dinastía, otro rey, otra república, quizás sucumbiría en las mazmorras de una fría prisión o moriría irremediablemente. Solo le quedaría esperar.
El 18 de brumaire, el general Bonaparte tomo por la fuerza el directorio en un golpe de estado, y se declaró cónsul de la república. A su vez, también habían asumido como cónsules auxiliares el abate Sieyés y Charles Roger Ducós. Francis fue testigo de todo, y veía en aquel "petit-capeé" un rostro de arrogancia y ambición ilimitados. Sabía que aquel corso, no se conformaría con una dignidad como la de primer cónsul. Aquel 18 de brumaire sería el inicio de su última y más desastrosa era de gloria.
Castillo de Fontainebleau Mayo de 1804.
Gian Luigi Barnaba Chiariamonti había sido elegido en un conclave semiclandestino como nuevo pontífice de la iglesia católica. Feliciano, quien había sido testigo de la elección en ausencia de su hermano, había facilitado la abadía-isla de san marcos, la cual estaba en medio de la laguna, para que los cardenales se reuniesen. Después de una improvisada y austera ceremonia de entronización la cual atestiguo Italia veneciano, el nuevo pontífice intento hablar a solas con el chico que no rozaba más de la edad de 15 años, a pesar de tener a cuestas más de 200.
-Sigues preocupado por tu hermano, ¿no es así?
No le contesto. Aun Gabriel se encontraba prisionero en Francia. Y los cambios precipitados en Francia afectaban a Europa entera.
El consulado había desaparecido. Al parecer, el primero de los cónsules, Bonaparte, depuso a los dos restantes y se autoproclamo "emperador", refrendando este nuevo título con un plebiscito. Francis obedecía a su superior admirado de su fuerza y capacidad de liderazgo, pues notaba en el aquella regia majestad de los reyes de antaño, y el soberbio liderazgo de los actuales líderes de la Europa de la época. Con él, Francia y la grande armeé vivirían su última época de esplendor político y militar, pero a la vez caerían de la forma más estruendosa.
Napoleón deseaba emular a Carlomagno. Se sentía como el heredero del imperio carolingio, y un punto clave en su política era reconciliarse con la iglesia. A pesar de que ya habían pasado los tiempos en los que la santa sede podía dictaminar el destino de las naciones, aún era muy importante tener de su lado a la santa sede. Francia tenía prisionero a la santa sede desde hacía ya hacía ocho años, e increíblemente a pesar de las vejaciones seguía ahí, vivo, con su dignidad intacta. Por su parte, deseaba que la iglesia reconociese su poder temporal sobre Francia, ser ungido por el vicario de cristo, pero sin un pontífice que lo ungiese solo sería emperador de nombre.
Por su parte el papa Pio VII se disponía a viajar hacia Francia después de que se enterase de la lastimera situación de Gabriel. Necesitaba ser reconocido por su sede para poder asumir plenamente la cátedra que había asumido, pues era papa solo de nombre y nada más. Sin su sede, no era más que un antipapa cismático, un loco más vestido de blanco proclamándose el vicario de cristo en la tierra.
La santa sede había sido liberada después de años de penurias. Meses antes Gabriel había sido liberado de su encierro, y llevado al castillo de fontainebleau en donde le habían dispuesto un dormitorio, nada lujoso ni extravagante, con lo básico para vivir y asearse, además de unos cuantos libros, algo mejor que la fría celda de antaño pero todavía bajo el estatus de prisionero. Se despojó de su hábito franciscano, el mismo que había usado durante su cautividad e ingreso a la tina que habían preparado previamente los sirvientes. Durante esos años de encierro se dedicó más a la reflexión, a la espiritualidad, a ser "uno con dios". Dejo a un lado su antigua arrogancia, aunque sentía un resquemor de rencor en contra de Francis por haberlo dejado tantos años en confinamiento. Sin embargo, no abrigaba tanto rencor como para quitarle el trato o humillarlo.
Volvió a vestir la purpura cardenalicia, y se sentía extraño usar aquella sotana de brillante seda roja. Francis no tenía el valor de visitarlo, a pesar de la insistencia de su superior para que limara asperezas. Lo que más temía es que Gabriel lo rechazara y esta vez para siempre. Ya no era aquel fanático revolucionario de antaño, sino que había regresado a su antiguo esplendor y gloria.
Entró al cuarto con algo de timidez, mientras Gabriel leía en una silla la vida de san juan de la cruz.
-al menos no te estoy tratando mal esta vez… -dijo Francis mientras ingresaba por la puerta de la habitación
-Francis, casi me asustas –dijo Gabriel algo perplejo mientras dejaba el libro en el buró que tenía a su derecha y se levantaba de la silla.
-no era para menos –dijo Francia algo apenado.
Se formó entre ambos un incómodo silencio, el cual rompió Francia con un tono algo cortante pero ameno.
-Tu nuevo superior viene en camino, Bonaparte le ha solicitado que lo reconozca formalmente como emperador, y para eso lo necesita a él y a ti.
-¿qué? ¿Ahora quiere que yo le ciña la corona imperial a él? ¿Acaso no te bastó con acabar el sacro imperio? O tu superior quiere resucitar a imperio Carolingio –le dijo la santa sede a Francia con algo de agotada arrogancia
-no sé, pero sus intenciones son muy serias.
Conocía bien el complejo rito de coronación de un emperador. Él y sus superiores lo habían hecho cientos de veces con los emperadores del sacro imperio, hasta 1405 cuando el emperador Federico IV rompió aquella continuidad.
-sabes bien que sin mi superior, no puedo hacer nada… -dijo apenado a modo de excusa.
-me está presionando para que te convenza, además quiere firmar un concordato.
Le pasó un papel el cual Gabriel leyó detenidamente. El concordato concedía amplios beneficios a la iglesia católica francesa, anulaba todas las estipulaciones de la controvertida constitución civil del clero, revocaba los nombramientos de los obispos juramentados retirándolos por obispos fieles a la santa sede, además de onerosas compensaciones por los daños hacia la persona del pontífice y otras cláusulas más.
-Solo falta tu firma.
Gabriel notó que ya habían rubricado el documento Francia, el propio napoleón y el papa. Solo faltaba el.
-¿Dónde hay tinta y una pluma?
Sin más ni más, Gabriel firmo el documento, y se lo cedió a Francis el cual se sintió conforme con su aceptación.
Catedral de Notre-Dame, 2 de diciembre de 1804.
La ceremonia había comenzado con la más solemne de las antífonas. Un sequito de obispos y sacerdotes acompañaban al papa, el cual estaba revestido de todos sus atributos pontificales. Gabriel por su parte estaba atrás del santo padre, revestido con sus más esplendidos ornamentos, los cuales jamás usaba, a menos de que fuera realmente importante. Aquella catedral no había visto tanta fastuosidad y pompa desde hacía siglos. Después de ingresar, el sequito de sacerdotes se ubicaron en unos estrados puestos a los lados del altar, mientras que Gabriel y el pontífice se posicionaban al frente del mismo, este primero de pie, a espaldas del pontífice sosteniendo la tiara, mientras que el ultimo se había sentado en un trono dispuesto para el con el águila imperial tallada en el respaldo, y el escudo pontificio bordado en el almohadón del espaldar.
Por su parte Francia, acompañado de una guardia de ocho soldados sostenía en una almohada los atributos imperiales: la corona, el cetro, el orbe y el collarín. Vestido con una abigarrada túnica de terciopelo con bordados de oro y plata, y revestido de una capa purpura ingresó a la nave principal con porte elegante. Quizás sería la única coronación de un emperador en aquella iglesia, así que quería lucir elegante. Posteriormente hizo una humilde reverencia al pontífice, mientras la santa sede recibía la corona y demás atributos de parte de Francia.
Al recibir aquella corona, sus manos se tocaron. Gabriel se sintió incomodo frente a aquella situación, al parecer sentía aun algo por él. Ni siquiera en aquella ocasión tan solemne podía evitar aquellos pensamientos. Francis notó que las mejillas de Gabriel se enrojecían levemente, aunque este intentaba no perder la compostura. Acto seguido, recibe la corona y con paso rápido pero firme se retira y se posiciona al lado del pontífice.
Posteriormente, sonaron las trompetas. El emperador Napoleón y su esposa, Josephine, hacían su ingreso en medio de un impresionante sequito. Este al parecer ingresaba con aires de arrogancia, su espléndida e impresionante túnica blanca, con bordados de oro y plata, piel de armiño y capa de terciopelo rojo con bordados de oro y plata dejaban pálidos los demás trajes y vestiduras de los eclesiásticos y militares. Su esposa, Josephine lucia también un traje igual de pomposo que el de su marido. Después de su ingreso, se siguió con la ceremonia.
El papa bendijo la corona, el cetro y el orbe, y después tomo la corona en sus manos. Se levantó, dirigiéndose hacia el emperador, el cual aún permanecía de pie. El papa se sentía realmente incómodo, pero realmente no sabía las intenciones de Bonaparte con semejante ceremoniosidad. Ya cerca de él, sus miradas se enfrentaron. La sagaz mirada del vicario de cristo, se cruzó con la del emperador, mirándose ambos de tal forma como si sostuvieran un duelo entre ambos.
-Arrodíllese… por favor… -dijo de forma seca el pontífice.
-Jamás me arrodillare ante nadie –le respondió el emperador de forma cortante.
Acto seguido el emperador le arrebató violentamente la corona de sus manos, poniéndosela el mismo en medio de su propia satisfacción. Gabriel miraba ofuscado aquel hecho, si Bonaparte se había autoproclamado emperador, ¿para que ese inútil rito?... después de aquella escena, en medio de la coronación, logro entender.
Posiblemente, sus días de cautividad aun no terminarían.
Castillo de Fontainebleau, agosto de 1814.
Francia estaba sumida en el caos. El glorioso y flamante imperio napoleónico empezaba a desmoronarse a pedazos. Entre tanto, Napoleón no cesaba de conquistar territorios, enfrentando las diferentes coaliciones, manipulando a los reinos de Europa a su antojo. Gabriel ya no era el único prisionero en aquel castillo: sus hermanos Feliciano y Lovino, Antonio, Berwald, y un misterioso chico que había sido llevado inconsciente al castillo, eran los botines de guerra de Francis y Napoleón. Sin embargo, los reveses en Borondinó y Leipzig, en la que Prusia y gran Bretaña en la cuarta coalición continental lo habían derrotado estrepitosamente, agregado a la desastrosa campaña rusa, debilitaron a Francia a un punto inconcebible. Murat, el jefe de Romano en el reino de Nápoles había sido depuesto, y Bernardötte, el jefe de Berwald en Suecia, se había aliado en contra de Bonaparte en la sexta coalición. Uno por uno los prisioneros fueron liberados: primero Antonio, después de una incruenta resistencia, (gracias a Arthur Kirkland y el buen duque Wellington), luego Berwald (Después de que el rey Carlos Juan decidiera cambiarse de bando), y por ultimo Feliciano y Lovino. Solo quedaba el, y aquel misterioso chico, el cual reposaba en un cuarto, profundamente dormido, en una suerte de sueño eterno. Gabriel lo había visto una vez, y parecía que le era conocido: cabello rubio, de una edad de 13 a 14 años, capa negra y tricornio negro y una túnica negra a juego, parecía que estuviese dormido. No había duda… todos lo habían creído muerto (asesinado por Francia) pero ese era el sacro imperio romano germánico. No sabía lo que Francia estaba tramando con el chico. Decidió ocultárselo a Feliciano para que no le hiciese daño.
Cierto día de agosto, Francis, agotado por tantas batallas irrumpió en el castillo. Se notaba un agotamiento infinito, un hastió en su rostro, su uniforme estaba algo estropeado y estaba bastante mal.
-Recoge tus cosas –Le dijo con cansancio- eres libre.
Al parecer, napoleón había sido derrotado en Leipzig y sus nuevos jefes querían remediar aquellos problemas que el otrora emperador había dejado. Pero Gabriel sentía un extraño sinsabor por aquella noticia. No es que no quisiera regresar, no… sino que no había dejado en claro sus sentimientos hacia el francés
Precisamente a Francis le sucedía la misma cosa.
