Estancias clementinas del Palacio apostólico del Quirinal, febrero de 1868

Los turbulentos días que se vivían en roma eran cada vez más caóticos. Italia Piamonte, uno de los parientes lejanos de los hermanos Italia capitaneaba el proceso de unificación. La relación entre Gabriel y Severino no era la mejor, era naturalmente su primo, pero siempre lo contradecía. Severino siempre quiso ver a sus primos Feliciano y Lovino juntos, y ya sentía sus días cerca. El norte sucumbió ante el embate de la coalición franco-piamontesa en Solferino, Severino y Francis habían derrotado con una gran dificultad a Roderich y este tuvo que entregar el norte después de una segunda derrota austriaca en Magenta. Con el tiempo, las demás naciones irredentas de la península se unirían al proceso por vías pacíficas o por la fuerza. Alessandra Diacono, la bella y encantadora Florencia se unió por plebiscito, lo mismo que su hermano, Filippo Diacono o mejor dicho, el ducado de Parma. Marco María Diacono, la representación de la republica de san marino decidió mantenerse al margen del asunto. Con Parma, Florencia, y naturalmente Venecia y Milán, representados por la persona de Feliciano, el norte estaba unificado por completo, y los Vargas y los Diacono se habían unido en una suerte de gran familia. Posteriormente, después de una salvaje guerra, Garibaldi había conseguido que el sur se uniera a la federación, consumando gran parte de la unificación. El primer congreso continental se reunió en Turín en ese año, y sería el último en el que los estados de Italia se verían las caras como estados individuales: Feliciano y Lovino Vargas por Venecia, Milán y Nápoles respectivamente, Alessandra y Filippo Diacono por Toscana y Parma, Estefanía Diacono por Módena y por ultimo Severino Vargas Diacono por el Piamonte reconocían como único rey de Italia a Víctor Emannuelle II, rey de Piamonte Cerdeña. El Gran ausente era Gabriel Filipino Vargas, el cual representaba a la santa sede, los estados papales, la cátedra de san pedro y la mismísima ciudad de roma.

Su superior, Pio IX era una especie de paradoja difícil de comprender para el: liberal, laxo, amante de las artes, pero a la vez rígido, intransigente y extremadamente tradicionalista, además de contar con un temperamento altamente voluble, podía cambia de decisiones de forma insospechada. Lo que si sabía es que el no cedería ante un "rey del norte". Vaticano no se había llevado bien con Italia Piamonte, y el sentimiento de desprecio era reciproco. Ahora tendría que buscar una ventajosa diplomacia a su favor para al menos salir lo menos perjudicado en aquel proceso de reunificación.

En uno de sus habituales paseos por las estancias clementinas del palacio del quirinal con su sede, el papa le comenta sobre aquella acuciante situación en la que estaban los estados papales y como poder sortearla.

-¿qué opinas de una alianza con Francia?

Gabriel al oír las palabras "alianza" y "Francia" quedo gélido de espanto

-no está hablando en serio, ¿verdad, santidad?

-Hablo muy en serio, Gabriel. Nuestros intentos de pedirle ayuda a España son inútiles, la reina Isabel tiene demasiados enemigos y dice que no puede enviarnos refuerzos

Algo había oído de los problemas de Antonio en su casa. Los carlistas dirigidos por Maroto y Santacruz le daban bastantes problemas desde hacía rato a la jefa de Antonio, la cual para colmo había sido recientemente destronada en una turbulenta revolución, por lo que Antonio no tenía Jefe (n/a: el que viva en España sabrá de lo que estoy hablando, y si no deberían investigar un poquito más.). Eran tiempos turbulentos en Europa, en los que Inglaterra y Prusia surgían como potencias industriales de primera, mientras que otras naciones quedaban rezagadas en el cambio como Austria y los mismos estados papales. Los primeros brotes de inconformidad surgían en roma en medio de ese tenso ambiente. La aristocracia pontificia estaba dividida en aquellos fieles a la santa sede y aquellos que no dudarían en apoyar a los Saboya en su proceso de unificación. Familias de tradición como los Fillipeti, los Rosignari, los Scioriolano y los Nitti no dudarían en unirse a aquel circulo que apoyaría la unificación, mientras que otras familias de la nobleza como los Colonna, los Mariogiani, los Orsini, los Perucci, los Aldobrandini y los Pacelli seguían fieles a el pontífice y su cátedra. Pero Gabriel en sus casi ochocientos de experiencia sabía que los humanos y en especial los nobles podían cambiar de postura a la menor oportunidad. Así pues, muy a su pesar tendría que buscar una alianza pero no sabía a qué atenerse al contraer una alianza con Francis Bonnefoy.

-santidad, usted sabe lo que Francia me ha hecho durante mucho tiempo, pero ¿ser aliados?

-Gabriel, ya no hay directorio, y la muy querida emperatriz Eugenia ha ofrecido sus buenos oficios para convencer a su esposo para firmar la alianza.

-sin embargo, considérelo santidad –le insistió la santa sede a su superior- Francia no atraviesa una buena situación en cuanto a política exterior se refiere.

Salió a relucir aquel desastre en el que se involucró con Inglaterra en Crimea. Gabriel le advirtió cientos de veces a Francis que no se aliara nunca con aquel "cejón hereje" y aunque a la larga habían ganado, la victoria tuvo un alto costo tanto para Francia como para Inglaterra. No podían contar tampoco con Austria, que aunque de nombre se había comprometido a proteger los estados papales en el congreso de Viena, tenía sus propios problemas con Prusia. En otros términos no podría acudir ni a Antonio, ni a Roderich, por lo que Francis era su única carta disponible.

Estaba decidido. Por más que no lo quisiera, tendría que volverlo a ver.

-viajaras a París hoy por la noche. Monseñor Rampolla te acompañara en las negociaciones.

-Como usted disponga, santidad.

El chico del rizo hizo una humilde reverencia, dejando al pontífice solo en las estancias del palacio del quirinal.

Pero dejando todo asunto político aparte, no lo quería volver a ver. El ver de nuevo a Francis le haría recordar los años y años de encierro y vejaciones que sufrió en Valence. Aquellas heridas habían sanado, pero no del todo. Sentía por él una especie de sentimientos contradictorios: rencor e ira, pero a la vez una gran atracción,... una suerte de mezcla algo absurda y rara por aquel lascivo y sucio francés.

Sin embargo, él se había excusado en que las circunstancias lo obligaron a hacer lo que hizo, pero ¿acaso tenia excusa lo que le había intentado hacer en el palacio laterano hacía más de 70 años atrás?... de hecho eso no tenía excusa alguna.

Por lo pronto tendría que viajar a Francia y buscar ayuda, pero no sabía lo que le depararía el destino con Francis Bonnefoy.

Palacio del Eliseo, febrero de 1868.

Parecía que era un día normal en aquel esplendido palacio. Eran los albores del segundo imperio, y Francia se estaba desarrollando precipitadamente. Francis no cesaba de crecer, de expandirse, pero mal que bien sus aventuras coloniales podían tener buen resultado como en Egipto, después de que lo contratara para que construyera el canal de Suez, como podía fracasar estrepitosamente, como le sucedió en México con aquel asunto de los pasteles, y que termino con una chapucera expedición colonial que terminó en fracaso, agregado al resentimiento de Roderich que lo culpaba por la muerte del archiduque Francisco Fernando (n/a: nombre real del emperador Maximiliano I de México) cuando en realidad el verdadero responsable era Luis Bernardo (México) y su jefe, Benito Juárez. Sin embargo, los roces con Prusia eran frecuentes, más los conflictos con Austria y aquella desastrosa expedición en Crimea en contra de Iván, lo estaban debilitando. Ya no tenía el esplendor y gloria de sus antiguos reyes, y su "superior" el emperador Napoleón III era la sombra de lo que había sido su legendario tío, el emperador Napoleón I. Si, Luis Napoleón María Bonaparte de Beauharnis, deseaba ser como el, e inclusive pretendía equipararse a él, pero no alcanzaría la gloria de su pariente… era por eso que a pesar de su enorme altura, y de no ser un Bonaparte de sangre completa, (pues el hijo del emperador y la Archiduquesa María Luisa, Francisco Napoleón Bonaparte de Habsburgo-Lorena, o "Franz" para los amigos había muerto a temprana edad), le llamaban burlonamente "le petit Napoleón" (napoleón el pequeño).

Para colmo, su jefe era fácilmente manipulable. Al menos Francis daba gracias a dios que el príncipe de Talleyrand no viviera, pero no hacia tanta falta, pues allí estaba ella: la emperatriz Eugenia de Montijo, Condesa de Teba. Ella era prácticamente el poder detrás del trono.

Por eso era que a veces no sabía si atender a las órdenes de Luis Napoleón o a su esposa, Eugenia.

Muchas preocupaciones rondaban por su mente: cómo explicarle a su jefe el fracaso de la intervención en México, como evitar las provocaciones de Prusia, que ambicionaba a sus regiones vitales, Alsacia y Lorena, como evitar que aquel "cejón bastardo" se quedara con el canal de Suez, además de las huelgas, motines, levantamientos y demás en el interior de Francia, además de estar interesado en intervenir también en España con un rey que pudiese nombrar. Con lo que no contaba era que Gilbert también tenía un pretendiente que poner en el trono de España, y así poder controlar a Antonio.

Ninguno de los dos quería iniciar una nueva guerra, aunque muchos esperaban que se desatara ese desenlace.

Por lo pronto, dejaría de pensar en aquellas preocupaciones políticas. Uno de los sirvientes le había enviado un mensaje en el que lo solicitaba urgentemente en el salón de audiencias.

Gabriel por su parte había ingresado al esplendido salón, acompañado por monseñor Eugenio Rampolla, conde de Tindaro. Lucía una austera sotana negra con bordes escarlatas, un fajín rojo escarlata en seda y un sombrero Saturno negro con borlas de seda roja. Rampolla lucía una sotana similar, solamente con bordados de un rojo carmesí más oscuro, lo cual denotaba su posición de obispo. El emperador se encontraba sentado en su trono, con una casaca normal del ejército francés, la cual tenía charreteras bordadas en hilo de oro y las insignias referentes a su autoridad, mientras miraba con atención a los dos clérigos. Su esposa Eugenia estaba en un trono similar a su lado con un largo vestido de muselina blanca, luciendo a la vez encantadora e intimidante. Francis estaba a su lado, al pie del emperador, vestido con una elegante casaca militar azul medianoche con botones en plata y charreteras bordadas.

El chambelán de palacio hace las presentaciones ante el emperador y su esposa.

-Su excelencia, el secretario de estado y canciller de los estados pontificios, monseñor Eugenio Rampolla conde de Tindaro y su ilustrísima eminencia, los estados papales y la santa sede.

Luego, Francis entra por un acceso detrás del trono, posicionándose al lado del emperador y su esposa. El chambelán nota su presencia y le anuncia también.

-Su señoría, el Imperio de Francia.

Ahora el que se encontraba incomodo era Francis, no Gabriel.

Rampolla hizo una profunda reverencia hacia el emperador, su esposa y la nación, cosa que no hizo la sede. Francia por su parte miraba con atención a los estados papales, quien parecía sereno y desafiante. El realmente no lo había visto desde hacía mucho tiempo, pero habían cambios leves en él. Su porte, aunque digno era algo decadente, se notaba un agotamiento en su andar, como si no quisiera seguir más. Pero sin embargo veía en el aquella dignidad, aquella serenidad que le había visto en aquella celda de Valence. Se sentía realmente incomodo después de tantos años sin verlo.

El obispo Rampolla se aprestaba a hablar pero la santa sede se le anticipa e interviene.

-Vengo a solicitar ante su majestad imperial apoyo para mi defensa de las agresiones del Piamonte.

-¿Acaso no habla usted del reino de Italia?

-La santa sede y el santo padre no reconocen plenamente el estado de Italia, majestad.-respondió monseñor Rampolla ágilmente- por tanto, su deber como buen cristiano es evitar que aquellos inicuos del Piamonte ocupen la santa roma.

Ahora sí, su situación era incomoda. Francis había contraído en años recientes una alianza ventajosa con Severino (la representación nacional del Piamonte) a cambio de la ciudad portuaria de Niza. A él no le importaba aquel proceso de la unificación de los ya de por si inestables estados italianos. Él ya había pasado cientos de veces por esa experiencia en un eterno tire y afloje en contra de Austria quien controlaba a Alessandra (la toscana) y Feliciano (Venecia y Milán), y también en contra de España y aun en contra del padre de este, el desaparecido Aragón por el sur de Italia, Sicilia y Nápoles representados en la persona de Lovino, hermano de Feliciano y Gabriel, y primo de Alessandra Diacono. Después de las desastrosas campañas napoleónicas se resignó a no tener a Italia para sí, y se concentró en otras aventuras en américa (México), oriente medio (Egipto), África (Túnez y Marruecos) y el extremo oriente (Indochina), y ya no deseaba intervenir más en Italia. Pero no contaba con que Eugenia, la intrigante emperatriz le brindara su apoyo a la santa roma.

-excelencias, como ustedes sabrán, mi marido y yo tenemos que analizar la petición de ustedes, si no tienen algún problema mañana les comunicaremos nuestra decisión. –respondió Eugenia con aire soberbio como si ella fuere la que mandara.

-Insisto, majestades, es imperativo que nos den una respuesta –rogo monseñor Rampolla.

-disculpen ustedes a mi querida esposa, pero tenemos que analizar concienzudamente una decisión al respecto, aun no hay establecido un concordato entre ustedes y nosotros –insistió el emperador Luis Napoleón dubitativo.

Concordato. Ese bendito concordato. Después de que Francia volviera a invadir los estados papales, el concordato que habían firmado el I imperio y la santa sede se había anulado de un plumazo. Aun así, las relaciones eran algo irregulares, porque Francia no cesaba de buscar problemas en Europa. Y sus propios problemas lo agobiaban.

Francis se notaba visiblemente nervioso. Por lo general, era bastante relajado, cosa que le ofuscaba al emperador, pero aquellos nervios se le hicieron extraños al superior de Bonnefoy.

-Francis, que te sucede –le pregunto el emperador Luis Napoleón algo extrañado

-no-no-me-su-cede-absolu-ta-mente-nada –le dijo Francis tartamudeando.

-Francis, te veo mal… -le dijo la emperatriz Eugenia, con un aura de malignidad siniestra.

-de verdad majestad, estoy tan normal como siempre –le respondió Francia a la esposa de su superior, mientras un aura siniestra le rodeaba.

Se notaba que la emperatriz no quería absolutamente para nada a la representación física de su nación, y ese sentimiento de desprecio era correspondido de igual modo por la nación francesa hacia la esposa de su jefe.

Posteriormente, la emperatriz Eugenia, después de acallar a su marido y a Francia interviene y les dice a los dos clérigos.

-La santa sede puede contar con el respaldo del imperio, excelencias, si ustedes así lo deciden Francis podría acompañarlos.

Un aura de perversa malignidad rodeaba a la emperatriz, lo que asusto a Francia, al emperador, al canciller Rampolla, a los sirvientes y a todos los que estaban en el salón de audiencias menos al mismo Gabriel.

-yo… ¿Qué? –exclamo Francis algo confundido.

-Sí, Francis, vas a acompañar a la santa sede y ayudaras en la protección de sus territorios con los efectivos que enviaremos,… ¿no es verdad esposo mío? –le respondió la emperatriz, mientras sonreía dulcemente y un aura perversísima la rodeaba.

-este… si… -respondió Luis Napoleón dubitativo.

-agradezco en mi nombre, y en el nombre de la santa sede, su más profunda colaboración –dijo Rampolla en un tono adulonamente servil, cosa que le enfermo de sobremanera a la santa sede, quien miraba con asco al obispo.

-además, si ustedes disponen, podemos acordar un nuevo concordato que reemplace el de 1804, para conveniencia de esta alianza –agregó Gabriel en un tono para nada servil y demasiado desafiante, el cual incomodo profundamente a la emperatriz Eugenia.

"aun no cambias, Gabriel", pensó Francis algo complacido. De hecho, a pesar de los años de peleas, maltratos y vejaciones seguía siendo el mismo chico agresivo de siempre. Rampolla por su parte se sintió incomodo por la forma en la que hizo aquel ofrecimiento, por lo que le reprocho discretamente con algo de rabia.

-Gabriel, contrólate, no vaya a ser que por culpa de un impulso arruines esta alianza

-Eugenio, no interfieras en mis asuntos… que no es la primera vez que he tenido que aliarme con estos buitres –le respondió discretamente la santa sede al obispo con marcada rabia.

-¿Decía algo, conde Rampolla? –preguntó perversamente la emperatriz al notar la conversación discreta entre el obispo y la santa sede.

-nada, majestad –mintió el obispo nervioso por aquella pregunta.

-Entonces, queda convenido. –intervino esta vez el emperador, algo dubitativo pero aparente decidido bajo la presión de su mujer- dispondré de los efectivos que requiera el santo padre para que defienda roma y sus terrenos anexos.

Rampolla hizo una torpe reverencia al emperador y su esposa, y Gabriel solo hizo una leve y discretísima venia por cortesía, mientras se retira junto con el obispo del salón. Había conseguido el apoyo, si, pero sentía una espinita en el corazón. Francis sentía lo mismo.

Francis siguió a Gabriel y al obispo Rampolla mientras salían del salón de audiencias por un pasillo del palacio. Gabriel lo notó.

-Monseñor, ¿podría tener la gentileza de adelantarse?, si desea espéreme en el hotel.

Rampolla entendió la indirecta y apresuró el paso dejando a las dos naciones solas, en medio del pasillo, mientras los ventanales reflejaban fuertemente la luz del sol. Ambos eran sombras de lo que habían sido en un pasado: el, antes glorioso imperio, ahora reducido a una nación rezagada políticamente que fracasaba en donde interviniese, mientras sus superiores intentaban recuperar la gloria pasada, el, anclado en el espléndido pero decadente pasado en donde él era el que dictaminaba la última palabra entre las demás naciones, en donde las naciones y los príncipes cristianos lo trataban con una veneración y un respeto casi rayando en la más absurda servilidad. Ambos simplemente eran sombras de un pasado glorioso y esplendido, de un tiempo en el que papas y reyes eran realmente poderosos, tiempos en los que ellos podían con uno solo de sus actos condenar a una nación al olvido o garantizar una alianza ventajosa para el futuro.

Pero eso era monotonía. Fugaz monotonía. Los reyes iban y venían, unos muertos, otros destronados, otros asesinados, reinado tras reinado, eran simplemente sombras atentas a ser consejeros, guardianes, voz de aliento en las batallas, garantía para las alianzas, fieles naciones que siempre estarían allí, hasta que su cultura se extinguiera en el olvido, o se hicieran tan grandes e insostenibles que su único destino seria la desaparición y la inexorable muerte.

-hacía mucho tiempo que no venias aquí por voluntad propia, Gabriel.

-Nunca he venido a Francia por voluntad propia, las circunstancias siempre me lo obligan –respondió el estado papal con desgana.

-sabes, a veces creo que eres demasiado prepotente con tus fieles, Gabriel.

-¿Lo dices por lo de la infalibilidad papal?, aún sigo creyendo que las conclusiones del concilio son un atroz despropósito.

-no lo digo por eso,… lo digo por la forma en la que te comportaste.

-yo no soy el papa, soy la cátedra, y tú no eres el emperador, eres su nación, no sé porque estas ofendido.

-sí, pero a veces pienso… que daría todo para ser un simple ser humano y no sufrir más años y años de indiferencia de tu parte.

-pero esa indiferencia no es inmerecida, Francis –le recrimina Gabriel con cansada prepotencia- aunque a veces también deseo lo mismo que tú.

Los dos se miraron un instante, a una distancia considerable. Los ojos azul celeste del francés se conectaron con los ojos color chocolate del italiano, mirando en él un deseo irrefrenablemente oculto. Habían pasado ya casi 600 años desde su primer encuentro y ambos habían atravesado por tantas cosas que no cabrían en un libro de historia.

-Olvidémonos por al menos un día de lo que somos, y hagamos borrón y cuenta nueva –intento decir Francis para romper la dura coraza de Gabriel.

-lo siento, pero ninguno de los dos puede olvidarse de lo que es. En especial yo, que no solo soy un país sino también la cátedra del vicario de cristo en la tierra –le respondió Gabriel a Francis con una nota de melancolía en su voz.

Sin venir a cuento, Francis recuerda aquel encuentro en el estanque del bosque en Aviñón. Gabriel inexplicablemente también recordaba ese incidente, como algo que había sucedido en el pasado, como un episodio fruto de su debilidad y flaqueza carnal, aunque muy en sus adentros lo recordase de diferente forma.

Decidió seguir su camino, y no hablar más con él a menos que fuera imprescindible o fuera un asunto meramente de estado.

-Gabriel… espera…-lo llamo Francis infructuosamente, mientras el clérigo se alejaba a toda prisa corriendo por el pasillo del palacio. El simplemente se quedó allí, como si le hubiesen arrancado de un tirón las ganas de vivir, de seguir. Se devolvió sobre sus pasos y regresó al salón del trono, el cual estaba completamente vacío.

Tan vacío como su propio corazón.