Capítulo 3

Maquinaciones al descubierto

Después de que Emory condujera los prolegómenos, un largo silencio se estableció en el aposento. Tan sólo lo perturbaba el ágil garabatear de la pluma sobre el pergamino del volumen donde Nyko copiaba las frases de la elfa oscura.

—No nos resta sino encomendarla a la clemencia de Paladine —invocó Marcus—. ¿Está la archimaga con ella?

—¡Naturalmente! —le espetó la aprendiz, delatando un nerviosismo que las ardides de su arte no lograron camuflar—. ¿De qué otro modo podría haber alcanzado su propósito? El Portal es inaccesible a todos salvo a las fuerzas combinadas de un Túnica Negra tan dotado como ella y una sacerdotisa de blanco hábito, en este caso Lena, intachable en su fe.

Lexa les miró de hito en hito y, antes de que se enzarzaran en una discusión ininteligible, declaró:

—No entiendo una palabra de lo que aquí se está debatiendo. ¿Qué sucede? ¿Habláis quizá de Octavia? ¿Qué ha hecho? ¿Qué relación mantiene con Lena? ¿Por qué nadie alude a Bellamy? Al fin y al cabo, también él parece haber sido borrado de la faz de Krynn, al igual que Raven.

—Procura contener los arranques de impaciencia, ese exponente de la mitad humana de tu ser —le aconsejó Nyko sin dejar por ello de escribir con su caligrafía esmerada, puntillosa—. Y tú, elfa, inicia tu relato por el comienzo, en lugar de referirte a un pasaje intermedio.

—O, dadas las circunstancias, al desenlace —apuntó el yaciente en tono quedo.

Humedeciéndose los labios con el vino, Emory, prendidas sus pupilas en el fuego, narró las singulares peripecias que, hasta entonces, Lexa sólo conocía en parte. Algunos eventos habría podido deducirlos, otros le sorprendieron, los más la escandalizaron.

—La Hija Venerable fue cautivada por Octavia y, con franqueza, añadiré que la atracción fue recíproca, aunque, tratándose de la archimaga, sólo caben conjeturas. El agua de un glaciar en deshielo es demasiado caliente para circular a través de sus venas. Así que sería prolija cualquier tentativa de ahondar en sus emociones. ¿Quién podría determinar cuándo concibió esto o soñó aquello otro? Sea como fuere, ultimó los preparativos y me puso al corriente de sus planes: viajar al pasado en busca de Indra, su precursora en la saga arcana, y apoderarse de su vasta sapiencia.

«Le tendió una trampa a Lena, deseosa de embaucarla para que retrocediera en el tiempo junto a ella, e hizo algo análogo con su gemelo…

—¿Con Bellamy? —preguntó la heroína, perpleja. Emory la ignoró y continuó, como si la interrupción no se hubiera producido.

—Pero ocurrió algo imprevisto. Costia, hermanastra del shalafi y Señora del Dragón…

La sangre se agolpó en las venas de Lexa, enturbiando su vista y su oído. Sintió un palpito similar en los pómulos e intuyó que su tez abrasaba al tacto, tan encendido debía de ser su sonrojo.

¡Costia! La figura de la mujer que había amado se dibujó en su memoria con los ojos destellantes, el crespo cabello arremolinado en torno al rostro, los labios separados en aquella hechicera, ambigua sonrisa, y una seductora silueta que resaltaba, más todavía, la ceñida armadura.

La dama de su espejismo le estudió desde la grupa de un reptil azul flanqueada por sus esbirros, altiva, regia, especialmente bella en su crueldad para, sin transición, rendirse a su abrazo con tierna languidez. La semielfa notó, aunque no puedo percibirla, la expresión de simpatía que había adoptado Marcus al adivinar su zozobra, y eludió la censura que, así lo creyó, contraía los rasgos del omnisciente cronista. Abrumada por el peso de su propia culpa, no reparó en que Emory, a su vez, libraba una batalla con sus traicioneras mejillas, las cuales, más que subir de color, habían quedado exangües. No se percató del quiebro que rompió la voz de la acólita al pronunciar el nombre de la bella mujer. Pasados unos segundos, Lexa recuperó la compostura y pudo seguir escuchando. No obstante, le fue imposible sustraerse al dolor que atenazaba su corazón y que estaba persuadida de haber curado definitivamente. Era feliz junto a Clarke, la amaba con más entrega de la que nunca había creído atesorar antes de desposarla. Gozaba de paz interior, su vida discurría enriquecedora, colmada de venturas. Quizá fue ésta la causa de que el mundo se le viniera abajo al descubrir que la negrura aún anidaba en ella, un pozo de pasiones inconfesables que en su día creyó haber desterrado para siempre.

—Por orden de Costia —reanudó su relato la narradora—, Soth, el Caballero de la Muerte, sumió a Lena en un encantamiento destinado a matarla. Pero Paladine intercedió. Guió el alma de la sacerdotisa a su morada celestial, a fin de hacerle un lugar entre sus siervos y dejó tendida en el suelo el despojo de su cuerpo. Yo creí que el shalafi había sufrido un revés irreversible. Pero grande fue mi sorpresa al comprobar que me había precipitado y que Octavia, en su infinita astucia, hacía que repercutiera en su beneficio la conjura de sus rivales. Su hermano Bellamy y Raven, la kender, llevaron a la maltrecha sacerdotisa a la Torre de la Alta Hechicería de Wayreth, en la confianza de que sus arcanos habitantes la sanarían. Éstos no pudieron ayudarla, como la nigromante bien sabía, y entonces decidieron enviarla al único período de la historia de Krynn en el que vivió un Príncipe de los Sacerdotes lo bastante poderoso para reclamar el concurso de Paladine, para inducirle a devolver a aquella devastada forma terrenal el soplo del espíritu. Era eso, desde luego, lo que quería mi maestra. ¡Previne a los magos! —exclamó, apretando el puño—. Avisé a esos necios de que le estaban allanando el terreno.

—¿Les avisaste? —repitió Lexa, que se había integrado ya a la realidad inmediata—. ¿Actuaste contra tu shalafi? —insistió, incrédula frente a un hecho tan inverosímil.

—Participo en un juego peligroso, semielfa —fue la lacónica respuesta. La aprendiz clavó las pupilas en su interlocutora y ésta se estremeció al observar que estaban iluminadas desde dentro, como las ascuas de un fogata. Tras una corta pausa, Emory amplió su explicación—: Soy una espía al servicio del cónclave de hechiceros, encargada de vigilar todos los movimientos de Octavia. ¿Te quedas boquiabierta? No te lo reprocho. Un ser ajeno a la Orden no puede estar al corriente de nuestras intrigas. Mis superiores le temen, y no sólo los defensores del Bien y la Neutralidad, sino, y muy específicamente, los Túnicas Negras, ya que estamos enterados de cuál será nuestro destino si se alza con el predominio de las esferas.

Viendo que había cautivado el interés de su oyente, la oscura maga levantó la mano y, parsimoniosa, abrió el pectoral de su atuendo para mostrarle el pecho desnudo. Cinco heridas purulentas llagaban la que, de otro modo, hubiera sido tersa piel.

—La marca de su mano —dijo con acento anodino—, una recompensa digna de mi insidia.

Lexa imaginó a Octavia en el acto de depositar sus flexibles dorados dedos sobre el torso de aquella joven, se representó su rostro desapasionado, sin malicia, ensañamiento ni ningún otro resquicio de humanidad mientras infligía el castigo. Casi olfateó el olor de la carne socarrada y, mareada, se hundió en su asiento y permaneció allí cabizbaja, muda.

—Pero aquellos insensatos, en su terquedad, desoyeron mi advertencia —retomó Emory el hilo de su historia—. Se aferraron a un clavo ardiendo, corrieron el riesgo de mandar a Lena a una época previa al Cataclismo, porque ella encarnaba, a la vez que sus mayores miedos, su única esperanza. La nigromante así lo había preconizado. De nuevo se satisfacían sus aspiraciones. La versión formal, la que expusieron ante Bellamy para asegurarse de que no les abandonaría, fue que el Príncipe de Istar auxiliaría a la sacerdotisa. No obstante, su auténtico objetivo era que muriera o, al menos, desapareciese, como hicieron los otros clérigos poco antes de la hecatombe. Si se esfumaba, Octavia habría de prescindir de ella y nunca atravesaría el Portal, aunque existía el peligro de que la rescatase a tiempo, de ahí la ambivalencia del plan. También barajaron la posibilidad de que Bellamy, al catapultarse al pasado y averiguar la verdad sobre su hermana, a saber, que había succionado la esencia de Indra, atentara contra su vida.

—¿Bellamy? —La semielfa rió de mala gana, entre el sarcasmo y la cólera—. ¿Cómo pudieron incurrir en un error de tal calibre? El guerrero es ahora un enfermo. Lo único que está en situación de matar es un barril de aguardiente enanil. De alguna manera su gemela ya le ha destruido. ¿Por qué no…?

Objeto del escrutinio inquisitivo de Nyko, optó por callar. Su cabeza giraba en un torbellino enloquecido. Nada de aquello tenía sentido. Consultó a Marcus con los ojos y concluyó que el anciano debía de estar en antecedentes de buena parte del relato, pues no se reflejó en su semblante un asomo de sorpresa, de disgusto, al mencionar Emory que los magos habían dispuesto la muerte de Lena. Sólo un profundo pesar desencajaba sus marchitas facciones.

—Raven Reyes, la kender —prosiguió la acólita—, se entrometió en el hechizo de Par—Salian y, accidentalmente, se desplazó al pasado con Bellamy. La introducción de un miembro de su raza en el fluir de las eras propiciaba que se alterasen los sucesos, lo que revestía una capital importancia. Lo que sucedió en Istar sólo podemos presumirlo. Pero en mi mano está afirmar que Lena no pereció, Bellamy no eliminó a su hermana y ésta recopiló para su acervo la ingente erudición de Indra. Acompañada del guerrero y la sacerdotisa, Octavia avanzó hasta una época en la que, al preservar a la dama, se convertía en dueña y señora del único clérigo verdadero en todo el país. Minuciosa en sus cálculos, viajó al momento de la historia en el que la Reina de la Oscuridad había de presentarle menos réplica y, vulnerable, fracasaría si se empeñaba en detenerla.

«Como hiciera antes Indra, la archimaga influyó de manera decisiva en el estallido de las guerras de Dwarfgate y, así, obtuvo acceso al Portal, que se encontraba, por aquel entonces, en la fortaleza de Zhaman. Si se hubiera repetido el episodio que había protagonizado su ancestro, y que consta en las Crónicas, Octavia habría sucumbido frente al portentoso umbral del más allá, ya que tal fue el final del llamado Ente Oscuro.

—Con eso contábamos —intervino Marcus, estirando débilmente el embozo del lecho—. Par-Salian nos garantizó que la nigromante no cambiaría el porvenir, que ni siquiera ella poseía tales facultades.

—¡Maldita kender! —renegó Emory—. Par-Salian cometió una grave imprevisión. Es imperdonable que no tomara precauciones para evitar que la mujercilla reaccionase de la forma más natural en uno de su tribu: ¡aprovechar la primera oportunidad que se le ofrecía de vivir una aventura! Debería haber atendido nuestro consejo y estrangular a la pequeña intrusa.

—Dime qué ha sido de Bellamy y Raven —le atajó Lexa con frialdad—. Nada me importa la suerte de Octavia ni, y te ruego que me disculpes, la de Marcus, ni la de Lena. A la sacerdotisa la cegó su propia perfección, la drástica rigidez de su probidad. Lo siento por ella, pero rehusó quitarse la venda que la aislaba de la verdad. Mis amigos, en cambio, me inquietan. ¿Qué ha sido de ellos?

—No tengo la menor idea —respondió la aprendiz, y se encogió de hombros—. Pero, en tu lugar, descartaría cualquier ilusión de volver a verlos en esta vida. De poco deben de servirle ya al shalafi.

—Eso es todo cuanto necesitaba oír —declaró la semielfa y se puso en pie, teñido de furia el timbre de su voz—. Aunque sea lo último que haga, perseguiré a Octavia sin concederle una tregua…

—Siéntate —le ordenó, de pronto, Emory.

La maga no levantó la voz, pero había en sus ojos una amenaza, un reto que impulsó a la interpelada a tantear la empuñadura de su espada, sin recordar que, puesto que había sido invitada como huésped en el Templo de Paladine, resolvió no portarla. Más airada al palpar aire en lugar de su arma, dedicó sendas reverencias al patriarca y a Nyko y echó a andar hacia la puerta.

—No tardará en interesarte el devenir de Octavia, semielfa —le interceptó la sibilina acólita—, porque nos afecta a todos. De ella dependemos nosotros y tú misma. El futuro del mundo se halla en sus manos. ¿Son ciertas mis palabras, Hijo Venerable?

—Lo son —ratificó el aludido—. Me hago cargo de tus sentimientos, Lexa, pero debo conminarte a desecharlos.

El cronista no despegó los labios. Los sonidos propios de la escritura constituían la única evidencia de su presencia en la sala. La heroína cerró los puños y, con una agresividad que obligó incluso al impasible Nyko a alzar la cabeza, imprecó a Emory:

—De acuerdo, me reprimiré. ¿Qué más puede hacer tu envilecida maestra en su afán de lastimar, aniquilar y someter a inenarrables suplicios a quienes le rodean?

—Al comienzo de mi plática he anunciado que nuestros temores más acendrados se hacen realidad —susurró la elfa oscura, clavando sus pupilas almendradas en las de su oyente, que, debido a su mezcla racial poseía unos rasgos oblicuos más atenuados.

—Sí.

Más que una afirmación, lo que profirió Lexa fue un expresivo apremio. El narrador hizo una pausa exagerada, teatral. Nyko, alerta, enarcó las grisáceas cejas.

—Pues bien, ahora lo subrayo. Octavia ha entrado en el Abismo donde, junto a Lena, desafiará a la Reina de la Oscuridad.

Lexa, en franca mofa del dramatismo que la joven nigromante había dado a sus palabras, estalló en carcajadas.

—No parece que debamos preocuparnos por ello —replicó—. Esa criatura se ha lanzado a su propio exterminio.

La risa de la semielfa no fue bienvenida, no obtuvo el beneplácito de los reunidos. Emory la espió entre cínica y divertida, como si esperara tan incongruente actitud en alguien que era mitad humana Nyko emitió un resoplido y se concentró en su quehacer Marcus hundió en el lecho sus ya caídos hombros y, entornando los párpados, se reclinó en la almohada sobre la que se había incorporado.

—¡No podéis tomaros tan en serio la situación! —les regañó, dolida, la ahora habitante de Silvanesti—. ¡Por los dioses, la soberana de las tinieblas me ha recibido en audiencia! He sentido su poder, su majestad, cuando sólo había logrado asomarse parcialmente a nuestro plano —recalcó, y un escalofrío recorrió su espina dorsal al evocar los sucesos de Neraka—. No quiero ni pensar lo que ha de ser enfrentarse a ella en la plenitud de sus facultades, en su propia órbita.

—No has sido tú la única, Lexa —musitó el postrado anciano—, también yo he conversado con la Reina Oscura. ¿Te sorprende? No hay motivo. He tenido que superar tantas pruebas y tentaciones como cualquier otro hombre.

—Sólo en una ocasión me ha honrado con su visita. —Era Emory quien, llegado su turno, informaba de su experiencia, pero al hacerlo su tez palideció y el pánico ensombreció sus ojos—. Vino a referirme los hechos que acabo de transmitiros.

Nyko no participó en las confidencias, pero abandonó su tarea. De las paredes de roca emanaba más vivacidad que del semblante del historiador.

—Si has conocido a la soberana, Marcus —invocó Lexa al enfermo—, habrás vislumbrado la supremacía que ostenta sobre todas las cosas. ¿Cómo puedes creer que una archimago demente y una sacerdotisa que no es más que una infatuada solterona puedan causarle el menor daño?

Un relámpago de indignación cruzó por los ojos del clérigo, sus labios se tensaron en una estrecha línea y la semielfa supo que le había agraviado con su insulto. Ruborizándose empezó a disculparse,

aunque, persuadida de que iba a estropearlo aún más, selló su boca.

—Todo esto es una sinrazón —se limitó a farfullar, al mismo tiempo que regresaba a su silla y se derrumbaba en ella—. En nombre del Abismo, ¿cómo frustraremos sus ambiciones? —continuó pero, al darse cuenta de la impropiedad de la fórmula que había elegido, su sonrojo fue en aumento—. Lo siento, mi juego de palabras no ha sido premeditado. Cada vez que intento decir algo, mi lengua corre más que mi mente. ¡Pero es que no entiendo nada! ¿Cuál es nuestro cometido? ¿Detener a Octavia o alentarla?

—No puedes detenerla —interpuso fríamente Emory, en el instante en que Marcus se disponía a hablar—. Tan sólo los magos tenemos capacidad para hacerlo, y no hemos dejado de elaborar planes encaminados a tal efecto durante varias semanas, porque, desde el principio, vaticinamos este desastre. En cierto modo, semielfa, tus presunciones son correctas. Octavia no puede vencer a tan colosal rival en su propio mundo y, puesto que es consciente de su inferioridad, proyecta contrarrestarla. ¿Cómo? Engatusando a la soberana, induciéndola a atravesar el Portal y a plantarse en el universo de los vivos.

Lexa sintió que una invisible estocada ensartaba su estómago. Quedó sin resuello. Transcurrieron unos segundos antes de que, encrespadas las manos en el brazo de la butaca hasta el punto de que los nudillos se le tornaron blancos, atinara a protestar:

—Es una locura. En la Guerra de la Lanza la abatimos con penas y trabajos. Sobrevendrá una catástrofe si esa chiflada le franquea el acceso a Krynn.

—Es a mi Orden, como ya he indicado, a quien corresponde impedirlo —concretó la aprendiz.

—He comprendido cuál es tu deber, tu sagrada misión. Sin embargo, algo no encaja. ¿Por qué nos has convocado? ¿Qué papel desempeñamos en esta obra magna? ¿El de meros espectadores? —la interrogó la heroína, hiriente, ofensiva.

—¡Cálmate, Lexa! —le reconvino Marcus—. Estás nerviosa y asustada. Pero, aunque todos compartimos tu desasosiego —«salvo ese cronista esculpido en granito», recapacitó el aludido—, nada ganarás dejándote llevar por tus impulsos. Apacigua tu fuego y apresta el oído, pues presiento que todavía ignoramos lo peor. ¿Me equivoco, Emory? —se dirigió a la oscura personaje, suavizando el tono de su voz.

—No, Hijo Venerable —confirmó la acólita, y la semielfa percibió un amago de emoción en las rasgadas pupilas de su, en cierta medida, congénere—. Me he enterado de que Costia, la Señora del Dragón —sufrió un repentino ahogo—, prepara un asalto a gran escala sobre Palanthas.

Lexa se sumió en sus cábalas. La primera oleada que se desató en su interior fue de rabia, de impotencia. «Te lo advertí, Amothus, y también a Porthios y a todos cuantos se empeñan en reptar hasta sus algodonosos y cálidos refugios para, allí recluidos, olvidarse de que hubo una guerra.» La segunda marea fue a la par más serena y lacerante, compuesta como estaba de recuerdos de la ciudad de Tarsis en llamas, el asedio infligido a Solace por los ejércitos draconianos, el sufrimiento y la muerte.

Marcus se demoraba en su discurso pero, en lugar de escucharle, la semielfa se zambulló en sus reflexiones. Emory había citado a Costia en su anterior relato, y pretendía capturar el contexto de su comentario que, esquivo, revoloteaba en los lindes de su memoria. En efecto, cuando el espía de Octavia aludió a la dama, el nombre de ésta le había arrastrado como en un sortilegio y había dejado de lado las otras explicaciones. Las frases de la aprendiz flotaban ahora en una bruma.

—¡Aguarda! —aulló, eufórica, al recordar y ajena a la desconsideración en que quizá incurría—. Antes has asegurado que Costia denostaba las acciones de Octavia tanto como nosotros, que le aterrorizaba la posibilidad de que la Reina se introdujera en el mundo y tal fue el motivo de que encargase al caballero Soth la muerte de Lena. Si es así, ¿por qué se propone atacar Palanthas? ¡No tiene lógica! En Sanction se fortalece cada día que pasa, los Dragones del Mal se han congregado en esa urbe y, según los rumores que se propagan a lo largo del territorio, los draconianos que se diseminaron después del conflicto se están reagrupando bajo su mando. No obstante, Sanction está lejos de esta metrópoli. Los Caballeros de Solamnia impedirán su marcha, los reptiles bondadosos se alzarán de su letargo en cuanto sus acérrimos enemigos se enseñoreen de los cielos. ¿Por qué arriesgarse a perder todo lo que ha conquistado? ¿Con qué objeto?

—Si mis datos no son erróneos, te une una vieja amistad a la Señora del Dragón —insinuó Emory, mordaz en su misma cortesía.

La heroína se atragantó, tosió y balbuceó unas sílabas entrecortadas.

—¿Cómo? —La elfa oscura se hizo la sordo. Era evidente que se complacía en mortificarla.

—¡Sí!

La confesión surgió en un alarido. Al detectar la severa mirada de Marcus. Lexa se recogió en su asiento sin palparse la encendida epidermis.

—Tus apreciaciones son del todo exactas —le alabó el mago, con un acento socarrón que se reflejaba en las ligeras arrugas de sus facciones—. Al principio, a Costia le espantaron las maquinaciones de Octavia. No por lo que a la hechicera pudiera acontecerle, sino porque quizá su osadía le acarrearía consecuencias nefastas como oficial de rango de Su Oscura Majestad. No le seducía la perspectiva de que la soberana desahogara su cólera en ella. Pero eso fue —la narradora se encogió de hombros— mientras no le cupo ninguna duda de que la nigromante perdería en la pugna. Ahora, al parecer, le otorga una probabilidad de triunfo y, obediente a su carácter, trata de subirse al carro de la vencedora. Sitiará Palanthas y dispensará a su hermanastra una calurosa acogida una vez emerja éste al otro lado del Portal, ofreciéndole el liderazgo de sus tropas. El poderío de Cost prosperará y Octavia, si ha acumulado energías suficientes, no hallará dificultad en vincular a su causa a los antiguos aliados de la Reina Oscura.

—¿Cost? —observó la semielfa, satisfecha de pillar en falta a su oponente.

—No te extrañe que emplee ese apelativo familiar —le defraudó la acólita, que permaneció impertérrita—. Me liga a esa dama la misma intimidad de la que un día gozaste tú.

No duró mucho su flema, que, en un proceso inconsciente, inevitable, se trocó en acidez. La elfa entrechocó las manos, se agitó preso de la furia y Lexa asintió en un signo de comprensión, de solidaridad con aquella individua a la que, paradójicamente, detestaba.

—Veo que te ha traicionado también a ti —aventuró, sin disimular aquel curioso sentimiento nacido en sus entrañas—. Te prometió respaldo, te juró incluso que se mantendría a tu lado y, cuando regresara Octavia, lucharía en tu bando.

Emory echó a andar, y el borde de la túnica se le enredó en torno a los tobillos.

—Nunca confié en ella —masculló les volvió la espalda y contempló testaruda el fuego, desviando el rostro por temor a delatarse—. Sabía qué enormidades era capaz de cometer. Su villanía no me pilla desprevenida.

Estaba enhiesta frente a la chimenea, y la heroína advirtió que se le agarrotaba la mano que tenía apoyada en la repisa. Comprensiva, respetó su dolor.

—¿De dónde has sacado esa información? —preguntó Nyko de forma abrupta. La semielfa dio un respingo, ya que el historiador se había borrado por completo de su mente—. A la soberana no le interesa la estrategia bélica. No ha podido ser ella.

—No. —La aprendiz estaba confundida. Resultaba ostensible que sus cavilaciones discurrían por otros derroteros. Suspiró y, encarándose con el inquisitivo cronista, le reveló—: Fue Soth, el caballero espectral, quien me puso al corriente de los designios de la mandataria.

Una vez más, Lexa tuvo la impresión de que se volvía loca. Era como si sus dedos aferrasen la tapia de un edificio —la realidad— y un ente ignoto le arrancase de su agarradero. Frenética, buscó en su interior un saliente de lucidez donde asirse. Se precipitaba en una sima poblada de alucinaciones: magos que espiaban a otros magos, clérigos de la luz alineados junto a hechiceros de las tinieblas, la oscuridad confraternizando con el Bien, en contra de sus propias huestes, una luminosidad que se fundía en las sombras…

—Soth es un servidor incondicional de Costia —constató, para refrescar más su propia memoria que la de los otros—. ¿Por qué había de perjudicarla confabulando contigo?

Emory se volvió. Se cruzaron las pupilas de las dos primas de raza y, durante el tiempo que se prolonga un palpito, se anudó un lazo entre las dos, el eslabón de una cadena que forjaban el mutuo entendimiento, las desventuras paralelas, un único suplicio y las pasiones derrochadas en un mismo cuerpo. Lexa adivinó lo que estaba sucediendo, y su alma se convulsionó.

—Le conviene que ella muera. Así podrá poseerla —aclaró la espía, aunque era ya innecesario.