Capítulo 8

El juicio

—¿Lena?

No hubo más contestación que un tenue gemido.

—Serénate, tus heridas revisten cierta gravedad pero el enemigo ya se ha ido. Bebe este preparado para calmar el dolor.

Extrayendo varias hierbas de unos saquillos, Octavia elaboró una mixtura en un cuenco de agua caliente y, tras incorporar a la sacerdotisa en el lecho de hojas ensangrentadas donde yacía, llevó el recipiente a sus labios. Cuando hubo sorbido el brebaje, la mujer abrió los ojos y sus contraídas facciones se ensancharon.

—Tenías razón —admitió, reclinada en su protectora—. Me encuentro algo restablecida.

—Y ahora debes orar a Paladine para que te cure, Hija Venerable. Tenemos que seguir adelante.

—No sé, Octavia —titubeó ella—. Flaquean mis energías, y la divinidad parece hallarse muy lejos de nosotros.

—¿Rezar a Paladine? —se interfirió una tercera voz, firme y cavernosa—. ¡Eres una blasfema, Túnica Negra!

Molesta, pero más aún inquieta, la aludida levantó los ojos. Casi se le salieron de las órbitas.

—¡Lincoln! —exclamó sin resuello.

El caballero no le oyó, estaba demasiado absorto en la contemplación de Lena y las llagas de su cuerpo que, aunque no sanaron del todo, se secaron en unos segundos.

—¡Brujería! —la acusó el atónito observador, y desenvainó la espada.

—Nada de eso, buen caballero —le enmendó la sacerdotisa—. No soy una bruja, sino una sacerdotisa de Paladine, como podéis comprobarlo por mi Medallón.

—¡Mientes! —replicó, furioso, Lincoln—. Los clérigos desaparecieron antes del Cataclismo. Y, además, si lo fueras repudiarías la compañía de este engendro del Mal.

—Lincoln, ¿no me reconoces? Soy yo, Octavia. —Excitada, la archimaga se puso en pie—. Mírame con atención. No puedes haberme olvidado.

El que fuera bravo guerrero se volvió hacia la que así lo interpelaba y le puso el filo de su acero en la garganta.

—Ignoro por qué medios esotéricos has averiguado mi nombre —le espetó—, pero si lo pronuncias una vez más habrás de atenerte a las consecuencias. En Solace empleamos sistemas expeditivos para desembarazarnos de los de tu calaña.

—Siendo un virtuoso caballero, ligado por votos de equidad y obediencia, invoco a tu sentido de la justicia —dijo Lena, al mismo tiempo que se enderezaba, con ayuda de Octavia.

Se suavizó el semblante del aparecido quien, reverente, inclinó la cabeza y envainó la espada, no sin dirigir a Octavia una mirada de soslayo.

—Es cierto lo que afirmas, señora —concedió—. Estoy vinculado a inviolables promesas. Te garantizo un comportamiento ecuánime.

Mientras hacía tan nobles comentarios, la alfombra de hojarasca se transformó en un suelo de madera, el cielo en techo, la senda en un pasillo entre dos hileras de bancos. «Estamos en una especie de tribunal», pensó Octavia, aturdida por el cambio. Doblado aún su brazo para que se apoyara la mujer, avanzaron a través de la nave y la ayudó a sentarse frente a una mesa colocada en el centro de la sala. Se erguía delante de ellos una plataforma y, al volver la vista atrás, la maga descubrió que la estancia estaba abarrotada de personas, todas rebosantes de gozo.

Examinó mejor a la concurrencia. ¡Conocía aquellas criaturas! Allí estaba Nyko, propietario de la posada «El Último Hogar», devorando una fuente entera de patatas especiadas. Echo, a su lado, ondeaba los pelirrojos tirabuzones de su melena, a la vez que señalaba a Lena y chismorreaba entre sonoras risotadas. ¡Y también Costia se hallaba presente! Recostada en actitud displicente en el marco de la puerta, ajena al acoso de una turba de admiradores, detuvo su mirada en Octavia y le dedicó un guiño.

Pero la hechicera no hizo caso de tan insidiosa complicidad y, febril, siguió con su inspección. Su padre, un paupérrimo leñador, estaba sentado en un discreto rincón, hundidos los hombros y cruzado su rostro por los surcos perpetuos de la angustia y la infelicidad. Clarke se había acomodado en un lugar apartado, donde su belleza de elfa destacaba cual una estrella en la negra noche. Junto a Octavia, la sacerdotisa, que también se había girado, gritó:

—¡Marcus, préstame tu respaldo!

Uniendo la acción a la palabra, la mujer abandonó su asiento y retrocedió unos pasos con la mano extendida. Pero el clérigo se limitó a mirarla entristecido y significarle su negativa mediante un gesto.

—Levantaos y honrad a su señoría.

Con más ajetreo y bullicio del deseable, el pleno de la sala se puso de pie. Un respetuoso silencio, no obstante, sucedió al crujir del entarimado cuando el juez se personó en el atestado tribunal. Vestía la indumentaria encarnada que correspondía a los servidores de Gilean, dios de la Neutralidad, y su porte le delataba como un ser joven, aunque en la penumbra la nigromante no logró verlo bien. Hasta que se acomodó en su butaca, detrás del estrado, no expuso sus rasgos de semielfa a la luz del sol que entraba por una ventana.

—¡Lexa! —vociferó Octavia, y dio una zancada en su dirección.

Pero la semielfa frunció el entrecejo, frente a tan insólita conducta, al mismo tiempo que un enano viejo y gruñón, el ujier, azuzaba al mago en el costado con el extremo romo de su hacha.

—Siéntate, bruja, y no hables hasta que se te autorice.

—¿John? —inquirió la hechicera, y le zarandeó por el brazo—. ¿No ves que soy Octavia, tu antigua compañera de infortunio?

—¡No oses tocar a un funcionario de la justicia! —rugió el hombrecillo en la cumbre del enfado, apartando el brazo de un brusco tirón y, sin cesar de refunfuñar, ocupando su puesto en la plataforma—. No muestran la menor deferencia a una persona de mi veteranía y condición. Te tratan como un saco de harina que cualquiera tuviera derecho a manosear.

—No te exaltes, John, es suficiente —le atajó Lexa. Espiando recelosa a la pareja de la mesa, inauguró la sesión—. ¿Quién presentará los cargos contra los inculpados?

—Yo lo haré —anunció un caballero enfundado en una reluciente armadura, y se incorporó en el banquillo. —De acuerdo, Lincoln Brightblade —asintió la jueza—, en su momento podrás relatar al tribunal los crímenes que les atribuyes. ¿Quién será el defensor?

Octavia quiso intervenir, pero le interrumpieron.

—¡Yo! —propuso alguien, exultante de alegría—. Estoy aquí, Lexa… Perdón, señoría. Aguarda, al parecer me he hecho un lío.

Un estallido de risas conmovió el tribunal. La multitudinaria audiencia volcó su jocosidad en una kender que, cargada de libros, forcejeaba por traspasar el acceso. Costia, que estaba cerca, esbozó una mueca socarrona, aferró a la personaje por el copete y le arrancó de su prisión, aunque con tal fuerza que éste cayó despatarrada, una postura poco adecuada al ceremonial de rigor, en el pasillo. Los libros se esparcieron en una contundente lluvia, y arreciaron las carcajadas. Impertérrita, la kender puso el cuerpo enhiesto, se sacudió el polvo y, sorteando la desparramada literatura, consiguió arribar a su destino.

—Me llamo Raven Reyes —saludó formalmente, y alargó la mano a Octavia para que se la estrechara. La nigromante no hizo tal, no por descortesía sino porque se lo impedía la sorpresa. Así que la aspirante a letrado se encogió de hombros, miró su solitaria mano, suspiró y, situándose de perfil, se encaró con el juez—. Hola, mi nombre es Raven Reyes.

—¡Siéntate! —bramó el ujier—. No se emplea ese tono de familiaridad con personas de tan alto rango, botarate.

—¡Sandeces! —se rebeló la reprendida, inflamada de indignación—. ¿Por qué no hacerlo si a una le apetece? Después de todo, no es un delito ser educada, aunque, como es natural, vosotros, los enanos, nada sabéis de modales. Brutos, eso…

—¡Cállate! —se exasperó John. Ronco después de tan imperativo grito, para reforzar su autoridad el hombrecillo tuvo que golpear el suelo con el astil de su hacha.

Danzante el despeinado copete, Raven dio media vuelta y, dócil, se encaminó al banquillo donde se encontraba Raistlín. Pero, antes de tomar asiento, se plantó frente al público e imitó los aspavientos del enano, con tan buen acierto que el gentío se entregó a una verdadera algazara, cuya consecuencia directa fue, inevitablemente, que la víctima de la mofa se encolerizó todavía más. Esta vez intervino la jueza.

—¡Basta de alboroto! —se impuso con tono perentorio, y se hizo el silencio en la sala.

La kender se arrellanó en la silla reservada a la defensora, junto a la reo. Al notar un ligero contacto en su cinto, la archimaga clavó en la ficticia letrada una fulgurante mirada y le ordenó, abierta la palma de su mano:

—¡Devuélveme eso!

—¿Cómo? ¡Ah, te refieres a este saquillo! Debe de haberse soltado sin que te percatases —apuntó y, con un aire de candor capaz de desarmar al más severo de los mortales, le entregó una bolsa que contenía ingredientes de hechizos—. Estaba en el suelo. Me he limitado a recogerlo.

Tras arrebatárselo a Raven, la nigromante volvió a atar el valioso saquillo al cordón de seda que lucía en su talle.

—Al menos podrías haberme dado las gracias —le reprochó la kender en un suspiro, que reprimió al advertir que la jueza la estudiaba con aire severo.

—¿Cuáles son los cargos contra los acusados? —interrogó Lexa a Lincoln Brightblade.

El aludido fue hasta el estrado y, ya a su pie, dejó libre curso a los aplausos de la audiencia. Debido a su estirpe, su código de honor y un cierto atisbo de melancolía que se adivinaba en su expresión, había adquirido una notoria popularidad entre la plebe.

—Hallé a esta pareja en la espesura, señoría —inició su alegato—. La Túnica Negra mencionó a Paladine —se oyeron murmullos recriminatorios en los bancos— y, estando yo a corta distancia, hirvió una infusión de ignotas virtudes y se la dio a la mujer. Cuando les vi, ella era presa de convulsiones. Exhibía heridas en todo su cuerpo, tenía el vestido manchado de sangre y su rostro aparecía quemado y plagado de cicatrices, como si hubiera ardido en un incendio. Sin embargo, al ingerir la pócima de la bruja se curó al instante.

—¡No! —se soliviantó Lena, incorporándose en un estado de total inseguridad—. La interpretación del acusador es errónea el elixir que me administró Octavia tan sólo mitigó el dolor si sanaron mis llagas fue gracias a mis oraciones. Soy una sacerdotisa de Paladine…

—Excusa a la dama, Le… señoría —irrumpió Raven en el parlamento—, mi cliente no pretendía insinuar que es una genuina representante del dios del Bien. Concibieron una pantomima, eso fue todo, y ella encarnaba a una de esas extinguidas hijas de la Iglesia. Está nerviosa y no ha acertado a explicarlo —se reafirmó, con una astuta risita entre dientes que revelaba su satisfacción—. Se entretenían un rato a fin de amenizar el largo viaje. Es un juego que ambas practican a menudo.

Terminada su parrafada, la kender se tomó un breve respiro y amonestó a Lena, pretendidamente en voz baja pero con tal vehemencia que su regañina fue escuchada por todos:

—¿Qué clase de imprudencias cometes? ¿Cómo puedo sacaros de este atolladero si te empeñas en decir la verdad? ¡No lo toleraré!

—Chitón —le ordenó el enano.

—¡Y también me estoy hartando de ti, John! —se revolvió Raven—. O dejas ahora mismo de armar escándalo con esa hacha o te la enrosco alrededor del cuello —le amenazó, ya que el ujier había adquirido el vicio de utilizarla para patear el suelo.

La sala se deshizo en vítores, e incluso la jueza se hizo cómplice de la algarabía mediante una leve sonrisa. Lena se desmoronó al lado de Octavia, lívida su tez.

—¿Qué significa esta farsa? —le preguntó.

—No lo sé, pero voy a acabar con ella —la alentó la nigromante, y se puso de pie, para imponerse—. Callaos todos —exigió, y su sibilino timbre tuvo el don de sumir a la audiencia en absoluta quietud—. Esta mujer es una sagrada sacerdotisa de Paladine y yo una hechicera Túnica Negra, experta en el arte de la magia.

—¡Obra un prodigio! —le suplicó la kender, saltando de emoción—. Catapúltame a un estanque de patos o algo similar.

—¡Siéntate y permanece quieta! —vociferó John.

—¡Prende fuego a la barba del enano! —bromeó Raven.

Esta divertida sugerencia desencadenó una ronda de aplausos.

—Sí, haznos una demostración de tus facultades —coreó Lexa por encima de la ruidosa hilaridad del tribunal.

Tras un lapso de expectación, el populacho inició un cántico que, dadas las circunstancias, se asemejaba más a una condena:

—Despliega tus virtudes ante nosotros, maga, invoca un portento que nos convenza.

Hasta Costia, que se había mantenido al margen, clamó sobre los otros con timbre cristalino, ineludible:

—Vamos, ruina frágil y enfermiza, deléitanos si puedes mediante un sortilegio.

La lengua de Octavia se adhirió a su paladar, mientras Lena, con una mezcla de pavor y esperanza, le animaba a intentarlo. La hechicera asió el bastón arcano, que estaba a su alcance pero recordó su anterior metamorfosis y no se atrevió a usarlo. Atenazada por la impotencia, se recubrió de una capa de superioridad. Dirigió una desdeñosa, altiva mirada a las personas congregadas en la estancia y manifestó:

—No me rebajaré a ponerme a prueba frente a criaturas como vosotros.

—Yo opino que es una buena idea complacerles —masculló Raven, tirando de sus ropajes para incitarle a la reflexión.

—Ya lo habéis visto —se ratificó Lincoln—. ¡La bruja no puede satisfacernos, es una impostora! Solicito para ambas la pena capital.

—¡A muerte, a muerte! —le secundó la multitud—. ¡Que ardan los cuerpos de las brujas! ¡Así se salvarán sus almas!

—Y bien, maga —insistió Lexa, deseosa de concederle una última oportunidad—, ¿puedes corroborar que eres quien afirmas?

Los versículos de un encantamiento afloraron a los labios de la nigromante, pero se desintegraron antes de coordinarse en palabras. Lena se aferraba a sus vestiduras, la batahola era ensordecedora y no podía pensar. Ansiaba estar sola, lejos de las humillantes risas y de aquellas pupilas llenas de terror.

—Yo…

La voz se le quebró y hundió la cabeza en el pecho.

—Quemadlas en la hoguera.

Unas toscas manazas atraparon a Octavia, al mismo tiempo que se desvanecía la sala del juicio. Forcejeó, pero fue inútil. El hombre que le inmovilizaba poseía unos músculos de acero, un tamaño descomunal y en su rostro se dibujaban las huellas de un talante que, originariamente jovial, se había tornado grave y huraño.

—¡Bellamy, hermano! —gritó la maga, retorciéndose en las enormes zarpas para encararse con su gemelo.

El aludido le ignoró. Sin aflojar un ápice su presa, arrastró a la enjuta maga colina arriba. Durante el ascenso, la prisionera examinó el panorama y vislumbró, en la cumbre de la cuesta, dos altas estacas clavadas en la tierra. Al pie de cada una de ellas, los ciudadanos, sus amigos y vecinos se afanaban en acumular grandes brazadas de leña seca. Era su pira funeraria.

—¿Dónde está Lena? —preguntó Octavia al guerrero, persuadida de que la sacerdotisa había escapado y volvería para rescatarla.

Pero pronto se desengañó, al distinguir el blanco hábito de la mujer junto a una de las pértigas. Marcus se encargaba de anudar unas cuerdas en sus brazos y, aunque ella se debatía en una última intentona de fuga, los innumerables suplicios previos la habían debilitado y tuvo que desistir. Sollozando de miedo y desesperación, la sacerdotisa se abandonó. Habría caído desplomada de no sujetarla las ligaduras de las manos y los pies, estos últimos atados a la base del madero. En la agitación del llanto, su negra melena se derramó sobre los hombros tersos, desnudos. Sus heridas se habían abierto y la sangre teñía de rojo su alba indumentaria. La hechicera creyó percibir que invocaba a Paladine, pero si en realidad lo hizo, la enfervorizada barahúnda que formaba la plebe le impidió entender el contenido de sus plegarias. Además, la fe de la mujer sufría un menoscabo proporcional al de su cuerpo. Lexa avanzó hacia la convicta con una llameante antorcha en la mano. Antes de cumplir su cometido, se giró hacia Octavia y le conminó:

—Presencia su destino y verás el tuyo.

—¡No! —La maga forcejeó con su aprehensor, pero Bellamy no se inmutó.

Encorvando la espalda, la jueza y verdugo arrojó la tea sobre la leña rociada con aceite. La combustión fue instantánea. El fuego se extendió rápidamente y prendió en el inflamable tejido del vestido femenino. Un alarido de la prisionera, más estentóreo que el crepitar de la fogata, hirió los tímpanos de la maga. Al mismo tiempo, la ajusticiada estiró el cuello para dedicarle una postrera mirada. Al leer el dolor y el pánico en sus pupilas, al descubrir también el amor que le profesaba, el corazón de Octavia se consumió en una hoguera más abrasadora que la que ningún mortal era capaz de encender.

—Si quieren magia se la brindaré, y a raudales —decidió la trastornada espectadora.

Sin proyectar de antemano sus acciones, la hechicera apartó al perplejo hombretón y, ya libre, elevó los brazos al cielo. Fue un impulso instintivo pero, en el mismo momento de darle rienda suelta, las frases arcanas penetraron en sus entrañas para no huir nunca más. Un relámpago se formó en las yemas de sus dedos y, veloz, acometió contra las nubes que flotaban en el ahora rojizo cielo. Aquéllas respondieron con una descarga idéntica, fulminando el terreno a pocos pasos de la hechicera. En su afán por comprobar el efecto que, de rebote, podían haber producido otros proyectiles sobre la plebe, Octavia se volvió. No había nadie. Sus conciudadanos habían desaparecido como si jamás hubieran existido.

—¡Ah, mi Reina! —exclamó. Y las carcajadas salieron como burbujas de su boca.

El regocijo invadió su alma a medida que el éxtasis de su magia ensanchaba sus venas. Al fin comprendía su gran necedad y también, en una indisociable ilación, la maravillosa perspectiva que se le ofrecía. Había vivido en una falacia, concebida por ella misma. Raven le dio en Zhaman la clave del enigma, pero ella no se dignó recapacitar. Durante las fatigosas pláticas sostenidas en los calabozos de la fortaleza, la kender le había comentado que no tenía más que visualizar un paraje, auténtico o inventado, y sería transportada en un santiamén. O, mejor dicho, no podía garantizar si era su persona quien viajaba o a la inversa, su ensoñación la que volaba hacia el lugar invocado. En su vagabundeo, había recorrido, así, todas las ciudades que visitara en sus correrías las reconocía y al mismo tiempo, le parecían distintas, nuevas.

«Comprendí, a raíz de estas declaraciones, que el Abismo era un reflejo del mundo, y emprendí mi deambular. Me equivoqué —admitió en su fuero interno—. No se contempla esta sima en el espejo del universo material, sino en el de mi cerebro, de tal manera que soy yo quien la forjo e, inevitablemente, la desvirtúo a través de mi visión peculiar. ¡Lo que he estado haciendo todo este tiempo ha sido internarme en las regiones más ocultas de mi pensamiento!

»La Reina está en la Morada de los Dioses —se dijo— sólo porque mi voluntad la emplazó allí ese lugar se aproximará o alejará a mi antojo. Mi magia no funcionaba debido a mi flaqueza, a las dudas que abrigaba sobre su eficacia, y no a consecuencia de una prohibición de la soberana. ¡He estado a punto de derrotarme a mí misma, engañada por una absurda patraña! Pero ahora se ha iluminado mi entendimiento, Majestad, sé que puedo triunfar. La Morada de los Dioses constituye una etapa marginal y también una avance directo hacia el Portal, según yo lo determine.»

—Octavia.

La voz que le llamaba era queda, la de una agonizante exhausta y vencida. La archimaga giró la cabeza y, reanudando sus deliberaciones desde el punto de partida, constató que la turba se había evaporado en efecto, porque nunca existió. El pueblo, la comarca, el continente, todo cuanto había imaginado se desvaneció en etéreos vapores. Se erguía en una nada monótona, ondulante, en la que la bóveda celeste se hermanaba con la esfera terrenal al estar ambas envueltas en un halo fantasmagórico. La imprecisa línea del horizonte era equiparable al fino tajo de un cuchillo entre dos masas incandescentes. Sin embargo, un objeto perduraba en aquel desierto vacío de ideas: la estaca de madera. Circundada de ascuas, se silueteaba contra el purpúreo firmamento cual una siniestra torre exenta, sin trabas que la vinculasen a ningún entorno ni episodio. Una figura yacía en su base, una mujer que en su día debió de ataviarse de blanco, pero que ahora no vestía sino andrajos ennegrecidos. El olor a carne chamuscada que despedía era intenso. La hechicera fue hacia ella y, arrodillándose junto a las todavía ígneas cenizas, examinó a la yaciente.

—¿Lena?

—¿Eres tú, Octavia? —indagó la mujer en un plañido lastimero.

La sacerdotisa tenía la tez espantosamente llagada. Sus ojos giraban fuera de las órbitas, ciegos, de un lado a otro y también su mano, poco más que una pezuña informe, palpaba el aire en busca de un objeto por el que orientarse. Al notar los dedos de su compañera sobre la maltrecha a mano, lloró desconsolada:

—¡Mi vista se ha empañado! No hay en mi derredor más que tinieblas. ¿Seguro que eres tú?

—Sí —confirmó ella.

—Octavia, he fracasado —siguió lamentándose la mujer.

—No, Lena —discrepó la maga con un tono frío, regular, que nada delataba—. Estoy intacta y mis poderes, entretanto, se han fortalecido. Lo cierto es que me siento más imbatible ahora que en ninguna de las experiencias que he afrontado en todas las eras de la historia: lucharé contra la Reina Oscura y la aniquilaré.

Los labios cuarteados, en carne viva, de la sacerdotisa se separaron en una sonrisa, mientras que la mano que sostenía Octavia incrementaba su escasa presión.

—Mis ruegos han sido atendidos —balbuceó antes de atragantarse, convulsionado su cuerpo por un dolor espasmódico. Cuando al fin recuperó el aliento murmuró algo ininteligible que Octavia no entendió hasta que se inclinó sobre ella—: Me estoy muriendo. Los tormentos a los que me han sometido sin tregua durante nuestro viaje han reducido mi capacidad de resistencia, la han extinguido. Paladine no tardará en llevarme a su seno. Quédate conmigo, Octavia, asísteme en este trance.

La interpelada examinó los restos de la criatura que yacía bajo la pira. A causa, quizá, de las emociones que le transmitían sus delicados dedos, se dibujó en su memoria la figura femenina tal como se le presentara en el bosque de Caergoth, en aquella única ocasión en la que estuvo a punto de perder el control y hacerla suya, poseer su piel blanca, su sedoso cabello y sus refulgentes ojos. Rememoró el amor que destilaba, sus propias sensaciones al estrecharla en sus brazos y llenarla de besos. Una tras otra, Octavia consumió tales evocaciones. Las incendió con su arte y observó cómo se reducían a rescoldos y humo que el viento dispersaba. Alargando una mano, se desembarazó de aquella otra mano que le estrujaba como si ella fuera su tabla de salvación.

—¡Octavia! —suplicó la sacerdotisa, arañando el vacuo aire en un ímpetu fruto del terror.

—Has servido mis propósitos, Hija Venerable —la desencantó la nigromante, tan glacial su acento, tan carente de matices, como la hoja de la argéntea daga que guardaba en su muñeca—. El tiempo apremia. Mientras yo me entretengo a tu lado, aquellos que se han aliado para detenerme se encaminan hacia el Portal de Palanthas. He de desafiar a la Reina, librar la última batalla contra sus esbirros y, una vez me alce con la victoria, traspasar el Portal antes de que alguien pueda interceptarme.

—¡Octavia, no me dejes! —mendigó la mujer, sorda a sus explicaciones—. ¡No permitas que perezca sola en la negrura!

Reclinándose en el Bastón de Mago, cuyo pomo reverberaba ahora con una luz radiante, deslumbradora, la hechicero se puso de pie.

—Adiós, Hija Venerable —se despidió con un susurro quedo, siseante—. Ya no te necesito.

Llegaron a los oídos de Lena unos crujidos de tela, inconfundible síntoma de que Octavia había partido. Al revoloteo del borde de su túnica se sumaron los acompasados baques del bastón, a la vez que en peculiar armonía con el asfixiante hedor, con los acres efluvios de carne socarrada, una fragancia de pétalos de rosa impregnaba las vías olfativas de la mujer. Luego el silencio descendió como una losa, una quietud que atestiguaba la marcha de su ídolo. Estaba sola, la vida oscilaba en sus venas del mismo modo que sus más íntimas ilusiones parpadeaban en su mente para, despacio, apagarse. Solostoran, el clérigo elfo, había pronunciado su augurio poco antes de la hecatombe de Istar, había profetizado que recuperaría la visión cuando la cegasen «unas tinieblas infinitas». La sacerdotisa habría roto en llanto al asaltarle tales recuerdos, pero el fuego había destruido sus lágrimas y la fuente de la que manaban.

—Tenía razón aquel eclesiástico, mis ojos se han abierto al cerrarse —dialogó con las brumas—. ¡Cuan clara es ahora mi percepción! Me he confeccionado mi propia fábula, y he sucumbido a ella. Nunca signifiqué nada para Octavia, tan sólo fui un peón que movía a su capricho en un inmenso tablero de juego. Y lo peor de todo es que también yo utilicé a la nigromante —gimió—. Nuestros intercambios, sus promesas, exacerbaban mi orgullo, mis ambiciones. Mi oscuridad ensombrecía la suya y, en esta hora en la que me abandona, está perdida. Le he empujado a su perdición, porque, si elimina a la Reina, la reemplazará y se investirá de su infame poderío.

Vuelto el rostro hacia un cielo que le estaba negado contemplar, exhaló un aullido agónico:

—¡He sido impía, Paladine! Me he pervertido a mí misma y he perjudicado al mundo. Pero ¡oh, mi dios!, ¿sobre quién caerán mis errores más que sobre ella?

Postrada en la oscuridad eterna, su corazón lloró en sustitución de sus resecos lagrimales.

—Te amo, Octavia —confesó—. Nunca pude revelártelo, pues ni yo misma aceptaba la evidencia. —Sacudió la cabeza, agarrotado su ser por un sufrimiento más desolador que el que le infligieran las llamas—. ¿Habría cambiado algo si hubiera tenido el valor suficiente para sincerarme?

Se amortiguó el acceso de dolor, al unísono con su conciencia. Se diría que Lena se deslizaba hacia una órbita donde nada contaba, ni sus avatares ni su actual decadencia.

«Por suerte, voy a morir —se alegró mentalmente—. Acuda raudo el ocaso, termine mi amarga tortura.»

Concluida su oración, le llegó el momento de arrepentirse.

—Perdóname, Paladine. —No le quedaba aliento para recitar una letanía, así que respiró hondo y apostilló—: Perdóname, Octavia.

CÁNTICO DE LENA

Agua que del polvo surge,

polvo que hacia el agua va,

que forma continentes, abstractos como el color

para los ojos ciegos, para el tacto de una mujer altiva,

Hija de Paladine, que sólo sabe de textura, de olor.

De las aguas un país nace,

una tierra imposible

cuando al principio en los rezos se imagina,

donde el sol es, como los mares y estrellas, invisible,

y la divinidad en el código del aire se difumina.

Polvo que del agua viene,

agua que el polvo invocará.

Y la túnica que en el blanco toda la gama resume,

en la memoria, en regiones ocultas, se imprimirá,

por si vuelve la luz, el arco iris, así se presume.

Un pozo abundante en lágrimas se esboza

en lontananza,

para alimentar el duro trabajo de nuestras manos,

en una esfera siempre fértil de anhelos,

de remembranza,

una esfera donde, redimidos, vivirán un día

los humanos.