El maligno poder que acechaba entre las sombras por fin mostraba su rostro. Había permanecido oculto durante años, alimentándose de resentimientos y negándose a morir, hasta encontrar el momento propicio para atacar.
Decía la leyenda que, al dividirse los continentes en los confines del levante había surgido un grupo de islas ocupadas por el clan de los Onupju. Criadores de cabras que arrancaron de las montañas del norte empujados por las glaciaciones, para asentarse en las cálidas islas del archipiélago, donde los suelos humíferos les brindaron abundantes cosechas y los acantilados resguardaron sus costas.
Se agruparon por oficios, los pastores en la isla Onpui, en la isla Onpuxa los navegantes y pescadores, mientras que en Onpuo, la isla más grande, se agrupaban artesanos y constructores. En tanto que herreros y agricultores, ocuparon dos islas volcánicas similares a las que apodaban "las gemelas".
Con el paso de los años, fueron sometidos por los amos de la guerra, obligados a pagar impuestos y contribuciones a cambio de protección. Terminaron por formar parte de una nación que no era la propia y juraron obedecer a un rey que nunca verían. Pero, a fuerza de astucia y engaños, conservaron sus costumbres, preservaron su lengua y continuaron con sus tradiciones.
Llevaban una vida pacífica y nada extraordinario les sucedía, salvo por el hecho de que cada cincuenta años nacía un niño o niña, con poderes misteriosos. El responsable de formales en las artes mágicas era el sabio maestro Ozún, que vivía en un islote deshabitado en la costa meridional de Catay. Rara vez salía de su hogar, construido en un promontorio, salvo para visitar a un enfermo o cuando las estrellas anunciaban el nacimiento de un mago.
Cuando los niños celebraron sus cinco años, el maestro Ozún desembarcó en la costa, llevándose a los pequeños a quienes había ayudado a nacer. Era el tiempo señalado de iniciar el camino de preparación para la Orden de Hechiceros.
El maestro se preocupaba de que cada día lo ocuparan con nuevas enseñanzas y no conocieron el ocio. De madrugada recogían hierbas medicinales, asistían en la embarcación, preparaban ungüentos, pócimas y sahumerios. Estudiaban los libros misterios del maestro y dialogan el resto del día, inculcándoles la búsqueda de la verdad como principal proceso del devenir de los hombres. Les habló de bondad, de las leyes espirituales que rigen el cosmos, apoyándose en antiguas fábulas desenmarañó el sentido de la vida. Para cuando alcanzaron la pubertad, estaban listos para navegar en el océano misterioso de la magia.
Teniendo tanto en común, formaron fuertes lazos fraternos. De manera que confiaban ciegamente el uno en el otro y para probárselo, se juramentaron en un pacto que los implicaría de por vida.
Pero el maestro era sabio y advertía las diferencias, más allá de las habilidades mágicas. Les había llegado a conocer y les amaba, pero temía por ellos, ya que la envidia y la vanidad podían llegar a dominar el corazón de Ceibo. Mientras que el joven Jünco, poseía un corazón generoso y leal.
Los días se convirtieron en años. Hasta que una mañana primaveral, el maestro vio llegar un robusto gavilán, que se posó con fluidez a su lado y le taladró con sus ojos claros. Encerrados en la torre observatorio, los Maestros permanecieron deliberando hasta medianoche.
Con la luna en cuarto menguante, el siguiente lunes se efectuó la ceremonia de consagración a la Orden de Magos del Oriente. Ya era tiempo para que los graduados buscaran su destino.
Transcurridos algunos años, los temores de Ozún parecían haberse desatado cuando el Emperador de la Disnatía Xia puso a Ceibo como su mano derecha. Se decía que, bajo su consejo Xia había duplicado sus territorios, sin embargo, su ambición parecía no tener límites.
Jünco por el contrario, se había establecido en un solitario templo de la isla de Cipango, dedicándose a observar el universo, vigilar las fuerzas misteriosas que conviven con los hombres y dejar copia a mano de sus observaciones. Tenía un animalito semejante a un gato, creado con su magia, que le ayudaba a sobrellevar su solitaria vida.
Cuando Ozún vio que la muerte le reclamaba buscó a Jünco como sucesor, pero éste se negó pues su objetivo de vida no era la educación. Ozún no se lamentó, por el contrario alabó sus avances y se despidió dejándole de regalo su talismán de amatista.
Cuando Ceibo se enteró ardió en ira, aunque no estaba entre sus planes suceder al maestro. Aun así, le envió una carta llena de reproches que terminó por exasperar al anciano. Ante esto, el maestro Ozún se lamentó, entendiendo que nada podía hacer para detener lo inevitable.
Muy pronto se iba a desencadenar el mayor conflicto registrado en el mundo de los magos, cuyas consecuencias políticas y culturales se extenderían por más de dos mil años, dejando una desoladora cifra de muertes.
Mientras Ceibo protagonizaba escenas de horror esclavizando naciones y asesinando a cuanto líder se le opusiera, su hermano Jünco crecía en sabiduría, sin prestar demasiada atención a los hombres, cuyas vidas juzgaba efímeras e intrascendentes. Y así hubiera continuado, si el horror de la guerra no le hubiese alcanzado al expulsar del territorio a la gente de Baslur, habiendo dado muerte al soberano.
Decidido a apoyar al pueblo que tan bien conocía, preparó las alforjas confiado en regresar con buenas nuevas. Sin embargo, no estaba preparado para intervenir en un conflicto de esas proporciones, mucho menos si era obra de su hermano.
Sin aviso previo se presentó en el palacio, siendo recibido por su hermano. Ambos tenían una altura sobresaliente, de rasgos finos y hermosos, el cabello largo y lacio terminaba en una coleta a la altura de la cintura. Pero mientras que Jünco llevaba ropas de tonos ocres y portaba el anillo que le investía con las atribuciones de su orden, el otro portaba ropas de brillante color azul, el mismo anillo gemelo en su mano izquierda y una tiara de oro que resplandecía al igual que los collares que colgaban de su esbelto cuello.
-Hermano, recuerda los principios. No hay acción sin reacción. Nuestros poderes están al servicio del bien y el maestro Ozún…
-Sigues repitiendo esas tonterías. Eso es sólo basura que no sirve en el mundo de los hombres. Lo único por lo que vale la pena luchar es el poder.
-No es eso lo que nos enseña la Orden.
-¡!Al diablo con la Orden¡, lo único medianamente útil que nos enseñó el anciano fue a curar enfermos. Ven conmigo Jünco, quédate a mi lado y puedes llegar a ser amo de un extenso territorio. Yo mismo, ahora tengo bajo mi poder los reinos costeros del atlántico y pronto caerán los pueblos del mar del norte.
- Ceibo, ¿en serio crees que puedes usar la magia para esclavizar a los hombres? Eres un hechicero juramentado y te has llenado de codicia por los bienes perecederos que interesan a los hombres. Deberías meditar, y ver si una sola de tus brillantes ideas resiste las leyes del código de honor de los hechiceros. Además, deberías mírate. Tú mismo eres esclavo de tu señor. Es a ese hombre a quien sirves.
-No te atrevas a juzgarme. He llegado muy alto, mucho más de lo que tú nunca llegarás. He probado que soy mejor que tú. El maestro estaba equivocado.
-Ven conmigo, trae a tu familia. Si el amo a quien sirves te está manipulando… si te está obligando de alguna forma. Puedo ayudarte – el sujeto mostró su rostro desencajado con estas palabras, pero rio con sorna y empuñando su báculo, amenazó a su viejo amigo.
-No me obligues a usar los maleficios de sangre… - sus ojos poseían un brillo de locura - ¡Sal de aquí y nunca regreses! Eres despreciable y tu presencia me repugna. La próxima vez que nos veamos, te mataré.
Aun así, Jünco no se dio por vencido. Aplazó los encuentros y se sirvió de emisarios, aunque las palabras del maestro advirtiéndole de lo inevitable, jamás salían de su cabeza. Para entonces, los descendientes de Ceibo alcanzaban una cifra cercana a cien almas. Aunque la mayoría poseía poderes mágicos, ninguno sobresalía ni se acercaba al de su ancestro.
Durante tres días y sus noches, los hechiceros combatieron, provocando grandes desastres. Terremotos, huracanes, tornados y lluvia de relámpagos asolaron las latitudes del apartado islote fijado para el encuentro.
Contraviniendo los consejos del maestro, Jünco esquivaba los poderosos maleficios lanzados por Ceibo, casi todos prohibidos ya que consumían la voluntad de quien los empleaba. Aun así, Jünco no perdía la esperaba de hacerlo reaccionar.
Así fue como Ceibo terminó bajo las garras monstruosas de una esfinge, que abriendo su enorme hocico amenazaba con devorarlo.
-¡Tú ganas! - dijo casi sin aliento. El optimista Jünco ordenó salir a la esfinge. Se acercó con prisa y extendiendo su mano le ayudó a levantarse.
Pero ni bien le tuve enfrente, Ceibo sacó una daga de entre sus ropas y la empuñó contra el costado de su sorprendido hermano. Sosteniéndole la mirada, le llamó con el nombre que habían llevado en su infancia, que habían perdido en el archipiélago. Pero la hoja se curvó con el duro contacto de los anillos acerados. Jünco no había ignorado todas las advertencias.
Algunos relatos sugerían que Jünco tomando la daga dio muerte a Ceibo, pero otros eruditos sostienen que habiéndose jurado no traicionarse jamás con la implicancia de la muerte, algo muy común en los jóvenes. Y Ceibo, habiéndose alejado de los principios de la Orden y renegado de sus enseñanzas, desdeñó la palabra que antes había empeñado.
Le hizo enterrar con todos los honores en un túmulo al interior de la montaña más inhóspita, vecina al desierto de Gobi, alejado de los saqueadores de tumbas y de los modernos arqueólogos. Lloró su muerte por muchos años y la pena terminó por acortar sus días.
Unos años más tarde, los hijos de Ceibo fueron expulsados de los círculos de hechiceros cuando se negaron a abandonar las artes oscuras, lo que contribuyó a aumentar su resentimiento. Convirtiendo la venganza en su bandera de lucha, lo poco que se escuchaba acerca de este clan solía venir teñido de sangre.
La descendencia de Jünco también prosperó y se multiplicó, alcanzando el lidezgo de los clanes de hechiceros de oriente. Y aunque él no vivió tanto como suelen hacerlo la mayoría de los magos, se decía que había descifrado el enigma de la eternidad sempiterna y que su alma trashumante renacería setenta veces antes de ascender a los lugares santos.
Los registros que describen el origen de los clanes se guardan en las bóvedas de la biblioteca de Li, últimos descendientes de la rama principal de Jünco.
La vida de Tomoyo, la libertad de Eriol y la tranquilidad de las familias mágicas, estaban en medio de un remoto conflicto que Hiiraguizaba había adquirido al nacer y del que no podía desprenderse.
Syaoran no dejaba de pensar en lo que ignoraban de los hechiceros del triunvirato, mientras se movía por la ciudad a un ritmo acelerado. Su corazón latía con vehemencia, las manos le sudaban y miraba hacia todas partes, como si en cualquier momento una espada le fuese a atacar. Sin información del paradero de los Kinomoto, temía que Sakura se desmoronara, ya que las cartas adoptaban su estado emocional. Lo que añadía otra preocupación sobre sus hombros.
En el templo Tsukimine todo lucía normal. Pero cuando Sakura intentó ocupar una carta, las cincuenta y dos cartas se agitaron alborotadas formando un circulo protector. Ella cerró los ojos intentando concentrarse, pero terminó soltando una solitaria lágrima, que secó con rapidez, ahogando un gemido.
Shaoran no se acercó. Seguía parado en una gruesa rama del árbol sagrado, vigilando en todas direcciones. Tenía la sensación de que alguien más estaba ahí. El rumor del viento hablaba de una presencia .
Los minutos pasaron con aparente quietud, hasta que de repente la gravilla de los senderos del parque se levantó con inusitada fuerza, formando un remolino. Shaoran empuñó la espada con fiereza hasta el punto del dolor, tratando de reconocer esa presencia. Su concentración era total, permitiéndole escuchar el suave movimiento de las hojas, un caracol arrastrando el vientre sobre la hierba, el batido de las alas de una mariposa y hasta la gota de agua que salpicó en el bebedero.
Frente a Li, apareció una silueta materializada. No llevaba espada y por su semejanza, la podría haber confundido con su propia sombra, sólo que ésta era pálida. No poseía rostro, pero sin embargo, no se percibía hostil.
-Li – le llamaba la voz grave que emitía la sombra – Li -.
La silueta no hizo intento alguno de atacarle, pero Syaoran sentía la imperiosa necesidad de destruirla. Su sola presencia le inquietaba, ya que seguía siendo una magia desconocida para él. Y parecía rogarle que la liberase, desplazándose lentamente, sin dejar de llamarlo.
Cuando avanzó amenazándola con la espada en alto, la sombra no retrocedió, esperando por el golpe. Sería un blanco fácil.
-¡Shaoran! - gritó fuerte Sakura, haciéndose a un lado. El chico tembló al verla, dejando caer la pesada espada - ¡Qué te sucede! - Había estado demasiado cerca.
-¿Dónde se ha ido? - dijo dubitativo – La sombra me llamaba. Quería que la destruyera - Se quedó en silencio analizando lo sucedido, sin verla a la cara para que ella no notara su miedo.
-No había nada aquí – dijo tomando su mano - ¿Hacia dónde vamos ahora?
Recogió la espada buscando todavía a la siniestra sombra y se limpió el sudor. La sensación de ser observados había regresado.
-Salgamos de aquí.
Agachado con la espalda recargada en los fierros de la sólida estructura de acero, permanecía la solitaria figura del mago. A su lado reposaba la figura de un luminoso capullo de mariposa.Hiiraguizawa se encontraba agotado física y emocionalmente, como si sus fuerzas le hubieran abandonado para siempre. Su cabeza era un caos, que no le ayudaba a lidiar con la inestabilidad emocional que lo desbordaba. Y nada de eso tenía que ver con el poder de magia utilizada para salvar a la guardiana.
Ahora no era una opción negarse a las condiciones que impusiera el triunvirato. No si quería ver a Tomoyo otra vez. Este pensamiento le taladraba los sesos, oprimía su pecho y le hacía sentir miserable y al borde de la derrota.
Se había hecho responsable por la vida de la chica desde que le habló de sus sentimientos, en medio del conflicto, cometiendo el primer error. Y más tarde, la dejó marchar a Japón señalándola con un anillo en el dedo, para que aguantase ser el blanco de una flecha o un proyectil.
Más peligroso todavía, al no poseer poderes formaba parte de la raza humana más despreciada en los círculos mágicos. Ni siquiera Clow había estado ajeno a ser llamado "híbrido", ganándose el reconocimiento después de humillarlos a todos y a cada uno, en los duelos organizados para probarlo. Los que habían murmurado en su contra y le miraban con desdén, terminaron agachando sus altivas cabezas y se tragaron sus groseras palabras. Con esto, se instauró el rumor entre los eruditos, acerca de Jünco y su continuo devenir.
Mientras intentaba no pensar en Daidoji, para no tener que ver el horrible collage de morbosas imágenes creado por su mente, abrazaba sus rodillas como buscando refugiarse del inmenso vacío que estaba por devorarlo. Ni siquiera se le ocurría una estrategia que valiera la pena intentar.
Su traidora conciencia no dejaba de machacarle con duras preguntas, utilizando la voz de Spinel-Sun. ¿No pudo prever el futuro?, ¿había perdido sus habilidades?, ¿acaso la excesiva valoración que tenía de sí mismo, le había nublado el juicio?, ¿y ahora de qué le servía la admiración que despertaba en los círculos mágicos?
El rumor del viento se detuvo dando paso a un monótono cántico de una milenaria plegaria en sánscrito, atribuido a Buda pero que era en verdad un antiguo ritual pagano que él había transcrito a mano hacía muchas vidas, mientras era aprendiz en una rocosa isla, habiendo usado ancestrales fonemas de la lengua mongol.
Aun estando al aire libre, a merced del viento y a más de tres mil metros, la sensación de encierro era tota. Las voces se escuchaban cada vez con mayor potencia. "Eres Clow Reed y antes fuiste discípulo de Xu Fu", "Fuiste aprendiz de Ozún", "Eres amo de todas las cosas", "Acabaste con la amenaza de Ceibo, tu hermano". Cuando las voces se acallaron, la sensación de fatalidad por perder a Ceibo lo invadió y por fin comprendió que le perseguiría por siempre. Aun así, le habían hecho depositario del secreto más grande buscado por la humanidad.
Por instinto se puso de pie al sentir que alguien se acercaba.
-"¿Eriol, qué ha pasado? ¿Y Tomoyo?" – decía la chica quitándose el cabello de la cara.
-"Qué le ocurrió a Ruby Moon?"- preguntó Syaoran.
Le habían rastreado hasta la torre de Tokyo, apremiados por saber acerca de su estado. Los vio descender agitados, ansiosos por las respuestas que él no podía entregarles.
Sakura fue la primera en comprenderlo, frenando instintivamente su agitación al observar el drástico cambio en la apariencia del mago. Buscó los ojos de Li para saber si lo que ella estaba viendo era real, insegura de su propio instinto.
Unas arrugas habían aparecido alrededor de sus ojos haciéndole lucir demacrado, pero no sólo era eso, su burlesca mirada que tanto sacaba de quicio a Syaoran y que transmitía confianza a Sakura, lucía fría y opaca, en perfecta sintonía con sus angulosos rasgos ahora carente de emociones. Por esta razón, la misma certeza inundó sus corazones, Eriol Hiiraguizawa había envejecido.
Hola a todos. Pido disculpas por haber dejado la trama inconclusa, pero de pronto me vi sin recursos para seguir y dar un final medianamente creíble a la historia. Afortunadamente me encontré con los libros maravillosos de Ursula K Leguin y saqué algunas ideas para poder terminar. Amo CCS y también a Ursula K. Leguin, así que me he servido de sus obras con mucho respeto para dar vida a mi pequeña historia. Muchas gracias por leer. Como decía la maestra Mizuki: "Falta muy poco".
