La guerra contra Ylisse había llegado a su fin. Las tropas ylissenses abandonaron las tierras de Plegia una vez se les fue entregado el cadáver de su Venerable, acompañado con la Falchion.

La destrucción en todo el reino había dejado cicatrices demasiado profundas, algunas tomarían quizá siglos en sanar.

Plegia finalmente tuvo oportunidad de realizar los ritos fúnebres a sus dos regentes. Fue un funeral donde todos los supervivientes asistieron, cubiertos con túnicas negras y velas en mano. No solo era conmemorar la vida de la casa real de Grima, sino también a todos aquellas víctimas que murieron a causa de ese enfrentamiento.

Los nobles cuyas vidas se apagaron, los ciudadanos que no pudieron volver a casa, las familias que fueron irremediablemente rotas al enfrentarse.

El funeral fue dirigido por el Arzobispo de Plegia, Validar. Para muchos fue una crueldad que él personalmente estuviere a la cabeza del rito, pues todos sabían que durante la guerra había perdido tanto a su mejor amigo como a su esposa, el amor de su vida. La actitud de él fue de completa serenidad, entregando las almas de todos a las manos de Grima…

Sin embargo, también fue él quien más tiempo se quedó observando la tumba de su esposa mientras los demás iban poco a poco retirándose para regresar a sus casas. La labor de reconstruir la nación había guardado silencio por el respeto a todos los fallecidos, pero tarde o temprano debían ascender nuevamente…

Al lado del Arzobispo, una pequeña niña estaba tomando su mano en silencio. El secreto mejor guardado de Plegia durante esa época de guerra: la legítima heredera al trono, su única hija. En el palacio ya se estaban haciendo los preparativos para presentarla oficialmente, ahora que Ylisse no estaría sobre ellos de una forma tan directa.

"Tenemos que regresar a casa." El tono del hombre no solo era firme, era duro. El haber perdido a su mujer había dejado en él algo mucho más profundo que el luto. "Sólo estamos tú y yo a partir de ahora, a partir de ahora harás todo lo que te diga, ¿bien? Basta de escapar del palacio cuando quieras, basta de corretear por los pasillos como si fueras cualquier persona. Eres una princesa, encima tienes a nuestro Dios en tu interior, es tiempo que comiences a actuar como lo que eres."

Su padre había evitado que Robin llorase la muerte de su madre, también había prohibido que cubriese la marca que ahora estaba muy visible en su mano. La escena con la que las había encontrado estaba grabada en su psique, y él el único testigo de lo que realmente había ocurrido ese día.

Grima había finalmente tomado el cuerpo de su hija. Lo que Maliya y él habían estado esperando desde el momento en que la vieron por primera vez, saber que su nacimiento había sido especial desde el primer instante. Estaba seguro que fue Grima quien había matado al Venerable, pero fue incapaz de salvar a su esposa.

No tenía suficiente poder aún.
No podía manifestarse por completo.
Porque de haber podido hacerlo, su esposa estaría celebrando el final de esa guerra a su lado.

"..." Robin cubrió su rostro con su capucha, asintiendo suavemente. Esa era la actitud que Validar quería ver, que su hija permitiese a su Dios hacer sobre su cuerpo lo que era necesario para renacer.

La pequeña princesa no recibió un abrazo de su padre, ni de nadie a su alrededor como consuelo como su madre la había estrujado cuando su abuelo murió. En su lugar, estaba relegada a llorar en silencio… o cuando su padre no estaba constantemente encima de ella. El Arzobispo realmente no le permitía llorar como antes él mismo le había aconsejado que podía hacer…

¿Acaso él quería que guardase el dolor? Robin no podía evitar mirar la marca sobre su mano, aquella que en ocasiones le causaba fuertes dolores. Su madre había estado feliz cuando la vio, y su padre ahora revisaba que no desapareciese. Pero ella misma no se sentía feliz, no entendía nada de lo que ocurría a su alrededor… pero su padre quizá estaba triste como ella. Quizá él era el que necesitaba que ella fuese fuerte para que pudiese llorar, y luego su relación podría volver a la normalidad.

Los gritos causaban temblores, sacudían aquel sitio. Se trataba de un sótano oscuro, iluminado muy apenas con antorchas que estaban en algunos puntos de este. Monjes y magos estaban parados en cada esquina de un pentagrama dibujado en el suelo, el cual también tenía encima algunos grimorios y báculos.

Los rezos simulaban baladas, todos tenían sus ojos cerrados mientras mantenían unidas sus manos junto con un rosario negro entre sus dedos. El cántico se repetía una y mil veces alrededor del pentagrama, la magia combinada de entre todos generaba que el miasma de la habitación aumentase más y más.

En el centro de ese ritual, la princesa de Plegia estaba encadenada de pies y brazos contra la pared. Las cadenas estaban tensas, evitando cualquier tipo de movimiento involuntario que la criatura pudiera hacer. El miasma le impactaba directamente, también el incienso entraba por su nariz para causar el efecto por el cual todos rezaban: el aura dragontina llenaba la habitación, los ojos de la niña ahora eran carmín como la sangre, inclusive la marca brillaba con tal intensidad similar a cuando el metal quema contra la piel.

Nuestro Señor Grima, somos tus sirvientes.
Imploramos tu presencia en nuestra casa,
Ofrecemos a ti nuestras vidas y nuestros cuerpos.
Nuestro gran Señor Grima, nos arrodillamos a ti como tus siervos,
Toma nuestro sacrificio…

La Princesa gritó, la fuerza de sus pulmones combinada con el dolor en todo su cuerpo era para ella insoportable. Era el dolor físico que le evitaba llorar las heridas emocionales que la guerra le había dejado, aquel que los seguidores de Grima estaban ofreciéndole aunque no lo pidiese.

"¡BAS–... DUELE, BAST…! ¡PAPÁ! ¡PAPÁ!" No era solamente el terror el que se reflejaba en su voz, también la súplica y el dolor que los constantes hechizos generaban en su cuerpo.

El objetivo del cántico era sacar a Grima, o ayudar a que se manifestase en su cuerpo por segunda vez. Todas las marcas de su posesión estaban ya dibujadas en el cuerpo de la niña, incluso podía percibirse esa presencia pesada que aludían al Dragón Caído.

Habían pasado horas en ese lugar, la sangre de la princesa había sido utilizada para dibujar el pentagrama. La sangre de un dragón era la única con la que podían contar para el ritual, y a pesar de que se trataba de la hija de la fallecida reina y el arzobispo todos sabían que no era una humana cualquiera.

"¡PAPÁ! ¡PAPÁ AYUDA! ¡BASTA!" Su mirar buscaba en todos lados la presencia de alguien conocido, alguien que le liberase de esas cadenas luego de tanto tiempo en ellas. Sus muñecas estaban enrojecidas, sus ojos hinchados por sus lágrimas, y todo su cuerpo magullado por el constante uso de magia en su contra.

Validar estaba en la punta del pentagrama, guiando el ritual y a quien su hija imploraba auxilio. Sus ojos se habían encontrado más de una vez, él podía reconocer la mirada de sufrimiento tan marcada en el rostro de su princesa. Sin embargo, el ser el recipiente de Grima requería sacrificios, requería que el mismo Arzobispo ignorase ese mirar y negase el parar con el ritual.

Estaban tan cerca de que su Señor se manifestase por segunda vez, todo estaba en orden para su renacer…

… desgraciadamente, el cuerpo de una niña tiene un límite que todos obviaron. Había suplicado y rogado por ayuda desde el instante en que comenzaron a lastimarla, y solo hay un poco de lo que un ser puede soportar antes de colapsar. El aura desapareció por completo de la habitación, la sangre era lo único que corría por el suelo, mientras la figura de la princesa finalmente estuvo en silencio.

"Maldita sea", Validar lanzó su libro al suelo. "Desátenla y limpien sus heridas, no ha servido para nada. ¡Maldita sea! ¡Estuvimos muy cerca esta vez!"

"Señor…" Uno de los monjes buscó la atención del Arzobispo, alzando también su mano.

"¡¿QUÉ?!"

"... quizá Grima no despertó, pero… mire… logramos que las armas sí… ¿Esta no es la magia del Dragón Caído?"

Validar entonces se acercó a donde estaban los grimorios, empujando a algunos sacerdotes para poder llegar a estos. Al agacharse, observó que la energía que antes emanaba del cuerpo de la princesa ahora estaba presente en las páginas de ese libro…

"Esta es la concentración de su magia… gracias, Señor, gracias por no abandonarnos." Mencionó con más calma, al final el ritual no había sido solo un desperdicio. "Lleven a nuestro Señor a su habitación y déjenlo ahí, ha sido suficiente por hoy."

El Arzobispo abandonó la sala dejando a sus seguidores observándose entre ellos, algunos confusos y otros con pena. Nadie se atrevía a decir ninguna palabra en voz alta, quizá ni siquiera pensarlas bajo la posibilidad de que Validar espiase hasta sus pensamientos, pero todos tenían el mismo peso a reflejado en sus ojos a la hora de desatar a la princesa: Validar no estaba en sus cabales.

Se les exigió que mantuvieran sus ojos cerrados para no ver el estado tan demacrado en que la magia afectaba a la princesa, era un menester recitar plegarias en voz alta para que sus gritos de dolor fuesen tan solo como el alteo de una mosca en comparación. Sin embargo, más de alguno había cedido ante la curiosidad de ver a su Dios o la manifestación de este, encontrándose con una imagen que oprimía el pecho hasta a los maś devotos de esa sala.

Algunos a la hora de vendarla también pedían disculpas, pedían en silencio o imploraban piedad a causa del dolor del que se sabían autores. Robin no los escuchaba, o quizá el shock no le permitía hacerlo.

El ritual se repetía diariamente, todos frente a la vigilancia del Arzobispo.

El palacio de Plegia se preparaba para recibir una visita tras meses de reconstrucción continua. Lo más difícil de la guerra era continuar, la familia real era quien debía dar la cara para que el reino prosperase. Desgraciadamente, la única heredera legítima aún era demasiado pequeña como para ascender… Aun así, alguien debía ser la cara del reino hasta que la princesa llegase a la edad adecuada.

El primo de la fallecida Maliya, Gangrel, bajaba de su carruaje junto con su dama de compañía.

El príncipe de cabellos rojos, perteneciente a una línea secundaria de la línea de sucesión, considerado sólo como un duque o un simple noble aledaño a la casa real de Plegia. Era la única persona que contaba con la sangre de Grima como para encargarse de ser un regente temporal.

"Finalmente hemos llevado, Aversa." Del carruaje también bajó una señorita de cabellos blancos, tomando la mano de Gangrel.

Ambos eran adolescentes, no parecían mayores de dieciséis años. Eran jóvenes, pero tenían la edad adecuada para la labor que desempeñarían a partir de ahora. Gangrel cubría su nerviosismo con galantería y soberbia, entrando por el palacio con paso firme y despreocupado.

El pertenecer a una línea secundaria fue un peso gigante desde el primer momento para el de rojos cabellos, que su familia regresase al trono fue una de las pocas cosas que había ambicionado desde que tenía memoria. Pero de esta forma era indigna, una humillación además, saber que estaba ahí solo como un mero reemplazo o un peón temporal… le corría el alma.

"Validar, sabía que estarías aquí para recibirme." Mencionó el chico, sus manos sobre su cintura.

"Bienvenido al palacio de Plegia, milord." Validar dio una leve reverencia en su dirección.

"¡Bah! Ni milord ni qué, tienes una posición más alta que la mía como para que me trates con tanto respeto como ahora. Vayamos directo al grano, estoy dispuesto a ser su rey intendente o lo que sea… si me ofreces la mano de tu hija en matrimonio. Ya cuando ella crezca será su reina y lo que sea, ¡pero no creas que yo voy a dejar mi vida de lujos solo como un insecto al que decides cuándo es importante!" Gangrel lo señaló, apretando su puño también con rabia. Exigir matrimonio era una de las pocas cosas que pedía a cambio de desempeñar su labor.

Validar frunció el ceño.

"¿Y por qué debería prometerte la mano de mi hija? ¿Con qué derecho te crees?"

"El derecho de que seré su Rey, puedo escoger a la esposa que quiera. Y obviamente la princesa es una opción bastante jugosa… si sabes a lo que me refiero."

"No." Replicó Validar, con firmeza. "Ni siquiera ha sido presentada oficialmente al reino como para que sea una de tus opciones– además, no. Eres un iluso si te crees con el derecho de desposar a nuestro Gran Dragón Caído."

El rostro de Validar expresó confusión entonces, más que la rabia de que su propuesta hubiere sido rechazada.

"¿Qué?"

"Ah, ¿no lo sabes? La princesa tiene en su interior a nuestro Señor Grima. ¿Crees que Él va a desposar a alguien como tú?" Validar mostró una sonrisa burlesca, pues él mismo no podía permitir blasfemia a ese nivel.

La mirada de Gangrel pasó de una de confusión a una incrédula, convirtiéndose poco a poco en una simple burla. ¿Que la princesa tenía al Dragón Caído? Es la manera más original que habían tenido para rechazar su propuesta de matrimonio, no lo iba a negar.

"¿Y pretendas que me crea una blasfemia de ese nivel? Y venida del Arzobispo, lo que es peor."

"Piénsalo de esta forma, Gangrel." Validar comenzó su caminar hacia él, "Esta es la única oportunidad que tendrás para ser un Rey, la única que se le va a conceder a tu familia. O aceptas ahora mismo este puesto, o puedes regresar por donde viniste. La mano de mi hija está fuera de discusión, no voy a ceder ante tus exigencias absurdas. Acepta ahora, o vete de este castillo."

Aversa, quien había permanecido tras de Gangrel todo ese tiempo, soltó una pequeña risilla que incluso Validar notó.

"¿Te quedó claro, o seguirás pidiendo tonterías?"

"Eres un desgraciado…" y aun así, Gangrel mejor que nadie sabía que era necesario mantener al Arzobispo de la Iglesia a su lado. Era un aliado poderoso en una nación que volcaba todas sus alabanzas a su Dios. Le llenaba de rabia entender que su posición era tan patética como entonces. "... quiero conocer a la princesa. Tal vez no puedas prometerme su mano, pero vas a permitir que la corteje. Última oferta."

"Bien." Validar se encogió de hombros. "Te lo diré una vez y volveré a decírtelo, nuestro señor Grima jamás se desposaría contigo."

Robin había despertado sola en su habitación, su cuerpo cubierto en vendas y sus dedos algo morados. Había perdido demasiada sangre, al punto que era difícil mantener sus ojos abiertos por mucho tiempo.

Papá no me salvó, era el pensamiento que se repetía como un bucle en su cabeza. Estaba ahí y no me salvó, él no los detuvo… Quiero ayudarlo, pero no quiero que siga doliendo. Me duele…

Sus manos palpaban su cuerpo, temía que el ardor comenzase de nuevo. Habían sido días demasiado largos, su garganta también quemaba por el tiempo que pasó rogando que se detuviera.

Yo no soy el Dragón Caído, pensó. Me duele ser el dragón caído… no quiero ser el dragón caído, me duele…

Trataba de no llorar, si llegaba a derramar alguna lágrima sabía que su padre llegaría a regañarla. Tampoco quería hacerlo enojar más, ya estaba sufriendo mucho por la muerte de… de su…

No, tuvo que espantar ese pensamiento. No podía llorar, no debía siquiera pensar en ella o definitivamente lo haría.

La puerta se abrió, la figura del arzobispo entrando al lugar, sus ojos fijos sobre la figura de su hija quien entonces se sintió paralizada. No había llorado, ¿verdad? ¿O es posible que escuchara sus pensamientos?

"..." Robin no podía hablar en voz alta, aún su garganta no se había recuperado lo suficiente como para emitir sonidos o exteriorizar palabras.

Validar acercó un asiento a la cama.

"Mi señor, hemos logrado manifestar su magia en los grimorios. Será capaz de descansar por un tiempo, comenzaremos con la práctica inmediatamente. Creemos que se necesitan magos avanzados para poder controlar todo lo que usted es capaz, y por fin tendremos un nuevo Rey para recuperar Plegia. Volveremos a ser el reino tan orgulloso como lo fuimos antes, ahora que usted regresó con nosotros."

La mirada de Robin era incrédula, escuchaba a su padre y sabía que no estaba hablando con ella. Eso estaba lastimándole, más el hecho de tener que contener sus lágrimas.

"Su coronación será durante estos días, esperamos contar con su presencia para el momento en que lo coronemos. Será solo por un tiempo hasta que usted pueda ascender al puesto que le corresponde." Validar también observaba a su hija, reconocía esa mirada que le regalaba, pero su atención estaba sobre la marca. "Mi Señor, toda Plegia estallará en gozo una vez esté aquí completamente. Seguiremos buscando formas en que usted recupere su poder."

"Papá…" Robin intentaba moverse, pero era difícil no hacerlo sin marearse. "... agua… papá…"

¿Cuántas horas había gritado sin cesar sin tener ni siquiera un poco de respiro?

Validar no escuchó sus palabras. Y si lo hizo, las ignoró.

"Le dejaré ahora, mi Señor. Espero que la próxima vez pueda responderme de una forma más directa. Muchas gracias."

Y él se levantó para salir de esa habitación, Robin quiso extender su mano para al menos tomar parte de su túnica. Acciones que quedaron solo en un pensamiento.

No era la primera vez que su padre le ignoraba incluso cuando estaba frente a sus ojos, ni tampoco la primera vez que le negaban algo tan básico hasta como un poco de comida. Si mamá estuviera aquí… pensó, sintiendo su cuerpo temblar. Mamá… ¿por qué te fuiste? ¿Por qué? Me duele, mamá…