CAPÍTULO 13

El Día de San Valentín podría haber sido llamado el día anti-Duff.

Quiero decir, ¿Qué otro día puede lastimar más la autoestima de una chica? No era que importara. Odiaba el Día de San Valentín, incluso antes de que estuviera consciente de mi estado Duff. Honestamente, ni siquiera entendía por qué era un día de fiesta. En serio, era sólo una excusa para que las chicas se quejaran de estar solas y para que los chicos se arrastraran a su manera para acostarse con alguien. Me parecía materialista, indulgente, y, con todos los chocolates, totalmente insalubre.

— ¡Es mi día favorito del año! — Exclamó Jessica una mañana mientras bailaba de camino por el pasillo hacia español. Era la primera vez que la había visto verdaderamente saltar desde la partida de Eric dos días antes. — ¡Todo el rosa y rojo! ¡Y las flores y los dulces! ¿No es divertido, Bella? —.

—Claro —.

Había pasado casi una semana desde el partido de baloncesto, y ninguna de los dos había mencionado a la chica de primer año desde que había salido del gimnasio aquella noche.

Me pregunté si Jessica ya se habría olvidado de ello. Bien por ella. Yo no. No podía. Esa chica y yo teníamos en común, una identidad compartida como Duffs, había estado acechando en el fondo de mi mente desde entonces.

Pero desde luego no iba a hablar de ello. No con Jessica. Ni con nadie.

— Oh, solo desearía que Mike me hubiera pedido que fuera su San Valentín — dijo. —Eso hubiera sido perfecto, pero no siempre se puede conseguir lo que queremos, ¿verdad?

— No —.

—Ya sabes, creo que este es el primer año que las tres estamos libres —continuó Jessica.

—El año pasado, yo estaba saliendo con Terrence, y el año antes Rosalie estaba con Zack.

Supongo que todas podemos ser las San Valentín unas de otras. Sería muy divertido. Es nuestro último día de San Valentín juntas antes de la universidad, y realmente no hemos salido juntas últimamente. ¿Qué te parece? Podemos pasar el rato en mi casa para celebrar —.

— Suena bien —.

Jessica echó un brazo alrededor de mis hombros. — ¡Feliz Día de San Valentín, Bella! —.

— Para ti también, Jessica —. Sonreí a pesar de mí misma. No podía evitarlo. Jessica tenía una de esas sonrisas contagiosas que hacía realmente difícil ser negativa cuando ella era tan malditamente burbujeante.

Llegamos a la puerta del aula y nos encontramos con nuestra maestra esperándonos en el interior. —Bella— dijo mientras yo entraba —Recibí un e-mail de una de las secretarias de la recepción. Necesita que algunos estudiantes le ayuden a distribuir las flores que las personas han enviado. Estás atrapada con todo tú trabajo pero, ¿Te importaría hacer eso por mí? —.

— Um... bien —.

— ¡Oh, Qué divertido! — Jessica me soltó de su abrazo. — Tendrás la oportunidad de entregar las flores. Es casi como si estuvieras jugando a ser Cupido—.

Cierto. Qué divertido.

— Hasta luego — le dije a Jessica, mientras me daba vuelta y caminaba directo para salir de la habitación. Pasé a través de las hordas de estudiantes, luchando contra la corriente para dirigirme a la recepción. Las parejas parecían estar en todas partes, demostrando su afecto — sosteniendo sus manos, los ojos parpadeando, intercambiando regalos, besándose — para que la escuela entera los viera. —Repugnante — murmuré.

Estaba a mitad de camino a la recepción, cuando una mano fuerte se apoderó de mi codo.

—Hola, Duffy —.

— ¿Qué quieres?—

Edward me estaba sonriendo cuando me di la vuelta para hacerle frente. — Sólo quería saber si planeas visitarme esta noche, podría estar un poco ocupado. Siendo el día del amor, tengo una agenda muy completa—.

Ahora su voz sonaba como un prostituto profesional.

— Pero si estás desesperada por verme, debería estar libre alrededor de las once en punto—.

—Creo que puedo sobrevivir una noche sin ti, Edward-—dije. — De hecho, puedo sobrevivir una eternidad.

— Claro que puedes—. Soltó mi brazo y me guiñó un ojo. — Te veré esta noche, Duffy —. Y se fue, arrastrado por la marea de estudiantes a punto de llegar tarde a sus clases.

—Patán— me quejé —Dios, lo odio —.

Unos minutos más tarde, me encontraba en la recepción donde la secretaria, que parecía un manojo de nervios, me sonrió con alivio. — ¿La señora Romalí te envió? Por aquí, por aquí. La mesa está aquí —. Me llevó alrededor de la esquina e hizo un gesto a hacia una mesa cuadrada plegada con una superficie verde vomitiva. — Ahí está. ¡Que te diviertas!

— No es probable —.

La mesa estaba cubierta — quiero decir cubierta — con ramos de flores, jarrones, cajas en forma de corazón, y tarjetas de Hallmark. Por lo menos cincuenta paquetes de rojo y rosa esperaban ser entregados, y tendría el privilegio de ser la portadora de tremenda alegría.

Debatía por dónde empezar cuando escuché unos pasos detrás de mí. Asumiendo que la secretaria había vuelto, le pregunté sin darme la vuelta, — ¿Tiene una lista de las clases donde están estos chicos para saber a dónde llevar los regalos? —.

—Sí, la tengo —.

Eso no sonó como la secretaria.

Me di la vuelta, sorprendida por la voz que había respondido. Era una que conocía muy bien, a pesar de que nunca, ni una sola vez, me había hablado directamente.

Jacob Black sonrió. — Hola—.

—Oh. Pensé que eras otra persona —.

—No tuve intención de asustarte — dijo. — Así que te tocó esto también, ¿eh? —.

— Um, sí —Sentí un gran alivio al descubrir que mis cuerdas vocales no estaban en un estado de parálisis.

Como siempre, Jacob llevaba una chaqueta un-poco-muy-formal-para-la-escuela, y su cabello negro caía alrededor de su rostro en ese corte de tazón pasado de moda.

Adorable. Único. Inteligente. Era la encarnación de todas las cosas que quería en un hombre. Si creyera en cosas estúpidas como el destino, podría haber pensado que era el destino que estuviéramos trabajando juntos el Día de San Valentín.

—Aquí están las listas de las clases — dijo dándome una carpeta verde. — Probablemente deberíamos empezar, esto podría llevar un buen tiempo —. Sus ojos recorrieron la mesa de regalos desde detrás de sus gafas ovaladas. — No creo que jamás haya visto tanto rosa en un lugar —.

— Yo sí. En el dormitorio de mi mejor amiga —.

Jacob se rió entre dientes y tomó un ramo de rosas blancas y rosas. Miró la etiqueta y dijo:

—La forma más rápida de hacer esto podría ser separar estos en montones por la clase en la que cada estudiante esté. Hará la entrega mucho más eficiente.

—De acuerdo – dije. — Organizarlos por clase. Muy bien —.

Era muy consciente de lo estúpida que sonaba con mis pocas elocuentes respuestas, pero no había mucho que pudiera hacer al respecto. Quiero decir, sólo porque mi voz efectivamente trabajaba no necesariamente significaba que pudiera usarla bien en su presencia. Había estado flechada por Jacob durante tres años, no decir que me ponía nerviosa sería una subestimación masiva.

Por suerte para mí, Jacob no parecía darse cuenta. Mientras ordenábamos los diferentes ramos en grupos, incluso me ofreció una amable pequeña charla. Poco a poco, me encontré aliviada en una semi-confortable charla con Jacob Black. ¡Un milagro de San Valentín!

Bueno, milagro era una palabra demasiado fuerte, un milagro habría sido él agarrándome en sus brazos y tendiéndose sobre mi allí mismo. Así que tal vez era más como un beneficio del Día de San Valentín. De cualquier manera, mi diálogo torpe e idiota empezó a disminuir. Gracias a Dios.

— Vaya, hay mucho para Vikki McPhee — dijo colocando una caja de caramelos en la parte superior de una pila en constante crecimiento. — ¿Tiene seis novios? —

—Sólo sé de tres— le dije. —Pero no me cuenta todo —.

Jacob negó con la cabeza —Por Dios —. Cogió una tarjeta y comenzó a mirarla—. —Entonces, ¿qué hay de ti? ¿Algún plan para el Día de San Valentín? —

— No —.

Puso la tarjeta en uno de los montones. — ¿Ni siquiera una cita con tu novio? —

—Para ello sería necesario que tuviera un novio — le dije. — Lo que no es así —. No queriendo que empezara a sentir lástima por mí, agregué — Pero incluso si lo tuviera, no estaría haciendo nada especial. El Día de San Valentín es una estúpida y patética excusa para un día de fiesta —.

— ¿Realmente piensas eso? — me preguntó.

—Por supuesto. Quiero decir, hay una razón para que sus siglas sean DV. Apuesto a que más personas contraen sífilis en el Día de San Valentín que en cualquier otro día del año. Que buena razón de celebración —. Nos reímos juntos, y por un momento lo vi normal.

— ¿Y tú? — Le pregunté. -— ¿Tienes planes con tu novia? —

— Bueno, teníamos— dijo, y suspiró. — Pero rompimos el sábado, así que esos planes están ahora muertos —.

— Oh. Lo siento —.

Pero no lo hacía. En el interior, me sentí como extasiada y llena de alegría. Dios, era una maldita perra.

— Yo también —. Hubo una pausa momentánea al borde de ser incómoda, y entonces dijo:

— Creo que tenemos todos estos ordenados. ¿Estás lista para empezar a entregar? —

— Estoy lista, pero no muy dispuesta —. Señalé un gran jarrón con una variedad de flores.

— Mira esto. Apostaría dinero a que alguna chica se lo envió a sí misma para quedar bien delante de sus amigos. Qué triste es eso—.

— ¿Me estás diciendo que no lo harías? — Preguntó Jacob con una pequeña sonrisa que se extendió por su cara de niño.

— Nunca — le dije rotundamente. — ¿A quién le importa lo que los otros piensen de mí? ¿Y qué si no tengo un regalo en el Día de San Valentín? Es sólo vanidad. ¿A quién tengo que impresionar? —.

— No lo sé. Creo que el Día de San Valentín es más sobre sentirse especial — dijo arrancando una flor del gran jarrón. — Creo que cada chica merece sentirse especial de vez en cuando. Incluso tú, Bella —. Llegó y me puso la flor detrás de la oreja.

Traté de convencerme de que esto era completamente cursi y ridículo. Que si cualquier otro chico — Edward, por ejemplo — hubiera probado una línea como esa, podría haberlo abofeteado o simplemente reído en su cara. Pero sentí que mi rostro se ponía rosa mientras sus dedos rozaban mi mejilla. Después de todo, este no era ningún otro chico.

Era Jacob Black. El perfecto, increíble, soñado Jacob Black.

Tal vez el Día de San Valentín podía ser Duff—fácil después de todo.

—Vamos —dijo. —Agarra ese montón y vamos a repartirlo —.

— Uh... está bien —.

Podríamos haber terminado con las entregas a final del primer bloque, pero la secretaria cada vez traía más y más paquetes a la mesita de color de vómito. Llegó a ser muy claro para Jacob y para mí que íbamos a estar trabajando al menos hasta el almuerzo.

No era que me importara pasar la mañana con Jacob Black.

— No quiero traer mala suerte — dijo mientras regresábamos a la mesa, sólo cinco minutos antes de la campana del almuerzo. — Pero creo que en realidad podríamos haber terminado —.

Llegamos a la mesa vacía e intercambiamos sonrisas, aunque la mía era a medias. — Eso es todo — le dije. — Ese fue el último —.

— Sí — Jacob se inclinó sobre la mesa. — Ya sabes, me alegro de que te hayan obligado a ayudar. Me hubiera aburrido si lo hubiera hecho solo. Fue divertido hablar contigo —.

— Me divertí mucho también — dije tratando de no sonar demasiado entusiasta.

— Escucha — dijo. — No deberías sentarte en el fondo de la sala en la clase de gobierno AP. ¿Por qué no te mueves a uno de los escritorios detrás de Jeanine y de mí? No hay razón para que estés sola allí atrás. Creo que deberías unirte a nosotros los nerds en el frente de la sala—.

— Puede ser —. Y, obviamente sabía que lo haría. ¿Cómo podría rechazar la solicitud de Jacob Black?

— ¿Bella Swan? — La secretaria rodeó la esquina y se acercó a nosotros. No había flores o cajas de dulces en sus manos esta vez. — Bella, hay alguien aquí para llevarte -.

— Oh — dije. — Um, de acuerdo —. Extraño. Tenía coche. No había razón para que me llevaran.

— Hasta luego, Bella — dijo Jacob mientras yo seguía a la secretaria a la recepción.

— Feliz Día de San Valentín —.

Lo saludé justo antes de doblar la esquina, tratando de recordar si no tenía una cita médica el mismo día o algo. ¿Por qué me estaban sacando de la escuela? Sin embargo, antes de que mi mente pudiera inventar tragedias familiares, la respuesta me golpeó como una tonelada de ladrillos, y me detuvo en seco.

Oh. Mi Dios.

Se puso de pie en el mostrador, pareciendo como si acabara de salir de algún estudio de Hollywood. Su pelo rubio, iluminado por el sol, caía sobre sus hombros en suaves y perfectas ondas. Llevaba un vestido verde azulado hasta la rodilla, sin medias, por supuesto, y zapatos de tacón alto. Oscuras gafas de sol cubrían sus ojos, los cuales yo sabía que eran azules.

Se levantó las gafas de sol mientras se volvía hacia mí.

— Hola, Bella — dijo la hermosa mujer.

— Hola, mamá —.