CAPÍTULO 45
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Las pesadas gotas de lluvia golpeaban el cristal de la ventana en la habitación de Terence. Mientras él dormía envuelto en sus cálidas sábanas, las paredes se iluminaban con la repentina luz de los rayos, seguidos por un relámpago vibrante. Aun con los truenos y el sonido del viento, Terry no se movía de su esquina preferida de la cama. Dormía boca abajo, con una pierna más estirada que la otra, abrazando la almohada donde recostaba la cabeza. Su respiración era lo opuesto a lo que estaba sucediendo afuera, como si estuviera teniendo el sueño más placentero de su vida; sin embargo, el grito de ayuda que emitió Susanna logró que abriera los ojos de golpe. Sobresaltado, brincó de la cama, mirando a todas partes.
—¡Terry! —lloriqueó Susanna varias veces.
Terry se puso de pie y abandonó su habitación, olvidando ponerse la bata y las pantuas, corriendo descalzo para asistir a su novia.
Abrió la puerta de un solo empujón y se desplazó hasta la cama de Susanna, arrodillándose frente a ella y tomando las manos con las cuales se golpeaba, tratando de distraerse del dolor que la estaba consumiendo. Seguido eso, Terry miró el reloj que decoraba la mesa de noche, logrando ver, bajo la tenue luz, que solo se marcaban las dos de la mañana.
—Por favor ayúdame... —suplicó Susie, apretando con fuerza las manos de Terry para soportar el sentimiento de que sus huesos se trituraban.
—No puedo darte tus medicamentos.
—¡No, Terry, por favor! ¡Me siento muy mal!
Terry sabía que si Susanna pudiera echar patadas lo estaría haciendo en esos momentos.
—Lo siento. Es muy temprano y podrían hacerte más daño que bien...
—No me importa, siento que me estoy muriendo. ¡Terry, escuchame! —La voz se tensó cuando apretó los ojos y hundió la cabeza en la almohada. Lágrimas gruesas comenzaron a avanzar por sus mejillas—. La dosis que tomé no me ayudó de nada. ¡No sirven!
Terence suspiró y accedió a darle de beber otra dosis. Se mantuvo a su lado durante varios minutos, observando con preocupación, temiendo que hubiera algún efecto secundario. No había sido una opción segura, pero le pesaba verla sufrir a esa magnitud, especialmente porque aun sentía que ese debió ser su lugar.
Pasó su mano por la frente húmeda de la rubia y secó su sudor. Luego, hizo hacia atrás las pocas hebras rubias que se le pegaban al rostro pálido. Susanna había perdido su belleza. Era esbelta hasta casi desaparecer, su piel tenía un tono grisáceo, y su cabello carecía de brillo. Ahora lo llevaba corto hasta los hombros, pues se había percatado de que comenzaba a escasear.
Terry, al ver que ella había cerrado los ojos, intentó retirarse de vuelta a su habitación.
—Tengo miedo... —susurró Susanna en total agotamiento, deteniendo a Terry—. No te vayas.
—No te pasará nada. Vas a estar bien.
—No quiero dormir sola... Contigo a mi lado me siento a salvo. Por favor. —Lo miró a los ojos, reejando su temor y sufrimiento. Lo necesitaba.
—No es propio de nosotros compartir el dormitorio, Susanna —excusó, haciendo otro intento por alejarse, pero Susanna lo detuvo con un sollozo. Terry soltó un suspiro y rodeó la cama, sentándose en la esquina, mirando la dirección de la ventana como pretendiendo no estar consciente de la presencia de Susanna. Se sentía muy incómodo.
—¿Puedes abrazarme? —suplicó la rubia, notando cómo la espalda de Terry se había tensado—. No te estoy pidiendo mucho...
—Ya. —Terry estiró el brazo, indicándole a Susanna que guardara silencio. Nuevamente suspiró y se movió hacia atrás, descansando su espalda contra la cabecera de la cama mientras que Susanna se acomodaba junto a su cadera. Ella se abrazó a él y lloró por un rato, sintiendo el calor de él junto al de ella. Deseaba permanecer así por siempre.
—No me quiero ir...
—No pienses en eso —interrumpió Terry, arropándola con la sábana para cubrir sus hombros fríos—. Estoy aquí, no tienes que sentir miedo.
—Te amo. —Agarró su mano para luego llevarla a sus labios y besarla.
—Ya duerme. Estaré velando por tu sueño por si necesitas algo, ¿está bien? Tú tranquila. —Terry sentía el deber de transmitirle seguridad a Susanna. Tenía que quitarle todas ideas negativas de la cabeza, y hacerla feliz por lo que le quedaba. Si no lo hacía, jamás se lo iba a perdonar.
—¡Teytey! ¡Teytey! —La voz infantil de Evangeline llamó a su hermano, corriendo a su encuentro al verlo acercarse al jardín de la casa. Terry visitaba lo bastante frecuente como para que Eva se aprendiera su nombre, aunque mal pronunciado. Tenía dicultades para pronunciar la letra «r», misma razón por la cual se la saltaba, llamándolo «Tei Tei».
—Hola, Eva —saludó Terry, quitándose el gorro.
—Hola, Terry —habló Eleanor, acercándose a él con una sonrisa. Terry fue directamente hacia su madre y la abrazó, suspirando profundamente. Visitar esa casa era como un descanso de la pesadilla que vivía todos los días con Susanna.
—¡No, mami! ¡Me toca a mi! —protestó la niña, enredándose entre las piernas de ambos, empujando a Eleanor para deshacer el abrazo.
—Está celosa porque no la has abrazado a ella.
—Mi error. Lo siento, Eva. —Se arrodilló para quedar al mismo nivel de la niña y recibir un beso en la nariz de parte de ella. La levantó en sus dos brazos y le dio vueltas como a ella tanto le divertía. Seguido eso, besó su mejilla redonda y sopló en ella, haciéndola reír con el sonido similar de una trompeta.
—¡Juega conmigo! —dijo Eva, corriendo por el jardín en búsqueda de su pelota.
—¿De dónde saca tanta energía? —Terry comentó con diversión al ver cómo la niña había desviado su camino para ir tras unas mariposas.
—Tú eras igual a su edad. Pareciera que solo fue ayer... —Eleanor suspiró, mirando a Eva como si fuera una visión del pasado. Su niño, ahora un hombre, ya no era tan curioso e inocente, en sus ojos ya no había el brillo de un alma infantil. En cambio, podía ver una mirada tranquila y madura que cargaba años de experiencia, de haber conocido y visto cosas que un niño no debería presenciar. Aquellos ojos habían llorado millones de lágrimas y no a causa de un juguete roto o un berrinche. Aquellos habían dejado de mirar carritos de juguete y, en su momento, habían mirado a una mujer—. ¿A dónde se ha ido el tiempo? —Eleanor pensó en voz alta, siguiendo los pasos de Terry que la guiaban hacia el banco de madera, mismo que quedaba bajo un árbol, perfecto para velar a la niña.
Terence se pasó la mano por el rostro, luchando para mantenerse despierto. No recordaba la última noche que había dormido.
—No han sido tiempos fáciles para ti, ¿no es así? —Lamentablemente, así es.
—¿Cómo se encuentra Susanna?
—Está... Intentándolo, pero cada día se pone peor. Últimamente, sus dolores son tan infernales que se despierta gritando. Ella cree que en cualquier momento morirá mientras duerme, y eso le aterra. No puede dormir si no me acomodo con ella. Yo, en cambio, no he pegado ni un ojo... Aquella cama se siente fría como si allí reposara un muerto.
—¡No digas esas cosas!
—Lo siento, pero no me lo puedo sacar de la cabeza. Es un sentimiento muy extraño y para ser sincero me inquieta de más. —Pasó ambas manos sobre sus brazos, sintiendo escalofríos—. ¿Qué hay del inútil de tu marido?
—Terry...
—Ah, lo olvidé. El señor Crowel.
—Ha de estar por llegar. Me dijo que tenía una junta importante con Rob. Me parece que ambos dirigirán una obra.
—Hathaway está cuidando de su esposa en el hospital.
—Desmintió Terence, empuñando las manos. Al ver cómo su madre apretó los labios y escondió la mirada, sintió que el rostro se le calentaba—. Hijo de puta... —masculló.
—Y... ¿Es muy grave lo que tiene Catherine? —Eleanor cambió de tema.
—Me parece que sí. Hathaway no quiere abandonar su lado. Me pidió que me encargara de dirigir los ensayos por él... Es drenante.
—¡Teytey! —llamó la niña, corriendo desde en medio de las macetas hacia él. Al alcanzar a su visitante favorito, extendió sus brazos—. ¡Vuela! —exigió.
—Ya dijo —rió la rubia ante la expresión agotada de Terence.
—Pues vamos a volar... —Pasó sus manos por debajo de los brazos de Eva y la levantó, lanzándola en el aire por un pequeño segundo. La colocó sobre sus hombros y echó a correr para divertir a la niña, haciéndole creer que volaba.
«Me hace tan feliz poder verlos así. Estoy agradecida de no haberlos separado, no quiero ni imaginar lo que sería eso. Se aman demasiado», pensó Eleanor, curvando los labios para formar una sonrisa conmovida. Su hija adoraba a su hermano secreto.
«Me pregunto... Cómo reaccionará cuando lo sepa». La mujer se preocupó tras recordar la pregunta que la mantenía despierta todas las noches. Había acordado junto a su esposo que no le revelarían a Eva quién era ese visitante que las frecuentaba tanto. Era lo más adecuado para ocultar el secreto que por tantos años había ocultado; sin embargo, aún le pesaba tener que ocultarle la verdad. Terry tampoco estaba de acuerdo, después de todo, él sabía lo que era averiguar que por muchos años la verdad se le había ocultado. Lamentablemente, no podía ir en contra de los deseos de los señores Crowel. William era capaz de prohibirle la visita, y primero muerto a que lo separaran de la niña.
«No te escondo que tienes un hermano para herirte, Eva. Espero que cuando seas mayor, lo puedas entender...», pensó con un poco de esperanza.
—¡Papi! —Evangeline exclamó, anunciando la llegada de su padre cruzando al jardín con su sombrero en mano.
Terry retiró a la niña de encima suyo y la dejó en el suelo, donde la niña echó a correr para lanzarse a los brazos de su papá. A pesar de que William recibió a su hija efusivamente, Terry no pudo mirar la escena con admiración. Sabía lo que ese hombre había estado haciendo a espaldas de su familia.
—Mi princesa, ¿me extrañaste mientras estaba en el trabajo? —¡Mucho!
—Bueno saberlo. —La regresó al suelo, alisándole el vestido amarillo con las palmas de sus manos—. ¿Y tú, Eleanor? No has venido a darme un saludo. —William alzó la ceja al ver que su esposa lo ignoraba, mirando a otra dirección y empuñando la tela de su vestido—. Eva, ve con Terence un momento. Tengo que hablar con tu madre.
—¡Teytey! ¡Juega conmigo! —No fue un pedido, sino más bien una orden. Sabía que no obtendría un no de su parte, pues era la consentida de aquel muchacho.
—Hm, ¿y qué se te antoja jugar? Eso sí, esta vez no quiero ser tu hada madrina, por favor —rogó, juntando sus manos. La última vez que había jugado con su hermana había sufrido una experiencia bastante humillante.
—«Princhipe» amarillo.
—¿Quieres decir azul?
—No. Amarillo. —Eva sacudió la cabeza de lado a lado, insistiendo en que se le llamara como ella quería. El príncipe tenía que ser de su color favorito.
Terry se carcajeó.
—Lo que diga la princesa.
—Eleanor, ¿por qué me volteas la cara? Sabes que detesto que me pases desapercibido. Es tu deber como esposa recibirme con amor siempre que paso por la maldita puerta. ¡Ponte de pie de una buena vez!
—No, William. No recibiré en mis brazos a alguien que no lo aprecia.
—¿De qué demonios hablas?
—Para mi no es ningún secreto a dónde realmente has ido. Sé que no has ido a ver a Robert. Ya puedes dejar de verme la cara.
—Bueno, ¿y qué? ¿Quieres que te pida perdón? ¡Esto es tu culpa! Solo atiendes a la niña y al bastardo de tu hijo. No te arreglas, no me atiendes, no haces la cena a tiempo. No me das más opción que buscar lo que necesito en otro lado.
—¿Te escuchas, William? ¡Eres despreciable! ¡Realmente despreciable!
—¡Di lo que quieras, maldita inútil! Eso no quita que lo que te digo sea cierto. La única responsable de que llego a la casa con el aroma de otra mujer, eres tú.
—¡No puedes culparme por tus porquerías! ¡No soy una mujer perfecta, no puedes esperar que mi cara esté llena de maquillaje todo el tiempo, que mi cabello esté perfectamente arreglado, o que mi ropa sea otra cosa que un delantal y unas sandalias! ¡No siempre voy a poder cocinar tu comida favorita a la hora de tu conveniencia, y tampoco tendré siempre la energía para satisfacer tus necesidades de hombre porque soy yo la que se queda aquí cuidando de nuestra hija! ¡Amo a mi niña, pero no tienes idea de lo agotador que puede llegar a ser cuidarla sola, William!
El inicio de los gritos por parte de William y Eleanor hizo que Evangeline dejara de reír. Su radiante sonrisa comenzó a desaparecer a la vez que era reemplazada por el sentimiento de confusión y preocupación. Nunca había visto a su madre llorar así y a su padre gritar tan histéricamente. No podía comprender que su familia estaba muriendo.
Terry también escuchaba la pelea, solo que él, a diferencia de Eva, podía comprender todo lo que estaba ocurriendo, pero no permitiría que eso la afectara. No permitiría que los actos de William y Eleanor deshicieran la felicidad de la niña, después de todo, eso se había jurado el día que la conoció.
—¡Mira nada más! —jadeó con exageración para arrancarle la atención a Eva, quien como era de esperarse, se giró a él al instante—. Se te ha pasado la hora de la siesta. —Retiró la manga de su camiseta al doblarla hasta su antebrazo, de este modo destapando el reloj de oro. Le mostró las agujas que marcaban la hora como si Eva supiera leerlas—. ¿Ves?
—¡Mierda! —exclamó la niña con un tono berrinchudo, pues si algo odiaba era tomar la siesta.
Terry agrandó los ojos al escuchar la palabra salir de la boca inocente de la niña.
—Oye, malcriada, esa palabra es muy mala. ¿Quién te enseñó a hablar así?
—Tú.
—¿Yo? —Se llevó la mano al pecho, sorprendido por la acusación de Eva—. Se me ha de haber escapado... ¡Tú no puedes decirla! Pero si lo haces, tienes que decir que te la enseñó tu papá, ¿está bien?
—¡Sí!
—Muy bien, mi niña, ahora sí, sin groserías, vamos a tu cuarto. —No quiero siesta... Quiero seguir jugando —comenzó con su puchero habitual.
—¡Maldito sea el día que te conocí, Eleanor!
—Mierda... —masculló Terence al darse cuenta que la pelea estaba escalando—. ¡Claro que quieres una siesta! Solo imagínate lo divertido que será. Vas a estar en tu cama, acurrucada con tu muñeca y tu cobija mientras te leo un cuento para dormir.
—¿Un cuento? ¿Qué cuento, Teytey?
—El que tú quieras, mi amor. ¿Y sabes cual es la mejor parte?
—¿Cual?
—Cuando te quedes dormida, vas a poder soñar muchas cosas como ser una verdadera princesa, un hada, una sirena... ¡Cualquier cosa! ¿Qué dices? ¿Nos vamos?
—¡Sí! —Eva levantó sus brazos, pidiendo ser cargada en el camino a su habitación.
—Y dime —comenzó de nuevo Terence, negándose a mantenerse callado para que la niña no escuchara las voces de sus padres—, ¿qué cuento te gustaría? La Caperucita Roja, Los Tres Cochinitos, Hansel y Gretel...
—Ricitos de Oro.
Terry debió imaginarlo. La niña siempre escogía el mismo cuento.
Los gritos de Eleanor y William se hicieron distantes, apenas unos murmullos que no se comprendían. Terry encontró tranquilidad, pues por lo visto, la niña había olvidado por completo la situación. La colocó sobre la cama cubierta de sábanas rosa pálido y peluches de diferentes animales. La niña se escondió debajo de la cálida cobija y se abrazó a su Raggedy Ann, tal y como Terry la había hecho visualizar.
Terry por su lado se sentó en la silla que quedaba al lado de la cama de la niña. Ya tenía el libro de cuentos en las manos cuando, sin esperarlo, la niña decidió que no quería escucharlo desde la cama sino desde el regazo de él. Con la cobija y la muñeca, se acomodó con él en la silla, metiéndose el pulgar a la boca y cerrando los ojos para escuchar el cuento que su hermano estaba por contarle por milésima vez.
«Eres lo mas importante que tengo, Eva. Si solo pudiera decirte lo mucho que te adoro, lo que realmente eres de mi... Pero lo tengo prohibido. Pero no importa, nada ni nadie impedirá que te proteja con todas mis fuerzas. Te juro que pase lo que pase, siempre me tendrás a mi para lo que necesites», Terry le habló dentro de sus pensamientos, sintiendo cómo la respiración de la niña iba cayendo en calma y viendo cómo su pulgar se iba deslizando fuera de su boca.
—Descansa, mi princesa —susurró Terry en el oído de su hermanita dormida. Con sumo cuidado, la posicionó de regreso a su cama, acomodando cada extremidad para que se sintiera cómoda. La arropó bien con las cobijas, resguardándola del frío, y la despidió con un beso en la mejilla.
Terence abandonó la habitación, regresando de nuevo al caos que se desataba entre los esposos Crowel. Su madre vino corriendo escaleras arriba, con la cara manchada de negro gracias a las lágrimas que derretían su rímel. Se arrojó a los brazos de su hijo y él la sostuvo, siendo el monumento que le brindaba fuerzas para seguir peleando.
—Mamá... —Terry alcanzó a pronunciar con dicultad. Le dolía verla sufrir a cuenta de ese infeliz. La abrazó con fuerzas y dejó que ella se desahogara en su pecho.
—Yo no quería que esto pasara... ¡Me equivoqué otra vez!
—¡Eleanor! ¡No he terminado contigo! ¡Devuélvete aquí, y es una orden! —William subió las escaleras con fuertes zancadas, pero no logró alcanzar a su esposa, pues ella corrió a su habitación y se encerró allí, prohibiéndole verla de nuevo—. ¡Abre la jodida puerta! —La agarró a golpes, exigiendo que se le accediera el paso—. ¡Si no la abres voy a...!
—La niña está dormida, así que hágame el favor de callarse. Eleanor no quiere verlo, ¿se le es tan difícil comprenderlo? —Terence lo agarró por el saco y lo arrastró lejos de la puerta.
—Quítame las manos de encima, Terence. Nada de esto es asunto tuyo. Lárgate. —Le tronó los dedos en la cara, gesto que Terry tuvo que tragarse para no molerlo a golpes.
—Fíjese que sí me importa, porque es a mi madre a quién le levanta la voz y ofende, y mientras yo esté aquí, no se lo voy a permitir, ¿me entiende? ¿O debo explicárselo de otra manera?
—Es mi esposa, eso me da más derecho que tú que ni siquiera tienes su apellido. Vamos, Terence, ¿me vas a culpar por todo esto? Eleanor ya no es la misma mujer que conocí. La sigo amando, no me lo tomes a mal, pero ya no me satisface.
—¿Eso es lo único que le importa, Crowel? ¿Sus asquerosos deseos lujuriosos? Usted no la ama, nunca lo hizo realmente, solo la usó como está usando a otras mujeres que le calientan la cama. Sabe que la lastima, y aunque no se de cuenta, a Eva también.
—Eva no tiene nada que ver con esto así que no te atrevas a traer su nombre al tema. ¡Ella no sabe nada!
—¡Claro que no lo entiende! Es una niña, pero no es tonta, Crowel. Ella ve como su padre le grita a su madre y como ella se pone a llorar desconsoladamente. Le asusta ver cómo sus seres queridos se separan. Y todo gracias a usted, porque no me va a negar que si se revolcó como un perro con otra es porque quiso, no porque Eleanor lo obligó.
—¡Bien! Te doy toda la razón, Terence. Me meto con otras mujeres porque se me da la gana. ¿Y sabes por qué puedo? Porque soy hombre, y lo necesito. Esas mujeres no signican nada para mí, por Dios. Pero lo que no me dan tengo que buscarlo en otro lado. Tú debes entenderme.
—Yo no soy como usted.
—No tienes que ser como yo. Eres hombre y eso es suciente. El sexo y el amor son cosas diferentes para nosotros, por eso no importa con cuantas acudamos por caricias, siempre regresamos a la misma mujer. ¿O me vas a negar que tú has hecho lo mismo? La mujer que tienes a tu lado es... Una mujer incompleta. No puede servirte de mucho y por ende buscas lo que no recibes en brazos de otra. Es lo común. —Levantó los hombros y hundió sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón, sonriendo con satisfacción.
Terry apretó los labios y desvió la mirada, algo incómodo por aquellas palabras. No podía negar que sí había tenido pensamientos lujuriosos, y que había considerado la idea de contratar el servicio de una mujer, pero al final siempre se arrepentía.
—Oh... Ya entiendo. Todavía no eres hombre.
—¡William...!
—¡Ja! Ahora todo hace sentido. Ya decía yo que no podías ser un novio tan devoto. Pues no sé por qué pierdes tanto el tiempo. Esa muchacha, la que trabaja contigo, se nota que le traes ganas desde hace tiempo. Aunque lo quieras negar, sé distinguir esa mirada que le dedicas siempre que están juntos. En las obras, en las entrevistas, en las fotos de prensa... Nunca le quitas los ojos de encima, la desnudas con la mirada.
—Ya déjese de vulgaridades, Crowel. Me da asco solo tenerlo de frente... ¡Es usted un...! Maldita sea, la palabra que busco no la puedo decir porque la niña es capaz de escucharme. Pero le voy a decir una cosa y no pienso repetirla. Algún día Eva será lo sucientemente mayor como para comprender lo que usted hace a sus espaldas, y créame que nunca se lo perdonará. Estará muy dolida, así que más le vale parar este circo porque si la veo derramar una sola lagrima a cuenta suya, se las verá conmigo...
—¿Me estás amenazando en mi propia casa? —cuestionó, alzando la barbilla e inando el pecho para aparentar ser más intimidante, pero estaba equivocado si pensaba que Terence le temía—. No puedes hacer eso.
—Pues acabo de hacerlo. ¡Con permiso! —Hizo a Crowel a un lado al pegarle un golpe con su hombro. Se detuvo enfrente de la puerta que dirigía a la habitación de su madre y tocó con gentileza, no queriendo alterarla más de lo que ya estaba. Segundos después, escuchó cómo la llave fue retirada; sin embargo, Eleanor no abrió—. ¿Puedo pasar, madre? —Terry preguntó, abriendo la puerta lo sucientemente como para asomar la cabeza. Vio a su madre acostada a lo largo de la cama, aferrándose a la almohada para buscar algún tipo de consuelo.
—Terry —suspiró Eleanor, aliviada de que se tratara de él y no de su esposo—. Sí, hijo. Entra —accedió, hablando con la voz en un hilo. Sentía que el mundo se le venía encima ante el descubrimiento de la traición de su amado—. Lamento que hayas tenido que presenciar esto.
—No, yo creo que fue lo mejor. No me hubiera gustado que la niña tuviera que verlo. Yo me encargué de ella. Ahora está dormida en su habitación.
—Gracias por cuidarla tanto... Olvidé que la había dejado sola. —Pasó la palma de su mano por su rostro, regando las lágrimas a través de sus mejillas—. ¿Qué clase de madre soy?
—No, no te culpes. Estabas muy envuelta en la situación... ¿Cómo te sientes? —Terry se sentó en el lado izquierdo del colchón, mirando a su madre con la preocupación escrita en el rostro. Al menos ya no sollozaba como hace unos minutos.
—Todavía tengo un ardor en el pecho. El corazón se me está quemando, pero, ¿sabes? Yo me merezco todo lo que estoy sufriendo ahora. —Armó con la cabeza, abrazando con más fuerza la almohada empapada de lágrimas.
—No digas eso, mamá. Tú menos que nadie mereces lo que te hizo ese maldito infeliz —negó Terry rotundamente, molestándose con el carácter de su madre, pero Eleanor insistió.
—Cuando yo era joven, conocí al hombre de mis sueños. Era guapo, caballeroso, romántico, y tenía un sentido del humor perfecto. Siempre me sacaba las sonrisas más brillantes. Yo estaba muy enamorada de él, tanto que, no me importaba que estuviera casado.
—Estás hablando de...
—De Richard. Sí. Era una chiquilla para ese tiempo, pero estaba tan enamorada que el hecho de que había otra mujer esperándolo en la casa me era irrelevante. Él estaba conmigo, él me quería a mí. Nunca me senté a pensar en cómo el corazón de su mujer se rompería al saber que su amado le era inel. Y ahora heme aquí, sufriendo lo mismo que yo le hice —soltó una risilla irónica. Se remojó los labios y pensó a profundidad sobre la situación—. Me duele tanto que me parece que el mundo me esta tragando hasta sofocarme. Siento ganas de gritar, de morirme, pero muy al fondo sé que no puedo enojarme porque a lo mejor esa muchacha, la que se encuentra con mi esposo, también lo ama. Ella también ha caído por sus mentiras. Por más que quisiera, no podría odiarla porque si la llegara a tener de frente, solo me vería a mi misma. Es más, si tuviera la oportunidad de conocerla le diría que corra, que corra muy lejos y que no permita que le rompan el corazón... —Eleanor sollozó como si en realidad la tuviera de frente, pareciendo desesperada por querer evitar lo que estaba por sufrir la desconocida.
—Si te hubieran dicho eso en aquel entonces, ¿lo hubieras hecho? —cuestionó Terence, sabiendo la respuesta.
—No —Eleanor sacudió la cabeza con lentitud, sonriendo con suma tristeza—. No lo hubiera hecho. Incluso, me hubiera aferrado más a él por miedo a perderlo. Richard me hizo tantas promesas, y estoy segura de que esa chica, tal como yo, también ha creído en ellas. William le ha de haber dicho estas exactas palabras: «Te amo mas que a nadie, y por este gran sentimiento que tengo por ti soy capaz de todo. Te juro que dejaré a mi mujer para ser felices juntos». ¡Todo es una hermosa y cruel mentira! Y nosotras como tontas caemos justo en la trampa, pues, claro está, nunca cumplen. Siempre van a regresar con la esposa, y siempre nos quedamos siendo la otra hasta que se aburren de la aventura... —Los recuerdos de su pasado amor se abrieron de nuevo, lastimándola profundamente, añadiendo al peso de sus lágrimas, las cuales muy tristes rodaban por su rostro y caían sobre la suave almohada.
—¿Tanto lo amaste?
—Oh, Terry, él fue mi primer amor. Incluso, a ratos me encuentro pensando en él y mi corazón danza... Yo sigo amando su recuerdo, pero odio al duque de Granchester. Ese no es mi Richie.
—Tal vez siempre lo fue, Eleanor, solo que no lo podías ver.
—Y ahora veo que he vuelto a cometer la misma estupidez. Pensé que William sería diferente, pero es igual a Richard... Tú me lo advertiste, y no quise escucharte. Ahora tendré que sufrir otro corazón roto, solo que esta vez lo soportaré, porque mi niña me necesita bien.
Terry se mordió los labios al ver cómo su madre se había vuelto más fuerte. Verla tan determinada a proteger a su hija de todos los ataques de la vida lo hacía sentir orgulloso y a la vez dolido. Eleanor defendería a su hija con sangre, y eso le daba a entender que había crecido como madre. La madre que nunca fue con él.
—Te amo, mamá.
—Oh, mi Terry, yo te amo más.
꧁𑁍𑁍𑁍꧂
