ADVERTENCIA: Este capítulo les dará rabia al principio, pero a lo mejor después estarán brincando de una sola pata... Por favor lleguen al final.

CAPÍTULO 46

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La brisa de la noche fresca soplaba con fuertes rafagas. Las hojas iban huyendo de los árboles, algunas logrando acumularse en tejados y pozos. Una de las traviesas se enredó entre las piernas de Terry, quien con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo iba subiendo los pocos escalones de su casa. Venía con las energías en el suelo después de un largo día en el teatro. Había estado platicando con Robert Hathaway sobre la próxima obra que se daría en invierno.

Al entrar por el umbral, se quitó el gorro de la cabeza, dejando caer unas cuantas hojas anaranjadas. Dejó su abrigo sobre el perchero y miró adelante, preguntándose dónde se encontraba Susie. Siempre que llegaba venía a recibirlo.

—¿Susie? He llegado —avisó, pero no la vio salir de ningún lado.

Terence frunció el entrecejo y torció el cuello, extrañado por su ausencia. Cuando caminó hacia la cocina, no encontró la cena preparada. Susie siempre le tenía la mesa lista para comer con él, pero no había ni una olla sobre la estufa.

—¿Susanna? —llamó a la puerta de su alcoba, y al no conseguir que le respondiera, la abrió de par en par, con el corazón haciéndosele pequeño. Allí tampoco estaba—. ¿En dónde estás? ¡No me asustes así! —Avanzó sus pasos hacia la pequeña biblioteca, donde pudo distinguir una tenue luz brillando por debajo de la puerta—. ¡Susie! —Terry la nombró como si la hubiera descubierto haciendo algo malo.

La muy mencionada dio un pequeño salto sobre el mueble, subiendo la mirada de la máquina de escribir para encontrar a Terry en el marco de la puerta, con la cara tan blanca como la nieve.

—Cariño, no te escuché llegar. —Susanna sonrió con cansancio, sintiendo como su pecho se calentaba al verlo de nuevo. Lo había visto por la mañana, pero para ella, habían pasado siglos.

Terry sopló el aire que había estado reteniendo a causa del miedo. Caminó hacia ella y se puso de cuclillas para verla a los ojos, lo que ella aprovechó para robarle un pico en los labios. Terry los sintió fríos.

—Susie, ¿tienes idea del menudo susto que me has hecho pasar? Pensé que algo te había pasado.

—Perdoname, amor, sinceramente no te escuché. De haberlo hecho, te hubiera ido a saludar... O al menos lo hubiera intentado.

—¿Cómo te sientes?

—Hoy no ha sido mi mejor día. Llevo varias horas aquí sentada tratando de escribir algo. —Susanna levantó su mano temblorosa para señalar a la página casi en blanco. Solo había logrado escribir un par de líneas. Hace algún tiempo Susanna había descubierto un nuevo pasatiempo, y ese era escribir obras. Había logrado terminar unas tres o cuatro, y también había logrado sacarlas al aire con la ayuda de Terry, quien era su inspiración para cada una de ellas—. Me siento terriblemente cansada, no logro hacer nada.

—Entonces, ¿por qué no te acostaste?

—Te estaba esperando.

—No me gusta que te esfuerces de más. Lo sabes —Terry la regañó, frunciendo el ceño con un evidente enfado. Cuando Susanna trabajaba de más, solo le causaba más dolor de cabeza, pues la mujer se ponía grave durante la noche.

—Pero si no lo hago, solo me siento como una carga. Terry, no es justo para ti llegar de trabajar todo el día y ver que nada está hecho. Me siento terrible, hoy intenté luchar para prepararte algo de comer, pero no me alcanzaron las fuerzas. Lo siento. —Dirigió la cabeza al suelo, mirando la alfombra marcada por las huellas que dejaba su silla de ruedas.

—No te disculpes, Susie. Yo puedo preparar algo, de eso no te preocupes. ¿Qué te gustaría cenar? —Se puso de pie para encaminarse a la cocina.

—Oh no, por mí no hagas nada. No tengo apetito. Creo que mejor me voy a preparar para dormir. —Susie quitó el seguro de su silla y con mucho esfuerzo logró darle vuelta a las ruedas.

En el cuarto de baño, encendió la pluma de la tina, llenándola de agua y jabón. Lo más que necesitaba era un baño caliente, pues estos aliviaban un poco el dolor de su cuerpo. Mientras la tina terminaba de llenarse, comenzó a deslizar su bata rosada por su cuerpo, dejándola caer como trapo en el suelo. Rodó la silla un poco más cerca de la tina, y cuando intenté sostener su cuerpo con sus brazos para entrar, se dio cuenta de que no podía aguantar su propio peso.

«Debo hacerlo sola», pensó Susie, tomando un gran bocanada de aire para reunir lo poco que tenía de fuerzas, pero todo ese oxígeno se le escapó con todos los gruñidos y quejidos que había emitido durante el intento.

Terry estaba en la cocina picando zanahorias cuando escuchó un fuerte golpe proveniente del baño. Sin pensarlo dos veces, corrió al auxilio de Susie, a quien escuchaba llorando.

—Susanna, ¿estás bien? —llamó detrás de la puerta, avisando a la rubia que la había escuchado.

Susanna retiró su rostro de entre sus brazos y se aguantó los sollozos. No lloraba por haberse caído, y tampoco por el fuerte golpe que había recibido en la mejilla, sino de frustración. Ni siquiera había sido lo sucientemente capaz para arrastrarse de vuelta a la silla, misma que había salido rodando después del impulso que había hecho contra ella.

—Estoy bien, pero... Me caí.

—¿Te caíste?

—Si, y no me puedo levantar... Necesito tu ayuda. —Le costó trabajo hacer ese pedido, pero no tenía otra elección.

Terry abrió la puerta sin analizar bien la situación, recibiendo de golpe la imagen de Susanna completamente desnuda en el suelo. Agrandó los ojos por la impresión y volteó el rostro, desubicandose. A pesar de todos los años que había compartido con ella, nunca la había visto de esa manera.

—No me dijiste que no tenías ropa puesta... —Mordió el interior de su mejilla, visiblemente incómodo. Susanna no le respondió, solo esperó por su ayuda, misma que no tenía otra opción para ejecutar. Se dobló frente a ella y deslizó sus manos por su espalda y piernas para cargarla.

El cálido toque de Terry en su piel resultó ser muy íntimo para Susanna, aunque solo lo sintió en su espalda, pudo verlo tocar sus piernas. Él nunca había tocado su piel, pero ella lo adoraba. Le gustaba sentirse en sus fuertes brazos, muy cerca de su cuerpo, y deseaba que él también estuviera en el mismo estado para estar piel con piel, pero eso era más que imposible. Terry estaba evitando mirarla, jándose en su rostro. Ahí Susanna supo que él nunca la vería como mujer.

—Susie... —Terry quiso hacer el intento de hacerla sentir menos humillada, pero no había palabras que se le ocurrieran para detener las incontables lágrimas que salían de sus hermosos ojos.

Sin tener nada que decir, Terry se arrodilló a espaldas de ella y tomó la esponja que colgaba de la pared, sumergiéndola en la tina y empapandola para así pasarla por la espalda huesuda de Susie. Lo hizo como si temiera causarle algún daño, como si ella estuviera hecha de cristal.

—¿En qué piensas, amor? —preguntó Susanna, calmando sus sollozos y girando la cabeza para mirarlo. Él estaba en completo silencio mientras la ayudaba a bañar.

—Estaba contemplando en contratar a una compañera para ti. No me gusta dejarte sola todo el día y arriesgarte a que te hagas algún daño. Necesito que tengas a alguien velando por ti, alguien que te lleve a donde quieras, que te prepare la comida, que te ayude con la limpieza, a bañar...

—No, Terry, no hagas más gastos por mí —pidió Susanna, pues sabía bien que ya bastante costosos salían sus medicamentos como para tener a una enfermera al pendiente de ella todo el día—. Además, recibo visitas de vez en cuando, no estoy sola. Allen pasa a verme.

—¿Ally? ¿Cuándo? —Levantó la ceja ante el descubrimiento.

—De vez en cuando viene a darme compañía. Hablamos un poco sobre teatro, y a veces le echa un vistazo a mis obras... ¿No lo sabías? —cuestionó, creyendo que había dicho algo que podía traer problemas ante la expresión indignada que Terry usaba en el rostro.

—Pues, no. —Cambió su faceta, continuando con el aseo de Susie, ocultando el disgusto que esa noticia lo había hecho sentir. Allen, su amigo, veía a Susanna a sus espaldas. Desde siempre se había dado cuenta de lo que él sentía por ella, pero nunca lo creyó capaz de ocultarle algo así—. Pero eso no cambia nada. Ally no está aquí para velar por ti a todas horas. Además, pronto se anunciará la próxima obra, y si no me equivoco, será fuera del estado. No estás en condiciones para viajar y mucho menos para quedarte sola, así que, por mi tranquilidad, Susie, por favor no me refutes nada. —Ya estaba decidido, buscaría a alguien para que cuidara de Susanna, y aunque esto a ella le había desagradado al principio, luego comprendió que lo único que él intencionaba era cuidarla.

—Gracias por querer protegerme, amor. —Dirigió su mano al rostro de su amado, acariciándolo con el pulgar a la vez que lo atraía hacia ella. Lo besó de una manera que nunca había hecho, como si reclamara esos labios como suyos. Intentó profundizarlo, pero sin la colaboración de Terry, quien no se movía, no podía hacer nada.

Terry sintió la enorme necesidad de retroceder, de rechazar aquellos besos que solo le sabían amargos; sin embargo, no lo hizo. Por primera vez se obligó a sí mismo a corresponderle. A pesar de nunca hablar de ello, él también deseaba ser tratado, de sentir su cuerpo junto a otro y amarlo, pero no podía lograrlo con Susanna.

De repente, Terry abrió los ojos al detectar algo suave y redondo bajo la yema de sus dedos. Retiró su mano de un fuerte jalón, negando el toque que Susanna lo había guiado a hacer hacia sus senos.

—Susanna, ¿qué demonios te pasa? ¡No vuelvas a hacer eso! —exigió Terry, sin darse cuenta de lo brusco que había sido con sus palabras. Estaba exaltado por el atrevimiento que Susie había cometido para recibir de él una caricia.

—¿Por qué, Terry? ¿Por qué no puedes corresponder todo esto que siento por ti? —Lágrimas amargas comenzaron a inundar sus ojos otra vez—. ¡No eres capaz ni de mirarme! ¿Te da asco mi cuerpo, que lo repelas como si te quemara mi piel? Pues te tendré que recordar que estoy asi por culpa tuya... Si no fuera porque te salvé la vida, yo sería aún más hermosa de lo que fui en ese momento, y tendría mis piernas para correr y bailar con cualquier hombre que se me insinúe. Pero, ¿sabes? ¡No lo haría! ¡Porque a quien yo siempre he querido es a ti! ¿Por qué no lo ves?

Una vez más, Terry sintió esa puñalada en el estómago. El recuerdo de que todo lo que sufría Susie era a causa de él. ¿Alguna vez se libraría de esa culpa?


La decisión para la próxima obra de la compañía teatral de Stratford había sido tomada. Se trataba de la obra de Shakespeare, El Mercader de Venecia. Terry estuvo a punto de audicionar para Shylock, mientras que Karen y Allen lo harían para Porcia y Antonio; sin embargo, al escuchar en donde tomaría lugar la obra, Terry decidió retirarse.

—¿Qué dices, Terry? ¿Como que no lo vas a hacer? —interrogó Robert al escuchar la negación de Terence—. Es ridículo lo que haces. Los admiradores de Inglaterra han hecho miles de peticiones para que tú vayas a entregarles una interpretación. Cuando hiciste de Hamlet, también negaste el viaje y le cediste tu papel a tu suplente a pesar de que justo estabas reiniciando tu carrera de actor.

—Lo que dice Hathaway es cierto, Terry. No tiene sentido que te hagas a un lado —Karen estuvo de acuerdo con su jefe.

—No tengo por que dar explicaciones. Ya dije que no voy a participar en la obra. Ya será para la próxima. —Alzó los hombros y se despidió con una reverencia de cabeza.

Los demás se le quedaron viendo con la quijada en el suelo, pues no todos tenían la oportunidad de hacer una gira tan importante, y Terry la estaba desperdiciando.

—Trataré convencerlo —dijo Allen, corriendo para alcanzar a su amigo. Al llegar a su lado, lo miró a la cara, pero no le habló de inmediato. Debía pensar bien lo que le diría para hacerlo cambiar de parecer.

Caminaron juntos hacia afuera, mezcladose con las otras personas que iban caminando y manejando por las calles.

—¿Por qué has renunciado a la obra? Hace un rato estábamos platicando muy emocionados sobre ella.

—No se trata de la obra, Ally.

—Entonces tiene que ver con el lugar, ¿no es así? No lo comprendo, ¿acaso no fue ahí donde creciste? —Si no recordaba mal, fue de ese lugar donde todos decían que Terry había llegado. La noticia no le había caído por sorpresa, pues cuando Terry se enojaba con él, se le escuchaba su acento britanico muy claro.

—Efectivamente.

—¿No lo quieres visitar? Siento que sería una linda experiencia, además, no irías solo. Podría ser lindo compartir algo de ti.

—No tengo nada que hacer allí. Inglaterra fue donde me crié, pero eso no quiere decir que quiera regresar. Ese lugar contiene muchos recuerdos que preero dejar atrás. —Cerró los ojos, jurando que veía la imagen del duque junto a su esposa e hijos, a Charlie, también a la hermana Gray, y a Candy. Era un sabor agridulce lo que venía a sus sentidos cuando recordaba todo lo que tuviera que ver con ese lugar—. Lo siento, pero no volveré.

—Por favor, Terry... No dejaré de insistir hasta que digas que sí. —Sonrió maliciosamente, sabiendo la manera perfecta para torturarlo.

—No puedes convencerme.

—Vamos, Terryto, di que sí —Allen soltó su arma mortal, el apodo que hacía que los huesos de Terry se retorcieran.

—¡Ah! —se quejó Terence, tapándose los oídos—. Maldita sea, Allen, ¿cuantas veces te tengo que repetir que no me llames así? ¡Me da dentera!

—Pero no me dejas otra opción, Terryto. Al menos, no hasta que aceptes venir.

—Cállate, voy a vomitar... —Apretó los puños, aguantando los escalofríos. No sabía por qué ese nombre causaba tanto desagrado en él, simplemente no lo podía evitar.

—¡Terryto, Terryto, Terryto! —voceó Allen melodiosamente, logrando exasperar a su amigo.

—¡Allen, te voy a golpear si vuelves a decir...!

—¡Terryto! —Allen le sacó la lengua, mofándose de las muecas que hacía Terence.

Tal y como se lo había advertido, Terry acertó un puñetazo en el brazo de Allen, haciendo que este gimiera y se frotara el brazo para apaciguar el dolor.

—Ah... Terryto, ¿porque eres tan malo? —Se recostó en él como un niño mimado buscando que le curaran el golpe—. Ash... Sí me dolió mucho.

—Sobate, idiota. —Movió su hombro hacia enfrente para que Allen se tambaleara.

—Supongo que no hay manera de convencerte, ¿verdad?

—Lo siento. —Sonrió con los labios—. Tú audiciona y me dices como te va, ¿si?

Allen suspiró, dándose por vencido, pues no tenía caso obligar a Terry a hacer algo que realmente no le traería felicidad.

—Me harás falta. Siempre hemos estado juntos en las tablas. Será raro...

—Pero pronto estaremos juntos de nuevo. Sé que me amas, no te culpo, pero no tienes que llorar por mí —bromeó entre risas, haciendo que a Allen se le enredara la lengua.

—Mocoso engreído... —Negó con la cabeza, sin poder evitar que una sonrisa se le plasmara en los labios. Colgó su brazo por encima del hombro de Terry y Terry hizo lo mismo—. Trataré de no llorar.


Los preparativos para la obra avanzaban a medida que se acercaba la fecha del estreno. A pesar de que Terry no formaba parte del elenco, siempre asistía a los ensayos con tal de ayudar a su amigo. Allen había terminado con el papel de Antonio justo como lo había querido, y durante las horas de ensayo, le gustaba que Terry estuviera presente, pues a pesar de que Robert Hathaway era el director, aún consideraba a Terry su maestro. Gracias a él había cumplido su sueño, y gracias a él todas sus interpretaciones eran impecables. Le debía mucho a su amigo, sin saber que Terry también sentía lo mismo hacia él. Terry veía a Allen como la persona que lo ayudó a sonreír después de su caída, como la persona que salvó su alma en soledad. Se habían convertido en amigos muy cercanos, inseparables más bien, y aun así, todavía no conocían los secretos que guardaba el otro...

—Ally, ya tengo que irme. Susie me espera en la casa —Terry habló, mirando la hora que marcaba su reloj. Se habían envuelto tanto en el ensayo que no se habían percatado de la hora.

—¿No puedes quedarte unos diez minutos más? No siento que estoy listo... La obra está justo a la esquina... —Allen se llevó las manos a la cabeza, sintiendo cómo le palpitaba.

—Deja el drama, Ally. Lo estás haciendo perfecto —aseguró Karen, palmeando su espalda para espantarle los nervios—. Deja que Terry se vaya. Tienes que aprender a hacer las cosas solo.

—Tienes razón... Bueno, Terry. Nos veremos... —Pero no tuvo la oportunidad de terminar su despedida, pues una muchacha de cabellos rizados y vestimenta blanca venía corriendo, gritando el nombre de Terry.

—Giselle, ¿qué le pasa? ¿Por qué esa cara? ¿Qué hace aquí? —Terry la bombardeó de preguntas. Se bajó del escenario de un solo salto y la agarró por los hombros—. ¡Respondame! ¿Qué pasó con Susanna? ¿Por qué no viene con usted?

—Fue llevada de emergencias al hospital. —La mujer que cuidaba de Susanna tembló de miedo por su paciente, derramando todas sus lágrimas.

—¡En el hospital! —exclamaron todos al unísono, escrutando a Giselle con la mirada, intentando sacarle más información.

—Estuvo muy débil todo el día y de la nada cayó de bruces en un desmayo... Después de eso, no he sabido nada más porque vine tan pronto como pude a avisarle, señor Graham.

—Se lo agradezco, Giselle. —Terry salió disparado hacia su auto, envolviendo su cuello con su bufanda roja.

—¡Terry, espera! —gritaron Allen y Karen, sacudiendo las manos en el aire antes de que Terry le diera marcha al vehículo.

—Vamos contigo. —Allen no estaba pidiendo permiso. Se subió al auto junto a Karen, temblando de solo imaginar lo que podría pasarle a Susie.

Terry no refutó ni cuestionó nada, no tenía tiempo para hacerlo. Pegó el gas y se dirigió lo más rápido posible al hospital en el cual Susie había sido internada de emergencia.

Los tres actores entraron corriendo en búsqueda de alguien que pudiera darles información, pero lamentablemente, nadie les decía nada.

Todos parecían estar muy apurados como para tomarse el tiempo de hacer explicaciones.

Con los nervios de punta, se sentaron en la sala de espera, sin más opción que aguardar a que un alma buena tuviera suciente piedad para darles una palabra de la rubia. Mientras tanto, los minutos pasaron tan lentos que parecía que la aguja del reloj nunca se movía. El oxígeno se hacía escaso en esa habitación, y el ambiente era más pesado. Terry y Allen sentían que toda la tensión terminaría por matarlos.

—¡Señor Hathaway! —Terry exclamó al ver a su jefe sentarse al otro lado de la sala de espera. Se puso de pie y se aproximó a él como queriendo averiguar qué hacía ahí.

—Terry, tan pronto me enteré que Susanna estaba aquí vine a verte —respondió Robert como si le hubiera leído la pregunta en la mirada.

—¿Por qué? —Terry tomó asiento a su lado, sorprendido por la confesión de Robert.

—Cuando mi esposa, que en paz descanse, estuvo hospitalizada, tú te hiciste cargo de mi puesto, y también viniste al hospital a ver cómo me encontraba. Creo que esto es lo menos que puedo hacer para apoyarte a ti. —Robert sonrió y colocó la palma de su mano sobre el hombro de Terry, dándole algunos golpes—. Sé que es muy difícil, pero todo estará bien...

Terry miró de soslayo a Robert, captando la tristeza con la que había dicho esas últimas palabras. Robert había perdido a la mujer que amaba no hace mucho tiempo, mas nunca lo había visto desquitarse con ellos. A pesar del dolor, seguía siendo el mismo Robert Hathaway, igual de apasionado y dedicado a su trabajo. Era un hombre muy fuerte, y por esto Terry lo admiraba aún más.

—Susanna luchó todo lo que pudo, pero es su momento de estar en paz. Igual que Catherine. Ella trató de que su corazón siguiera latiendo, me dijo que lo intentó más que nada para permanecer aunque fuera un segundo más a mi lado... Pero al nal, nadie puede escapar de la muerte. Solo estoy feliz de que en sus últimos suspiros, yo pude estar a su lado. Creo que te lo debo.

—Hathaway, no tiene que decir esas cosas. Yo, como cualquier otro, habría aceptado tomar su lugar con tal de hacerle un favor.

—Pero yo no hubiera aceptado que cualquiera lo tomara. Yo solo quería que fueras tú —debatió Robert, desviando su mirada hacia el suelo—. Sabía que harías un excelente trabajo, tal y como yo lo haría. Por eso te elegí a ti... ¿Sabes? Catherine y yo nunca pudimos tener hijos. Lo intentamos muchas veces, pero parece que no estaba en nuestro destino. De haber sido diferente, me hubiera gustado que fuera como tú. Eres un buen muchacho.

—... Gracias —Terry susurró, sintiéndose extraño. Robert lo admiraba, y tal vez lo veía como el hijo que nunca había podido tener. En cierto modo, él se sentía igual.

Terry se calmó un poco con las palabras de Robert, todo lo contrario a Allen. Él todavía estaba sentado en la otra esquina de la habitación, reteniéndose todos los sentimientos.

—Ya no puedo soportarlo... —masculló Allen, poniéndose de pie y alejándose de la vista de todos los presentes. Salió al exterior, quedando bajo la nieve, y comenzó a llorar con el corazón en un solo hilo. Estaba por perderla, podía sentirlo.

—Allen. —Terry se apareció a sus espaldas, cruzando los brazos al verlo llorar por ella.

—Terry... —Allen se giró algo atribulado, pues no pensó que este lo seguiría—, lo siento. Estas situaciones me ponen muy sensible... Yo lamento que tú...

—Ya basta con las mentiras, Allen —encaró después de muchos años quedándose en silencio.

Juzgando por los ojos desorbitados de Allen, este ya se imaginaba de lo que Terry estaba hablando. La respiración se le entrecortó, pues había sido atrapado en su falta como amigo.

—¿Crees que no me he dado cuenta de cómo la miras? ¿Que no me he enterado de que la visitas a mis espaldas? ¿Por qué no eres capaz de mirarme a la cara y decirme que gustas de Susanna?

—Pues... Terry, ¿cómo podría hacerlo? —cerró los ojos, sintiendo cómo la culpabilidad comenzaba a bañar su cuerpo—. Es la mujer que tú amas. No había manera de que yo tuviera el valor para confesarte que desde que la vi por primera vez la amé.

«La amé». Esa última frase resonó en los oídos de Terry, pues aun sabiendo que Allen estaba echado por Susie, jamás pensó que llegara a tal grado de que él sintiera amor por ella.

—Yo te juro que no sabía que tenía novio cuando la conocí, y mucho menos que fueras tú. Fue hasta después de que te vi bailar con ella en el estreno de Macbeth que lo supe. Quise olvidarme de ella, pero aunque solo la había visto una vez, ya ella estaba clavada en mi corazón. —Cuando dijo esto, se golpeó el pecho al mismo ritmo de sus latidos—. No dejaba de pensarla, y sin darme cuenta, me encontraba a mi mismo buscando una conversación con ella, aunque fuera insignicante. Sabía que estaba mal porque tú eres mi amigo, y nunca es mi intención hacerte daño, pero cada vez que ella me sonreía... Yo necesitaba volver a hacerlo porque para mi eso es suciente. Me conformo con que me dedique tan solo una mirada, que me permita leer sus maravillosas obras, que se ría por algo que yo digo... Maldita sea, estoy tan enamorado de ella, Terry. ¡De tu novia! —se recriminó, sabiendo lo horrible que se escuchaba todo lo que estaba confesando. Esperó a que Terry le gritara todos los insultos que se merecía, incluso que lo moliera a golpes, pero no hizo nada de eso, solo lo miró con ojos que reejaban comprensión—. ¡Dios! ¡Di algo, Terry!

—No te odio, Ally. Si me molesta todo lo que hiciste, no es por tus sentimientos hacia ella, sino porque intentaste mentirme. Lo que no entiendo es por qué nunca intentaste enamorarla si tanto la querías a tu lado.

—Porque eso me haría ser un ser humano más despreciable de lo que ya soy. Te estaría acuchillando por la espalda, pero también sé que ella nunca se hubiera jado en mí. Susie te ama demasiado... Y no podría alejarla de su felicidad —resopló, enjugando sus lágrimas con las mangas de su camisa. Su corazón se debilitaba al asimilar en voz alta que Susanna nunca sería para él.

—Eres un estúpido, Ally, pero no más que yo. Siempre supe lo que sentías por ella y tampoco dije algo al respecto porque sé lo que es estar enamorado de alguien a quien no puedes alcanzar...

—¿De qué hablas?

—Ally, yo en realidad nunca he estado enamorado de Susie.

Esa revelación no pareció ser del agrado de Allen. Este, con las manos empuñadas, apretó los labios queriendo gritar de rabia.

—¿Qué es lo que me estás diciendo?

—No la amo. Nunca lo he hecho. La única razón por la cual estoy a su lado es casi la misma que la tuya. Tú te alejas de Susanna para hacerla feliz, y yo me quedo a su lado por la misma razón.

—¿Pero por qué? ¿Qué te obliga a querer hacerla feliz si no la amas? ¡No entiendo nada!

—Porque yo le debo la vida. Por culpa mía ella tuvo un accidente en el que perdió la movilidad. Ella me salvó por amor a mi... —Terry confesó, omitiendo algunas partes como el hecho de que ella misma lo había culpado y todas las cosas horribles que le había dicho acerca de Candice. Lo menos que quería en esos instantes era dañar la imagen que Ally tenía de Susanna—. En ese entonces, yo estaba enamorado de otra mujer, pero ya ves que no pudimos estar juntos. Susanna me necesitaba.

—¿Quién es esa mujer? —Allen no tuvo que esperar por una respuesta, pues al hacer la pregunta, la imagen de una fotografía se le vino a la cabeza—. Es la chica que tenías retratada.

—Sí. Esa es la mujer de la cual yo estaba muy enamorado.

—¿Estabas? —atrapó a Terry con su mentira.

—Estoy —se corrigió—. Sin importar cuántos años pasen, yo siempre la amaré. La amo más que ayer, pero menos que mañana... Así ha sido durante todos estos años, y he llegado a la conclusión de que nunca podré enamorarme otra vez.

—Pues supongo que los dos hemos fallado rotundamente en esto del amor. ¿Acaso existe?

—Existe, solo que no con un nal feliz. ¿Que no es eso lo que nos cuenta Romeo y Julieta? El amor es solo una hermosa mentira, Ally. Y todos caemos por esa mentira alguna vez.

—Supongo que así es... Pero me encanta, aunque solo sea una broma de la vida. No puedo alejarme de ella, yo la necesito. Ella es mi musa, la razón de cada uno de mis suspiros, es mi vida entera... Y ahora se me va... —Apretó los ojos con todas sus fuerzas, creyendo poder sentir cómo su corazón se partía a la mitad.

—Te entiendo, pero tarde o temprano nos toca dejar ir a ese amor, por mas doloroso que sea. —Terry miró a la distancia, contando los copos de nieve que iban bajando como aquella noche donde la había dejado ir. Era un recuerdo lejano; sin embargo, para él contenía el mismo sentimiento solitario.

—No es lo mismo —desmintió Allen, apretando la mandíbula para evitar seguir llorando frente a Terry, quien no había dejado escapar ni una miserable lágrima—. Susanna va a dejar mi vida para nunca más volver, me va a dejar solo... Pero tú y esa chica, mientras vivan pueden reencontrarse. Todavía hay esperanza para ti.

—No lo creo, amigo. Han pasado muchos años.

—¿Alguno de ustedes es conocido de la señorita Marlowe? —Un hombre de cabello canoso y bata blanca se asomó por el umbral para verlos, y detrás de él se encontraba Karen, jugueteando con las manos.

—¡Sí!

—El señor Graham debe acompañarme.

—¿Qué sucede con Susanna? —cuestionó el castaño, siguiendo al doctor junto a Allen.

—Lo lamento, pero a la señorita ya no le queda mucho. Está muy débil, y ha pedido a lágrimas que dejen a Terence Graham pasar. Dice que quiere despedirse. Mis condolencias.

El médico desapareció poco a poco dentro de uno de los pasillos, pero Terry no se movió. La noticia, a pesar de creerlo anticipado, le cayó como una bofetada al rostro. Entonces ya todo estaba llegando a su fin...

Terry miró a Allen a los ojos, leyendo en los de él su alma destrozada. Estaba por perder a la mujer que amaba, y ella ni siquiera había pedido verlo.

Lamentando la situación de Allen, corrió a la habitación de Susanna, quien se aferraba a sus últimos momentos de vida para despedirse de él.

—Susie —hablo sutilmente, cerrando la puerta tras de sí. La habitación estaría completamente a oscuras si no fuera por una lámpara que alumbraba su tenue luz en la esquina.

Vio cómo la mano de Susanna se levantó con dicultad, buscándolo. Él se la sostuvo, y la encontró fría. Fría como la mano de un muerto.

—Terry... Mi amor, pensé que no lograría verte... —La voz de Susanna era irreconocible. Estaba temblorosa y seca, apenas lo sucientemente fuerte para que la escuchara—. No sabes lo feliz que me hace verte... Antes de que... De que yo...

—No te adelantes, Susie. De seguro pronto se te pasará y podrás ir a casa como siempre lo has hecho...

—No. Esta vez no es igual. Nunca me había sentido tan horrible durante estos años. Siento que mi cuerpo está liviano, tanto que creo que en cualquier momento mi alma saldrá otando de aquí. Pero antes de que eso suceda, yo necesito decirte... —Susanna se detuvo para sollozar. Le pesaba saber que era la última vez que lo veía, la última vez que sentirá sus manos, la última vez que aspiraba su aroma. Nunca más estaría a su lado.

—Estoy aquí, Susie —Terry la alentó a continuar, apretando la delicada mano entre las suyas.

—Quería decirte que estoy muy agradecida por todo lo que has hecho por mí. Has cuidado de mi hasta hoy, me diste compañía, velaste por mi salud, hiciste de comer cuando yo sentía que no podía hacerlo, te quedaste a velar mis sueños en las noches difíciles, te desvelaste, incluso llegaste a ayudarme a bañar. Cada detalle que hiciste por mí solo hizo que te amara cada día más. Has hecho que quiera estar viva a pesar de haber perdido la oportunidad de cumplir todos mis sueños. Tu hiciste que mi corazón siguiera latiendo de felicidad... Sé que has hecho todo esto por culpa. Sé que, a diferencia de ti, he sido egoísta contigo, y tal vez malvada, pero, ¿sabes qué? Yo no me arrepiento de nada. Porque yo he sido la mujer más dichosa a tu lado.

—Susanna... —Terry se sintió retraído por aquella última declaración.

—Yo sé que tú no lo fuiste, que te encerrabas a llorar y a gritar cuando ya no lo soportabas, pero admiro que después de todo eso, salías para sonreírme como si nada. Eres muy fuerte, Terry, algo que yo nunca he sido... Dime, Terry, ¿me odias después de todo lo que te he hecho? Quiero que me digas la verdad.

Terence se mordió el labio inferior, buscando muy en el fondo lo que verdaderamente sentía por ella.

—Hace años me prometiste que estarías conmigo por siempre, ¿lo recuerdas? Pues, necesito que me hagas una última promesa... Antes de que yo muera —pidió Susanna, mirando a Terry como si en realidad no lo pudiera ver—. Prométeme que después de que me vaya, no la vas a buscar.

—¿Qué has dicho...? —Le pareció a Terence que no había escuchado bien la voluntad de la rubia.

—¡No la busques! Te lo ruego. Si lo haces, me retorceré en mi tumba y nunca podré descansar en paz. Por favor, mi amor, júramelo. Júrame que no irás por ella —rogó mientras las lágrimas se aventuraban por sus mejillas, nalmente siendo absorbidas por la tela blanca de las almohadas.

Terry quedó boquiabierto y sin aire. ¿Cómo es que Susanna era capaz de exigirle algo así momentos antes de morir? ¿Hasta dónde podía llegar su egoísmo?

—No te odio, Susie, esa es la verdad. Por ti siento... afecto... Y a pesar de todo, yo no te resiento nada. Mi responsabilidad era cuidar de ti, y con eso he cumplido...

Los ojos de Susanna se oscurecieron, reflejando la muerte en ellos. Ella trató de alcanzar el rostro de Terry para acariciarlo, pero su alma se fue antes, dejando caer su mano como si de plomo estuviera hecha.

Terry agarró el brazo de Susanna y lo quitó de su regazo para ponerlo al lado de ella. Después de acomodarla, pasó su mano sobre su mejilla para secar la solitaria lágrima que había derramado al verla partir.

—Adiós, Susanna Marlowe. —Terry no solo se despidió de su alma, sino de la culpa y del peso que lo había estado atando por tantos años. Ya no era su preso, ahora era un hombre completamente libre, y por eso sintió completa calma.

Por otro lado, detrás de la puerta del cuarto de Susanna, se encontraba un muchacho hecho pedazos, pues aunque no veía y escuchaba lo que sucedía adentro, podía sentir como su corazón se había desintegrado tal y como la existencia de ella.

—¿Han visto a Allen y a Terry? Siempre están aquí para el ensayo —cuestionó Robert, mirando a cada uno de los trabajadores en busca de una respuesta.

—Señor Hathaway, debe entender que recientemente han sufrido la pérdida de Susanna Marlowe.

—Eso lo puedo entender de Terry, ¿pero de Allen?

—¿Qué pasa con Ally? —Terence se apareció de improvisto, deshaciendo el nudo que tenía en la bufanda.

—Terry... No pensé que vendrías hoy —comentó Robert, sintiéndose extrañado por la actitud serena del joven. Tan solo había pasado un día desde que su novia había fallecido, más Terry no mostraba indicios de dolor a parte de su vestimenta de luto—. Estamos buscando a Allen para dar comienzo al ensayo. Debemos terminar por perfeccionar la obra antes de que acabe la semana... ¡Demonios! ¿Dónde carajos está? —Se masajeó la sien, comenzando a caminar de lado a lado como si los minutos parecieran eternos.

—¡Señor Hathaway! —Karen exclamó a la vez que corría a dirección del escenario. Había una expresión inusual en su rostro. Sus labios temblaban, casi impidiéndole hablar.

Terry sintió una honda de nervios atropellarlo al verla en ese estado. ¿Por qué imploraba tanto en los ojos de Robert? ¿Por qué le había pasado una nota?

Robert alzó la ceja cuando recibió el pedazo de papel, pero la bajó con lentitud a medida que sus ojos recogían cada letra escrita. Comenzó a pestañear con más rapidez, como queriendo cambiar las palabras con cada parpadeo. Pero nada abandonó su sitio en aquella carta, seguían grabadas como última palabra.

Terry en ningún momento tuvo que asomarse para ver lo que contenía ese papel, le era suciente los semblantes de Karen y Robert. Había visto aquella expresión hace algunos años, donde la señora Marlowe había recibido palabras similares de parte de su hija.

No supo cómo lo había hecho, pero en un abrir y cerrar de ojos, sus manos se encontraban dándole vueltas al manubrio de su auto, manejando a toda velocidad. No era consciente del riesgo que corría al pasar por la calle tan descuidadamente, pero no podía pensar con cordura. Se sentía desesperado, tan aterrado como aquella noche de Romeo y Julieta. En aquel entonces, había rezado a Dios para que le permitiera llegar a tiempo antes de que Susanna cometiera esa barbaridad. Ahora, bajo la misma circunstancia, se encontró rogando por lo mismo. No podía recordar la última vez que había acudido a Dios por algo, pero el miedo lo obligó a hacerlo. Quizás, si Dios realmente existía, tendría misericordia de él una vez más.

Bajó del auto justo al llegar al edicio de apartamentos que Allen habitaba. Se había apurado tanto en salir que lo dejó encendido, y dentro, su bufanda y gorro, teniendo su rostro completamente al descubierto.

Ingresó al edicio, corriendo a dirección de los elevadores y escaleras, solo que en menos de un segundo, unos hombres lo acorralaron con cámaras apuntándole en la cara.

—¡Señor Graham! ¡Mire hacia aquí!

—¿Irá usted a la obra en Inglaterra?

—¿Qué se siente regresar a su madre tierra?

—¡Le dije que mire hacia aquí!

—¿Cómo está llevando la pérdida de su novia Susanna Marlowe?

—¿Se quedará en la casa o se mudará a algún otro lado?

—¿La señorita Marlowe le ha dado alguna herencia?

Los camarógrafos interrogaron a Terry a la vez que lo cegaban con los flashes de cada foto que tomaban.

—¡Permiso! —Terry se cubrió el rostro, tratando de darse camino por entre la gente, pero estas lo empujaban de regreso—. ¡Quítense!

—¡Oiga! ¡Que mire hacia aquí! —volvió a protestar uno de los paparazzi, perdiendo la paciencia. Le era muy importante sacar una buena foto del famoso actor, pero a él no parecía importarle sus necesidades.

—¡Le he dicho que se quite de mi camino! —exclamó Terence tal cual fiera, llevando ambas manos hacía la cámara enorme que cargaba el señor y lanzándola al otro lado de la habitación, desarmándola en mil pedazos. Seguido eso, empujó al hombre hasta dejarlo de espaldas en el suelo, pues no perdió tiempo para salir corriendo de aquel lugar, ignorando el bullicio de los demás paparazzis, atónitos ante su agresividad.

Los botones del ascensor fueron golpeados alrededor de cinco veces, pero cuando no abrió sus puertas de inmediato, Terry salió disparado escaleras arriba, determinando que sería más rápido. Subió tres pisos en cuestión de segundos, chocando y empujando a la gente que se le metía en medio. Por un momento no sabía ni siquiera lo que estaba haciendo, solo sabía que quería llegar hacia Allen.

—¡Allen! —llamó, golpeando la puerta con la mano izquierda mientras que con la derecha trataba de girar la perilla—. ¡Allen, abre la puerta! ¿Me escuchas? ¡Ábreme! —Comenzó a golpear con ambos puños, alarmando a los vecinos—. ¿Ally...? —Recorrió sus dedos por su cabello, despejando su rostro de él para poder pensar mejor. Se recostó del lado izquierdo del marco de la puerta y, a patadas, comenzó a desencajar la perilla. Esta terminó cayendo en el suelo, al n dándole acceso a Terence—. ¡Allen, respóndeme! ¿Estás aquí? —Corrió dentro con las pocas fuerzas que le quedaban, sin estar seguro de lo que podría encontrar.

꧁𑁍𑁍𑁍꧂