Second Meeting
Capítulo 7: Muerte
Podía notar como cada uno de los recuerdos pasados envolvían su cuerpo cada vez que el demonio acariciaba una parte de su anatomía.
Todo era tan cercano, tan real y tan vivido que Ciel no podía evitar gemir cada vez que él lo tocaba. Ya comprendía por qué había actuado así en su anterior vida. Comprendía por qué había engañado cruelmente a su esposa con su mayordomo, aunque la amara profundamente. Comprendía por qué había corrido el riesgo de ser descubiertos, no una, si no cientos de veces en su despacho. O en su habitación. O en la de su sirviente. O en la cocina. O en el baño.
— ¿Qué? —Sebastian enarcó una ceja, molesto— ¿Por qué te ríes?
— Solo recordaba —dijo divertido.
— ¿Qué puedes estar recordando, que sea tan importante, en este preciso momento?
Ciel le dirigió una mirada aún divertida.
— Es raro que no nos descubriesen —dijo.
— ¿Hace siglos? —ahora comprendía la situación.
— No éramos muy discretos —rió.
Sebastian continuó lamiendo el cuello del chico. Momentos más tarde, abandonó su labor y dijo:
— En realidad creo que todos lo sabían, el tartamudeo de Bard y los sonrojos de Maylene los delataban.
El demonio lo miró pícaramente. Ciel soltó una carcajada ante el comentario.
Los demonios no acostumbraban a soñar, así como tampoco acostumbraban a dormir. Pero dado que a veces, y como bien había dicho él hace siglos, podían permitirse el gusto de dormir, también podían permitirse el de soñar.
Sebastian soñaba en pocas ocasiones, y por eso se había extrañado notablemente cuando otro sueño se apoderó de él aquella noche.
Este no era un recuerdo como el anterior, no era algo que había ocurrido. En este sueño Sebastian observaba con tristeza el cambio de tonalidad en los ojos de su joven amo, observando como aquel bellísimo azul se convertía poco a poco en un color rojo sangre.
— Ahora somos iguales, Sebastian —le había dicho el niño.
Sebastian bajó su mirada, intentando evitar la rojiza del chico.
— Tal vez siempre debió ser así —continuó el Conde.
Observó con tristeza sus ropajes negros, sin saber muy bien que decir, por primera vez en su larga vida.
— ¿Tú no lo crees así, Sebastian?
El demonio se incorporó sobresaltado, despertando de aquel sueño horrible y volviendo a la realidad en cuestión de segundos.
— ¿Qué pasa? —le dijo Ciel, quien se encontraba en el lado izquierdo de la cama.
El adolescente lo inspeccionó con la mirada aún somnolienta.
— He tenido un sueño —confesó tras mucho meditar.
— ¿Una pesadilla?
— No lo sé.
Sebastian volvió a recostarse en la almohada, volviendo su mirada hacia el chico.
— Tus ojos son azules —dijo con una sonrisa triste.
— ¿Estás bien? —le preguntó Ciel, altamente extrañado por aquella frase que, al menos para él, no tenía ningún sentido.
— Sí —dijo, acercándose a él y depositando uno de sus brazos sobre sus hombros—, solo vuelve a dormir.
Ciel suspiró.
— No creo que pueda —susurró con una media sonrisa antes de que el demonio se le abalanzara por segunda vez en la noche.
— Hoy era cuando tú y ese ridículo Shinigami habíais quedado para tomar te, ¿no? —cuestionó Ciel casi refunfuñando.
— Sí —dijo el mayor con una sonrisa picara—, ¿te molesta?
— ¿Por qué iba a molestarme?
Sebastian soltó una pequeña risa mientras se acercaba al perchero recogiendo su chaqueta dispuesto a ponérsela. No por necesidad ni frio, solo por la simple tarea de aparentar ser humano.
— Te traeré un trozo de pastel como disculpa —le dijo antes de salir del domicilio.
Grell repiqueteaba en la mesita de la tetería con sus largas uñas de color rojo.
Sabía que debía decirle lo que ocurría al demonio, que este no le perdonaría jamás si no lo hacía. Pero nadie dijo que fuese fácil.
Maldecía en voz baja a William una y otra vez por no habérselo ocultado, lo conocía demasiado bien y sabía que si se lo había dicho era justamente para que no se lo ocultara a Sebastian y que este supiera aquella información.
Tembló de forma considerada al escuchar la campanita de la puerta de la tetería y observar como el hombre se acercaba a la mesa.
— ¿Por qué hiperventilas? —preguntó extrañado tomando asiento con una sonrisa en su rostro— Creía que esa fase ya había pasado hace años.
— No bromees —lloriqueó.
El demonio volvió su rostro hacia la camarera para comunicarle su orden.
— Tengo algo que decirte, es importante —anunció el pelirrojo una vez que esta se hubo ido.
— Por favor, no te me declares otra vez.
— ¡Que no es eso! —gritó frustrado— Además, ¡sabes que al único que quiero realmente es a Will!
El Shinigami puso sobre la mesa una carpeta llena de papeles y buscó rápidamente uno en particular a la vez que observaba la sonrisa del hombre.
— ¿Qué son esos papeles?—preguntó el moreno.
— Es mi trabajo como Shinigami.
— ¿Y por qué me lo muestras?
— Lee —el de ojos verdes señaló con un dedo uno de líneas impresas.
Sebastian resopló aún sin comprender la situación y se dispuso a leer aquello que el Shinigami le mostraba.
— ¿Qué coño es esto? —dijo momentos más tarde con furia— Debe de estar equivocado.
— Will nunca se equivoca —dijo angustiado—. Ese niño morirá dentro de tres días, y no hay nada que puedas hacer para impedirlo.
¡Capítulo siete subido! Entramos en la recta final del fanfic, ya solo le quedan dos capítulos y un pequeño epílogo. Espero que no os decepciones el final.
P.D: Necesito una beta reader (alguien que compruebe los capítulos antes de publicarlos y que examine la ortografía y demás fallitos), así que si tienes ganas y tiempo, por favor házmelo saber.
¡Gracias por leer!
